Empiezo a leer con
atención la conversación entre Caballero Bonald y Pérez Azaústre
que publicó el diario El País en su página web el día 23 de
abril, en que le fue concedido al primero el Premio Cervantes, a la
que accedo gracias a mi amigo Miguel y a su constante atención para
estas cosas. Y, ya en el comienzo, me quedo más tranquilo al
descubrir que , afortunadamente, el título miente y no se trata de
una conversación, sino de una entrevista en el que el más joven
pregunta y el más experimentado responde con la libertad que otorgan
la edad y la confianza que proporcionan un sólido proyecto literario
ya desarrollado. A pesar de la necesaria y poco cuidada labor de
recorte y edición llevada a cabo para adaptar una secuencia de
realidad al formato de una entrevista digital (en algunas ocasiones
da la impresión de que Caballero Bonald aplicara aquella actitud que
mi amigo Alejandro Barragán define como “pregúntame lo que
quieras que yo te responderé lo que me salga de los...”), lo
cierto es que las reflexiones y planteamientos del último Premio
Cervantes se dejan leer con placer y son un impulso intelectual para
cualquiera que esté atento, interesado y muestre cierta tendencia a
la conceptualización del hecho literario. Durante la lectura de la
entrevista, me ha llamado la atención que, en muchas de las
respuestas de Caballero Bonald, se deja traslucir cómo, al indagar
en su infancia, al buscar en los orígenes aquéllas circunstancias
que le llevaron a la escritura como decisión vital, hay una
constante alusión a su necesidad o gusto por imitar las acciones de
héroes de tebeo como Flash Gordon o de personajes reales ligados al
mundo de la literatura y caracterizados por su carácter intrépido y
aventurero. Tengo que confesar que me ha encantado esa dirección del
análisis y, desde ese punto de vista, esto implicaría, yendo un poco
más lejos, una concepción del acto de escribir como un proyecto de
aventura vital y, de esta forma, requeriría de quien escribe un alto
nivel de valentía. No podemos olvidar que escribir (en general,
pero, más concretamente, la escritura de poemas) supone siempre la
concesión de una parcela íntima, de un pensamiento privado que se
hace público desde el mismo momento en que se codifica en palabras
con un formato que pueda ser inteligible para un futuro lector.
Porque está claro (y esto es innegociable) que todo lo que se
escribe está pensado y diseñado para la implicación de un lector.
La decisión de escribir es, en cierto modo, incívica. Supone una
declaración de intenciones, en la que, implícitamente, se deja
claro que se está dispuesto a renombrar el mundo, a redefinirlo, a
imponer un punto de vista, a tomar un posicionamiento dentro de una
corriente intelectual antigua y, al mismo tiempo, exclusivamente
personal y reinventada. Y, al hacer todo esto, se asume un riesgo
claro, pues el escritor se expone ante la sociedad para que ésta le
juzgue. Lanza su obra a la arena pública y espera que las voces, más
o menos autorizadas, elaboren un dictamen o una condena, se debatan
entre la indiferencia, el rechazo y la adulación. Si la escritura,
como aclara el propio Caballero Bonald, en su actividad de
arquitectura de palabras, no es una suplantación de la realidad ni
una mera copia, sino una interpretación la misma (una reconstrucción
lingüística me atrevo yo a añadir), cada escritor, como arquitecto
de discursos, tiene ante sí la inmensa e inabarcable tarea de
creación de una esfera de realidad propia, intrínseca, específica,
diferenciada. Dicho así, asusta. Dan ganas de no intentarlo y de
recomendar a cualquiera que esté empezando que lo deje ya, que se
trata de una pérdida de tiempo y, de hecho, no abundan precisamente
“los Borges” o “los Lorca”. Aunque también es cierto, que
este proceso de creación es lento y muy largo y que sólo pueden
intuirse algunos resultados parciales después de muchos años y
cuadernos emborronados. Además y, en todo caso, si no se culmina el
edificio completo, siempre podrá quedar la satisfacción de algún
ladrillo, especialmente, bien colocado.
lunes, 30 de septiembre de 2013
viernes, 27 de septiembre de 2013
Homenaje a Miguel Delibes
Le sentaron muy bien a
mis dieciséis años una de las lecturas obligatorias con las que nos
sentíamos agobiados en el instituto. Corría el curso escolar 1992 /
1993 y el profesorado responsable de la asignatura Literatura
Española del plan de estudios de BUP (qué raro suena eso de decir
Bachillerato Unificado Polivalente), tuvo la feliz idea de imponer
como lectura obligatoria de uno de los trimestres una novela de
Miguel Delibes, El camino.
Recuerdo haber comprado un ejemplar de la Editorial Destino y me
gustaría dar los datos habituales que suelo aportar cuando escribo
sobre los libros que voy acabando. Pero lo cierto es que tengo que
admitir con tristeza que he tenido que preguntarle al “amigo”
Google para poder aportar la fecha de la primera publicación del
libro: 1950. No es difícil entender el sentimiento que me produce
haber perdido, tras un préstamo, un libro tan especial para mí. El
camino es la historia de Daniel,
el Mochuelo, un niño de 11 años que afronta su última noche en su
pueblo natal, un pueblo que podría ser cualquier pueblo de la España
interior de aquellos años. Cuando llegue la mañana, Daniel partirá
hacia la ciudad a estudiar Bachillerato en un internado y los nervios
y la inmensa tristeza de descubrir que el paraíso de la infancia
también se acaba, no le dejan dormir. Pasará la noche recordando
sus correrías con los amigos, repitiéndose una y otra vez que
prefiere la vida sencilla y predecible del pueblo a la enigmática y
llena de nuevas posibilidades vida de los estudios. A través del
recuerdo de Daniel, asistimos a una imagen precisa y verosímil de
las vidas rurales de aquella España. El camino
fue, para aquel lector inconstante un aprendizaje por debajo del
umbral de la conciencia de los mecanismos y las satisfacciones
asociados al género novela. Fue uno de aquellos libros que me fueron
empujando muy lentamente a hacia el hábito de lectura, los
rudimentos de un hallazgo, la intuición de que había mucho que
hallar en la comunión del silencio y la página. Fue también,
además, una de mis primeras incursiones en la escritura narrativa.
Amor, aquella profesora de literatura a la que no presté siempre la
debida atención, tuvo la idea de hacernos escribir un capítulo
adicional, una especie de epílogo. Y, ante todo, fue el
descubrimento de uno de mis novelistas preferidos, el gran Miguel
Delibes que, con los años, fui degustando en muchas otras novelas.
Algunas de las páginas que más he disfrutado pertenencen a esos
largos monólogos que Delibes traza en algunas de ellas como Cinco
horas con Mario y Mujer
de rojo sobre fondo gris. Y qué
puede decirse de Los santos inocentes,
otro de esos textos que, como Cinco horas con Mario,
es fiel retrato de aquella realidad disociada que se escondía tras
la expresión “las dos Españas”. Aún me sigue durando la larga
y alegre complicidad que desencadena Diario de un
emigrante. Mucho menos me
gustaron El tesoro y
El hereje, ésta
última abandonada entre fuertes sentimientos de culpabilidad por la
traición al maestro. Quedan en el debe y es posible que algunas
queden ahí para siempre por mi empeño en vivir y mi falta de
disciplina, Las ratas,
El príncipe destronado,
Diario de un cazador,
Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso,
Diario de un jubilado,
La hoja roja...
Siempre tuve la sensación de deberle algo a Miguel Delibes, la
íntima necesidad de mostrarle un agradecimiento, de reconocerle, de
alguna manera humilde y anónima, las horas de felicidad absorta que
pasé ante su caudal inagotable de narrador de un país muy distinto
al que yo he vivido y que, sin embargo, nunca deja de ser el mismo.
Desde el final del pasado curso escolar, en el que tuve la suerte de
empezar a ejercer la docencia en un centro de Educación de Adultos,
puedo decir con satisfacción que, en cierta medida, estoy
procediendo a ese homenaje. En mis clases de Formación Básica, en
las que un sorprendente grupo de mujeres en edad de jubilación y
descanso, asiste cada tarde al colegio por el mero placer de un
ratito de lectura, dictado y cálculo, estamos leyendo cada día una
página de El camino.
Sé que puede parecer una tontería, pero el mero de hecho compartir
con mis alumnas un tesoro tan preciado me parece el justo homenaje
que un maestro como yo puede hacer de un generador de sed,
inquietudes y desvelos como fue Miguel Delibes.
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jueves, 19 de septiembre de 2013
Un Cervantes para Bonald
Al mirar la galería de
distinguidos con el Premio Cervantes, experimento una sensación
extraña. Supongo que es la misma sensación cuando repaso los
galardonados de cualquier premio literario de gran trascendencia,
porque recuerdo haber escrito algo muy parecido cuando cuando estuve
examinando la lista de los que han recibido el Nobel. Así, a
primera vista, lo de siempre. Por un lado, la reconfortante alegría
de reconocer en la lista a esos genios de la lengua española cuyo
reconocimiento nunca es suficiente, así como la presencia de otros
que no siempre recibieron la suficiente atención académica, salvo
quizá cuando ya estaban muy cerca de la muerte e, incluso, algunos,
una vez muertos. En este sentido, es una tranquilidad encontrar en la
lista de galardonados a Borges, Onetti, Francisco Ayala, Rafael
Alberti, Nicanor Parra, José Hierro... Sin embargo, está también
la otra cara de los premios. El pensamiento que surge cuando se leen
con cierta sorpresa determinados nombres. Lo cierto es que, por
absoluto desconocimiento o por insuficiente número de libros leídos,
no puedo valorar la obra de Sergio Pitol, Ana María Matute, Torrente
Ballester, Guillermo Cabrera Infante, José Jiménez Lozano, Carlos
Fuentes... Sí puedo, en cambio, valorar, en cierta medida, la obra de
Miguel Delibes, uno de los novelistas españoles a quien más he
leído y por el que siento cierta predilección unida a una educación
sentimental y a una total falta de objetividad. A pesar de ello, ante
estos nombres, no puedo evitar hacerme una pregunta. No dudo en
absoluto de la calidad y el talento de estos escritores, pero estamos
hablando del galardón más importante en lengua castellana. ¿No es
un poco desmesurado afirmar que todos estos nombres han contribuido
con su obra de forma decisiva al patrimonio cultural hispánico? La
verdad es que, incluso en el caso de mi admirado Delibes, no sabría
que responder, indecisión que viene motivada (supongo que ya se
intuye) por la inmensa cantidad de ausencias imperdonables en esta
lista. No voy a entrar en nombres porque siempre cito los mismos.
