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domingo, 23 de octubre de 2016

Noveno Encuentro de Verdes Escritores y Escritoras

Soy un tipo con suerte. Uno de mis poemas ha sido seleccionado para formar parte de la Antología que se publicará con motivo del Noveno Encuentro de Verdes Escritores y Escritoras de Moguer. El libro se presenta el martes 25 de octubre a las 20:00 en la Biblioteca Provincial de Huelva. Podéis encontrar más información sobre el evento pinchando AQUÍ.




La presentación es sólo el punto de partida de toda una semana de actividades y propuestas culturales. El sábado, a partir de las 19:00, estaré en la Casa Museo Zenobia - Juan Ramón Jiménez participando del Encuentro. Se puede descargar el programa completo AQUÍ.

jueves, 19 de diciembre de 2013

¿Un réquiem para Uniradio?

Si hoy fuera un jueves corriente, habría encendido el ordenador esta mañana pensando en qué voy a escribir este año para despedir el trimestre y felicitar la Navidad a los oyentes de Las Afueras tomando como pretexto algún punto de partida literario. Seguramente, ahí estaría la principal dificultad. Después de todo, la gente no se toma a mal que repitamos discurso llegados a estas alturas del año y, por otro lado, tampoco hay demasiadas opciones de maniobra. Como siempre, acabaría por admitir que entiendo perfectamente a los críticos y a aquellos acusadores del consumismo, pero también pediría un poco de distancia y recordaría que hay muchas formas de tomarse estas fiestas, que tampoco podemos hacer nada por eludirlas y que, al fin y al cabo, nos dan una excusa inmejorable para abusar de la compañía de la gente a la que apreciamos. Como todos los años, también, aconsejaría regalar cultura, especialmente, regalar libros y, en concreto, a los niños. Ya sabéis que, debido a mi oficio y a mis convicciones personales, sigo manteniendo la ingenuidad de creer firmemente en el poder de transformación y regeneración social de cualquier acto educativo. Teclearía con la prisa habitual de cada semana y pensaría que, afortunadamente, aún me queda en reserva un libro para reseñar, La invención de Morel, y entre este y las lecturas de Navidad (espero terminar Los heraldos negros, Trilce y algo de Natalia Ginzburg o Machado de Assís, ya veremos) tendría margen suficiente para seguir compaginando las lecturas con la gustosa y autoimpuesta obligación de la columna semanal para el programa. Sin embargo, poco sentido tiene ya todo esto cuando se cierne sobre Uniradio la más que probable certeza de un cierre injusto y vergonzoso. Uniradio es un proyecto cultural libre con una trayectoria susceptible de causar envidia en cualquiera de los rincones de este país. Se trata de una iniciativa que se dedica única y exclusivamente al enriquecimiento de la Universidad como institución y de la vida en la capital y la provincia. No es, simplemente, que cualquier proyecto de estas características salga barato, en sí mismo, atendiendo a los beneficios sociales que genera. Además, Uniradio es un proyecto económicamente barato que vuelve a demostrar, una vez más, que el problema de esta crisis no es que no haya dinero para nada, es que hemos decidido recortar en lo importante y priorizar lo innecesario, lo superfluo. El cierre de un medio de comunicación es siempre, invariablemente, un drama, pero las palabras se muestran, desde un punto de vista semántico, insuficientes cuando es una universidad pública la que no tiene reparos en dejar morir a la que, probablemente, es una de sus grandes virtudes y una de sus señas de identidad. No sé si el Rector lo sabe, pero gran parte del respeto que se ha ganado la Onubense en estos últimos años se debe al buen hacer de Uniradio. Se me dirá que no soy objetivo, que formo parte de su red de colaboradores, y yo diré orgullosamente que sí, que me niego a ser objetivo cuando he estado seis años, dos meses y ocho días tratando de aportar algo, por pequeño e insignificante, que fuera a la maquinaria de difusión cultural ha sido esta radio. Recuerdo con nitidez mi primera columna, un once de octubre de 2007, en la que, a partir de un verso de Cernuda, reflexionaba sobre la capacidad de desencadenar pensamientos que tienen los cambios en el tiempo atmosférico. Divulgalia fue el programa que me dio la libertad de un espacio semanal para, tomando como excusa la cultura, hablar sobre lo que quisiera. Después, como sabéis, acabé trasladándome a la periferia con Las Afueras y me centré en la Literatura. Y, en esto, se resumen unos años imborrables en los que hemos charlado hasta la saciedad sobre premios, autores, poéticas, editoriales y, sobre todo, libros. Así que no puedo hacer otra cosa más que, en conciencia, dar las gracias a Manuel González Mairena y Manuel Arana por todo este tiempo y admitir que también siento un dolor egoísta por el cierre de Uniradio, ya que este espacio semanal es la actividad cultural más importante que he venido desarrollando y ahora, desgraciadamente, parece que voy a verme privado de ella. Escucho mientras escribo estas líneas un álbum de The Brian Jonestown Massacre cuyo título plantea un interrogante absurdo y sin respuesta: Who Killed Sgt. Pepper? Espero que, dentro de algún tiempo, nadie tenga que preguntar quién cerró Uniradio porque se trate de una pregunta ridícula, sin sentido y, por supuesto, sin respuesta.

