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domingo, 16 de octubre de 2016

Una tendencia que se sigue confirmando

Me ha sorprendido mucho la rabia con la que se está respondiendo en redes sociales a todo el que se atreve a cuestionar la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan. Especialmente, porque en la mayoría de los casos, se parte de la base de que cualquier cuestionamiento del premio es un ataque al propio Dylan. He llegado incluso a leer que los que no estamos de acuerdo con esta decisión no sufrimos más que un cabreo. Sinceramente, pienso que quienes están manifestándose en estos términos no han llegado a entender (ni lo pretenden) los argumentos que se ofrecen. Evidentemente, Dylan no es el problema. Como figura cultural, no se puede dudar de sus méritos y del enorme consenso que puede aglutinar cualquier reconocimiento en forma de premio que se proponga. El problema es que se la ha dado un premio de prestigio y fama mundial que está reservado al ámbito de la Literatura y no al de la Música. No tengo nada que reprochar al premiado. Mi reproche se dirige hacia la Academia Sueca. En cuanto al supuesto enfado, poco puedo decir. No recuerdo haber sentido ningún tipo de ira, ni siquiera una especial sorpresa. Bob Dylan llevaba mucho tiempo en las famosas quinielas y, por tanto, no me sorprendió demasiado la concesión del premio, como a nadie podrá sorprenderle que algún año lo termine ganando Murakami y como tampoco fue una sorpresa que, finalmente, el galardón recayera en Vargas Llosa en el año 2010. Probablemente, este improvisado e innecesario batallón de defensa de Bob Dylan está constituido, sobre todo, por los mismos que, año tras año, se dedican a menospreciar el premio cuando recae en el Mo Yan o la Hertha Müller de turno. El premio solo parece ser respetable cuando se conoce el ganador o, al menos, suena de algo. Es curioso que los mismos que ahora acusan de tener una visión estrecha de la Literatura y de la Poesía al primero que se menea estaban bien calladitos hace ahora un año cuando surgieron algunas voces críticas después de que se anunciara que la ganadora era una tal Svetlana Aleksiévich.

Si alguna emoción se parece a lo que siento después de conocer la noticia, es la tristeza, esa tristeza leve que nos domina cuando percibimos que se impone algo, que hay algo que va cambiando en una dirección que no nos gusta y, sin que podamos hacer nada por modificar las cosas, cada nuevo hecho parece consolidar y confirmar lo que tememos. Desde hace ya muchos años, vengo percibiendo que la lectura y, más concretamente, la lectura de Literatura está sufriendo un progresivo desprestigio. Está claro que la afición por la lectura no crece por mucho que se haya consolidado, al menos en nuestro país y en los de nuestro entorno, una Educación pública y obligatoria. La gente no compra libros y, por supuesto, no lee, pero esto se agrava cuando, además, viene imponiéndose socialmente una percepción de la lectura como una actividad inútil y, más concretamente, de la Literatura como una soberana pérdida de tiempo. No hace muchos años, era común encontrar entre la gente que abiertamente admitía no leer un respeto reverencial por el libro, por los lectores, por la figura del escritor, por la Literatura en general. Hoy parece que las cosas han cambiado. Desde mi experiencia como maestro, tengo la desgracia de experimentarlo cotidianamente. En este sentido, me resulta desolador escuchar cómo muchos de mis compañeros de profesión admiten sin rubor que no leen nada. En alguna ocasión, incluso le oí decir a un maestro que, desde que existen el rap y la HBO, la lectura es una actividad innecesaria. Y esto sucede en la escuela, una institución en la que uno de los objetivos más importantes ha sido desde siempre el aprendizaje de la lectura, el fomento de una afición a los libros, el uso de la lectura como una herramienta indispensable en una gran variedad de situaciones.