Pero es cierto que hay escritores, cuyo talento no ha podido superar
la sensación de incomodidad que provocaron durante sus vidas a los
sistemas académicos, culturales e institucionales. De la misma
manera, hay escritores que han sido injustamente olvidados antes
incluso de haber muerto, con obras cuyos títulos son vergonzosamente
desconocidos para el público en general. Algunos con un solo poema,
con un solo cuento, han contribuido de mayor manera a enriquecer la
literatura hispánica que otros con más de treinta libros. Tengo que
decir, en cambio, que no puedo reprochar al Cervantes una escasez de
poetas en la nómina de premiados y un muy buen criterio, en general
para elegirlos. Teniendo todos estos datos en cuenta, supongo que el
fallo de la última convocatoria es una muy buena noticia. No es,
precisamente, José Manuel Caballero Bonald, un autor a quien haya
leído demasiado. De hecho, lo único que he leído han sido algunos
poemas sueltos por pura curiosidad literaria durante algunos años
que se ha agudizado estos días desde que está en todas las
primeras, por decirlo en argot periodístico. Ésta es la única
experiencia que tengo con el gaditano, además de una curiosa
anécdota en la Feria del Libro de Sevilla, en la que, por mi culpa,
aquel hombre pudo haberse roto el brazo derecho. Me parece una buena
noticia porque todos los poemas que he leído me han resultado de una
calidad notable y de un planteamiento serio. Me parece una buena
noticia porque se está premiando a un poeta andaluz y, sinceramente,
creo que todo premio a un poeta andaluz es el premio a la larga
tradición, al largo idilio que mantiene nuestra tierra con el oficio
poético y, por tanto, un premio a Bécquer, a Machado, a Cernuda, a
Javier Egea, a Lorca... Por último, me parece también una buena
noticia porque no es, precisamente, Caballero Bonald un poeta cómodo
que se dedique a dar bálsamos al sistema en el que le ha tocado
vivir. Desde el discurso formal y estrictamente poético que
construye, hay una clara actitud de oposición y de resistencia. Por
ello, me resultó muy gracioso escuchar a don Felipe, durante la
entrega de premios, alabar a Caballero Bonald usando el término
infractor. Qué fina ironía la que conceden los múltiples sentidos
y contextos en los que se debate la vida de un idioma. ¿Estaría
haciendo una velada referencia a ciertos asuntos de su familia?
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lunes, 15 de julio de 2013
Otro divorcio
De vez en cuando, se me
olvidan los motivos por los que no suelo asistir a la representación
de obras de teatro. Alguien me llama, me ofrece un plan y acepto con
naturalidad, mirando con escepticismo y cierta extrañeza hacia atrás
y sin comprender muy bien a qué se deben las reticencias que,
normalmente, antepongo en otras ocasiones. Y es, de esta forma, como
acabé algún sábado en el teatro de Corrales, dispuesto a ver una
obra de la que, inocentemente, me dio por pensar que tenía cierto
tono trágico. En realidad, no sabía nada previamente, pero tengo la
mala costumbre de dejarme llevar por la ficción de la expectativas
que me construyo acerca de las cosas. Así que, de pronto, me vi
frente a una comedia, frente al monólogo de una mujer joven
atormentada que acaba por comprender, entre gritos catárticos y
gestos de bailarina, que tiene que ser feliz porque ella-lo-vale.
Es complicado después, ya en la calle, controlar las criticas y
admitir con rotundidad que no te gusta nada lo que has visto,
especialmente, cuando, durante la obra, el público ha aplaudido y
reído hasta la extenuación cada una de las gracietas, mientras uno
se ha sentido incómodo, como excluido de una celebración a la que,
sin embargo, el azar le ha llevado como espectador o como testigo. La
verdad es que siempre me causaron cierta tristeza las explosiones de
júbilo y optimismo fundadas en causas que no acertaba a comprender
o, directamente, no compartía. El caso es que, precisamente
en esas circunstancias, toman sentido completo otra vez mis
objeciones y prejuicios habituales frente a las representaciones
teatrales. El teatro me interesa, casi exclusivamente, como una de
las ramas de la Literatura. Según lo que puedo percibir, me da la
impresión de que viene produciéndose desde hace ya muchos años un
lento y progresivo divorcio entre la literatura y el teatro o, dicho
de un modo más específico, entre los criterios de validación
literarios y los criterios de validación teatrales. En este sentido,
ya no es necesario para que una representación teatral sea
considerada como “buena” que esté sostenida por una buena obra
literaria de base, para que nos entendamos: por un “buen libro”.
No es nuevo este fenómeno que sufre la literatura, de la que parecen
querer divorciarse la mayoría de sus antiguos cónyuges, excepto
quizá la narrativa. El teatro, desde que reclama su independencia
total como disciplina, se ha llenado de un humor burdo y fácil, ha
aceptado como algo natural la sobreactuación y el histrionismo, se
ha adornado de contenidos sociales e ideológicos estandarizados, se
ha convertido en un catálogo estereotipado de modelos de vida que
ofrecen una felicidad neutra más propia del libro de autoayuda que
de las funciones que cumplía en sus orígenes. Si, como todo parece
indicar, se sigue por este camino, el teatro será, más que una
disciplina artística, una actividad de encuentro social, como ocurre
con la mayoría del cine que se consume en las salas comerciales. Me
atrevo a hacer esta predicción porque, a diferencia de lo que ha
sucedido con otros procesos de divorcio con la literatura (y pienso
claramente en determinadas formas de poesía), esta deriva del teatro
le ha llevado a ganar un público numeroso y entusiasta. Por otro
lado, y esto sí es compartido con otros divorcios, ha ido creciendo
un sector de bienintencionados emprendedores amateur que
entienden que cualquiera puede hacer teatro y, lo más extraño, que
cualquiera puede hacerlo bien. Supongo que es el destino de lo
literario: la lectura como un acto íntimo y en soledad, alejado del
ruido social y de toda utilidad que no sea el propio acto de
cohabitación entre el lector y el texto. Yo, al menos, lo tengo
claro y prefiero el gozo silencioso de la obra de teatro literaria
como libro, como texto que se debe a una tradición para ensalzarla o
violarla. Las coreografías psicodramáticas que triunfen sobre las
tablas, la verdad, me interesan mucho menos.
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miércoles, 10 de julio de 2013
Mi librero de referencia y la necesidad de una poética
No necesito buscar una
excusa demasiado artificiosa para arrancar el coche, conducir hasta
Moguer, aparcar en la calle Juan Ramón Jiménez e invadir durante un
tiempo indefinido la librería de mi buen amigo José Manuel Alfaro.
En ocasiones, le encargo libros, no porque necesite nutrirme de
lectura en esos momentos (lo cierto es que no sé si alguna vez
terminaré de leer todo lo tengo pendiente en casa), sino por fijar
una pequeña obligación, un instante en el que tenga que romper la
rutina siempre acuciada por la escasez de tiempo para hacerle una
visita y dejar que la mañana o la tarde pase sin los habituales
tirones de las prisas que manchan los días laborables. Creo que
todos los que lo conocemos, estamos de acuerdo (y esta afirmación se
la tomo prestada a don Manuel González Mairena) en que José Manuel
es un auténtico librero y no simplemente el dependiente de una
tienda en la que se venden libros. Si a esto unimos la común afición
al vino y su gran conocimiento sobre el sector, se entenderá que mis
viajes a su taberna de Babel estén más motivadas por las
conversaciones que me brinda, por las recomendaciones de algún caldo
que siempre le pido y, sobre todo, por el buen trato que uno recibe
siempre. José Manuel juega también un papel importante como
dinamizador y promotor cultural y, en la medida en que se lo permiten
su vida personal y las difíciles circunstancias sociales y
económicas en las que nos vemos inmersos, desarrolla labores de
editor y de organizador de encuentros de escritores. Por si esto
fuera poco, también está su tapada condición de poeta de la que no
alardea y que mantiene siempre lejos del foco. Con estos
ingredientes, la receta de nuestro diálogo desemboca inevitablemente
en la cultura, pasa por el mundo editorial y acaba siempre en la
poesía. Con frecuencia, en medio de una de esos buenos ratos (café
o vino mediante) le hablo a José Manuel de algún poeta, de alguno
de los libros que he leído recientemente, de algún poema. Es
conocido mi interés por las poéticas, por los poemas en los que el
autor traza su concepción sobre la poesía u ofrece una reflexión,
encontrado un paralelismo entre algún aspecto de la vida o el orden
natural y el momento intelectual en que se concibe el discurso
poético. Y es aquí dónde encontramos siempre un punto de
desacuerdo. Según lo que él mismo me dice, hoy en día, hacer una
referencia a la poesía como entidad en el seno de un poema es
“cargárselo” y provoca ya cierto cansancio, por su excesiva
recurrencia. Por ello, se me ocurre hoy plantear esta cuestión:
¿sigue siendo necesario el planteamiento y la escritura de este tipo
de poemas? Supongo que ya se adivinará que mi respuesta es positiva.
