lunes, 30 de septiembre de 2013

Al hilo de una entrevista

Empiezo a leer con atención la conversación entre Caballero Bonald y Pérez Azaústre que publicó el diario El País en su página web el día 23 de abril, en que le fue concedido al primero el Premio Cervantes, a la que accedo gracias a mi amigo Miguel y a su constante atención para estas cosas. Y, ya en el comienzo, me quedo más tranquilo al descubrir que , afortunadamente, el título miente y no se trata de una conversación, sino de una entrevista en el que el más joven pregunta y el más experimentado responde con la libertad que otorgan la edad y la confianza que proporcionan un sólido proyecto literario ya desarrollado. A pesar de la necesaria y poco cuidada labor de recorte y edición llevada a cabo para adaptar una secuencia de realidad al formato de una entrevista digital (en algunas ocasiones da la impresión de que Caballero Bonald aplicara aquella actitud que mi amigo Alejandro Barragán define como “pregúntame lo que quieras que yo te responderé lo que me salga de los...”), lo cierto es que las reflexiones y planteamientos del último Premio Cervantes se dejan leer con placer y son un impulso intelectual para cualquiera que esté atento, interesado y muestre cierta tendencia a la conceptualización del hecho literario. Durante la lectura de la entrevista, me ha llamado la atención que, en muchas de las respuestas de Caballero Bonald, se deja traslucir cómo, al indagar en su infancia, al buscar en los orígenes aquéllas circunstancias que le llevaron a la escritura como decisión vital, hay una constante alusión a su necesidad o gusto por imitar las acciones de héroes de tebeo como Flash Gordon o de personajes reales ligados al mundo de la literatura y caracterizados por su carácter intrépido y aventurero. Tengo que confesar que me ha encantado esa dirección del análisis y, desde ese punto de vista, esto implicaría, yendo un poco más lejos, una concepción del acto de escribir como un proyecto de aventura vital y, de esta forma, requeriría de quien escribe un alto nivel de valentía. No podemos olvidar que escribir (en general, pero, más concretamente, la escritura de poemas) supone siempre la concesión de una parcela íntima, de un pensamiento privado que se hace público desde el mismo momento en que se codifica en palabras con un formato que pueda ser inteligible para un futuro lector. Porque está claro (y esto es innegociable) que todo lo que se escribe está pensado y diseñado para la implicación de un lector. La decisión de escribir es, en cierto modo, incívica. Supone una declaración de intenciones, en la que, implícitamente, se deja claro que se está dispuesto a renombrar el mundo, a redefinirlo, a imponer un punto de vista, a tomar un posicionamiento dentro de una corriente intelectual antigua y, al mismo tiempo, exclusivamente personal y reinventada. Y, al hacer todo esto, se asume un riesgo claro, pues el escritor se expone ante la sociedad para que ésta le juzgue. Lanza su obra a la arena pública y espera que las voces, más o menos autorizadas, elaboren un dictamen o una condena, se debatan entre la indiferencia, el rechazo y la adulación. Si la escritura, como aclara el propio Caballero Bonald, en su actividad de arquitectura de palabras, no es una suplantación de la realidad ni una mera copia, sino una interpretación la misma (una reconstrucción lingüística me atrevo yo a añadir), cada escritor, como arquitecto de discursos, tiene ante sí la inmensa e inabarcable tarea de creación de una esfera de realidad propia, intrínseca, específica, diferenciada. Dicho así, asusta. Dan ganas de no intentarlo y de recomendar a cualquiera que esté empezando que lo deje ya, que se trata de una pérdida de tiempo y, de hecho, no abundan precisamente “los Borges” o “los Lorca”. Aunque también es cierto, que este proceso de creación es lento y muy largo y que sólo pueden intuirse algunos resultados parciales después de muchos años y cuadernos emborronados. Además y, en todo caso, si no se culmina el edificio completo, siempre podrá quedar la satisfacción de algún ladrillo, especialmente, bien colocado.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Homenaje a Miguel Delibes

Le sentaron muy bien a mis dieciséis años una de las lecturas obligatorias con las que nos sentíamos agobiados en el instituto. Corría el curso escolar 1992 / 1993 y el profesorado responsable de la asignatura Literatura Española del plan de estudios de BUP (qué raro suena eso de decir Bachillerato Unificado Polivalente), tuvo la feliz idea de imponer como lectura obligatoria de uno de los trimestres una novela de Miguel Delibes, El camino. Recuerdo haber comprado un ejemplar de la Editorial Destino y me gustaría dar los datos habituales que suelo aportar cuando escribo sobre los libros que voy acabando. Pero lo cierto es que tengo que admitir con tristeza que he tenido que preguntarle al “amigo” Google para poder aportar la fecha de la primera publicación del libro: 1950. No es difícil entender el sentimiento que me produce haber perdido, tras un préstamo, un libro tan especial para mí. El camino es la historia de Daniel, el Mochuelo, un niño de 11 años que afronta su última noche en su pueblo natal, un pueblo que podría ser cualquier pueblo de la España interior de aquellos años. Cuando llegue la mañana, Daniel partirá hacia la ciudad a estudiar Bachillerato en un internado y los nervios y la inmensa tristeza de descubrir que el paraíso de la infancia también se acaba, no le dejan dormir. Pasará la noche recordando sus correrías con los amigos, repitiéndose una y otra vez que prefiere la vida sencilla y predecible del pueblo a la enigmática y llena de nuevas posibilidades vida de los estudios. A través del recuerdo de Daniel, asistimos a una imagen precisa y verosímil de las vidas rurales de aquella España. El camino fue, para aquel lector inconstante un aprendizaje por debajo del umbral de la conciencia de los mecanismos y las satisfacciones asociados al género novela. Fue uno de aquellos libros que me fueron empujando muy lentamente a hacia el hábito de lectura, los rudimentos de un hallazgo, la intuición de que había mucho que hallar en la comunión del silencio y la página. Fue también, además, una de mis primeras incursiones en la escritura narrativa. Amor, aquella profesora de literatura a la que no presté siempre la debida atención, tuvo la idea de hacernos escribir un capítulo adicional, una especie de epílogo. Y, ante todo, fue el descubrimento de uno de mis novelistas preferidos, el gran Miguel Delibes que, con los años, fui degustando en muchas otras novelas. Algunas de las páginas que más he disfrutado pertenencen a esos largos monólogos que Delibes traza en algunas de ellas como Cinco horas con Mario y Mujer de rojo sobre fondo gris. Y qué puede decirse de Los santos inocentes, otro de esos textos que, como Cinco horas con Mario, es fiel retrato de aquella realidad disociada que se escondía tras la expresión “las dos Españas”. Aún me sigue durando la larga y alegre complicidad que desencadena Diario de un emigrante. Mucho menos me gustaron El tesoro y El hereje, ésta última abandonada entre fuertes sentimientos de culpabilidad por la traición al maestro. Quedan en el debe y es posible que algunas queden ahí para siempre por mi empeño en vivir y mi falta de disciplina, Las ratas, El príncipe destronado, Diario de un cazador, Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso, Diario de un jubilado, La hoja roja... Siempre tuve la sensación de deberle algo a Miguel Delibes, la íntima necesidad de mostrarle un agradecimiento, de reconocerle, de alguna manera humilde y anónima, las horas de felicidad absorta que pasé ante su caudal inagotable de narrador de un país muy distinto al que yo he vivido y que, sin embargo, nunca deja de ser el mismo. Desde el final del pasado curso escolar, en el que tuve la suerte de empezar a ejercer la docencia en un centro de Educación de Adultos, puedo decir con satisfacción que, en cierta medida, estoy procediendo a ese homenaje. En mis clases de Formación Básica, en las que un sorprendente grupo de mujeres en edad de jubilación y descanso, asiste cada tarde al colegio por el mero placer de un ratito de lectura, dictado y cálculo, estamos leyendo cada día una página de El camino. Sé que puede parecer una tontería, pero el mero de hecho compartir con mis alumnas un tesoro tan preciado me parece el justo homenaje que un maestro como yo puede hacer de un generador de sed, inquietudes y desvelos como fue Miguel Delibes.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Un Cervantes para Bonald