domingo, 24 de junio de 2012

Feria del libro 2012


Probablemente me equivoque. Pero creo que la Feria del Libro de Huelva del año 2012 es una de las que menos promoción ha recibido desde que tengo uso de razón. Estoy en las redes sociales, vivo en la capital y cerca del centro, escucho todos los días la radio y, sin embargo, apenas he tenido acceso a información sobre el evento. Me enteré por casualidad de que ya había comenzado mientras tomaba una cerveza y, por casualidad, acabo de enterarme de lo cercano que está su fin. Es extraño que un evento que se celebra sistemáticamente todos los años no mejore con el tiempo en su organización y en su capacidad para acercarse a los gustos y necesidades de la ciudadanía. Hablemos de la organización. Si el año pasado celebré el regreso de la Feria a su hábitat natural, la Plaza de las Monjas, y no quise hacer críticas sobre la distribución de los stands y su ubicación en la propia plaza, en esta ocasión, tengo que decirlo: la organización tipo pasillo, de espaldas a la verdadera vida de la plaza, no es más que una clara representación de lo que somos en la sociedad onubense, un mal menor, un “te aguanto porque no tengo más remedio”, un “qué mal visto estaría no organizar la Feria del Libro, pero claro siempre deja algo de dinero en las arcas municipales y tiene que quedar claro que estamos con la cultura y la educación intelectual”. Para que no se piense que esto es una rabieta personal y que mi único afán es criticar, cito un comentario anónimo que alguien me dejó en el blog el año pasado a propósito de la entrada que escribí sobre la edición del año 2011: “Cierto que este año han vuelto a poner la feria del libro en la Plaza de las Monjas, pero los libreros parece que están castigados. Los han puesto en una esquinita mirando a la pared!! No hay derecho...” Hablemos de la fecha. Se pueden discutir muchas cosas alrededor de la Feria del Libro, pero creo que algo que debería estar fuera de toda disputa es la fecha en la que debe celebrarse. El caso de la Feria del Libro de Huelva me recuerda cada vez más al de la Feria de Abril que, año tras año, va siendo desplazada hacia el mes de mayo perdiendo todo el sentido su nombre. A veces me preguntó qué inconveniente tendrá la celebración del Feria en torno al Día del Libro, el 23 de abril. ¿Es que no saben que desde los centros de enseñanza se organizan jornadas culturales y de animación a la lectura para la celebración de esta efemérides? ¿Tan difícil es conjugar la estrategia educativa con la promocional para ofrecer a los ciudadanos en formación un marco reconocible que les haga identificar el sector librero como un servicio necesario para satisfacer sus necesidades de formación, enriquecimiento cultural y ocio? ¿Hay alguna ventaja en organizar la Feria en estos asfixiantes primeros días de junio en los que muchos de los que viven en esta ciudad pasan sus tardes y los fines de semana en la playa? Por otro lado, está el recrudecimiento de la crisis, el paro y la desmotivación generalizada que producen, el excesivo precio de los libros en la mayoría de los casos, el deterioro progresivo de la vida cultural y la increíble facilidad con la que nos estamos acomodando en esta situación. Estoy tan cabreado, que no me va a quedar más remedio que pasarme por el stand de mi amigo José Manuel y comprarle un par de libros de poesía antes de que todo acabe el sábado.

