lunes, 30 de abril de 2012

Poesía y crisis económica


Afortunadamente, la poesía se ha quedado al margen de los recortes que se han venido aprobando en nuestro país y de los que se prevén a partir de los rumores y los debates de actualidad pública. Alguna ventaja tenía que tener aficionarse a una actividad tan económicamente improductiva. Esperemos que no se encuentre ningún hilo suelto para relacionar los poemas con el déficit del Estado, porque, a partir de ese preciso instante, podríamos encontrarnos con que el consejo de Ministros, con la firme intención de conseguir la nivelación de las desigualdades sociales, decidiera limitar el número de versos por poema o la imposición de una tasa por la organización de recitales, salvo para parados de larga duración. Al margen de bromas, escribo esta tarde para mostrar mis dudas, mi absoluta desorientación hacia cuál debe ser la actitud que deben tomar ante la crisis aquellos que se toman la poesía como un asunto lo suficientemente serio como para perder el tiempo en él. Y no me refiero aquí al contenido de los poemas, al tipo de acciones que se esperan o las respuestas que se muestren ante los acontecimientos que vivimos. Evidentemente, éstas son consideraciones que tienen que ver con lo ideológico y no soy tan ingenuo como para pensar que todo el que se mueve alrededor de este mundillo está sesgado por el mismo corte político. Pero sí creo que se hace necesario abrir un proceso de reflexión sobre la responsabilidad, especialmente, la de aquellos que han tenido, dependiendo de cada caso, la fortuna, el acierto o la desvergüenza de disponer con cierta facilidad de dinero público para dar a conocer sus obras y labrarse una carrera profesional como editores y promotores de proyectos (talleres, encuentros, revistas) en el ámbito de lo local. Que la poesía es y será siempre un género subsidiado es un hecho innegable, ya sea desde el sector público o desde el privado. Es decir, el poeta no necesita ningún tipo de inversión de capitales fuertes para escribir, pero no es menos cierto que la difusión de obras, la promoción de hábitos lectores y de consumo de libros, los reconocimientos, los homenajes, solo pueden realizarse con dinero y, en ningún caso, se trata de actividades económicamente rentables. Mi pregunta va más allá. Siempre que se defienden este tipo de iniciativas, se alude a beneficios secundarios, sin embargo ¿estamos realmente seguros de que todas las actividades en las que se ha estado invirtiendo dinero público hasta ahora tienen incidencia real en esos objetivos secundarios que se pretenden conseguir? Me surgen estas dudas, especialmente, cuando pienso en la cantidad de esfuerzos que se dedican a la promoción de actividades de animación a la lectura en las que, precisamente, lo único que no se hace es leer. ¿Podemos imaginar una escuela de fútbol en la que no se disputara un solo partido? Quiero dejar claro que no estoy defendiendo los recortes en cultura o en educación. En cambio, creo que deberíamos empezar a plantearnos una revisión de los modelos de promoción cultural que hemos estado implantado desde la óptica de la responsabilidad, una responsabilidad entendida en un doble sentido. En primer lugar, y atendiendo al momento en el que vivimos, se nos han acabado las excusas para seguir planteando proyectos cuya escasa eficacia es más que conocida. Hasta hace unos años, cuando aún no estábamos inmersos en esta crisis, era fácil defender cualquier proyecto cultural al contrastarlo con el despilfarro del que hacían gala muchos personajes públicos. En este sentido, se hace urgente un filtro de actividades e iniciativas por el que solo pasen aquellas que verdaderamente se muestren más eficaces y útiles para la promoción de los objetivos culturales, al mismo tiempo que se hace ineludible la reducción de gastos innecesarios, aunque este sea un terreno polémico. Si la clase política no quiere dar ejemplo, desde el ámbito de la cultura, mi punto de vista es que no se tiene elección. Estrechamente relacionado con esto, y en segundo lugar, es la propia supervivencia del sector la que está en juego y si, por esta causa, no estamos dispuestos a dar una imagen de seriedad y competencia, estaremos abocados no solo a que se justifique la desaparición de los fondos que hasta ahora se venían destinando a este ámbito, además, en pocos años, no sería raro encontrar catálogos editoriales en los que solo tengan cabida los libros de texto y las novelas históricas.

viernes, 20 de abril de 2012

La tregua


“La tregua”, segunda parte de las memorias de Primo Levi recogidas en la Trilogía de Auschwitz, empieza en el punto exacto en el que acaba la magistral primera parte, en el día en que se libera el campo de concentración. Como muchos otros de los escasos supervivientes al infierno del holocausto, su salvación se produce por un curioso azar, por su deficitario estado de salud. Al llegar el final de la de la guerra, y ante las claras expectativas de derrota, se recibe en los Lager la orden de abandonar los campos con los enfermos e iniciar la tristemente famosa Marcha de la Muerte con el resto de los prisioneros, como una manera eficaz de asegurarse la muerte del mayor número de ellos. La liberación sorprende al autor en la rutina diaria de sus últimos días de infierno y abandono, dejando entre la nieve el cadáver de uno de los compañeros de cuarto en la enfermería del campo. La fosa común estaba ya demasiado llena. Para quien no lo sepa, Auschwitz es solo el nombre genérico que reciben un conjunto de cuarenta campos de concentración cercanos al más famoso y más grande de todos ellos, el que verdaderamente tenía este nombre. El traslado de Primo Levi desde la Buna (su campo) hasta el campo principal para comenzar con su largo proceso de recuperación física supone el principio de su toma de conciencia sobre la situación real que había vivido. Sin embargo, no estamos ante un libro cuyo hilo conductor sea un discurso reflexivo sobre los límites del mal en el pensamiento y la obra del ser humano. “La tregua” imparte sus lecciones desde el relato de una experiencia vital con el necesario punto de vista subjetivo que ha de tener toda buena narración. “La tregua”, además, nos muestra esa parte del drama que nunca nos cuentan las películas sobre el holocausto. Con frecuencia, el cine se queda en la imagen famélica de los supervivientes, en los oficiales alemanes detenidos por los rusos. Pero, en una Europa dividida, destrozada por las secuelas de la guerra, ¿cómo es el largo regreso a casa de aquellos que están desposeídos de todo, a veces incluso de su propia identidad? Se trata, por tanto, de un libro más novelado que cuenta la dramática aventura del regreso a la patria del pasado, a la casa familiar, a la ciudad que se había abandonado en un tren atestado por seiscientas cincuenta personas de las solo tres regresarían. Esto no le resta valor como una de las obras más importantes para la construcción de una conciencia histórica y política. Se trata de una historia de vagabundeo, de comercio clandestino, de enfermedades, de gestos que revelan la condición animal del hombre, de ciudades destruidas, de trueque, de reencuentros inesperados en paisajes que hoy son ya irreconocibles. Es la historia de un desánimo constante que, sin embargo, no conduce a una falta de interés por la vida; el desánimo de un cuerpo que no termina de volver a su antigua vitalidad, de un hambre que no parece saciarse nunca, de un destino que no termina de aclararse, de una espera que parece eternizarse, de un viaje de regreso en tren que se alarga excesivamente y, ya en territorio italiano, el desánimo de la culpabilidad por sobrevivir ante la cruda y silenciada realidad de aquellos que nunca iban a tener la suerte de poder sorprender a sus familias con su regreso. A través de Polonia, Rusia, Rumanía, Hungría, Checoslovaquia, Austria, Alemania, otra vez Austria y, por fin, Italia, el relato va desde la tranquila felicidad de una comida o la satisfacción de entenderse con aquellos con los que no se comparte el idioma hasta la aterradora descripción de la muerte de individuos que no podrán ser recordados más que por el párrafo que Levi les dedica en su obra. Y, desde cada una de sus páginas, nos da el mandato a los lectores de todos los tiempos venideros de no olvidar ni mirar hacia otro lado en cada una de las brechas donde nace la tragedia humana, un mandato plenamente justificado por el sufrimiento de aquellos a los que le tocó vivir una experiencia que les marcaría para siempre, más allá del tatuaje con el número de identificación. Algo que solo puede entenderse al leer ciertos pasajes como este con el que ya acabo y que da cuenta de la irreparable herida que dejan el odio entre los pueblos y los crímenes contra la humanidad en sus víctimas: “Pero solo después de muchos meses fue desapareciendo mi costumbre de andar con la mirada fija en el suelo, como buscando algo que comer o meterme en el bolsillo apresuradamente para cambiarlo por pan; y no ha dejado de visitarme a intervalos unas veces espaciados y otras continuos un sueño lleno de espanto.”

miércoles, 4 de abril de 2012

Lectores, el libro ha muerto.


