domingo, 24 de junio de 2012

Feria del libro 2012


Probablemente me equivoque. Pero creo que la Feria del Libro de Huelva del año 2012 es una de las que menos promoción ha recibido desde que tengo uso de razón. Estoy en las redes sociales, vivo en la capital y cerca del centro, escucho todos los días la radio y, sin embargo, apenas he tenido acceso a información sobre el evento. Me enteré por casualidad de que ya había comenzado mientras tomaba una cerveza y, por casualidad, acabo de enterarme de lo cercano que está su fin. Es extraño que un evento que se celebra sistemáticamente todos los años no mejore con el tiempo en su organización y en su capacidad para acercarse a los gustos y necesidades de la ciudadanía. Hablemos de la organización. Si el año pasado celebré el regreso de la Feria a su hábitat natural, la Plaza de las Monjas, y no quise hacer críticas sobre la distribución de los stands y su ubicación en la propia plaza, en esta ocasión, tengo que decirlo: la organización tipo pasillo, de espaldas a la verdadera vida de la plaza, no es más que una clara representación de lo que somos en la sociedad onubense, un mal menor, un “te aguanto porque no tengo más remedio”, un “qué mal visto estaría no organizar la Feria del Libro, pero claro siempre deja algo de dinero en las arcas municipales y tiene que quedar claro que estamos con la cultura y la educación intelectual”. Para que no se piense que esto es una rabieta personal y que mi único afán es criticar, cito un comentario anónimo que alguien me dejó en el blog el año pasado a propósito de la entrada que escribí sobre la edición del año 2011: “Cierto que este año han vuelto a poner la feria del libro en la Plaza de las Monjas, pero los libreros parece que están castigados. Los han puesto en una esquinita mirando a la pared!! No hay derecho...” Hablemos de la fecha. Se pueden discutir muchas cosas alrededor de la Feria del Libro, pero creo que algo que debería estar fuera de toda disputa es la fecha en la que debe celebrarse. El caso de la Feria del Libro de Huelva me recuerda cada vez más al de la Feria de Abril que, año tras año, va siendo desplazada hacia el mes de mayo perdiendo todo el sentido su nombre. A veces me preguntó qué inconveniente tendrá la celebración del Feria en torno al Día del Libro, el 23 de abril. ¿Es que no saben que desde los centros de enseñanza se organizan jornadas culturales y de animación a la lectura para la celebración de esta efemérides? ¿Tan difícil es conjugar la estrategia educativa con la promocional para ofrecer a los ciudadanos en formación un marco reconocible que les haga identificar el sector librero como un servicio necesario para satisfacer sus necesidades de formación, enriquecimiento cultural y ocio? ¿Hay alguna ventaja en organizar la Feria en estos asfixiantes primeros días de junio en los que muchos de los que viven en esta ciudad pasan sus tardes y los fines de semana en la playa? Por otro lado, está el recrudecimiento de la crisis, el paro y la desmotivación generalizada que producen, el excesivo precio de los libros en la mayoría de los casos, el deterioro progresivo de la vida cultural y la increíble facilidad con la que nos estamos acomodando en esta situación. Estoy tan cabreado, que no me va a quedar más remedio que pasarme por el stand de mi amigo José Manuel y comprarle un par de libros de poesía antes de que todo acabe el sábado.

domingo, 17 de junio de 2012

El amor según Manuel Vilas


Bajo el título genérico de Amor, está recogida en la Colección Visor la poesía reunida de Manuel Vilas entre los años 1988 y 2010. El volumen incluye una selección de sus primeros poemas, escritos en la década que va desde 1988 y 1998, sus tres primeros libros de poemas y una serie de poemas inéditos hasta la fecha de publicación. Si se aborda el recorrido por el libro siguiendo la ruta establecida por el orden de las páginas, el lector que ha tomado contacto de forma previa con la palabra de Vilas encontrará a un poeta irreconocible, un poeta en el que extrañan e, incluso, pueden desagradar las preocupaciones estéticas. Solo en algunos poemas puede intuirse lo que vendrá después, entre ellos, “Holderlin”, “La tumba de Jim Morrison en París”, “La clase de lengua”, “El teatro” y “Catulo”. Solo en ellos puede entreverse el rumbo que tomará su concepción poética cuando consiga librarse de los ecos de esa ética adolescente que confunde el sentimiento de confrontación, la incomodidad existencial, con la moral del buen chico que tiene unas claras repercusiones estéticas. Muchas cosas debieron cambiar en el Vilas íntimo (el de la intrahistoria) y en la figura pública (social quizá sea más correcto) durante el proceso que le condujo a la escritura y publicación de El cielo (2000), primero de sus libros de poemas. Dejo claro que, en mi opinión, es este primer título el mejor y más conseguido de los que se recogen en el volumen. En concreto, el poema con el que se abre, “Cien años después”, es un buen retrato de todos los que nos hemos preocupados por cosas trascendentalmente vanales el día antes de jugarnos el futuro frente a un tribunal de oposiciones. Es aquí donde aparece el Manuel Vilas que todos conocemos, ese despreocupado e incorrecto observador, en plena huida hacia lo mundanal; un poeta que canta los hoteles, las playas, el sexo, el alcoholismo y en el que no parece haber nada parecido a una estructura conceptual. Quizás el filón se agotó demasiado rápido, quizá el poeta no quiso ser otra vez el mismo y luchó para eludir la repetición de un esquema preconcebido. Lo cierto es que su segundo libro Resurrección, aunque mantiene cierta conexión con el anterior, empieza a dar cabida a otros paisajes: la ciudad con toda su estructura consumista, las afueras, los polígonos industriales, la España desconocida y los pueblos anónimos que la salpican. Las referencias se multiplican y el foco de atención se reparte entre una infinidad de núcleos que incluyen la propia literatura, la música, las cajeras de los supermercados, la familia, los restaurantes de comida basura. Aparece también en este libro una especie de despersonalización, un estilo de escritura en tercera persona que sigue teniendo como sujeto al autor y que, probablemente, sea el germén o la herencia (yo diría mística) de ese tono grandilocuente característico de Calor, el último de los libros recogidos en el volumen. Es cierto que el sentimiento predominante de su poesía y, especialmente, del tercer libro es el amor, como el propio Vilas argumenta para justificar el título elegido para la recopilación. Pero estamos lejos de lo que suele entenderse por amor humano, amor carnal, amor fraternal y demás acepciones que se suelen evocar para el vocablo. El amor que se refleja en sus poemas solo puede entenderse, en mi opinión, como una especie de amor de dios, ese abstracto concepto que implica amar a todo, a la globalidad de la creación. Y, así, el lector se encuentra con afirmaciones como: “Amo la basura porque la poesía vive ya con la basura. Amé el aire de Chernobyl como amaré las vísceras blancas de la última ballena en Canadá.” El poeta parece constituirse en una suerte de personalidad única, se eleva por encima de quienes coexisten con él, parece haber encontrado un nivel superior de conciencia desde el que imparte sus lecciones infalibles sobre la luz, la muerte, la felicidad. Una vez se comprende, se empatiza, con el Vilas erguido frente a todo, no resulta extraño encontrar un alarde de fusión con el mundo, con todos sus semejantes, como el que aparece en el poema “Amor”. No es extraño que, en el último de los poemas del volumen, el autor acabe autoproclamándose:

Dueño de las almas, de la roja luz, del mar, de las mujeres dueño.
Dueño de toda la carne
en ejercicio terrenal.
Caudillo de Estocolmo, finalmente.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Lo mejor de cada casa


Se me abre una ventana de conversación del chat de Facebook. Es Jesús que, después de saludarme, me pide que me “pase” por su blog, que le eche un vistazo a la última entrada que ha publicado por si hubiera algo que corregir. Me adentro en su carácter fuerte y atrevido y encuentro una libertad excesiva en la construcción de las frases, echo de menos una revisión ortográfica que elimine las malas pasadas que juegan la prisa y la desidia que nos deja lo ya escrito. A ratos la concordancia, a ratos la puntuación... Recibo un correo electrónico de Rocío con un poemario recién terminado. Me pide que vuelva a leer los poemas con la óptica del orden y la división en partes. Me pide correcciones que no se me ocurrieran en las lecturas previas. Me deslizo entre la frescura y el talento de sus versos, leo con la velocidad desacostumbrada de las relecturas y encuentro que algo falla en la sección del discurso en versos, no atino en mi lectura privada a desvelar el ritmo que ella pone en su lectura pública. Entonces, mi cabeza se puebla de moldes rítmicos y ya solo veo acentos, hemistiquios, silencios eludidos, pausas forzadas... Sergio termina un poema en cualquier sitio. Me pide que lo escuche, que le dé mi punto de vista, me pregunta si me gusta. Siento la presencia de una música lejana en esas palabras, hay un ritmo claro que quiere remarcarse con demasiada claridad en una rima sin seguir un patrón concreto. El vocabulario es extraño, hay palabras que, en sí mismas, pueden levantar prejuicios, que inducen a pensar justo lo que Sergio no es... Rodrigo vuelve a la tertulia después de un año. Siempre me pareció que tenía talento para la narrativa. Trae un comienzo, lo que podría ser una introducción y la presentación del siguiente capítulo. Capto con facilidad el ambiente, el tono es lo suficientemente subjetivo, las palabras se van desovillando con paciencia, pero se alarga demasiado, encuentro detalles que no son necesarios para comprender la historia que se intenta contar y hay repeticiones, más bien, reformulaciones, porque no se me escapa que la repetición es un recurso literario muy bueno y que yo nunca he sabido usar. La reformulación, en cambio, en narrativa, es peligrosa. En el mejor de los casos, el potencial lector se aburre. En el peor, se puede correr el riesgo de que el lector piense que se le toma por tonto. Como puede adivinarse, si despliego todo este artificio mental es porque, horas antes, me había llamado para decirme que llevaba un texto a la tertulia, que le gustaría que me lo llevara, que le interesaba mi opinión... Es sábado, media tarde, suena el teléfono, señor Rivas. Javi me pregunta si hago algo, si tomamos un café y una hora después aparece por casa. Hacemos un repaso rápido que justifique las dos semanas que hace que no nos vemos y me dice que, si no me importa, eche un vistazo a su blog, que ha colgado cuatro poemas nuevos. Siempre es una satisfacción leer a quien acaba de empezar a versificar. Me dejo llevar por su libertad de no haber explotado aún ningún ámbito poético. Se muestra habilidoso en las alusiones, hay una emoción sujeta justo al borde del abismo, hay equilibrio. Supongo que es normal la tendencia excesiva a la universalización de quien empieza. En cierto modo, no es más que otra manifestación de la prisa por querer decir una verdad única e innegable en un solo impulso. El vocabulario es muy genérico, elevado, pertenece a la esfera del concepto. Intento decirle que percibo el tono de los poemas “muy arriba”; no me entiende, estoy un poco espeso. Por otro lado, encuentro rimas no buscadas, encuentro aspectos demasiado implícitos que restan posibilidades al poema, creo que hay varios poemas en cada uno de los textos que leo y, esta vez, me entiende perfectamente.
Me encanta corregir los textos de mis amigos. Me halaga la confianza que tienen en mi criterio, una confianza que a mí me parece excesiva y que no entiendo cómo ha podido generarse. A veces, es cierto, siento desgana y pienso que, entre mis alumnos y los textos que recibo, me paso la vida trabajando. La mayor parte del tiempo es una inmensa satisfacción. No obstante, con frecuencia, me recorren la cabeza ciertas ideas que no me gustan y de las que no puedo desligarme con facilidad. Constantemente, me siento como un censor, como un moralista, como una especie de guardián de un dogma. Y lo que más me preocupa de todo esto es la sensación de no poder ayudarles de otra forma que no sea explicándoles cuál sería mi forma de abordar las situaciones y problemas que a ellos se les plantean al escribir. A veces, me quedo con la sospecha de haber influido demasiado en la construcción de determinados textos. Yo, que no soy más que un modesto aficionado, de una ciudad pequeña.