jueves, 15 de marzo de 2012

Esperando a que escampe


Supongo que decidí que necesitaba escribir en la primavera de 1997. Había pasado media vida preguntándome cuáles eran mis aficiones y otra media desinteresándome por casi todo lo que empezaba sin llegar a terminar nada. Había que canalizar cierta energía, volcar hacia un objetivo un exceso de pensamiento y acabé encontrando un filón. Fue algo intencional. Bajé a la papelería, compré un cuaderno tamaño cuartilla al que coloqué una pegatina de evidente contenido político y busqué un bolígrafo que soltara tinta sin reticencias. Supongo que empecé a tomarme en serio la literatura y, por ende, lo que escribía en marzo de 1999. Allanado el camino unos años antes por Cien años de soledad, la lectura de Rayuela fue una iluminación, una especie de plano de la isla que se me otorgaba antes de haber decidido el carácter insular de mis preocupaciones intelectuales. Como una aparición divina que ya no deja lugar a las dudas sobre la posibilidad de un apostolado, un umbral que, una vez traspasado, te obligaba a seguir a ciegas por una casa desconocida, en la que la satisfacción de ver rincones iluminados suponía un gozo tan inmenso como poco habitual. La necesidad de habitar el espacio público me vino por casualidad. A través de una amiga común, conocí a Miguel Mejía y, a partir de ahí, la peregrinación de los sábados por la noche a un bar que iba cambiando cada cierto tiempo se convirtió en condición en indispensable (salvo en los años de oscuridad de los que no quiero escribir aquí), en el mayor de los acicates para seguir adelante en este esfuerzo autoimpuesto de esculpir mal o bien formas en la desestructurada forma de la fonética y la semántica. Poco a poco, fui conociendo a mucha gente. Jamás podría haber imaginado que una ciudad tan pequeña como Huelva acumulaba una cantidad tan inmensa de interesados e interesadas por la literatura, especialmente, por la poesía. Y, así, fui haciéndome con una serie de referentes cercarnos que me ayudaron a construir mis principios literarios (por llamarlos de alguna manera). Supongo que este sería el momento de empezar a detallarlos, de recordar anécdotas vividas o escuchadas que ilustran las actitudes que fui construyéndome y aún conservo. El problema es que, en estos momentos, siento que he perdido mis referentes. Las enormes distancias impuestas por la vida laboral, el cansancio de muchos y algunos errores me han dejado en una sensación de soledad, de no poder aportar nada en el panorama cultural de mi ciudad y tener que asumirlo con honradez. Soy plenamente consciente de que los errores cometidos no son malintencionados, es más, puedo llegar a comprenderlos plenamente y de buena fe. Pero se trata, en algunos casos, de errores no reparables (y no estoy exagerando) y, por otro lado, nunca quise ser ese columnista al que se le recuerda que la hemeroteca es un lastre. Por muy estúpido que parezca, no estoy tranquilo en los territorios fronterizos cuando afectan a mis convicciones personales. Valoro muchísimo la amistad y la confianza de la gente que me ofrece proyectos y no voy a dar nombres propios porque no quiero que penséis que esto es un enfado o que trato de perjudicar a alguien. Nada más alejado de mis intenciones. De hecho, uno de mis principios fundamentales en este mundillo literario es que hay que apoyar todas las iniciativas, todos los proyectos y luchar con la asistencia y la difusión para que no se pierda nada de lo que se está haciendo en Huelva. Por ello, pienso seguir asistiendo a cada evento, difundiendo a través de las redes sociales dentro de mis posibilidades. No puedo negar, en cambio, que empiezo a sentir un profundo agotamiento que se ve agudizado por el desencanto que me provoca comprobar todas las rencillas, las discusiones, las peleas, las malas caras, el rencor y otras enfermedades que afectan a la Huelva literaria. Y son todas estas razones las que me hacen tomar la decisión de restringirme a mis poemas, mis lecturas, mis blogs y a la tertulia de los sábados, que siempre se ha caracterizado por la paz y por un formato horizontal de reunión de amigos. Os valoro a todos y a todas mucho, muchísimo, y eso me lleva a no entrar en la dinámica de seguir con proyectos sin estar al cien por cien y con desgana. Tomo una decisión que no es fácil, que me perjudica y que me va a exigir la tarea de eludir explicaciones que no me apetece dar porque no pretendo molestar a nadie. De momento, el mal tiempo me invita a desaparecer de las plazas. Os prometo que, cuando escampe, saldremos a celebrarlo.

