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jueves, 23 de junio de 2011

Viaje a Extremadura. Cuarta etapa: Cáceres - Jerez de los Caballeros - Huelva, lunes 2 de mayo.

Me despierto. Estimo que deben ser las diez de la mañana y, según parece, el día debe estar muy oscuro. Es extraño haber dormido de un tirón. Últimamente, no es lo habitual. Decido permanecer un rato más en la cama hasta que oiga algo que me indique que los demás se han levantado. No quisiera ser yo el motivo por el que se priven de un rato más de sueño. Pasa el tiempo. Empieza a resultarme raro no oír nada. A tientas, encuentro el móvil y me llevo una sorpresita. Son las 3:57 y estoy totalmente despejado.

Agobio. Me siento desbordado, inundado más bien, por la biología. Intento ponerme a escribir. No puedo. Intento ponerme a leer. No puedo. Opto por apagar la luz y escuchar la radio. Para ello, primero tengo que resintonizar las emisoras. Me entretengo con La hora de los detectives de Si amanece, nos vamos. Escucho la primicia justo en el momento en el que empieza a difundirse: el ejército estadounidense ha matado a Bin Laden. Pasan de las seis cuando empiezo a quedarme dormido.

Abro los ojos. Escucho pasos en la escalera y hay mucha más luz (aunque tenga un cierto tono grisáceo). Ahora sí deben ser las 10 o las 11. En efecto, me levanto y, a partir de este momento, todo empieza a convertirse en viaje de vuelta. Me visto y recojo la ropa. Bajo a tomar un café. Vuelvo a subir y recojo el resto de mi equipaje: la cámara, el libro de Pamuk (que he traído para nada), el cepillo de dientes, el cargador del móvil... Salimos de Cáceres pasadas las 12 y llegamos a Jerez de los Caballeros antes de las 14.

Comemos en la casa de campo que tienen los padres de Manolo a las afueras del pueblo. Más que una casa, desde fuera, parece uno de esos pequeños hoteles rurales perdido en medio del bosque y que derrocha encanto. Tiene huerta, animales, piscina y una terraza inolvidable. El menú es una apuesta segura: magro con tomate y unos huevos fritos con prueba de chorizo. La enorme diferencia entre el vivo color de las yemas de los huevos que me dispongo a comer y la casi neutralidad de los que compro normalmente en Huelva me hacen reflexionar sobre las ventajas de vivir en en pueblo. Ya en casa de Manolo y Susana, procedemos a disfrutar del postre: una tarta de galletas con una cubierta de chocolate espeso que me parece insuperable. Sobre las 16:00, me monto en el coche y conduzco hasta Huelva sin descanso. Solamente yo conozco el motivo de tanta prisa y la verdad es que no lo voy a contar.

sábado, 4 de junio de 2011

Viaje a Extremadura. Tercera etapa: Feria Nacional del Queso de Trujillo, domingo 1 de mayo.

Diez de la mañana. Sorprendentemente, no tengo resaca. Se puede intuir un día espléndido detrás de las persianas. Recuerdo que ayer llegamos más tarde y más borrachos de lo previsto y temo que los demás descarten la prevista visita a la Feria del Queso. Me levanto, me visto, hago la cama. El agua fría en la cara termina de confirmarme el buen estado de mi conciencia. Bajo al salón y me doy cuenta de que el resto de la gente sigue apurando un rato más de sueño. Me siento a garabatear el cuaderno con una facilidad que no recuerdo haber tenido desde hace años.

Poco a poco, la casa se va despertando. Me alegro de saber que el plan de la Feria del Queso se mantiene. Al menos, para Susana, para Manolo y para mí. Dani, en cambio, decide pasar el día con Guada porque las heridas en el pie no han mejorado lo suficiente. Es extraño pero no siento nada de hambre, cuando lo habitual, por las mañanas, es que no pueda pasar sin el desayuno. Decido tomar un café mientras espero para la ducha. Una vez que termino con los preparativos para volver a salir, espero a los demás hablando con Dani y haciendo algunas fotos a Rulo y a la casa.