Las conversaciones sobre la muerte del libro tradicional a manos de los ebooks y los ereaders me recuerdan a aquellas que mantenía en la infancia acerca de los cambios que nos traería el futuro en la vida cotidiana. Muy típico era imaginar que en el año 2000 veríamos volar los coches, pero parece que llevamos doce años de retraso y, probablemente, acumularemos muchos más. El futuro ya no es lo que era, decía mi amigo Dani en tono de broma, no sé si consciente de que su frase resume a la perfección la innegable distancia que existe entre lo que imaginamos por anticipación del porvenir y las realidades que nos acabamos encontrando ¿Estamos seguros de que el formato papel está en riesgo? A la espera de que se publiquen los datos de 2011, las conclusiones del Estudio de Comercio Interior del Libro en España no son claras. El titular puede adivinarlo cualquiera: las ventas de libros caen un 7% pero crecen en formato digital. Con todo, la facturación alcanzó los 2890 millones de euros. En cambio, la recaudación obtenida de la venta de libros en formato digital llegó a los 70,50 millones de euros, lo que supone un crecimiento del 37% con respecto al año anterior. Entrando un poco más en detalle, este crecimiento no parece el esperado cuando llevamos ya varios años escuchando que el ereader va a ser el regalo estrella de las Navidades, la oferta de títulos se incrementó en el mismo año en un 141% y, lo más importante en los tiempos en que vivimos, los beneficios obtenidos a partir de la venta de títulos digitales representan tan solo un 2,4% del total. No parece que la muerte del formato papel sea, por tanto, un hecho tan claro en estos momentos. Si, en plena crisis económica y en general social, un formato tan aparentemente económico, cuyas ventajas en lo que se refiere al espacio son tan evidentes y que cuenta a su favor con el factor moda no ha sido capaz de hundir de forma más eficaz el mercado editorial tradicional, es porque las noticias sobre la muerte del libro tal y como lo conocemos estaban siendo muy exageradas. Como en todo fenómeno de transformación cultural, gran parte de la evolución de las tendencias deben su éxito no solo a la bondad de los cambios, sino también al grado de acierto o error con el que se toman las decisiones empresariales. El celo excesivo por monopolizar sectores del mercado lleva con frecuencia a la autolimitación de los beneficios, aunque a corto plazo pueda parecer lo contrario. Son muchos los aspectos que podrían analizarse para dar explicaciones sobre el extraño patrón de asentamiento que están teniendo los ebooks en el panorama cultural. Empecemos por los soportes. Hay muchísima gente que declara sufrir un cansancio prematuro al leer en pantallas, especialmente, en pantallas de ordenador. Además, los ereaders y tabletas están todavía a precios poco asequibles y el cuidado que se debe poner en protegerlos de todo riesgo los excluye de entornos de lectura tan placenteros como, por ejemplo, una playa. Por otro lado, el tan alabado ahorro económico que se atribuye al formato digital está más que sobrevalorado. En la página web de una de las mayores cadenas de librerías nacionales, se ofrece Diario de Invierno de Paul Auster en formato electrónico por 14,99 €. Sin embargo, se pueden encontrar ediciones en papel por 18,90 €. Desde luego, esta no es la mejor manera de convencer a un público que sigue siendo reticente al cambio y que, con frecuencia, entiende que los libros tienen una funcionalidad decorativa y sentimental antes y después de su lectura. Después de leer un ebook, al lector no le queda nada. Sin embargo, el libro, después de su lectura, sigue siendo un objeto entrañable, empapado de emociones. Creo que el debate tiene más sentido si se centra en géneros y tipos. La literatura tardará mucho en sufrir la muerte del libro, si es que llega a sufrirla alguna vez. Sin embargo, los libros técnicos sí parecen estar avanzando hacia el polo de la digitalización a una mayor velocidad. Según el Estudio ya citado, el 68,9% de los libros vendidos en 2010 pertenecen al ámbito de la economía y el derecho. Y detrás de este hecho está la realidad indeludible de los perfiles de consumo. Evidentemente, no se siente tanto apego a un volumen de Derecho Administrativo cuando se acaba de usarlo que, por poner un ejemplo fácil, por un ejemplar de La voz a ti debida después de una primera lectura. De momento, esta realidad no se puede rebatir.

domingo, 25 de marzo de 2012

Talleres de creación literaria


Buscando algo no demasiado aburrido entre las actividades de formación que ofrece el Centro de Profesores, encuentro una actividad con un título muy sugerente “La escritura creativa como recurso didáctico para el profesorado” y, además, es presencial. Solicito la admisión sin pensarlo. Para empezar, porque no es un curso on line. Estoy harto de ya de pasar largas horas frente al ordenador leyendo infumables e interminables documentos sobre competencias básicas y proyectos curriculares y de esas inevitables tareas que siempre consisten en lo mismo: diseñar una unidad didáctica. Un curso presencial es una oportunidad para el contacto con ese conjunto anónimo y sin rostro que es el gremio docente para los que trabajamos en él, ya que la docencia es una experiencia muy marcada por la soledad profesional. Además, el tema me interesa especialmente y la ponente es Teresa Suárez, a quien conozco personalmente y me inspira confianza. Al hilo de esta anécdota, empiezo a preguntarme cuál es la verdadera función de los talleres y cursos de creación literaria. De partida, he de decir que no creo posible que el nacimiento de un talento literario dependa de la asistencia a uno de estos talleres. Sería absurdo este planteamiento, sobre todo, cuando miramos a cualquier época de la historia y pensamos por un instante en cómo pudieron ser las vidas de los escritores o escritoras que la protagonizaron. Evidentemente, a escribir se aprende. Primero, como la mera transcripción de un código sonoro a un papel. Después, como un instrumento que permite la distribución, ampliación y externalización de las funciones psicológicas. Por último, pero esto no es normativo, la escritura puede llegar a ser un modo de expresión íntimo, específico de quien de la usa, y que puede convertirse en una herramienta para la terapia, la creación, la divulgación, el testimonio… El talento y la calidad literaria mantienen una relación que no es directa. Probablemente, no exista persona alguna carente de talento, pero es la disciplina, el trabajo, lo que acaba dirigiendo el talento hacia la calidad. Este camino, en el caso de la literatura, es un camino que conduce, con frecuencia, al aislamiento. Como no podría ser de otra forma, la formación tiene que ser de carácter autodidacta, en un proceso en el que es el propio escritor quien elige quiénes van a ser sus maestros y que siempre comienza por imitación. Dudo mucho que los Chejov y las Ajmatova del futuro nazcan de quienes hoy asisten a talleres y cursos de creación literaria. Como sentencia el protagonista de Lugares comunes al comienzo de la película: “El escritor escribe. Si alguien quiere aprender a escribir podrá llegar a ser una persona que escribe, pero nunca un escritor”. Sin embargo, la finalidad de una actividad formativa es, en principio, el aprendizaje. Cabe preguntarse entonces qué utilidad tiene un taller de creación literaria, qué sentido tiene la organización de este tipo de iniciativas. Supongo que la supervivencia de este formato está relacionada con la democratización de las experiencias vitales que se está llevando a cabo en nuestros tiempos. Parece que es ya una idea muy extendida la que afirma que para tener una vida plena hay que experimentar un todo listado de sensaciones y vivencias que pasan por tener hijos, estudiar en la Universidad, probar algunas drogas, practicar deportes de riesgo, asistir a un multitudinario festival de música, viajar a bordo de un crucero, aprender a conducir, ir a Cádiz en carnaval o visitar un parque temático, entre otras muchas. De esta forma, los talleres literarios responden a esta necesidad de tachar un ítem de una lista, en la que ha sobrevivido escribir gracias a aquella vieja máxima del hijo, el árbol y el libro. No niego que, sobre todo en edades tempranas, los talleres literarios no puedan despertar el interés de aprendices en formación que acaben confeccionando buenos textos. Sí me gustaría señalar, en cambio, que al contrario de disciplinas como la arquitectura (que sí necesita a las Escuelas Superiores Universitarias para perpetuarse como arte), la literatura no necesita a estos talleres para seguir produciendo frutos satisfactorios. Y, por lo tanto, desde un punto de vista estrictamente literario, desempeñan un papel marginal.

jueves, 15 de marzo de 2012

Esperando a que escampe


Supongo que decidí que necesitaba escribir en la primavera de 1997. Había pasado media vida preguntándome cuáles eran mis aficiones y otra media desinteresándome por casi todo lo que empezaba sin llegar a terminar nada. Había que canalizar cierta energía, volcar hacia un objetivo un exceso de pensamiento y acabé encontrando un filón. Fue algo intencional. Bajé a la papelería, compré un cuaderno tamaño cuartilla al que coloqué una pegatina de evidente contenido político y busqué un bolígrafo que soltara tinta sin reticencias. Supongo que empecé a tomarme en serio la literatura y, por ende, lo que escribía en marzo de 1999. Allanado el camino unos años antes por Cien años de soledad, la lectura de Rayuela fue una iluminación, una especie de plano de la isla que se me otorgaba antes de haber decidido el carácter insular de mis preocupaciones intelectuales. Como una aparición divina que ya no deja lugar a las dudas sobre la posibilidad de un apostolado, un umbral que, una vez traspasado, te obligaba a seguir a ciegas por una casa desconocida, en la que la satisfacción de ver rincones iluminados suponía un gozo tan inmenso como poco habitual. La necesidad de habitar el espacio público me vino por casualidad. A través de una amiga común, conocí a Miguel Mejía y, a partir de ahí, la peregrinación de los sábados por la noche a un bar que iba cambiando cada cierto tiempo se convirtió en condición en indispensable (salvo en los años de oscuridad de los que no quiero escribir aquí), en el mayor de los acicates para seguir adelante en este esfuerzo autoimpuesto de esculpir mal o bien formas en la desestructurada forma de la fonética y la semántica. Poco a poco, fui conociendo a mucha gente. Jamás podría haber imaginado que una ciudad tan pequeña como Huelva acumulaba una cantidad tan inmensa de interesados e interesadas por la literatura, especialmente, por la poesía. Y, así, fui haciéndome con una serie de referentes cercarnos que me ayudaron a construir mis principios literarios (por llamarlos de alguna manera). Supongo que este sería el momento de empezar a detallarlos, de recordar anécdotas vividas o escuchadas que ilustran las actitudes que fui construyéndome y aún conservo. El problema es que, en estos momentos, siento que he perdido mis referentes. Las enormes distancias impuestas por la vida laboral, el cansancio de muchos y algunos errores me han dejado en una sensación de soledad, de no poder aportar nada en el panorama cultural de mi ciudad y tener que asumirlo con honradez. Soy plenamente consciente de que los errores cometidos no son malintencionados, es más, puedo llegar a comprenderlos plenamente y de buena fe. Pero se trata, en algunos casos, de errores no reparables (y no estoy exagerando) y, por otro lado, nunca quise ser ese columnista al que se le recuerda que la hemeroteca es un lastre. Por muy estúpido que parezca, no estoy tranquilo en los territorios fronterizos cuando afectan a mis convicciones personales. Valoro muchísimo la amistad y la confianza de la gente que me ofrece proyectos y no voy a dar nombres propios porque no quiero que penséis que esto es un enfado o que trato de perjudicar a alguien. Nada más alejado de mis intenciones. De hecho, uno de mis principios fundamentales en este mundillo literario es que hay que apoyar todas las iniciativas, todos los proyectos y luchar con la asistencia y la difusión para que no se pierda nada de lo que se está haciendo en Huelva. Por ello, pienso seguir asistiendo a cada evento, difundiendo a través de las redes sociales dentro de mis posibilidades. No puedo negar, en cambio, que empiezo a sentir un profundo agotamiento que se ve agudizado por el desencanto que me provoca comprobar todas las rencillas, las discusiones, las peleas, las malas caras, el rencor y otras enfermedades que afectan a la Huelva literaria. Y son todas estas razones las que me hacen tomar la decisión de restringirme a mis poemas, mis lecturas, mis blogs y a la tertulia de los sábados, que siempre se ha caracterizado por la paz y por un formato horizontal de reunión de amigos. Os valoro a todos y a todas mucho, muchísimo, y eso me lleva a no entrar en la dinámica de seguir con proyectos sin estar al cien por cien y con desgana. Tomo una decisión que no es fácil, que me perjudica y que me va a exigir la tarea de eludir explicaciones que no me apetece dar porque no pretendo molestar a nadie. De momento, el mal tiempo me invita a desaparecer de las plazas. Os prometo que, cuando escampe, saldremos a celebrarlo.