martes, 3 de enero de 2012

El transformador metabólico


Hace par de semanas estuve en casa de uno de mis primos, la conversación empezó a alargarse y a mezclarse con una copa de vino y no tuve más remedio que aceptar encantado la invitación a cenar. Después de pasar por las habituales paradas de la música, el trabajo y los amigos, y muy influidos ya por la cercanía de las Navidades, empezamos a recordar aquellas mañanas de Reyes en las que uno se levantaba inquieto, hiperactivo, olvidando lo mucho que le había costado dormirse, y corría hacia el salón donde esperaban varios paquetes envueltos en papel de regalo. Luego tocaba la ronda de visitas a casas de familiares y la visita a casa de mi primo, donde siempre encontraba dos paquetes, uno con alguno de esos juegos de mesa que siempre estaba pidiendo y otro (previsible ahora con el paso de los años, pero que no levantaba ninguna sospecha en mi mente infantil) que escondía de forma invariable un volumen de Superhumor, esa maravillosa colección de Ediciones B con tapas duras y páginas de guía de teléfono, en la que se recopilaban las historietas de algunos de los mejores personajes del cómic español: Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio, el Botones Sacarino, Rompetechos... Mi tío Juan siempre ha sido un gran aficionado y coleccionista de este producto cultural español y, en su afán por compartir con sus hijos y sobrinos su pasión, acabó por hacernos el más grande de los favores, acabó por acostumbrarnos a la lectura. Toda actividad que requiera una dosis de esfuerzo solo puede convertirse en satisfactoria a través del cultivo de un hábito, de una rutina si se prefiere, algo que para cualquiera que haya vivido un es evidente y que los psicólogos y educadores no se cansan jamás de repetir. ¿De dónde puede haber venido mi paciencia para sentarme y dedicar tiempos indefinidos a la lectura sino de aquellas primeras experiencias en las que Mortadelo era capaz de empeorar cualquier problema recurriendo a uno de sus disfraces o Sporty se quedaba sin ganar una carrera por no haber leído con detenimiento una palabra con tilde? Es posible que mi primer encuentro placentero con la poesía viniera de la mano del torpe Alfalfo Romeo, cuyas aventuras se contaban en verso y con rimas ripiosas ante las que no se podía evitar una sonrisa. En la última viñeta de todas sus historietas, mientras nuestro antihéroe huía de una un perseguidor lleno de ira, siempre se podía leer esta cuarteta:

¡Mal lo tiene nuestro amigo
para estar junto a Julieta!
¡Seguro que lo consigo
en la próxima historieta!

Al día siguiente, mientras revisaba los textos que habían escrito mis alumnos y alumnas para el certamen de relatos navideños organizado en el colegio, me sorprendí por la abusiva presencia de personajes infantiles que pedían en sus Cartas de Reyes una Blackberry, un teléfono táctil, una tableta o, en el mejor de los casos, una consola de videojuegos, personajes que no erán más que un trasunto de sus propias personalidades y sus deseos, enfrentados a los de unos padres que acaban por transigir a sus deseos. Pensé entonces en la necesidad de aprovechar la costumbre de hacer regalos en estas fiestas para regalar lectura, algo que es beneficioso a cualquier edad pero, sobre todo, en la infancia. No hace falta que yo diga que los hábitos son más sencillos de establecer a edades tempranas, ya que el tiempo, el envejecimiento, suele volver a la persona más inflexible y a sus recursos intelectuales más estáticos. Evidentemente nada garantiza que una persona leída, culta, sea mejor que otra no instruida, pero sí es cierto lo que nos señala Bertrand Russel a propósito del mal llamado conocimiento inútil: “El bravucón del colegio rara vez es un muchacho cuyo aprovechamiento en los estudios está por encima del promedio. Cuando se produce un linchamiento, los cabecillas son casi invariablemente hombres muy ignorantes. Esto no es así porque el cultivo de la mente produzca sentimientos humanitarios positivos, aunque puede hacerlo; es más bien porque proporciona otros intereses que el maltrato a los vecinos y otras fuentes de respeto a la propia personalidad que la afirmación del dominio (…) La cultura proporciona al hombre formas de poder menos dañinas y medios más dignos para hacerse admirar.” Por otro lado, es también cierto que crecer rodeado de libros no garantiza un amor desmedido por la lectura. Nadie podrá negarme, sin embargo, que una infancia sin libros tendrá una menor probabilidad de acabar en pasión por la lectura. Estamos siempre, en todo momento, construyendo el futuro con nuestras acciones y omisiones. Aprovechemos estas fiestas para intentar aportar algo a la construcción de un a sociedad mejor regalando lectura a niños y niñas. Esperemos que 2012 sea, al fin, un año con algo de luz.