Salimos a media mañana hacia Trujillo. Dejamos el coche a la entrada, pues los accesos al centro están limitados a los residentes con motivo de la Feria. Todo Trujillo invita desde el principio a dejarse invitar por el optimismo y la despreocupación. Al llegar a la Plaza Mayor (cuya majestuosidad está medio oculta por el gentío y los expositores), el primer y más importante cometido es comprar los tickets que se canjean por comida y bebida en los stands. Los tickets para el queso y la bebida están diferenciados. En ambos casos, cada ticket cuesta 50 céntimos. En cuanto a la comida, un ticket se canjea por un trozo, taco o lámina de queso sobre una rebanada de pan (o por una rebanada de pan untado con crema de queso). En cuanto a la bebida, un ticket se puede canjear por un vaso (tipo chupito) de vino joven (cosecha). Si se prefiere un vino de mayor calidad, un crianza por ejemplo, el vasito cuesta 2 tickets, es decir, un euro. El resto de bebidas tiene otros precios. La única cerveza que se sirve, Monasterio de Yuste, y el tinto de verano cuestan en los stands que vamos visitando 2,50 €, lo que supone pagar por ellos un total de 5 tickets. Por suerte, el problema de la bebida se arregla con facilidad cuando encontramos el stand de una quesería extremeña que vendía Rey de Reyes (un vino de pitarra que me encanta) a 2 € la botella de 75 cl.

Es difícil transmitir la experiencia que supone para un aficionado al queso esta feria, en la que puedes degustar género procedente de toda España y Portugal. Como se puede imaginar, la mayoría de los stands son de queserías extremeñas, pero aún así la variedad es inabarcable. Por cierto, si a alguien le queda alguna duda, la respuesta es sí: se pasar un día entero comiendo única y exclusivamente queso. Pruebo quesos extremeños, portugueses, manchegos, gallegos y asturianos. Creo que lo que más me sorprende es la crema de Cabrales con aceite de oliva, pero cometo el error de no comprarla.

También se me hace muy difícil transmitir la sensación de felicidad y plenitud que siento durante estas horas. Ese agradable y raro ambiente mental que mezcla la convicción de no poder estar en mejor lugar y circunstancia y, al mismo tiempo, no poder dejar de echar de menos a personas concretas o pensar en cuánto disfrutarían algunos de mis amigos en esta Feria, en un fin de semana como éste. Todo es positivo. El teléfono se encarga de seguir dándome alegrías.

Después de un breve descanso, empezamos la ronda por los stands para comprar los quesos que más nos han gustado. En total, son ocho las variedades que elegimos, varios de ellos galardonados con el primer premio que otorga la Feria. Son quesos de vaca, de oveja y de cabra y, en su mayoría, de procedencia extremeña y portuguesa, aunque no puedo evitar comprar una cuña de Cabrales clásico.

Cuando parece que la tarde no puede ofrecer más sorpresas, decidimos visitar el stand de una quesería que pertenece a una familia en la que Manolo y Susana tienen conocidos. Nos reciben de una manera tan cordial que parece que uno deja de estar en una feria de muestras para entrar en casas de unos viejos amigos. Nos invitan a su espléndido queso y a vino, nos regalan tickets para que sigamos consumiendo, hablamos largamente con unos y otros dando saltos entre distintos temas. Entonces conozco a don Ignacio Plaza, un jiennense de nacimiento y extremeño de adopción. Este señor se puede permitir a sus 95 años estudiar historia en la UNED. Además, es aficionado a escribir y se financia la autoedición de sus propios libros. Paso unos minutos embelesado con su conversación fluida. Se muestra interesado por lo que escribo y me dice que pueden leerse algunos de sus textos en internet. Por si fuera poco, me regala uno de sus libros de poemas, Caminando, y me lo dedica. Le doy las gracias con sinceridad varias veces y le aseguro que el sábado siguiente en la tertulia del New Classic se va a estar hablando sobre él.