jueves, 8 de marzo de 2012

Poeta en Nueva York


Luis García Montero, un buen aprendiz de Lorca, da comienzo a su poema “Sonata triste para la luna de Granada” con verso que me parece magistral, casi una sentencia por sí mismo: Esta ciudad me mira con tus ojos. La proyección de sentimientos sobre el paisaje, especialmente, sobre el paisaje urbano, la identificación de las condiciones ambientales con la fuente de una tensión emocional de especial intensidad es un recurso muy habitual en la poesía. Un recurso que responde a una necesidad humana, la necesidad de atribuir una red de significados al mundo en el que vivimos. Esa ilusión de control que nos hace mirar el paisaje como un libro que puede ser leído y cuyas claves podemos desvelar con cierto esfuerzo intelectual es una fuente de estabilidad psicológica, una guarida en la que protegerse durante las frías y sordas horas de soledad. Está claro que no voy a descubrir nada nuevo si afirmo que Poeta en Nueva York es un libro que responde, en gran medida, a esta necesidad, a este esquema y que el foco de atención en la interpretación del libro hay que ponerlo en la primera parte de su título, el poeta, más que en el segundo, la ciudad de Nueva York, aunque es evidente que estos poemas nunca hubieran sido los mismos sin no hubiese mediado este viaje iniciático como catalizador de un río de versos que puede considerarse, así al menos lo hacía su autor, como un único y gran poema. Lorca llega a la Gran Manzana en 1929, en plena catarsis de superación de un desengaño (y su consecuente fracaso) sentimental. A un escritor inquieto y conmovido, más acostumbrado al entorno rural y de ciudades de mediano tamaño que conformaban la realidad española del momento, la desmesurada muestra de deshumanización y tecnificación de Nueva York no podía dejarle indiferente. El impacto es brutal sobre el poeta y el establecimiento de un contraste con un modo de vida más cercano a un orden natural es inevitable. Esta línea de creación es la que lleva al tipo de poemas más reconocibles. La aurora es, además del prototipo, el poema más celebrado, probablemente, el poema más famoso del libro. En él, el enfrentamiento entre el orden natural y la pérfida creación civilizada de un ser humano que actúa como un dios no es solo la la línea argumental del mismo. Además, en la narración de esta derrota de las fuerzas de la naturaleza, el lenguaje que se utiliza refuerza la transformación del mundo en lugar mucho más triste, donde los enjambres están formados de monedas, los niños son víctimas taladradas, los nardos sufren de angustia, las palomas son negras, el esfuerzo humano no produce frutos, la luz está muerta y sepultada y, en definitiva, la ciudad del futuro es un territorio en el que solo es posible el sufrimiento. Una vez establecida la unidad entre la obra del hombre y la maldad, limitarse a esta visión como único prisma desde el que puede analizarse el libro es “reduccionista”. Lorca está sufriendo turbulencias emocionales y sus motivos, como la ciudad de Nueva York, son profundamente humanos. No hay que jugar demasiado a la hermeneútica para descubrir la proyección del sentimiento amoroso sobre los contextos en los que se conciben estos poemas, ya que, en alguno de ellos, si bien no tienen el amor como tema principal, se encuentran claras referencias a estos motivos. Así, en “Tu infancia en Menton”, hay un fragmento especialmente clarificador:

Es tu yerta ignorancia donde estuvo
mi torso limitado por el fuego.
Norma de amor te di, hombre de Apolo,
llanto con ruiseñor enajenado,
pero, pasto de ruina, te afilabas
para los breves sueños indecisos.
Pensamiento de enfrente, luz de ayer,
índices y señales del acaso.
Tu cintura de arena sin sosiego
atiende sólo rastros que no escalan.
Pero yo he de buscar por los rincones
tu alma tibia sin ti que no te entiende,
con el dolor de Apolo detenido
con que he roto la máscara que llevas.

En “Poema doble del lago Eden”:
Pero no quiero mundo ni sueño, voz divina,
quiero mi libertad, mi amor humano
en el rincón más oscuro de la brisa que nadie quiera.

En el siniestro “Nocturno del hueco”:
Es la piedra en el agua y es la voz en la brisa
bordes de amor que escapan de su tronco sangrante.
Basta tocar el pulso de nuestro amor presente
para que broten flores sobre los otros niños.

En “Ruina”:
Mi mano, amor. ¡Las hierbas!
Por los cristales rotos de la casa
la sangre desató sus cabelleras.

Tú solo y yo quedamos;
prepara tu esqueleto para el aire.
Yo solo y tú quedamos.

En la celebérrima “Oda a Walt Whitman”:
El cielo tiene playas donde evitar la vida
y hay cuerpos que no deben repetirse en la aurora.

Y, por supuesto, en el “Pequeño Vals Vienés”:
Dejaré mi boca entre tus piernas,
mi alma en fotografías y azucenas,
y en las ondas oscuras de tu andar
quiero, amor mío, amor mío, dejar,
violín y sepulcro, las cintas del vals.

Supongo que siempre es un buen momento para volver a Poeta en Nueva York. En agosto del año 2011, se cumplieron 75 años del asesinato de Federico García Lorca y el curso escolar 2011 / 2012 ha sido el elegido por la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía para celebrar un efeméride y llevar su obra hasta las aulas de la educación obligatoria. Sigo ignorando si una educación literaria será un recurso eficaz para hacer de mis alumnos y alumnas unas mejores personas. Mientras la realidad no me demuestre lo contrario, quiero pensar que sí mientras escucho a un grupo de niños y niñas de doce años recitando “La aurora” con voz trémula e indecisa ante un auditorio que, probablemente, no entienda demasiado. Esta convicción se hace más fuerte, cuando pienso en la cruda realidad que dibujan para Europa un enjambre de ministros tecnócratas, demasiado alejados de los valores del humanismo.

jueves, 16 de febrero de 2012

No estaba lejos, no era difícil


Joan Margarit y Luis García Montero estuvieron en la Casa de la Cultura de Huelva a mediados de marzo de 2011 presentando sendos libros de poesía publicados en la colección Palabra de honor de la Editorial Visor. Fui a aquella lectura con mi madre con la motivación de escuchar a García Montero, un poeta que siempre tiene propuestas interesantes, que maneja muy bien la distancia corta y cuya forma de recitar hace sus poemas más convincentes. Además, tenía la curiosidad de iniciarme en el conocimiento de Joan Margarit, un escritor del que apenas sabía el nombre, su vocación de catedrático en Cálculo de estructuras y su condición de poeta en lengua catalana. Aquella doble lectura de poesía tuvo un efecto paradójico en mi conducta de consumo, ya que acabé por comprar, unas semanas más tarde, el libro de Joan Margarit y sigo sin tener demasiado interés por leer el poemario de Luis García Montero. Joan Margarit, a sus 73 años, nos ofrece una cuidada y honesta colección bilingüe de poemas donde dibuja la parcela de la realidad que es capaz de abarcar con su palabra. Las claves del poemario están explicadas por él mismo al final del libro, en un epílogo de desbordante inteligencia. No estaba lejos, no era difícil es, además del título de la obra, la constatación de que se ha llegado a esa etapa de la vida sobre la que nadie quiere pensar, la vejez, la última y, en consecuencia (y por mucho que quiera dulcificarse), la antesala de la muerte. El poeta vence el miedo a lo desconocido, sustituyéndolo por lucidez, una lucidez que le conduce hacia el respeto por sí mismo que, en definitiva, no es otra cosa que dignidad. El miedo se manifiesta por la ausencia de amor y, en la concepción de Margarit, no hay mejor manera de ejercer el amor que en la lectura y escritura de poesía (a las que considera sinóminas). La buena poesía tiene la intensidad de la verdad, involucra a quien la escribe, el poeta es lo que pueden llegar a ser sus poemas. Por ello, nunca puede ser un atajo ni un subterfugio, ya que se busca un espacio para el reencuentro consigo mismo en el territorio de la dignidad. ¿Qué nos puede ofrecer un poeta a los 73 años? La respuesta es igual de sencilla o compleja si cambiamos la edad en la pregunta. Después de todo, los temas de los poemas del libro son los mismos que aborda la poesía desde hace ya tantos y tantos años: el amor, la memoria, la muerte, la identidad... Es la lente que proporciona la experiencia vital y las circunstancias biográficas del que escribe la que da un tono emocional distintivo al discurso. Así, el amor se aleja ya de las tensiones del cuerpo y forma parte del terreno de la inteligencia, es el juez que dispone de la última palabra. Los recuerdos son ahora una necesidad más que una carga involuntaria del viaje y esta necesidad está íntimamente ligada a proceso de construcción continua que es la escritura. El poeta es plenamente consciente de su edad. Sabe que se halla en un tiempo que no le pertenece, un tiempo en el que vive “con una mezcla agridulce de proximidad y distancia”. Por ello, no es extraño que sienta la visión de la belleza juvenil como una luz demasiado intensa para sus ojos y que abunden las referencias a los recuerdos que más han pesado sobre su conciencia. Así ocurre con la presencia de Joana, la hija fallecida. Así ocurre con las calles y arrabales en los que pasó una infancia que ahora pertenecen a una región a la que mira sin sentimentalismos, constatando el irreprimible cambio al que está sometido el paisaje humano. Frente a la imagen de París, Joan Margarit afirma: “La ciudad que yo amaba la he perdido”. No es posible envejecer y morir en el mismo mundo en el que se creció, en el que se vivió, porque aquel mundo ya solo existe en los ojos de quien mira el presente mientras recuerda. Aparece también en varias ocasiones la presencia de la madre y, ligados a ella, los juegos de una edad despreocupada, la llamada al anochecer que materializaba la necesidad de volver a la rutina de la casa, el miedo infantil y juvenil que se sustenta en el desconocimiento “de lo poco que pesa vida alguna”. Consciente o inconscientemente, la imagen de la muerte que revela el libro es muy borgeana. El poema “Aniversario con estatua” tiene un verso final en el que proclama “la tierra prometida era la muerte.” Un verso que recuerda al descorazonador final del soneto que el genio argentino dedicó a la La isla del tesoro. Espero que la tierra prometida no tenga prisa por reclamar a Joan Margarit durante muchos años y que su lucidez de viejo digno y sabio nos siga dejando testimonios cercanos y asequibles.