Si bien es legítimo pensar que sería suficiente con las
conceptualizaciones y estudios que nos ofrece, desde el ámbito
teórico, la filología, desde mi punto de vista, estaríamos
ignorando un aspecto crucial, definitivo: la poesía es un fenómeno
fundamentalmente lingüístico. Más allá, la poesía supone la
creación un código propio, de una forma específica de discurso y,
como ya he apuntado otras veces, se convierte en un ámbito de
creación de un conocimiento propio. En este sentido, no creo que
pueda pensarse en una poesía que no se defina a sí misma, como
tampoco se entendería que la psicología no ofreciera un concepto
sobre la propia ciencia psicológica y se limitara a las definiciones
del diccionario o las que se hicieran desde otros campos de
conocimiento, por muy fronterizos que estos fueran. Por otro lado,
tratándose de un fenómeno lingüístico, la poesía está muy
cercana al pensamiento, a la esfera emocional, a la delimitación de
una individualidad de carácter identitario. Es decir, su carácter
lingüístico la convierte en un fenómeno exclusivamente humano y
es, precisamente, el lenguaje, el ha hecho de la especie humana un
ser con funciones psicológicas ampliadas, el que nos ha llevado a un
grado de diferenciación interindividual tan amplio que, incluso, ha
trascendido al terreno de lo que podría llamarse la psicología
popular en la famosa sentencia, tan manida como indiscutible, que
afirma que no hay dos personas iguales. Y este argumento, tan
aparentemente simple, tonto si queréis, es el que me lleva a seguir
defendiendo la necesidad de escribir poéticas, ya que no puede haber
dos poetas iguales, ni dos concepciones sobre la poesía idénticas
que nazcan de experiencias genuinamente distintas o, que siendo
similares (y esto es lo fundamental), estén definitivamente marcadas
por la distinta interpretación simbólica que cada personalidad
individual pueda hacer de ellas. Y dicho esto aprovecho para mostrar
mi más profundo respeto a mi amigo José Manuel Alfaro.
Probablemente, sin interlocutores como él y como tantos otros de mis
amigos, no dispondría quien escribe estas líneas de estímulos
intelectuales suficientes para sostener tanto aparato retórico.
jueves, 20 de junio de 2013
El profesor Eliot
La poesía es también, aunque no lo pretenda, una herramienta de construcción de conocimiento, una forma de codificar las ideas huyendo de los estragos que causa en el lenguaje habitual el uso impropio, el desgaste negligente, el carácter extremadamente perecedero de las mensajes que se enuncian. Quizá, por ello, recuerdo este jueves que se aferra despiadadamente al invierno a otro maestro de lectores y hacedores de versos, Thomas Stearns Eliot. Supongo que no hace falta que advierta del carácter extremadamente personal de estas líneas, escritas por un lector del Eliot traducido, que solo se atreve a adentrarse en el discurso original en ediciones bilingües y siempre con la sensación de estar acometiendo una aventura para la que no se está capacitado, siempre con esa actitud de buscar, al menos, una pequeña confirmación de que se tiene cierta idea de la lengua que alguna vez se estudió con menos interés del que hubiera merecido. Supongo, también, que a nadie extrañará que señale a Eliot como maestro, después de haber señalado a otros tan ideológicamente alejados. Como sabrá cualquiera que haya atrevido a dejarse llevar por la lírica, el estremecimiento experimentado en la lectura no entiende de diferencias ideológicas porque se sitúa en otro ámbito, aunque, a veces, los ámbitos aislados se acaben mezclando de forma satisfactoria. Eliot es, a mi entender, un profesor de una filosofía, de una psicología, de un pensamiento que se ha forjado en una experiencia emocional e intelectual y que es capaz de dar explicación a la historia, al mundo, a la sociedad, a la conciencia humana. No puedo, ni pretendo, ser exhaustivo al describir todas las aportaciones de Eliot a lo que yo llamaría una epistemología generada poéticamente, pero no puedo evitar hacer referencia a alguna de ellas como un simple acto de homenaje. La primera lección que me inundó de asombro leyendo su obra aparece en su poema “El primer coro de la roca”, escrito en 1934 y en el que, además de resumir en un solo interrogante la angustia sobre el sentido y el significado de la vida, plantea otros dos interrogantes que son la base uno de los grandes problemas que ha generado la, excesivamente tecnificada, sociedad de la información. Reclamo atención porque, como acabo de apuntar, estos versos que cito a continuación fueron escritos en 1934:
¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?
Estos tres versos bastarían como ejemplo para justificar la tesis que trato de defender. Sin embargo, no puedo cerrar esta pequeña reflexión sin acercarme al conjunto de poemas que he decidido releer recientemente y que son el verdadero origen motivacional de esta columna. Me refiero a “Little Gidding”, el último conjunto de cinco poemas que aparece en una obra impresicindible de la lírica del siglo XX: Cuatro cuartetos. “Little Gidding” es una clara muestra recopilatoria del estilo y las preocupaciones de Eliot. Los cinco poemas se mueven entre la ética y la metafísica y destilan ese tono reflexivo con ciertas connotaciones de tristeza que tiene lo que parece que llega a su fin, lo podría estar sucediendo por última vez, lo elegíaco (tomando la definición de Borges). El orden natural de lectura nos sitúa, inicialmente, en un lugar de oración donde parecen confluir todos los caminos en un tiempo sin tiempo. Desde allí, nos lanza a un paseo por las calles antes del amanecer que desemboca en un encuentro con una voz del pasado ya muerta, pero que vuelve a advertirnos o a confirmarnos lo que ya intuíamos. A partir de ese momento, se desencadenan tres instantes de extrema lucidez y el lenguaje se hace análisis de ciertos matices del funcionamiento psicológico que, en un proceso inductivo, se lanzan a la configuración de postulados sobre procesos históricos. En esta travesía, descubrimos, por ejemplo, cosas tan sencillas ésta:
… Ésta es la utilidad de la memoria:
libera. No reduce el amor sino que lo dilata
más allá del deseo, liberándonos
de futuro y pasado...
O, por no aburriros demasiado, comprendemos la unión indisoluble de todos los conceptos que se ponen en juego en la creación poética, especialmente, cuando se intenta definir qué es la poesía, cuando se es consciente del tono de sentencia con el que se reviste al discurso poético; cuando se entiende que la vida es conciencia, la conciencia es lenguaje, el lenguaje es creación y la creación se asemeja a la vida, con su reverso oscuro que es la muerte. En palabras de Eliot:
cada frase y cada sentencia es un fin y un comienzo,
cada poema un epitafio. Y toda acción
es un paso hacia el filo, hacia el fuego, hacia el seno del mar
o una piedra ilegible: y es allí donde empezamos.
No resultará extraño a estas alturas que no tenga ningún prejuicio intelectual con el poeta que se atrevió a declarar, jactancioso, que se definía como "Clásico en literatura, Monárquico en política y Anglo-católico en religión".
lunes, 17 de junio de 2013
El carácter pedagógico de Ángel González
Sé que puede resultar
algo pretencioso, pero cuando regreso a la poesía de Ángel
González, experimento esa sensación de paisaje familiar y
reconocible, algo similar a lo que me ocurre cuando vuelvo a leer,
más bien releer, los poemas de mi amigo Dani o de Miguel. El paseo
por los poemas va desde esos que uno casi podría recitar de memoria
a aquellos otros que se empieza a leer un poco desubicado y se acaba
anticipando en voz alta los versos que llegarán a continuación. No
nos engañemos, no soy un experto en el poeta asturiano. De hecho, mi
conocimiento sobre su obra poética se limita, casi exclusivamente, a
sus greatest hits y está
fundado, sobre todo, en 101 + 19 = 120 poemas
publicado por Visor, el disco La palabra en el aire
y la antología recogida en Tiempo inseguro,
el volumen de la Revista Litoral al que ya me referí hace varias
semanas. Creo que mi visión de Ángel González es,
fundamentalmente, la de una figura pedagógica y, por ello, cada vez
que intento poner en orden mis percepciones e interpretaciones sobre
su obra siento que mi discurso se tiñe de seriedad, del respeto que
se debe a su magisterio. No es extraño, por tanto, que confiese que
algunos de sus poemas me causan envidia, esa envidia tan habitual en
los aficionados a escribir que se traduce en el sentimiento de “me
gustaría haber escrito yo ese poema”. Este sentimiento se
concentra, especialmente, en el famoso poema perteneciente a Áspero
mundo y que comienza con ese
incontestable verso “Para que yo me llame Ángel
González”. En mi opinión, su
poesía es un camino hacia la ética, un manual de buenas prácticas
sobre los temas y tópicos que constituyen el universo de un poeta
urbano, tomando como método de trabajo el análisis lírico de la
propia identidad y la biografía. Política, amor, paisaje, memoria,
infancia, familia, paso del tiempo, envejecimiento, todos los núcleos
en los que se desenvuelven los versos del poeta componen, en sí
mismos, una solución válida y, en la inmensa mayoría de los casos,
brillante. “Primera evocación”, recogido en Tratado de
urbanismo, es un ejemplo de lo
que intento defender. El sobrecogedor poema es, al mismo tiempo, un
homenaje a la madre a través de recuerdos infantiles y un grito
antibelicista lanzado al vacío. La mayor virtud de Ángel González
y la cualidad de la que siempre quise contagiarme es la sobriedad de
su lenguaje, la mesura y tranquilidad con la que sus poemas hacen
referencia a las pérdidas, a las humillaciones, al miedo que
despierta la imaginación de un futuro que se distancie de la
felicidad del presente. No puedo negar que el carácter sobrio es tan
embellecedor en los grandes poemas, como monótono en lo poemas que,
en mi entender, son menores, pero, como ya dije, entiendo que su
aportación es, fundamentalmente, pedagógica y, por encima de todo,
es necesario reconocer su actitud ética, que señala la senda a
muchos de los que intentan encuadrar sus vivencias entre ritmos
predefinidos. No menos incontestables resultan las apreciaciones de
Ángel González en materia teórica, en el planteamiento de una
poética y el análisis del poeta como figura y de los motivos que le
llevan a escribir. “La escritura es una especie de
enfermedad contagiosa que los libros transmiten a quienes los
frecuentan en exceso”, así
comienza una breve reflexión a la que tituló “¿Por qué
escribo?” y que concluye con
la siguiente respuesta: “porque me resisto a confinar en
el pasado ese residuo de mí mismo que sobrevive en mis poemas”.