Al mirar la galería de distinguidos con el Premio Cervantes, experimento una sensación extraña. Supongo que es la misma sensación cuando repaso los galardonados de cualquier premio literario de gran trascendencia, porque recuerdo haber escrito algo muy parecido cuando cuando estuve examinando la lista de los que han recibido el Nobel. Así, a primera vista, lo de siempre. Por un lado, la reconfortante alegría de reconocer en la lista a esos genios de la lengua española cuyo reconocimiento nunca es suficiente, así como la presencia de otros que no siempre recibieron la suficiente atención académica, salvo quizá cuando ya estaban muy cerca de la muerte e, incluso, algunos, una vez muertos. En este sentido, es una tranquilidad encontrar en la lista de galardonados a Borges, Onetti, Francisco Ayala, Rafael Alberti, Nicanor Parra, José Hierro... Sin embargo, está también la otra cara de los premios. El pensamiento que surge cuando se leen con cierta sorpresa determinados nombres. Lo cierto es que, por absoluto desconocimiento o por insuficiente número de libros leídos, no puedo valorar la obra de Sergio Pitol, Ana María Matute, Torrente Ballester, Guillermo Cabrera Infante, José Jiménez Lozano, Carlos Fuentes... Sí puedo, en cambio, valorar, en cierta medida, la obra de Miguel Delibes, uno de los novelistas españoles a quien más he leído y por el que siento cierta predilección unida a una educación sentimental y a una total falta de objetividad. A pesar de ello, ante estos nombres, no puedo evitar hacerme una pregunta. No dudo en absoluto de la calidad y el talento de estos escritores, pero estamos hablando del galardón más importante en lengua castellana. ¿No es un poco desmesurado afirmar que todos estos nombres han contribuido con su obra de forma decisiva al patrimonio cultural hispánico? La verdad es que, incluso en el caso de mi admirado Delibes, no sabría que responder, indecisión que viene motivada (supongo que ya se intuye) por la inmensa cantidad de ausencias imperdonables en esta lista. No voy a entrar en nombres porque siempre cito los mismos. Pero es cierto que hay escritores, cuyo talento no ha podido superar la sensación de incomodidad que provocaron durante sus vidas a los sistemas académicos, culturales e institucionales. De la misma manera, hay escritores que han sido injustamente olvidados antes incluso de haber muerto, con obras cuyos títulos son vergonzosamente desconocidos para el público en general. Algunos con un solo poema, con un solo cuento, han contribuido de mayor manera a enriquecer la literatura hispánica que otros con más de treinta libros. Tengo que decir, en cambio, que no puedo reprochar al Cervantes una escasez de poetas en la nómina de premiados y un muy buen criterio, en general para elegirlos. Teniendo todos estos datos en cuenta, supongo que el fallo de la última convocatoria es una muy buena noticia. No es, precisamente, José Manuel Caballero Bonald, un autor a quien haya leído demasiado. De hecho, lo único que he leído han sido algunos poemas sueltos por pura curiosidad literaria durante algunos años que se ha agudizado estos días desde que está en todas las primeras, por decirlo en argot periodístico. Ésta es la única experiencia que tengo con el gaditano, además de una curiosa anécdota en la Feria del Libro de Sevilla, en la que, por mi culpa, aquel hombre pudo haberse roto el brazo derecho. Me parece una buena noticia porque todos los poemas que he leído me han resultado de una calidad notable y de un planteamiento serio. Me parece una buena noticia porque se está premiando a un poeta andaluz y, sinceramente, creo que todo premio a un poeta andaluz es el premio a la larga tradición, al largo idilio que mantiene nuestra tierra con el oficio poético y, por tanto, un premio a Bécquer, a Machado, a Cernuda, a Javier Egea, a Lorca... Por último, me parece también una buena noticia porque no es, precisamente, Caballero Bonald un poeta cómodo que se dedique a dar bálsamos al sistema en el que le ha tocado vivir. Desde el discurso formal y estrictamente poético que construye, hay una clara actitud de oposición y de resistencia. Por ello, me resultó muy gracioso escuchar a don Felipe, durante la entrega de premios, alabar a Caballero Bonald usando el término infractor. Qué fina ironía la que conceden los múltiples sentidos y contextos en los que se debate la vida de un idioma. ¿Estaría haciendo una velada referencia a ciertos asuntos de su familia?

lunes, 15 de julio de 2013

Otro divorcio

De vez en cuando, se me olvidan los motivos por los que no suelo asistir a la representación de obras de teatro. Alguien me llama, me ofrece un plan y acepto con naturalidad, mirando con escepticismo y cierta extrañeza hacia atrás y sin comprender muy bien a qué se deben las reticencias que, normalmente, antepongo en otras ocasiones. Y es, de esta forma, como acabé algún sábado en el teatro de Corrales, dispuesto a ver una obra de la que, inocentemente, me dio por pensar que tenía cierto tono trágico. En realidad, no sabía nada previamente, pero tengo la mala costumbre de dejarme llevar por la ficción de la expectativas que me construyo acerca de las cosas. Así que, de pronto, me vi frente a una comedia, frente al monólogo de una mujer joven atormentada que acaba por comprender, entre gritos catárticos y gestos de bailarina, que tiene que ser feliz porque ella-lo-vale. Es complicado después, ya en la calle, controlar las criticas y admitir con rotundidad que no te gusta nada lo que has visto, especialmente, cuando, durante la obra, el público ha aplaudido y reído hasta la extenuación cada una de las gracietas, mientras uno se ha sentido incómodo, como excluido de una celebración a la que, sin embargo, el azar le ha llevado como espectador o como testigo. La verdad es que siempre me causaron cierta tristeza las explosiones de júbilo y optimismo fundadas en causas que no acertaba a comprender o, directamente, no compartía. El caso es que, precisamente en esas circunstancias, toman sentido completo otra vez mis objeciones y prejuicios habituales frente a las representaciones teatrales. El teatro me interesa, casi exclusivamente, como una de las ramas de la Literatura. Según lo que puedo percibir, me da la impresión de que viene produciéndose desde hace ya muchos años un lento y progresivo divorcio entre la literatura y el teatro o, dicho de un modo más específico, entre los criterios de validación literarios y los criterios de validación teatrales. En este sentido, ya no es necesario para que una representación teatral sea considerada como “buena” que esté sostenida por una buena obra literaria de base, para que nos entendamos: por un “buen libro”. No es nuevo este fenómeno que sufre la literatura, de la que parecen querer divorciarse la mayoría de sus antiguos cónyuges, excepto quizá la narrativa. El teatro, desde que reclama su independencia total como disciplina, se ha llenado de un humor burdo y fácil, ha aceptado como algo natural la sobreactuación y el histrionismo, se ha adornado de contenidos sociales e ideológicos estandarizados, se ha convertido en un catálogo estereotipado de modelos de vida que ofrecen una felicidad neutra más propia del libro de autoayuda que de las funciones que cumplía en sus orígenes. Si, como todo parece indicar, se sigue por este camino, el teatro será, más que una disciplina artística, una actividad de encuentro social, como ocurre con la mayoría del cine que se consume en las salas comerciales. Me atrevo a hacer esta predicción porque, a diferencia de lo que ha sucedido con otros procesos de divorcio con la literatura (y pienso claramente en determinadas formas de poesía), esta deriva del teatro le ha llevado a ganar un público numeroso y entusiasta. Por otro lado, y esto sí es compartido con otros divorcios, ha ido creciendo un sector de bienintencionados emprendedores amateur que entienden que cualquiera puede hacer teatro y, lo más extraño, que cualquiera puede hacerlo bien. Supongo que es el destino de lo literario: la lectura como un acto íntimo y en soledad, alejado del ruido social y de toda utilidad que no sea el propio acto de cohabitación entre el lector y el texto. Yo, al menos, lo tengo claro y prefiero el gozo silencioso de la obra de teatro literaria como libro, como texto que se debe a una tradición para ensalzarla o violarla. Las coreografías psicodramáticas que triunfen sobre las tablas, la verdad, me interesan mucho menos.

