martes, 5 de julio de 2016

Dos libros de Javier Sánchez Menéndez

Con motivo de la presentación en la Feria del Libro Huelva, de sus libros Confuso laberinto (Renacimiento) y El libro de los indolentes (Plaza y Valdés Editores), Javier Sánchez Menéndez me pidió que dijera unas palabras a modo de introducción del acto. Retomando unas cuantas notas y añadiendo algunas impresiones que surgieron de escuchar a Javier, he redactado esta entrada para el blog. Espero haber sabido rescatar, al menos, una parte de la hondura del pensamiento que está recogido en ambas obras:

Es una suerte que te inviten a presentar el libro de un amigo. Y afirmo esto porque, normalmente, en una conversación informal entre amigos está excluido el elogio y, ante el más mínimo asomo del mismo, el elogiado siempre trata de interrumpir o desviar el curso que toman las palabras del elogiador. Sin embargo, en una presentación, no le queda otro remedio que oírlo y, por ello, quiero empezar manifestando que Javier Sánchez Menéndez es un escritor de una lucidez que está al alcance de muy pocos, así como un modelo de ética tanto en lo creativo como en lo profesional (que abarca, entre otras cosas, su encomiable faceta de editor). Y esta actitud de frenar el elogio revela que sus libros están escritos desde la coherencia, desde una verdad propia que salpica muchas de sus páginas y de la que podemos encontrar una clara muestra en el fragmento número 30 de “El encuentro en Camarinal” (la primera parte de El libro de los indolentes): “El mérito del poeta radica en la humildad.”

El libro de los indolentes está formado por fragmentos, aunque, tal vez, convendría llamarlos trechos, a la manera de Pessoa. Yendo un poco más lejos, no sería descabellado afirmar que existen claros paralelismos, coincidencias, entre la estructura del libro que nos ocupa y la del Libro del desasosiego. A medida que la lectura nos permite ir desvelando alguna de sus claves, hay algo invisible, inexplicable, en El libro de los indolentes que nos lleva de forma irremediable a recordar la obra de Pessoa. No estamos, desde luego, ante la canción del verano y escribo esto desde mi más profundo desprecio hacia ciertas formas de la cultura de masas, así como desde mi respeto absoluto hacia ciertas formas de escritura. Estamos ante un libro que no reparte estribillos y eslóganes fáciles que podamos reproducir ante cualquier circunstancia y que acaban por quemarse con gran facilidad. Es, precisamente, lo opuesto lo que encontramos al sumergirnos en su lectura: un libro que requiere un compromiso inelectual del lector, un esfuerzo que nos lleve a entender que: “También vivir precisa de epitafio.” O, sencillamente, un carácter activo que nos ayude a descubrir que: “Donde empiezan los actos acaban los pronombres.” En muchos de sus fragmentos, la voz que construye el discurso nos hace pensar en la labor de un cartógrafo que delimita las fronteras de la auténtica poesía y denuncia el comportamiento de los no poetas, de los siniestros, de todos aquellos que “tratan de apoderarse de la belleza marchitándola.” Cargado de un profundo simbolismo numeral, se trata de un libro que, a mi entender, ofrece vías para la reflexión sobre el proceso de escritura. Los fragmentos que lo componen están plagados de referencias en este sentido, como cuando se afirma que: “La poesía es el camino que nunca finaliza”. En la mísma línea y más centrado en los productos, en los hechos concretos, se nos dice: “Un poema auténtico está cargado de interrogaciones, de manchas de tinta.”

