Antes o después, tenía que escribir esto y ha sido hoy. Siempre me ha parecido que las guitarras de Extremoduro estaban en un punto intermedio entre la duda y la contundencia, como si la canción estuviese a punto de tener un final abrupto, prematuro, y en ese instante se decidiera a emprender una vía rotunda y rocosa que lleva hacia otro lugar. Desde el tristísimo 10 de diciembre, vengo pensando en toda esa gente (en la que me incluyo) nacida a finales de los 70 y al comienzo de los 80 cuya conciencia lírica y social echó los dientes a la sombra de las canciones de Robe. Supongo que no es casualidad que muchos de nosotros vivamos con una especial crudeza la tensión entre la volubilidad y la consistencia de esta democracia en la que nos hacemos viejos, de esta sociedad en la que empezamos a sentir que quizá ya no encajamos, si es que alguna vez llegamos a hacerlo. Como bien dijo Diego RJ en su programa (El Sótano de Radio3) el mismo día en que se conoció la noticia, Extremoduro se asocia en nuestra memoria a la juventud, a los parques, a las cintas de casete, a cantar en pandilla. Yo me atrevo a añadir algunas cosas más. Las canciones de Extremoduro saben a sentarse en la acera, a litrona, a la sensación de que las amistades son indestructibles, a la mentirosa convicción de que nuestros mayores se equivocaban y nosotros no, a la ingenuidad de creer que nosotros sí podríamos hacer lo que otros no pudieron. Hay días que parece que no llegarán nunca pero llegan, días que nos dejan en un estado híbrido entre la desolación y el agradecimiento, días en los que tenemos que optar por el silencio o la despedida (si es que no son la misma cosa). Hasta siempre, camarada Iniesta. Contigo se ha muerto definitivamente el mundo en el que, alguna vez, yo tuve 20 años.
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sábado, 3 de enero de 2026
jueves, 13 de noviembre de 2008
Idealismo
Muchos de los que estamos ahora entre los veintipocos y los treinta y algo hemos pasado a lo largo de nuestras vidas algún periodo de gran idealismo, con pensamientos recurrentes sobre la injusta distribución del mundo, un periodo en el que, a pesar de la reducción progresiva de la militancia en partidos políticos de corte progresista y ONG de todo tipo, nuestra manera de escuchar música y los gustos musicales se vieron profundamente afectados, en algunas ocasiones de forma temporal y en otras de forma permanente. Y así a unos les daba por Carlos Puebla, a otros por el rock nacional de corte más radical de grupos como Soziedad Alkohólika, otros se centraban en grupos como Sepultura al tiempo que recuperaban el heavy metal de los 80 de formaciones como Iron Maiden. La música que se asociaba a los que pretendíamos tener una conciencia social era muy amplia y diversa e incluso a algunos nos daba por todo al mismo tiempo y de ahí viene el variopinto enfoque cultural que tenemos. Solamente existía un límite: la mal usada etiqueta de la comercialidad. Pero en el cajón de sastre que eran nuestras colecciones de cintas de casette grabadas (a ser posible de noventa minutos y con un disco por cada cara), había también lugar para la expresión de sentimientos, para el lenguaje poético, y este era el lugar donde los Extremoduro ocupaban un papel predominante. Durante años y para un número importante de jóvenes de mi generación y otras aledañas, las canciones de Extremoduro eran como una confabulación con uno mismo o con los amigos más cercanos, sabíamos las letras de memoria o casi y eran el mejor sucedáneo cuando no teníamos disponible un libro. Muchos pensábamos que aquello era literatura además de música rock. Y fueron saliendo discos y más discos y aquella emoción, que había sido tan grande, se iba diluyendo, debilitando. Algunos pensábamos que Agila, siendo un gran disco, flojeaba y el experimento con Fito y Manolo Chinato no salió demasiado bien. Esta pérdida de interés se fue haciendo más grande y llegó hasta el punto de no interesarnos por escuchar discos como Canciones prohibidas.
Y, de repente, estamos en 2008 y Extremoduro ha editado un disco nuevo que se llama La ley innata y vuelve la curiosidad por escucharlo quizá por la cita de Cicerón en la portada, quizá por esa estructura tan característica de las piezas de música clásica en torno a la que se estructuran las canciones. Siendo honestos, este nuevo álbum de Robe y compañía es un gran trabajo y se vislumbra un esfuerzo sincero en pro de la calidad y de cierta innovación. En una de sus canciones Robe dice: “Sueño que empieza otra canción / vivo en el eco de su voz”. Sirvan estos dos versos para establecer una conexión entre los aficionados a Extremoduro que fuimos y los que ahora somos.
Y, de repente, estamos en 2008 y Extremoduro ha editado un disco nuevo que se llama La ley innata y vuelve la curiosidad por escucharlo quizá por la cita de Cicerón en la portada, quizá por esa estructura tan característica de las piezas de música clásica en torno a la que se estructuran las canciones. Siendo honestos, este nuevo álbum de Robe y compañía es un gran trabajo y se vislumbra un esfuerzo sincero en pro de la calidad y de cierta innovación. En una de sus canciones Robe dice: “Sueño que empieza otra canción / vivo en el eco de su voz”. Sirvan estos dos versos para establecer una conexión entre los aficionados a Extremoduro que fuimos y los que ahora somos.
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