Pasar a saludar a esta familia cambia todos los planes de repente y, según parece, la sección más joven insiste en que les acompañemos a la discoteca del pueblo (abierta a una hora tan atípica a causa de la Feria) a tomar la última antes de irnos. La experiencia merece la pena. Una lástima que se agote, precisamente en ese momento, la memoria de la tarjeta de mi cámara de fotos. Tiro del Ipod, pero no es lo mismo. La discoteca está ubicada en un inmenso edificio antiguo de dos plantas cercano a la plaza. En la superior, se puede acceder a una zona de terrazas y jardines desde la que se obtiene una panorámica preciosista del pueblo, que se ve multiplicada por el efecto del esplendor y la posterior caída de la tarde. Al llegar, me siento a observar el ambiente, cómo la multitud va derrochando optimismo y diversión a cada paso. Empiezo a quedarme dormido. Voy a la barra y me encuentro con la decepcionante certeza de que no sirven café. Tengo que recurrir a una de esas despreciables bebidas energéticas para aguantar lo que me queda de tarde. Vuelvo al lugar donde están los demás y me doy cuenta de que debo ponerme a hablar con quien sea y salir de mi estado de ostracismo. Afortunadamente, consigo entablar conversación con la pareja que nos ha traído a la discoteca y (nueva sorpresa) me dicen que son de Los Santos de Maimona. Tengo buenos recuerdos de Los Santos. Rápidamente, me lanzo a hablar sin parar de las dos veces que estuve disfrutando de la Feria de Agosto y doy algunos de los nombres de la gente que allí conocí. Me impresiona comprobar la brecha generacional que puede abrirse entre personas se llevan apenas diez años. Según parece, ya no existe la Feria de Agosto, ya no se hacen los botellones en la fuente del Espantaburros y, los más sorprendente, en un pueblo que no llega a los 9000 habitantes ninguno de los nombres que les cito, les resulta conocido. Mientras hablo sobre el pueblo, evoco constantes imágenes asociadas a muy buenos momentos de los 5 ó 6 días, repartidos en dos veranos diferentes, que he pasado allí.

Con la caída de la tarde, decidimos volver a Cáceres. Al llegar, pasamos junto al centro penitenciario Cáceres – 2. Desde el coche tomo 11 fotos, esperando que alguna de ellas capte la magia de un guiño al magnífico estribillo de Jesucristo García. Estúpida esperanza. Esto es una cárcel y, en las cárceles, el concepto magia del momento no tiene jurisdicción. Cuando llegamos, ya teníamos el pensamiento orientado a planificar la cena. Después de hablar entre todos, decidimos que Manolo, Dani y yo, vamos a acercarnos a La Tarama a por unos bocadillos para comer en casa. Y está claro que, estando en La Tarama, no íbamos a esperar con las manos vacías. Así, que no nos quedó mas remedio que acudir a uno de esos lotes litro de cerveza más ración. Volvemos a casa con los bocadillos, cenamos rápido y casi sin hablar. Nos sentamos en los sofás a ver Thelma y Louis. Al cabo de unos veinte minutos, me descubro luchando contra el peso de mis párpados y comprendo que debería acostarme.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Viaje a Extremadura. Segunda etapa: Jerez de los Caballeros - Cáceres, sábado 30 de abril.

Abro los ojos, 10:47. Como intuía, resaca. Mañana de ajetreo. En principio, pensé en acompañar a Manolo a Olivenza para sacar a “Cuqui” (sí, a mí tampoco me gusta el nombre) de la perrera. Pero, al final, insistió en ir solo y me pidió que ayudara a Susana a preparar todo lo necesario para salir hacia Cáceres. El rito del café y del pan tostado. Tareas domésticas en casa ajena: hacer la cama, sacar a pasear a Luna, cambiar el agua de las tortugas, meter el coche de Susana en el garaje, hacer paquetitos con los bizcochos de Alconchel para repartirlos entre Ramiro y Julia, comprar un arnés y una correa para la nueva dueña de Cuqui. Lo admito, soy muy torpe. De hecho, el coche lo tuvo que meter al final mi prima en el garaje porque yo no era capaz de aclararme con la marcha atrás. Me sacan del Meriva y no soy nadie. La incursión por Jerez para comprar el arnés y la correa no tuvo ninguna dificultad. Pensaba que iba a perderme y a dar muchísimas vueltas, pero no. Llegué directamente a la tienda y compré lo que se me había encargado después de saludar a Alías que, casualmente, estaba allí. Vuelvo a la casa, llega Manolo con el perro, lo metemos todo en el coche y salimos por fin a la carretera.

