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domingo, 28 de septiembre de 2025

Homero en el Open Arms


Resulta, como mínimo, sorprendente que aquellos que se postulan como los guardianes de las esencias de las sociedades occidentales, aquellos que nos advierten del riesgo que corremos de desnaturalizarnos y perder nuestra verdadera identidad, aquellos que nos prescriben la única forma posible de ser españoles, europeos y civilizados sean los mismos que proponen hundir los barcos de las organizaciones humanitarias que prestan socorro a los naúfragos y pretenden evitar muertes en el mar. Sobre todo, resulta especialmente impactante que estas proclamas de odio se hagan de forma específica contra personas que están situaciones difíciles y que llaman a las puertas de nuestra casa, nuestro país, pidiendo ayuda con desesperación.

En un tiempo tan polarizado como el que nos toca sufrir, en el que se revisan hasta los consensos más básicos con los que hemos construido algo parecido a una democracia (imperfecta pero democracia), espero que nadie se atreva a cuestionar que uno de los textos fundacionales de la cultura occidental es la Odisea, probablemente, una de las obras de mayor influencia en la historia universal de la literatura. Otro asunto es que, a día de hoy, pocos se tomen el trabajo de leerla. No es necesario que yo cuente el argumento principal del gran poema épico, pero, por contextualizar y por si alguien se ha despistado, Odiseo (Ulises para los amigos) intenta volver a su país después de la Guerra de Troya y, en su travesía, encuentra todo tipo de dificultades y peligros.

Si tomamos como traducción fiable y autorizada la de José Manuel Pabón (editada por Gredos) y acudimos al Canto IX, entenderéis a dónde quiero llegar. En el Canto de IX, Ulises narra a Alcínoo, rey de los feacios, las penalidades de su viaje y, en esas páginas, puede leerse, por ejemplo, que quienes se ven obligados a abandonar su país no suelen hacerlo con gusto:

“porque nada es más dulce que el propio país y los padres

aunque alguien habite una rica, opulenta morada

en extraña región, sin estar con los suyos”

Un poco más adelante, al recordar el episodio en la gruta de Polifemo, nos encontramos con estos versos que transcriben los ruegos de Ulises y sus acompañantes al cíclope que los amenaza:

“Ten respeto, señor, a los dioses. En ruego venimos;

al que en súplica llega y al huésped, amparo y venganza

presta Zeus Hospital; él conduce al honrado extranjero."

Sí, se me podrá decir que no puede argumentarse o criticarse una posición política desde un fragmento de una obra poética, pero lo que tampoco puede negarse es que la Odisea, como parte fundamental e imprescindible de la cultura griega clásica, ha tenido una influencia decisiva en la construcción histórica de la mentalidad occidental y, por tanto, algún papel deben haber jugado las ideas que en ella se esbozan en la definición de la ética y los valores que hemos acabado definiendo como propios. Grecia es la cuna de nuestra civilización, de nuestra democracia y a ese caldo de cultivo pertenecen la Odisea y una concepción del mundo en el que Zeus, el dios más temido y poderoso del Olimpo, no solamente obligaba a la hospitalidad y al amparo de quienes pedían ayuda. Además, vengaba cualquier injusticia que se pudiera cometer cotra ellos. Llegados a este punto, podemos concluir que aquellos que se jactan de ser los guardianes del modo de vida occiental, en el fondo, no saben muy bien de lo que hablan.

miércoles, 9 de julio de 2025

Una historia diferente



Una historia diferente (Lupita Books) es un libro necesario o, por ponerlo en su justo contexto, es un cuento necesario. Porque no deja de ser un cuento infantil, aunque sería muy beneficioso que lo leyera más de un adulto. Supongo que a muchos no os descubro nada, pero, si no lo conocéis, tenéis la excusa perfecta para regalarlo en el próximo cumpleaños o para daros el gustazo haceros un autorregalo y, ya de paso, reivindicar esa cuota de infancia que todos conservamos y que no debería extinguirse jamás. El objetivo del libro es explicar a niños y niñas con argumentos a su alcance por qué existen personas sin hogar, cómo llega alguien al momento en que se ve obligado a vivir en la calle. Supongo que no soy el único padre al que su hija le ha preguntado: “¿Por qué ese hombre está acostado en la calle?”. Para afrontar esa conversación de una forma educativa y sin tangentes, es un recurso muy útil. Además, el cuento también sugiere acciones que podemos llevar a cabo para evitar el desastre del sinhogarismo (está en el diccionario de la RAE, te lo juro), cosas que, como bien dice su pequeña protagonista, no parecen tan difíciles.

Una historia diferente llegó hace tiempo a la biblioteca de mi hija. No recuerdo cuándo. Sin embargo, hace unos días sentí la necesidad, no sólo de volver a leerlo con ella, sino de volver a releerlo yo para tratar de calmar las inquietudes de aquel niño que una vez fui y todavía se asoma en mí presente cada cierto tiempo. Había ido al supermercado a hacer una compra de última hora de cosas, en su mayoría, superfluas. En la puerta de la tienda, estaba una de las personas sin hogar que hacen vida en mi barrio, una de esas personas que te acostumbras a ver y que, de forma injusta e inevitable, terminas asumiendo y normalizando, integrando su tragedia personal como un elemento más del paisaje. Pero ese día volví a fijarme en él, probablemente, porque había cambiado recientemente el lugar donde pide. Era otra la tienda en la que, normalmente, solía verlo y eso hizo que, de forma azarosa, al mirarlo con mayor atención, descubriera que estaba escribiendo algo en uno de esos cuadernos pequeños típicamente escolares, de tamaño cuartilla y con doble pauta. La caligrafía pulcra, levemente inclinada, cuasi perfecta, el respeto reverencial a los márgenes, su alineación rectilínea me llenaron la cabeza de especulaciones.

Os parecerá una tontería, pero yo me crie en una sociedad en la que tener buena letra era un signo de distinción, un valor seguro, y mi letra, aunque siempre legible y profundamente comunicativa, pecaba de ser demasiado grande y todas mis maestras de lo que hoy llamamos etapa primaria la consideraba, resumiendo y sin paliativos, más bien feota. ¿Cómo (me pregunté entonces) pudo acabar esta persona en la calle? ¿En qué momento de su biografía un acontecimiento lo cambió todo? ¿Cuál fue ese punto de inflexión?

Quizá las respuestas a algunas de estas preguntas estén en ese cuaderno que iba agotando con esmero. No lo sé y mi pudor excesivo a hacer preguntas me va a impedir saberlo siempre. Lo que sí tengo claro y queda perfectamente explicado en Una historia diferente es que las personas, al igual que los árboles, necesitan raíces fuertes para mantenerse en pie (salud, casa, trabajo, familia, amigos). A veces y por motivos muy dispares, estas raíces se quiebran. Y esto, por más que nos disguste admitirlo, nos puede pasar a cualquiera.


miércoles, 2 de julio de 2025

Canícula

Sentencia Luis Cernuda en su magnífico Luis de Baviera escucha Lohengrin “que los dioses castigan concediendo a los hombres / lo que éstos les piden”. Ahora que coincide la primera ola de calor del verano con mi relectura de su obra, se me antoja que estos versos nos dan, hasta cierto punto, una interpretación verosímil de los días que vivimos. En una sociedad que no se muestra preocupada por el cambio climático, que aplaude los inviernos y los otoños en los que el termómetro se mueve con confianza entre los 20 y 25 grados, la traducción estival no puede ser más que esta. Es como si un ser superior nos dijera con un tono de recriminación: “¿No queríais mangas cortas en febrero? Concedido, pero ateneos a las consecuencias”. Y, así, una vez llega el sacralizado verano y sus milagros vacacionales, tenemos que cargar también con esta joroba de avisos naranjas y amarillos. Este es el peaje, estos días de escasa utilidad que impiden hacer uso de los espacios públicos, que hacen difícil disfrutar de los placeres del verano y que se permiten el lujo de abolir la paz del sueño y del descanso. No merece la pena. Está claro. Pero tampoco conviene amargarse demasiado porque no tiene remedio. Al menos (este es mi consuelo), seguimos encontrando en la lectura respuestas para casi todo.

martes, 15 de agosto de 2023

Pasatiempo

 Pasatiempo


Cuando éramos niños

los viejos tenían como treinta

un charco era un océano

la muerte lisa y llana

no existía


luego cuando muchachos

los viejos eran gente de cuarenta

un estanque era un océano

la muerte solamente

una palabra


ya cuando nos casamos

los ancianos estaban en los cincuenta

un lago era un océano

la muerte era la muerte de los otros


ahora veteranos

ya le dimos alcance a la verdad

el océano es por fin el océano

pero la muerte empieza a ser

la nuestra.