El pasado jueves, la Academia Sueca, sin pretenderlo, dio un apoyo implícito a esta tendencia: nos dijo a todos que, en estos tiempos que corren, para acceder a la Gran Literatura ya no hace falta leer libros, para poder apreciar la Poesía ya no hace falta leer poemas. Si quedaba alguna fecha en el calendario en la que la Literatura era portada de la prensa, era el día en que se anunciaba el nuevo Nobel de Literatura y quizá el día de la ceremonia. Si quedaba algún premio que seguía concediendo prestigio a nivel mundial, al menos por un día, al oficio de escribir y a la devoción de leer, ese era el Nobel de Literatura, pero el jueves se anunció que ya no hace falta escribir libros para ganarlo, que ya no hace falta dedicarse a la Literatura para formar parte de su polémica lista de agraciados. Por si no fuera suficiente, Bob Dylan fue premiado en calidad de poeta y es, precisamente, la Poesía la más denostada de las artes literarias, la más acusada de inutilidad. La música no necesitaba un Premio Nobel de Literatura, de la misma forma que la Literatura nunca necesitará o reclamará un Grammy o un disco de oro. La Poesía, sin embargo, siempre necesita un Nobel. En las cada vez más escasas ocasiones en las que se concede el premio a un poeta, los lectores de Poesía encontrábamos una suerte de satisfacción, un motivo para celebrar algo difuso, un reconocimiento de nuestra militancia de silencio. Porque la Poesía necesita, ante todo, silencio, un silencio que cada día es menos respetado y más incomprendido. Las canciones de Bob Dylan no son poemas y les hacemos un flaco favor otorgándoles esa consideración. Aunque no puedo negar los excelentes puntos de fusión que la Poesía encuentra con otras artes y disciplinas, tampoco puede negarse que existe un ámbito específico y definido para la Poesía. Desde hace ya muchos años, no paran de intentar convencernos de que, por el bien de la Poesía, para hacerla más atractiva al público en general, tenemos que incluir en ella disfraces, músicas de fondo, chistes, juegos de ilusionismo, vídeos de contenido incomprensible y una larguísima lista de efectos especiales que ha fracasado objetivamente en su intención y que, probablemente, sólo ha tenido como consecuencia una pérdida progresiva del prestigio que alguna vez tuvo el arte poética.

Me gustaría pensar que todo este panorama social y educativo no tiene nada que ver con la concesión de un Nobel de Literatura a un artista cuya obra no nos exige lectura, no nos exige silencio. Me gustaría no relacionar todo este catálogo de despropósitos con el hecho de que cada día escuche en la radio un anuncio sobre un certamen que pretende homenajear a Cervantes, pero que consiste en una competición de hip hop. Me gustaría, pero no puedo. Porque lo cierto es que pienso que todos, con acciones u omisiones, hemos contribuido de algún modo a mostrar cierta empatía por aquellos que dicen no leer nada porque no tienen tiempo, todos hemos contribuido a ser condescendientes con los que opinan que “los Clásicos son un coñazo” sin haberlos leído (ya sea por pereza o por negligencia), todos hemos contribuido a rebajar nuestras expectativas de lectura sobre los niños y adolescentes que están en el periodo de escolarización obligatoria y a cambiar los libros que se recomendaban habitualmente (de un valor literario contrastado) por títulos descafeinados e insignificantes en nombre de un mal entendido acercamiento al interés del menor. Parece que se nos olvida que todo es susceptible de ser educado. También, los intereses y los gustos.

Por todas estas razones, no puedo ver en la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan más que una noticia negativa, ya que supone, desde mi punto de vista, una nueva confirmación de esta tendencia que, poco a poco, va despojando de Literatura a la Literatura y, de un modo más claro y violento, va despojando de Poesía a la Poesía. Creía vivir en un mundo en el que cualquiera podía escribir bien, publicar e ir dando lecciones de poesía joven, fresca y contemporánea sin necesidad de esforzarse demasiado ni, por supuesto, preocuparse por leer algo más que los posts de los amigotes en Facebook. La situación era mucho más grave de lo que imaginaba: hasta el jueves no sabía que la Poesía no necesita poemas, no necesita libros, no necesita lectura. En los últimos años, bajo la etiqueta de Poesía convivían a codazos demasiadas cosas. La concesión del Nobel a Bob Dylan sólo puede ser una buena noticia para aquellos que quieran exterminar definitivamente cualquier resto resto de auténtica Poesía que aún sobreviva al amparo de aquella vieja etiqueta.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Homenaje a Miguel Delibes