Patio en Brovales
Primer punto de destino: Brovales, una aldea muy cercana a Jerez donde vive Encarna, la tía de Manolo que ha adoptado al perro. En cuanto me bajo del coche, comprendo que el perro va a vivir en un paraíso. Me habían hablado de los patios de las casas antiguas en Brovales, pero cuando los veo con mis propios ojos, me entran ganas de quedarme a mí. A eso hay que sumarle el encantador carácter de Encarna y su manera de hablarle al perro como si fuera uno de sus nietos. Sí, indudablemente Cuqui “ha triunfado”. No podemos pararnos mucho porque el plan es almorzar en Cáceres.

Nos hace falta esto en Huelva
Así que salimos sin más demora y, después de atravesar varias trombas de agua en la autopista, llegamos a nuestro segundo punto de destino sobre las 15:23. Allí está esperándonos Dani (hermano de Manolo y nuestro anfitrión en Cáceres). Poco después, llega Quique. Una pena que Guada se encuentre mal, precisamente, este fin de semana. Comemos en el Mesón La Tarama. La primera impresión que me llevo del sitio es que, a partir de ese momento, sería uno de esos lugares de peregrinaje recurrente. El atractivo del lugar lo había visto en su oferta: un litro de cerveza y una ración (abundante) a elegir por 6 euros. Después, me di cuenta de que esta genial iniciativa está muy extendida por Cáceres y que, en la mayoría de bares de barrio y media tarde, donde la gente se reúne alrededor de amigos o de pantallas que destilan fútbol, tiene este tipo de ofertas e, incluso, a un precio menor. Nos decidimos por patatas bravas, rejos, alitas de pollo y solomillo de cerdo (una pena que no pudiéramos acompañarlo con salsa de Torta del Casar porque se había agotado). Después del preceptivo licor de hierbas, pasamos por la casa, saludamos a Guada, tomamos un café y asaltamos, una vez más, la caja de bizcochos de Alconchel.