Quién se atrevería a rebatirle cuando afirma que la existencia del
poeta es precaria y depende de los otros, que “El poeta
vive en la lectura igual que los fantasmas habitan en el miedo.”
Creo, sinceramente, que me gusta todo de Ángel González excepto la
imagen pública que se viene forjando desde hace ya muchos años,
antes incluso de su desgraciada muerte en 2008. No me atrevo a decir
que el poeta se sentiría incómodo. Supongo que las afinidades
personales y las amistades están en la base de todo. Sin embargo, a
veces da la impresión de que hay una cierta apropiación de la
figura de Ángel González por parte de cierto sector de la poesía
española actual, de la misma manera que me parece percibir cierto
desdén desde otros bandos como actitud de mera reacción frente a
los otros. Lo cierto es me interesa mucho González, pero no me
interesan nada los gonzalistas, ni los antigonzalistas. Por eso,
cuando miro a mi estantería y veo “Mañana no será lo
que dios quiera”, tengo la
convicción de que será uno de esos libros que nunca leeré y siento
cierta lástima por el dinero y la ilusión que alguien gastó en
regalármelo.
jueves, 13 de junio de 2013
Dejemos hablar al viento
Continúo con mi
interminable saga de los descubrimientos tardíos. Diecinueve años
después de haber adoptado el hábito de lectura como una misión de
vida, precisamente, tras devorar uno de los títulos de referencia
del “Boom Latinoamericano”; algo menos, pero también muchos,
después de que algún amigo al que ya veo poco me hablara con una
admiración casi reverencial de Juan Carlos Onetti, acudí a la
lectura de Dejemos hablar al viento,
una novela que sufría un largo periodo de olvido en mitad de la
estantería azul que da soporte a mi artificiosa estructura vital.
Empecé a leer sin conocer un detalle importante: forma parte de una
especie de saga ambientada alrededor de la ciudad ficticia, podríamos
decir léxico – semántica, de Santa María. Más grave aún para
aquellos que puedan verse afectados por la enfermedad de la
cronología, se trata del cierre del ciclo y, por tanto, del último
acto. Afortunadamente, este detalle no adopta tanta trascendencia
cuando coinciden en un momento espaciotemporal concreto un genio
literario inconmensurable, una novela magnífica y cierta actitud al
leer. Dejemos hablar al viento
es el relato de un triángulo dramático, sexual y autodestructivo,
en cuyos vértices están el comisario y pintor Medina (protagonista
por así decirlo de la obra), el yonqui enamorado del desencanto
Julián Seoane y Frieda, mujer fatal, rubia, cantante, empresaria,
bisexual. En un ambiente decorado por el humo del tabaco y la
constante presencia del alcohol, en medio de un calor húmedo y
opresivo, en mitad de un mundo en ruinas lingüísticamente
construido y en el que abunda el sustantivo mugre, la belleza florece
indiferente en los diálogos, en la omnipotente visión del narrador
que desgrana un modelo de vida particular para ofrecernos lecciones
de sombras que tienen alcance sobre un concepto de vida más general
y más amplio. Muy mal parada sale la institución familiar cuando se
analiza el contexto en el que se desenvuelven los hechos que van
jalonando la novela. La historia de Julián Seoane no es,
precisamente, un bálsamo para calmar la ansiedad en tiempos turbios.
La madre, manipuladora de biografías. El padre, Medina, un personaje
de mil caras, que acepta una paternidad por necesidad íntima, aunque
todos sepan (Julián, la madre y el propio Medina), que se trata de
una ficción. Visto así, y teniendo en cuenta el absoluto desprecio
por la convención social y la buena imagen que Seoane escenifica de
forma continua, no resulta ya tan extraño que ambos (padre e hijo)
acaben por compartir amante. Y, sin embargo, el reconocimiento de
estos hechos está muy lejos de la insidiosa bronca familiar en la
que podría pensarse si el lector se deja llevar por la empatía. La
interacción es muy distinta y, a la vez, resbala con tanta
naturalidad, desprende un halo tan firme de razón. Seoane sentencia
a Medina cuando le dice: “Querías tener un hijo desde
siempre, probablemente desde la primera vez que te acostaste con una
mujer. Lo dijiste, recuerdo. Lo que sentías arriba de una mujer era
tan importante, tan sin relación con cualquier otro tipo de
experiencia posible, que necesitabas hacerlo eterno, o duradero, o
palpable, con un hijo (…) Tal vez no solo por todo lo que dije:
eternidad, duración, el acto de amor hecho concreto y ocupando un
lugar en el espacio. Creciendo, además. Tal vez necesitaras un hijo
también para justificar tu permanencia encima de una mujer, para
disculparte y hacerte perdonar. ¿De quién? Ese es otro problema (…)
Entonces, desde que me conociste, o desde mucho antes, quisiste jugar
a que yo era tu hijo. Nada de amor en realidad: el placer del
dominio, la pobre satisfacción orgullosa de imponer destinos y
contactos.” La respuesta de
Medina mantiene la línea del diálogo: “Puede ser que
sea cierto”. Medina encarna la
culpa que no puede ser expiada de forma directa, que necesita una
transferencia, un cambio de foco en su apostolado, aunque esté muy
lejos de ser precisamente un santo. Sería lógico apuntar que todo
podría ser mucho más sencillo si Medina se abandona a Olgurisa, que
la tragedia resulta irrevocable cuando se mira con perspectiva desde
el último párrafo. Después de todo, ni el yonqui que lo ningunea
es su hijo, ni merece mucha consideración la propia Frieda que
parece tomar cada pequeña decisión de su vida para ridiculizar a
Medina. Pero a quién le importa la sencillez cuando se quiere
representar el mundo entero en los matices del blanco de la espuma de
una ola, quién puede apostar seriamente por la sencillez cuando se
está debatiendo sobre la lectura o la escritura de una novela. A
pesar de ello, el propio Medina nos lo advierte: la inflación es un
elemento deformador de la tragedia.
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miércoles, 5 de junio de 2013
Paseo de los Tristes
La vida cabe dentro de un
poema. Éste es el pensamiento que me invade cuando vuelvo a “Paseo
de los tristes”, el bellísimo y extenso quejido que cierra el
libro del mismo título y que fue escrito por un tal Javier
Egea cuando la década de los ochenta empezaba a usar pañales.
“Paseo de los tristes” es algo más que un poema. Sus nueve
páginas (al menos son nueve en la edición de la Colección Maillot
Amarillo de la Diputación Provincial de Granada) se muestran como
uno de los campos de batalla donde se escenifica el constante
enfrentamiento entre Eros y Tánatos, entre el refugio del cuerpo
amado y la intemperie de la soledad. Una ciudad que es todas las
ciudades, una ciudad que podría ser Cáceres, Berlín, Madrid,
Lisboa, ofrece su paisaje tautológico y se disfraza de
Granada para acoger la travesía intelectual de aquel que mira y
encuentra un código escrito detrás de cada uno de los elementos del
mobiliario urbano. “Era cuando diciembre desplegado en la lluvia
/ se adueñaba de parques y avenidas”,
era y será diciembre para siempre cuando nos adentremos en las aguas
de la lucidez, diciembre, ese mes que uniforma a sus ejércitos con
gabardinas. Y es así como Javier Egea nos alumbra con los hallazgos
de lo que ya sabíamos o podíamos intuir: el asombro de la primera
felicidad y sus sudores no están blindados. “La primera
muerte” nace y crece
paralelamente, “la irreversible palpitación” es
inseparable de “los inaugurados caminos del corazón”.
Todo toma sentido de repente ante los labios que despiertan deseo,
ante esos labios que nos llevan al “vicio del recuerdo”.
Y, sin embargo, siempre encontraremos plazas con “restos
de soledad sobre los bancos públicos”,
siempre parece persistir una soledad excesiva, siempre habrá algo
que preludie la vida que se acaba. Y, por si fuera poco, “Paseo de
los Tristes” no es solamente esto: sin abandonar su condición de
escenario de la lucha, el poeta vela las armas de la ideología. No
es fácil que un discurso militante mantenga el equilibrio en el
estrecho sendero de la lírica. Pero es Javier Egea quien nos habla,
quien nos hace conscientes de que estamos:
condenados a vivir una
historia perdida
de explotación y
soledad, de muerte enamorada
sin saberlo.
Es él
quien nos acusa por ese silencio que nos compran con un torpe
refugio, que el fracaso del mundo se adivina en el grandilocuente
delirio de sus estatuas, que el tiempo y el futuro revelarán su
corrupción inevitable. El poeta nos enfrenta al espejo, nos hace
conscientes de nuestro tránsito autómata, nos recuerda que, después
de todo, todos morimos de soledad.
La
vida cabe dentro de un poema, quizá porque es injusta y eso la hace
empequeñecerse. Javier Egea, llamado a ser el poeta más importante
de estos tiempos, el mayor talento de aquello que se llamó La
otra sentimentalidad, no pudo
ver “otra clase de luz, otra esperanza”
más allá de sus cuarenta y siete años y decidió dar por
finalizada su biografía. Es cobarde acusar de cobardía al suicida.