miércoles, 10 de julio de 2013

Mi librero de referencia y la necesidad de una poética

No necesito buscar una excusa demasiado artificiosa para arrancar el coche, conducir hasta Moguer, aparcar en la calle Juan Ramón Jiménez e invadir durante un tiempo indefinido la librería de mi buen amigo José Manuel Alfaro. En ocasiones, le encargo libros, no porque necesite nutrirme de lectura en esos momentos (lo cierto es que no sé si alguna vez terminaré de leer todo lo tengo pendiente en casa), sino por fijar una pequeña obligación, un instante en el que tenga que romper la rutina siempre acuciada por la escasez de tiempo para hacerle una visita y dejar que la mañana o la tarde pase sin los habituales tirones de las prisas que manchan los días laborables. Creo que todos los que lo conocemos, estamos de acuerdo (y esta afirmación se la tomo prestada a don Manuel González Mairena) en que José Manuel es un auténtico librero y no simplemente el dependiente de una tienda en la que se venden libros. Si a esto unimos la común afición al vino y su gran conocimiento sobre el sector, se entenderá que mis viajes a su taberna de Babel estén más motivadas por las conversaciones que me brinda, por las recomendaciones de algún caldo que siempre le pido y, sobre todo, por el buen trato que uno recibe siempre. José Manuel juega también un papel importante como dinamizador y promotor cultural y, en la medida en que se lo permiten su vida personal y las difíciles circunstancias sociales y económicas en las que nos vemos inmersos, desarrolla labores de editor y de organizador de encuentros de escritores. Por si esto fuera poco, también está su tapada condición de poeta de la que no alardea y que mantiene siempre lejos del foco. Con estos ingredientes, la receta de nuestro diálogo desemboca inevitablemente en la cultura, pasa por el mundo editorial y acaba siempre en la poesía. Con frecuencia, en medio de una de esos buenos ratos (café o vino mediante) le hablo a José Manuel de algún poeta, de alguno de los libros que he leído recientemente, de algún poema. Es conocido mi interés por las poéticas, por los poemas en los que el autor traza su concepción sobre la poesía u ofrece una reflexión, encontrado un paralelismo entre algún aspecto de la vida o el orden natural y el momento intelectual en que se concibe el discurso poético. Y es aquí dónde encontramos siempre un punto de desacuerdo. Según lo que él mismo me dice, hoy en día, hacer una referencia a la poesía como entidad en el seno de un poema es “cargárselo” y provoca ya cierto cansancio, por su excesiva recurrencia. Por ello, se me ocurre hoy plantear esta cuestión: ¿sigue siendo necesario el planteamiento y la escritura de este tipo de poemas? Supongo que ya se adivinará que mi respuesta es positiva. Si bien es legítimo pensar que sería suficiente con las conceptualizaciones y estudios que nos ofrece, desde el ámbito teórico, la filología, desde mi punto de vista, estaríamos ignorando un aspecto crucial, definitivo: la poesía es un fenómeno fundamentalmente lingüístico. Más allá, la poesía supone la creación un código propio, de una forma específica de discurso y, como ya he apuntado otras veces, se convierte en un ámbito de creación de un conocimiento propio. En este sentido, no creo que pueda pensarse en una poesía que no se defina a sí misma, como tampoco se entendería que la psicología no ofreciera un concepto sobre la propia ciencia psicológica y se limitara a las definiciones del diccionario o las que se hicieran desde otros campos de conocimiento, por muy fronterizos que estos fueran. Por otro lado, tratándose de un fenómeno lingüístico, la poesía está muy cercana al pensamiento, a la esfera emocional, a la delimitación de una individualidad de carácter identitario. Es decir, su carácter lingüístico la convierte en un fenómeno exclusivamente humano y es, precisamente, el lenguaje, el ha hecho de la especie humana un ser con funciones psicológicas ampliadas, el que nos ha llevado a un grado de diferenciación interindividual tan amplio que, incluso, ha trascendido al terreno de lo que podría llamarse la psicología popular en la famosa sentencia, tan manida como indiscutible, que afirma que no hay dos personas iguales. Y este argumento, tan aparentemente simple, tonto si queréis, es el que me lleva a seguir defendiendo la necesidad de escribir poéticas, ya que no puede haber dos poetas iguales, ni dos concepciones sobre la poesía idénticas que nazcan de experiencias genuinamente distintas o, que siendo similares (y esto es lo fundamental), estén definitivamente marcadas por la distinta interpretación simbólica que cada personalidad individual pueda hacer de ellas. Y dicho esto aprovecho para mostrar mi más profundo respeto a mi amigo José Manuel Alfaro. Probablemente, sin interlocutores como él y como tantos otros de mis amigos, no dispondría quien escribe estas líneas de estímulos intelectuales suficientes para sostener tanto aparato retórico.

jueves, 20 de junio de 2013

El profesor Eliot

La poesía es también, aunque no lo pretenda, una herramienta de construcción de conocimiento, una forma de codificar las ideas huyendo de los estragos que causa en el lenguaje habitual el uso impropio, el desgaste negligente, el carácter extremadamente perecedero de las mensajes que se enuncian. Quizá, por ello, recuerdo este jueves que se aferra despiadadamente al invierno a otro maestro de lectores y hacedores de versos, Thomas Stearns Eliot. Supongo que no hace falta que advierta del carácter extremadamente personal de estas líneas, escritas por un lector del Eliot traducido, que solo se atreve a adentrarse en el discurso original en ediciones bilingües y siempre con la sensación de estar acometiendo una aventura para la que no se está capacitado, siempre con esa actitud de buscar, al menos, una pequeña confirmación de que se tiene cierta idea de la lengua que alguna vez se estudió con menos interés del que hubiera merecido. Supongo, también, que a nadie extrañará que señale a Eliot como maestro, después de haber señalado a otros tan ideológicamente alejados. Como sabrá cualquiera que haya atrevido a dejarse llevar por la lírica, el estremecimiento experimentado en la lectura no entiende de diferencias ideológicas porque se sitúa en otro ámbito, aunque, a veces, los ámbitos aislados se acaben mezclando de forma satisfactoria. Eliot es, a mi entender, un profesor de una filosofía, de una psicología, de un pensamiento que se ha forjado en una experiencia emocional e intelectual y que es capaz de dar explicación a la historia, al mundo, a la sociedad, a la conciencia humana. No puedo, ni pretendo, ser exhaustivo al describir todas las aportaciones de Eliot a lo que yo llamaría una epistemología generada poéticamente, pero no puedo evitar hacer referencia a alguna de ellas como un simple acto de homenaje. La primera lección que me inundó de asombro leyendo su obra aparece en su poema “El primer coro de la roca”, escrito en 1934 y en el que, además de resumir en un solo interrogante la angustia sobre el sentido y el significado de la vida, plantea otros dos interrogantes que son la base uno de los grandes problemas que ha generado la, excesivamente tecnificada, sociedad de la información. Reclamo atención porque, como acabo de apuntar, estos versos que cito a continuación fueron escritos en 1934:

¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir?
¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?