lunes, 28 de mayo de 2012

Volver


Tengo un amigo que, cierto día, ganó el premio Eladio Cabañero y fue publicado en Algaida. No sé hasta qué punto puedo ser imparcial en esto, probablemente, ni siquiera lo intente, pero creo que Volver de Miguel Mejía es un conjunto de poemas muy recomendable. No voy a hacer afirmaciones usando palabras grandilocuentes como mejor o imprescindible, aunque sí puedo decir sin ningún tipo de temor que es uno de esos libros que genera satisfacciones al lector y que deja la tranquilidad de conciencia de saber que sigue siendo posible hacer buenos poemas a pesar de que ya todo parezca estar escrito. Estamos hablando del año 2004 (algo ha llovido, aunque no tanto como quisiéramos) y un jurado honrado y valiente premia un conjunto de diez poemas, en general, de gran extensión, con un peso importante en las propuestas formales y con un planteamiento serio en la semántica. Saltando por encima de toda esa tendencia fácil del mínimo esfuerzo, que se dedica a adular y sobrevalorar poemas sobre biquinis y alegorías que identificaban la lucha de clases con la ubicación céntrica de supermercados franquicia, se apuesta por alguien a quien le gusta la poesía y la respeta y no se dedica, simplemente, a aprovecharse de ella para adquirir un status de artista de vanguardia que no puede alcanzar en cualquier otra disciplina porque no dispone del talento suficiente, ni del esfuerzo y la paciencia que se necesitan para labrarse cierto oficio. La poesía, como ya se sabe, es cosa que a nadie importa por ser un dominio de blandos e incautos y los premios entregados con criterio son un empeño vano e inútil.
Dejando a un lado esta burda ironía, quiero esta tarde recordar el quinto poema del libro que, como el resto, no tiene un título que lo identifique. Es el poema más corto de la colección y plantea una reflexión que, a los que conocemos a Miguel, no nos resulta nueva: el paralelismo entre realidad y ficción, vida y literatura, la biografía personal de cada uno de nosotros y el libro como figura redentora. No sé si este es el orden cronológico de escritura, sin embargo, antes de la lectura de Volver, yo había leído un relato de Miguel sobre un escritor viejo, en horas bajas, que fantasea con la posibilidad de morir sepultado entre libros, después de pasar la escasa vida que le queda por delante dedicándose en exclusiva a la la lectura. También recuerdo algún poema en prosa donde el paisaje urbano se llenaba de ecos de lecturas fundamentales, grandes clásicos de la literatura, algunos de ellos libros de juventud inolvidables. En el quinto poema de Volver, en cambio, se plantea una versión que reformula aquel aforismo que había planteado Cioran como título de alguno de sus libros, en lugar de la tentación de existir se lanza la idea de la tentación de suspender la existencia. Miguel se pregunta, probablemente influido por aquella declaración de Gil de Biedma en la que afirmaba querer ser poema y no poeta, si no sería mejor vivir nuestra historia personal como si fuéramos un libro. Para ello, se lleva al lector a la ambientación típica de una situación de lectura: la estantería, el sillón, la luz de una lámpara, los ratos indefinidos paseando los ojos por avenidas de páginas. El poema no especula y expone el punto decisivo, el nudo o el momento en que éste se desata, en la segunda estrofa, cuando la situación de lectura conecta con la propia vida del lector en esos momentos tan reconocibles en que parece que la novela no avanza pese a nuestro esfuerzo anticipatorio. Porque es en esa sensación de tiempo detenido cuando “la historia que no avanza” activa el interruptor del componente emotivo de la memoria y se convierte, casi, en un deseo la necesidad de pensar en la propia experiencia como una ficción y, llegando más allá, una piel de serpiente que puede dejarse atrás para ser, al fin, otro, una versión renovada. Y aquella piel antigua sería como el libro que adoramos, ese que solo vive cuando lo tomamos entre las manos y nos entregamos a la conciencia de resucitarlo, contando, además, con esa tranquilidad que proporciona saber que podemos olvidarlo de nuevo en la estantería, abandonarlo “al dulce anonimato y el polvo que nos cubre / como una fina capa de inconsciencia”. Supongo que no es difícil imaginar el final, que es la propia condición de charco emocional que tiene el ser humano la que nos hace comprender que estamos ante una fantasía, una de esas que nos embriagan pero que nunca seríamos capaces de cumplir. Después de dibujarnos la posibilidad de que fuera suficiente la vida o la memoria como un libro, Miguel nos aclara con contundencia en los dos últimos versos que la realidad es otra: “podría ser suficiente pero siempre / prefiere uno el dolor”.

Con el permiso del autor, os facilito el poema para que saquéis vuestras propias conclusiones:

V



podría ser suficiente, a ciertas horas
sentarse en un rincón, dejarse iluminar
por una luz que al tiempo delimite
y aparte nuestro cuerpo del resto de la casa

podría ser suficiente un libro como excusa
las páginas que nunca se suceden
la historia que no avanza y permite a la memoria
irla pacientemente completando

y entonces qué placer tan repentino
delante de los ojos nos arrebataría
las vidas que no fueron nunca un sueño
con qué facilidad se irían desgranando

aquellos cuerpos viejos, algunos despertares
en camas empapadas, el rugoso
rodar de un tren, la huida, los pasos que nos llevan
atrás, hacia nosotros, la imposible

y muda voz, que gira temerosa
a punto de apagarse, los mapas, las señales
vacías, los papeles naufragados
el nombre que pronuncio y el nombre nunca escrito

con qué satisfacción iríamos renunciando
a todo, hasta dejarlo hecho una historia
y no sería extraño, al cabo de los días
bajo esa misma luz, en ese mismo

rincón, haber logrado finalmente
el hábito de creer que todo fue ficción
y ya no somos más ese que fuimos
ese que resbalando se pierde sin remedio

podría ser suficiente, después, la estantería
las luces apagadas, el regreso
al dulce anonimato y el polvo que nos cubre
como una fina capa de inconsciencia

podría ser suficiente, pero siempre
prefiere uno el dolor

lunes, 30 de abril de 2012

Poesía y crisis económica


Afortunadamente, la poesía se ha quedado al margen de los recortes que se han venido aprobando en nuestro país y de los que se prevén a partir de los rumores y los debates de actualidad pública. Alguna ventaja tenía que tener aficionarse a una actividad tan económicamente improductiva. Esperemos que no se encuentre ningún hilo suelto para relacionar los poemas con el déficit del Estado, porque, a partir de ese preciso instante, podríamos encontrarnos con que el consejo de Ministros, con la firme intención de conseguir la nivelación de las desigualdades sociales, decidiera limitar el número de versos por poema o la imposición de una tasa por la organización de recitales, salvo para parados de larga duración. Al margen de bromas, escribo esta tarde para mostrar mis dudas, mi absoluta desorientación hacia cuál debe ser la actitud que deben tomar ante la crisis aquellos que se toman la poesía como un asunto lo suficientemente serio como para perder el tiempo en él. Y no me refiero aquí al contenido de los poemas, al tipo de acciones que se esperan o las respuestas que se muestren ante los acontecimientos que vivimos. Evidentemente, éstas son consideraciones que tienen que ver con lo ideológico y no soy tan ingenuo como para pensar que todo el que se mueve alrededor de este mundillo está sesgado por el mismo corte político. Pero sí creo que se hace necesario abrir un proceso de reflexión sobre la responsabilidad, especialmente, la de aquellos que han tenido, dependiendo de cada caso, la fortuna, el acierto o la desvergüenza de disponer con cierta facilidad de dinero público para dar a conocer sus obras y labrarse una carrera profesional como editores y promotores de proyectos (talleres, encuentros, revistas) en el ámbito de lo local. Que la poesía es y será siempre un género subsidiado es un hecho innegable, ya sea desde el sector público o desde el privado. Es decir, el poeta no necesita ningún tipo de inversión de capitales fuertes para escribir, pero no es menos cierto que la difusión de obras, la promoción de hábitos lectores y de consumo de libros, los reconocimientos, los homenajes, solo pueden realizarse con dinero y, en ningún caso, se trata de actividades económicamente rentables. Mi pregunta va más allá. Siempre que se defienden este tipo de iniciativas, se alude a beneficios secundarios, sin embargo ¿estamos realmente seguros de que todas las actividades en las que se ha estado invirtiendo dinero público hasta ahora tienen incidencia real en esos objetivos secundarios que se pretenden conseguir? Me surgen estas dudas, especialmente, cuando pienso en la cantidad de esfuerzos que se dedican a la promoción de actividades de animación a la lectura en las que, precisamente, lo único que no se hace es leer. ¿Podemos imaginar una escuela de fútbol en la que no se disputara un solo partido? Quiero dejar claro que no estoy defendiendo los recortes en cultura o en educación. En cambio, creo que deberíamos empezar a plantearnos una revisión de los modelos de promoción cultural que hemos estado implantado desde la óptica de la responsabilidad, una responsabilidad entendida en un doble sentido. En primer lugar, y atendiendo al momento en el que vivimos, se nos han acabado las excusas para seguir planteando proyectos cuya escasa eficacia es más que conocida. Hasta hace unos años, cuando aún no estábamos inmersos en esta crisis, era fácil defender cualquier proyecto cultural al contrastarlo con el despilfarro del que hacían gala muchos personajes públicos. En este sentido, se hace urgente un filtro de actividades e iniciativas por el que solo pasen aquellas que verdaderamente se muestren más eficaces y útiles para la promoción de los objetivos culturales, al mismo tiempo que se hace ineludible la reducción de gastos innecesarios, aunque este sea un terreno polémico. Si la clase política no quiere dar ejemplo, desde el ámbito de la cultura, mi punto de vista es que no se tiene elección. Estrechamente relacionado con esto, y en segundo lugar, es la propia supervivencia del sector la que está en juego y si, por esta causa, no estamos dispuestos a dar una imagen de seriedad y competencia, estaremos abocados no solo a que se justifique la desaparición de los fondos que hasta ahora se venían destinando a este ámbito, además, en pocos años, no sería raro encontrar catálogos editoriales en los que solo tengan cabida los libros de texto y las novelas históricas.