Confuso laberinto forma parte de Fábula, un conjunto de diez libros que tratan sobre la relación entre la vida y la poesía. Según el propio autor, es un manual sobre la contemplación, en el que se nos invita a observar las realidades, los paisajes que atravesamos cada día, como si estuviéramos viéndolos a camara lenta. La intención no se esconde. CONFUSO AL FIN Y AL CABO comienza con la siguiente declaración: “He aprendido a observar aquello que no se puede ver.” Los textos que conforman el libro se acercan al poema en prosa y giran alrededor de varios ejes. En SIN SER YO MISMO, el que abre el libro, se aborda el tema del doppelgänger como un hecho: “La vida es un portal donde todos los seres disponen de sus dobles”. La posibilidad del diálogo con los muertos, con aquellos que forman parte de nuestro pasado, está muy presente en muchos textos como EL ALMUERZO CON BARRIE, EL SENTIDO DE LA TRADICIÓN (GRETE GULBRANSSON) o EL BASTÓN DE MADERA, entre otros. Hay, sin embargo, un fragmento que me parece especialmente significativo de esta tendencia en LA IMAGEN ESPANTOSA:

“Ya hacía años que había fallecido cuando la encontré en el autobús. Sin miedo que escandalice levantó la cabeza y respondió a mis preguntas.
Juana estaba en el laberinto y en él permaneció. Al igual que mi padre, JRJ, Barrie, Meredith o Francisco Imperial. Algunos otros aparecieron como espectros.”

Confuso laberinto es también la constatación de una inacabable capacidad de asombro ante la naturaleza. Así, en REVUELO, se nos hace conscientes de la actividad de un pájaro: “El pájaro persiste, lo intenta, no se cansa.” Las nubes son también una fuente de estímulo y consuelo, como puede deducirse en BELCEBÚ: “¿Alguien ha visto alguna vez una nube con forma de poema? Una nube bellísima. Aparece en la tarde.” Parece, en definitiva, que la escritura de Javier Sánchez Menéndez quisiera aprehender la naturaleza en algún verso (en NEVILLE escribe “Cuando veo una hormiga que está dentro de casa, tomo el cuaderno negro, el de las tapas duras, e intento que el verso ahonde el propio reflejo”) o, al menos, extraer de ella alguna enseñanza, algún ineludible aprendizaje (POEMAS EN LA TARDE es, en este sentido, un texto revelador: “Hay poemas que no se acaban nunca. Otros nunca serán poemas”).

Bien es sabido, por otro lado, que cada lector encuentra lo que quiere, lo que anda buscando de forma implícita o explícita. Y yo, que no pretendo escapar del filtro de mi atención selectiva, he visto en Confuso laberinto un libro muy encaminado también al análisis del proceso de creación poética. Sus páginas están tan repletas de sentencias irreprochables que se podría construir un programa de vida haciendo un collage de distintos textos. Empiezo por el final: en el EPÍLOGO, podemos leer: “Seguir, seguir haciendo algo. No parar, pasear, leer, escribir, amar a la poesía.” La confesión que encontramos en REGISTRO da una idea muy clara del posicionamiento vital del poeta: “En la poesía encuentro el universo entero y todo el proceso de la creación.” Pero la poesía tiene sus exigencias: soledad, lectura, silencio. Así, en GORGIAS, Javier Sánchez Menéndez escribe: “Los libros no se leen, se desmenuzan. Y eso es cuestión de tiempo.” Y en NICANORIAS: “En el silencio la voz se funde en las estrellas.” La labor del poeta está la búsqueda de la búsqueda de sus inclinaciones, así como en el rescate de los matices a través de la contemplación y el pensamiento. “Cada una de las elecciones que permite la vida es una inclinación” apunta en COMO TODAS LAS COSAS DE LA VIDA. Más claro es, según mi parecer, INCLINACIONES un texto del que puede desprenderse toda una teoría de la literatura. En él, se define la identidad del poeta en relación a las tareas que debería imponerse: “La identidad del poeta pasa por sus inclinaciones, repletas de matices.” Y, más adelante, casi en final, encontramos otro concepto nuclear: “Las calles están repletas de desvíos. Y un desvío es confusión.” Porque, después de todo, es decisivo huir de los desvíos, de todo aquello que lleva a la vida y a la poesía muy lejos del centro que el poeta debe buscar.