Probablemente, nadie fue más consciente que él de aquella verdad
incuestionable que anunciaba en su poema “Sobre el papel”:
Sé que la soledad
no se agota en tus
labios ni en los míos
y que la vida es dura,
trágicamente seria.
jueves, 23 de mayo de 2013
Entre García Montero y Ángel González
Tiempo inseguro es el
título del número 233 de la Revista Litoral, publicado en el año
2002 y dedicado de forma íntegra a la figura del imprescindible
Ángel González. Paseo entre las biografías, los textos de homenaje
y reconocimiento, el abundante material gráfico, una breve
antología, un conjunto de poemas inéditos rescatados para la
ocasión. Algo me llama la atención de forma súbita. La
transcripción de una conversación entre un Ángel González en rol
de entrevistado y un Luis García Montero en el rol de entrevistador.
A veces, se aprende más de una conversación cuando se asiste a ella
como espectador que cuando se toma un papel activo en la misma. A
veces, la propia actividad retórica nos hace perdernos parte de los
argumentos del interlocutor porque estamos buscando la forma de
construir los nuestros. La distancia del espectador es,
beneficiosamente, didáctica. Por ello, se entenderá que no he
podido resistirme a la tentación de asistir de forma diferida a la
conversación entre esto dos poetas, a los que algo (mucho) les debo.
Si ya es difícil hablar de la labor de escribir sin hablar de
influencias, sin hablar de los escritores a los que se les tiene un
mayor respeto y se les reconoce un magisterio definido en la propia
trayectoria, supongo que, al enfrentar un diálogo con una gran
personalidad literaria como fue Ángel González, y aun a riesgo de
caer en tópicos, no se puede eludir la pregunta acerca de la
tradición, acerca de las lecturas decisivas. No descubre nada nuevo
el poeta cuando habla de la necesidad de una referencia, de un
modelo, pero resultan muy interesantes sus valoraciones. Así, se
presenta a la antología Poesía española contemporánea de
Gerardo Diego como la auténtica prefiguradora de la tradición para
los poetas de la Generación del 50. Cualquiera que se haya
interesado un poco por la obra de Ángel González es capaz de
identificar dos rasgos esenciales de su poesía: el uso de un
lenguaje cotidiano y sencillo, así como la existencia de un
compromiso social evidente que late debajo de la superficie del poema
y que no es, en sí mismo, el argumento del poema. En ese sentido,
sus opiniones sobre ciertos poetas son especialmente relevantes. Así,
se nos presenta a Antonio Machado como un antídoto frente a la
vulgaridad de la búsqueda permanente y obligada de lo original,
frente a aquellos que pretenden separar la vida del arte,
desnaturalizándolo, alejando entre sí los códigos con los que se
construyen tanto el uno como la otra. En cuanto a Blas de Otero, un
apunte innegable: su obra es la más clara demostración de que puede
superarse la dicotomía entre la poesía social, políticamente
comprometida, y el ejercicio de un estilo cuidado, el cultivo del
poema como un acto estético. Porque el poema es, como nos recuerda
el entrevistado, básicamente, forma. No es que el contenido haya de
perder todo su protagonismo para hundirse en una estructura cuya
finalidad sea puramente estética (fonética me atrevería yo a
añadir), pero parece claro que la forma es la responsable de la
relevancia que puede llegar a adoptar la historia o el argumento que
se plantea en el poema. Por tanto, no se hace extraña la confesión
que hace el poeta sobre el carácter de sus ocurrencias (lo que otros
llaman inspiración), definidas como algo que existe de forma previa
al acto de escribir y que se escribe como una necesidad de respuesta.
Esta necesidad nacería de un conjunto de palabras irrenunciables
organizadas ya como versos y que van a marcar la trayectoria del
poema por encima de las condiciones que podría imponer el argumento.
Por otro lado, está el, también ineludible, debate acerca de lo
sincero y lo fingido en el poema, acerca del yo poético y el yo
biográfico. Se ha repetido como un mantra la idea de la
imprescindible distancia que debe imponerse entre el yo poético y el
biográfico. Ángel González no rechaza esta postura, pero con
lucidez nos señala que estamos ante una paradoja. Nadie se atreve a
negar que “el poeta es un fingidor”, pero el poema proyecta una
imagen sobre quien lo escribe. Y si se quiere que el poema sea
eficaz, esa imagen debe decir la verdad. Por ello, es labor del poeta
fingir que es uno mismo, haciendo que el personaje ficticio sea
creíble y se parezca, cada vez más, a quien lo inventa. En este
sentido, si la lectura de un poema ajeno es un acto de conocimiento,
la lectura de un poema propio, como bien nos recuerda el asturiano,
es un acto de reconocimiento o autoconocimiento. Evidentemente, se
trata de un proceso difícil, sobre todo, cuando hay que poner
distancia entre lo que se siente y lo que se escribe, cuando se
pretende salvar la independencia del poema con respecto a la
corriente emocional que nace de los acontecimientos vitales. En esto,
los poetas de la Generación del 50 fueron unos maestros y, en sus
respuestas, González apunta que su herramienta de distanciamiento es
la ironía, un recurso que le permite acercarse a las fuentes del
dolor sin dramatizar, con pudor, evitando unos gestos excesivos que
el lector no merece. Quizá todo sea más fácil y pueda resumirse en
el enunciado más útil que aprendí durante mis años como
estudiante de Psicología (y con el que parece estar de acuerdo
nuestro ilustre entrevistado): Lenguaje y pensamiento son términos
sinónimos. No es que pensemos con palabras, es que pensamos
palabras. El descrédito de uno se convierte, inmediatamente, en
descrédito del otro.
sábado, 13 de abril de 2013
Situación del Mercado
Supongo que es normal que
me sienta tan identificado con la letra de aquella canción de Joan
Manuel Serrat que trata acerca de la amistad y cuyo estribillo se
corona con “lo mejor de cada casa”. Es una sensación que se
agranda cuando, por ejemplo, a uno le llega un correo electrónico de
su amigo Miguel Mejía en el que explica que lleva ya a algún tiempo
trabajando en la traducción de la obra de un poeta alemán que no
tiene ningún libro traducido al español, que tiene ya una versión
bastante consolidada de uno de sus tres poemarios y que me la adjunta
en un archivo pdf para que, cuando pueda, la lea con ojos de lector
medio, le diga si encuentro algunos giros raros, si se entienden o no
se entienden los poemas. El poeta se llama Nicolas Born. El libro,
Situación del Mercado, es el primero de los tres que escribió
y su composición está enmarcada entre los años 1965 y 1967 en la
Alemania del Oeste. Tengo que confesar que me siento como un intruso
en casa ajena al intentar comentar los poemas que componen el libro.
En cierto modo, es como si me faltase legitimidad, como si fuera
demasiado presuntuoso. En cualquier caso, cuando empecé a leer el
libro, me pareció que estaba ante una especie de poesía del
indicio, en la que bajo un manto aparente de normalidad excesiva, se
van atisbando algunos fogonazos de razón, de clarividencia, algo que
se percibe especialmente en el poema que da título al libro
“Situación del mercado” y que termina sugiriendo: Es curioso
el invierno / antes de llegar. Según se va avanzando, no es
difícil comprender que los temas y ambientes que el libro plantea
son mucho más diversos y aparecen ante el lector por todas partes
referencias a múltiples aspectos de la vida y el pensamiento que se
van desgranando lentamente, pero sin tregua. Así, nos encontramos
con poemas como “Autorresponsabilidad” con otro final
contundente: Cada uno alguna vez se plantea la pregunta / de si
conduce él mismo o se deja conducir.
Poemas sobre la prensa, la televisión, autorretratos, erotismo,
política, envejecimiento, amor, muerte, van, poco a poco, abriendo
un camino, desenterrando el que, a mi entender, es el verdadero eje
de estos poemas. No me gusta hacer afirmaciones categóricas, pero,
desde mi punto de vista, la poesía desplegada por Born en Situación
del Mercado es una poesía del
sentido común. Es esta una idea que fue formándose en mis ojos de
lector que busca una posible columna para Las Afueras y que vi
refrendada cuando, al llegar al poema “Sobre las casas”, leí:
Ya
nadie se sorprende.
Para
comprenderla, a la muerte hay
que
dividirla entre la multitud. Las cifras
son
un factor musical, provocan
sentido
común.
Se
entienden así otros matices cuando se vuelve a los versos subrayados
a lo largo de las páginas. Parece, entonces, que hay pequeños
manuales para la vida escondidos en cualquiera de los poemas. Así,
“Elogio del colectivo” nos señala: (…) estando
en buenas manos / tampoco pregunta nadie por el clasicismo.
“Por fin ya no queda nada que perder” nos recuerda que:
Obviamente
pasan las semanas / los movimientos tienen su sentido igual que
antes.
“Intento lamentarme” plantea con claridad una cuestión muy
seria: Qué
he hecho yo para que me consuma / la luz eléctrica.
Y, por supuesto, en uno de los poemas que forman parte de la sección
“Necrologías” nos alumbra una certeza: y
me causó sorpresa / que se pueda envejecer con buen humor.
No sé si a todos os pasa lo mismo, pero, a veces, tengo la sensación
de que nunca agradecemos de forma suficiente, nunca reconocemos la
verdadera dimensión del mérito que tiene la labor de traducir.
