Antes o después, tenía que escribir esto y ha sido hoy. Siempre me ha parecido que las guitarras de Extremoduro estaban en un punto intermedio entre la duda y la contundencia, como si la canción estuviese a punto de tener un final abrupto, prematuro, y en ese instante se decidiera a emprender una vía rotunda y rocosa que lleva hacia otro lugar. Desde el tristísimo 10 de diciembre, vengo pensando en toda esa gente (en la que me incluyo) nacida a finales de los 70 y al comienzo de los 80 cuya conciencia lírica y social echó los dientes a la sombra de las canciones de Robe. Supongo que no es casualidad que muchos de nosotros vivamos con una especial crudeza la tensión entre la volubilidad y la consistencia de esta democracia en la que nos hacemos viejos, de esta sociedad en la que empezamos a sentir que quizá ya no encajamos, si es que alguna vez llegamos a hacerlo. Como bien dijo Diego RJ en su programa (El Sótano de Radio3) el mismo día en que se conoció la noticia, Extremoduro se asocia en nuestra memoria a la juventud, a los parques, a las cintas de casete, a cantar en pandilla. Yo me atrevo a añadir algunas cosas más. Las canciones de Extremoduro saben a sentarse en la acera, a litrona, a la sensación de que las amistades son indestructibles, a la mentirosa convicción de que nuestros mayores se equivocaban y nosotros no, a la ingenuidad de creer que nosotros sí podríamos hacer lo que otros no pudieron. Hay días que parece que no llegarán nunca pero llegan, días que nos dejan en un estado híbrido entre la desolación y el agradecimiento, días en los que tenemos que optar por el silencio o la despedida (si es que no son la misma cosa). Hasta siempre, camarada Iniesta. Contigo se ha muerto definitivamente el mundo en el que, alguna vez, yo tuve 20 años.
sábado, 3 de enero de 2026
lunes, 22 de agosto de 2022
Juventud, honradez, punkrock y préstamos
Tengo un concepto demasiado alto de la lealtad y de la honradez en general. Cualquiera que me conozca lo sabe, como también sabrá que, detrás de la imagen de aburrido maestro de primaria que suele acompañarme, hay un caprichoso amante de la música. Uno de mis vicios es el punk (sí, lo sé, no me pega nada). Aclarado esto, no sé si lo recordaréis, pero hubo una época en la que espérabamos con ansia la feria del vinilo, el disco usado y de ocasión. Se celebraba una vez al año en la Casa Colón y había que pagar una entrada. El precio incluía el acceso al recinto y un vinilo de regalo que, en el mejor de los casos, se quedaba a vivir en el primer contenedor de basura que encontrabas de camino a casa. A la ínfima calidad musical del obsequio, hay que sumar que no tuve reproductor de vinilo hasta muchos años después y, por tanto, sólo me interesaban los CD. En uno de aquellos domingos, me compré un directo de Mother Love Bone que todavía conservo. También me compré una de esas joyitas para amantes de géneros minoritarios: Crucificados pelo sistema, el primer álbum de Ratos de Porão (un legendario grupo de hardcore brasileño). 16 canciones en 18 minutos y 46 segundos, puro punk. Por desgracia, poco después lo perdí y, dígamoslo claramente, lo perdí por tonto. Fue un sábado o un viernes cualquiera en el que hacíamos lo de siempre, en palabras de Robe Iniesta: “salir, beber”. Por alguna razón, yo llevaba el CD encima. Probablemente se lo había dejado a un AMIGO (nótese que se realza el vocablo de manera intencional) que me lo había devuelto esa misma noche. Supongo que, más tarde, alguien me lo pidió prestado. Este “alguien”, desde luego, NO era un amigo. Pero la cogorza que me acompañaba tuvo un doble efecto: extensión de la amistad y de la confianza hacia el sujeto en cuestión e incapacidad para recordar quién era a partir de aquel preciso instante. Como puede adivinarse, no volví a saber nada del disco. Pregunté e indagué sin resultado. Sin embargo, sabía que el ladrón era uno de aquellos conocidos que me saludaba cordialmente cada fin de semana. Espero, sinceramente, que el CD estallara y estropeara el lector de su équipo de música, cumpliéndose así una especie de venganza poética muy al estilo “punkarra”. Pero soy realista. Seguro que no fue así y lo más triste es que, muy probablemente, quien se quedara con mi Crucificados pelo sistema no lo habrá valorado tanto como yo lo hacía.
