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domingo, 6 de octubre de 2013

El alcalde de Zalamea

Si como ya sabéis siempre he venido defendiendo los beneficios de la lectura en general y, en particular, de la lectura de los clásicos, además, últimamente, vengo reafirmándome en una idea que, probablamente, ya habré esbozado o planteado anteriormente: la lectura de los clásicos es la mejor forma de comprender que este mundo en el que vivimos no va, cada vez, peor. Más bien, ha sido siempre igual de injusto y despiadado a lo largo de la Historia y los cambios que hemos experimentado están más relacionados con el atrezo, que con una transformación profunda en la estructura de la moral y el comportamiento humano. Es difícil no caer en este círculo de reflexiones sobre la naturaleza del ser humano cuando se acaba de leer a Calderón y se está aún girando en las órbitas de su inigualable talento. Basado en acontecimientos históricos, El alcalde de Zalamea es un tratado en tono dramático sobre algunos de los problemas que aún hoy, trescientos setenta y siete años después, siguen persiguiendo, oprimiendo y preocupando a los sectores más desfavorecidos de la especie humana. El argumento de la obra nos sitúa ante el paso de las tropas reales por la localidad de Zalamea de la Serena (Badajoz) con motivo de un conflicto bélico entre España y Portugal. Atendiendo a la leyes del momento, el pueblo llano (el villanaje) tenía la obligación de alojar en sus casas a los miembros del ejército. La trama que Calderón arma en torno al amplísimo y omnipotente concepto del honor, su pérdida y restauración como motor del drama, se puede desgranar con facilidad en una diversidad de temas que no resultan, en ningún momento, arcaicos o ajenos a la fresca actualidad que nos envuelve. En primer lugar, tenemos el continuo desdén con el que un capitán trata a los habitantes del pueblo y las intrigas que diseña para conseguir beneficios personales. ¿Qué es esto sino un claro abuso de poder? En segundo lugar, tenemos el secuestro de una joven y bellísima mujer, a la que fuerza a mantener relaciones sexuales. ¿Acaso no estamos aquí ante una doble acepción siempre terrible de la palabra violación? ¿No es cierto que nos sigue preocupando la situación de los Derechos Humanos cuando los ejércitos de cualquier guerra entran en las poblaciones? ¿No es la violencia de género y la desigualdad entre hombres y mujeres uno de los principales asuntos a resolver en sociedades como la nuestra? Ya defendí, en este mismo espacio, hace ya tiempo que es fácil descubrir que Calderón es un moderno, un pensador de nuestro tiempo, cuando se analiza con atención su discurso. Esta afirmación se hace indiscutible en una extensa intervención del héroe de la obra, Pedro Crespo, cuando al despedir a su hijo, que se incorpora a las tropas que van camino de Portugal, le aconseja:

¡Cuántos, teniendo en el mundo
algún defeto consigo,
le han borrado por humildes!
Y ¡cuántos, que no han tenido
defeto, se le han hallado,
por estar ellos mal vistos!

Y más abajo:

No hables mal de las mujeres;
la más humilde, te digo
que es digna de estimación
porque, al fin, de ellas nacimos.
No riñas por cualquier cosa;
que cuando en los pueblos miro
muchos que a reñir se enseñan,
mil veces entre mí digo:
"Aquesta escuela no es
la que ha de ser", pues colijo
que no ha de enseñarse a un hombre
con destreza, gala y brío
a reñir, sino a por qué
ha de reñir, que yo afirmo
que si hubiera un maestro solo
que enseñara prevenido,
no el cómo, el por qué se riña,
todos le dieran sus hijos.

Sin embargo, no solo hay lugar para el análisis histórico y la pesimista toma de conciencia en el teatro del Siglo de Oro. En cierto modo, la satisfacción interior con la que se leen estos libros está relacionada con su desenlace. A su manera, en el estilo de la época, al lector le queda el regocijo de la justicia en el tramo final de la obra, una justicia que es vengativa y cruel con quien lo merece y que, aunque se circunscriba claramente al territorio de la ficción, supone una especie de terapia analgésica que alivia la sensación de haber perdido de antemano la lucha contra la injusticia y la desigualdad.

miércoles, 21 de abril de 2010

Calderón, un moderno

Nació en 1600 y murió en 1681. Fue militar y sacerdote. Y, sobre todo, Pedro Calderón de la Barca y Barreda González de Henao Ruiz de Blasco y Riaño fue un visionario, un adelantado a su tiempo, un hombre con una independencia real de pensamiento y que, afortunadamente, pudo ejercer una fecunda carrera literaria de la que hoy podemos beneficiarnos de forma intelectual y lúdica. Su obra La vida es sueño es uno de esos libros de los que todos creen saber algo y que cada vez menos leen. Uno de esos libros que la moderna oleada de bestsellers ha hecho caer en la desgracia de la desatención. Últimamente, me cuesta usar la palabra clásico para alabar las obras prestigiosas del pasado por la facilidad con que éste adjetivo se ha venido degradando y aplicando a realidades recientes que se sospecha pervivirán en el recuerdo colectivo, independientemente de su calidad. Con La vida es sueño esta reticencia es doble, ya que se trata de una obra que se posiciona en contra de la inexorabilidad del destino con ideas radicalmente vigentes. En pleno siglo XVII, Calderón presenta sus argumentos en la trama de los personajes como un Dios que se manifiesta a través de milagros. Siglos antes de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, del método científico, de la separación de poderes, de la presunción de inocencia, Calderón nos cuenta la historia de una detención arbitraria, de una vida institucionalizada, de un juicio montado con especulaciones y creencias y de una condena impuesta a un hombre, simplemente, por ser quien es. El enfrentamiento filosófico que plantea el libro es claro: ¿está nuestro destino escrito y predeterminado o es el hombre responsable de su destino? Probablemente, si Calderón pudiera comprobar las mentalidades de nuestro mundo, se quedaría profundamente sorprendido. Él, que no disfrutó de un sistema educativo público y gratuito, que no tuvo acceso a las tecnologías de la información y la comunicación, que no pudo hacer un máster para jóvenes emprendedores en la Universidad de Harvard, supo ver hace unos 375 años que es el hombre el que escribe día a día su destino con sus aciertos y errores, con sus acciones y omisiones, y que existen circunstancias que pueden inclinar nuestras decisiones pero nunca determinarlas por completo. Sin embargo, hoy están aún muy extendidas las ideas deterministas, ese pesimismo visceral que conduce a la inacción, a la pasividad y al conformismo. Por ello, me gustaría acabar recomendando la lectura de La vida es sueño, recomendando su inclusión entre los libros de lectura obligatoria en la formación de adolescentes. Quizá esta sea una pieza de la terapia contra la desidia y la anestesia moral de nuestro tiempo.