Mario Benedetti


Siempre me ha parecido este poema especialmente brillante por su lucidez. Hay muchos textos de innegable valor que se centran en la misma idea, en la creciente amenaza de la muerte a medida que crecemos y que tenemos una mayor conciencia de ella. Sin embargo, por alguna razón, cuando alguna muerte me hace pensar demasiado, sea por su cercanía o por hallarme tratando de eludir una ola de melancolía, vuelvo de forma indefectible a este “Pasatiempo” como si su relectura pudiera ofrecerme algún tipo de refugio.


Durante aquellos años en los que era mucho más joven y un poco más ingenuo, me cansé de repetir que un mundo sin Lola Flores, Jesús Gil o Freddie Mercury, independientemente de mi simpatía o animadversión por ellos, era un lugar más aburrido y mucho menos interesante para vivir. Aquella ironía impostada, que no me libraba de la tristeza cuando me tocaba enfrentarme a la muerte de mis abuelos u otros seres queridos, era normal. En el fondo, era una forma de afrontarla sabiendo que a quien le tocaba morir, atendiendo a esa tontería que llamamos “Ley de Vida”, estaba muy lejos en edad de mí. Que cualquiera puede morir en cualquier momento lo sabemos desde siempre, pero hay edades en las que es fácil ignorar ese pensamiento.


Madurar y envejecer consisten, entre otras muchas cosas, en comprobar que cada vez hay una menor diferencia de edad entre aquellos van muriendo en nuestro entorno y nosotros mismos. Cada vez es más difícil creer en el cuento feliz de la “Ley de Vida” y cada muerte que nos golpea lo hace con una intensidad que crece en progresión geométrica. Las muertes de familiares, amigos e, incluso, de aquellos que no conocemos ni tratamos pero a los que profesamos cierto afecto vienen a confirmar, para nosotros, que el mundo, nuestro mundo, se va desvaneciendo a pasos agigantados. Porque es así: si admitimos que cada de ser humano es único y, por tanto, su experiencia del mundo es única e irrepetible, entonces, forzosamente, tenemos que admitir que hay tantos mundos como hombres y mujeres y que cada muerte es, en cierto modo, una muerte del mundo.


Todos estos pensamientos abarrotan mi cabeza desde que supe esta mañana que había muerto Tente, el rostro de sonrisa imperturbable tras la barra del Bar Ibiza. No voy a engañaros afirmando aquí que éramos medio colegas y que pasé algunas noches inolvidables charlando con él. Nada más lejos de la realidad. El Ibiza siempre me pareció un sitio con encanto, un bar insustituible de la noche de Huelva, pero lo cierto es que yo allí no encontraba mi sitio. Yo era más parroquiano de otros bares que ahora no vienen al caso, pero alguna vez he estado en el Ibiza (probablemente más noches de las que puedo recordar). Tente que, como acertadamente escribe Mario Asensio en Huelva24, nunca olvidaba una cara, sabía perfectamente quién era yo y que no era uno de sus clientes más fieles. A pesar de ello, jamás me negó un gesto de simpatía, jamás me atendió con desidia o desgana por no ser un fijo en su local. Y todo eso teniendo en cuenta que siempre he sido de los pesaditos que preguntan la marca de cerveza del barril o que piden bebidas excéntricas que están fuera del catálogo habitual del bar de copas. Nada de eso parecía tener importancia, sus respuestas siempre estaban marcadas por la amabilidad.


Por eso, cuando esta mañana supe de su fallecimiento me invadió una repentina tristeza y pensé que sus familiares (a los que no conozco personalmente) estarían destrozados y, egoístamente, sentí que este es otro de los golpes que están destruyendo mi mundo de forma precipitada. Está muy de moda decir de alguien que destaca pronto en alguna actividad profesional que es “insultantemente joven”. Mientras escribo esto se me ocurre que Tente, con el cariño que tantos le profesaban, con sus 62 años, era insultantemente joven para morir y espero que aquéllos que están sufriendo su pérdida con intensidad y dolor puedan encontrar pronto un consuelo en su recuerdo. Si existe algo después de esta vida, espero que sea como el mundo y que cada uno tenga una experiencia distinta en función de su carácter y sus afectos. Espero, Tente, que, si después de la última frontera hay algo, hayas encontrado un paraíso a tu justa medida.

sábado, 28 de diciembre de 2013

El animal moribundo

“No importa cuánto sepas, no importa cuánto pienses, no importa cuánto maquines, finjas y planees, no estás por encima del sexo”. Esto piensa David Kepesh y no voy a ser yo quien diga que se equivoca. No puedo evitar, en cambio, pensar en este tipo de planteamientos como un puro “reduccionismo” (palabro que incomprensiblemente no está recogida en el diccionario), otra más de las generalizaciones en las que vive sumido nuestro imaginario social y cultural desde que todo el mundo tiene el derecho a erigirse como un especialista en el conocimiento de la mente y el comportamiento humanos. No seré yo tampoco quien niegue el valor fundamental de la actividad sexual en la configuración social y psicológica del ser humano. Probablemente, se pueda llegar a ser más radical desde un punto de vista más simple: es una cuestión de salud global. Sin un sexo liberado y normalizado, no puede haber sujetos ni sociedades sanas. Nuestro código de intelectualidad desde mediados del siglo XX, sin embargo, nos dice que para ser un interlocutor respetado tienes que asumir la omnipotencia del sexo como fuerza capaz de doblegar voluntades y única religión ante la que merece la pena doblegarse. El problema es que todo planteamiento religioso tiene una materialización. Siempre hay una imagen frente a la que rendir adoración. Y todos aquellos que hacen este tipo de declaraciones acaban volcados en una constante actitud fundamentalista que les arrastra a situaciones y conductas que, fuera de su ámbito religioso, probablemente percibirían como ridículas. Y esto es lo que acaba por sucederle a David Kepesh. Y ¿quién es David Kepesh? Se trata del protagonista que narra en primera persona narrador la novela El animal moribundo de Philip Roth. David Kepesh es un reputado profesor universitario y crítico cultural que ha envejecido muy bien y tiene la costumbre de seducir a sus alumnas de doctorado. En una confesión íntima a un oyente desconocido, hace una crónica de su autodestrucción personal desde que inicia una relación con Consuelo, la bellísima hija de unos exiliados cubanos que tendrá, sin quererlo, un poder ilimitado sobre la estructura mental de Kepesh. El hombre tan seguro de sí mismo, tan consciente de su edad pero sin un solo atisbo de miedos, se convierte en, poco menos, que un fiel obediente sin ningún tipo de control ni autoridad sobre su pensamiento y sus deseos. Es frecuente que admitamos, sin ningún género de dudas y muy orgullosos de nosotros mismos, que la vida es incontrolable y que nada podemos hacer para frenar las sacudidas del azar y del incierto futuro. Y lo decimos con tranquilidad. Solo perdemos los nervios cuando verdaderamente entendemos lo cierto que es aquello que afirmábamos sin temor. Solo cuando nos encontramos ante la verdadera dimensión de la tragedia, la pérdida, el sufrimiento, somos capaces de tomar conciencia esta afirmación. Y, una vez más, esto es lo que sucederá a Kepesh cuando se enfrente a su verdadera dependencia con Consuelo, cuando se enfrente a fuerzas que relativizan por completo ese supuesto carácter omnipotente del sexo, aunque no esté dispuesto a admitirlo jamás, bajo ningún concepto. “El cuento de hadas más encantador de la infancia es el de que todo sucede en orden.” Reflexiona Kepesh cuando se enfrenta a un dolor inabarcable, a una realidad en la que sus actos y su sistema de valores no tienen ninguna posibilidad de transformación. “El auge y la caída del condón es la historia sexual de la segunda mitad del siglo XX.” Nos dice mientras mantiene su compostura de pensador liberado, que solo ve con buenos ojos la sumisión al dios sexo. Hacía tiempo que tenía ganas de leer a Philip Roth. Y me alegro de haber leído muchas afirmaciones en boca de uno de sus personajes que me han hecho dudar y con las que no puedo mostrar mi acuerdo de forma plena. Está claro que es más fácil identificar a un buen escritor cuando postula lo que no te gusta. Solo entonces la calidad literaria sostiene el juicio del lector. El animal moribundo es una novela corta, recomendable, fácil de leer y con un giro argumental que cambia, por completo, la mirada con la que analizamos a la voz que parece deshacerse en cada página, a ese hombre que parece envejecer en ciento veinte páginas lo que no ha envejecido en cuarenta años. Interesante primera incursión en el universo narrativo de Roth. No será la única.