Litro y ración de alitas de pollo
Después del breve descanso, nos montamos en el destartalado coche de Quique y, mientras suenan Soulfly y Dumb Incorporation, pasamos a recoger a Zorita y nos dirigimos a la Cervecería Cali para ver el fútbol. Guada y Susana han preferido quedarse en casa. En materia de fútbol, la tarde es completamente descartable. Al menos, pierden los dos y eso hace más llevadero el golpe. Por lo demás, tarde perfecta. Dejo pronto el gin tonic (después del primero) y me cambio a la cerveza porque, de otra manera, no aguanto. Buena música y un camarero cordial con el que hablo de discos, estilos y canciones. Tiene el detalle de apuntarme los grupos que van sonando. Conversaciones inacabables con unos y con otros. Breve visita al estudio de El Malo del Cuento. Por lo que parece, aunque Quique y Dani, ya no formen parte del grupo, la relación sigue siendo buena. El estudio me gusta. Siento un impulso irreprimible de hacer fotos, pero se me agota con rapidez. Nos ponen una canción sobre el Barrio del Cabañal que acaban de grabar. Definitivamente, el rock nacional reivindicativo ya no me llega como hace unos años.
Pasan las 22:30 cuando conseguimos convencer a Zorita y a Manolo de que algo habrá que cenar. Entonces, Dani nos lleva a La Cacharrería, un templo del paladar y la cocina creativa. Su ubicación, ya de por sí, es magnífica. Está en el casco histórico de la ciudad y su decoración refleja un estilo incuestionable. Nos decidimos por los nachos con guacamole, la ensalada templada de pollo y rúcula y un praliné de turrón con surtido de patés. El vino lo tengo clarísimo desde que lo he visto: Habla del silencio. La comida está exquisita y los camareros (él y ella) son amables hasta el extremo. Dani se empeña en invitarnos y, claro, eso obligaba a tomar unas copas para invitarlo a él.
Cena en la Cacharrería
Nos ponemos rumbo hacia el María Mandiles, bar de copas al que le pondría un 10 solo por la música y, sobre todo, por la facilidad con que atienden las peticiones musicales que les hacemos. La segunda parada es el Cambalache. Episodio número 1 con la camarera. Cuando llegamos me doy cuenta de que la chavala miraba con cierta desesperación a unos cuantos borrachos. Mientras nos sirve las copas, empieza a sonar los Burning con su “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?”. Y, claro, la asociación era tan fácil que se lo tuve que decir: “Esta canción parece que te la han hecho a ti”. Ella me mira, me responde con un breve “Pues sí” y sigue trabajando. Episodio número 2 con la camarera. En medio de una de mis oleadas de furia por hacer fotografías, la camarera piensa que estoy tratando de robarle una foto clandestinamente y se queja a mi amigo Manolo. Vergüenza. Hablo con ella y le ofrezco la cámara para que compruebe que no está en ninguna foto. Indignación. Punto uno: me jode que piense así de mí. Yo no soy así. Todos los que me conocéis lo sabéis. Punto dos: a ver, la chavala no era fea, pero tampoco es que estuviera tan buena como para creérselo de esa manera.
Salimos del bar. Breve discusión en la puerta sobre la bandera de España con una pija de Mérida, un auténtico saco de prejuicios. Paseo hasta la Plaza Mayor y Parada en La Luna de Chomin. Según me cuentan al día siguiente, tomamos algún chupito de tequila o vodka. El bar me deja pocos recuerdos, aunque tengo la certeza de haber estado allí antes. Se trata de una mera estación de tránsito. El alcohol ya se ha instalado en nuestras cabezas y, poco después, decidimos andar hasta Cánovas para buscar un taxi que nos devolviera a casa. Por el camino, encontramos a un grupo de gente con guitarra y caja. Como si nos conociéramos de toda la vida, Manolo se sienta en la caja y yo me arranco con mi habitual “No sé que tiene San Roque”. Nuestra melopea casi asusta al grupo de chavales. Tan pronto como nos paramos, seguimos andando. Encontramos un taxi con facilidad y la noche acaba con unos montaditos de jamón en casa.
Nocturno en Cáceres
Síntesis y valoración global del día: Cáceres es una de esas ciudades con un ambiente mágico. Su casco histórico tiene tal capacidad de transportar en la historia que la experiencia no puedo describirla satisfactoriamente con palabras. Siempre acabo recurriendo a lo que mi padre me dijo cuando yo aún no lo conocía: “Si no fuera por algún coche que ves, parecería que vas a encontrarte con el Guerrero del Antifaz”. Además, y ésta es una visión muy personal y condicionada por mi experiencia, las gentes que habitan las calles de Cáceres derrochan amabilidad, son de fácil conversación y tienen una especie de bondad natural que hace aflorar ese sentimiento de “estar como en casa”. En realidad, estas sensaciones podría hacerlas extensibles a mis experiencias en cualquier lugar de Extremadura. De hecho, en más de una ocasión, ya he dicho que, teniendo muy clara mi identidad como andaluz, me siento una suerte de “extremeño de adopción en el exilio”. Y, en cualquier caso, tengo clarísimo que podría vivir muy feliz aquí.

martes, 3 de mayo de 2011

Viaje a Extremadura. Primera etapa: Huelva - Jerez de los Caballeros, viernes 29 de abril.

Se me ha ocurrido hacer un breve diario del viaje a Extremadura en el puente del 1 de mayo para seguir dándole cierto dinamismo al blog y, de paso, obligarme a escribir un poco más. Intentaré quedarme a medio camino entre el minuciosidad y la enumeración y trataré de primar la mera secuencia narrativa antes que la disgresión. En cualquier caso, no pretendo hacer un relato esmerado de estos días y ahorro todo tipo de esfuerzo mental en favor del mero placer de dejarse llevar recordando y deslizando el bolígrafo por el cuaderno alegremente.