domingo, 12 de febrero de 2012

Quisiera ser centrojás

Si no me falla la cuenta, en el año 2000, hubo un ciclo dedicado a Federicco Luppi en el Festival de Cine Iberoamericano. Era sábado y decidí acudir al Gran Teatro a ver una de aquellas películas, No habrá más penas ni olvido, una genial tragicomedia que mostraba cómo, en nombre de Perón, se pueden enarbolar banderas de ideologías radicalmente opuestas, se puede incluso asesinar a un compatriota que se declara abiertamente peronista. No fui consciente hasta doce años después de que, detrás de aquel genial guión, había un novelista, un escritor que, por un extraño camino, acabaría leyendo. Las pasadas navidades hice un intercambio temático de libros con mi amigo Miguel Mejía (con quien coincidí aquel sábado en el cine) y, entonces, volvió a tomar forma y superficie el recuerdo. Se hace raro pensar en un delantero centro con alma de narrador. Quizá no sea tan extraño si nos atenemos a los hechos y pensamos en un narrador con alma de delantero centro. Esta tarde quiero recomendar la lectura de un libro de relatos llamado Fútbol, una recomendación que es de obligado cumplimiento si se tiene en cuenta que se han escrito muy pocos libros salvables que giren alrededor del que llaman deporte rey. Un buen libro de relatos cortos sobre fútbol solo podía escribirlo un argentino y así fue. Osvaldo Soriano (1943 – 1997) alternó durante toda su vida las profesiones de periodista y narrador, pero nunca perdió la pasión cultivada desde la infancia por el balón, por el gol, por las gambetas... El libro mezcla los dos géneros que cultivó el talento de Soriano: el periodístico y el literario. Intercalados entre las narraciones, aparecen algunos reportajes sobre la historia de San Lorenzo o sobre algunos protagonistas del pasado del fútbol argentino. Sin embargo, es en el terreno de la ficción donde se puede calcular con exactitud la talla del narrador en cuyas manos nos hemos puesto. Los cuentos de Soriano afectan a todas las facetas del fútbol: los recuerdos de partidos en la infancia frente a niños de otros barrios, otros pueblos; la facilidad con que se asocia este deporte con el mundo emocional y sentimental; esos partidos de campeonatos regionales en los que el juego sucio y la tangana son una condición tan indispensable como el balón y las porterías; los árbitros, esos extraños personajes que disfrutan incomodando a todos los bandos; el miedo indescriptible a los penaltys y lo larga que puede hacerse la espera hasta que el toque de silbato autoriza la soledad y el sufrimiento del portero; los partidos amañados; las quinielas; las lesiones; el mundo polarizado de los entrenadores, sus historias profesionales, la eterna tensión entre orden y despliegue ofensivo. Plagados de referencias al cine, la literatura y la filosofía, los cuentos de Soriano no son un espejo del fútbol que vive entre el lujo y el reconocimiento. Los personajes son el extremo más alejado del crack mundial o el entrenador carismático y superestrella. Los futbolistas que habitan las páginas del libro hablan con frecuencia desde el retiro, desde una madurez muy alejada ya de los campos de juego. Hay árbitros con secuelas físicas de las palizas recibidas por sus decisiones y algún cowboy, hijo de Butch Cassidy, que hace respetar el reglamento con su revólver. Se puede asistir al testimonio del Míster Peregrino Fernández, futbolista de oficio que trotó por Europa durante los años treinta y cuarenta, que sufrió la ignominia de los campos de concentración y que se hace famoso como entrenador por sus equipos ultraofensivos y por alinear doce o trece jugadores durante los partidos en un despiste del colegiado. El amante del fútbol es una de las evoluciones del lector de literatura épica. No hay nada que se disfrute más que una remontada, por mucho sufrimiento que implique en su comienzo, de la misma forma que se vibra con la victoria final del héroe cuando parece que ya todo está perdido. Éste es, tal vez, el gran acierto estilístico de Soriano, haber sabido unir la narración épica al deporte que más se alimenta de la hazaña, de la historia que se narra de padres a hijos en un río interminable por muy sepia, blanquinegro o analógico que sea su recuerdo.

jueves, 9 de febrero de 2012

Dos puntos

Para cualquiera que esté interesado en la poesía, el primer encuentro con la obra de Wislawa Szymborska es una suerte de alumbramiento, una oportunidad para redescubrir aquella vieja capacidad de sorprenderse con un verso que parecía ya tan lejana y perdida, después de haber pasado por La tierra baldía, Poeta en Nueva York o Poemas humanos. Casi me parece recordar todavía (aunque probablemente no sea más que una reconstrucción) aquella noche de sábado en el New Classic, hace ya muchos años, en la que Dani Salguero trajo unos cuantos poemas de esta excepcional poetisa polaca y nos dejó a todos los presentes absortos, con esa sensación de incredulidad ante lo que nos resulta novedoso sin que realmente lo sea, de no saber cómo podíamos haber vivido tanto tiempo en el más absoluto desconocimiento de una obra construida desde una de las voces más profundas y diferenciadas del panorama literario en los últimos tiempos. Sin embargo, tras unas breves y discontinuas lecturas de algunos de sus poemas en A media voz, pasó mucho tiempo hasta que hace unos cuantos meses me decidí a comprar alguno de sus libros. En una de mis visitas relámpago a la Feria del Libro, revisando los títulos que había traído José Manuel Alfaro al stand de su Taberna, encontré uno de los poemarios de Szymobrska, “Dos puntos”, en la edición de Igitur, en concreto, en el número 32 de su colección de Poesía. No pude resistirme. El poemario, que se publicó originalmente en 2004, tuvo una primera edición en Igitur en 2007 y una segunda en 2011, la que yo he podido disfrutar. Como bien expresa Ricardo Cano Gaviria (de quien tomo el hilo general de esta disertación y que, por eso, cito expresamente) en el prólogo, la poética de Szymborska es la del asombro ante la idea de lo pequeño que es el ser humano frente al universo y se expresa con una austeridad lingüística predominada por el tono coloquial y el lenguaje casi periodístico, como el que usa en Mañana – sin nosotros y que deja al lector con la impresión de estar ante un parte meteorológico. Su preocupación se centra más en definir la poesía de forma negativa. Por ello, no es raro que sienta su poesía como innecesaria violación de la norma general de no escribir y, más radicalmente, su propia existencia, la de cualquier ser humano, como un lance del azar. Muy revelador es, en este sentido, el poema Ausencia que comienza sin ambigüedades: “Faltó poco / y mi madre podría haberse casado /  con el señor Zbigniew B. de Zdunska Wola. / Y si hubieran tenido una hija no habría sido yo”. El viejo catedrático sitúa estas preocupaciones en el ciclo vital y da cuenta del cansancio y la desazón que se acumulan progresivamente con la conciencia del envejecimiento. Entrevista con Átropos es la necesaria visión sarcástica sobre la permanente sombra de la muerte. Su escritura es, al mismo tiempo, una indagación. Con una mirada casi científica, sus poemas parecen proponer un estudio del hombre. Quizá esta forma de proceder es la que está en la base de poemas como Perspectiva, probablemente el mejor de todo el libro, un texto en el que Szymborska se constituye en observadora y analizadora del comportamiento de un hombre y una mujer que se cruzan en la calle. Esta actitud no es la pretensión de responder a los grandes interrogantes, porque el poeta no puede esperar una respuesta que no sea su propia pregunta. El poeta, como ser humano, no es más que un mono escritor, que puede vivir la ficción de sentirse el héroe de la aventura cósmica, pero que toma conciencia de su verdadera condición animal cuando se enfrenta a los grandes interrogantes de la existencia. Por ello, y siguiendo con el tono sarcástico y burlón, aparecen poemas como Consuelo (donde la figura de Darwin es tomada como punto de partida para afirmar la necesidad del hombre de alejarse de la frialdad de la verdad científica que lo trata como a un vulgar ser vivo más)  o El horrible sueño de un poeta (donde se describe una sociedad feliz, neutra, tranquila, sencilla, comprensible, como una pesadilla de la que despierta rápidamente un hacedor de versos). Consecuentemente, la poetisa polaca otorga un valor muy alto al momento en que se concibe el poema, el instante en el que la conciencia se ilumina y, durante un breve tiempo, se tiene la seguridad de la existencia de un alma. Y, así, el último de los poemas del libro, solo podía empezar diciendo: “De hecho cualquier poema / podría titularse “Instante”.”