Le sentaron muy bien a mis dieciséis años una de las lecturas obligatorias con las que nos sentíamos agobiados en el instituto. Corría el curso escolar 1992 / 1993 y el profesorado responsable de la asignatura Literatura Española del plan de estudios de BUP (qué raro suena eso de decir Bachillerato Unificado Polivalente), tuvo la feliz idea de imponer como lectura obligatoria de uno de los trimestres una novela de Miguel Delibes, El camino. Recuerdo haber comprado un ejemplar de la Editorial Destino y me gustaría dar los datos habituales que suelo aportar cuando escribo sobre los libros que voy acabando. Pero lo cierto es que tengo que admitir con tristeza que he tenido que preguntarle al “amigo” Google para poder aportar la fecha de la primera publicación del libro: 1950. No es difícil entender el sentimiento que me produce haber perdido, tras un préstamo, un libro tan especial para mí. El camino es la historia de Daniel, el Mochuelo, un niño de 11 años que afronta su última noche en su pueblo natal, un pueblo que podría ser cualquier pueblo de la España interior de aquellos años. Cuando llegue la mañana, Daniel partirá hacia la ciudad a estudiar Bachillerato en un internado y los nervios y la inmensa tristeza de descubrir que el paraíso de la infancia también se acaba, no le dejan dormir. Pasará la noche recordando sus correrías con los amigos, repitiéndose una y otra vez que prefiere la vida sencilla y predecible del pueblo a la enigmática y llena de nuevas posibilidades vida de los estudios. A través del recuerdo de Daniel, asistimos a una imagen precisa y verosímil de las vidas rurales de aquella España. El camino fue, para aquel lector inconstante un aprendizaje por debajo del umbral de la conciencia de los mecanismos y las satisfacciones asociados al género novela. Fue uno de aquellos libros que me fueron empujando muy lentamente a hacia el hábito de lectura, los rudimentos de un hallazgo, la intuición de que había mucho que hallar en la comunión del silencio y la página. Fue también, además, una de mis primeras incursiones en la escritura narrativa. Amor, aquella profesora de literatura a la que no presté siempre la debida atención, tuvo la idea de hacernos escribir un capítulo adicional, una especie de epílogo. Y, ante todo, fue el descubrimento de uno de mis novelistas preferidos, el gran Miguel Delibes que, con los años, fui degustando en muchas otras novelas. Algunas de las páginas que más he disfrutado pertenencen a esos largos monólogos que Delibes traza en algunas de ellas como Cinco horas con Mario y Mujer de rojo sobre fondo gris. Y qué puede decirse de Los santos inocentes, otro de esos textos que, como Cinco horas con Mario, es fiel retrato de aquella realidad disociada que se escondía tras la expresión “las dos Españas”. Aún me sigue durando la larga y alegre complicidad que desencadena Diario de un emigrante. Mucho menos me gustaron El tesoro y El hereje, ésta última abandonada entre fuertes sentimientos de culpabilidad por la traición al maestro. Quedan en el debe y es posible que algunas queden ahí para siempre por mi empeño en vivir y mi falta de disciplina, Las ratas, El príncipe destronado, Diario de un cazador, Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso, Diario de un jubilado, La hoja roja... Siempre tuve la sensación de deberle algo a Miguel Delibes, la íntima necesidad de mostrarle un agradecimiento, de reconocerle, de alguna manera humilde y anónima, las horas de felicidad absorta que pasé ante su caudal inagotable de narrador de un país muy distinto al que yo he vivido y que, sin embargo, nunca deja de ser el mismo. Desde el final del pasado curso escolar, en el que tuve la suerte de empezar a ejercer la docencia en un centro de Educación de Adultos, puedo decir con satisfacción que, en cierta medida, estoy procediendo a ese homenaje. En mis clases de Formación Básica, en las que un sorprendente grupo de mujeres en edad de jubilación y descanso, asiste cada tarde al colegio por el mero placer de un ratito de lectura, dictado y cálculo, estamos leyendo cada día una página de El camino. Sé que puede parecer una tontería, pero el mero de hecho compartir con mis alumnas un tesoro tan preciado me parece el justo homenaje que un maestro como yo puede hacer de un generador de sed, inquietudes y desvelos como fue Miguel Delibes.

