martes, 25 de octubre de 2016

Antología Alienígenas

La Antología Alienígenas es ya una realidad. Podéis conseguirlo a través de La taberna del Libro pinchando AQUÍ. De momento, os dejo una foto de la cubierta:



domingo, 23 de octubre de 2016

Noveno Encuentro de Verdes Escritores y Escritoras

Soy un tipo con suerte. Uno de mis poemas ha sido seleccionado para formar parte de la Antología que se publicará con motivo del Noveno Encuentro de Verdes Escritores y Escritoras de Moguer. El libro se presenta el martes 25 de octubre a las 20:00 en la Biblioteca Provincial de Huelva. Podéis encontrar más información sobre el evento pinchando AQUÍ.




La presentación es sólo el punto de partida de toda una semana de actividades y propuestas culturales. El sábado, a partir de las 19:00, estaré en la Casa Museo Zenobia - Juan Ramón Jiménez participando del Encuentro. Se puede descargar el programa completo AQUÍ.

domingo, 16 de octubre de 2016

Una tendencia que se sigue confirmando

Me ha sorprendido mucho la rabia con la que se está respondiendo en redes sociales a todo el que se atreve a cuestionar la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan. Especialmente, porque en la mayoría de los casos, se parte de la base de que cualquier cuestionamiento del premio es un ataque al propio Dylan. He llegado incluso a leer que los que no estamos de acuerdo con esta decisión no sufrimos más que un cabreo. Sinceramente, pienso que quienes están manifestándose en estos términos no han llegado a entender (ni lo pretenden) los argumentos que se ofrecen. Evidentemente, Dylan no es el problema. Como figura cultural, no se puede dudar de sus méritos y del enorme consenso que puede aglutinar cualquier reconocimiento en forma de premio que se proponga. El problema es que se la ha dado un premio de prestigio y fama mundial que está reservado al ámbito de la Literatura y no al de la Música. No tengo nada que reprochar al premiado. Mi reproche se dirige hacia la Academia Sueca. En cuanto al supuesto enfado, poco puedo decir. No recuerdo haber sentido ningún tipo de ira, ni siquiera una especial sorpresa. Bob Dylan llevaba mucho tiempo en las famosas quinielas y, por tanto, no me sorprendió demasiado la concesión del premio, como a nadie podrá sorprenderle que algún año lo termine ganando Murakami y como tampoco fue una sorpresa que, finalmente, el galardón recayera en Vargas Llosa en el año 2010. Probablemente, este improvisado e innecesario batallón de defensa de Bob Dylan está constituido, sobre todo, por los mismos que, año tras año, se dedican a menospreciar el premio cuando recae en el Mo Yan o la Hertha Müller de turno. El premio solo parece ser respetable cuando se conoce el ganador o, al menos, suena de algo. Es curioso, que los mismos que ahora acusan de tener una visión estrecha de la Literatura y de la Poesía al primero que se menea estaban bien calladitos hace ahora un año cuando surgieron algunas voces críticas después de que se anunciara que la ganadora era una tal Svetlana Aleksiévich.

Si alguna emoción se parece a lo que siento después de conocer la noticia, es la tristeza, esa tristeza leve que nos domina cuando percibimos que se impone algo, que hay algo que va cambiando en una dirección que no nos gusta y, sin que podamos hacer nada por modificar las cosas, cada nuevo hecho parece consolidar y confirmar lo que tememos. Desde hace ya muchos años, vengo percibiendo que la lectura y, más concretamente, la lectura de Literatura está sufriendo un progresivo desprestigio. Está claro que la afición por la lectura no crece por mucho que se haya consolidado, al menos en nuestro país y en los de nuestro entorno, una Educación pública y obligatoria. La gente no compra libros y, por supuesto, no lee, pero esto se agrava cuando, además, viene imponiéndose socialmente una percepción de la lectura como una actividad inútil y, más concretamente, de la Literatura como una soberana pérdida de tiempo. No hace muchos años, era común encontrar entre la gente que abiertamente admitía no leer un respeto reverencial por el libro, por los lectores, por la figura del escritor, por la Literatura en general. Hoy parece que las cosas han cambiado. Desde mi experiencia como maestro, tengo la desgracia de experimentarlo cotidianamente. En este sentido, me resulta desolador escuchar cómo muchos de mis compañeros de profesión admiten sin rubor que no leen nada. En alguna ocasión, incluso le oí decir a un maestro que, desde que existen el rap y la HBO, la lectura es una actividad innecesaria. Y esto sucede en la escuela, una institución en la que uno de los objetivos más importantes ha sido desde siempre el aprendizaje de la lectura, el fomento de una afición a los libros, el uso de la lectura como una herramienta indispensable en una gran variedad de situaciones.