jueves, 19 de diciembre de 2013

¿Un réquiem para Uniradio?

Si hoy fuera un jueves corriente, habría encendido el ordenador esta mañana pensando en qué voy a escribir este año para despedir el trimestre y felicitar la Navidad a los oyentes de Las Afueras tomando como pretexto algún punto de partida literario. Seguramente, ahí estaría la principal dificultad. Después de todo, la gente no se toma a mal que repitamos discurso llegados a estas alturas del año y, por otro lado, tampoco hay demasiadas opciones de maniobra. Como siempre, acabaría por admitir que entiendo perfectamente a los críticos y a aquellos acusadores del consumismo, pero también pediría un poco de distancia y recordaría que hay muchas formas de tomarse estas fiestas, que tampoco podemos hacer nada por eludirlas y que, al fin y al cabo, nos dan una excusa inmejorable para abusar de la compañía de la gente a la que apreciamos. Como todos los años, también, aconsejaría regalar cultura, especialmente, regalar libros y, en concreto, a los niños. Ya sabéis que, debido a mi oficio y a mis convicciones personales, sigo manteniendo la ingenuidad de creer firmemente en el poder de transformación y regeneración social de cualquier acto educativo. Teclearía con la prisa habitual de cada semana y pensaría que, afortunadamente, aún me queda en reserva un libro para reseñar, La invención de Morel, y entre este y las lecturas de Navidad (espero terminar Los heraldos negros, Trilce y algo de Natalia Ginzburg o Machado de Assís, ya veremos) tendría margen suficiente para seguir compaginando las lecturas con la gustosa y autoimpuesta obligación de la columna semanal para el programa. Sin embargo, poco sentido tiene ya todo esto cuando se cierne sobre Uniradio la más que probable certeza de un cierre injusto y vergonzoso. Uniradio es un proyecto cultural libre con una trayectoria susceptible de causar envidia en cualquiera de los rincones de este país. Se trata de una iniciativa que se dedica única y exclusivamente al enriquecimiento de la Universidad como institución y de la vida en la capital y la provincia. No es, simplemente, que cualquier proyecto de estas características salga barato, en sí mismo, atendiendo a los beneficios sociales que genera. Además, Uniradio es un proyecto económicamente barato que vuelve a demostrar, una vez más, que el problema de esta crisis no es que no haya dinero para nada, es que hemos decidido recortar en lo importante y priorizar lo innecesario, lo superfluo. El cierre de un medio de comunicación es siempre, invariablemente, un drama, pero las palabras se muestran, desde un punto de vista semántico, insuficientes cuando es una universidad pública la que no tiene reparos en dejar morir a la que, probablemente, es una de sus grandes virtudes y una de sus señas de identidad. No sé si el Rector lo sabe, pero gran parte del respeto que se ha ganado la Onubense en estos últimos años se debe al buen hacer de Uniradio. Se me dirá que no soy objetivo, que formo parte de su red de colaboradores, y yo diré orgullosamente que sí, que me niego a ser objetivo cuando he estado seis años, dos meses y ocho días tratando de aportar algo, por pequeño e insignificante, que fuera a la maquinaria de difusión cultural ha sido esta radio. Recuerdo con nitidez mi primera columna, un once de octubre de 2007, en la que, a partir de un verso de Cernuda, reflexionaba sobre la capacidad de desencadenar pensamientos que tienen los cambios en el tiempo atmosférico. Divulgalia fue el programa que me dio la libertad de un espacio semanal para, tomando como excusa la cultura, hablar sobre lo que quisiera. Después, como sabéis, acabé trasladándome a la periferia con Las Afueras y me centré en la Literatura. Y, en esto, se resumen unos años imborrables en los que hemos charlado hasta la saciedad sobre premios, autores, poéticas, editoriales y, sobre todo, libros. Así que no puedo hacer otra cosa más que, en conciencia, dar las gracias a Manuel González Mairena y Manuel Arana por todo este tiempo y admitir que también siento un dolor egoísta por el cierre de Uniradio, ya que este espacio semanal es la actividad cultural más importante que he venido desarrollando y ahora, desgraciadamente, parece que voy a verme privado de ella. Escucho mientras escribo estas líneas un álbum de The Brian Jonestown Massacre cuyo título plantea un interrogante absurdo y sin respuesta: Who Killed Sgt. Pepper? Espero que, dentro de algún tiempo, nadie tenga que preguntar quién cerró Uniradio porque se trate de una pregunta ridícula, sin sentido y, por supuesto, sin respuesta.

domingo, 6 de octubre de 2013

El alcalde de Zalamea

Si como ya sabéis siempre he venido defendiendo los beneficios de la lectura en general y, en particular, de la lectura de los clásicos, además, últimamente, vengo reafirmándome en una idea que, probablamente, ya habré esbozado o planteado anteriormente: la lectura de los clásicos es la mejor forma de comprender que este mundo en el que vivimos no va, cada vez, peor. Más bien, ha sido siempre igual de injusto y despiadado a lo largo de la Historia y los cambios que hemos experimentado están más relacionados con el atrezo, que con una transformación profunda en la estructura de la moral y el comportamiento humano. Es difícil no caer en este círculo de reflexiones sobre la naturaleza del ser humano cuando se acaba de leer a Calderón y se está aún girando en las órbitas de su inigualable talento. Basado en acontecimientos históricos, El alcalde de Zalamea es un tratado en tono dramático sobre algunos de los problemas que aún hoy, trescientos setenta y siete años después, siguen persiguiendo, oprimiendo y preocupando a los sectores más desfavorecidos de la especie humana. El argumento de la obra nos sitúa ante el paso de las tropas reales por la localidad de Zalamea de la Serena (Badajoz) con motivo de un conflicto bélico entre España y Portugal. Atendiendo a la leyes del momento, el pueblo llano (el villanaje) tenía la obligación de alojar en sus casas a los miembros del ejército. La trama que Calderón arma en torno al amplísimo y omnipotente concepto del honor, su pérdida y restauración como motor del drama, se puede desgranar con facilidad en una diversidad de temas que no resultan, en ningún momento, arcaicos o ajenos a la fresca actualidad que nos envuelve. En primer lugar, tenemos el continuo desdén con el que un capitán trata a los habitantes del pueblo y las intrigas que diseña para conseguir beneficios personales. ¿Qué es esto sino un claro abuso de poder? En segundo lugar, tenemos el secuestro de una joven y bellísima mujer, a la que fuerza a mantener relaciones sexuales. ¿Acaso no estamos aquí ante una doble acepción siempre terrible de la palabra violación? ¿No es cierto que nos sigue preocupando la situación de los Derechos Humanos cuando los ejércitos de cualquier guerra entran en las poblaciones? ¿No es la violencia de género y la desigualdad entre hombres y mujeres uno de los principales asuntos a resolver en sociedades como la nuestra? Ya defendí, en este mismo espacio, hace ya tiempo que es fácil descubrir que Calderón es un moderno, un pensador de nuestro tiempo, cuando se analiza con atención su discurso. Esta afirmación se hace indiscutible en una extensa intervención del héroe de la obra, Pedro Crespo, cuando al despedir a su hijo, que se incorpora a las tropas que van camino de Portugal, le aconseja:

¡Cuántos, teniendo en el mundo
algún defeto consigo,
le han borrado por humildes!
Y ¡cuántos, que no han tenido
defeto, se le han hallado,
por estar ellos mal vistos!