viernes, 20 de abril de 2012

La tregua


“La tregua”, segunda parte de las memorias de Primo Levi recogidas en la Trilogía de Auschwitz, empieza en el punto exacto en el que acaba la magistral primera parte, en el día en que se libera el campo de concentración. Como muchos otros de los escasos supervivientes al infierno del holocausto, su salvación se produce por un curioso azar, por su deficitario estado de salud. Al llegar el final de la de la guerra, y ante las claras expectativas de derrota, se recibe en los Lager la orden de abandonar los campos con los enfermos e iniciar la tristemente famosa Marcha de la Muerte con el resto de los prisioneros, como una manera eficaz de asegurarse la muerte del mayor número de ellos. La liberación sorprende al autor en la rutina diaria de sus últimos días de infierno y abandono, dejando entre la nieve el cadáver de uno de los compañeros de cuarto en la enfermería del campo. La fosa común estaba ya demasiado llena. Para quien no lo sepa, Auschwitz es solo el nombre genérico que reciben un conjunto de cuarenta campos de concentración cercanos al más famoso y más grande de todos ellos, el que verdaderamente tenía este nombre. El traslado de Primo Levi desde la Buna (su campo) hasta el campo principal para comenzar con su largo proceso de recuperación física supone el principio de su toma de conciencia sobre la situación real que había vivido. Sin embargo, no estamos ante un libro cuyo hilo conductor sea un discurso reflexivo sobre los límites del mal en el pensamiento y la obra del ser humano. “La tregua” imparte sus lecciones desde el relato de una experiencia vital con el necesario punto de vista subjetivo que ha de tener toda buena narración. “La tregua”, además, nos muestra esa parte del drama que nunca nos cuentan las películas sobre el holocausto. Con frecuencia, el cine se queda en la imagen famélica de los supervivientes, en los oficiales alemanes detenidos por los rusos. Pero, en una Europa dividida, destrozada por las secuelas de la guerra, ¿cómo es el largo regreso a casa de aquellos que están desposeídos de todo, a veces incluso de su propia identidad? Se trata, por tanto, de un libro más novelado que cuenta la dramática aventura del regreso a la patria del pasado, a la casa familiar, a la ciudad que se había abandonado en un tren atestado por seiscientas cincuenta personas de las solo tres regresarían. Esto no le resta valor como una de las obras más importantes para la construcción de una conciencia histórica y política. Se trata de una historia de vagabundeo, de comercio clandestino, de enfermedades, de gestos que revelan la condición animal del hombre, de ciudades destruidas, de trueque, de reencuentros inesperados en paisajes que hoy son ya irreconocibles. Es la historia de un desánimo constante que, sin embargo, no conduce a una falta de interés por la vida; el desánimo de un cuerpo que no termina de volver a su antigua vitalidad, de un hambre que no parece saciarse nunca, de un destino que no termina de aclararse, de una espera que parece eternizarse, de un viaje de regreso en tren que se alarga excesivamente y, ya en territorio italiano, el desánimo de la culpabilidad por sobrevivir ante la cruda y silenciada realidad de aquellos que nunca iban a tener la suerte de poder sorprender a sus familias con su regreso. A través de Polonia, Rusia, Rumanía, Hungría, Checoslovaquia, Austria, Alemania, otra vez Austria y, por fin, Italia, el relato va desde la tranquila felicidad de una comida o la satisfacción de entenderse con aquellos con los que no se comparte el idioma hasta la aterradora descripción de la muerte de individuos que no podrán ser recordados más que por el párrafo que Levi les dedica en su obra. Y, desde cada una de sus páginas, nos da el mandato a los lectores de todos los tiempos venideros de no olvidar ni mirar hacia otro lado en cada una de las brechas donde nace la tragedia humana, un mandato plenamente justificado por el sufrimiento de aquellos a los que le tocó vivir una experiencia que les marcaría para siempre, más allá del tatuaje con el número de identificación. Algo que solo puede entenderse al leer ciertos pasajes como este con el que ya acabo y que da cuenta de la irreparable herida que dejan el odio entre los pueblos y los crímenes contra la humanidad en sus víctimas: “Pero solo después de muchos meses fue desapareciendo mi costumbre de andar con la mirada fija en el suelo, como buscando algo que comer o meterme en el bolsillo apresuradamente para cambiarlo por pan; y no ha dejado de visitarme a intervalos unas veces espaciados y otras continuos un sueño lleno de espanto.”

miércoles, 4 de abril de 2012

Lectores, el libro ha muerto.


Las conversaciones sobre la muerte del libro tradicional a manos de los ebooks y los ereaders me recuerdan a aquellas que mantenía en la infancia acerca de los cambios que nos traería el futuro en la vida cotidiana. Muy típico era imaginar que en el año 2000 veríamos volar los coches, pero parece que llevamos doce años de retraso y, probablemente, acumularemos muchos más. El futuro ya no es lo que era, decía mi amigo Dani en tono de broma, no sé si consciente de que su frase resume a la perfección la innegable distancia que existe entre lo que imaginamos por anticipación del porvenir y las realidades que nos acabamos encontrando ¿Estamos seguros de que el formato papel está en riesgo? A la espera de que se publiquen los datos de 2011, las conclusiones del Estudio de Comercio Interior del Libro en España no son claras. El titular puede adivinarlo cualquiera: las ventas de libros caen un 7% pero crecen en formato digital. Con todo, la facturación alcanzó los 2890 millones de euros. En cambio, la recaudación obtenida de la venta de libros en formato digital llegó a los 70,50 millones de euros, lo que supone un crecimiento del 37% con respecto al año anterior. Entrando un poco más en detalle, este crecimiento no parece el esperado cuando llevamos ya varios años escuchando que el ereader va a ser el regalo estrella de las Navidades, la oferta de títulos se incrementó en el mismo año en un 141% y, lo más importante en los tiempos en que vivimos, los beneficios obtenidos a partir de la venta de títulos digitales representan tan solo un 2,4% del total. No parece que la muerte del formato papel sea, por tanto, un hecho tan claro en estos momentos. Si, en plena crisis económica y en general social, un formato tan aparentemente económico, cuyas ventajas en lo que se refiere al espacio son tan evidentes y que cuenta a su favor con el factor moda no ha sido capaz de hundir de forma más eficaz el mercado editorial tradicional, es porque las noticias sobre la muerte del libro tal y como lo conocemos estaban siendo muy exageradas. Como en todo fenómeno de transformación cultural, gran parte de la evolución de las tendencias deben su éxito no solo a la bondad de los cambios, sino también al grado de acierto o error con el que se toman las decisiones empresariales. El celo excesivo por monopolizar sectores del mercado lleva con frecuencia a la autolimitación de los beneficios, aunque a corto plazo pueda parecer lo contrario. Son muchos los aspectos que podrían analizarse para dar explicaciones sobre el extraño patrón de asentamiento que están teniendo los ebooks en el panorama cultural. Empecemos por los soportes. Hay muchísima gente que declara sufrir un cansancio prematuro al leer en pantallas, especialmente, en pantallas de ordenador. Además, los ereaders y tabletas están todavía a precios poco asequibles y el cuidado que se debe poner en protegerlos de todo riesgo los excluye de entornos de lectura tan placenteros como, por ejemplo, una playa. Por otro lado, el tan alabado ahorro económico que se atribuye al formato digital está más que sobrevalorado. En la página web de una de las mayores cadenas de librerías nacionales, se ofrece Diario de Invierno de Paul Auster en formato electrónico por 14,99 €. Sin embargo, se pueden encontrar ediciones en papel por 18,90 €. Desde luego, esta no es la mejor manera de convencer a un público que sigue siendo reticente al cambio y que, con frecuencia, entiende que los libros tienen una funcionalidad decorativa y sentimental antes y después de su lectura. Después de leer un ebook, al lector no le queda nada. Sin embargo, el libro, después de su lectura, sigue siendo un objeto entrañable, empapado de emociones. Creo que el debate tiene más sentido si se centra en géneros y tipos. La literatura tardará mucho en sufrir la muerte del libro, si es que llega a sufrirla alguna vez. Sin embargo, los libros técnicos sí parecen estar avanzando hacia el polo de la digitalización a una mayor velocidad. Según el Estudio ya citado, el 68,9% de los libros vendidos en 2010 pertenecen al ámbito de la economía y el derecho. Y detrás de este hecho está la realidad indeludible de los perfiles de consumo. Evidentemente, no se siente tanto apego a un volumen de Derecho Administrativo cuando se acaba de usarlo que, por poner un ejemplo fácil, por un ejemplar de La voz a ti debida después de una primera lectura. De momento, esta realidad no se puede rebatir.