Me dispongo a acabar y siento ahora la necesidad de volver brevemente al comienzo, de volver a afirmar la coherencia y el trabajo honesto que caracterizan a Javier Sánchez Menéndez, extremos que no necesito justificar ya que están demostrados en libros como estos y en los muchos que, afortunadamente están por venir. En OTRA PUERTA DE ENTRADA, otro de los textos de Confuso laberinto, se establece que: “La verdad del poeta se encuentra en su trabajo.” Nada que añadir.

jueves, 31 de marzo de 2016

Lo de siempre (disculpen mi osadía)

La poesía es siempre un hecho estético. Supone la traducción de una luz, una impresión, una intuición, al mismo lenguaje que nos sirve de comercio cotidiano. Esto hace que la poesía sea también un acto comunicativo. La traducción, como es sabido, siempre supone una pérdida. Por ello, el uso de la etiqueta “poesía pura” para identificar un determinado tono o estilo siempre me pareció un abuso del adjetivo. Otra consecuencia evidente, por otra parte, es que la poesía no puede pretender la objetividad de una fotografía, ni puede aspirar a ser una crónica en un sentido estricto. Toda poesía, como toda literatura, implica siempre una reconstrucción, una interpretación de lo que llamamos realidad. 

sábado, 5 de marzo de 2016

Moreno, Carrasco, apocalipsis

Está muy claro que la narrativa española tiene el futuro asegurado. Y escribo esto porque, desde luego, el presente da muestras de gran consistencia. Al menos, eso es lo que pienso después de haber leído recientemente dos libros con todo el interés que, sin duda, merecen. Se trata de Por si se va la luz de Lara Moreno y de Intemperie de Jesús Carrasco, dos novelas que derrochan talento y que, a mi entender, comparten (casi) una especie de tendencia estética. Soy muy poco original ¿verdad?

Lara Moreno, a quien hace un largo tiempo que no veo, ha sido siempre una narradora impecable (su faceta como poeta la desconozco). Hace ya muchos años (más de diez) leí Casi todas las tijeras con la devoción de quien conoce la mano que está detrás de la tramoya. Ya entonces podía intuirse a la escritora que es hoy, una escritora que se reafirma en su cosmos creativo, una nieta literaria de Cortázar (dicho sea con el respeto y el aprecio que le tengo a ambos) . Por si se va luz es una novela que tiene la exquisita virtud del capítulo breve, ese recurso nada fácil de pulir que facilita al lector la sensación de bajada de escaleras, de un ritmo de lectura (muy distinto del ritmo narrativo de la propia novela) incapaz de detenerse y, al mismo tiempo, prácticamente imperceptible. El mundo que nos presenta es un mundo sin estructura y, como tal, capaz de desestructurar (no la recoge doña RAE, lo sé) cualquier vida individual y, consecuentemente, cualquier intento de vida colectiva. Hay una sombra borrosa que parece decidir o manipular gran parte de lo que sucede, la Organización, de la que no parece saberse nada con certeza, como tampoco parece saberse nada acerca de todo aquello que sobrepasa la realidad aislada de la aldea que sirve como marco espacial a las historias que se esbozan en el libro. Y es aquí, en esa incertidumbre, en esa aparente ausencia de sucesos, donde está el punto fuerte de la novela que narra el exilio autoimpuesto de Nadia y Martín. No hay tanta fortaleza, en mi opinión, en la construcción de los personajes que, a veces, parecen quedarse exclusivamente en el arquetipo para dar satisfacción a las necesidades que entraña el concepto, el significado, el objetivo implícito de la obra. El comportamiento sexual que se sugiere o se muestra en los personajes masculinos es una clara muestra, pero hay otras.