Y más abajo:

No hables mal de las mujeres;
la más humilde, te digo
que es digna de estimación
porque, al fin, de ellas nacimos.
No riñas por cualquier cosa;
que cuando en los pueblos miro
muchos que a reñir se enseñan,
mil veces entre mí digo:
"Aquesta escuela no es
la que ha de ser", pues colijo
que no ha de enseñarse a un hombre
con destreza, gala y brío
a reñir, sino a por qué
ha de reñir, que yo afirmo
que si hubiera un maestro solo
que enseñara prevenido,
no el cómo, el por qué se riña,
todos le dieran sus hijos.

Sin embargo, no solo hay lugar para el análisis histórico y la pesimista toma de conciencia en el teatro del Siglo de Oro. En cierto modo, la satisfacción interior con la que se leen estos libros está relacionada con su desenlace. A su manera, en el estilo de la época, al lector le queda el regocijo de la justicia en el tramo final de la obra, una justicia que es vengativa y cruel con quien lo merece y que, aunque se circunscriba claramente al territorio de la ficción, supone una especie de terapia analgésica que alivia la sensación de haber perdido de antemano la lucha contra la injusticia y la desigualdad.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Al hilo de una entrevista

Empiezo a leer con atención la conversación entre Caballero Bonald y Pérez Azaústre que publicó el diario El País en su página web el día 23 de abril, en que le fue concedido al primero el Premio Cervantes, a la que accedo gracias a mi amigo Miguel y a su constante atención para estas cosas. Y, ya en el comienzo, me quedo más tranquilo al descubrir que , afortunadamente, el título miente y no se trata de una conversación, sino de una entrevista en el que el más joven pregunta y el más experimentado responde con la libertad que otorgan la edad y la confianza que proporcionan un sólido proyecto literario ya desarrollado. A pesar de la necesaria y poco cuidada labor de recorte y edición llevada a cabo para adaptar una secuencia de realidad al formato de una entrevista digital (en algunas ocasiones da la impresión de que Caballero Bonald aplicara aquella actitud que mi amigo Alejandro Barragán define como “pregúntame lo que quieras que yo te responderé lo que me salga de los...”), lo cierto es que las reflexiones y planteamientos del último Premio Cervantes se dejan leer con placer y son un impulso intelectual para cualquiera que esté atento, interesado y muestre cierta tendencia a la conceptualización del hecho literario. Durante la lectura de la entrevista, me ha llamado la atención que, en muchas de las respuestas de Caballero Bonald, se deja traslucir cómo, al indagar en su infancia, al buscar en los orígenes aquéllas circunstancias que le llevaron a la escritura como decisión vital, hay una constante alusión a su necesidad o gusto por imitar las acciones de héroes de tebeo como Flash Gordon o de personajes reales ligados al mundo de la literatura y caracterizados por su carácter intrépido y aventurero. Tengo que confesar que me ha encantado esa dirección del análisis y, desde ese punto de vista, esto implicaría, yendo un poco más lejos, una concepción del acto de escribir como un proyecto de aventura vital y, de esta forma, requeriría de quien escribe un alto nivel de valentía. No podemos olvidar que escribir (en general, pero, más concretamente, la escritura de poemas) supone siempre la concesión de una parcela íntima, de un pensamiento privado que se hace público desde el mismo momento en que se codifica en palabras con un formato que pueda ser inteligible para un futuro lector. Porque está claro (y esto es innegociable) que todo lo que se escribe está pensado y diseñado para la implicación de un lector. La decisión de escribir es, en cierto modo, incívica. Supone una declaración de intenciones, en la que, implícitamente, se deja claro que se está dispuesto a renombrar el mundo, a redefinirlo, a imponer un punto de vista, a tomar un posicionamiento dentro de una corriente intelectual antigua y, al mismo tiempo, exclusivamente personal y reinventada. Y, al hacer todo esto, se asume un riesgo claro, pues el escritor se expone ante la sociedad para que ésta le juzgue. Lanza su obra a la arena pública y espera que las voces, más o menos autorizadas, elaboren un dictamen o una condena, se debatan entre la indiferencia, el rechazo y la adulación. Si la escritura, como aclara el propio Caballero Bonald, en su actividad de arquitectura de palabras, no es una suplantación de la realidad ni una mera copia, sino una interpretación la misma (una reconstrucción lingüística me atrevo yo a añadir), cada escritor, como arquitecto de discursos, tiene ante sí la inmensa e inabarcable tarea de creación de una esfera de realidad propia, intrínseca, específica, diferenciada. Dicho así, asusta. Dan ganas de no intentarlo y de recomendar a cualquiera que esté empezando que lo deje ya, que se trata de una pérdida de tiempo y, de hecho, no abundan precisamente “los Borges” o “los Lorca”. Aunque también es cierto, que este proceso de creación es lento y muy largo y que sólo pueden intuirse algunos resultados parciales después de muchos años y cuadernos emborronados. Además y, en todo caso, si no se culmina el edificio completo, siempre podrá quedar la satisfacción de algún ladrillo, especialmente, bien colocado.

lunes, 15 de julio de 2013

Otro divorcio

De vez en cuando, se me olvidan los motivos por los que no suelo asistir a la representación de obras de teatro. Alguien me llama, me ofrece un plan y acepto con naturalidad, mirando con escepticismo y cierta extrañeza hacia atrás y sin comprender muy bien a qué se deben las reticencias que, normalmente, antepongo en otras ocasiones. Y es, de esta forma, como acabé algún sábado en el teatro de Corrales, dispuesto a ver una obra de la que, inocentemente, me dio por pensar que tenía cierto tono trágico. En realidad, no sabía nada previamente, pero tengo la mala costumbre de dejarme llevar por la ficción de la expectativas que me construyo acerca de las cosas. Así que, de pronto, me vi frente a una comedia, frente al monólogo de una mujer joven atormentada que acaba por comprender, entre gritos catárticos y gestos de bailarina, que tiene que ser feliz porque ella-lo-vale. Es complicado después, ya en la calle, controlar las criticas y admitir con rotundidad que no te gusta nada lo que has visto, especialmente, cuando, durante la obra, el público ha aplaudido y reído hasta la extenuación cada una de las gracietas, mientras uno se ha sentido incómodo, como excluido de una celebración a la que, sin embargo, el azar le ha llevado como espectador o como testigo. La verdad es que siempre me causaron cierta tristeza las explosiones de júbilo y optimismo fundadas en causas que no acertaba a comprender o, directamente, no compartía. El caso es que, precisamente en esas circunstancias, toman sentido completo otra vez mis objeciones y prejuicios habituales frente a las representaciones teatrales. El teatro me interesa, casi exclusivamente, como una de las ramas de la Literatura. Según lo que puedo percibir, me da la impresión de que viene produciéndose desde hace ya muchos años un lento y progresivo divorcio entre la literatura y el teatro o, dicho de un modo más específico, entre los criterios de validación literarios y los criterios de validación teatrales. En este sentido, ya no es necesario para que una representación teatral sea considerada como “buena” que esté sostenida por una buena obra literaria de base, para que nos entendamos: por un “buen libro”. No es nuevo este fenómeno que sufre la literatura, de la que parecen querer divorciarse la mayoría de sus antiguos cónyuges, excepto quizá la narrativa. El teatro, desde que reclama su independencia total como disciplina, se ha llenado de un humor burdo y fácil, ha aceptado como algo natural la sobreactuación y el histrionismo, se ha adornado de contenidos sociales e ideológicos estandarizados, se ha convertido en un catálogo estereotipado de modelos de vida que ofrecen una felicidad neutra más propia del libro de autoayuda que de las funciones que cumplía en sus orígenes. Si, como todo parece indicar, se sigue por este camino, el teatro será, más que una disciplina artística, una actividad de encuentro social, como ocurre con la mayoría del cine que se consume en las salas comerciales. Me atrevo a hacer esta predicción porque, a diferencia de lo que ha sucedido con otros procesos de divorcio con la literatura (y pienso claramente en determinadas formas de poesía), esta deriva del teatro le ha llevado a ganar un público numeroso y entusiasta. Por otro lado, y esto sí es compartido con otros divorcios, ha ido creciendo un sector de bienintencionados emprendedores amateur que entienden que cualquiera puede hacer teatro y, lo más extraño, que cualquiera puede hacerlo bien. Supongo que es el destino de lo literario: la lectura como un acto íntimo y en soledad, alejado del ruido social y de toda utilidad que no sea el propio acto de cohabitación entre el lector y el texto. Yo, al menos, lo tengo claro y prefiero el gozo silencioso de la obra de teatro literaria como libro, como texto que se debe a una tradición para ensalzarla o violarla. Las coreografías psicodramáticas que triunfen sobre las tablas, la verdad, me interesan mucho menos.