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lunes, 1 de abril de 2013
El jersey rojo
Carlos Bousoño, Luis
María Anson, Francisco Brines, José Manuel Caballero Bonald, Víctor
García de la Concha, Clara Janés, Jaime Siles y Luis Antonio de
Villena concedieron el Premio Visor Loewe a un libro de poemas
llamado El jersey rojo firmado por el cordobés Joaquín Pérez
Azaústre. En la contraportada del libro, puede leerse una opinión
de Pere Gimferrer sobre el mismo: “la verdadera poesía -y El
jersey rojo lo es- se forma en el crisol de muchas poesías
precedentes, y, en la medida en que accede así a la belleza autónoma
y exenta, podemos reconocer algo a la vez inconfundible e
infrecuente: la escritura de un auténtico poeta.” Ahora es
definitivo: no tengo ni idea sobre poesía, soy un auténtico
“paquete” en esto y jamás se os ocurra seguir mi criterio (si es
que puedo permitirme usar esa palabra) o mis recomendaciones. Por
favor, que nadie las siga, porque yo, tan poco aficionado a la
polémica y al ejercicio de llevar la contraria por sistema, si tengo
que expresar mi opinión sobre El jersey rojo solo puedo decir
que nunca he leído tantísimos poemas seguidos que me hayan
comunicado tan poco, que apenas me hayan dicho nada, que hayan
despertado en mí tan poca curiosidad, tanta indiferencia. Dice mi
amigo Manuel Moya que, muchas veces, ser finalista en un premio es
más un insulto que un reconocimiento. De alguna manera hay que
justificar que el libro que ha ganado es el mejor. No quiero pensar
en los finalistas del Visor Loewe de aquella edición, sobre todo,
con la cantidad de historias que uno ya ha escuchado sobre los
rigurosísimos criterios que
se siguen algunas veces en la entrega de premios. No sé si mi cabreo
me viene más de la incomprensible veneración que se rinde ante
determinadas formas de poesía que parecen regocijarse en su vacuidad
o de la certeza de conocer la seriedad de algunos de libros que se
presentan a este premio y no tienen tanta suerte. Fue mi curiosidad
la que me llevó a acercarme a este libro. Recuerdo haber leído en
el Babelia una reseña sobre el poemario, una de las muchas que leo
como un automatismo sin que eso me lleve, por lo general, a la
compra. Supongo que fue una estupidez, pero cuando leí que el libro
incluía un poema llamado “Breve historia del gin-tonic” me dije
a mí mismo que tenía que leer ese poema, me parecía una propuesta
muy original y, durante mucho tiempo, estuve tratando de localizar
ese poema de forma infructuosa. Pasaron los años y, por mera
casualidad, encontré en algún rincón de internet un archivo pdf de
descarga gratuita que hace las veces de breve antología del Premio
Visor Loewe. Allí pude al fin leer el codiciado poema y me llevé la
lógica y habitual decepción de aquel que ha puesto demasiadas
esperanzas en algo y lleva un largo tiempo idealizando. En ese
instante, decidí comprar el libro y darle una oportunidad pese a
esta primera impresión. Se ve que me equivoqué, al igual que me
había equivocado pensando que aquel poema sobre el gin-tonic y la
Generación del 50 iba a interesarme. Evidentemente, no estoy
diciendo que El jersey rojo
sea un libro insoportable, indefendible y en el que todo haya de ser
desechado, pero, desde luego, yo no soy capaz de justificar por los
versos leídos la reverencial admiración que se parece rendir a su
autor. Y es extraño porque, precisamente, se trata de uno de esos
libros que se apoya en símbolos, iconos y temas que a mí, como
lector, me interesan especialmente. Sin embargo, siempre parece haber
algo que los desvirtúe como, en el ya citado poema, con un contenido
más cercano a lo que sería una bonita columna de dominical que a un
texto lírico. O, por decirlo más claramente, yo nunca pensé que
sería capaz de aburrirme leyendo un poema sobre Ciudadano
Kane y la experiencia me ha
demostrado lo contrario. Creo que lo que me dejó más perplejo, sin
embargo, es el recurso al caligrama. Lo siento, pero, a estas
alturas, no estoy dispuesto a admitir ciertas concesiones
efectitstas. No eludiré los aciertos que he ido encontrado al
avanzar en la lectura, los buenos poemas como “Confesión”,
“Canto nocturno”, “Última voluntad”, “Junio”, “Canto
nocturno”, “La vida en los balcones” o “El jersey rojo”.
Aun así, se trata de poemas de los que no he podido disfrutar
plenamente y me queda la sensación de estar intentando salvar
algunas cosas del poemario para no incurrir en una columna demasiado
incendiaria. Sí puedo afirmar con rotundidad, en cambio, que se nota
que detrás de estos poemas hay un escritor bien formado y con mucho
oficio y no alguien que se ríe de la poesía mientras se beneficia
de ella (algo tan desgraciadamente habitual en nuestros días). Lleva
razón mi amigo Daniel Salguero cuando dice que vivimos la larga
resaca de la poesía de la experiencia y que eso nos hace
encontrarnos con elementos extraños por su excesiva normalidad en el
discurso lírico. Y, dicho esto, tengo que admitir que nunca pensé
que iba a atreverme a hacer una afirmación semejante y que, como
suele decirse, siempre salta un cojo.
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martes, 19 de marzo de 2013
Mientras tanto cógeme la mano
En julio de 2011 y,
dentro de un agradable viaje en coche que hice por Cantabria y el
País Vasco, me empeñé una tarde, mientras paseaba por las calles
del Casco Viejo de Bilbao en comprar dos ejemplares de un mismo libro
de poemas en una edición bilingüe euskera – castellano, uno para
regalar y otro para mí, cosas del sentimentalismo o del fetichismo,
según el área profesional o las inquietudes de quien analice el
comportamiento. Sorprendentemente, no me resultó nada fácil. En las
primeras librerías en las que pregunté, incluso, me miraron con una
cara muy rara, como si estuviera haciendo una pregunta fuera de
lugar. Poco a poco, fui teniendo más suerte. Y con suerte me refiero
a unas publicanciones poco cuidadas, que me inspiraban poca confianza
y en las, para colmo, el texto había sido “centrado” en la
página con el software que se hubiera usado para maquetarlo y, sí,
lo confieso, no puedo soportar esa extraña manía de centrar el
texto dejándolo sin un margen izquierdo definido. Finalmente, lo
conseguí, aunque compré uno de esos libros para los que no es
necesario ir a Bilbao. Entré en la librería que parecía tener
mejor aspecto y fama, muy cerca de Las Siete Calles y lo único que
les quedaba (y no se mostraron muy seguros antes de mirar en el
almacén) eran dos volúmenes de Mientras tanto cógeme la mano
de Kirmen Uribe, publicado por Visor en tercera edición en 2010. No
sé si la prentensión del autor era esa, pero parece que el volumen
tiene dos prólogos: un texto escrito como presentación de la obra y
el primero de los poemas, “El río”, que no pertenece a ninguna
de las siete secciones en las que se divide el poemario. Siempre se
agradece la inclusión de una pequeña presentación por parte del
autor, algo que casi nunca gusta hacer a quienes practican la lírica
y que suele resultarles bastante incómodo, como si ese texto fuera
la poca ropa que queda al poeta después de los poemas y lo dejara en
una desnudez total. En el caso que nos ocupa, Kirmen Uribe nos ofrece
dos claves interesantes en clave de poética: en primer lugar, se nos
presenta la tarea de escribir como una constante toma de decisiones
entre las palabras que se dicen y, sobre todo, las que se eluden; en
segundo lugar, se nos define el poema como algo que no debe renunciar
al sentido, a la capacidad de transmitir algo nuevo y, en cierto
modo, de sorprender. “El río” completa, desde mi punto de vista,
la concepción poética, o más bien, vital de Kirmen Uribe con una
de esas afirmaciones que obligan al subrayado o al cuaderno de notas:
En cada uno de nosotros hay un río
oculto
a punto de desbordarse.
Si no son los miedos, es el
arrepentimiento.
Si no son las dudas, la impotencia.
Después
de los prolegómenos, se desencadena el libro, una casa de siete
habitaciones diferenciadas, dentro de las que me ha parecido ver
cierta unidad semántica. Así, la primera sección del libro parece
ser un proceso de búsqueda y análisis de máscaras, en el que el
poeta trata de habitar pieles que no siempre son la propia, y donde
destaca el breve poema “Cardiograma”:
- Descríbeme su corazón.
- Parece un lago helado
en el que se va borrando
el rostro del niño que un día fue.
La segunda parte está en
el terreno de la identidad y la memoria. Los poemas van desde el
recuerdo anecdótico y no compartido, ese momento que nadie comprende
por qué recordamos con tanta exactitud y carga emocional, hasta los
recuerdos significativos del ámbito familiar e, incluso, la memoria
colectiva en la que no es necesario haber participado para defenderla
como propia. El amor es el ámbito en el que se sitúan los poemas de
la tercera parte. Algunos de los mejores poemas del volumen están en
esta sección como esa recreación del amor de origen infantil que es
“Amor secreto” o “Manzanas”, probablemente, el poema de mayor
profundidad de todo el volumen y que cuenta con una de esas estrofas
que perturban durante largo tiempo la conciencia del lector:
Hoy
parece que hemos de ser perfectos también en la cama,
como esas manzanas rojas del supermercado,
demasiado perfectas.
Nos pedimos demasiado,
y casi nunca sucede lo que esperamos
de nosotros mismos, del otro o de la otra.
Las leyes son distintas al enredarse los cuerpos.
como esas manzanas rojas del supermercado,
demasiado perfectas.
Nos pedimos demasiado,
y casi nunca sucede lo que esperamos
de nosotros mismos, del otro o de la otra.
Las leyes son distintas al enredarse los cuerpos.