El libro de Carrasco es más directo. La huida de un niño de su pueblo, de su casa, de su padre, de la humillación, de las vejaciones, es narrada con la necesaria velocidad, con el vértigo de mirar atrás, con la agudización de la vigilancia, con un miedo creciente y creíble, un miedo capaz de alcanzar a cualquier lector. Con un paisaje casi invariable, aunque nada irrelevante, el relato está apuntalado por cuatro de sus personajes. El escritor consigue la implicación emocional y solidaria del lector con el que huye. Simplemente por esta razón, Intemperie es una novela elogiable. Sin embargo, hay más, pues Carrasco acierta planteando una historia con un claro desenlace (o así me lo parece). En una época en la que la literatura de prestigio, parece no conceder demasiada importancia a los desenlaces narrativos, Intemperie apuesta por dar satisfacción al lector, cuya curiosidad, como ya sabemos, no es fácil de saciar.

Se puede encontrar una gran de variedad de paralelismos entre ambas novelas, empezando por el más obvio: el escenario rural en el que se desenvuelven. Sin embargo, es en su tono apocalíptico donde, desde mi punto de vista, se puede constatar una mayor convergencia y, también, donde pierden parte de su poder de convicción para quien suscribe estas líneas. No tengo nada en contra de la literatura apocalíptica. Sin duda, es legítimo el intento de provocar en la audiencia sentimientos cercanos al asco, el intento de transmitir una angustia vital, esa actitud tan punk y desazonadora de negar la posibilidad de un futuro, una salida, una solución. Se echa de menos, en cambio, una mayor sutileza en la elección del lenguaje y en la presentación de las escenas.

Hace años oí decir a alguien que el cine sobre ángeles nació y murió en 1946 con Qué bello es vivir de Frank Capra. Aunque no quisiera caer en un juicio tan radical y exagerado, tengo que confesar que me pasa algo similar con este tipo de narrativa desde que leí el famoso Libro del desasosiego de Pessoa. En su fragmento 154, se dice únicamente esto: “El sentimiento apocalíptico de la vida.” Desde entonces, es difícil mantener ciertas actitudes en la escritura.

jueves, 14 de enero de 2016

Compinches de San Pedro y Ermita

Probablemente como consecuencia de algún reencuentro reciente, últimamente me asaltan recuerdos anecdóticos vinculados a aquel hábito (que tanto repetimos durante años) de beber en la calle sin demasiada mesura. Hablando claro: de aquellas noches de botellón. Es normal que nos gustara aquello, que no nos aburriéramos ni viéramos inconveniente alguno en nimiedades como el frío. Después de todo, nos estábamos apropiando del mundo o, más bien, de nuestra ciudad. Era una forma (tonta, sí) de reafirmarnos en un sentido social y personal. En el fondo, lo que más nos importaba eran los otros, el inacabable escaparate de gente que nos rodeaba. En el fondo (y creo que puedo hablar en nombre de muchos de mis amigos), lo que más valorábamos eran las horas de conversación, una conversación (claro está) estimulada por la característica desinhibición que el alcohol facilitaba.

Con toda seguridad, pequé de cierta pedantería en aquellos años en más de una ocasión, ya que recuerdo haber hablado mucho sobre política, libros, música y cine. Aunque eran la trochería y el chiste fácil lo que predominaba, es cierto que tenía (teníamos, no era el único) costumbres irrenunciables, como la de elevar a los altares de la música a bandas menores. Hay muchos buenos botones como muestra. Por supuesto, si incurrí en ciertas actitudes, lo hice de forma inconsciente. La adolescente necesidad de mostrar mi carácter cerebral me duró más tiempo del recomendado, pero creo que siempre me han controlado de forma suficiente cierta humildad y un gran sentido del ridículo.