Estos tres versos bastarían como ejemplo para justificar la tesis que trato de defender. Sin embargo, no puedo cerrar esta pequeña reflexión sin acercarme al conjunto de poemas que he decidido releer recientemente y que son el verdadero origen motivacional de esta columna. Me refiero a “Little Gidding”, el último conjunto de cinco poemas que aparece en una obra impresicindible de la lírica del siglo XX: Cuatro cuartetos. “Little Gidding” es una clara muestra recopilatoria del estilo y las preocupaciones de Eliot. Los cinco poemas se mueven entre la ética y la metafísica y destilan ese tono reflexivo con ciertas connotaciones de tristeza que tiene lo que parece que llega a su fin, lo podría estar sucediendo por última vez, lo elegíaco (tomando la definición de Borges). El orden natural de lectura nos sitúa, inicialmente, en un lugar de oración donde parecen confluir todos los caminos en un tiempo sin tiempo. Desde allí, nos lanza a un paseo por las calles antes del amanecer que desemboca en un encuentro con una voz del pasado ya muerta, pero que vuelve a advertirnos o a confirmarnos lo que ya intuíamos. A partir de ese momento, se desencadenan tres instantes de extrema lucidez y el lenguaje se hace análisis de ciertos matices del funcionamiento psicológico que, en un proceso inductivo, se lanzan a la configuración de postulados sobre procesos históricos. En esta travesía, descubrimos, por ejemplo, cosas tan sencillas ésta:

                                  … Ésta es la utilidad de la memoria:
libera. No reduce el amor sino que lo dilata
más allá del deseo, liberándonos
de futuro y pasado...

O, por no aburriros demasiado, comprendemos la unión indisoluble de todos los conceptos que se ponen en juego en la creación poética, especialmente, cuando se intenta definir qué es la poesía, cuando se es consciente del tono de sentencia con el que se reviste al discurso poético; cuando se entiende que la vida es conciencia, la conciencia es lenguaje, el lenguaje es creación y la creación se asemeja a la vida, con su reverso oscuro que es la muerte. En palabras de Eliot:

cada frase y cada sentencia es un fin y un comienzo,
cada poema un epitafio. Y toda acción
es un paso hacia el filo, hacia el fuego, hacia el seno del mar
o una piedra ilegible: y es allí donde empezamos.

No resultará extraño a estas alturas que no tenga ningún prejuicio intelectual con el poeta que se atrevió a declarar, jactancioso, que se definía como "Clásico en literatura, Monárquico en política y Anglo-católico en religión".

lunes, 17 de junio de 2013

El carácter pedagógico de Ángel González

Sé que puede resultar algo pretencioso, pero cuando regreso a la poesía de Ángel González, experimento esa sensación de paisaje familiar y reconocible, algo similar a lo que me ocurre cuando vuelvo a leer, más bien releer, los poemas de mi amigo Dani o de Miguel. El paseo por los poemas va desde esos que uno casi podría recitar de memoria a aquellos otros que se empieza a leer un poco desubicado y se acaba anticipando en voz alta los versos que llegarán a continuación. No nos engañemos, no soy un experto en el poeta asturiano. De hecho, mi conocimiento sobre su obra poética se limita, casi exclusivamente, a sus greatest hits y está fundado, sobre todo, en 101 + 19 = 120 poemas publicado por Visor, el disco La palabra en el aire y la antología recogida en Tiempo inseguro, el volumen de la Revista Litoral al que ya me referí hace varias semanas. Creo que mi visión de Ángel González es, fundamentalmente, la de una figura pedagógica y, por ello, cada vez que intento poner en orden mis percepciones e interpretaciones sobre su obra siento que mi discurso se tiñe de seriedad, del respeto que se debe a su magisterio. No es extraño, por tanto, que confiese que algunos de sus poemas me causan envidia, esa envidia tan habitual en los aficionados a escribir que se traduce en el sentimiento de “me gustaría haber escrito yo ese poema”. Este sentimiento se concentra, especialmente, en el famoso poema perteneciente a Áspero mundo y que comienza con ese incontestable verso “Para que yo me llame Ángel González”. En mi opinión, su poesía es un camino hacia la ética, un manual de buenas prácticas sobre los temas y tópicos que constituyen el universo de un poeta urbano, tomando como método de trabajo el análisis lírico de la propia identidad y la biografía. Política, amor, paisaje, memoria, infancia, familia, paso del tiempo, envejecimiento, todos los núcleos en los que se desenvuelven los versos del poeta componen, en sí mismos, una solución válida y, en la inmensa mayoría de los casos, brillante. “Primera evocación”, recogido en Tratado de urbanismo, es un ejemplo de lo que intento defender. El sobrecogedor poema es, al mismo tiempo, un homenaje a la madre a través de recuerdos infantiles y un grito antibelicista lanzado al vacío. La mayor virtud de Ángel González y la cualidad de la que siempre quise contagiarme es la sobriedad de su lenguaje, la mesura y tranquilidad con la que sus poemas hacen referencia a las pérdidas, a las humillaciones, al miedo que despierta la imaginación de un futuro que se distancie de la felicidad del presente. No puedo negar que el carácter sobrio es tan embellecedor en los grandes poemas, como monótono en lo poemas que, en mi entender, son menores, pero, como ya dije, entiendo que su aportación es, fundamentalmente, pedagógica y, por encima de todo, es necesario reconocer su actitud ética, que señala la senda a muchos de los que intentan encuadrar sus vivencias entre ritmos predefinidos. No menos incontestables resultan las apreciaciones de Ángel González en materia teórica, en el planteamiento de una poética y el análisis del poeta como figura y de los motivos que le llevan a escribir. “La escritura es una especie de enfermedad contagiosa que los libros transmiten a quienes los frecuentan en exceso”, así comienza una breve reflexión a la que tituló “¿Por qué escribo?” y que concluye con la siguiente respuesta: “porque me resisto a confinar en el pasado ese residuo de mí mismo que sobrevive en mis poemas”. Quién se atrevería a rebatirle cuando afirma que la existencia del poeta es precaria y depende de los otros, que “El poeta vive en la lectura igual que los fantasmas habitan en el miedo.” Creo, sinceramente, que me gusta todo de Ángel González excepto la imagen pública que se viene forjando desde hace ya muchos años, antes incluso de su desgraciada muerte en 2008. No me atrevo a decir que el poeta se sentiría incómodo. Supongo que las afinidades personales y las amistades están en la base de todo. Sin embargo, a veces da la impresión de que hay una cierta apropiación de la figura de Ángel González por parte de cierto sector de la poesía española actual, de la misma manera que me parece percibir cierto desdén desde otros bandos como actitud de mera reacción frente a los otros. Lo cierto es me interesa mucho González, pero no me interesan nada los gonzalistas, ni los antigonzalistas. Por eso, cuando miro a mi estantería y veo “Mañana no será lo que dios quiera”, tengo la convicción de que será uno de esos libros que nunca leeré y siento cierta lástima por el dinero y la ilusión que alguien gastó en regalármelo.