lunes, 6 de febrero de 2012

Alucinación submarina

Porque tengo que cumplir como sea con mi compromiso de los jueves en Las afueras, porque quiero completar aquellas reflexiones sobre la poesía como actitud sostenible ante la vida y porque, la verdad, me apetece, hoy quiero acercarme a un tema manido y antiguo, de esos que nunca van a ser trending topic y sobre los que ya nadie parece preocuparse (y con razón). Supongo que hay que tener un espíritu algo enfermizo, como el mío, para andar preocupándose todavía a estar alturas por las relaciones entre poesía y compromiso, más concretamente, sobre el lugar o el modo que puede adoptar el mensaje político, social, medioambiental, en el discurso poético. Como punto de partida, y antes de que alguien sienta el impulso de no seguir leyendo, diré que no creo que haya nadie capaz de defender a estas alturas que un buen poema es un arma eficaz contra las condiciones de opresión social y cultural. Sin embargo, nadie que haya leído un mínimo podrá negarme que un buen poema puede ser, a veces, un alivio pequeñito al final de uno de esos días en que las asfixiantes condiciones de opresión están a punto de estrangular la conciencia. Dicho esto, demos paso al núcleo del planteamiento. Tal y como yo lo veo, y esto es solo una opinión, un punto de vista, el mensaje comprometido en la poesía no puede estar explícito. Como ya expuse o sugerí en el artículo enlazado más arriba, los efectos que provoca un poema sobre sus lectores escapan con frecuencia a las intenciones del poeta, ya que la interacción entre la inteligencia que lee y los versos con los que temporalmente se enreda se produce en un plano íntimo y subjetivo. Un mensaje social demasiado explícito corre el riesgo de ser interpretado como un intento de manipulación, de adoctrinamiento. El lector, con frecuencia, reclama su cuota de protagonismo en la construcción de una semántica para el poema y suele huir despavorido ante todo intento de imposición de una lógica, de una determinada visión de las cosas. Por ello, y repito que esto es solo mi punto de vista, el mensaje comprometido en la poesía suele funcionar mejor cuando está implícito, cuando forma parte del trasfondo o es la consecuencia directa del relato de una experiencia o la presentación de una secuencia narrativa. Un buen ejemplo de este tipo de poemas es “In memoriam” de Gabriel Ferrater, donde desde un aparente desinterés se da cuenta de la cruel realidad de la Guerra Civil con la excusa de estar contando la adolescencia. No sé si me explico de forma adecuada. No digo que el poema tenga que ocultar claramente sus intenciones. Lo que digo es, como hace magistralmente Gil de Biedma en “Intento de formular mi experiencia sobre la guerra”, el foco no ha de estar puesto en el mensaje, sino en otros aspectos que otorguen unidad al poema y fomenten la empatía con el lector. En este último caso, en unos años raros de la infancia. Pero no quiero hoy centrarme en estos poetas. Quisiera volver la mirada sobre un poema que siempre me deja impresionado, lectura tras lectura. Se trata de Alucinación submarina, perteneciente al Libro de las alucinaciones de José Hierro. El poema dibuja un futuro apocalíptico en el que, según puede deducirse, la superpoblación humana hizo imposible la supervivencia de todos en la superficie. Los japoneses, aprovechando su superioridad tecnológica, consiguen esclavizar al resto de la especie e implantan branquias y aletas a una parte de ésta, obligándola a vivir bajo el mar y a surtirles de alimento a través del cultivo de algas. La voz del que habla es la de un viejo superviviente de los pasados años felices que recuerda con nostalgia su vida en la superficie. El trágico y sarcástico desenlace llega cuando convence a una serie de jóvenes para subir al antiguo paraíso y comprueba decepcionado cómo sus cuerpo percibe como un sufrimiento todas aquellas condiciones que se recordaban como placeres. Pueden sacarse varias lecturas del poema: el exceso de comodidad que nos ha hecho alejarnos de aquello que verdaderamente nos conforma, la necesidad de explotar a otros para mantener nuestro nivel de vida, la sobreexplotación de los recursos naturales, el desproporcionado crecimiento de la población mundial y la nefasta distribución de riquezas, la necesidad de luchar y construir desde el presente para sobrevivir. O quizá ninguna de estas lecturas sea correcta. Quizá Hierro solo quiso esbozar en tono burlón el discurso quejumbroso de aquellos que no son capaces de admitir el paso del tiempo y el inevitable cambio que lleva asociado, subrayando la eterna verdad del tópico que nos dice que no se debe volver a los escenarios en los que se fue feliz. Después de todo, ¿a quién le importa? A mí, al menos, son éstas las ideas que me sugiere Alucinación submarina desde alguna tarde perdida en el recuerdo de noviembre de 2008.

sábado, 21 de enero de 2012

Elogio de la ociosidad

Hace algunos años, alguien de quien no me fío demasiado me contó una historia curiosa sobre Bertrand Russell que, evidentemente, no me atrevo a reproducir. No escribo estas líneas para difundir rumores de los que no estoy seguro sobre la vida personal de este curioso cruce de matemático y filósofo. Como casi siempre, me asomo a esta ventana para comentar un libro. En este caso, se trata de Elogio de la ociosidad, que cayó en mis manos gracias a una interesante colección sobre los premiados por la Academia Sueca que ofreció el diario Público a un precio irresistible. El título del libro está tomado del título del primero de los microensayos que se recogen en el volumen. Se trata de una serie de reflexiones que, según el propio autor, pretenden analizar “ciertos aspectos del problema social que tienden a quedar ignorados en los conflictos políticos”. El libro se abre planteando la necesidad humana del ocio y el tiempo libre, una necesidad que solo puede ser cubierta de modo efectivo con una planificación racional del mercado laboral de forma que todos sin excepción trabajen (sin posibilidad de una riqueza ociosa ni de una pobreza condenada al paro), pero lo hagan un menor número de horas. El tiempo libre se define como una necesidad para la civilización que acabará por hacer más bondadosas a las personas. En “Conocimiento Inútil”, se nos invita a pensar sobre los efectos beneficiosos que produce el conocimiento en el ser humano y sobre la necesidad de replantearnos ese criterio que nos hace desdeñar todo conocimiento que no sea directamente aplicable o susceptible de generar alguna ventaja económica. Para ello, argumenta que el conocimiento es susceptible de ampliar los horizontes personales y ofrece formas de autoafirmación y prestigio al margen de la violencia. “Arquitectura y problemas sociales” es un lúcido análisis sobre los perjuicios que causan las condiciones de las viviendas en los suburbios marginales de las grandes ciudades, unos perjuicios que se producen, sobre todo, en las mujeres y en los niños. En este ensayo, se expone la necesidad de una incorporación de la mujer al mundo del trabajo y se aboga por la creación de guarderías en cada bloque de viviendas, de forma que los niños pudieran estar cuidados y desarrollando sus potencialidades en las mejores condiciones. “El Midas moderno” destroza toda esperanza de seguir creyendo en la equivalencia entre las reservas de oro y los sistemas monetarios de cada país y, poco a poco, va desgranando cómo este papel lo han ganado el mundo del dinero y las finanzas. En este punto, el libro se muestra revelador: los intereses del sector financiero nunca coinciden con los intereses generales de la sociedad y no es muy inteligente dejar que esta gente asuma cuotas de poder muy elevadas. ¿Os suena de algo? “La ascendencia del fascismo”, “Scila y Caribdis, o comunismo y fascismo” y “La coyuntura del socialismo” son los tres ensayos con un mayor contenido político. Desde un análisis del fascismo como triunfo de las filosofías irracionales, como una rebeldía frente a la razón, se pasa a una crítica a ambos sistemas totalitarios y, por último, se ofrece un modelo político de carácter socialista apoyado en argumentos como la posibilidad de ocio, el fin del beneficio económico como motivación, la desaparición de una clase privilegiada que no trabaja e, incluso, la disminución de posibilidades de que se produzca una guerra. “Civilización occidental” es, como su título anuncia, una mirada detenida a lo que nos define como sociedad desde una perspectiva histórica, donde se define la civilización como una combinación de previsión y conocimiento y en el que se demuestra la intolerancia que ha caracterizado a Europa durante siglos. “Sobre el cinismo de la juventud” pretende arrojar luz sobre las actitudes de la juventud occidental, que parecen incapaces de creer en los viejos ideales como la religión o la patria. En “Homogeneidad moderna”, se discuten las ventajas y desventajas de la estandarización y la uniformidad en las formas de ser y comportarse, deslizando la posibilidad de que tal circunstancia sea una tendencia inevitable en nuestras sociedades que, además, facilitaría unas mayores cotas de felicidad y cooperación pacífica. “Hombres versus insectos” afirma que son estos últimos la mayor amenaza para la supremacía del ser humano sobre la tierra, una amenaza que solo la ciencia puede mantener a raya y se pregunta si no sería mejor, desde un punto de vista cósmico, la victoria de los insectos sobre el ser humano. “Educación y disciplina” relaciona la actividad educativa con el concepto de civilización y subraya el problema del agotamiento físico y mental del docente. En “Estoicismo y salud mental”, la preocupación se centra en el miedo a la muerte y en la necesidad de educar este sentimiento en una sociedad en la que la religión va perdiendo cada vez más terreno. “Acerca de los cometas” toma a estos cuerpos celestes como excusa para poner el acento en la artificialidad de nuestra vida diaria. El libro se cierra con “¿Qué es el alma?”, donde se contrastan los puntos de vista materialista e idealista en el terreno de la ya muy vieja dualidad entre mente y cuerpo. Posiblemente, todas estas ideas resulten poco novedosas, algunas, incluso, un tanto rancias. No voy a discutirlo. Simplemente, me gustaría señalar antes de terminar que estos pequeños ensayos fueron escritos entre 1932 y 1935.

martes, 3 de enero de 2012

El transformador metabólico


Hace par de semanas estuve en casa de uno de mis primos, la conversación empezó a alargarse y a mezclarse con una copa de vino y no tuve más remedio que aceptar encantado la invitación a cenar. Después de pasar por las habituales paradas de la música, el trabajo y los amigos, y muy influidos ya por la cercanía de las Navidades, empezamos a recordar aquellas mañanas de Reyes en las que uno se levantaba inquieto, hiperactivo, olvidando lo mucho que le había costado dormirse, y corría hacia el salón donde esperaban varios paquetes envueltos en papel de regalo. Luego tocaba la ronda de visitas a casas de familiares y la visita a casa de mi primo, donde siempre encontraba dos paquetes, uno con alguno de esos juegos de mesa que siempre estaba pidiendo y otro (previsible ahora con el paso de los años, pero que no levantaba ninguna sospecha en mi mente infantil) que escondía de forma invariable un volumen de Superhumor, esa maravillosa colección de Ediciones B con tapas duras y páginas de guía de teléfono, en la que se recopilaban las historietas de algunos de los mejores personajes del cómic español: Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio, el Botones Sacarino, Rompetechos... Mi tío Juan siempre ha sido un gran aficionado y coleccionista de este producto cultural español y, en su afán por compartir con sus hijos y sobrinos su pasión, acabó por hacernos el más grande de los favores, acabó por acostumbrarnos a la lectura. Toda actividad que requiera una dosis de esfuerzo solo puede convertirse en satisfactoria a través del cultivo de un hábito, de una rutina si se prefiere, algo que para cualquiera que haya vivido un es evidente y que los psicólogos y educadores no se cansan jamás de repetir. ¿De dónde puede haber venido mi paciencia para sentarme y dedicar tiempos indefinidos a la lectura sino de aquellas primeras experiencias en las que Mortadelo era capaz de empeorar cualquier problema recurriendo a uno de sus disfraces o Sporty se quedaba sin ganar una carrera por no haber leído con detenimiento una palabra con tilde? Es posible que mi primer encuentro placentero con la poesía viniera de la mano del torpe Alfalfo Romeo, cuyas aventuras se contaban en verso y con rimas ripiosas ante las que no se podía evitar una sonrisa. En la última viñeta de todas sus historietas, mientras nuestro antihéroe huía de una un perseguidor lleno de ira, siempre se podía leer esta cuarteta:

¡Mal lo tiene nuestro amigo
para estar junto a Julieta!
¡Seguro que lo consigo
en la próxima historieta!