Recuerdo que una noche cualquiera hablaba sobre cine con un conocido, uno de esos muchos conocidos a los que se veía de forma irregular durante el año y con los que se acababa hablando sobre cualquier cosa sin importancia. En un momento de la conversación, el tipo me pregunta por el título de una película. Confiando en que yo la hubiera visto, me espeta una expresión en inglés como pista que acabara evocando el dato que su memoria le negaba. Supongo que el recurso al inglés pretendía, además, dejarme claro que él la había visto en versión original. Yo no había visto aquella película y, como no podía ser de otra manera, eso fue lo que le dije. Su reacción a mi respuesta me sigue sorprendiendo unos catorce años después. Dijo, textualmente: “¡Qué asco de ciudad!” No escribo esto con la intención de hacer una defensa cerrada de Huelva. Tampoco lo hago porque recuerde el episodio como una “pedrada” a mi autoestima. De hecho, sí que recuerdo no haber entendido por qué su frase no fue “¡Qué asco de tío!” o algún tipo de referencia a mi analfabetismo cultural.

Pasó el tiempo y nunca vi aquella película. Al escribir estas líneas, he podido comprobar aquello de la poca fiabilidad de la memoria. Creía recordar aquella expresión en inglés y creía, por tanto, que sería capaz de encontrar su título con la ayuda Google para poder ilustrar esta entrada. Tampoco recuerdo muy bien si fue antes o después cuando supe de algunas otras historias esperpénticas protagonizadas por el mismo héroe. Sobre esas otras, como se puede entender, no escribiré nada. Sí diré, sin embargo, que sigo cruzándomelo de forma ocasional y, aunque sé que no es razonable, siento cierta lástima, cierta compasión. No sé si por la gratuidad de sus juicios o por su inevitable necesidad de resiganción.


miércoles, 13 de mayo de 2015

Circuito cerrado


Es evidente que la conducción de nuestro coche no debería convertirse en un lugar para la introspección. Es evidente y, al mismo tiempo, es inevitable que ocurra. Y la expresión de esta certeza a golpe de metros y ritmos es, sin duda, el mayor de los aciertos de Diego Vaya en su libro Circuito cerrado (Ediciones de la Isla de Siltolá). Dicen aquellos que estudian el comportamiento humano que este fenómeno se produce por la costumbre: la mecanización de unas acciones repetitivas deja un espacio libre a nuestros recursos atencionales, espacio que aprovechamos para pensar. Tomándome una licencia pessoana, me atrevo a afirmar que es entonces cuando somos capaces de abrir nuestros ojos hacia una ensoñación interior. Sin que nadie pudiera advertirlo externamente, nos estamos viviendo en otra forma, estamos recorriendo otro paraje, los contenidos de la conciencia van mucho más allá de lo que se ciñe, exclusivamente, al ámbito del tráfico y la circulación. No sé si (la primera de las secciones del libro y la que toma como contexto el coche y la carretera), fue concebida, inicialmente, como un conjunto de poemas fuertemente interrelacionados entre sí o como un único y extenso poema, pero en el lector queda la sensación de haber leído un solo poema o, incluso más allá, un manifiesto, donde los abajo firmantes (estoy seguro de que seríamos muchos) quisiéramos dejar constancia de que hay mañanas en las que nos depersonalizamos, en las que no podemos reconocer ni aquellos caminos que nos resultan familiares, en las que aquello que llamábamos nuestro mundo ya no nos pertenece y la angustia es un río que se desborda y: “La radio sintoniza el óxido y la niebla”. Y, así, se van desmadejando temas universales o borgianos (si acaso no es lo mismo) como la conciencia de un final o las concepciones esbozadas sobre el significado de la muerte. Y el rostro en el espejo o su confusión con el paisaje en el lienzo cristalino de la ventanilla nos lleva a la más común de la extrañezas que es la extrañeza propia. Puede intuirse que estas palabras son una defensa y, después de todo, qué otra cosa podían ser después de toparme en el poema con un verso que, para mí, es casi un axioma: “mi mente una cadena de montaje”. No sé si Diego está de acuerdo, pero este verso refuerza una imagen necesaria: la escritura es una acción constructiva, un ensamblaje de piezas que tiene, incluso, cierto componente matemático. Todo este artefacto expresivo, simbólico, va preparando el escenario para un final catártico donde el anhelo de la infancia (como un terreno virtuoso en lo sentimental y lo ético) ejerce su dominio.