domingo, 24 de junio de 2012

Feria del libro 2012


Probablemente me equivoque. Pero creo que la Feria del Libro de Huelva del año 2012 es una de las que menos promoción ha recibido desde que tengo uso de razón. Estoy en las redes sociales, vivo en la capital y cerca del centro, escucho todos los días la radio y, sin embargo, apenas he tenido acceso a información sobre el evento. Me enteré por casualidad de que ya había comenzado mientras tomaba una cerveza y, por casualidad, acabo de enterarme de lo cercano que está su fin. Es extraño que un evento que se celebra sistemáticamente todos los años no mejore con el tiempo en su organización y en su capacidad para acercarse a los gustos y necesidades de la ciudadanía. Hablemos de la organización. Si el año pasado celebré el regreso de la Feria a su hábitat natural, la Plaza de las Monjas, y no quise hacer críticas sobre la distribución de los stands y su ubicación en la propia plaza, en esta ocasión, tengo que decirlo: la organización tipo pasillo, de espaldas a la verdadera vida de la plaza, no es más que una clara representación de lo que somos en la sociedad onubense, un mal menor, un “te aguanto porque no tengo más remedio”, un “qué mal visto estaría no organizar la Feria del Libro, pero claro siempre deja algo de dinero en las arcas municipales y tiene que quedar claro que estamos con la cultura y la educación intelectual”. Para que no se piense que esto es una rabieta personal y que mi único afán es criticar, cito un comentario anónimo que alguien me dejó en el blog el año pasado a propósito de la entrada que escribí sobre la edición del año 2011: “Cierto que este año han vuelto a poner la feria del libro en la Plaza de las Monjas, pero los libreros parece que están castigados. Los han puesto en una esquinita mirando a la pared!! No hay derecho...” Hablemos de la fecha. Se pueden discutir muchas cosas alrededor de la Feria del Libro, pero creo que algo que debería estar fuera de toda disputa es la fecha en la que debe celebrarse. El caso de la Feria del Libro de Huelva me recuerda cada vez más al de la Feria de Abril que, año tras año, va siendo desplazada hacia el mes de mayo perdiendo todo el sentido su nombre. A veces me preguntó qué inconveniente tendrá la celebración del Feria en torno al Día del Libro, el 23 de abril. ¿Es que no saben que desde los centros de enseñanza se organizan jornadas culturales y de animación a la lectura para la celebración de esta efemérides? ¿Tan difícil es conjugar la estrategia educativa con la promocional para ofrecer a los ciudadanos en formación un marco reconocible que les haga identificar el sector librero como un servicio necesario para satisfacer sus necesidades de formación, enriquecimiento cultural y ocio? ¿Hay alguna ventaja en organizar la Feria en estos asfixiantes primeros días de junio en los que muchos de los que viven en esta ciudad pasan sus tardes y los fines de semana en la playa? Por otro lado, está el recrudecimiento de la crisis, el paro y la desmotivación generalizada que producen, el excesivo precio de los libros en la mayoría de los casos, el deterioro progresivo de la vida cultural y la increíble facilidad con la que nos estamos acomodando en esta situación. Estoy tan cabreado, que no me va a quedar más remedio que pasarme por el stand de mi amigo José Manuel y comprarle un par de libros de poesía antes de que todo acabe el sábado.

jueves, 8 de marzo de 2012

Poeta en Nueva York


Luis García Montero, un buen aprendiz de Lorca, da comienzo a su poema “Sonata triste para la luna de Granada” con verso que me parece magistral, casi una sentencia por sí mismo: Esta ciudad me mira con tus ojos. La proyección de sentimientos sobre el paisaje, especialmente, sobre el paisaje urbano, la identificación de las condiciones ambientales con la fuente de una tensión emocional de especial intensidad es un recurso muy habitual en la poesía. Un recurso que responde a una necesidad humana, la necesidad de atribuir una red de significados al mundo en el que vivimos. Esa ilusión de control que nos hace mirar el paisaje como un libro que puede ser leído y cuyas claves podemos desvelar con cierto esfuerzo intelectual es una fuente de estabilidad psicológica, una guarida en la que protegerse durante las frías y sordas horas de soledad. Está claro que no voy a descubrir nada nuevo si afirmo que Poeta en Nueva York es un libro que responde, en gran medida, a esta necesidad, a este esquema y que el foco de atención en la interpretación del libro hay que ponerlo en la primera parte de su título, el poeta, más que en el segundo, la ciudad de Nueva York, aunque es evidente que estos poemas nunca hubieran sido los mismos sin no hubiese mediado este viaje iniciático como catalizador de un río de versos que puede considerarse, así al menos lo hacía su autor, como un único y gran poema. Lorca llega a la Gran Manzana en 1929, en plena catarsis de superación de un desengaño (y su consecuente fracaso) sentimental. A un escritor inquieto y conmovido, más acostumbrado al entorno rural y de ciudades de mediano tamaño que conformaban la realidad española del momento, la desmesurada muestra de deshumanización y tecnificación de Nueva York no podía dejarle indiferente. El impacto es brutal sobre el poeta y el establecimiento de un contraste con un modo de vida más cercano a un orden natural es inevitable. Esta línea de creación es la que lleva al tipo de poemas más reconocibles. La aurora es, además del prototipo, el poema más celebrado, probablemente, el poema más famoso del libro. En él, el enfrentamiento entre el orden natural y la pérfida creación civilizada de un ser humano que actúa como un dios no es solo la la línea argumental del mismo. Además, en la narración de esta derrota de las fuerzas de la naturaleza, el lenguaje que se utiliza refuerza la transformación del mundo en lugar mucho más triste, donde los enjambres están formados de monedas, los niños son víctimas taladradas, los nardos sufren de angustia, las palomas son negras, el esfuerzo humano no produce frutos, la luz está muerta y sepultada y, en definitiva, la ciudad del futuro es un territorio en el que solo es posible el sufrimiento. Una vez establecida la unidad entre la obra del hombre y la maldad, limitarse a esta visión como único prisma desde el que puede analizarse el libro es “reduccionista”. Lorca está sufriendo turbulencias emocionales y sus motivos, como la ciudad de Nueva York, son profundamente humanos. No hay que jugar demasiado a la hermeneútica para descubrir la proyección del sentimiento amoroso sobre los contextos en los que se conciben estos poemas, ya que, en alguno de ellos, si bien no tienen el amor como tema principal, se encuentran claras referencias a estos motivos. Así, en “Tu infancia en Menton”, hay un fragmento especialmente clarificador:

Es tu yerta ignorancia donde estuvo
mi torso limitado por el fuego.
Norma de amor te di, hombre de Apolo,
llanto con ruiseñor enajenado,
pero, pasto de ruina, te afilabas
para los breves sueños indecisos.
Pensamiento de enfrente, luz de ayer,
índices y señales del acaso.
Tu cintura de arena sin sosiego
atiende sólo rastros que no escalan.
Pero yo he de buscar por los rincones
tu alma tibia sin ti que no te entiende,
con el dolor de Apolo detenido
con que he roto la máscara que llevas.

En “Poema doble del lago Eden”:
Pero no quiero mundo ni sueño, voz divina,
quiero mi libertad, mi amor humano
en el rincón más oscuro de la brisa que nadie quiera.

En el siniestro “Nocturno del hueco”:
Es la piedra en el agua y es la voz en la brisa
bordes de amor que escapan de su tronco sangrante.
Basta tocar el pulso de nuestro amor presente
para que broten flores sobre los otros niños.

En “Ruina”:
Mi mano, amor. ¡Las hierbas!
Por los cristales rotos de la casa
la sangre desató sus cabelleras.

Tú solo y yo quedamos;
prepara tu esqueleto para el aire.
Yo solo y tú quedamos.

En la celebérrima “Oda a Walt Whitman”:
El cielo tiene playas donde evitar la vida
y hay cuerpos que no deben repetirse en la aurora.

Y, por supuesto, en el “Pequeño Vals Vienés”:
Dejaré mi boca entre tus piernas,
mi alma en fotografías y azucenas,
y en las ondas oscuras de tu andar
quiero, amor mío, amor mío, dejar,
violín y sepulcro, las cintas del vals.

Supongo que siempre es un buen momento para volver a Poeta en Nueva York. En agosto del año 2011, se cumplieron 75 años del asesinato de Federico García Lorca y el curso escolar 2011 / 2012 ha sido el elegido por la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía para celebrar un efeméride y llevar su obra hasta las aulas de la educación obligatoria. Sigo ignorando si una educación literaria será un recurso eficaz para hacer de mis alumnos y alumnas unas mejores personas. Mientras la realidad no me demuestre lo contrario, quiero pensar que sí mientras escucho a un grupo de niños y niñas de doce años recitando “La aurora” con voz trémula e indecisa ante un auditorio que, probablemente, no entienda demasiado. Esta convicción se hace más fuerte, cuando pienso en la cruda realidad que dibujan para Europa un enjambre de ministros tecnócratas, demasiado alejados de los valores del humanismo.