En
un libro con vocación de universo, no podía faltar una serie de
poemas que ahondaran en la historia y la política. Y éste es el
núcleo central de la cuarta parte, en mi opinión, la menos
conseguida del libro y donde los poemas (y repito que esto es solo mi
opinión) bien podrían ser pequeñas prositas con lenguaje poético
que se centran en aspectos interesantes de las consecuencias de la
guerra y los gobiernos humanos sobre el individuo. No sabría decir
muy bien cuál es el tema central de la quinta parte del libro, pero
anoté en uno de los márgenes después de leer los poemas
“conciencia de otras muertes, conciencia de otras vidas”. El
poeta consigue algo noble, descentrarse de su propia perspectiva,
mirar hacia los demás. Un par de hallazgos hacen satisfactorio este
proceso: “Es de noche en el hemisferio de tus ojos” como acierto
estético, “En los fragmentos / reside la esencia de la realidad”
como éxito epistemológico. No me gusta ser taxativo y menos en
poesía, pero tengo que decir que me sobra la sexta parte del libro,
un largo poema planteado como un diálogo teatral entre Aresti y
Duchamp, en el que no faltan buenos versos ni planteamientos serios.
Simplemente, como ya sabéis los que me conocéis un poquito mejor,
este tipo de recursos me parecen concesiones en pro de la
construcción de una imagen de intelectualidad que, sinceramente,
creo que Uribe no necesita. En cualquier caso, yo soy un poquito
radical de vez en cuando y no conviene tomar demasiado en serio la
opinión de alguien sin formación, de un mero aficionado. Mientras
tanto cógeme la mano
se cierra con un grupo de poemas que podrían agruparse bajo el
epígrafe “Vida y felicidad”. Esta vez los poemas juegan (no
importa si veraz o falazmente) con el concepto de la magia de vivir,
con la casualidad altamente improbable que se acaba por hacerse
cuerpo, con la celebración y la contemplación tranquila de un
tiempo que no se detiene, de un destino que no deja de ser finito. El
mejor de estos poemas es “Un poco más allá”, cuyo final, por su
belleza, podría ser el final de cualquier cosa. ¿Para qué entonces
buscar otro final para esta columna?:
Incluso
estando en las últimas, mi padre
siempre alababa la vida,nos decía que hay que vivir el momento,
que si siempre estás preocupado la vida se te escapa.
Y nos decía: tenéis que ir
más al Norte, no hay que echar la red
allí donde sabéis que seguro habrá pescado,
hay que buscar un poco más allá,
sin conformaros con lo que ya tenéis.
“La muerte no vencerá”,
escribió Dylan Thomas,
pero de vez en cuando gana,
y así terminó también la vida de mi padre,
como un barco que se pierde en el horizonte
girando hacia el Oeste,
dibujando recuerdos en su estela.
viernes, 8 de marzo de 2013
Los cantos de la Gehenna
Fue un martes, 7 de
diciembre de 2010. Caminaba en ese estado de semiensoñación
melancólica que producen las calles del casco viejo de Santiago de
Compostela y empezó a llover. Después de cuatro días esperando una
lluvia que se supone omnipresente por aquellas tierras, el aguacero,
al fin, se hizo cuerpo y tuve que refugiarme en la primera tienda que
llamó mi atención. En el escaparate, se insinuaba una colección de
cerámica con un diseño atrevido, poco convencional, un alarde de
colores. Entré y no tardé demasiado en aburrirme de la cerámica,
pero al fondo de la tienda encontré algo que no esperaba: una
estantería repleta de libros entre los que estaban toda la colección
completa de poesía de Edicios de Castro, una editorial que pertenece
a la empresa que elabora las piezas de cerámica y que se hace
conocer como Sargadelos. Según su página web, desde 1963 (año en
que fue fundada la rama editorial) hasta 2008, fueron publicados 1300
libros correspondientes a más de 700 autores y que abarcan campos
tan dispares como el ensayo, narrativa, filología, economía,
teatro, etnografía, arte, historia... En aquel momento, frente a
aquella estantería, yo solo me fijaba en los títulos de poesía y
así fue como acabé por decidirme por Los cantos de la Gehenna
de un tal Gaspar Salgado, a quien no conocía en aquel preciso
instante y de quien, actualmente, solo puedo decir que he leído uno
de sus libros con un gran placer estético e intelectual. Ya en el
breve prólogo de Darío Villanueva, se nos anuncia claramente lo que
vamos a encontrar: un conjunto de ocho poemas de temática amorosa,
en el que se identifica el territorio maldito de la Gehenna con el
amor atormentado por un final o una falta de correspondencia. Gaspar
Salgado despliega una lírica que se extiende con facilidad trenzando
moldes métricos tradicionales en la construcción largos versos,
cuyo ritmo llega se desencadena con facilidad en lectura pública o
privada. Por otro lado, no renuncia a una clara vocación
vanguardista y nos encontramos con un uso casi abusivo de la
repetición que perfila el ambiente dibujado en cada poema. Así, por
ejemplo, en el primero de los poemas el decasílabo “repetida
palabra de dios” aparece ocho veces de forma consecutiva, las
últimas seis formado dos versos con tres repeticiones de la
secuencia en cada uno sin espacio entre palabras. La distribución
del texto en la página huye del formalismo de la alineación en el
margen izquierdo y los versos parecen, con frecuencia, dibujar
escaleras e, incluso más allá, el uso gráfico de la ubicación de
las caracteres tipográficos de una misma palabra como recurso
expresivo potencia su intención de significado, como en el caso del
Canto V, donde el vocablo agua se ha escrito con una dimensión
vertical que nos recuerda su carácter inapresable o, más
claramente, en el canto VII, en el que ocupa casi la totalidad de una
página una especie de cascada zigzagueante de letras en las que
puede leerse “toda la canción se está derramando entre estas
manos”. El vocabulario es, también, destacable por su
capacidad para romper el código habitual de este tipo de lírica sin
desvanecer su ambiente. Así, encontramos expresiones como “repetida
palabra de cualquier matarife” en el Canto I, “pero habrás
de avanzar entre suicidios” en el Canto II o “este
desesperado amor metástasis” en el Canto IV. En definitiva,
Gaspar Salgado es uno de los muchos buenos poetas repartidos por el
territorio español, en el que su dominio del oficio y su talento no
acompañan a sus oportunidades de éxito y distribución. Un historia
repetida que tengo la suerte de volver a contar por el curioso azar
de haber entrado en una tienda de cerámicas aquella tarde inhóspita
de diciembre de 2010. Y está claro, como siempre, que es inútil
tratar de convencer con retórica sobre la bondad de un hacedor de
versos cuando puede recurrirse a unos poemas que se defienden por sí
mismos. Por ello, termino como termina el libro con su “Canto
final”, que es el más breve:
y de nuevo soñarte
coronada de odio
como con la señal de
quien se sabe amada
por última vez
olvidemos
olvidemos sin miedo
tantísimas batallas
de ternura
es tiempo de que sepas
que es luzbel quien te
ama
emboscado en mis
brazos
jueves, 28 de febrero de 2013
Diles que Julien Sorel está de vuelta en la ciudad
Recuerdo con exactitud el
día en que decidí que tenía que leer a Stendhal. Fue en la primera
mañana de mi único viaje a París. Corría mayo de 2005. Habíamos
subido hasta el Sacre Coeur para admirar las impresionantes vistas de
la ciudad. Después, justo antes de abandonar las cercanías del
barrrio de Montmartre, fuimos a visitar su cementerio y allí me
encontré con la tumba de Stendhal, uno de esos muchos escritores a
los que se supone que hay que tenerles un gran respeto y que yo,
siempre tardío en todas las lides de la literatura, no había leído.
Recuerdo haber sentido cierta rabia por mi falta de disciplina en la
lectura. No recuerdo haberme impresionado por el epitafio“Scrisse,
amò, visse”, pero es
casi seguro que aquella experiencia fue el impulso que me llevó a
visitar la librería en cuanto llegué a Huelva y comprar Rojo
y Negro en la
edición de Cátedra Letras Universales (una editorial en la que
siempre confío para estos títulos y, en la que sin embargo, estoy
descubriendo últimamente más erratas y descuidos de traducción de
los que se le supone por nombre). El libro sufrió un largo olvido
hasta que, en septiembre, lo puse en orden de prioridad. Y esos son
los antecedentes que me hacen venir hoy a defender, una vez más la
lectura de los clásicos. Rojo y Negro
es uno de esos libros que pertenece al estilo que algún crítico ha
denominado realismo romántico. No se puede negar el trasfondo
histórico realista que impregna toda la novela. Está llena de
referencias a acontecimientos sucedidos a partir de 1830 en Francia.
Es tan grande el componente de crónica que, a veces, toman los
acontecimientos históricos del decorado donde se desarrolla la
acción que el propio autor adopta precauciones ocultado
deliberadamente ciertos nombres detrás de misteriosos puntos
suspensivos e, incluso, advirtiendo antes del comienzo del primer
capítulo, en una nota previa, que la novela fue escrita en 1827, lo
que hace que se genere una larga secuencia de contradicciones. Pero
no puede condenarse por ello esta obra, porque olvidaríamos que lo
decisivo su carácter romático, el comportamiento visceral y altivo
de su protagonista, el destino trágico que se adivina en esta clase
de héroes. Rojo y Negro
cuenta la historia de Julien Sorel, el hijo de un modesto carpintero,
que gracias a su inteligencia y poderosa memoria consigue medrar y
comenzar una carrera de ascensión social y política que le llevará
desde su pequeño pueblo hasta el París de las grandes intrigas
políticas y palaciegas. Sorel es el típico héroe romántico que
reafirma su libertad frente al mundo y se enfrenta a la estructura
social que admira su talento, pero desdeña su bajo origen familiar.