jueves, 14 de febrero de 2013

Fuente Ovejuna

Siempre que me entrego a la lectura de alguna obra de teatro del Siglo de Oro, no puedo evitar hacerlo con una inmensa sonrisa bobalicona. Debo tener una cara infantilmente cómica cuando estoy en mi casa con el libro en las manos, plenamente entregado a la corriente dramática de la trama o tratando de frenar en seco la lectura porque me da pena que algo de lo que estoy disfrutando tanto se me acabe demasiado pronto. Sé que no voy a descubrir nada nuevo cuando escribo sobre estas obras, pero mi retraso en la llegada a la lectura de los clásicos me hace pensar y disertar sobre algunos libros con una mirada adánica, aunque sepa que se trata de una ingenuidad. Para los amantes de la literatura, el teatro del Siglo de Oro es un regalo de la historia, una invitación al placer. El lector interesado por la poesía encuentra, además, una forma adicional de gozo en la métrica y en las rimas sencillas que van conduciendo y enlazando los discursos individuales, los monólogos y los diálogos. Confieso que, por raro que parezca, una de las mayores satisfacciones que siento como lector es aquella que experimento ante dos intervenciones que aparecen, por decirlo de alguna manera, encabalgadas en un mismo verso en un diálogo teatral de alguno de estos dramas. Además, está el carácter elevado de los temas que tratan: el amor, el honor, la venganza, la justicia. Todo está meridianamente claro en el mundo que se nos presenta: la frontera entre el bien y el mal es palpable. Como todo el mundo sabe, Fuente Ovejuna de Lope de Vega es una de las obras más famosas y representativas del periodo y el género al que me refiero. Con cierta base histórica, Fuente Ovejuna es una obra rebelde, reivindicativa, una obra que, analizada detenidamente y desde ciertos puntos de vista, podría calificarse, incluso, de subversiva. Los temas centrales del argumento son algunos de los que ya se han mencionado como característicos de este tipo de teatro: la defensa de la justicia, la necesidad de la venganza, la conservación del honor. El comendador, un cargo de la Administración con favor y confianza del Rey, ejerce su autoridad sobre el pueblo de forma atroz y abusiva y utiliza su posición para alcanzar fines personales. Ante semejante situación, el pueblo, unido en una sola voluntad que surge de forma espontánea y sin manipulación desde otras esferas, decide hacer la justicia de la única forma en que le es posible y venga las humillaciones y vejaciones sufridas con el asalto a la vivienda del comendador y su asesinato, junto al de sus colaboradores. Evidentemente, cuando llega la representación del gobierno central a Fuente Ovejuna, se pretende encontrar a los verdaderos culpables del delito y, al no conseguirlo por las buenas, se recurre a la tortura de los paisanos. Sin embargo, solo se obtiene una respuesta que es, al mismo tiempo, la verdad y una muestra de complicidad entre los participantes en la rebelión: “Fuente Ovejuna lo hizo”. Nada puede ser más cierto, pues la revuelta nace del malestar colectivo y, al mismo tiempo, se trata de la única forma de evitar el castigo de algunos por la falta de todos, porque ya se sabe que a todos no se les puede encerrar. Es curioso que, en momentos como los que vivimos y teniendo en cuenta como se maneja y oculta la información, no estén prohibidos o censurados determinados libros como este. Llevamos años sufriendo los abusos del poder económico y financiero, su forma de actuar despiadada y que desprecia el sufrimiento de la ciudadanía. Imaginemos en qué acabaría todo esto si nos diera por recuperar nuestro honor en una revuelta similar a la acaecida en Fuente Ovejuna. Sin embargo, los actuales comendadores están tranquilos y, en parte, me atrevo a decir que es gracias al desdén y al olvido al que tenemos sometidos al mundo del arte, los libros y la cultura. Es una suerte para ellos que Fuente Ovejuna no sea un bestseller.

domingo, 24 de junio de 2012

Feria del libro 2012


Probablemente me equivoque. Pero creo que la Feria del Libro de Huelva del año 2012 es una de las que menos promoción ha recibido desde que tengo uso de razón. Estoy en las redes sociales, vivo en la capital y cerca del centro, escucho todos los días la radio y, sin embargo, apenas he tenido acceso a información sobre el evento. Me enteré por casualidad de que ya había comenzado mientras tomaba una cerveza y, por casualidad, acabo de enterarme de lo cercano que está su fin. Es extraño que un evento que se celebra sistemáticamente todos los años no mejore con el tiempo en su organización y en su capacidad para acercarse a los gustos y necesidades de la ciudadanía. Hablemos de la organización. Si el año pasado celebré el regreso de la Feria a su hábitat natural, la Plaza de las Monjas, y no quise hacer críticas sobre la distribución de los stands y su ubicación en la propia plaza, en esta ocasión, tengo que decirlo: la organización tipo pasillo, de espaldas a la verdadera vida de la plaza, no es más que una clara representación de lo que somos en la sociedad onubense, un mal menor, un “te aguanto porque no tengo más remedio”, un “qué mal visto estaría no organizar la Feria del Libro, pero claro siempre deja algo de dinero en las arcas municipales y tiene que quedar claro que estamos con la cultura y la educación intelectual”. Para que no se piense que esto es una rabieta personal y que mi único afán es criticar, cito un comentario anónimo que alguien me dejó en el blog el año pasado a propósito de la entrada que escribí sobre la edición del año 2011: “Cierto que este año han vuelto a poner la feria del libro en la Plaza de las Monjas, pero los libreros parece que están castigados. Los han puesto en una esquinita mirando a la pared!! No hay derecho...” Hablemos de la fecha. Se pueden discutir muchas cosas alrededor de la Feria del Libro, pero creo que algo que debería estar fuera de toda disputa es la fecha en la que debe celebrarse. El caso de la Feria del Libro de Huelva me recuerda cada vez más al de la Feria de Abril que, año tras año, va siendo desplazada hacia el mes de mayo perdiendo todo el sentido su nombre. A veces me preguntó qué inconveniente tendrá la celebración del Feria en torno al Día del Libro, el 23 de abril. ¿Es que no saben que desde los centros de enseñanza se organizan jornadas culturales y de animación a la lectura para la celebración de esta efemérides? ¿Tan difícil es conjugar la estrategia educativa con la promocional para ofrecer a los ciudadanos en formación un marco reconocible que les haga identificar el sector librero como un servicio necesario para satisfacer sus necesidades de formación, enriquecimiento cultural y ocio? ¿Hay alguna ventaja en organizar la Feria en estos asfixiantes primeros días de junio en los que muchos de los que viven en esta ciudad pasan sus tardes y los fines de semana en la playa? Por otro lado, está el recrudecimiento de la crisis, el paro y la desmotivación generalizada que producen, el excesivo precio de los libros en la mayoría de los casos, el deterioro progresivo de la vida cultural y la increíble facilidad con la que nos estamos acomodando en esta situación. Estoy tan cabreado, que no me va a quedar más remedio que pasarme por el stand de mi amigo José Manuel y comprarle un par de libros de poesía antes de que todo acabe el sábado.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Lo mejor de cada casa