domingo, 25 de marzo de 2012

Talleres de creación literaria


Buscando algo no demasiado aburrido entre las actividades de formación que ofrece el Centro de Profesores, encuentro una actividad con un título muy sugerente “La escritura creativa como recurso didáctico para el profesorado” y, además, es presencial. Solicito la admisión sin pensarlo. Para empezar, porque no es un curso on line. Estoy harto de ya de pasar largas horas frente al ordenador leyendo infumables e interminables documentos sobre competencias básicas y proyectos curriculares y de esas inevitables tareas que siempre consisten en lo mismo: diseñar una unidad didáctica. Un curso presencial es una oportunidad para el contacto con ese conjunto anónimo y sin rostro que es el gremio docente para los que trabajamos en él, ya que la docencia es una experiencia muy marcada por la soledad profesional. Además, el tema me interesa especialmente y la ponente es Teresa Suárez, a quien conozco personalmente y me inspira confianza. Al hilo de esta anécdota, empiezo a preguntarme cuál es la verdadera función de los talleres y cursos de creación literaria. De partida, he de decir que no creo posible que el nacimiento de un talento literario dependa de la asistencia a uno de estos talleres. Sería absurdo este planteamiento, sobre todo, cuando miramos a cualquier época de la historia y pensamos por un instante en cómo pudieron ser las vidas de los escritores o escritoras que la protagonizaron. Evidentemente, a escribir se aprende. Primero, como la mera transcripción de un código sonoro a un papel. Después, como un instrumento que permite la distribución, ampliación y externalización de las funciones psicológicas. Por último, pero esto no es normativo, la escritura puede llegar a ser un modo de expresión íntimo, específico de quien de la usa, y que puede convertirse en una herramienta para la terapia, la creación, la divulgación, el testimonio… El talento y la calidad literaria mantienen una relación que no es directa. Probablemente, no exista persona alguna carente de talento, pero es la disciplina, el trabajo, lo que acaba dirigiendo el talento hacia la calidad. Este camino, en el caso de la literatura, es un camino que conduce, con frecuencia, al aislamiento. Como no podría ser de otra forma, la formación tiene que ser de carácter autodidacta, en un proceso en el que es el propio escritor quien elige quiénes van a ser sus maestros y que siempre comienza por imitación. Dudo mucho que los Chejov y las Ajmatova del futuro nazcan de quienes hoy asisten a talleres y cursos de creación literaria. Como sentencia el protagonista de Lugares comunes al comienzo de la película: “El escritor escribe. Si alguien quiere aprender a escribir podrá llegar a ser una persona que escribe, pero nunca un escritor”. Sin embargo, la finalidad de una actividad formativa es, en principio, el aprendizaje. Cabe preguntarse entonces qué utilidad tiene un taller de creación literaria, qué sentido tiene la organización de este tipo de iniciativas. Supongo que la supervivencia de este formato está relacionada con la democratización de las experiencias vitales que se está llevando a cabo en nuestros tiempos. Parece que es ya una idea muy extendida la que afirma que para tener una vida plena hay que experimentar un todo listado de sensaciones y vivencias que pasan por tener hijos, estudiar en la Universidad, probar algunas drogas, practicar deportes de riesgo, asistir a un multitudinario festival de música, viajar a bordo de un crucero, aprender a conducir, ir a Cádiz en carnaval o visitar un parque temático, entre otras muchas. De esta forma, los talleres literarios responden a esta necesidad de tachar un ítem de una lista, en la que ha sobrevivido escribir gracias a aquella vieja máxima del hijo, el árbol y el libro. No niego que, sobre todo en edades tempranas, los talleres literarios no puedan despertar el interés de aprendices en formación que acaben confeccionando buenos textos. Sí me gustaría señalar, en cambio, que al contrario de disciplinas como la arquitectura (que sí necesita a las Escuelas Superiores Universitarias para perpetuarse como arte), la literatura no necesita a estos talleres para seguir produciendo frutos satisfactorios. Y, por lo tanto, desde un punto de vista estrictamente literario, desempeñan un papel marginal.

jueves, 15 de marzo de 2012

Esperando a que escampe


Supongo que decidí que necesitaba escribir en la primavera de 1997. Había pasado media vida preguntándome cuáles eran mis aficiones y otra media desinteresándome por casi todo lo que empezaba sin llegar a terminar nada. Había que canalizar cierta energía, volcar hacia un objetivo un exceso de pensamiento y acabé encontrando un filón. Fue algo intencional. Bajé a la papelería, compré un cuaderno tamaño cuartilla al que coloqué una pegatina de evidente contenido político y busqué un bolígrafo que soltara tinta sin reticencias. Supongo que empecé a tomarme en serio la literatura y, por ende, lo que escribía en marzo de 1999. Allanado el camino unos años antes por Cien años de soledad, la lectura de Rayuela fue una iluminación, una especie de plano de la isla que se me otorgaba antes de haber decidido el carácter insular de mis preocupaciones intelectuales. Como una aparición divina que ya no deja lugar a las dudas sobre la posibilidad de un apostolado, un umbral que, una vez traspasado, te obligaba a seguir a ciegas por una casa desconocida, en la que la satisfacción de ver rincones iluminados suponía un gozo tan inmenso como poco habitual. La necesidad de habitar el espacio público me vino por casualidad. A través de una amiga común, conocí a Miguel Mejía y, a partir de ahí, la peregrinación de los sábados por la noche a un bar que iba cambiando cada cierto tiempo se convirtió en condición en indispensable (salvo en los años de oscuridad de los que no quiero escribir aquí), en el mayor de los acicates para seguir adelante en este esfuerzo autoimpuesto de esculpir mal o bien formas en la desestructurada forma de la fonética y la semántica. Poco a poco, fui conociendo a mucha gente. Jamás podría haber imaginado que una ciudad tan pequeña como Huelva acumulaba una cantidad tan inmensa de interesados e interesadas por la literatura, especialmente, por la poesía. Y, así, fui haciéndome con una serie de referentes cercarnos que me ayudaron a construir mis principios literarios (por llamarlos de alguna manera). Supongo que este sería el momento de empezar a detallarlos, de recordar anécdotas vividas o escuchadas que ilustran las actitudes que fui construyéndome y aún conservo. El problema es que, en estos momentos, siento que he perdido mis referentes. Las enormes distancias impuestas por la vida laboral, el cansancio de muchos y algunos errores me han dejado en una sensación de soledad, de no poder aportar nada en el panorama cultural de mi ciudad y tener que asumirlo con honradez. Soy plenamente consciente de que los errores cometidos no son malintencionados, es más, puedo llegar a comprenderlos plenamente y de buena fe. Pero se trata, en algunos casos, de errores no reparables (y no estoy exagerando) y, por otro lado, nunca quise ser ese columnista al que se le recuerda que la hemeroteca es un lastre. Por muy estúpido que parezca, no estoy tranquilo en los territorios fronterizos cuando afectan a mis convicciones personales. Valoro muchísimo la amistad y la confianza de la gente que me ofrece proyectos y no voy a dar nombres propios porque no quiero que penséis que esto es un enfado o que trato de perjudicar a alguien. Nada más alejado de mis intenciones. De hecho, uno de mis principios fundamentales en este mundillo literario es que hay que apoyar todas las iniciativas, todos los proyectos y luchar con la asistencia y la difusión para que no se pierda nada de lo que se está haciendo en Huelva. Por ello, pienso seguir asistiendo a cada evento, difundiendo a través de las redes sociales dentro de mis posibilidades. No puedo negar, en cambio, que empiezo a sentir un profundo agotamiento que se ve agudizado por el desencanto que me provoca comprobar todas las rencillas, las discusiones, las peleas, las malas caras, el rencor y otras enfermedades que afectan a la Huelva literaria. Y son todas estas razones las que me hacen tomar la decisión de restringirme a mis poemas, mis lecturas, mis blogs y a la tertulia de los sábados, que siempre se ha caracterizado por la paz y por un formato horizontal de reunión de amigos. Os valoro a todos y a todas mucho, muchísimo, y eso me lleva a no entrar en la dinámica de seguir con proyectos sin estar al cien por cien y con desgana. Tomo una decisión que no es fácil, que me perjudica y que me va a exigir la tarea de eludir explicaciones que no me apetece dar porque no pretendo molestar a nadie. De momento, el mal tiempo me invita a desaparecer de las plazas. Os prometo que, cuando escampe, saldremos a celebrarlo.