jueves, 13 de junio de 2013

Dejemos hablar al viento

Continúo con mi interminable saga de los descubrimientos tardíos. Diecinueve años después de haber adoptado el hábito de lectura como una misión de vida, precisamente, tras devorar uno de los títulos de referencia del “Boom Latinoamericano”; algo menos, pero también muchos, después de que algún amigo al que ya veo poco me hablara con una admiración casi reverencial de Juan Carlos Onetti, acudí a la lectura de Dejemos hablar al viento, una novela que sufría un largo periodo de olvido en mitad de la estantería azul que da soporte a mi artificiosa estructura vital. Empecé a leer sin conocer un detalle importante: forma parte de una especie de saga ambientada alrededor de la ciudad ficticia, podríamos decir léxico – semántica, de Santa María. Más grave aún para aquellos que puedan verse afectados por la enfermedad de la cronología, se trata del cierre del ciclo y, por tanto, del último acto. Afortunadamente, este detalle no adopta tanta trascendencia cuando coinciden en un momento espaciotemporal concreto un genio literario inconmensurable, una novela magnífica y cierta actitud al leer. Dejemos hablar al viento es el relato de un triángulo dramático, sexual y autodestructivo, en cuyos vértices están el comisario y pintor Medina (protagonista por así decirlo de la obra), el yonqui enamorado del desencanto Julián Seoane y Frieda, mujer fatal, rubia, cantante, empresaria, bisexual. En un ambiente decorado por el humo del tabaco y la constante presencia del alcohol, en medio de un calor húmedo y opresivo, en mitad de un mundo en ruinas lingüísticamente construido y en el que abunda el sustantivo mugre, la belleza florece indiferente en los diálogos, en la omnipotente visión del narrador que desgrana un modelo de vida particular para ofrecernos lecciones de sombras que tienen alcance sobre un concepto de vida más general y más amplio. Muy mal parada sale la institución familiar cuando se analiza el contexto en el que se desenvuelven los hechos que van jalonando la novela. La historia de Julián Seoane no es, precisamente, un bálsamo para calmar la ansiedad en tiempos turbios. La madre, manipuladora de biografías. El padre, Medina, un personaje de mil caras, que acepta una paternidad por necesidad íntima, aunque todos sepan (Julián, la madre y el propio Medina), que se trata de una ficción. Visto así, y teniendo en cuenta el absoluto desprecio por la convención social y la buena imagen que Seoane escenifica de forma continua, no resulta ya tan extraño que ambos (padre e hijo) acaben por compartir amante. Y, sin embargo, el reconocimiento de estos hechos está muy lejos de la insidiosa bronca familiar en la que podría pensarse si el lector se deja llevar por la empatía. La interacción es muy distinta y, a la vez, resbala con tanta naturalidad, desprende un halo tan firme de razón. Seoane sentencia a Medina cuando le dice: “Querías tener un hijo desde siempre, probablemente desde la primera vez que te acostaste con una mujer. Lo dijiste, recuerdo. Lo que sentías arriba de una mujer era tan importante, tan sin relación con cualquier otro tipo de experiencia posible, que necesitabas hacerlo eterno, o duradero, o palpable, con un hijo (…) Tal vez no solo por todo lo que dije: eternidad, duración, el acto de amor hecho concreto y ocupando un lugar en el espacio. Creciendo, además. Tal vez necesitaras un hijo también para justificar tu permanencia encima de una mujer, para disculparte y hacerte perdonar. ¿De quién? Ese es otro problema (…) Entonces, desde que me conociste, o desde mucho antes, quisiste jugar a que yo era tu hijo. Nada de amor en realidad: el placer del dominio, la pobre satisfacción orgullosa de imponer destinos y contactos.” La respuesta de Medina mantiene la línea del diálogo: “Puede ser que sea cierto”. Medina encarna la culpa que no puede ser expiada de forma directa, que necesita una transferencia, un cambio de foco en su apostolado, aunque esté muy lejos de ser precisamente un santo. Sería lógico apuntar que todo podría ser mucho más sencillo si Medina se abandona a Olgurisa, que la tragedia resulta irrevocable cuando se mira con perspectiva desde el último párrafo. Después de todo, ni el yonqui que lo ningunea es su hijo, ni merece mucha consideración la propia Frieda que parece tomar cada pequeña decisión de su vida para ridiculizar a Medina. Pero a quién le importa la sencillez cuando se quiere representar el mundo entero en los matices del blanco de la espuma de una ola, quién puede apostar seriamente por la sencillez cuando se está debatiendo sobre la lectura o la escritura de una novela. A pesar de ello, el propio Medina nos lo advierte: la inflación es un elemento deformador de la tragedia.

miércoles, 5 de junio de 2013

Paseo de los Tristes

La vida cabe dentro de un poema. Éste es el pensamiento que me invade cuando vuelvo a “Paseo de los tristes”, el bellísimo y extenso quejido que cierra el libro del mismo título y que fue escrito por un tal Javier Egea cuando la década de los ochenta empezaba a usar pañales. “Paseo de los tristes” es algo más que un poema. Sus nueve páginas (al menos son nueve en la edición de la Colección Maillot Amarillo de la Diputación Provincial de Granada) se muestran como uno de los campos de batalla donde se escenifica el constante enfrentamiento entre Eros y Tánatos, entre el refugio del cuerpo amado y la intemperie de la soledad. Una ciudad que es todas las ciudades, una ciudad que podría ser Cáceres, Berlín, Madrid, Lisboa, ofrece su paisaje tautológico y se disfraza de Granada para acoger la travesía intelectual de aquel que mira y encuentra un código escrito detrás de cada uno de los elementos del mobiliario urbano. “Era cuando diciembre desplegado en la lluvia / se adueñaba de parques y avenidas”, era y será diciembre para siempre cuando nos adentremos en las aguas de la lucidez, diciembre, ese mes que uniforma a sus ejércitos con gabardinas. Y es así como Javier Egea nos alumbra con los hallazgos de lo que ya sabíamos o podíamos intuir: el asombro de la primera felicidad y sus sudores no están blindados. “La primera muerte” nace y crece paralelamente, “la irreversible palpitación” es inseparable de “los inaugurados caminos del corazón”. Todo toma sentido de repente ante los labios que despiertan deseo, ante esos labios que nos llevan al “vicio del recuerdo”. Y, sin embargo, siempre encontraremos plazas con “restos de soledad sobre los bancos públicos”, siempre parece persistir una soledad excesiva, siempre habrá algo que preludie la vida que se acaba. Y, por si fuera poco, “Paseo de los Tristes” no es solamente esto: sin abandonar su condición de escenario de la lucha, el poeta vela las armas de la ideología. No es fácil que un discurso militante mantenga el equilibrio en el estrecho sendero de la lírica. Pero es Javier Egea quien nos habla, quien nos hace conscientes de que estamos:

condenados a vivir una historia perdida
de explotación y soledad, de muerte enamorada
sin saberlo.

Es él quien nos acusa por ese silencio que nos compran con un torpe refugio, que el fracaso del mundo se adivina en el grandilocuente delirio de sus estatuas, que el tiempo y el futuro revelarán su corrupción inevitable. El poeta nos enfrenta al espejo, nos hace conscientes de nuestro tránsito autómata, nos recuerda que, después de todo, todos morimos de soledad.
La vida cabe dentro de un poema, quizá porque es injusta y eso la hace empequeñecerse. Javier Egea, llamado a ser el poeta más importante de estos tiempos, el mayor talento de aquello que se llamó La otra sentimentalidad, no pudo ver “otra clase de luz, otra esperanza” más allá de sus cuarenta y siete años y decidió dar por finalizada su biografía. Es cobarde acusar de cobardía al suicida. Probablemente, nadie fue más consciente que él de aquella verdad incuestionable que anunciaba en su poema “Sobre el papel”:

Sé que la soledad
no se agota en tus labios ni en los míos
y que la vida es dura,
trágicamente seria.