martes, 3 de enero de 2012

El transformador metabólico


Hace par de semanas estuve en casa de uno de mis primos, la conversación empezó a alargarse y a mezclarse con una copa de vino y no tuve más remedio que aceptar encantado la invitación a cenar. Después de pasar por las habituales paradas de la música, el trabajo y los amigos, y muy influidos ya por la cercanía de las Navidades, empezamos a recordar aquellas mañanas de Reyes en las que uno se levantaba inquieto, hiperactivo, olvidando lo mucho que le había costado dormirse, y corría hacia el salón donde esperaban varios paquetes envueltos en papel de regalo. Luego tocaba la ronda de visitas a casas de familiares y la visita a casa de mi primo, donde siempre encontraba dos paquetes, uno con alguno de esos juegos de mesa que siempre estaba pidiendo y otro (previsible ahora con el paso de los años, pero que no levantaba ninguna sospecha en mi mente infantil) que escondía de forma invariable un volumen de Superhumor, esa maravillosa colección de Ediciones B con tapas duras y páginas de guía de teléfono, en la que se recopilaban las historietas de algunos de los mejores personajes del cómic español: Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio, el Botones Sacarino, Rompetechos... Mi tío Juan siempre ha sido un gran aficionado y coleccionista de este producto cultural español y, en su afán por compartir con sus hijos y sobrinos su pasión, acabó por hacernos el más grande de los favores, acabó por acostumbrarnos a la lectura. Toda actividad que requiera una dosis de esfuerzo solo puede convertirse en satisfactoria a través del cultivo de un hábito, de una rutina si se prefiere, algo que para cualquiera que haya vivido un es evidente y que los psicólogos y educadores no se cansan jamás de repetir. ¿De dónde puede haber venido mi paciencia para sentarme y dedicar tiempos indefinidos a la lectura sino de aquellas primeras experiencias en las que Mortadelo era capaz de empeorar cualquier problema recurriendo a uno de sus disfraces o Sporty se quedaba sin ganar una carrera por no haber leído con detenimiento una palabra con tilde? Es posible que mi primer encuentro placentero con la poesía viniera de la mano del torpe Alfalfo Romeo, cuyas aventuras se contaban en verso y con rimas ripiosas ante las que no se podía evitar una sonrisa. En la última viñeta de todas sus historietas, mientras nuestro antihéroe huía de una un perseguidor lleno de ira, siempre se podía leer esta cuarteta:

¡Mal lo tiene nuestro amigo
para estar junto a Julieta!
¡Seguro que lo consigo
en la próxima historieta!

Al día siguiente, mientras revisaba los textos que habían escrito mis alumnos y alumnas para el certamen de relatos navideños organizado en el colegio, me sorprendí por la abusiva presencia de personajes infantiles que pedían en sus Cartas de Reyes una Blackberry, un teléfono táctil, una tableta o, en el mejor de los casos, una consola de videojuegos, personajes que no erán más que un trasunto de sus propias personalidades y sus deseos, enfrentados a los de unos padres que acaban por transigir a sus deseos. Pensé entonces en la necesidad de aprovechar la costumbre de hacer regalos en estas fiestas para regalar lectura, algo que es beneficioso a cualquier edad pero, sobre todo, en la infancia. No hace falta que yo diga que los hábitos son más sencillos de establecer a edades tempranas, ya que el tiempo, el envejecimiento, suele volver a la persona más inflexible y a sus recursos intelectuales más estáticos. Evidentemente nada garantiza que una persona leída, culta, sea mejor que otra no instruida, pero sí es cierto lo que nos señala Bertrand Russel a propósito del mal llamado conocimiento inútil: “El bravucón del colegio rara vez es un muchacho cuyo aprovechamiento en los estudios está por encima del promedio. Cuando se produce un linchamiento, los cabecillas son casi invariablemente hombres muy ignorantes. Esto no es así porque el cultivo de la mente produzca sentimientos humanitarios positivos, aunque puede hacerlo; es más bien porque proporciona otros intereses que el maltrato a los vecinos y otras fuentes de respeto a la propia personalidad que la afirmación del dominio (…) La cultura proporciona al hombre formas de poder menos dañinas y medios más dignos para hacerse admirar.” Por otro lado, es también cierto que crecer rodeado de libros no garantiza un amor desmedido por la lectura. Nadie podrá negarme, sin embargo, que una infancia sin libros tendrá una menor probabilidad de acabar en pasión por la lectura. Estamos siempre, en todo momento, construyendo el futuro con nuestras acciones y omisiones. Aprovechemos estas fiestas para intentar aportar algo a la construcción de un a sociedad mejor regalando lectura a niños y niñas. Esperemos que 2012 sea, al fin, un año con algo de luz.