Al día siguiente, mientras revisaba los textos que habían escrito mis alumnos y alumnas para el certamen de relatos navideños organizado en el colegio, me sorprendí por la abusiva presencia de personajes infantiles que pedían en sus Cartas de Reyes una Blackberry, un teléfono táctil, una tableta o, en el mejor de los casos, una consola de videojuegos, personajes que no erán más que un trasunto de sus propias personalidades y sus deseos, enfrentados a los de unos padres que acaban por transigir a sus deseos. Pensé entonces en la necesidad de aprovechar la costumbre de hacer regalos en estas fiestas para regalar lectura, algo que es beneficioso a cualquier edad pero, sobre todo, en la infancia. No hace falta que yo diga que los hábitos son más sencillos de establecer a edades tempranas, ya que el tiempo, el envejecimiento, suele volver a la persona más inflexible y a sus recursos intelectuales más estáticos. Evidentemente nada garantiza que una persona leída, culta, sea mejor que otra no instruida, pero sí es cierto lo que nos señala Bertrand Russel a propósito del mal llamado conocimiento inútil: “El bravucón del colegio rara vez es un muchacho cuyo aprovechamiento en los estudios está por encima del promedio. Cuando se produce un linchamiento, los cabecillas son casi invariablemente hombres muy ignorantes. Esto no es así porque el cultivo de la mente produzca sentimientos humanitarios positivos, aunque puede hacerlo; es más bien porque proporciona otros intereses que el maltrato a los vecinos y otras fuentes de respeto a la propia personalidad que la afirmación del dominio (…) La cultura proporciona al hombre formas de poder menos dañinas y medios más dignos para hacerse admirar.” Por otro lado, es también cierto que crecer rodeado de libros no garantiza un amor desmedido por la lectura. Nadie podrá negarme, sin embargo, que una infancia sin libros tendrá una menor probabilidad de acabar en pasión por la lectura. Estamos siempre, en todo momento, construyendo el futuro con nuestras acciones y omisiones. Aprovechemos estas fiestas para intentar aportar algo a la construcción de un a sociedad mejor regalando lectura a niños y niñas. Esperemos que 2012 sea, al fin, un año con algo de luz.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Prólogo - presentación para la antología - apertura del IV Encuentro de Verdes Escritores y Escritoras (Moguer, Octubre de 2011).


Ya que esto tiene que empezar de algún modo, empecemos por la imposibilidad de estar plenamente convencido sobre las propias posturas morales. Salvando unos cuantos universales y axiomas a partir de los cuales no se suele estar dispuesto a ceder, la mayoría de nuestras posturas éticas tienen una estabilidad ficticia, una estabilidad en la que necesitamos creer para salvaguardar el necesario equilibrio psicológico. Cualquiera que se detenga un momento a pensar en la evolución de su propio sistema de valores (me gusta más la palabra ideología pero ya se sabe que el abuso político que se ha hecho de este término le ha provocado un serio y triste desgaste), se dará cuenta en seguida del cambio que ha sufrido su modo de interpretación de la realidad a lo largo del desarrollo social y emocional que le ha llevado al momento en que vive. Y si esto no es así, probablemente, se deberá a que se está haciendo un análisis sesgado e incapaz de superar las barreras que impone la autocensura. A nadie extrañará que ahora afirme que este continuo proceso dinámico de la moral me parezca sano. Me explico. El cambio de postura en los modos de pensar, cuando puede justificarse, es síntoma, en el mejor de los casos, de una revisión, de un constante planteamiento de dudas y de la humildad de admitir que la forma en que se percibe el mundo puede estar equivocada. Aquellos que se declaran inmutables en su forma de pensar resultan, en ocasiones, sospechosos de no querer admitir que existen otras realidades mentales y justifican, de este modo, que se les atribuya una peligrosa falta de empatía. Se me podría decir que el cambio de posturas éticas no siempre está bien meditado y que se trata en muchas ocasiones de una simple sumisión a los contextos. Es cierto. Pero conviene recordar que éste es un proceso adaptativo y que, por muchos libros de metafísica que escribamos, seguimos siendo animales y seguiremos regidos por la darwiniana ley de la lucha por la supervivencia.
No quisiera detenerme mucho en este punto. Tan solo quisiera mostrar que esta disertación no pretende ser una doctrina (preferiría que se la tratara como un largo listado de imprecisiones) y, además, me gustaría tomarla como base para enlazar con aquella (ya) vieja idea tan manchada de postmodernismo, según la cual, el ser humano vive en un estado total de incertidumbre, no puede aferrarse a ninguna certeza y es normal ese sentimiento de estar desnudo frente la fría vacuidad del universo. Lo cierto es que, aunque vieja, esta idea corre el riesgo de convertirse en pandemia atendiendo a los tiempos en que vivimos. La famosa crisis (cuchillo) que nos atraviesa empezó por ser económica y, en estos momentos, parece que no hay un ámbito de la existencia humana que no esté en clara decadencia. La fe en el progreso, en la capacidad de mejora, en el trabajo por el bien común y el esfuerzo colectivo está en caída libre y, por ello, necesitamos que determinados conceptos, que hasta ahora se restringían a ámbitos concretos, extiendan su significado y ganen un mayor valor de uso. Entre esos conceptos, en mi opinión, está la sostenibilidad. Hemos escuchado hablar de desarrollo sostenible, de economía sostenible. Desde estas líneas, yo me atrevo a proponer una hermenéutica de lo sostenible o, mejor dicho, un modo sostenible de crear realidades e interpretarlas, que ayude a mantener el equilibrio mental incluso en estos tiempos. Después de estos rodeos, me siento ya seguro para hacer la afirmación que explica cuál es la relación de tanta retórica con el motivo que nos reúne en torno a este verde encuentro: la poesía es una forma sostenible de enfrentarse a la vida.
Volvamos por un momento al planteamiento de base postmoderna. Ante aquellos argumentos, fueron muchos los que, en su día, abogaron por la necesidad de crear un artificio, una ficción que hiciera habitable el mundo. No es necesario ser un firme defensor de estas filosofías para estar de acuerdo en la necesidad de sentar unas bases que reduzcan la incertidumbre. Sin embargo, al mismo tiempo, es innegable la dificultad a la que nos enfrentamos cuando pretendemos elaborar o defender sistemas de ideas que no perjudiquen o incapaciten a los demás o, llegando un poco más lejos, al resto de entornos que no nos son propios. Hasta una simple opinión es susceptible de provocar daños. Decía Cioran que solamente los desharrapados estaban libres de la culpa de no haber dañado a nadie. Sin necesidad de adoptar esta postura tan radical, pensemos por un momento en la figura del poeta en la actualidad, en la supervivencia de la poesía en el presente, ¿puede un género tan minoritario, tan reducido a la esfera de lo intelectual, causar algún tipo de daño? ¿Puede hacer la poesía algo que no sea construir aunque no se lo haya propuesto de forma explícita? Porque ya sea considerada como ficción o como un campo de lo creativo que no se circunscribe a la literatura, la poesía nos ofrece marcos de referencia, andamios sobre los que construir percepciones e interpretaciones sobre nuestra propia identidad, sobre el espacio sociocultural que habitamos, sobre la vida y todas sus cuestiones adyacentes. Este efecto es mayor si pensamos que la poesía no está concebida para ser explicada y que es cada lector el que tiene que poner en juego sus armas intelectuales cuando se enfrenta a un poema. En el proceso de apropiación psicológica de unos versos, la batalla siempre se gana desde el plano de la subjetividad y es esta circunstancia la que anula cualquier capacidad de adoctrinamiento. Por ello, toda poesía que pretenda imponer un discurso dominante está, antes o después, condenada al fracaso.
A estas alturas, no es importante el debate sobre las certezas. Si algo tenemos claro, es que necesitamos asideros para evitar una espiral de depresión y desesperanza colectivas. Y uno de los materiales con los que construirlos es la escritura y la lectura, la libertad con la que la imaginación discurre cuando pensamos en los poemas que se han cosido a nuestra piel, cuando fantaseamos sobre la cotidianidad de tantos hombres y mujeres que dedicaron años a escribir esos libros que nos fascinan. Y, así, identificamos en las famosas caídas de arquitecto de Vallejo esa angustia que nos oprime los domingos cuando anochece, aunque seamos conscientes de estar leyendo un himno escrito en tiempos de guerra. Nos sentimos como anónimos estudiantes cuando visitamos el aula de Baeza en la que Antonio Machado enseñaba francés y casi podemos ver su presencia mientras se quita el sombrero. Le pedimos a Cortázar en su tumba que nos obligue a gritar nuestro verdadero nombre. Paseamos por Rua dos Douradores con la convicción de poder fundirnos en la confederación de almas que llamamos Fernando Pessoa. Buscamos con un afán infantil la calle Aire con el estímulo de oír el rumor de una antigua fuente. Todo ello sin querer entrar en ciertos análisis en los que el limitado conocimiento de este prologuista acabaría resbalando. A modo de ejemplo, se podrían recordar las aportaciones que hace Andrés Sánchez Robayna en el epílogo de su libro En el cuerpo del mundo sobre la capacidad de restitución que la poesía tiene sobre la palabra. Como explica magistralmente el poeta insular, las fuerzas de presión dominantes a esfera internacional han conseguido desgastar el lenguaje, reducir la esfera semántica a un valor de mero intercambio. La palabra, reducida a mercancía, necesita una labor de recuperación en la que el poeta por oposición, por resistencia, por actitud crítica, debe tener un papel protagonista. Una vez, oí a un buen amigo decir que, después de todo, los poetas no somos más que gente corriente con un gusto especial por la exactitud en el uso de la palabra. Quizá éste sea un buen resumen.
En mi opinión, es esa red que para cada golpe, esa capacidad de interpretación de la vida que tiene el lenguaje poético, la más clara prueba del carácter sostenible de la poesía, es decir, de su poder para apuntalar las voluntades humanas. Con toda su artillería inofensiva, la palabra poética nos ofrece la sombra antes de desfallecer, nos ayuda a seguir recorriendo el camino haciéndonos conscientes de la existencia de una multitud de caminos distintos, nos susurra al oído que no somos más que cambio. Y, así, al comprender la vida como un trayecto, alcanzamos la certeza de saber que el paisaje ha de cambiar inevitablemente (nos guste o no nos guste), recordamos a Neruda en cada paso, pues sabemos que:

Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.


Enrique Zumalabe Ramblado,
uno de tantos.

viernes, 23 de diciembre de 2011

¡Qué agradable sería un mundo en el que no se permitiera a nadie operar en bolsa a menos que hubiese pasado un examen de economía y poesía griega, y en el que los políticos estuviesen obligados a tener un sólido conocimiento de la historia y de la novela moderna! Imagínese a un magnate enfrentado a la siguiente pregunta: "Si hubiera de establecer un monopolio triguero, ¿qué efectos tendría sobre la poesía alemana?"