jueves, 23 de mayo de 2013

Entre García Montero y Ángel González

Tiempo inseguro es el título del número 233 de la Revista Litoral, publicado en el año 2002 y dedicado de forma íntegra a la figura del imprescindible Ángel González. Paseo entre las biografías, los textos de homenaje y reconocimiento, el abundante material gráfico, una breve antología, un conjunto de poemas inéditos rescatados para la ocasión. Algo me llama la atención de forma súbita. La transcripción de una conversación entre un Ángel González en rol de entrevistado y un Luis García Montero en el rol de entrevistador. A veces, se aprende más de una conversación cuando se asiste a ella como espectador que cuando se toma un papel activo en la misma. A veces, la propia actividad retórica nos hace perdernos parte de los argumentos del interlocutor porque estamos buscando la forma de construir los nuestros. La distancia del espectador es, beneficiosamente, didáctica. Por ello, se entenderá que no he podido resistirme a la tentación de asistir de forma diferida a la conversación entre esto dos poetas, a los que algo (mucho) les debo. Si ya es difícil hablar de la labor de escribir sin hablar de influencias, sin hablar de los escritores a los que se les tiene un mayor respeto y se les reconoce un magisterio definido en la propia trayectoria, supongo que, al enfrentar un diálogo con una gran personalidad literaria como fue Ángel González, y aun a riesgo de caer en tópicos, no se puede eludir la pregunta acerca de la tradición, acerca de las lecturas decisivas. No descubre nada nuevo el poeta cuando habla de la necesidad de una referencia, de un modelo, pero resultan muy interesantes sus valoraciones. Así, se presenta a la antología Poesía española contemporánea de Gerardo Diego como la auténtica prefiguradora de la tradición para los poetas de la Generación del 50. Cualquiera que se haya interesado un poco por la obra de Ángel González es capaz de identificar dos rasgos esenciales de su poesía: el uso de un lenguaje cotidiano y sencillo, así como la existencia de un compromiso social evidente que late debajo de la superficie del poema y que no es, en sí mismo, el argumento del poema. En ese sentido, sus opiniones sobre ciertos poetas son especialmente relevantes. Así, se nos presenta a Antonio Machado como un antídoto frente a la vulgaridad de la búsqueda permanente y obligada de lo original, frente a aquellos que pretenden separar la vida del arte, desnaturalizándolo, alejando entre sí los códigos con los que se construyen tanto el uno como la otra. En cuanto a Blas de Otero, un apunte innegable: su obra es la más clara demostración de que puede superarse la dicotomía entre la poesía social, políticamente comprometida, y el ejercicio de un estilo cuidado, el cultivo del poema como un acto estético. Porque el poema es, como nos recuerda el entrevistado, básicamente, forma. No es que el contenido haya de perder todo su protagonismo para hundirse en una estructura cuya finalidad sea puramente estética (fonética me atrevería yo a añadir), pero parece claro que la forma es la responsable de la relevancia que puede llegar a adoptar la historia o el argumento que se plantea en el poema. Por tanto, no se hace extraña la confesión que hace el poeta sobre el carácter de sus ocurrencias (lo que otros llaman inspiración), definidas como algo que existe de forma previa al acto de escribir y que se escribe como una necesidad de respuesta. Esta necesidad nacería de un conjunto de palabras irrenunciables organizadas ya como versos y que van a marcar la trayectoria del poema por encima de las condiciones que podría imponer el argumento. Por otro lado, está el, también ineludible, debate acerca de lo sincero y lo fingido en el poema, acerca del yo poético y el yo biográfico. Se ha repetido como un mantra la idea de la imprescindible distancia que debe imponerse entre el yo poético y el biográfico. Ángel González no rechaza esta postura, pero con lucidez nos señala que estamos ante una paradoja. Nadie se atreve a negar que “el poeta es un fingidor”, pero el poema proyecta una imagen sobre quien lo escribe. Y si se quiere que el poema sea eficaz, esa imagen debe decir la verdad. Por ello, es labor del poeta fingir que es uno mismo, haciendo que el personaje ficticio sea creíble y se parezca, cada vez más, a quien lo inventa. En este sentido, si la lectura de un poema ajeno es un acto de conocimiento, la lectura de un poema propio, como bien nos recuerda el asturiano, es un acto de reconocimiento o autoconocimiento. Evidentemente, se trata de un proceso difícil, sobre todo, cuando hay que poner distancia entre lo que se siente y lo que se escribe, cuando se pretende salvar la independencia del poema con respecto a la corriente emocional que nace de los acontecimientos vitales. En esto, los poetas de la Generación del 50 fueron unos maestros y, en sus respuestas, González apunta que su herramienta de distanciamiento es la ironía, un recurso que le permite acercarse a las fuentes del dolor sin dramatizar, con pudor, evitando unos gestos excesivos que el lector no merece. Quizá todo sea más fácil y pueda resumirse en el enunciado más útil que aprendí durante mis años como estudiante de Psicología (y con el que parece estar de acuerdo nuestro ilustre entrevistado): Lenguaje y pensamiento son términos sinónimos. No es que pensemos con palabras, es que pensamos palabras. El descrédito de uno se convierte, inmediatamente, en descrédito del otro.

sábado, 13 de abril de 2013

Situación del Mercado

Supongo que es normal que me sienta tan identificado con la letra de aquella canción de Joan Manuel Serrat que trata acerca de la amistad y cuyo estribillo se corona con “lo mejor de cada casa”. Es una sensación que se agranda cuando, por ejemplo, a uno le llega un correo electrónico de su amigo Miguel Mejía en el que explica que lleva ya a algún tiempo trabajando en la traducción de la obra de un poeta alemán que no tiene ningún libro traducido al español, que tiene ya una versión bastante consolidada de uno de sus tres poemarios y que me la adjunta en un archivo pdf para que, cuando pueda, la lea con ojos de lector medio, le diga si encuentro algunos giros raros, si se entienden o no se entienden los poemas. El poeta se llama Nicolas Born. El libro, Situación del Mercado, es el primero de los tres que escribió y su composición está enmarcada entre los años 1965 y 1967 en la Alemania del Oeste. Tengo que confesar que me siento como un intruso en casa ajena al intentar comentar los poemas que componen el libro. En cierto modo, es como si me faltase legitimidad, como si fuera demasiado presuntuoso. En cualquier caso, cuando empecé a leer el libro, me pareció que estaba ante una especie de poesía del indicio, en la que bajo un manto aparente de normalidad excesiva, se van atisbando algunos fogonazos de razón, de clarividencia, algo que se percibe especialmente en el poema que da título al libro “Situación del mercado” y que termina sugiriendo: Es curioso el invierno / antes de llegar. Según se va avanzando, no es difícil comprender que los temas y ambientes que el libro plantea son mucho más diversos y aparecen ante el lector por todas partes referencias a múltiples aspectos de la vida y el pensamiento que se van desgranando lentamente, pero sin tregua. Así, nos encontramos con poemas como “Autorresponsabilidad” con otro final contundente: Cada uno alguna vez se plantea la pregunta / de si conduce él mismo o se deja conducir. Poemas sobre la prensa, la televisión, autorretratos, erotismo, política, envejecimiento, amor, muerte, van, poco a poco, abriendo un camino, desenterrando el que, a mi entender, es el verdadero eje de estos poemas. No me gusta hacer afirmaciones categóricas, pero, desde mi punto de vista, la poesía desplegada por Born en Situación del Mercado es una poesía del sentido común. Es esta una idea que fue formándose en mis ojos de lector que busca una posible columna para Las Afueras y que vi refrendada cuando, al llegar al poema “Sobre las casas”, leí:



Ya nadie se sorprende.

Para comprenderla, a la muerte hay

que dividirla entre la multitud. Las cifras

son un factor musical, provocan

sentido común.



Se entienden así otros matices cuando se vuelve a los versos subrayados a lo largo de las páginas. Parece, entonces, que hay pequeños manuales para la vida escondidos en cualquiera de los poemas. Así, “Elogio del colectivo” nos señala: (…) estando en buenas manos / tampoco pregunta nadie por el clasicismo. “Por fin ya no queda nada que perder” nos recuerda que: Obviamente pasan las semanas / los movimientos tienen su sentido igual que antes. “Intento lamentarme” plantea con claridad una cuestión muy seria: Qué he hecho yo para que me consuma / la luz eléctrica. Y, por supuesto, en uno de los poemas que forman parte de la sección “Necrologías” nos alumbra una certeza: y me causó sorpresa / que se pueda envejecer con buen humor. No sé si a todos os pasa lo mismo, pero, a veces, tengo la sensación de que nunca agradecemos de forma suficiente, nunca reconocemos la verdadera dimensión del mérito que tiene la labor de traducir.

