sábado, 4 de junio de 2011

Viaje a Extremadura. Tercera etapa: Feria Nacional del Queso de Trujillo, domingo 1 de mayo.

Diez de la mañana. Sorprendentemente, no tengo resaca. Se puede intuir un día espléndido detrás de las persianas. Recuerdo que ayer llegamos más tarde y más borrachos de lo previsto y temo que los demás descarten la prevista visita a la Feria del Queso. Me levanto, me visto, hago la cama. El agua fría en la cara termina de confirmarme el buen estado de mi conciencia. Bajo al salón y me doy cuenta de que el resto de la gente sigue apurando un rato más de sueño. Me siento a garabatear el cuaderno con una facilidad que no recuerdo haber tenido desde hace años.

Poco a poco, la casa se va despertando. Me alegro de saber que el plan de la Feria del Queso se mantiene. Al menos, para Susana, para Manolo y para mí. Dani, en cambio, decide pasar el día con Guada porque las heridas en el pie no han mejorado lo suficiente. Es extraño pero no siento nada de hambre, cuando lo habitual, por las mañanas, es que no pueda pasar sin el desayuno. Decido tomar un café mientras espero para la ducha. Una vez que termino con los preparativos para volver a salir, espero a los demás hablando con Dani y haciendo algunas fotos a Rulo y a la casa.


Salimos a media mañana hacia Trujillo. Dejamos el coche a la entrada, pues los accesos al centro están limitados a los residentes con motivo de la Feria. Todo Trujillo invita desde el principio a dejarse invitar por el optimismo y la despreocupación. Al llegar a la Plaza Mayor (cuya majestuosidad está medio oculta por el gentío y los expositores), el primer y más importante cometido es comprar los tickets que se canjean por comida y bebida en los stands. Los tickets para el queso y la bebida están diferenciados. En ambos casos, cada ticket cuesta 50 céntimos. En cuanto a la comida, un ticket se canjea por un trozo, taco o lámina de queso sobre una rebanada de pan (o por una rebanada de pan untado con crema de queso). En cuanto a la bebida, un ticket se puede canjear por un vaso (tipo chupito) de vino joven (cosecha). Si se prefiere un vino de mayor calidad, un crianza por ejemplo, el vasito cuesta 2 tickets, es decir, un euro. El resto de bebidas tiene otros precios. La única cerveza que se sirve, Monasterio de Yuste, y el tinto de verano cuestan en los stands que vamos visitando 2,50 €, lo que supone pagar por ellos un total de 5 tickets. Por suerte, el problema de la bebida se arregla con facilidad cuando encontramos el stand de una quesería extremeña que vendía Rey de Reyes (un vino de pitarra que me encanta) a 2 € la botella de 75 cl.

Es difícil transmitir la experiencia que supone para un aficionado al queso esta feria, en la que puedes degustar género procedente de toda España y Portugal. Como se puede imaginar, la mayoría de los stands son de queserías extremeñas, pero aún así la variedad es inabarcable. Por cierto, si a alguien le queda alguna duda, la respuesta es sí: se pasar un día entero comiendo única y exclusivamente queso. Pruebo quesos extremeños, portugueses, manchegos, gallegos y asturianos. Creo que lo que más me sorprende es la crema de Cabrales con aceite de oliva, pero cometo el error de no comprarla.

También se me hace muy difícil transmitir la sensación de felicidad y plenitud que siento durante estas horas. Ese agradable y raro ambiente mental que mezcla la convicción de no poder estar en mejor lugar y circunstancia y, al mismo tiempo, no poder dejar de echar de menos a personas concretas o pensar en cuánto disfrutarían algunos de mis amigos en esta Feria, en un fin de semana como éste. Todo es positivo. El teléfono se encarga de seguir dándome alegrías.

Después de un breve descanso, empezamos la ronda por los stands para comprar los quesos que más nos han gustado. En total, son ocho las variedades que elegimos, varios de ellos galardonados con el primer premio que otorga la Feria. Son quesos de vaca, de oveja y de cabra y, en su mayoría, de procedencia extremeña y portuguesa, aunque no puedo evitar comprar una cuña de Cabrales clásico.