El resto del libro, como la vida, tiene subidas y bajadas. En mi opinión o, más exactamente, en mi lectura, los poemas de la sección Domingo americano supusieron una especie de valle, aunque no me engaño y sé que esta percepción está sesgada por prejuicios personalísimos, temáticos en el primero de los casos (el poema que da título a la sección), referidos al tono en el segundo (Estar aquí) y en ROMA.JPG centrados en el uso de cierto lenguaje. No, por ello, dejo de ver los aciertos de un poeta que, indudablemente, sabe lo que hace. Así, en Domingo americano, se sugiere: “El aire es un incendio”. Probablemente, no hay mejor manera de evaluar el ambiente en el que se quiere desarrollar el poema. Poco después, nos arroja: “y la hierba creciéndome en la mente / y echando raíces en cada pensamiento”. Y nos lo arroja porque es consciente el poeta de la permeabilidad de todo sistema de ideas frente a las acciones cotidianas, frente al mero paso del tiempo. Por otro lado, Estar aquí es un poema que podría justificarse con su final. El toque banal, casi humorístico, que desliza el texto queda desdibujado, repentinamente, por esos tres versos finales que tienen una precisión de cuchillo inesperado: “y tan solo se mueve / el vacío dinámico del mundo / y siempre así, y es triste”. ROMA.JPG es la constatación de varias certezas: “Los datos del disparo son memoria”. Y no solo memoria. El soporte fotográfico, como cualquier otro soporte, es una prótesis, una estructura que apuntala el crecimiento de la cognición, de la identidad. También es innegable que la vida del turista es una tregua y que hay cierta nostalgia orteguiana en el afán inútil de capturar, de envasar al vacío y conservar, toda la ingenua alegría del viaje en una foto. En este sentido, el esfuerzo de Diego Vaya por sintetizar todas estas ideas es elogiable.

El último trayecto que nos hace recorrer Circuito cerrado es Helada, un poema elegido con acierto para cerrar este libro, un poema que nos sitúa en el escabroso escenario de un centro comercial. En un escenario como este, no es necesaria la militancia para apuntar que el cielo está gastado, que el verano no vuelve como en la infancia, que el suelo que pisamos son escombros. Con suma habilidad, el poeta identifica que “la gente y la vida y lo demás / son el ruido de fondo”. Y ese simulacro de existencia diseñado con cierto carácter anestésico, que rebosa de luz artificial y de música plastificada y pervertida es “una alucinación insoportablemente nítida”. Enfrentado a su propio rostro en los probadores, frente a la imagen repetida del mismo canal en incontables televisores, Diego Vaya nos alerta de que la angustia que late por debajo de las noticias infames y desgraciadas es la misma que subyace en los apocalípticos mensajes de cualquier loco inadaptado: en ambos casos, lo que se esconde detrás es la infranqueable inercia de un mundo que se autodestruye.