Esta primera etapa del viaje, desde luego, no ha salido como la había imaginado. Mi idea era dejar el equipaje preparado y llevarme el coche al colegio para no tener que volver a Huelva a las 14:00, una vez que hubiera sonado el liberador timbre que anuncia el final de la jornada laboral de los viernes. Y así lo hice. Lo que no supe fue planificar el tiempo que iba a necesitar para sacar dinero antes de arrancar camino al trabajo. Las habituales prisas de las mañanas laborables me hicieron consciente de que tendría que volver a Huelva, pues ya sabéis: Poderoso caballero... Afortunadamente, la mañana quiso pasar sin detenerse demasiado en cada detalle y salí con toda la prisa que pude hacia mi coche para intentar no retrasar demasiado la partida.

Cuando me monté en el coche tuve doble ración de acontecimientos inesperados. Primero me di cuenta de que había olvidado en casa una carpetita en la que tenía gran parte de la documentación del coche. Esto me obligaba a subir al piso además de tener que pasar por el banco. A continuación, en uno de mis sensacionales despistes, le hice un nuevo roce a la chapa al salir del aparcamiento. Me queda al menos el consuelo de que, al vivir en Huelva y ser el coche azul, los arañazos blancos parecen un guiño a nuestro amado Recreativo (modo irónico on).

Paso por mi casa, recojo los papeles, camino hasta la sucursal de mi banco más cercana y me encuentro con que el cajero automático no está operativo. ¡Qué bien! Me fijo en la lista de cajeros alternativos que amablemente se me ofrecen y me llama la atención uno en el Barrio de La Orden. Me decidí por éste ateniéndome a dos razones. La primera (práctica) es lo cerca que está La Orden de la salida hacia Sevilla. La segunda es sentimental: yo viví en ese barrio hasta los 14 años. Pues bien, según parece, no se pueden tomar las decisiones con un criterio práctico ni con uno sentimental. El hecho es que estuve en la calle, en el número indicado y no vi ninguna sucursal de mi banco a mi alrededor. Otra vuelta de tuerca. Otra vez al coche, dirección calle Ángel Serradilla y, una vez allí, por fin, consigo sacar dinero y dar por comenzado el viaje.

Sobre las 15:35, llego a Beas y, como tenía previsto, paro a comer en el Mesón del Olivo mientras me empapo de la que parece ser la única noticia del día, el celebérrimo bodorrio inglés. No os aburro con el menú porque, en el fondo, aunque satisfactorio, no es que fuera una experiencia gastronómica inolvidable. Retomo camino a las 16:10. La banda sonora Tabletom. Mientras dura el disco y puedo cantar las canciones, aguanto el cansancio postalmuerzo sin dificultades. Pero el disco se acaba, comienzan a sonar los Tango Crash y un peligroso sueño empieza a adueñarse de mi conciencia. Honestamente, he pasado un mal rato y he tenido mucha suerte. Sabía que tenía que parar, que no tenía el control total del coche, pero estaba tan lento de reflejos que reaccionaba demasiado tarde. La primera venta se me ha pasado, la segunda por suerte no. Así que detengo el coche junto a la Venta Domínguez debajo de unas encinas e improviso una siesta de 25 minutos que me ha venido muy bien.

A las 17:25 salgo del coche, entro en la venta, me tomo el tercer café del día y me lavo la cara. Estos antídotos contra el sueño explican la energía con que conduzco hasta el primer punto de destino del viaje: Jerez de los Caballeros. Siempre que voy acercándome a este pueblo al que no me canso de venir, me acuerdo de la gente con la que me apetece estar. Y me dejo llevar por la vaga ensoñación de parar el coche en el mirador que hay antes de la tercera entrada al pueblo (la que tengo que tomar para entrar directamente a la zona donde viven mis familiares) para mostrar a alguien que, hipotéticamente, me acompañase y no conociera el pueblo la magnífica panorámica de las cuatro torres.