Sobre el cinismo de la Juventud (1929)
Bertrand Russell

sábado, 17 de diciembre de 2011

El libro negro


Nunca pensé que un Pamuk fuera a suponerme tanto esfuerzo. Había pasado por Nieve, Otros colores y La casa del silencio con un placer extremo, deleitándome incluso en los fragmentos más oscuros e inmisericordes que todo buen escritor suele insertar en sus obras para quebrarnos un tanto la cabeza a sus fieles lectores. Y así era mi experiencia con el buen Orhan hasta que este verano, mes de julio, cuando apareció por Huelva mi amigo Miguel Mejía para pasar las vacaciones, pactamos un intercambio temporal de libros que incluía en mi lista de deberes El libro negro, una novela de la que había escuchado hablar mucho y muy bien. Todo empezó de forma adecuada y se desarrollaba dentro de mis previsiones. Otra vez Estambul, otra vez la tristeza y la vitalidad de un mundo que se debate entre su historia y tradiciones y el impulso contagioso la occidentalización. Otra vez las tensiones políticas y sociales, el microcosmos de la historia turca, el trasfondo de asesinatos políticos y golpes militares, la miseria de las calles como metáfora que insinúa la posibilidad de un destino. El libro negro es la historia de un abandono. Galip, un joven abogado, descubre una noche, tras volver del trabajo, que su mujer y prima Rüya le ha abandonado dejándole una breve carta de despedida. A partir de entonces, Galip destinará todo su tiempo a la búsqueda de Rüya y Celal, un familiar de ambos, columnista venerado y odiado a partes iguales, con quien sospecha que podría estar escondida su mujer. En la primera parte de la novela, la búsqueda de Galip es, a ratos, detectivesca y, en otros momentos, recuerda al Horacio Oliveira que, en Rayuela, busca con ansia a la Maga mientras atraviesa el Pont des Arts. En un viaje iniciático por Estambul, Galip busca indicios sobre el paradero de su mujer en burdeles, redacciones de periódicos, casas de amigos y desconocidos, cafés, tiendas, talleres de artesanía que dan acceso a túneles y estancias subterráneas. Salpicado de recuerdos de la infancia y entremezclado con las columnas del enigmático Celal, el relato va encerrándose progresivamente en la exposición de una serie de ideas sobre el enfrentamiento entre las culturas occidental y oriental y sobre la existencia de un posible misterio más allá de la realidad que se percibe. De hecho, en la segunda parte del libro, la narración se ve interrumpida tan secamente durante tal número de páginas, que uno empieza a sentir cierto hastío de recibir tanta información sobre el hurufismo, Mevlana, el misterio de los rostros, el origen de las letras, la posibilidad de identificar letras en las caras de todo ser humano y, por tanto, de leerlas... Se plantean varios dilemas interesantes, quizá el mismo debate analizado desde el polo de lo cultural y desde el polo de la identidad psicológica individual. Desde el primero, el debate es el que suele presentar Pamuk en sus libros, la eterna cuestión turca, el peso de Europa frente a la larga historia de la tradición otomana. Sucumbir o resistir, ¿es la occidentalización la solución a los problemas sociales y económicos del país o no es más que una manera de agravarlos? ¿Es posible un desarrollo social desde la defensa de unos valores propios y específicamente orientales? Más interesante, quizá, es el polo subjetivo de esta cuestión que se resume en el interrogante: ¿Cómo se puede ser uno mismo? Es más, ¿es posible ser uno mismo? ¿Es posible tener una voz propia y libre de todo tipo de influencias, un pensamiento original libre de la contaminación que pueda ejercer el pensamiento de cualquier otro? No quisiera aburrir con mis opiniones al respecto, pero ya se adivinará que no soy un entusiasta defensor de las grandes personalidades y que siento cierta debilidad por esas teorías que defienden la confederación de almas, el espíritu de los tiempos, la identidad personal y la sociocultural como narraciones construidas. Evidentemente, se ofrecen ideas extremadamente interesantes en el libro, anécdotas y referentes culturales que ilustran la maestría de Pamuk, historias que salen del hilo principal y enriquecen un relato que podría convertirse en ordinario de otra forma. El problema es que la acción, en determinado momento, se detiene hasta tal punto que uno empieza a sentir desinterés por lo que haya hecho o dejado de hacer la desconsiderada de Rüya. Paralelamente, uno también se plantea por qué dedica un tiempo tan excesivo Galip a cavilaciones que no le van a ayudar en su búsqueda, si lo que verdaderamente le preocupa es la desaparición de su mujer. Afortunadamente, resistí el impulso de abandonar la lectura de esta novela. No sabía que me esperaba un final dispuesto a satisfacer todas mis expectativas.

martes, 22 de noviembre de 2011

Desde la urgencia: mi primer contacto con la Sección Oficial del festival

Dejándome llevar por rumores, me estreno en la Sección Oficial del Festival con El rumor de las piedras, una película venezolana que narra la historia de una familia desestructurada que malvive en un suburbio de Caracas después de haber perdido prácticamente todo durante un terremoto. Con vocación de melodrama, la cinta se queda en un drama excesivo por su modo de narrar, que yo definiría como histriónico en la concepción de los personajes, con un simplismo en los estereotipos que pretende abusar del recurso a la lágrima fácil. Evidentemente, nada de esto resta un ápice de realismo a la historia, que, por otro lado, pero permite al espectador asistir a contextos a los que, nomalmente, el cine de canales comerciales o los productos industriales destinados a las sobremesas televisivas no les permite acceder. No se me olvida, sin embargo, que estamos en un festival y que, por tanto, el premio no debería basarse en las buenas intenciones o en otras variables que no sean la calidad de la película como obra artística. Y, en este sentido, espero que los rumores no sean ciertos y empiezo a pensar que debería elegir las películas segun mis propias intuiciones.

Desde la urgencia: el Festival de Cine Iberoamericano 2011

La semana en que se celebra el Festival de Cine Iberoamericano en Huelva es, probablemente, la mejor del año en esta ciudad. Siempre que vuelvo al Festival lo hago con urgencia, con prisa, como si toda la programación fuera a desvanecerse de repente si no puedo acudir a la película que he planeado. Camino con nervios y, al mismo tiempo, con esa seguridad de quien encontrará caras conocidas aunque todavía no sabe cuáles. Por eso, es una satisfacción saludar brevemente en la puerta, mantener conversaciones mínimas antes entrar en las salas, elegir con libertad la butaca en la que ver la película. Sí, ya sé que la escasez de público, que la mayoría invitaciones (yo pago mi entrada, que quede muy clarito); pero teniendo en cuenta que es lunes, noviembre, diez y media de la noche, si mis cálculos de unas veinte personas son acertados, la verdad es que no me parece una cifra tan baja. Cuestión de percepciones. Otro factor es la película. No venimos precisamente a consumir un atracón de efectos digitales en tresdé. La cinta es chilena y se llama Ulises. Y dibuja con con crudeza realista pero sin caer en el catastrofismo el retrato de un inmigrante peruano en Chile, de los largos silencios en los que se instala el desarraigo, de la incapacidad sentimental y erótica de quién tiene los ojos cegados por la niebla de otro tiempo pasado que no olvida, de otro escenario presente al que no asiste. En definitiva, mi primera incursión a esta edición de 2011 ha sido positiva. Habrá que seguir indagando estas ventanas.



miércoles, 16 de noviembre de 2011

Se ha hecho esperar demasiado

1997, Dario Fo. 1998, José Saramago. 1999, Günter Grass. 2000, Gao Xingjiang. 2001, V. S. Naipaul. 2002, Imre Kertés. 2003, J. M. Coetzee. 2004, Elfriede Jelinek. 2005, Harold Pinter . 2006, Orhan Pamuk. 2007, Doris Lessing. 2008, Jean – Marie Gustave Le Clézio. 2009, Hertha Müller. 2010, Mario Vargas Llosa. Una larga nómina de escritores en los que, salvo algún dramaturgo de pura cepa y dejando a un lado las excepcionales incursiones en otros géneros de autores como Saramago o Hertha Müller, lo que se estaba premiando básicamente era el arte de narrar y, en concreto, en la mayoría de las ocasiones, el oficio de novelista. Y, en 2011, después de quince años, al fin, los chicos de la Academia Sueca han decidido llevarme la contraria y han concedido el Premio Nobel a Tomas Tranströmer, un escritor que ha dedicado su vida a la poesía. Y digo esto porque, como sabéis los que me conocéis, siempre he aprovechado cualquier conversación sobre este galardón para soltar una de mis máximas: “El Nobel de Literatura parece haberse convertido en un RSS sobre narrativa”. Si la poesía, en sí misma, no goza de muchos lectores y, además, un premio tan importante como el Nobel que no necesita calcular un impacto comercial de sus decisiones, parece ignorarla durante tantos y tantos años, ¿qué futuro podemos esperar para este ámbito de la creación? Pero ése es otro debate y ahora toca manifestar la inmensa alegría que me embarga por el simple hecho del reconocimiento a la larga labor de un poeta. Alegría que se ve incrementada por algunos detalles que me hacen sentir una empatía imaginaria hacia el personaje, detalles relacionados con su vida personal. Estudió Psicología y la estuvo ejerciendo durante años en el ámbito penitenciario y eso de compartir la formación, aunque parezca una tontería, a uno le refuerza. Por otro lado, está esa extraña historia que ha trascendido desde que la noticia se hizo pública y, según la cual, Tranströmer sufrió un ictus en 1990 que le paralizó la mitad derecha del cuerpo y le produjo afasia, algo que no sería destacable si no hubiera escrito en 1974 los siguientes versos: “Entonces llega el derrame cerebral: parálisis en el lado derecho / con afasia, solo comprende frases cortas, dice palabras / inadecuadas”. No voy a mentiros. Hasta que se anunció el premio, este poeta sueco era un perfecto desconocido para mí y lo que sé de él en la actualidad es lo mismo que puede saber cualquiera, es decir, lo que se publicó durante aquellos días en los periódicos. Afortunadamente, hay medios de comunicación que parecen tomarse medianamente en serio la labor de información y promoción cultural y fueron varios los periódicos que como El País, a través de su página web, tuvieron el detalle de obsequiar a los interesados con un archivo pdf en el que se puede leer una pequeña selección de poemas del autor sueco pertenecientes a la antología Deshielo a mediodía, que ha visto la luz este mismo año en la Editorial Nórdica. En los poemas que he podido leer (y que podéis consultar si seguís el enlace), se descubren claramente las características que se han mencionado como tópicos sobre la poesía de Tranströmer. La fuerza impositiva de la naturaleza, la presencia innegable de la música, son los motores de unos poemas que parecen optar, desde mi punto de vista, por una yuxtaposición de imágenes profundamente líricas más que por la narración de una secuencia que tenga cierta verosimilitud con la experiencia humana. Tendré que seguir investigando. Hasta el momento, si tengo que citar algunos de sus versos, me quedo con estos:


La mitad muda de la música está aquí, como el olor

a resina anda en torno a ramas heridas por el rayo.