sábado, 21 de febrero de 2015

Salida de emergencia


Que no podemos escapar a lo que somos, que las decisiones ineludibles son también (y precisamente) irreversibles, que no tenemos más vida que la que masticamos tarde a tarde, son verdades que suscribiría, incluso, el mismísimo Fernando Pessoa en el más optimista de sus estados disociados de conciencia. Algunas verdades, sin embargo, no pueden ser simplemente enunciadas. Necesitan ser desentrañadas, explicadas a lo largo de un discurso de retórica oculta. Necesitan ser revestidas de un armazón de palabras que arrastre (más que cambiar) las convicciones más sólidas. Un esfuerzo semejante no parece al alcance de cualquiera. Manuel Moya, en su libro Salida de emergencia (Ediciones de la Isla de Siltolá), parece haberlo conseguido en un solo poema que supera los ochocientos versos. Porque Salida de emergencia no es otra cosa que la historia del poema que quiso ser libro, el testimonio de un poeta que parece haber recogido la herencia de la estrategia socrática para readaptarla y transformarla en un camino poético, un camino en el que el lector se dejará llevar sin objeciones a la conclusión que Manuel le guarda como última certeza. Es, pues, un acercamiento didáctico el que se nos ofrece. Una voz que deja traslucir a las claras que ha vivido, que ha vivido tanto como cualquiera que tiene algo que decir, es la que nos tranquiliza con un anuncio: “hoy vengo a contarte esas cosas que me pasan por lo adentro”. Es esta voz la que combina la firmeza (“ni siquiera esperar es ya un consuelo”) con la duda que parece revelar un agujero y que abre la puerta a una negociación (“Venía, digo, a contarte algo importante, urgente, inaplazable, / pero no sé, no sé, de pronto el cielo se ha nublado”). Se trata solamente de un recurso. Toda debilidad discursiva, aunque no sea explícitamente apuntalada, acaba haciéndose ridícula ante la creciente amenaza de una existencia monolítica, inmutable, una vida que es la nuestra y donde no existen las salidas de emergencia. No es una voz altiva, sin embargo, la que nos habla. Es una voz que, además de dejar margen al escepticismo, despliega con maestría un uso de las personas del verbo ante cuyo juego acabamos sucumbiendo convencidos. Las idas y venidas entre el yo y el nosotros, entre el ocasional trato de usted y esas terceras personas que pueblan el poema y le van dando forma, son el entorno en el que el poeta llegará, los lectores llegaremos, a una escena definitiva de confrontación.
La corriente de este poema – río se hace incontenible a partir de un verso (quizás el mejor del libro): “ventanas que no dan sino a sí mismas”. Se podría objetar que las ventanas nos ofrecen un paisaje y, por tanto, una posibilidad de fuga, aunque sea efímera, de nosotros mismos. Pero ¿acaso podemos percibir alguna realidad escapando de lo que somos o de nuestra conciencia? ¿No tenemos casi siempre la sensación de que el paisaje responde, en parte, a la proyección exterior del ambiente, ya sea intelectual o sentimental, que nos domina? Después de comprender que “el miedo viene de los huesos”, que la noche es un “tigre sin alma”; después de comprender “que la vida tiembla, duda, tiembla, porque nada hay que lo sea para siempre”, ¿qué nos queda entonces sino enfrentarnos a Dios? ¿Cómo evitar la tentación de acusarle de abandono? ¿Cómo evitar culparle de todo envilecimiento? Queda, así, justificado que se pierda el interés en hablar de la vida, condición inestable y caprichosa:

Qué importa, pues, la vida, y te comprendo,
si mañana una bala, un naipe, una cirrosis
nos alcanza en pleno rostro y el autobús no cambia al cabo,
ni su horario ni sus niños, ni sus baches,
ni su mugre, ni siquiera sus paradas.


Y aunque nos dejemos guiar por un tinte, una camisa, una cama, el pedazo de tierra donde echamos raíces, el pan que nos ganamos, la hipoteca, sabemos que “al fondo hay una puerta (ella te la va mostrando sin mostrarla) / donde todo sobra”. Finalmente, es así de sencilla la razón que nos lleva a admitir que no encontraremos “ni una maldita salida de emergencia.

miércoles, 14 de enero de 2015

Una columnita tardía

No soy, precisamente, un gran conocedor de Bolaño. Leí Estrella distante con placer hace ya muchos años (más de 7, de eso estoy seguro). Sin embargo, probablemente por influencia de las horas de conversación sobre libros con mi amigo Daniel Salguero, don Roberto es uno de esos escritores que me producen cierto remordimiento de conciencia. Cuando casualmente me encuentro con su nombre, me invade la idea superficial de tener con él una deuda permanente, una idea que se fundamenta en que aún no he leído Los detectives salvajes y en que algo me dice que, para bien o para mal, estoy llegando demasiado tarde a esa novela (casi un símbolo, casi un mito). Con este amasijo de pensamientos, empecé a leer Una novelita lumpen en busca de un poco de narrativa, algo breve que me permitiese distraerme de tantísimo Vallejo como llevaba encima, una de esas lecturas rápidas que, independientemente, de otro tipo de valoraciones dejan cierto sabor a éxito cuando están recién consumadas.