viernes, 23 de diciembre de 2011

¡Qué agradable sería un mundo en el que no se permitiera a nadie operar en bolsa a menos que hubiese pasado un examen de economía y poesía griega, y en el que los políticos estuviesen obligados a tener un sólido conocimiento de la historia y de la novela moderna! Imagínese a un magnate enfrentado a la siguiente pregunta: "Si hubiera de establecer un monopolio triguero, ¿qué efectos tendría sobre la poesía alemana?"

Sobre el cinismo de la Juventud (1929)
Bertrand Russell

lunes, 10 de enero de 2011

Así de claro

La banalidad de los productos culturales es uno de los rasgos más característicos de nuestra época.

Andrés Sánchez Robayna

viernes, 30 de enero de 2009

A pesar de las gloriosas navidades que todos seguro habremos pasado, unas navidades en las que no pueden faltar los excesos en la dieta (tanto que la palabra dieta me parece completamente absurda). A pesar de la persistente tristeza, que siempre aparece en determinados momentos de las fechas señaladas por mucho que nos hagamos firmes propósitos de felicidad o tratemos de mantener la mente ocupada con ayuda de la vida social y de la neuroquímica. A pesar de la vuelta al trabajo y de los síntomas que nos provoca la profesión, que no perdonan, que nos inducen una sensación de estar atados en corto y nos recuerdan constantemente dónde está nuestro principal instrumento de trabajo. A pesar de tener que soportar de manera inmisericorde la proclamación empalagosa y constante de nuevos héroes, mitos y genios de la canción, las letras y el celuloide, tendencia que se ve aumentada con la llegada de la Navidad, el incremento del consumo y los recurrentes intentos por revisar y resumir el año que se escapa. A pesar de todo, tenemos el derecho y la obligación de reponernos, de mirar al mundo de frente y preguntarle a cada mañana por qué hoy no puede ser un buen día. Hace unos cuantos días el discurso de toma de posesión de Obama me hizo recordar que el destino tiene parte de trabajo, que la fatalidad tiene mucho de actitud voluntaria, que el azar es casi siempre producto de negligencia o pereza, que la vida cambia gracias a nuestras acciones y omisiones, que no debemos mostrarnos derrotados por la crisis o por dramas como el de Gaza, sino encararlos y asumir que son luchas a largo plazo. En el terreno cultural, para salir de la crisis en lo cotidiano y lo afectivo, yo propongo los clásicos del siglo XX. No niego el valor de las novedades, pero no debemos olvidar que novedad no tiene nada que ver con bondad o con calidad, aunque rimen descaradamente. Alguien escribió alguna vez que el problema de los suplementos culturales de la prensa es que encuentran un gran libro todas las semanas. Esta frase resume con claridad lo que quiero decir. En definitiva, la calidad es un camino que se recorre con esfuerzo y motivación y su reconocimiento requiere cierta perspectiva temporal que nos permita apreciar la imagen más completa, ya que con frecuencia lo nuevo, el corto plazo, nos distorsionan la percepción (si no me creen pregunten a Vetusta Morla). Yo recomiendo para estos días fríos y difíciles a creadores que nos hagan pensar y nos ayuden a identificar de dónde venimos y cómo vamos: Miguel Hernádez, los Poemas Humanos de César Vallejo, Cernuda, Alberti, Gil de Biedma, Silvio Rodríguez, Ara Dinkjian (para las sobremesas), Nina Simone, Costa Gavras y ya me callo, lo prometo.