jueves, 14 de mayo de 2009

El viaje de Chihiro

Es mayo, probablemente, uno de los meses más fugaces, un mes que se vive con la mirada puesta en junio, sobre todo, lo vivimos así aquellos a los que mayo nos trae su traidor obsequio, esta desquiciante asfixia que le quita sabor y color a muchas cosas, que hace más cansado el trabajo y menos reparador el sueño. En estos días, no sé muy bien por qué me ha venido una gana ubérrima (que diría Vallejo) de volver uno de esos clásicos recientes del cine de animación. El viaje de Chihiro es un historia conmovedora, emocionante y vitalista, un contundente acierto que debemos al genio Miyazaki. Lo primero que me llamó la atención del cine de Miyazaki es que rezuma madurez: hay una clara distinción entre otros tipos de anime y algunas de las joyas con las que este director nos deleita cada cierto tiempo. Los tópicos del cine de animación, sus rasgos de infantilismo, la extrema necesidad de un hilo argumental y una trama de velocidad vertiginosa y dificultad simplificada, quedan atenuados aquí y el resultado es un producto destinado a los sectores más variopintos del público amante del cine, una obra que puede ser leída en niveles de interpretación muy distintos y que acaba por contentar a muchos. El viaje de Chihiro es una película de sobra conocida y no necesita que se presente su argumento. Desde el comienzo, la historia es un manto tejido con símbolos y manifiesta una alusión al civismo que huye de la moralidad rancia. Son ejemplos muy claros de esto que el pecado cometido por los padres de Chihiro sea comer sin permiso unos alimentos preparados para una ocasión especial, el hecho de que sea el trabajo la única vía para redimir un castigo, la avaricia y la sed de dinero que acaba tragándose a los que caen en sus redes, la existencia de un álter ego benévolo que complementa y compensa el lado tenebroso, la necesidad de no olvidar el nombre, en definitiva, la identidad, pues aquellos que no olvidan quiénes son, lograrán al fin liberarse. No sé si Miyazaki consigue su declarado propósito: inspirar a los niños con sus películas. Pero, desde luego, consigue hacernos reflexionar a los adultos que nos acercamos a ellas sobre los modelos de vida que queremos legar a las generaciones que se preparan para relevarnos.

jueves, 23 de abril de 2009

Las personas somos profundamente contradictorias. Y esto que escribo me lo dedico a mí mismo. Me explico. Yo, que he siempre he sido tan defensor de las efemérides y las celebraciones, me permito esta tarde dudar de su valor. Aunque es cierto que siempre he encontrado ventajas en las celebraciones y el recuerdo de las más grandes personalidades del arte y la literatura, hoy pienso que, en ocasiones, hay que tener mucha precaución cuando nos acercamos a estas fechas señaladas en el calendario cultural. Sí, es cierto que las revisiones, retrospectivas, ediciones de obras completas (incluyendo correspondencia privada) son grandes oportunidades y que, gran parte del material oculto del que algunos disponen de la obra de artistas desaparecidos de las últimas décadas, no vería la luz pública de no ser porque la organización de este tipo de ciclos parece actuar como una poderosa fuerza de convicción para coleccionistas y familiares recelosos de perder su exclusividad. De esto, no tengo ninguna duda. Es cierto, asimismo, que las efemérides y celebraciones funcionan como un hilo de conexión directa entre los más grandes creadores y las nuevas generaciones de jóvenes que, por muy poco que nos guste, están cada vez menos interesadas por los procesos y los productos de creación artística, sin olvidar de la dificultad que entraña tratar estos temas en la escuela, pues ello supone enfrentarnos no ya al desinterés sino al rechazo de parte del alumnado. Además, en ocasiones, los niveles de autonomía personal, capacidad de esfuerzo y actitud positiva hacia el trabajo son tan bajos, que apenas queda tiempo para lo básico, lo meramente instrumental. Sin embargo, en este mundo dominado por la superficialidad de la información de masas, por la homogenización del consumo en el ocio y por la supremacía del impacto visual, hoy, esta tarde, y sin querer generalizar ni establecer jurisprudencia, me permito dudar del valor de las efemérides. Estamos a una semana del día Internacional del Libro y esta mañana, mientras se lo contaba a mis alumnos y alumnas, recordé algo que me sucedió hace algunos meses. Un día cualquiera en que les hablaba de Rafael Alberti y, después de haberles hablado durante los meses anteriores, de Lorca, Juan Ramón, Kandinsky... una niña me dijo: “Nos has contado muchos cuentos de niños que se han muerto ya”. Al recordarlo, eludí decir que celebrábamos el aniversario de la muerte de dos genios y les expliqué, simplemente, los eventos que se organizarán. Entonces comprendí que el problema de las efemérides es, concretamente, que nos enfrentan con crudeza a la inexorabilidad de la muerte.