¿Qué pasaría si en este momento me sintiera tentado a poner el punto final? El interrogante con que comienzo el párrafo no es una broma. ¿Qué pensaría el lector de esta entrada si solamente dispusiera del primero de sus párrafos? Evidentemente, se trata de una pregunta retórica, una pregunta innecesaria que lanzo para que el lector comprenda la perplejidad que me invadió al llegar al final de Una novelita lumpen. La historia de orfandad y maduración prematura a golpes de realidad y crudeza que protagonizan Bianca y su hermano demuestra con claridad que Bolaño es un genio en el trazado narrativo de universos marginales y decadentes. El anonimato característico de un barrio perteneciente a una gran cuidad tiene como escenarios los que, sobradamente, conocemos: un videoclub, un gimnasio, una peluquería. Y el desarrollo de acontecimientos es el propio de una heredada tradición de picaresca y exaltación del personaje íntimo cuyas circunstancias le empujan hacia el delito y la degradación. Se describe con maestría un descubrimiento del sexo desde sus ángulos menos benevolentes y reconfortantes, un descubrimiento trágicamente prematuro del sexo como mercancía, como herramienta, como llave de acceso. Esta es la senda en la que se adentra Bianca, no sin cierto consentimiento propio, de la mano de dos borrosos gallos adictos al culturismo y del ser mitológico al que la conducen, Maciste, un semidios en franca decadencia, otro ciego que añadir al catálogo de personajes literarios que tienen la suficiente entidad como para encontrar un hueco en la memoria colectiva del mundillo literario. La relación entre Bianca y Maciste tiene un extraño magnetismo manchado de cierto asco para el lector. Probablemente ya exista, pero si no es así, alguna voz autorizada debería plantearse cierto análisis comparativo entre el episodio del ciego en “Lazarillo de Tormes” y el negocio carnal fuera de toda ética que se establece en esta novela entre el ídolo vencido y despreciable y la ninfa cruel y desvalida. Sobre esta sopa primordial, cae repentinamente un telón brusco y la novela termina sin desenlace y sin camino al desenlace. Como si yo decidiera...

No soy un experto en crítica literaria, ni creo tener una capacidad suficiente de análisis sobre estructuras narrativas como para poder emitir un juicio sobre esta novela o, más bien, sobre su desconcertante final. Sí voy a permitirme, en cambio, sugerir posibles explicaciones que me han inspirado un rápido y superficial repaso por la red. Según parece, se trata de una novela escrita por encargo de la Editorial Mondadori para ser incluida en una colección de libros relacionados con ciudades o ambientados en ellas. La historia transcurre en Roma y se han escrito artículos en los que se afirma que Roma es un personaje, que no podría suceder esta trama en ningún otro lugar e, incluso, que la visión desdibujada y fragmentaria que de la ciudad se ofrece es una especie de metáfora que refleja el oscuro tiempo al que nos ha conducido la globalización capitalista. En mi opinión, todos estos enfoques son muy respetables, pero demasiado optimistas en la atribución de intenciones semánticas. Aunque probablemente me equivoque, yo no veo en la Roma de Una novelita lumpen nada que vaya más allá de un topónimo usado como requisito. Y, por lo que se refiere a su final, me gustaría no estar pensando en las prisas con las que, demasiadas veces, se abordan los encargos. En cualquier caso (y tomándome la libertad de adaptar una frasecita de Borges), las opiniones sobre la novela contemporánea de un maestro de primaria no deberían ser tomadas muy en cuenta.