Disinta y a la vez similar es la historia del “Concierto homenaje a Freddie Mercury”. Es bien conocida mi pasión por Queen. Me avegüenza confesar que, en mis años de instituto, prácticamente, no escuchaba otra cosa. El caso que nos ocupa ahora ocurrió, más o menos, en la misma época que el anterior. Yo había empezado a salir por las noches con una pandilla reducida formada a partir de mis primos, algunos compañeros de clase y amigos de los veranos en La Antilla. Poco a poco, el grupo se hizo más grande y, además, por temporadas, nos uníamos a otras pandillas similares, a veces, por pura proximidad y otras con motivo de jolgorios especiales (Fin de Año) o conciertos. Unas navidades me regalaron el concierto en VHS (me siento tan viejo al escribir esto) y se ve que debí mencionarlo tomando una copa en alguna conversación de gran grupo. Un heavy con el que no tenía ni la mejor ni la peor de las relaciones se mostró muy interesado y estuvimos hablando, según recuerdo, de las actuaciones de Metallica, Guns N' Roses y Extreme. Si no me falla la memoria, poco después, estando un fin de semana en casa me llama este chaval por teléfono (aclarando que le había pedido mi número a un amigo común) y me pide, por favor, que le preste las cintas para verlas. Como os podéis imaginar, accedí y eso supuso que les perdí la pista para siempre. Estoy seguro de que, al menos un par de veces, le recordé que tenía algo que devolverme, pero aquel asunto se fue diluyendo y la vida vino, por su parte, a poner distancia. Estuve un tiempo considerable sin verlo. Lo más gracioso de esta historia es que no se acaba aquí. Un día, de repente, el amigo común me llama al teléfono móvil. Por aquel entonces, yo vivía en Sevilla, era 2003, habían pasado más de cinco años. Mi amigo me explica que este chaval tiene que hacer un examen en Sevilla, que la hora del examen le hace imposible recurrir al transporte público, que tampoco tiene a nadie que pueda llevarle la misma mañana y que necesita pasar la noche, solamente la noche, aunque sea en un sofá, para poder presentarse a la convocatoria. ¿Qué pensáis que dije? Dije que sí, que le prestaba el sofá de mi salón (no podía ofrecerle otra cosa ya que las camas estaban todas ocupadas) después de consultar a mis compañeros de mi piso. Podría haberle dicho a mi amigo algo así como: “Dile que me traiga las cintas de vídeo que aún no me ha devuelto”. ¿Lo hice? No. ¿Por qué? Ya he dicho que soy tonto y, por si fuera poco, sufro de una enfermedad mental que podríamos definir como prudencia excesiva, aunque mis amigos psicólogos preferirían hablar de un déficit de habilidades asertivas. Estas mismas razones explican que, durante el escaso tiempo que compartimos aquel día, en ningún momento saliera a relucir que alguien se había adueñado de forma ilegítima de algo que no le pertenecía. En cualquier caso, lo que no puede negarse es que soy buena gente.
En la actualidad, sigo sin saber quién me robó el disco de Ratos de Porão, aunque puedo escucharlo en Spotify cuando quiera. Después de todo, cada vez uso menos los CD de mi colección para poner música. En cuanto al “Concierto Homenaje a Freddie Mercury”, me lo regaló Lola en DVD hace ya algunos años. Tuvo que pedirlo por Internet y, curiosamente, llegaron en el mismo paquete de forma gratuita un par de DVD del programa Documentos TV que trataban, como podéis imaginar, sobre asuntos turbios y desgradables. ¿Casualidad? Evidentemente, sí. En cuanto al hurtador y huésped de mi casa en Ciudad Jardín, últimamente lo veo mucho. No hace falta decir que ni nos saludamos. Él sabe perfectamente quién soy yo, por supuesto. Pero ni siquiera parece agradecido por el detalle del alojamiento aquella noche de junio de 2003. Lo de las cintas de vídeo seguramente ni lo recuerde.