viernes, 30 de enero de 2009

Hoy, día 30 de enero, como todos los años, se ha celebrado el día escolar de la paz y la no violencia y yo, por trabajar en el gremio de la enseñanza, no debo ni quiero ser ajeno a los actos y los recuerdos que acompañan a la fecha. Como todo el mundo sabe, la conmemoración está dedicada al recuerdo de Mahatma Gandhi que murió asesinado por un pistolero integrista un 30 de enero de 1948. La paz es incómoda. O, al menos, lo es para amplios sectores del poder político y el poder económico. La paz es un trabajo continuo, un oficio labrado día a día, una forma de posicionarse ante el mundo, la paz empieza por la posibilidad de una revolución personal, de una autorreflexión acerca de nuestros modos de pensar y hablar, una autocrítica sobre nuestro modo de actuar y sobre lo que nunca hacemos porque supone mucho esfuerzo, a pesar de la necesidad acuciante de acometerlo. Sí, la paz es tan incómoda que han sido muchas las víctimas de las ideas pacifistas. Pensemos en Martin Luther King, pensemos en Ernest Lluch. La paz empieza por las propias personas, por eso, la celebración del día de la paz en los centros educativos debería tomarse muy en serio. Si nos creemos con firmeza que estamos formando a los futuros ciudadanos, a los futuros votantes, a los futuros trabajadores y contribuyentes, la educación para la paz debería tener un lugar destacado en el currículum escolar, más allá incluso de las celebraciones en días puntuales. No podemos olvidar que los Estados están formados por personas y que son por tanto las personas quienes toman decisiones y acaban conformando lo que llamamos el destino del mundo. Por esta misma razón, además de preparar a los niños, tenemos que empezar a tomar las riendas de nuestro planeta, tenemos que empezar a exigir a los dirigentes públicos un claro posicionamiento en contra de la violencia y una firme resolución para acabar con los factores que deterioran la paz y las relaciones entre pueblos y comunidades. En la actualidad, hay varios frentes bélicos claramente abiertos en el mundo, además de otros muchos conflictos soterrados, como aquellos que se mantienen activos a pesar de precarios acuerdos de alto el fuego, los que tienen un nivel de actividad discontinua, así como zonas donde la convivencia es problemática y basta cualquier mínima chispa para desatar episodios lamentables y que deberían evitarse. Por supuesto, la paz necesita un escenario mundial sin conflictos armados, pero la paz no es sólo ausencia de guerra, como la salud no es solamente ausencia de enfermedad. No podrá haber paz en el mundo sin democracia, sin derechos humanos, sin reconocimiento del derecho a existir de todos los pueblos y culturas, no habrá paz en el mundo mientras haya privilegios, mientras el hambre se extienda de forma incontrolada, mientras no solucionemos el problema del agua. Estamos ante un camino largo pero que podemos recorrer, un camino en el que tenemos que librarnos de la desidia y el derrotismo y, por ello, esta mañana he celebrado con toda convicción el día de la Paz, con el deseo y la esperanza de encontrar eco en los muchos educadores que, desde nuestras pizarras, pedimos un día tras otro la paz y la palabra.

miércoles, 27 de febrero de 2008

28 de febrero: en mi profesión, uno es particularmente consciente de esta fecha. Todo cambia por un día, eso sí el día anterior. Yo sería más partidario del 4 de diciembre y del espíritu de aquella gran manifestación popular, pero esto es lo que tenemos y tenemos mucho. En ciertos momentos de la vida, uno comprende el sentido que tiene hacer festivo un día para celebrar algo. Y considero que somos afortunados, que tenemos la suerte de poder festejar una identidad, una historia, una cultura compartidas, sin vernos castigados por un centralismo opresivo, así como sin la angustia que a algunos les produce la infinita sed de secesionismo y autogobierno, la excesiva conciencia de país. Nunca comprendí los nacionalismos, nunca he logrado entender qué clase de mecanismo provoca que, a estas alturas de la Historia, uno prefiera mirar hacia dentro, incluso cerrar los ojos y perder de vista a nuestro entorno más cercano, ese que nos ha eliminado las fronteras dentro de la Unión Europea. Sin embargo, tengo que reconocer que siempre me he sentido como andaluz y como europeo más cómodo, que como español. Será, probablemente, mi propia educación sentimental la responsable, una responsabilidad que queda muy diluida y distribuida en muchas voces, páginas e imágenes. Mañana será el día de Andalucía y yo les recomiendo, simplemente, alguno de los discos de El Cabrero.