Se me abre una ventana de conversación del chat de Facebook. Es Jesús que, después de saludarme, me pide que me “pase” por su blog, que le eche un vistazo a la última entrada que ha publicado por si hubiera algo que corregir. Me adentro en su carácter fuerte y atrevido y encuentro una libertad excesiva en la construcción de las frases, echo de menos una revisión ortográfica que elimine las malas pasadas que juegan la prisa y la desidia que nos deja lo ya escrito. A ratos la concordancia, a ratos la puntuación... Recibo un correo electrónico de Rocío con un poemario recién terminado. Me pide que vuelva a leer los poemas con la óptica del orden y la división en partes. Me pide correcciones que no se me ocurrieran en las lecturas previas. Me deslizo entre la frescura y el talento de sus versos, leo con la velocidad desacostumbrada de las relecturas y encuentro que algo falla en la sección del discurso en versos, no atino en mi lectura privada a desvelar el ritmo que ella pone en su lectura pública. Entonces, mi cabeza se puebla de moldes rítmicos y ya solo veo acentos, hemistiquios, silencios eludidos, pausas forzadas... Sergio termina un poema en cualquier sitio. Me pide que lo escuche, que le dé mi punto de vista, me pregunta si me gusta. Siento la presencia de una música lejana en esas palabras, hay un ritmo claro que quiere remarcarse con demasiada claridad en una rima sin seguir un patrón concreto. El vocabulario es extraño, hay palabras que, en sí mismas, pueden levantar prejuicios, que inducen a pensar justo lo que Sergio no es... Rodrigo vuelve a la tertulia después de un año. Siempre me pareció que tenía talento para la narrativa. Trae un comienzo, lo que podría ser una introducción y la presentación del siguiente capítulo. Capto con facilidad el ambiente, el tono es lo suficientemente subjetivo, las palabras se van desovillando con paciencia, pero se alarga demasiado, encuentro detalles que no son necesarios para comprender la historia que se intenta contar y hay repeticiones, más bien, reformulaciones, porque no se me escapa que la repetición es un recurso literario muy bueno y que yo nunca he sabido usar. La reformulación, en cambio, en narrativa, es peligrosa. En el mejor de los casos, el potencial lector se aburre. En el peor, se puede correr el riesgo de que el lector piense que se le toma por tonto. Como puede adivinarse, si despliego todo este artificio mental es porque, horas antes, me había llamado para decirme que llevaba un texto a la tertulia, que le gustaría que me lo llevara, que le interesaba mi opinión... Es sábado, media tarde, suena el teléfono, señor Rivas. Javi me pregunta si hago algo, si tomamos un café y una hora después aparece por casa. Hacemos un repaso rápido que justifique las dos semanas que hace que no nos vemos y me dice que, si no me importa, eche un vistazo a su blog, que ha colgado cuatro poemas nuevos. Siempre es una satisfacción leer a quien acaba de empezar a versificar. Me dejo llevar por su libertad de no haber explotado aún ningún ámbito poético. Se muestra habilidoso en las alusiones, hay una emoción sujeta justo al borde del abismo, hay equilibrio. Supongo que es normal la tendencia excesiva a la universalización de quien empieza. En cierto modo, no es más que otra manifestación de la prisa por querer decir una verdad única e innegable en un solo impulso. El vocabulario es muy genérico, elevado, pertenece a la esfera del concepto. Intento decirle que percibo el tono de los poemas “muy arriba”; no me entiende, estoy un poco espeso. Por otro lado, encuentro rimas no buscadas, encuentro aspectos demasiado implícitos que restan posibilidades al poema, creo que hay varios poemas en cada uno de los textos que leo y, esta vez, me entiende perfectamente.
Me encanta corregir los textos de mis amigos. Me halaga la confianza que tienen en mi criterio, una confianza que a mí me parece excesiva y que no entiendo cómo ha podido generarse. A veces, es cierto, siento desgana y pienso que, entre mis alumnos y los textos que recibo, me paso la vida trabajando. La mayor parte del tiempo es una inmensa satisfacción. No obstante, con frecuencia, me recorren la cabeza ciertas ideas que no me gustan y de las que no puedo desligarme con facilidad. Constantemente, me siento como un censor, como un moralista, como una especie de guardián de un dogma. Y lo que más me preocupa de todo esto es la sensación de no poder ayudarles de otra forma que no sea explicándoles cuál sería mi forma de abordar las situaciones y problemas que a ellos se les plantean al escribir. A veces, me quedo con la sospecha de haber influido demasiado en la construcción de determinados textos. Yo, que no soy más que un modesto aficionado, de una ciudad pequeña.

domingo, 25 de marzo de 2012

Talleres de creación literaria


Buscando algo no demasiado aburrido entre las actividades de formación que ofrece el Centro de Profesores, encuentro una actividad con un título muy sugerente “La escritura creativa como recurso didáctico para el profesorado” y, además, es presencial. Solicito la admisión sin pensarlo. Para empezar, porque no es un curso on line. Estoy harto de ya de pasar largas horas frente al ordenador leyendo infumables e interminables documentos sobre competencias básicas y proyectos curriculares y de esas inevitables tareas que siempre consisten en lo mismo: diseñar una unidad didáctica. Un curso presencial es una oportunidad para el contacto con ese conjunto anónimo y sin rostro que es el gremio docente para los que trabajamos en él, ya que la docencia es una experiencia muy marcada por la soledad profesional. Además, el tema me interesa especialmente y la ponente es Teresa Suárez, a quien conozco personalmente y me inspira confianza. Al hilo de esta anécdota, empiezo a preguntarme cuál es la verdadera función de los talleres y cursos de creación literaria. De partida, he de decir que no creo posible que el nacimiento de un talento literario dependa de la asistencia a uno de estos talleres. Sería absurdo este planteamiento, sobre todo, cuando miramos a cualquier época de la historia y pensamos por un instante en cómo pudieron ser las vidas de los escritores o escritoras que la protagonizaron. Evidentemente, a escribir se aprende. Primero, como la mera transcripción de un código sonoro a un papel. Después, como un instrumento que permite la distribución, ampliación y externalización de las funciones psicológicas. Por último, pero esto no es normativo, la escritura puede llegar a ser un modo de expresión íntimo, específico de quien de la usa, y que puede convertirse en una herramienta para la terapia, la creación, la divulgación, el testimonio… El talento y la calidad literaria mantienen una relación que no es directa. Probablemente, no exista persona alguna carente de talento, pero es la disciplina, el trabajo, lo que acaba dirigiendo el talento hacia la calidad. Este camino, en el caso de la literatura, es un camino que conduce, con frecuencia, al aislamiento. Como no podría ser de otra forma, la formación tiene que ser de carácter autodidacta, en un proceso en el que es el propio escritor quien elige quiénes van a ser sus maestros y que siempre comienza por imitación. Dudo mucho que los Chejov y las Ajmatova del futuro nazcan de quienes hoy asisten a talleres y cursos de creación literaria. Como sentencia el protagonista de Lugares comunes al comienzo de la película: “El escritor escribe. Si alguien quiere aprender a escribir podrá llegar a ser una persona que escribe, pero nunca un escritor”. Sin embargo, la finalidad de una actividad formativa es, en principio, el aprendizaje. Cabe preguntarse entonces qué utilidad tiene un taller de creación literaria, qué sentido tiene la organización de este tipo de iniciativas. Supongo que la supervivencia de este formato está relacionada con la democratización de las experiencias vitales que se está llevando a cabo en nuestros tiempos. Parece que es ya una idea muy extendida la que afirma que para tener una vida plena hay que experimentar un todo listado de sensaciones y vivencias que pasan por tener hijos, estudiar en la Universidad, probar algunas drogas, practicar deportes de riesgo, asistir a un multitudinario festival de música, viajar a bordo de un crucero, aprender a conducir, ir a Cádiz en carnaval o visitar un parque temático, entre otras muchas. De esta forma, los talleres literarios responden a esta necesidad de tachar un ítem de una lista, en la que ha sobrevivido escribir gracias a aquella vieja máxima del hijo, el árbol y el libro. No niego que, sobre todo en edades tempranas, los talleres literarios no puedan despertar el interés de aprendices en formación que acaben confeccionando buenos textos. Sí me gustaría señalar, en cambio, que al contrario de disciplinas como la arquitectura (que sí necesita a las Escuelas Superiores Universitarias para perpetuarse como arte), la literatura no necesita a estos talleres para seguir produciendo frutos satisfactorios. Y, por lo tanto, desde un punto de vista estrictamente literario, desempeñan un papel marginal.