El pasado jueves, la Academia Sueca, sin pretenderlo, dio un apoyo implícito a esta tendencia: nos dijo a todos que, en estos tiempos que corren, para acceder a la Gran Literatura ya no hace falta leer libros, para poder apreciar la Poesía ya no hace falta leer poemas. Si quedaba alguna fecha en el calendario en la que la Literatura era portada de la prensa, era el día en que se anunciaba el nuevo Nobel de Literatura y quizá el día de la ceremonia. Si quedaba algún premio que seguía concediendo prestigio a nivel mundial, al menos por un día, al oficio de escribir y a la devoción de leer, ese era el Nobel de Literatura, pero el jueves se anunció que ya no hace falta escribir libros para ganarlo, que ya no hace falta dedicarse a la Literatura para formar parte de su polémica lista de agraciados. Por si no fuera suficiente, Bob Dylan fue premiado en calidad de poeta y es, precisamente, la Poesía la más denostada de las artes literarias, la más acusada de inutilidad. La música no necesitaba un Premio Nobel de Literatura, de la misma forma que la Literatura nunca necesitará o reclamará un Grammy o un disco de oro. La Poesía, sin embargo, siempre necesita un Nobel. En las cada vez más escasas ocasiones en las que se concede el premio a un poeta, los lectores de Poesía encontrábamos una suerte de satisfacción, un motivo para celebrar algo difuso, un reconocimiento de nuestra militancia de silencio. Porque la Poesía necesita, ante todo, silencio, un silencio que cada día es menos respetado y más incomprendido. Las canciones de Bob Dylan no son poemas y les hacemos un flaco favor otorgándoles esa consideración. Aunque no puedo negar los excelentes puntos de fusión que la Poesía encuentra con otras artes y disciplinas, tampoco puede negarse que existe un ámbito específico y definido para la Poesía. Desde hace ya muchos años, no paran de intentar convencernos de que, por el bien de la Poesía, para hacerla más atractiva al público en general, tenemos que incluir en ella disfraces, músicas de fondo, chistes, juegos de ilusionismo, vídeos de contenido incomprensible y una larguísima lista de efectos especiales que ha fracasado objetivamente en su intención y que, probablemente, sólo ha tenido como consecuencia una pérdida progresiva del prestigio que alguna vez tuvo el arte poética.

Me gustaría pensar que todo este panorama social y educativo no tiene nada que ver con la concesión de un Nobel de Literatura a un artista, cuya obra no nos exige lectura, no nos exige silencio. Me gustaría no relacionar todo este catálogo de despropósitos con el hecho de que cada día escuche en la radio un anuncio sobre un certamen que pretende homenajear a Cervantes, pero que consiste en una competición de hip hop. Me gustaría, pero no puedo. Porque lo cierto es que pienso que todos, con acciones u omisiones, hemos contribuido de algún modo a mostrar cierta empatía por aquellos que dicen no leer nada porque no tienen tiempo, todos hemos contribuido a ser condescendientes con los que opinan que “los Clásicos son un coñazo” sin haberlos leído (ya sea por pereza o por negligencia), todos hemos contribuido a rebajar nuestras expectativas de lectura sobre los niños y adolescentes que están en el periodo de escolarización obligatoria y a cambiar los libros que se recomendaban habitualmente (de un valor literario contrastado) por títulos descafeinados e insignificantes en nombre de un mal entendido acercamiento al interés del menor. Parece que se nos olvida que todo es susceptible de ser educado. También, los intereses y los gustos.

Por todas estas razones, no puedo ver en la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan más que una noticia negativa, ya que supone, desde mi punto de vista, una nueva confirmación de esta tendencia que, poco a poco, va despojando de Literatura a la Literatura y, de un modo más claro y violento, va despojando de Poesía a la Poesía. Creía vivir en un mundo en el que cualquiera podía escribir bien, publicar e ir dando lecciones de poesía joven, fresca y contemporánea sin necesidad de esforzarse demasiado ni, por supuesto, preocuparse por leer algo más que los posts de los amigotes en Facebook. La situación era mucho más grave de lo que imaginaba: hasta el jueves no sabía que la Poesía no necesita poemas, no necesita libros, no necesita lectura. En los últimos años, bajo la etiqueta de Poesía convivían a codazos demasiadas cosas. La concesión del Nobel a Bob Dylan solo puede ser una buena noticia para aquellos que quieran expulsar definitivamente cualquier resto resto de auténtica Poesía que aún sobreviva al amparo de aquella vieja etiqueta.