Luna, ya sin euforia

Al llegar, al siempre magnífico recibimiento que me dan Manolo y Susana, y a la euforia sincera de Luna, se han unido esta vez los bizcochos de chocolate de la Panadería Tahona de Alconchel. Sé que esto suena mal. Pero el mejor bizcocho que yo he probado no me lo ha hecho mi madre, mi tía o mi abuela. Ni siquiera es casero. Para mí, los mejores bizcochos son los de esta panadería y prefiero tenerlos lo más lejos posible para no sucumbir en la tentación de acabar con una caja entera.

Los bizcochos de Alconchel

Cuando parecía que el resto del plan estaba totalmente confirmado, se produce otro cambio repentino. Un perro callejero que cuidaban entre varios vecinos de la calle San Antón “bajo el liderazgo” de mi prima mientras se le encontraba un adoptante, se lo había llevado la perrera porque algún infeliz aburrido había avisado a la Policía Local. Ya es casualidad. Precisamente, al día siguiente, íbamos a llevar al perro a su nuevo hogar en Brovales antes de tomar rumbo hacia Cáceres. Aunque el plan inicial era levantarse temprano para aprovechar la mañana, la nueva situación obligaba moralmente a recoger al perro en la perrera de Olivenza al día siguiente y, teniendo en cuenta que Olivenza está a 40 minutos y que no dejaría salir al perro de la cárcel hasta las 11:30 (hora en que pasaba la veterinaria), había que adaptarse a las nuevas circunstancias y, ya que estamos, salir.



Lugar de interés turístico nacional

Así que fui con Manolo a un lugar que me encanta: Tasca El Manco El Currilitro. De dónde viene la mención al manco, es algo que no puedo contar porque lo desconozco. En cuanto a lo de Currilitro, el tabernero se llama Curro y, en el bar, lo que se sirven básicamente son litronas. No hay tirador de cerveza. Solo botellines y botellas de litro. El precio del litro puede parecer, en principio, excesivo: 2,50 €. Pero hay que pensar en tercios y, haciendo la cuenta, el tercio sale a 83,33 céntimos. Barato ¿no? Además, Curro tiene la cortesía de invitar a un par de tapas pequeñitas a sus clientes para acompañar la cerveza (que, por cierto, está a una temperatura excelente, unos grados por encima de la congelación). Las tapas varían en función de la hora, el día y la suerte que tengas: queso portugués, patatas con salsa de ajo, riñones al jerez o unas aceitunas machacadas (que no son precisamente de las rellenas de anchoa del súper). Si uno tiene hambre y no se conforma con estos pequeños aperitivos, siempre puede pedir chacina al plato: una ración de chorizo o salchichón ibéricos tan abundante que es difícil de terminar y que cuesta 2,75 €. Supongo que ahora se entiende por qué adoro este sitio.

Litrona en el Currilitro con su correspondiente tapa de queso

Después, cena en Heri (en la actualidad Bar La Callejita) previo paso por la casa para recoger a Susana. En Jerez, hay varios locales de hostelería con un encanto y una belleza que justifican por sí solos su elección para comer. Desgraciadamente, cerró La Ermita que, como su nombre indica, estaba situado en el edificio de una antigua ermita. Heri (nombre que se da al local en todo el pueblo por su dueño) está situado también en un edificio muy antiguo que, probablemente, hizo función de bodega pues, de hecho, se conservan unos toneles de entonces que son lo más interesante del lugar. La comida es buena y el servicio rápido. Secreto ibérico, queso de oveja y un par de botellas de Monasterio de Tentudía fue nuestra elección. Lo único que eché de menos fue una visita a Los Comunistas (otra tasca).

Secreto ibérico en Heri

A partir de este punto, un par de copas en La Fama y en La Taberna y la fundada sospecha de resaca al día siguiente. Varias horas nadando entre conversaciones con gente a la que no sé si conozco demasiado a pesar de verla tan poco o es casi desconocida a pesar de la regularidad con la que suelo venir. Llegamos a la casa tarde y con hambre. Me quedo dormido en el sofá mientras Manolo prepara en el microondas unas salchichas que no llegué a probar.