jueves, 15 de marzo de 2012

Esperando a que escampe


Supongo que decidí que necesitaba escribir en la primavera de 1997. Había pasado media vida preguntándome cuáles eran mis aficiones y otra media desinteresándome por casi todo lo que empezaba sin llegar a terminar nada. Había que canalizar cierta energía, volcar hacia un objetivo un exceso de pensamiento y acabé encontrando un filón. Fue algo intencional. Bajé a la papelería, compré un cuaderno tamaño cuartilla al que coloqué una pegatina de evidente contenido político y busqué un bolígrafo que soltara tinta sin reticencias. Supongo que empecé a tomarme en serio la literatura y, por ende, lo que escribía en marzo de 1999. Allanado el camino unos años antes por Cien años de soledad, la lectura de Rayuela fue una iluminación, una especie de plano de la isla que se me otorgaba antes de haber decidido el carácter insular de mis preocupaciones intelectuales. Como una aparición divina que ya no deja lugar a las dudas sobre la posibilidad de un apostolado, un umbral que, una vez traspasado, te obligaba a seguir a ciegas por una casa desconocida, en la que la satisfacción de ver rincones iluminados suponía un gozo tan inmenso como poco habitual. La necesidad de habitar el espacio público me vino por casualidad. A través de una amiga común, conocí a Miguel Mejía y, a partir de ahí, la peregrinación de los sábados por la noche a un bar que iba cambiando cada cierto tiempo se convirtió en condición en indispensable (salvo en los años de oscuridad de los que no quiero escribir aquí), en el mayor de los acicates para seguir adelante en este esfuerzo autoimpuesto de esculpir mal o bien formas en la desestructurada forma de la fonética y la semántica. Poco a poco, fui conociendo a mucha gente. Jamás podría haber imaginado que una ciudad tan pequeña como Huelva acumulaba una cantidad tan inmensa de interesados e interesadas por la literatura, especialmente, por la poesía. Y, así, fui haciéndome con una serie de referentes cercarnos que me ayudaron a construir mis principios literarios (por llamarlos de alguna manera). Supongo que este sería el momento de empezar a detallarlos, de recordar anécdotas vividas o escuchadas que ilustran las actitudes que fui construyéndome y aún conservo. El problema es que, en estos momentos, siento que he perdido mis referentes. Las enormes distancias impuestas por la vida laboral, el cansancio de muchos y algunos errores me han dejado en una sensación de soledad, de no poder aportar nada en el panorama cultural de mi ciudad y tener que asumirlo con honradez. Soy plenamente consciente de que los errores cometidos no son malintencionados, es más, puedo llegar a comprenderlos plenamente y de buena fe. Pero se trata, en algunos casos, de errores no reparables (y no estoy exagerando) y, por otro lado, nunca quise ser ese columnista al que se le recuerda que la hemeroteca es un lastre. Por muy estúpido que parezca, no estoy tranquilo en los territorios fronterizos cuando afectan a mis convicciones personales. Valoro muchísimo la amistad y la confianza de la gente que me ofrece proyectos y no voy a dar nombres propios porque no quiero que penséis que esto es un enfado o que trato de perjudicar a alguien. Nada más alejado de mis intenciones. De hecho, uno de mis principios fundamentales en este mundillo literario es que hay que apoyar todas las iniciativas, todos los proyectos y luchar con la asistencia y la difusión para que no se pierda nada de lo que se está haciendo en Huelva. Por ello, pienso seguir asistiendo a cada evento, difundiendo a través de las redes sociales dentro de mis posibilidades. No puedo negar, en cambio, que empiezo a sentir un profundo agotamiento que se ve agudizado por el desencanto que me provoca comprobar todas las rencillas, las discusiones, las peleas, las malas caras, el rencor y otras enfermedades que afectan a la Huelva literaria. Y son todas estas razones las que me hacen tomar la decisión de restringirme a mis poemas, mis lecturas, mis blogs y a la tertulia de los sábados, que siempre se ha caracterizado por la paz y por un formato horizontal de reunión de amigos. Os valoro a todos y a todas mucho, muchísimo, y eso me lleva a no entrar en la dinámica de seguir con proyectos sin estar al cien por cien y con desgana. Tomo una decisión que no es fácil, que me perjudica y que me va a exigir la tarea de eludir explicaciones que no me apetece dar porque no pretendo molestar a nadie. De momento, el mal tiempo me invita a desaparecer de las plazas. Os prometo que, cuando escampe, saldremos a celebrarlo.

viernes, 23 de diciembre de 2011

¡Qué agradable sería un mundo en el que no se permitiera a nadie operar en bolsa a menos que hubiese pasado un examen de economía y poesía griega, y en el que los políticos estuviesen obligados a tener un sólido conocimiento de la historia y de la novela moderna! Imagínese a un magnate enfrentado a la siguiente pregunta: "Si hubiera de establecer un monopolio triguero, ¿qué efectos tendría sobre la poesía alemana?"

Sobre el cinismo de la Juventud (1929)
Bertrand Russell

domingo, 13 de noviembre de 2011

Educación y sentimientos. Estos son mis dos grandes problemas y, a veces, resultan muy incapacitantes.