Cuando parece que la tarde no puede ofrecer más sorpresas, decidimos visitar el stand de una quesería que pertenece a una familia en la que Manolo y Susana tienen conocidos. Nos reciben de una manera tan cordial que parece que uno deja de estar en una feria de muestras para entrar en casas de unos viejos amigos. Nos invitan a su espléndido queso y a vino, nos regalan tickets para que sigamos consumiendo, hablamos largamente con unos y otros dando saltos entre distintos temas. Entonces conozco a don Ignacio Plaza, un jiennense de nacimiento y extremeño de adopción. Este señor se puede permitir a sus 95 años estudiar historia en la UNED. Además, es aficionado a escribir y se financia la autoedición de sus propios libros. Paso unos minutos embelesado con su conversación fluida. Se muestra interesado por lo que escribo y me dice que pueden leerse algunos de sus textos en internet. Por si fuera poco, me regala uno de sus libros de poemas, Caminando, y me lo dedica. Le doy las gracias con sinceridad varias veces y le aseguro que el sábado siguiente en la tertulia del New Classic se va a estar hablando sobre él.

Pasar a saludar a esta familia cambia todos los planes de repente y, según parece, la sección más joven insiste en que les acompañemos a la discoteca del pueblo (abierta a una hora tan atípica a causa de la Feria) a tomar la última antes de irnos. La experiencia merece la pena. Una lástima que se agote, precisamente en ese momento, la memoria de la tarjeta de mi cámara de fotos. Tiro del Ipod, pero no es lo mismo. La discoteca está ubicada en un inmenso edificio antiguo de dos plantas cercano a la plaza. En la superior, se puede acceder a una zona de terrazas y jardines desde la que se obtiene una panorámica preciosista del pueblo, que se ve multiplicada por el efecto del esplendor y la posterior caída de la tarde. Al llegar, me siento a observar el ambiente, cómo la multitud va derrochando optimismo y diversión a cada paso. Empiezo a quedarme dormido. Voy a la barra y me encuentro con la decepcionante certeza de que no sirven café. Tengo que recurrir a una de esas despreciables bebidas energéticas para aguantar lo que me queda de tarde. Vuelvo al lugar donde están los demás y me doy cuenta de que debo ponerme a hablar con quien sea y salir de mi estado de ostracismo. Afortunadamente, consigo entablar conversación con la pareja que nos ha traído a la discoteca y (nueva sorpresa) me dicen que son de Los Santos de Maimona. Tengo buenos recuerdos de Los Santos. Rápidamente, me lanzo a hablar sin parar de las dos veces que estuve disfrutando de la Feria de Agosto y doy algunos de los nombres de la gente que allí conocí. Me impresiona comprobar la brecha generacional que puede abrirse entre personas se llevan apenas diez años. Según parece, ya no existe la Feria de Agosto, ya no se hacen los botellones en la fuente del Espantaburros y, los más sorprendente, en un pueblo que no llega a los 9000 habitantes ninguno de los nombres que les cito, les resulta conocido. Mientras hablo sobre el pueblo, evoco constantes imágenes asociadas a muy buenos momentos de los 5 ó 6 días, repartidos en dos veranos diferentes, que he pasado allí.

Con la caída de la tarde, decidimos volver a Cáceres. Al llegar, pasamos junto al centro penitenciario Cáceres – 2. Desde el coche tomo 11 fotos, esperando que alguna de ellas capte la magia de un guiño al magnífico estribillo de Jesucristo García. Estúpida esperanza. Esto es una cárcel y, en las cárceles, el concepto magia del momento no tiene jurisdicción. Cuando llegamos, ya teníamos el pensamiento orientado a planificar la cena. Después de hablar entre todos, decidimos que Manolo, Dani y yo, vamos a acercarnos a La Tarama a por unos bocadillos para comer en casa. Y está claro que, estando en La Tarama, no íbamos a esperar con las manos vacías. Así, que no nos quedó mas remedio que acudir a uno de esos lotes litro de cerveza más ración. Volvemos a casa con los bocadillos, cenamos rápido y casi sin hablar. Nos sentamos en los sofás a ver Thelma y Louis. Al cabo de unos veinte minutos, me descubro luchando contra el peso de mis párpados y comprendo que debería acostarme.

2 comentarios:

Worve dijo...

Yo quiero ir a una feria de quesos!!!!!!

Sr. Lenguado dijo...

Pues hay una en Aracena durante el puente de diciembre. Y la de Trujillo es cuestión de organizarlo para el año que viene.