jueves, 8 de marzo de 2012

Poeta en Nueva York


Luis García Montero, un buen aprendiz de Lorca, da comienzo a su poema “Sonata triste para la luna de Granada” con verso que me parece magistral, casi una sentencia por sí mismo: Esta ciudad me mira con tus ojos. La proyección de sentimientos sobre el paisaje, especialmente, sobre el paisaje urbano, la identificación de las condiciones ambientales con la fuente de una tensión emocional de especial intensidad es un recurso muy habitual en la poesía. Un recurso que responde a una necesidad humana, la necesidad de atribuir una red de significados al mundo en el que vivimos. Esa ilusión de control que nos hace mirar el paisaje como un libro que puede ser leído y cuyas claves podemos desvelar con cierto esfuerzo intelectual es una fuente de estabilidad psicológica, una guarida en la que protegerse durante las frías y sordas horas de soledad. Está claro que no voy a descubrir nada nuevo si afirmo que Poeta en Nueva York es un libro que responde, en gran medida, a esta necesidad, a este esquema y que el foco de atención en la interpretación del libro hay que ponerlo en la primera parte de su título, el poeta, más que en el segundo, la ciudad de Nueva York, aunque es evidente que estos poemas nunca hubieran sido los mismos sin no hubiese mediado este viaje iniciático como catalizador de un río de versos que puede considerarse, así al menos lo hacía su autor, como un único y gran poema. Lorca llega a la Gran Manzana en 1929, en plena catarsis de superación de un desengaño (y su consecuente fracaso) sentimental. A un escritor inquieto y conmovido, más acostumbrado al entorno rural y de ciudades de mediano tamaño que conformaban la realidad española del momento, la desmesurada muestra de deshumanización y tecnificación de Nueva York no podía dejarle indiferente. El impacto es brutal sobre el poeta y el establecimiento de un contraste con un modo de vida más cercano a un orden natural es inevitable. Esta línea de creación es la que lleva al tipo de poemas más reconocibles. La aurora es, además del prototipo, el poema más celebrado, probablemente, el poema más famoso del libro. En él, el enfrentamiento entre el orden natural y la pérfida creación civilizada de un ser humano que actúa como un dios no es solo la la línea argumental del mismo. Además, en la narración de esta derrota de las fuerzas de la naturaleza, el lenguaje que se utiliza refuerza la transformación del mundo en lugar mucho más triste, donde los enjambres están formados de monedas, los niños son víctimas taladradas, los nardos sufren de angustia, las palomas son negras, el esfuerzo humano no produce frutos, la luz está muerta y sepultada y, en definitiva, la ciudad del futuro es un territorio en el que solo es posible el sufrimiento. Una vez establecida la unidad entre la obra del hombre y la maldad, limitarse a esta visión como único prisma desde el que puede analizarse el libro es “reduccionista”. Lorca está sufriendo turbulencias emocionales y sus motivos, como la ciudad de Nueva York, son profundamente humanos. No hay que jugar demasiado a la hermeneútica para descubrir la proyección del sentimiento amoroso sobre los contextos en los que se conciben estos poemas, ya que, en alguno de ellos, si bien no tienen el amor como tema principal, se encuentran claras referencias a estos motivos. Así, en “Tu infancia en Menton”, hay un fragmento especialmente clarificador:

Es tu yerta ignorancia donde estuvo
mi torso limitado por el fuego.
Norma de amor te di, hombre de Apolo,
llanto con ruiseñor enajenado,
pero, pasto de ruina, te afilabas
para los breves sueños indecisos.
Pensamiento de enfrente, luz de ayer,
índices y señales del acaso.
Tu cintura de arena sin sosiego
atiende sólo rastros que no escalan.
Pero yo he de buscar por los rincones
tu alma tibia sin ti que no te entiende,
con el dolor de Apolo detenido
con que he roto la máscara que llevas.

En “Poema doble del lago Eden”:
Pero no quiero mundo ni sueño, voz divina,
quiero mi libertad, mi amor humano
en el rincón más oscuro de la brisa que nadie quiera.

En el siniestro “Nocturno del hueco”:
Es la piedra en el agua y es la voz en la brisa
bordes de amor que escapan de su tronco sangrante.
Basta tocar el pulso de nuestro amor presente
para que broten flores sobre los otros niños.

En “Ruina”:
Mi mano, amor. ¡Las hierbas!
Por los cristales rotos de la casa
la sangre desató sus cabelleras.

Tú solo y yo quedamos;
prepara tu esqueleto para el aire.
Yo solo y tú quedamos.

En la celebérrima “Oda a Walt Whitman”:
El cielo tiene playas donde evitar la vida
y hay cuerpos que no deben repetirse en la aurora.

Y, por supuesto, en el “Pequeño Vals Vienés”:
Dejaré mi boca entre tus piernas,
mi alma en fotografías y azucenas,
y en las ondas oscuras de tu andar
quiero, amor mío, amor mío, dejar,
violín y sepulcro, las cintas del vals.

Supongo que siempre es un buen momento para volver a Poeta en Nueva York. En agosto del año 2011, se cumplieron 75 años del asesinato de Federico García Lorca y el curso escolar 2011 / 2012 ha sido el elegido por la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía para celebrar un efeméride y llevar su obra hasta las aulas de la educación obligatoria. Sigo ignorando si una educación literaria será un recurso eficaz para hacer de mis alumnos y alumnas unas mejores personas. Mientras la realidad no me demuestre lo contrario, quiero pensar que sí mientras escucho a un grupo de niños y niñas de doce años recitando “La aurora” con voz trémula e indecisa ante un auditorio que, probablemente, no entienda demasiado. Esta convicción se hace más fuerte, cuando pienso en la cruda realidad que dibujan para Europa un enjambre de ministros tecnócratas, demasiado alejados de los valores del humanismo.

jueves, 16 de febrero de 2012

No estaba lejos, no era difícil


Joan Margarit y Luis García Montero estuvieron en la Casa de la Cultura de Huelva a mediados de marzo de 2011 presentando sendos libros de poesía publicados en la colección Palabra de honor de la Editorial Visor. Fui a aquella lectura con mi madre con la motivación de escuchar a García Montero, un poeta que siempre tiene propuestas interesantes, que maneja muy bien la distancia corta y cuya forma de recitar hace sus poemas más convincentes. Además, tenía la curiosidad de iniciarme en el conocimiento de Joan Margarit, un escritor del que apenas sabía el nombre, su vocación de catedrático en Cálculo de estructuras y su condición de poeta en lengua catalana. Aquella doble lectura de poesía tuvo un efecto paradójico en mi conducta de consumo, ya que acabé por comprar, unas semanas más tarde, el libro de Joan Margarit y sigo sin tener demasiado interés por leer el poemario de Luis García Montero. Joan Margarit, a sus 73 años, nos ofrece una cuidada y honesta colección bilingüe de poemas donde dibuja la parcela de la realidad que es capaz de abarcar con su palabra. Las claves del poemario están explicadas por él mismo al final del libro, en un epílogo de desbordante inteligencia. No estaba lejos, no era difícil es, además del título de la obra, la constatación de que se ha llegado a esa etapa de la vida sobre la que nadie quiere pensar, la vejez, la última y, en consecuencia (y por mucho que quiera dulcificarse), la antesala de la muerte. El poeta vence el miedo a lo desconocido, sustituyéndolo por lucidez, una lucidez que le conduce hacia el respeto por sí mismo que, en definitiva, no es otra cosa que dignidad. El miedo se manifiesta por la ausencia de amor y, en la concepción de Margarit, no hay mejor manera de ejercer el amor que en la lectura y escritura de poesía (a las que considera sinóminas). La buena poesía tiene la intensidad de la verdad, involucra a quien la escribe, el poeta es lo que pueden llegar a ser sus poemas. Por ello, nunca puede ser un atajo ni un subterfugio, ya que se busca un espacio para el reencuentro consigo mismo en el territorio de la dignidad. ¿Qué nos puede ofrecer un poeta a los 73 años? La respuesta es igual de sencilla o compleja si cambiamos la edad en la pregunta. Después de todo, los temas de los poemas del libro son los mismos que aborda la poesía desde hace ya tantos y tantos años: el amor, la memoria, la muerte, la identidad... Es la lente que proporciona la experiencia vital y las circunstancias biográficas del que escribe la que da un tono emocional distintivo al discurso. Así, el amor se aleja ya de las tensiones del cuerpo y forma parte del terreno de la inteligencia, es el juez que dispone de la última palabra. Los recuerdos son ahora una necesidad más que una carga involuntaria del viaje y esta necesidad está íntimamente ligada a proceso de construcción continua que es la escritura. El poeta es plenamente consciente de su edad. Sabe que se halla en un tiempo que no le pertenece, un tiempo en el que vive “con una mezcla agridulce de proximidad y distancia”. Por ello, no es extraño que sienta la visión de la belleza juvenil como una luz demasiado intensa para sus ojos y que abunden las referencias a los recuerdos que más han pesado sobre su conciencia. Así ocurre con la presencia de Joana, la hija fallecida. Así ocurre con las calles y arrabales en los que pasó una infancia que ahora pertenecen a una región a la que mira sin sentimentalismos, constatando el irreprimible cambio al que está sometido el paisaje humano. Frente a la imagen de París, Joan Margarit afirma: “La ciudad que yo amaba la he perdido”. No es posible envejecer y morir en el mismo mundo en el que se creció, en el que se vivió, porque aquel mundo ya solo existe en los ojos de quien mira el presente mientras recuerda. Aparece también en varias ocasiones la presencia de la madre y, ligados a ella, los juegos de una edad despreocupada, la llamada al anochecer que materializaba la necesidad de volver a la rutina de la casa, el miedo infantil y juvenil que se sustenta en el desconocimiento “de lo poco que pesa vida alguna”. Consciente o inconscientemente, la imagen de la muerte que revela el libro es muy borgeana. El poema “Aniversario con estatua” tiene un verso final en el que proclama “la tierra prometida era la muerte.” Un verso que recuerda al descorazonador final del soneto que el genio argentino dedicó a la La isla del tesoro. Espero que la tierra prometida no tenga prisa por reclamar a Joan Margarit durante muchos años y que su lucidez de viejo digno y sabio nos siga dejando testimonios cercanos y asequibles.