En cada hombre, un verano subterráneo.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Educación y sentimientos. Estos son mis dos grandes problemas y, a veces, resultan muy incapacitantes.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Literatura y actividad física.


De qué hablo cuando hablo de correr de Haruki Murakami fue editado en abril de 2010 en la Colección Andanzas de Tusquets Editores. En noviembre del mismo año, ya se había publicado una octava edición. Se trata de uno de esos libros que pertenecen a lo que, algún crítico con ganas de inventar una nueva etiqueta, podría denominar “género facebook”, es decir, uno de esos libros en los que el lector asiste con placer irreprimible a ciertos aspectos de la vida privada del escritor. El hombre que se encierra detrás del ilustre nombre, en una muestra de generosidad y agradecimiento, permite a sus lectores contrastar parte de la imagen que hemos construido de su personalidad con fragmentos de realidad seleccionados y, con toda probabilidad, estudiadamente edulcorados o salpicados de gotas de hiel. Se nos permite así sorprendernos de la distancia entre nuestras concepciones previas y las parcelas de realidad que se nos ofrecen, así como se nos potencia nuestra capacidad de seguir atribuyendo de manera infundada características idealizadoras sobre el personaje al que denominamos, en este caso, Haruki Murakami. Y, así, como quien bucea en el muro o los álbumes de fotos de uno de esos amigos virtuales que no conoce muy bien, nos dejamos llevar por la curiosidad de saber que el reputado novelista japonés regentaba un club de jazz, que lo dejó para escribir después del inusitado éxito de su primer libro, que ya no fuma y su consumo de alcohol se ha ido reduciendo al mismo ritmo que aumentaba su consumo de vegetales, que entrena todos los días durante una hora como mínimo, que participa en competiciones de maratón o triatlón todos los años, que ha vivido durante largos periodos de tiempo a caballo entre Tokio y Cambridge, que adora correr por los caminos de la ribera del río Charles, que es un entusiasta aficionado a la cerveza.
El libro, según el propio autor, fue concebido, y así debe entenderse, como unas memorias escritas en torno al hecho de correr, motivadas por la capacidad de contemplación filosófica que surge de cualquier acto realizado a diario por trivial que parezca. Murakami se posiciona claramente desde el prefacio del libro al que bautiza con el título “El sufrimiento como opción” y esta postura encaja a la perfección con su condición de corredor de fondo y con las verdades evidentes que va desgranando a medida que avanza la lectura. La disciplina del deportista, pero sobre todo, la del corredor de larga distancia se traduce la lucha contra uno mismo, contra un cuerpo que solo entiende los mensajes cuando van acompañados de cierta dosis de sufrimiento y, de forma inevitable, supone la aceptación de la eficacia con la que el tiempo es capaz de realizar su trabajo para ir convirtiendo la juventud y la plenitud de fuerzas en un progresivo declive físico. Y la mejor manera de asumir esta derrota se nos desvela al final del sexto capítulo: “a quienes tienen la suerte de librarse de morir jóvenes, se les privilegia con el preciado derecho de ir envejeciendo. Les aguarda el honor de su progresiva decadencia física. Hay que aceptar este hecho y acostumbrarse a él.
A mi entender, para el aficionado a la literatura, la parte más interesante del libro está en la relación que se establece entre la escritura y la actividad física. Desde el punto de vista del novelista japonés, escribir tiene como consecuencia inevitable la liberación de un veneno que es necesario canalizar de alguna forma. Por ello, se muestra comprensivo con esos autores que necesitan recurrir a una vida caótica y entregada al abuso del alcohol. Sin embargo, su método para eliminar el veneno está en la disciplina de correr cada día y buscar el límite físico de su cuerpo. Por ello, no es extraño que el cuarto capítulo del libro se llame “La mayoría de los métodos que conozco para escribir novelas los he aprendido corriendo cada mañana”. En él, se analizan las cualidades imprescindibles para el buen novelista: talento, capacidad de concentración y constancia. El talento es caprichoso, no depende de la voluntad del que escribe y no puede entrenarse. La capacidad de concentración y la constancia, en cambio, sí pueden mejorarse a lo largo del tiempo y, por ello, el oficio de novelista se concibe como una labor física. Sin duda, con talento se puede conseguir una capacidad de concentración y una constancia adecuadas casi sin esfuerzos. El problema es que, salvo en esos escasos genios cuyo caudal es inagotable, el talento también se ve afectado por la edad y, al igual que en plano deportivo, las actividades que se desarrollaban sin problemas con quince años, no son tan fáciles de ejecutar cuando se llega a los treinta. Es ahí cuando entra en juego la madurez personal. A pesar de ello, no se puede decir que ésta sea el único camino que puede seguir la carrera de un novelista. En ocasiones, son el entrenamiento en capacidad de concentración y la constancia los que acaban por facilitar el brote de talento que permanecía escondido hasta entonces.
No quiero extenderme mucho más y, por ello, termino recomendado la lectura de este libro, en el que Murakami nos ofrece unas reglas que ha aprendido a partir de su propia experiencia y nos advierte de que, posiblemente, no resulten de mucha utilidad para quien las lee. Sin embargo, él mismo nos recuerda ya llegando al final que: “a menudo, las cosas verdaderamente valiosas son aquellas que se consiguen mediante tareas y actividades de escasa utilidad”.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Acerca de ¡Indignaos!


Cuando cursaba los estudios de la Licenciatura de Psicología en la Universidad de Sevilla entre los años 1998 y 2003, en la casi totalidad de las asignaturas que formaban el plan de estudios había un primer tema de carácter introductorio en el que se nos ofrecía una visión general de aquellos insignes pensadores que habían tenido una aportación decisiva en la historia de la disciplina: Wundt, Watson, Pavlov, Skinner, Freud, Bandura, Vygotski, Piaget... Recuerdo que, llegado el periodo de exámenes, y con la prisa habitual de los estudiantes, mi amigo Alejandro Barragán Felipe se desesperaba mientras leía aquellas primeras páginas del temario y exclamaba: “¡Dime algo que no sepa!” Espero que esto no se entienda como un comentario malintencionado, pero esta fue mi sensación constante cuando empecé a leer el famosísimo libro de Stéphane Hessel ¡Indignaos! (Destino, Colección Imago mundi, volumen 195). Comienza el libro sin esconder su propósito, afirmando que las conquistas sociales adquiridas como consecuencia del modelo del Estado del Bienestar que se intentó generalizar después de la Segunda Guerra Mundial están en riesgo de desaparición. Y ya, desde el primer capítulo, se alude a un hecho tan triste como difícilmente evitable: “Una verdadera democracia necesita una prensa independiente. (…) Sin embargo, esto es precisamente lo que a día de hoy está en peligro.” Y yo me pregunto ¿cómo puede ser independiente una prensa que solo puede sobrevivir a costa de la publicidad o de las subvenciones públicas que dependen de las decisiones de unos burócratas con carné de afiliados? A continuación, vuelve Hessel a ofrecernos otras dos verdades que deberían ser sobradamente conocidas por cualquiera. Primera: en ningún periodo de la Historia había sido tan importante la distancia entre ricos y pobres. Segunda: el ser humano tiene a la responsabilidad como una obligación y no puede delegar en entelequias como Dios o el Estado. Desde aquí, parte el discurso de la indignación frente a la indiferencia, etiquetada como la peor de las actitudes, por lo que supone de asunción de la derrota y, por tanto, abandono del compromiso. Brevísima, pero muy gratificante, es la parada que se hace para señalar el caso de Palestina. Como bien apunta el autor: “Que los propios judíos puedan perpetrar crímenes de guerra es insoportable. Desafortunadamente, la historia da pocos ejemplos de pueblos que saquen lecciones de su propia historia.” Aunque muchos no quieran entenderlo, no se está defendiendo al terrorismo cuando se afirma que es comprensible el desencadenamiento de una respuesta violenta en el seno de un pueblo que está ocupado con medios militares que le superan con creces. De hecho, la postura que defiende es muy clara: la violencia es la negación de la esperanza. Hay que tomar conciencia de la ineficacia de las acciones violentas, armarnos de paciencia y confianza en la negociación, mostrar indignación antes la violación de los derechos. Al final del libro, se subraya el retroceso que ha sufrido el mundo durante la primera década del siglo XXI. Los atentados del 11 de septiembre, la errónea respuesta militar de Estados Unidos, la crisis económica a la que nos hemos visto abocados, la insoportable situación medioambiental. Y, sin embargo, seguimos sumidos en el mismo pensamiento productivista, en las mismas políticas que nos han llevado al punto en el que estamos. Por ello, Hessel cierra su ensayo con un llamada a los más jóvenes, a aquellos que regirán los destinos del mundo en un futuro cercano, a liderar una insurrección pacífica, advirtiéndoles de los peligros de los medios de comunicación de masas y su desprecio por la cultura, su fomento del consumismo, su tendencia a la amnesia y a la competitividad desenfrenada. Acabé el libro con mi habitual impaciencia para volcarme sobre el siguiente y, durante esos pequeños instantes en los que disfrutaba fugazmente de la idea de no estar leyendo nada en concreto (como si no tuviera ya decidido y a mano el siguiente), pensé en el acierto de esta llamada a la indignación y en el prejuicio que me cegaba en los primeros momentos. Y, entonces, me di cuenta de las veces que me habré planteado las razones del escaso compromiso social de la juventud en la actualidad, de las veces que habré discutido con amigos la existencia de un vacío editorial con respecto a libros que sean capaces de adaptarse al modo de razonamiento de los más jóvenes y a su lenguaje que huye de complicaciones. Y, entonces, solo entonces me di cuenta de la necesidad de escribir y publicar más libros como ¡Indignaos!