Su fervor en el odio a la clase alta, que le utiliza o le humilla a
conveniencia, se canaliza a través de una desmedida ambición y de
un carácter frío que intenta ocultar cualquier atisbo de debilidad
emocional ante quienes percibe como enemigos. No cuenta Sorel con
que, en mitad de esta lucha por alcanzar la cumbre social, conocerá
el amor por dos veces y esto será lo que acabe por configurar su
destino y guiar su toma de decisiones. Resulta especialmente
interesante la distinción entre dos tipos de amor, encarnados en
cada una de las dos amantes del héroe: el amor verdadero, sencillo y
espontáneo, frente al amor borracho de orgullo y sediento de
posesión. En común tienen ambos la poca conveniencia social de
tales relaciones y no quiero desvelar nada más al lector. No sé si
ha notado mucho, pero no es Rojo y Negro,
precisamente, una de las lecturas que más haya disfrutado, ni en su
vertiente de clásico, ni como novela en sí misma. Sin embargo, como
dije al comienzo de la columna, vengo una vez más a defender los
clásicos. Soy consciemte de que la calidad de un libro puede
percibirse por encima del gusto literario personal y, sinceramente,
no tengo la sensación de haber perdido el tiempo, a pesar de que se
trata de una lectura de las que se arrastra durante algunos meses. Al
contrario, me alegro de haberme obligado. Aquellos libros que más se
acercan al gusto personal, antes o después, se acaba por leerlos.
Haberme obligado a leer Rojo y Negro
me da la perspectiva de situarme ante una ficción que ha sido leída
por innumerables lectores desde su publicación en 1831 y, como me
planteaba mi amigo Antonio Martín, hace unos días ¿a qué inmensa
cantidad de libros habrá servido como influencia el relato de la
ascención y caída del joven Julien Sorel? Merece la pena pensarlo.
jueves, 14 de febrero de 2013
Fuente Ovejuna
Siempre que me entrego a la lectura de alguna obra de teatro del Siglo de Oro, no puedo evitar hacerlo con una inmensa sonrisa bobalicona. Debo tener una cara infantilmente cómica cuando estoy en mi casa con el libro en las manos, plenamente entregado a la corriente dramática de la trama o tratando de frenar en seco la lectura porque me da pena que algo de lo que estoy disfrutando tanto se me acabe demasiado pronto. Sé que no voy a descubrir nada nuevo cuando escribo sobre estas obras, pero mi retraso en la llegada a la lectura de los clásicos me hace pensar y disertar sobre algunos libros con una mirada adánica, aunque sepa que se trata de una ingenuidad. Para los amantes de la literatura, el teatro del Siglo de Oro es un regalo de la historia, una invitación al placer. El lector interesado por la poesía encuentra, además, una forma adicional de gozo en la métrica y en las rimas sencillas que van conduciendo y enlazando los discursos individuales, los monólogos y los diálogos. Confieso que, por raro que parezca, una de las mayores satisfacciones que siento como lector es aquella que experimento ante dos intervenciones que aparecen, por decirlo de alguna manera, encabalgadas en un mismo verso en un diálogo teatral de alguno de estos dramas. Además, está el carácter elevado de los temas que tratan: el amor, el honor, la venganza, la justicia. Todo está meridianamente claro en el mundo que se nos presenta: la frontera entre el bien y el mal es palpable. Como todo el mundo sabe, Fuente Ovejuna de Lope de Vega es una de las obras más famosas y representativas del periodo y el género al que me refiero. Con cierta base histórica, Fuente Ovejuna es una obra rebelde, reivindicativa, una obra que, analizada detenidamente y desde ciertos puntos de vista, podría calificarse, incluso, de subversiva. Los temas centrales del argumento son algunos de los que ya se han mencionado como característicos de este tipo de teatro: la defensa de la justicia, la necesidad de la venganza, la conservación del honor. El comendador, un cargo de la Administración con favor y confianza del Rey, ejerce su autoridad sobre el pueblo de forma atroz y abusiva y utiliza su posición para alcanzar fines personales. Ante semejante situación, el pueblo, unido en una sola voluntad que surge de forma espontánea y sin manipulación desde otras esferas, decide hacer la justicia de la única forma en que le es posible y venga las humillaciones y vejaciones sufridas con el asalto a la vivienda del comendador y su asesinato, junto al de sus colaboradores. Evidentemente, cuando llega la representación del gobierno central a Fuente Ovejuna, se pretende encontrar a los verdaderos culpables del delito y, al no conseguirlo por las buenas, se recurre a la tortura de los paisanos. Sin embargo, solo se obtiene una respuesta que es, al mismo tiempo, la verdad y una muestra de complicidad entre los participantes en la rebelión: “Fuente Ovejuna lo hizo”. Nada puede ser más cierto, pues la revuelta nace del malestar colectivo y, al mismo tiempo, se trata de la única forma de evitar el castigo de algunos por la falta de todos, porque ya se sabe que a todos no se les puede encerrar. Es curioso que, en momentos como los que vivimos y teniendo en cuenta como se maneja y oculta la información, no estén prohibidos o censurados determinados libros como este. Llevamos años sufriendo los abusos del poder económico y financiero, su forma de actuar despiadada y que desprecia el sufrimiento de la ciudadanía. Imaginemos en qué acabaría todo esto si nos diera por recuperar nuestro honor en una revuelta similar a la acaecida en Fuente Ovejuna. Sin embargo, los actuales comendadores están tranquilos y, en parte, me atrevo a decir que es gracias al desdén y al olvido al que tenemos sometidos al mundo del arte, los libros y la cultura. Es una suerte para ellos que Fuente Ovejuna no sea un bestseller.
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Política,
Reflexiones,
Teatro
lunes, 28 de enero de 2013
Honrarás a tu padre
Tengo el placer de
dedicar esta columna a un tema que me apasiona, un tema que
descubrí por el cine y al que sigo dedicando mis horas de séptimo
vicio cada vez que tengo la ocasión, un tema que está
infrarrepresentado en el panorama de la narrativa de calidad
y, por supuesto, en el ámbito del ensayo: la mafia. Soy un
entusiasta de las películas de mafiosos. No me duelen prendas en
admitir que, para mí, no hay mejor película que El Padrino (la
primera parte, evidentemente). Vibro con el código visual y verbal
con que se construyen las historias. Me encantan los ajustes de
cuentas, las deudas de juego, los camiones robados, las disidencias,
las traiciones, los cambios de bando, el sometimiento, la fidelidad,
la ostentación. Todo esto es, sin embargo, lo menos destacable de un
magnífico libro que me acompañó durante gran parte del verano
pasado: Honrarás a tu padre. Publicado originalmente en 1971,
Honrarás a tu padre es un libro de no ficción que analiza
desde dentro y con una exhaustividad que, a ratos asusta y extraña,
el mundo del crimen organizado en el ámbito de las comunidades de
italianos emigrados a Estados Unidos. Para que se me entienda, creo
que la mejor comparación que puede hacerse es que estamos ante un
A-sangre-fría sobre la Mafia. Su autor, el periodista italoamericano
Guy Talese, siguiendo una cuidada estrategia de acercamiento elegante
y respetuoso, logró intimar y forjar una amistad duradera con Bill
Bonanno, hijo de Joseph Bonano, uno de los jefes más poderosos e
influyentes que ejercía su autoridad en la ciudad de Nueva York.
Como hijo de Joseph Bonanno, Bill estaba llamado a convertirse en su
sucesor y ello marcó toda su vida. Desde su infancia y su
adolescencia, cuando era mirado con curiosidad morbosa por sus
compañeros de escuela, hasta su etapa adulta, en la que tanto la
vida personal (matrimonio, crianza de los hijos) como su vida
profesional (la incapacidad de encontrar un trabajo aceptable y
abandonar la tendencia familiar, el constante peligro que le rodeaba
por estar en el centro de una de las mayores guerras entre familias
que se produjeron) estuvieron fuertemente afectadas y muy lejos de lo
que podría considerarse una vida normal. Honrarás a tu padre
es un análisis de la vida personal, de las frustraciones vitales,
profesionales y familiares de quien podría haber sido uno de los más
importantes personajes en la historia de la Mafia. El libro rompe la
imagen de vida emocionante y llena de acción de aquellos que
vivieron inmersos en semejante estilo de vida. Lejos de las
persecuciones y las decisiones firmes, la vida de los mafiosos pasa
por ser aburrida y solitaria con largos periodos de reclusión,
escondidos de los peligros reales que les acechan y que no siempre
vienen de los enemigos de otras familias, también de los agentes de
la autoridad que, usando artimañas legales e ilegales trataban de
frenar los negocios de estas organizaciones y, en ocasiones, también
de usarlos como cortinas de humo para evitar que otros temas, como
los fracasos en política exterior, centrasen los debates de la
opinión pública. Honrarás a tu padre es un gran libro.
Decisivo, fundamental para quien quiera acercarse a la realidad y a
los hechos históricos que han dado tanto material para esas
adorables ficciones de Hollywood que responden a nombres como
Infiltrados o Uno de los nuestros. Y esto es así y
puede apreciarse, incluso, a pesar de su traducción. No es que se
trate de una de esas traducciones que destrozan un libro. Al
contrario, está muy bien llevada y da una fluidez al texto que se
agradece, probablemente, una fluidez que ya se encuentra en el texto
original. Sin embargo, advierto a los posibles candidatos a lectores
que se trata de una traducción latina donde se abusa del papá y el
mamá, donde los coches son autos y los apartamentos no están
amueblados sino amoblados. Entiendo que esta sensación de mínima
molestia es la misma que siente un lector mexicano ante una
traducción más españolista, por llamarla de alguna manera.
Por eso, lo que yo defiendo es tanto su derecho a su estilo de
traducción como el mío, y no entiendo cómo Alfaguara se conforma
con distribuir una traducción como ésta entre los lectores
españoles en los que no es raro cierto prejuicio ante este tipo de
vocablos. Yo, de hecho, he de reconocer que hubiera disfrutado más
leyendo “Bill apagó la radio y esperó en el coche” de lo que lo
hice leyendo “Bill apagó la radio y esperó en el auto”.
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