domingo, 12 de febrero de 2012

Quisiera ser centrojás

Si no me falla la cuenta, en el año 2000, hubo un ciclo dedicado a Federicco Luppi en el Festival de Cine Iberoamericano. Era sábado y decidí acudir al Gran Teatro a ver una de aquellas películas, No habrá más penas ni olvido, una genial tragicomedia que mostraba cómo, en nombre de Perón, se pueden enarbolar banderas de ideologías radicalmente opuestas, se puede incluso asesinar a un compatriota que se declara abiertamente peronista. No fui consciente hasta doce años después de que, detrás de aquel genial guión, había un novelista, un escritor que, por un extraño camino, acabaría leyendo. Las pasadas navidades hice un intercambio temático de libros con mi amigo Miguel Mejía (con quien coincidí aquel sábado en el cine) y, entonces, volvió a tomar forma y superficie el recuerdo. Se hace raro pensar en un delantero centro con alma de narrador. Quizá no sea tan extraño si nos atenemos a los hechos y pensamos en un narrador con alma de delantero centro. Esta tarde quiero recomendar la lectura de un libro de relatos llamado Fútbol, una recomendación que es de obligado cumplimiento si se tiene en cuenta que se han escrito muy pocos libros salvables que giren alrededor del que llaman deporte rey. Un buen libro de relatos cortos sobre fútbol solo podía escribirlo un argentino y así fue. Osvaldo Soriano (1943 – 1997) alternó durante toda su vida las profesiones de periodista y narrador, pero nunca perdió la pasión cultivada desde la infancia por el balón, por el gol, por las gambetas... El libro mezcla los dos géneros que cultivó el talento de Soriano: el periodístico y el literario. Intercalados entre las narraciones, aparecen algunos reportajes sobre la historia de San Lorenzo o sobre algunos protagonistas del pasado del fútbol argentino. Sin embargo, es en el terreno de la ficción donde se puede calcular con exactitud la talla del narrador en cuyas manos nos hemos puesto. Los cuentos de Soriano afectan a todas las facetas del fútbol: los recuerdos de partidos en la infancia frente a niños de otros barrios, otros pueblos; la facilidad con que se asocia este deporte con el mundo emocional y sentimental; esos partidos de campeonatos regionales en los que el juego sucio y la tangana son una condición tan indispensable como el balón y las porterías; los árbitros, esos extraños personajes que disfrutan incomodando a todos los bandos; el miedo indescriptible a los penaltys y lo larga que puede hacerse la espera hasta que el toque de silbato autoriza la soledad y el sufrimiento del portero; los partidos amañados; las quinielas; las lesiones; el mundo polarizado de los entrenadores, sus historias profesionales, la eterna tensión entre orden y despliegue ofensivo. Plagados de referencias al cine, la literatura y la filosofía, los cuentos de Soriano no son un espejo del fútbol que vive entre el lujo y el reconocimiento. Los personajes son el extremo más alejado del crack mundial o el entrenador carismático y superestrella. Los futbolistas que habitan las páginas del libro hablan con frecuencia desde el retiro, desde una madurez muy alejada ya de los campos de juego. Hay árbitros con secuelas físicas de las palizas recibidas por sus decisiones y algún cowboy, hijo de Butch Cassidy, que hace respetar el reglamento con su revólver. Se puede asistir al testimonio del Míster Peregrino Fernández, futbolista de oficio que trotó por Europa durante los años treinta y cuarenta, que sufrió la ignominia de los campos de concentración y que se hace famoso como entrenador por sus equipos ultraofensivos y por alinear doce o trece jugadores durante los partidos en un despiste del colegiado. El amante del fútbol es una de las evoluciones del lector de literatura épica. No hay nada que se disfrute más que una remontada, por mucho sufrimiento que implique en su comienzo, de la misma forma que se vibra con la victoria final del héroe cuando parece que ya todo está perdido. Éste es, tal vez, el gran acierto estilístico de Soriano, haber sabido unir la narración épica al deporte que más se alimenta de la hazaña, de la historia que se narra de padres a hijos en un río interminable por muy sepia, blanquinegro o analógico que sea su recuerdo.

jueves, 9 de febrero de 2012

Dos puntos

Para cualquiera que esté interesado en la poesía, el primer encuentro con la obra de Wislawa Szymborska es una suerte de alumbramiento, una oportunidad para redescubrir aquella vieja capacidad de sorprenderse con un verso que parecía ya tan lejana y perdida, después de haber pasado por La tierra baldía, Poeta en Nueva York o Poemas humanos. Casi me parece recordar todavía (aunque probablemente no sea más que una reconstrucción) aquella noche de sábado en el New Classic, hace ya muchos años, en la que Dani Salguero trajo unos cuantos poemas de esta excepcional poetisa polaca y nos dejó a todos los presentes absortos, con esa sensación de incredulidad ante lo que nos resulta novedoso sin que realmente lo sea, de no saber cómo podíamos haber vivido tanto tiempo en el más absoluto desconocimiento de una obra construida desde una de las voces más profundas y diferenciadas del panorama literario en los últimos tiempos. Sin embargo, tras unas breves y discontinuas lecturas de algunos de sus poemas en A media voz, pasó mucho tiempo hasta que hace unos cuantos meses me decidí a comprar alguno de sus libros. En una de mis visitas relámpago a la Feria del Libro, revisando los títulos que había traído José Manuel Alfaro al stand de su Taberna, encontré uno de los poemarios de Szymobrska, “Dos puntos”, en la edición de Igitur, en concreto, en el número 32 de su colección de Poesía. No pude resistirme. El poemario, que se publicó originalmente en 2004, tuvo una primera edición en Igitur en 2007 y una segunda en 2011, la que yo he podido disfrutar. Como bien expresa Ricardo Cano Gaviria (de quien tomo el hilo general de esta disertación y que, por eso, cito expresamente) en el prólogo, la poética de Szymborska es la del asombro ante la idea de lo pequeño que es el ser humano frente al universo y se expresa con una austeridad lingüística predominada por el tono coloquial y el lenguaje casi periodístico, como el que usa en Mañana – sin nosotros y que deja al lector con la impresión de estar ante un parte meteorológico. Su preocupación se centra más en definir la poesía de forma negativa. Por ello, no es raro que sienta su poesía como innecesaria violación de la norma general de no escribir y, más radicalmente, su propia existencia, la de cualquier ser humano, como un lance del azar. Muy revelador es, en este sentido, el poema Ausencia que comienza sin ambigüedades: “Faltó poco / y mi madre podría haberse casado /  con el señor Zbigniew B. de Zdunska Wola. / Y si hubieran tenido una hija no habría sido yo”. El viejo catedrático sitúa estas preocupaciones en el ciclo vital y da cuenta del cansancio y la desazón que se acumulan progresivamente con la conciencia del envejecimiento. Entrevista con Átropos es la necesaria visión sarcástica sobre la permanente sombra de la muerte. Su escritura es, al mismo tiempo, una indagación. Con una mirada casi científica, sus poemas parecen proponer un estudio del hombre. Quizá esta forma de proceder es la que está en la base de poemas como Perspectiva, probablemente el mejor de todo el libro, un texto en el que Szymborska se constituye en observadora y analizadora del comportamiento de un hombre y una mujer que se cruzan en la calle. Esta actitud no es la pretensión de responder a los grandes interrogantes, porque el poeta no puede esperar una respuesta que no sea su propia pregunta. El poeta, como ser humano, no es más que un mono escritor, que puede vivir la ficción de sentirse el héroe de la aventura cósmica, pero que toma conciencia de su verdadera condición animal cuando se enfrenta a los grandes interrogantes de la existencia. Por ello, y siguiendo con el tono sarcástico y burlón, aparecen poemas como Consuelo (donde la figura de Darwin es tomada como punto de partida para afirmar la necesidad del hombre de alejarse de la frialdad de la verdad científica que lo trata como a un vulgar ser vivo más)  o El horrible sueño de un poeta (donde se describe una sociedad feliz, neutra, tranquila, sencilla, comprensible, como una pesadilla de la que despierta rápidamente un hacedor de versos). Consecuentemente, la poetisa polaca otorga un valor muy alto al momento en que se concibe el poema, el instante en el que la conciencia se ilumina y, durante un breve tiempo, se tiene la seguridad de la existencia de un alma. Y, así, el último de los poemas del libro, solo podía empezar diciendo: “De hecho cualquier poema / podría titularse “Instante”.”

lunes, 6 de febrero de 2012

Alucinación submarina

Porque tengo que cumplir como sea con mi compromiso de los jueves en Las afueras, porque quiero completar aquellas reflexiones sobre la poesía como actitud sostenible ante la vida y porque, la verdad, me apetece, hoy quiero acercarme a un tema manido y antiguo, de esos que nunca van a ser trending topic y sobre los que ya nadie parece preocuparse (y con razón). Supongo que hay que tener un espíritu algo enfermizo, como el mío, para andar preocupándose todavía a estar alturas por las relaciones entre poesía y compromiso, más concretamente, sobre el lugar o el modo que puede adoptar el mensaje político, social, medioambiental, en el discurso poético. Como punto de partida, y antes de que alguien sienta el impulso de no seguir leyendo, diré que no creo que haya nadie capaz de defender a estas alturas que un buen poema es un arma eficaz contra las condiciones de opresión social y cultural. Sin embargo, nadie que haya leído un mínimo podrá negarme que un buen poema puede ser, a veces, un alivio pequeñito al final de uno de esos días en que las asfixiantes condiciones de opresión están a punto de estrangular la conciencia. Dicho esto, demos paso al núcleo del planteamiento. Tal y como yo lo veo, y esto es solo una opinión, un punto de vista, el mensaje comprometido en la poesía no puede estar explícito. Como ya expuse o sugerí en el artículo enlazado más arriba, los efectos que provoca un poema sobre sus lectores escapan con frecuencia a las intenciones del poeta, ya que la interacción entre la inteligencia que lee y los versos con los que temporalmente se enreda se produce en un plano íntimo y subjetivo. Un mensaje social demasiado explícito corre el riesgo de ser interpretado como un intento de manipulación, de adoctrinamiento. El lector, con frecuencia, reclama su cuota de protagonismo en la construcción de una semántica para el poema y suele huir despavorido ante todo intento de imposición de una lógica, de una determinada visión de las cosas. Por ello, y repito que esto es solo mi punto de vista, el mensaje comprometido en la poesía suele funcionar mejor cuando está implícito, cuando forma parte del trasfondo o es la consecuencia directa del relato de una experiencia o la presentación de una secuencia narrativa. Un buen ejemplo de este tipo de poemas es “In memoriam” de Gabriel Ferrater, donde desde un aparente desinterés se da cuenta de la cruel realidad de la Guerra Civil con la excusa de estar contando la adolescencia. No sé si me explico de forma adecuada. No digo que el poema tenga que ocultar claramente sus intenciones. Lo que digo es, como hace magistralmente Gil de Biedma en “Intento de formular mi experiencia sobre la guerra”, el foco no ha de estar puesto en el mensaje, sino en otros aspectos que otorguen unidad al poema y fomenten la empatía con el lector. En este último caso, en unos años raros de la infancia. Pero no quiero hoy centrarme en estos poetas. Quisiera volver la mirada sobre un poema que siempre me deja impresionado, lectura tras lectura. Se trata de Alucinación submarina, perteneciente al Libro de las alucinaciones de José Hierro. El poema dibuja un futuro apocalíptico en el que, según puede deducirse, la superpoblación humana hizo imposible la supervivencia de todos en la superficie. Los japoneses, aprovechando su superioridad tecnológica, consiguen esclavizar al resto de la especie e implantan branquias y aletas a una parte de ésta, obligándola a vivir bajo el mar y a surtirles de alimento a través del cultivo de algas. La voz del que habla es la de un viejo superviviente de los pasados años felices que recuerda con nostalgia su vida en la superficie. El trágico y sarcástico desenlace llega cuando convence a una serie de jóvenes para subir al antiguo paraíso y comprueba decepcionado cómo sus cuerpo percibe como un sufrimiento todas aquellas condiciones que se recordaban como placeres. Pueden sacarse varias lecturas del poema: el exceso de comodidad que nos ha hecho alejarnos de aquello que verdaderamente nos conforma, la necesidad de explotar a otros para mantener nuestro nivel de vida, la sobreexplotación de los recursos naturales, el desproporcionado crecimiento de la población mundial y la nefasta distribución de riquezas, la necesidad de luchar y construir desde el presente para sobrevivir. O quizá ninguna de estas lecturas sea correcta. Quizá Hierro solo quiso esbozar en tono burlón el discurso quejumbroso de aquellos que no son capaces de admitir el paso del tiempo y el inevitable cambio que lleva asociado, subrayando la eterna verdad del tópico que nos dice que no se debe volver a los escenarios en los que se fue feliz. Después de todo, ¿a quién le importa? A mí, al menos, son éstas las ideas que me sugiere Alucinación submarina desde alguna tarde perdida en el recuerdo de noviembre de 2008.