lunes, 1 de abril de 2013

El jersey rojo

Carlos Bousoño, Luis María Anson, Francisco Brines, José Manuel Caballero Bonald, Víctor García de la Concha, Clara Janés, Jaime Siles y Luis Antonio de Villena concedieron el Premio Visor Loewe a un libro de poemas llamado El jersey rojo firmado por el cordobés Joaquín Pérez Azaústre. En la contraportada del libro, puede leerse una opinión de Pere Gimferrer sobre el mismo: “la verdadera poesía -y El jersey rojo lo es- se forma en el crisol de muchas poesías precedentes, y, en la medida en que accede así a la belleza autónoma y exenta, podemos reconocer algo a la vez inconfundible e infrecuente: la escritura de un auténtico poeta.” Ahora es definitivo: no tengo ni idea sobre poesía, soy un auténtico “paquete” en esto y jamás se os ocurra seguir mi criterio (si es que puedo permitirme usar esa palabra) o mis recomendaciones. Por favor, que nadie las siga, porque yo, tan poco aficionado a la polémica y al ejercicio de llevar la contraria por sistema, si tengo que expresar mi opinión sobre El jersey rojo solo puedo decir que nunca he leído tantísimos poemas seguidos que me hayan comunicado tan poco, que apenas me hayan dicho nada, que hayan despertado en mí tan poca curiosidad, tanta indiferencia. Dice mi amigo Manuel Moya que, muchas veces, ser finalista en un premio es más un insulto que un reconocimiento. De alguna manera hay que justificar que el libro que ha ganado es el mejor. No quiero pensar en los finalistas del Visor Loewe de aquella edición, sobre todo, con la cantidad de historias que uno ya ha escuchado sobre los rigurosísimos criterios que se siguen algunas veces en la entrega de premios. No sé si mi cabreo me viene más de la incomprensible veneración que se rinde ante determinadas formas de poesía que parecen regocijarse en su vacuidad o de la certeza de conocer la seriedad de algunos de libros que se presentan a este premio y no tienen tanta suerte. Fue mi curiosidad la que me llevó a acercarme a este libro. Recuerdo haber leído en el Babelia una reseña sobre el poemario, una de las muchas que leo como un automatismo sin que eso me lleve, por lo general, a la compra. Supongo que fue una estupidez, pero cuando leí que el libro incluía un poema llamado “Breve historia del gin-tonic” me dije a mí mismo que tenía que leer ese poema, me parecía una propuesta muy original y, durante mucho tiempo, estuve tratando de localizar ese poema de forma infructuosa. Pasaron los años y, por mera casualidad, encontré en algún rincón de internet un archivo pdf de descarga gratuita que hace las veces de breve antología del Premio Visor Loewe. Allí pude al fin leer el codiciado poema y me llevé la lógica y habitual decepción de aquel que ha puesto demasiadas esperanzas en algo y lleva un largo tiempo idealizando. En ese instante, decidí comprar el libro y darle una oportunidad pese a esta primera impresión. Se ve que me equivoqué, al igual que me había equivocado pensando que aquel poema sobre el gin-tonic y la Generación del 50 iba a interesarme. Evidentemente, no estoy diciendo que El jersey rojo sea un libro insoportable, indefendible y en el que todo haya de ser desechado, pero, desde luego, yo no soy capaz de justificar por los versos leídos la reverencial admiración que se parece rendir a su autor. Y es extraño porque, precisamente, se trata de uno de esos libros que se apoya en símbolos, iconos y temas que a mí, como lector, me interesan especialmente. Sin embargo, siempre parece haber algo que los desvirtúe como, en el ya citado poema, con un contenido más cercano a lo que sería una bonita columna de dominical que a un texto lírico. O, por decirlo más claramente, yo nunca pensé que sería capaz de aburrirme leyendo un poema sobre Ciudadano Kane y la experiencia me ha demostrado lo contrario. Creo que lo que me dejó más perplejo, sin embargo, es el recurso al caligrama. Lo siento, pero, a estas alturas, no estoy dispuesto a admitir ciertas concesiones efectitstas. No eludiré los aciertos que he ido encontrado al avanzar en la lectura, los buenos poemas como “Confesión”, “Canto nocturno”, “Última voluntad”, “Junio”, “Canto nocturno”, “La vida en los balcones” o “El jersey rojo”. Aun así, se trata de poemas de los que no he podido disfrutar plenamente y me queda la sensación de estar intentando salvar algunas cosas del poemario para no incurrir en una columna demasiado incendiaria. Sí puedo afirmar con rotundidad, en cambio, que se nota que detrás de estos poemas hay un escritor bien formado y con mucho oficio y no alguien que se ríe de la poesía mientras se beneficia de ella (algo tan desgraciadamente habitual en nuestros días). Lleva razón mi amigo Daniel Salguero cuando dice que vivimos la larga resaca de la poesía de la experiencia y que eso nos hace encontrarnos con elementos extraños por su excesiva normalidad en el discurso lírico. Y, dicho esto, tengo que admitir que nunca pensé que iba a atreverme a hacer una afirmación semejante y que, como suele decirse, siempre salta un cojo.

martes, 19 de marzo de 2013

Mientras tanto cógeme la mano

En julio de 2011 y, dentro de un agradable viaje en coche que hice por Cantabria y el País Vasco, me empeñé una tarde, mientras paseaba por las calles del Casco Viejo de Bilbao en comprar dos ejemplares de un mismo libro de poemas en una edición bilingüe euskera – castellano, uno para regalar y otro para mí, cosas del sentimentalismo o del fetichismo, según el área profesional o las inquietudes de quien analice el comportamiento. Sorprendentemente, no me resultó nada fácil. En las primeras librerías en las que pregunté, incluso, me miraron con una cara muy rara, como si estuviera haciendo una pregunta fuera de lugar. Poco a poco, fui teniendo más suerte. Y con suerte me refiero a unas publicanciones poco cuidadas, que me inspiraban poca confianza y en las, para colmo, el texto había sido “centrado” en la página con el software que se hubiera usado para maquetarlo y, sí, lo confieso, no puedo soportar esa extraña manía de centrar el texto dejándolo sin un margen izquierdo definido. Finalmente, lo conseguí, aunque compré uno de esos libros para los que no es necesario ir a Bilbao. Entré en la librería que parecía tener mejor aspecto y fama, muy cerca de Las Siete Calles y lo único que les quedaba (y no se mostraron muy seguros antes de mirar en el almacén) eran dos volúmenes de Mientras tanto cógeme la mano de Kirmen Uribe, publicado por Visor en tercera edición en 2010. No sé si la prentensión del autor era esa, pero parece que el volumen tiene dos prólogos: un texto escrito como presentación de la obra y el primero de los poemas, “El río”, que no pertenece a ninguna de las siete secciones en las que se divide el poemario. Siempre se agradece la inclusión de una pequeña presentación por parte del autor, algo que casi nunca gusta hacer a quienes practican la lírica y que suele resultarles bastante incómodo, como si ese texto fuera la poca ropa que queda al poeta después de los poemas y lo dejara en una desnudez total. En el caso que nos ocupa, Kirmen Uribe nos ofrece dos claves interesantes en clave de poética: en primer lugar, se nos presenta la tarea de escribir como una constante toma de decisiones entre las palabras que se dicen y, sobre todo, las que se eluden; en segundo lugar, se nos define el poema como algo que no debe renunciar al sentido, a la capacidad de transmitir algo nuevo y, en cierto modo, de sorprender. “El río” completa, desde mi punto de vista, la concepción poética, o más bien, vital de Kirmen Uribe con una de esas afirmaciones que obligan al subrayado o al cuaderno de notas:

En cada uno de nosotros hay un río oculto
a punto de desbordarse.
Si no son los miedos, es el arrepentimiento.
Si no son las dudas, la impotencia.

Después de los prolegómenos, se desencadena el libro, una casa de siete habitaciones diferenciadas, dentro de las que me ha parecido ver cierta unidad semántica. Así, la primera sección del libro parece ser un proceso de búsqueda y análisis de máscaras, en el que el poeta trata de habitar pieles que no siempre son la propia, y donde destaca el breve poema “Cardiograma”:

  • Descríbeme su corazón.
  • Parece un lago helado
en el que se va borrando
el rostro del niño que un día fue.