sábado, 2 de abril de 2011
Fuera de modas
viernes, 1 de abril de 2011
jueves, 16 de diciembre de 2010
Hasta siempre tocayo
Como muchos de mis amigos, conocí a Enrique Morente en un periodo especialmente anglófilo de mi afición a la música. Temerosos y acomplejados por el manido tópico del flamenquito andaluz, no es que no nos gustase el flamenco, más bien no nos atrevíamos a acercarnos mucho a él. Creíamos estar inmersos en un proceso expansivo de nuestros gustos musicales y, en realidad, estábamos felizmente encerrados en medio de una marea de grupos de pop y rock que ocupaban todo nuestro ocio musical. En muy contadas ocasiones, acudíamos a grupos españoles y una de las bandas a las que concedíamos el privilegio de nuestra atención era Lagartija Nick. Como muchos de mi generación, yo llegué a Enrique Morente a través de Lagartija Nick. Preguntarme hoy si llegó primero a mis manos Val del Omar u Omega, es plantearme la vieja cuestión del huevo y la gallina. A estas alturas del texto, es innecesario añadir que esta tarde quiero quejarme, lamentarme, maldecir por la muerte de Enrique Morente, uno de los personajes a los que la cultura española debería estar más agradecida. Su capacidad de experimentación e innovación nos han acercado a algunos la puerta del flamenco de tal forma, que nos hemos sentido motivados a atravesarla. Pero no se queda aquí su contribución. En una época en la que existe cierta indiferencia hacia la poesía, su interpretación de la poesía de Lorca ha llevado de forma inconsciente a la memoria de muchos de sus oyentes los versos del poeta granadino. Hay muchos que, sin saberlo, cantan maravillosos pasajes de Poeta en Nueva York. Otros creen que, al fin, pueden cantar a Leonard Cohen, sin saber que se están emocionando con fragmentos de una literatura inmortal. En esta tarde de diciembre que no invita al paseo, cuando sentimos que se acercan los ritos de las comidas familiares y los reencuentros, ahora que se nos acaba otro año y hacemos inventarios laborales y sentimentales para poder seguir adelante, me gustaría compartir esta nostalgia. Ya sé que es la ley de la vida, que no hay otro remedio, que todos acabaremos desapareciendo. Pero cada vez que muere un personaje emblemático siento que algo dentro de mí se rebela inútilmente contra el trágico destino de todo ser humano. Ya se trate de alguien a quien admiro o de algún personaje que detesto, la muerte de famosos y célebres me hace menos reconocible nuestro mundo. Siento que la vida es más gris cuando pienso en un mundo sin Benedetti, sin Michael Jackson, sin Enrique Morente, sin Jesús Gil, sin Lola Flores, sin Saramago, sin Francisco Ayala. Sé que puede parecer ridículo y, probablemente, lo es. O quizá simplemente es el lento proceso del envejecimiento, la certeza de que la muerte de cualquier hombre nos hace más conscientes de la inevitabilidad de la nuestra.
miércoles, 25 de agosto de 2010
Las coplas del hombre cuchara II: Neighbour, neighbour
Vecino, vecino
Vecino, no te extrañes
de las cosas que pasan en mi casa.
Tú siempre andas buscando
algo para poder chismorrear.
Para ti, no supuso una molestia
y mis dificultades aumentaron.
Algo desagradable va a pasarte.
Te lo advierto, vecino, no te extrañes
de las cosas que pasan en mi casa.
Vecino, no te extrañes
de mi manera de ganarme el pan,
porque, como ya sabes,
no soportas mis éxitos.
Te asomas con sigilo
y avanzas lentamente a mi vestíbulo.
Pegas a la pared, con pegamento,
tus inmensas orejas.
Te lo advierto, vecino, no te extrañes
de las cosas que pasan en mi casa.
Vecino, no te extrañes
de la forma en que trato a mi mujer.
Te pasas todo el tiempo
fabricando mentiras y tergiversaciones.
Tú no tienes problemas y me causas molestias.
Algo desagradable va a pasarte.
Te lo advierto, vecino, no te extrañes
de las cosas que pasan en mi casa.
Vecino, no te extrañes
de mi manera de ganarme el pan,
porque, como ya sabes,
no soportas mis éxitos.
Él no tiene problemas y me causa molestias.
Algo desagradable va a pasarte.
Te lo advierto, vecino, no te extrañes
de las cosas que pasan en mi casa.
domingo, 30 de mayo de 2010
viernes, 7 de mayo de 2010
Las coplas del hombre cuchara I: Spoonman
El hombre cuchara
Experimenta el ritmo
a través de tus manos,
hombre cuchara, roba
el ritmo mientras puedas,
que tu voz verbalice
el ritmo sin ayuda,
que tu voz verbalice
el ritmo cuando estés
completamente a solas.
Hombre de la cuchara,
confluye con tus manos.
Sálvame, estoy contigo
en tu proyecto. Sálvame.
Mis amigos son, todos,
indios, sin excepción.
Mis amigos son, todos,
morenos y rojizos.
Mis amigos son, todos, esqueletos,
sienten latir el ritmo entre sus huesos.
Hombre de la cuchara,
confluye con tus manos.
Sálvame, estoy contigo
en tu proyecto. Sálvame.
Experimenta el ritmo
a través de tus manos,
hombre cuchara, roba
el ritmo mientras puedas.
miércoles, 17 de febrero de 2010
Nada nuevo
El cortesano (1528)
Baltasar de Castiglione
viernes, 5 de diciembre de 2008
Carlos Paredes
jueves, 13 de noviembre de 2008
Idealismo
Y, de repente, estamos en 2008 y Extremoduro ha editado un disco nuevo que se llama La ley innata y vuelve la curiosidad por escucharlo quizá por la cita de Cicerón en la portada, quizá por esa estructura tan característica de las piezas de música clásica en torno a la que se estructuran las canciones. Siendo honestos, este nuevo álbum de Robe y compañía es un gran trabajo y se vislumbra un esfuerzo sincero en pro de la calidad y de cierta innovación. En una de sus canciones Robe dice: “Sueño que empieza otra canción / vivo en el eco de su voz”. Sirvan estos dos versos para establecer una conexión entre los aficionados a Extremoduro que fuimos y los que ahora somos.