miércoles, 10 de agosto de 2011

El lujo de la cotidianidad

Supongo que esta prolongada y desquiciante crisis económica y política que vivimos tiene, al menos, la virtud de acentuar el valor de las pequeñas cosas. Durante este verano, he descubierto que caminar despreocupadamente con mi padre por la playa sumidos en nuestras conversaciones habituales es un auténtico privilegio. No quiero transmitir una imagen errónea de estos paseos. Evidentemente, mi padre y yo hablamos mucho durante las casi dos horas que empleamos en esta actividad física. Sin embargo, no se trata de esas charlas incesantes y que se enlazan en una cadena infinita. Para nada. Quizá la mayor satisfacción de estos momentos es que las múltiples y desconectadas conversaciones están separadas por salpicados silencios. Unos silencios que (quiero pensar) nacen de la comodidad y el buen entendimiento que hemos conseguido, al fin, después de muchos años. El guion de los temas que abordamos suele ser siempre el mismo. Es imprescindible el repaso a las últimas novedades en el mundo del fútbol, más concretamente, de nuestro equipo y, aunque los dos sabemos que nos dejamos llevar por las pasiones de una mala telenovela, ya se sabe que el fútbol es, básicamente, un sentimiento y, a sentimentales, a ver quién es el listo que nos gana a Enrique Zumalabe padre y a Enriquito Zumalabe hijo. Normalmente, la siguiente fase es una zona mixta en la que yo suelo pedir a mi padre que me detalle alguna historia de uno de sus muchos amigos, por lo general triste, que mi madre me ha mencionado y sin duda él conoce mejor. De la misma forma, mi padre me pregunta por aquéllos de mis amigos que mejor conoce, encontró trabajo por fin, cómo le pusieron al niño, sigue viviendo en Madrid y, en definitiva, la vida que avanza sin freno aunque la luz que baña el paisaje en ese instante parezca eterna. Pero lo que más me gusta es lo que viene después, cuando tomando cualquier excusa, a partir de una noticia de actualidad o de una observación curiosa pero intrascendente, le pregunto o él me habla sin necesidad de preguntarle sobre aquella Huelva tan distinta en la que pasó su juventud. Me encantan las historietas que me cuenta sobre aquel tiempo y creo que es la verdadera Historia de la ciudad la que se cuece en las voces y los ambientes ya perdidos que mi padre evoca. Y me habla de la gran cantidad de cines y de sus correspondientes cines de verano que había en Huelva y es capaz de recordar en cuáles de ellos vio esos clásicos en blanco y negro que ahora algunos veneramos desde la soledad de nuestras casas. Me habla de las miserias morales de la dictadura y me detalla cómo un conocido miembro de las fuerzas de seguridad del estado de nuestra ciudad tenía un infalible método para conseguir que los detenidos hablaran en los interrogatorios. Volcaba en el suelo un saco de garbanzos y obligaba al detenido a andar de rodillas hasta que “cantaba”. Y me habla de la antigua Pescadería, del Quitasueño y de una vida que ya solo existe en la memoria colectiva de una generación que envejece y que quizá debiéramos preocuparnos por preservar, en todos sus pequeños detalles. Porque, en esta situación que vivimos, nos quedan pocos consuelos o pocos argumentos que sepan funcionar como consuelo. Porque, probablemente, uno de esos escasos consuelos con los que contamos está en los pequeños placeres que nos ofrece un día cualquiera, así como en nuestra capacidad de contarnos historias tristes o felices para descubrir que la esencia de la vida permanece inalterable al paso de las generaciones. Porque frente a la angustia que produce la riada de pesimismo global que nos rodea, nos queda (me queda, al menos) la posibilidad de refugiarnos en el lujo de la cotidianidad.

martes, 28 de junio de 2011

¿Poesía de la experiencia?

Tiene razón Arthur Terry cuando afirma, en el prólogo a Mujeres y días de Gabriel Ferrater, que todo buen poeta es, en sí mismo, un poeta de la experiencia. ¿De dónde puede nacer el impulso a la creación poética, la erotización de la palabra (por citar a Octavio Paz), si no es de la propia experiencia, del largo proceso de construcción de una identidad personal? Sea cual sea la tendencia en la que se enmarque determinada obra poética, siempre habrá nacido de una trayectoria vital, de una suerte de azares no controlables, de decisiones conscientes e inconscientes que nos llevan a determinados libros y nos alejan de otros, es decir, de vivir y construirse un paisaje a partir de los materiales que uno encuentra en su devenir diario. El problema es que hemos creado una etiqueta y con la etiqueta un estereotipo, que se asocia con demasiada frecuencia a los excesos cometidos por una serie de poetas que, supongo, no hace falta citar. Y, así, se explica el inmediato rechazo que suele suscitar la expresión “poeta de la experiencia” entre quienes la reciben como crítica malintencionada o como halago a su forma de escribir.

En cuanto a los poemas de Ferrater, me están traicionando las dichosas expectativas.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Días laborables



Ida...





y vuelta

Sé que es díficil comprenderlo, pero los cotidianos 90 minutos de paseo que empleo en la caminata de ida y de vuelta al colegio son dos de los momentos más satisfactorios de cada día.

viernes, 13 de mayo de 2011

Amor y negacionismo

Al calor de la profunda crisis económica a la que asistimos impotentes, se vuelve a poner de actualidad el debate sobre la caída del sistema de valores éticos o, más radicalmente, el planteamiento de su existencia. Las posiciones intelectuales postmodernas nos situaron ante un universo donde no hay ninguna certidumbre, en el que la conciencia humana no tiene ningún asidero al que agarrarse para no despeñarse en el abismo de una existencia a la que no puede concederse un sentido claro y unívoco. Lo cierto es que estos modelos de pensamiento acabaron teniendo cierto éxito y calaron de tal forma, que no hace falta haber estudiado filosofía o estar interesado en la evolución histórica de la mentalidad humana para mantener posturas de un escepticismo extremo ante la vida. Por otro lado, hay que tener en cuenta que tanto las sociedades, como las personas que las conforman, funcionan como sistemas dinámicos y cuyos elementos tienen capacidad de influencia entre sí. Sobra decir que la mayoría de las reacciones y comportamientos se producen de forma global. Es decir, reaccionamos como un todo ante las condiciones de cada situación y elaboramos nuestras respuestas también como un todo. No es raro, entonces, que este modelo de pensamiento negacionista se haya extendido tanto que acabe por abarcar incluso a los modos de vida y, sobre todo, a las percepciones y valoraciones que de ellos se tienen. El impulso revisionista y, casi, destructivo es tan grande que lleva a algunos a plantearse la existencia de ciertos pilares básicos de las relaciones humanas. Hablando claro: hay que se atreve a dudar de la existencia del amor. Para ello, se le disfraza de la necesidad meramente biológica de la sexualidad o se alude a la rentabilidad material del concepto como factor de estabilización que permite la creación de familias y, así, la perpetuación del sistema social y económico en el que vivimos. Se simplifica la realidad argumentando que el sistema más extendido de relaciones afectivas, es decir, la pareja más o menos estable, sigue siendo posible por los condicionamientos sociales o porque actuamos movidos por la comodidad de no separarnos de la norma, por la angustia a la que nos suele enfrentar un largo tiempo de soledad. Sin embargo, cualquier análisis que sepa tomar cierta distancia con respecto a posiciones radicales de partida no puede negar la existencia del amor, un sentimiento de filiación básico en el ser humano. Evidentemente, somos animales (mamíferos concretamente) y lo que llamamos emociones y sentimientos tienen una clara base fisiológica y están sometidos a los moldes y modelos a los que nos enfrentamos en nuestro medio. Pero reducir el mundo afectivo humano a un esquema de impulsos biológicos convenientemente amasados por las prácticas socioculturales dominantes me parece muy exagerado. Esto implicaría reducir la sexualidad humana a la mera reproducción. Y es aquí, precisamente, donde se derrumba el argumento. El hecho de que la sexualidad humana haya trascendido su primigenia función reproductiva para convertirse en un modo de comunicación, en un componente tan importante para alcanzar una salud plena y una identidad personal satisfactoria, es una clara muestra de la realidad de los sentimientos relacionados con el afecto y la filiación hacia la pareja. Otra cosa es valorar la cuestión de la mayor o menor perdurabilidad de las parejas. En mi opinión, cuando un modelo de comportamiento está tan extendido y sobrevive a todo tipo de crisis sociales y económicas, no se puede cuestionar su funcionamiento ni su realidad. Podrá decirse que es solo una consecuencia de la bioquímica de nuestro cerebro y que, fuera de ese contexto, no parece tener mucho sentido. Es posible, pero yo matizaría: si se trata de una realidad derivada del alto grado de organización de nuestro cerebro (al igual que muchas otras realidades de las que a nadie le da por dudar) y, en consecuencia, si no tiene sentido fuera del contexto del cerebro humano, será porque se trata de una realidad específicamente humana (extremo que no me atrevo a afirmar). Hace un mes, aproximadamente, planteaba en este mismo lugar la necesidad de revisar ese extraño sistema de certidumbres que hemos creado de forma artificial en torno a la incontestable realidad de la muerte. Es curioso como se puede tener un funcionamiento psicológico tan selectivo que permite confiar ciegamente en determinados artificios en unos casos y, sin embargo, mostrar una actitud de negación permanente en otros. Podría parecer que estamos ante una contradicción pero no es así. La conclusión sigue siendo la misma: vivimos de espaldas al sufrimiento. Lo que realmente decimos cuando decimos que no existe el amor es que tenemos un miedo desbocado a que nos hagan daño.