sábado, 21 de enero de 2012

Elogio de la ociosidad

Hace algunos años, alguien de quien no me fío demasiado me contó una historia curiosa sobre Bertrand Russell que, evidentemente, no me atrevo a reproducir. No escribo estas líneas para difundir rumores de los que no estoy seguro sobre la vida personal de este curioso cruce de matemático y filósofo. Como casi siempre, me asomo a esta ventana para comentar un libro. En este caso, se trata de Elogio de la ociosidad, que cayó en mis manos gracias a una interesante colección sobre los premiados por la Academia Sueca que ofreció el diario Público a un precio irresistible. El título del libro está tomado del título del primero de los microensayos que se recogen en el volumen. Se trata de una serie de reflexiones que, según el propio autor, pretenden analizar “ciertos aspectos del problema social que tienden a quedar ignorados en los conflictos políticos”. El libro se abre planteando la necesidad humana del ocio y el tiempo libre, una necesidad que solo puede ser cubierta de modo efectivo con una planificación racional del mercado laboral de forma que todos sin excepción trabajen (sin posibilidad de una riqueza ociosa ni de una pobreza condenada al paro), pero lo hagan un menor número de horas. El tiempo libre se define como una necesidad para la civilización que acabará por hacer más bondadosas a las personas. En “Conocimiento Inútil”, se nos invita a pensar sobre los efectos beneficiosos que produce el conocimiento en el ser humano y sobre la necesidad de replantearnos ese criterio que nos hace desdeñar todo conocimiento que no sea directamente aplicable o susceptible de generar alguna ventaja económica. Para ello, argumenta que el conocimiento es susceptible de ampliar los horizontes personales y ofrece formas de autoafirmación y prestigio al margen de la violencia. “Arquitectura y problemas sociales” es un lúcido análisis sobre los perjuicios que causan las condiciones de las viviendas en los suburbios marginales de las grandes ciudades, unos perjuicios que se producen, sobre todo, en las mujeres y en los niños. En este ensayo, se expone la necesidad de una incorporación de la mujer al mundo del trabajo y se aboga por la creación de guarderías en cada bloque de viviendas, de forma que los niños pudieran estar cuidados y desarrollando sus potencialidades en las mejores condiciones. “El Midas moderno” destroza toda esperanza de seguir creyendo en la equivalencia entre las reservas de oro y los sistemas monetarios de cada país y, poco a poco, va desgranando cómo este papel lo han ganado el mundo del dinero y las finanzas. En este punto, el libro se muestra revelador: los intereses del sector financiero nunca coinciden con los intereses generales de la sociedad y no es muy inteligente dejar que esta gente asuma cuotas de poder muy elevadas. ¿Os suena de algo? “La ascendencia del fascismo”, “Scila y Caribdis, o comunismo y fascismo” y “La coyuntura del socialismo” son los tres ensayos con un mayor contenido político. Desde un análisis del fascismo como triunfo de las filosofías irracionales, como una rebeldía frente a la razón, se pasa a una crítica a ambos sistemas totalitarios y, por último, se ofrece un modelo político de carácter socialista apoyado en argumentos como la posibilidad de ocio, el fin del beneficio económico como motivación, la desaparición de una clase privilegiada que no trabaja e, incluso, la disminución de posibilidades de que se produzca una guerra. “Civilización occidental” es, como su título anuncia, una mirada detenida a lo que nos define como sociedad desde una perspectiva histórica, donde se define la civilización como una combinación de previsión y conocimiento y en el que se demuestra la intolerancia que ha caracterizado a Europa durante siglos. “Sobre el cinismo de la juventud” pretende arrojar luz sobre las actitudes de la juventud occidental, que parecen incapaces de creer en los viejos ideales como la religión o la patria. En “Homogeneidad moderna”, se discuten las ventajas y desventajas de la estandarización y la uniformidad en las formas de ser y comportarse, deslizando la posibilidad de que tal circunstancia sea una tendencia inevitable en nuestras sociedades que, además, facilitaría unas mayores cotas de felicidad y cooperación pacífica. “Hombres versus insectos” afirma que son estos últimos la mayor amenaza para la supremacía del ser humano sobre la tierra, una amenaza que solo la ciencia puede mantener a raya y se pregunta si no sería mejor, desde un punto de vista cósmico, la victoria de los insectos sobre el ser humano. “Educación y disciplina” relaciona la actividad educativa con el concepto de civilización y subraya el problema del agotamiento físico y mental del docente. En “Estoicismo y salud mental”, la preocupación se centra en el miedo a la muerte y en la necesidad de educar este sentimiento en una sociedad en la que la religión va perdiendo cada vez más terreno. “Acerca de los cometas” toma a estos cuerpos celestes como excusa para poner el acento en la artificialidad de nuestra vida diaria. El libro se cierra con “¿Qué es el alma?”, donde se contrastan los puntos de vista materialista e idealista en el terreno de la ya muy vieja dualidad entre mente y cuerpo. Posiblemente, todas estas ideas resulten poco novedosas, algunas, incluso, un tanto rancias. No voy a discutirlo. Simplemente, me gustaría señalar antes de terminar que estos pequeños ensayos fueron escritos entre 1932 y 1935.

martes, 3 de enero de 2012

El transformador metabólico


Hace par de semanas estuve en casa de uno de mis primos, la conversación empezó a alargarse y a mezclarse con una copa de vino y no tuve más remedio que aceptar encantado la invitación a cenar. Después de pasar por las habituales paradas de la música, el trabajo y los amigos, y muy influidos ya por la cercanía de las Navidades, empezamos a recordar aquellas mañanas de Reyes en las que uno se levantaba inquieto, hiperactivo, olvidando lo mucho que le había costado dormirse, y corría hacia el salón donde esperaban varios paquetes envueltos en papel de regalo. Luego tocaba la ronda de visitas a casas de familiares y la visita a casa de mi primo, donde siempre encontraba dos paquetes, uno con alguno de esos juegos de mesa que siempre estaba pidiendo y otro (previsible ahora con el paso de los años, pero que no levantaba ninguna sospecha en mi mente infantil) que escondía de forma invariable un volumen de Superhumor, esa maravillosa colección de Ediciones B con tapas duras y páginas de guía de teléfono, en la que se recopilaban las historietas de algunos de los mejores personajes del cómic español: Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio, el Botones Sacarino, Rompetechos... Mi tío Juan siempre ha sido un gran aficionado y coleccionista de este producto cultural español y, en su afán por compartir con sus hijos y sobrinos su pasión, acabó por hacernos el más grande de los favores, acabó por acostumbrarnos a la lectura. Toda actividad que requiera una dosis de esfuerzo solo puede convertirse en satisfactoria a través del cultivo de un hábito, de una rutina si se prefiere, algo que para cualquiera que haya vivido un es evidente y que los psicólogos y educadores no se cansan jamás de repetir. ¿De dónde puede haber venido mi paciencia para sentarme y dedicar tiempos indefinidos a la lectura sino de aquellas primeras experiencias en las que Mortadelo era capaz de empeorar cualquier problema recurriendo a uno de sus disfraces o Sporty se quedaba sin ganar una carrera por no haber leído con detenimiento una palabra con tilde? Es posible que mi primer encuentro placentero con la poesía viniera de la mano del torpe Alfalfo Romeo, cuyas aventuras se contaban en verso y con rimas ripiosas ante las que no se podía evitar una sonrisa. En la última viñeta de todas sus historietas, mientras nuestro antihéroe huía de una un perseguidor lleno de ira, siempre se podía leer esta cuarteta:

¡Mal lo tiene nuestro amigo
para estar junto a Julieta!
¡Seguro que lo consigo
en la próxima historieta!

