Antes o después, tenía que escribir esto y ha sido hoy. Siempre me ha parecido que las guitarras de Extremoduro estaban en un punto intermedio entre la duda y la contundencia, como si la canción estuviese a punto de tener un final abrupto, prematuro, y en ese instante se decidiera a emprender una vía rotunda y rocosa que lleva hacia otro lugar. Desde el tristísimo 10 de diciembre, vengo pensando en toda esa gente (en la que me incluyo) nacida a finales de los 70 y al comienzo de los 80 cuya conciencia lírica y social echó los dientes a la sombra de las canciones de Robe. Supongo que no es casualidad que muchos de nosotros vivamos con una especial crudeza la tensión entre la volubilidad y la consistencia de esta democracia en la que nos hacemos viejos, de esta sociedad en la que empezamos a sentir que quizá ya no encajamos, si es que alguna vez llegamos a hacerlo. Como bien dijo Diego RJ en su programa (El Sótano de Radio3) el mismo día en que se conoció la noticia, Extremoduro se asocia en nuestra memoria a la juventud, a los parques, a las cintas de casete, a cantar en pandilla. Yo me atrevo a añadir algunas cosas más. Las canciones de Extremoduro saben a sentarse en la acera, a litrona, a la sensación de que las amistades son indestructibles, a la mentirosa convicción de que nuestros mayores se equivocaban y nosotros no, a la ingenuidad de creer que nosotros sí podríamos hacer lo que otros no pudieron. Hay días que parece que no llegarán nunca pero llegan, días que nos dejan en un estado híbrido entre la desolación y el agradecimiento, días en los que tenemos que optar por el silencio o la despedida (si es que no son la misma cosa). Hasta siempre, camarada Iniesta. Contigo se ha muerto definitivamente el mundo en el que, alguna vez, yo tuve 20 años.
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