Al día siguiente, mientras revisaba los textos que habían escrito mis alumnos y alumnas para el certamen de relatos navideños organizado en el colegio, me sorprendí por la abusiva presencia de personajes infantiles que pedían en sus Cartas de Reyes una Blackberry, un teléfono táctil, una tableta o, en el mejor de los casos, una consola de videojuegos, personajes que no erán más que un trasunto de sus propias personalidades y sus deseos, enfrentados a los de unos padres que acaban por transigir a sus deseos. Pensé entonces en la necesidad de aprovechar la costumbre de hacer regalos en estas fiestas para regalar lectura, algo que es beneficioso a cualquier edad pero, sobre todo, en la infancia. No hace falta que yo diga que los hábitos son más sencillos de establecer a edades tempranas, ya que el tiempo, el envejecimiento, suele volver a la persona más inflexible y a sus recursos intelectuales más estáticos. Evidentemente nada garantiza que una persona leída, culta, sea mejor que otra no instruida, pero sí es cierto lo que nos señala Bertrand Russel a propósito del mal llamado conocimiento inútil: “El bravucón del colegio rara vez es un muchacho cuyo aprovechamiento en los estudios está por encima del promedio. Cuando se produce un linchamiento, los cabecillas son casi invariablemente hombres muy ignorantes. Esto no es así porque el cultivo de la mente produzca sentimientos humanitarios positivos, aunque puede hacerlo; es más bien porque proporciona otros intereses que el maltrato a los vecinos y otras fuentes de respeto a la propia personalidad que la afirmación del dominio (…) La cultura proporciona al hombre formas de poder menos dañinas y medios más dignos para hacerse admirar.” Por otro lado, es también cierto que crecer rodeado de libros no garantiza un amor desmedido por la lectura. Nadie podrá negarme, sin embargo, que una infancia sin libros tendrá una menor probabilidad de acabar en pasión por la lectura. Estamos siempre, en todo momento, construyendo el futuro con nuestras acciones y omisiones. Aprovechemos estas fiestas para intentar aportar algo a la construcción de un a sociedad mejor regalando lectura a niños y niñas. Esperemos que 2012 sea, al fin, un año con algo de luz.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Prólogo - presentación para la antología - apertura del IV Encuentro de Verdes Escritores y Escritoras (Moguer, Octubre de 2011).


Ya que esto tiene que empezar de algún modo, empecemos por la imposibilidad de estar plenamente convencido sobre las propias posturas morales. Salvando unos cuantos universales y axiomas a partir de los cuales no se suele estar dispuesto a ceder, la mayoría de nuestras posturas éticas tienen una estabilidad ficticia, una estabilidad en la que necesitamos creer para salvaguardar el necesario equilibrio psicológico. Cualquiera que se detenga un momento a pensar en la evolución de su propio sistema de valores (me gusta más la palabra ideología pero ya se sabe que el abuso político que se ha hecho de este término le ha provocado un serio y triste desgaste), se dará cuenta en seguida del cambio que ha sufrido su modo de interpretación de la realidad a lo largo del desarrollo social y emocional que le ha llevado al momento en que vive. Y si esto no es así, probablemente, se deberá a que se está haciendo un análisis sesgado e incapaz de superar las barreras que impone la autocensura. A nadie extrañará que ahora afirme que este continuo proceso dinámico de la moral me parezca sano. Me explico. El cambio de postura en los modos de pensar, cuando puede justificarse, es síntoma, en el mejor de los casos, de una revisión, de un constante planteamiento de dudas y de la humildad de admitir que la forma en que se percibe el mundo puede estar equivocada. Aquellos que se declaran inmutables en su forma de pensar resultan, en ocasiones, sospechosos de no querer admitir que existen otras realidades mentales y justifican, de este modo, que se les atribuya una peligrosa falta de empatía. Se me podría decir que el cambio de posturas éticas no siempre está bien meditado y que se trata en muchas ocasiones de una simple sumisión a los contextos. Es cierto. Pero conviene recordar que éste es un proceso adaptativo y que, por muchos libros de metafísica que escribamos, seguimos siendo animales y seguiremos regidos por la darwiniana ley de la lucha por la supervivencia.
No quisiera detenerme mucho en este punto. Tan solo quisiera mostrar que esta disertación no pretende ser una doctrina (preferiría que se la tratara como un largo listado de imprecisiones) y, además, me gustaría tomarla como base para enlazar con aquella (ya) vieja idea tan manchada de postmodernismo, según la cual, el ser humano vive en un estado total de incertidumbre, no puede aferrarse a ninguna certeza y es normal ese sentimiento de estar desnudo frente la fría vacuidad del universo. Lo cierto es que, aunque vieja, esta idea corre el riesgo de convertirse en pandemia atendiendo a los tiempos en que vivimos. La famosa crisis (cuchillo) que nos atraviesa empezó por ser económica y, en estos momentos, parece que no hay un ámbito de la existencia humana que no esté en clara decadencia. La fe en el progreso, en la capacidad de mejora, en el trabajo por el bien común y el esfuerzo colectivo está en caída libre y, por ello, necesitamos que determinados conceptos, que hasta ahora se restringían a ámbitos concretos, extiendan su significado y ganen un mayor valor de uso. Entre esos conceptos, en mi opinión, está la sostenibilidad. Hemos escuchado hablar de desarrollo sostenible, de economía sostenible. Desde estas líneas, yo me atrevo a proponer una hermenéutica de lo sostenible o, mejor dicho, un modo sostenible de crear realidades e interpretarlas, que ayude a mantener el equilibrio mental incluso en estos tiempos. Después de estos rodeos, me siento ya seguro para hacer la afirmación que explica cuál es la relación de tanta retórica con el motivo que nos reúne en torno a este verde encuentro: la poesía es una forma sostenible de enfrentarse a la vida.
Volvamos por un momento al planteamiento de base postmoderna. Ante aquellos argumentos, fueron muchos los que, en su día, abogaron por la necesidad de crear un artificio, una ficción que hiciera habitable el mundo. No es necesario ser un firme defensor de estas filosofías para estar de acuerdo en la necesidad de sentar unas bases que reduzcan la incertidumbre. Sin embargo, al mismo tiempo, es innegable la dificultad a la que nos enfrentamos cuando pretendemos elaborar o defender sistemas de ideas que no perjudiquen o incapaciten a los demás o, llegando un poco más lejos, al resto de entornos que no nos son propios. Hasta una simple opinión es susceptible de provocar daños. Decía Cioran que solamente los desharrapados estaban libres de la culpa de no haber dañado a nadie. Sin necesidad de adoptar esta postura tan radical, pensemos por un momento en la figura del poeta en la actualidad, en la supervivencia de la poesía en el presente, ¿puede un género tan minoritario, tan reducido a la esfera de lo intelectual, causar algún tipo de daño? ¿Puede hacer la poesía algo que no sea construir aunque no se lo haya propuesto de forma explícita? Porque ya sea considerada como ficción o como un campo de lo creativo que no se circunscribe a la literatura, la poesía nos ofrece marcos de referencia, andamios sobre los que construir percepciones e interpretaciones sobre nuestra propia identidad, sobre el espacio sociocultural que habitamos, sobre la vida y todas sus cuestiones adyacentes. Este efecto es mayor si pensamos que la poesía no está concebida para ser explicada y que es cada lector el que tiene que poner en juego sus armas intelectuales cuando se enfrenta a un poema. En el proceso de apropiación psicológica de unos versos, la batalla siempre se gana desde el plano de la subjetividad y es esta circunstancia la que anula cualquier capacidad de adoctrinamiento. Por ello, toda poesía que pretenda imponer un discurso dominante está, antes o después, condenada al fracaso.
A estas alturas, no es importante el debate sobre las certezas. Si algo tenemos claro, es que necesitamos asideros para evitar una espiral de depresión y desesperanza colectivas. Y uno de los materiales con los que construirlos es la escritura y la lectura, la libertad con la que la imaginación discurre cuando pensamos en los poemas que se han cosido a nuestra piel, cuando fantaseamos sobre la cotidianidad de tantos hombres y mujeres que dedicaron años a escribir esos libros que nos fascinan. Y, así, identificamos en las famosas caídas de arquitecto de Vallejo esa angustia que nos oprime los domingos cuando anochece, aunque seamos conscientes de estar leyendo un himno escrito en tiempos de guerra. Nos sentimos como anónimos estudiantes cuando visitamos el aula de Baeza en la que Antonio Machado enseñaba francés y casi podemos ver su presencia mientras se quita el sombrero. Le pedimos a Cortázar en su tumba que nos obligue a gritar nuestro verdadero nombre. Paseamos por Rua dos Douradores con la convicción de poder fundirnos en la confederación de almas que llamamos Fernando Pessoa. Buscamos con un afán infantil la calle Aire con el estímulo de oír el rumor de una antigua fuente. Todo ello sin querer entrar en ciertos análisis en los que el limitado conocimiento de este prologuista acabaría resbalando. A modo de ejemplo, se podrían recordar las aportaciones que hace Andrés Sánchez Robayna en el epílogo de su libro En el cuerpo del mundo sobre la capacidad de restitución que la poesía tiene sobre la palabra. Como explica magistralmente el poeta insular, las fuerzas de presión dominantes a esfera internacional han conseguido desgastar el lenguaje, reducir la esfera semántica a un valor de mero intercambio. La palabra, reducida a mercancía, necesita una labor de recuperación en la que el poeta por oposición, por resistencia, por actitud crítica, debe tener un papel protagonista. Una vez, oí a un buen amigo decir que, después de todo, los poetas no somos más que gente corriente con un gusto especial por la exactitud en el uso de la palabra. Quizá éste sea un buen resumen.
En mi opinión, es esa red que para cada golpe, esa capacidad de interpretación de la vida que tiene el lenguaje poético, la más clara prueba del carácter sostenible de la poesía, es decir, de su poder para apuntalar las voluntades humanas. Con toda su artillería inofensiva, la palabra poética nos ofrece la sombra antes de desfallecer, nos ayuda a seguir recorriendo el camino haciéndonos conscientes de la existencia de una multitud de caminos distintos, nos susurra al oído que no somos más que cambio. Y, así, al comprender la vida como un trayecto, alcanzamos la certeza de saber que el paisaje ha de cambiar inevitablemente (nos guste o no nos guste), recordamos a Neruda en cada paso, pues sabemos que:

Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.


Enrique Zumalabe Ramblado,
uno de tantos.