La segunda parte está en el terreno de la identidad y la memoria. Los poemas van desde el recuerdo anecdótico y no compartido, ese momento que nadie comprende por qué recordamos con tanta exactitud y carga emocional, hasta los recuerdos significativos del ámbito familiar e, incluso, la memoria colectiva en la que no es necesario haber participado para defenderla como propia. El amor es el ámbito en el que se sitúan los poemas de la tercera parte. Algunos de los mejores poemas del volumen están en esta sección como esa recreación del amor de origen infantil que es “Amor secreto” o “Manzanas”, probablemente, el poema de mayor profundidad de todo el volumen y que cuenta con una de esas estrofas que perturban durante largo tiempo la conciencia del lector:

Hoy parece que hemos de ser perfectos también en la cama,
como esas manzanas rojas del supermercado,
demasiado perfectas.
Nos pedimos demasiado,
y casi nunca sucede lo que esperamos
de nosotros mismos, del otro o de la otra.
Las leyes son distintas al enredarse los cuerpos.

En un libro con vocación de universo, no podía faltar una serie de poemas que ahondaran en la historia y la política. Y éste es el núcleo central de la cuarta parte, en mi opinión, la menos conseguida del libro y donde los poemas (y repito que esto es solo mi opinión) bien podrían ser pequeñas prositas con lenguaje poético que se centran en aspectos interesantes de las consecuencias de la guerra y los gobiernos humanos sobre el individuo. No sabría decir muy bien cuál es el tema central de la quinta parte del libro, pero anoté en uno de los márgenes después de leer los poemas “conciencia de otras muertes, conciencia de otras vidas”. El poeta consigue algo noble, descentrarse de su propia perspectiva, mirar hacia los demás. Un par de hallazgos hacen satisfactorio este proceso: “Es de noche en el hemisferio de tus ojos” como acierto estético, “En los fragmentos / reside la esencia de la realidad” como éxito epistemológico. No me gusta ser taxativo y menos en poesía, pero tengo que decir que me sobra la sexta parte del libro, un largo poema planteado como un diálogo teatral entre Aresti y Duchamp, en el que no faltan buenos versos ni planteamientos serios. Simplemente, como ya sabéis los que me conocéis un poquito mejor, este tipo de recursos me parecen concesiones en pro de la construcción de una imagen de intelectualidad que, sinceramente, creo que Uribe no necesita. En cualquier caso, yo soy un poquito radical de vez en cuando y no conviene tomar demasiado en serio la opinión de alguien sin formación, de un mero aficionado. Mientras tanto cógeme la mano se cierra con un grupo de poemas que podrían agruparse bajo el epígrafe “Vida y felicidad”. Esta vez los poemas juegan (no importa si veraz o falazmente) con el concepto de la magia de vivir, con la casualidad altamente improbable que se acaba por hacerse cuerpo, con la celebración y la contemplación tranquila de un tiempo que no se detiene, de un destino que no deja de ser finito. El mejor de estos poemas es “Un poco más allá”, cuyo final, por su belleza, podría ser el final de cualquier cosa. ¿Para qué entonces buscar otro final para esta columna?:

Incluso estando en las últimas, mi padre
siempre alababa la vida,
nos decía que hay que vivir el momento,
que si siempre estás preocupado la vida se te escapa.

Y nos decía: tenéis que ir
más al Norte, no hay que echar la red
allí donde sabéis que seguro habrá pescado,

hay que buscar un poco más allá,
sin conformaros con lo que ya tenéis.
“La muerte no vencerá”,

escribió Dylan Thomas,
pero de vez en cuando gana,
y así terminó también la vida de mi padre,

como un barco que se pierde en el horizonte
girando hacia el Oeste,
dibujando recuerdos en su estela.

viernes, 8 de marzo de 2013

Los cantos de la Gehenna

Fue un martes, 7 de diciembre de 2010. Caminaba en ese estado de semiensoñación melancólica que producen las calles del casco viejo de Santiago de Compostela y empezó a llover. Después de cuatro días esperando una lluvia que se supone omnipresente por aquellas tierras, el aguacero, al fin, se hizo cuerpo y tuve que refugiarme en la primera tienda que llamó mi atención. En el escaparate, se insinuaba una colección de cerámica con un diseño atrevido, poco convencional, un alarde de colores. Entré y no tardé demasiado en aburrirme de la cerámica, pero al fondo de la tienda encontré algo que no esperaba: una estantería repleta de libros entre los que estaban toda la colección completa de poesía de Edicios de Castro, una editorial que pertenece a la empresa que elabora las piezas de cerámica y que se hace conocer como Sargadelos. Según su página web, desde 1963 (año en que fue fundada la rama editorial) hasta 2008, fueron publicados 1300 libros correspondientes a más de 700 autores y que abarcan campos tan dispares como el ensayo, narrativa, filología, economía, teatro, etnografía, arte, historia... En aquel momento, frente a aquella estantería, yo solo me fijaba en los títulos de poesía y así fue como acabé por decidirme por Los cantos de la Gehenna de un tal Gaspar Salgado, a quien no conocía en aquel preciso instante y de quien, actualmente, solo puedo decir que he leído uno de sus libros con un gran placer estético e intelectual. Ya en el breve prólogo de Darío Villanueva, se nos anuncia claramente lo que vamos a encontrar: un conjunto de ocho poemas de temática amorosa, en el que se identifica el territorio maldito de la Gehenna con el amor atormentado por un final o una falta de correspondencia. Gaspar Salgado despliega una lírica que se extiende con facilidad trenzando moldes métricos tradicionales en la construcción largos versos, cuyo ritmo llega se desencadena con facilidad en lectura pública o privada. Por otro lado, no renuncia a una clara vocación vanguardista y nos encontramos con un uso casi abusivo de la repetición que perfila el ambiente dibujado en cada poema. Así, por ejemplo, en el primero de los poemas el decasílabo “repetida palabra de dios” aparece ocho veces de forma consecutiva, las últimas seis formado dos versos con tres repeticiones de la secuencia en cada uno sin espacio entre palabras. La distribución del texto en la página huye del formalismo de la alineación en el margen izquierdo y los versos parecen, con frecuencia, dibujar escaleras e, incluso más allá, el uso gráfico de la ubicación de las caracteres tipográficos de una misma palabra como recurso expresivo potencia su intención de significado, como en el caso del Canto V, donde el vocablo agua se ha escrito con una dimensión vertical que nos recuerda su carácter inapresable o, más claramente, en el canto VII, en el que ocupa casi la totalidad de una página una especie de cascada zigzagueante de letras en las que puede leerse “toda la canción se está derramando entre estas manos”. El vocabulario es, también, destacable por su capacidad para romper el código habitual de este tipo de lírica sin desvanecer su ambiente. Así, encontramos expresiones como “repetida palabra de cualquier matarife” en el Canto I, “pero habrás de avanzar entre suicidios” en el Canto II o “este desesperado amor metástasis” en el Canto IV. En definitiva, Gaspar Salgado es uno de los muchos buenos poetas repartidos por el territorio español, en el que su dominio del oficio y su talento no acompañan a sus oportunidades de éxito y distribución. Un historia repetida que tengo la suerte de volver a contar por el curioso azar de haber entrado en una tienda de cerámicas aquella tarde inhóspita de diciembre de 2010. Y está claro, como siempre, que es inútil tratar de convencer con retórica sobre la bondad de un hacedor de versos cuando puede recurrirse a unos poemas que se defienden por sí mismos. Por ello, termino como termina el libro con su “Canto final”, que es el más breve:



y de nuevo soñarte coronada de odio

como con la señal de quien se sabe amada

por última vez

olvidemos

                    olvidemos sin miedo

tantísimas batallas de ternura

es tiempo de que sepas

que es luzbel quien te ama

emboscado en mis brazos

jueves, 28 de febrero de 2013

Diles que Julien Sorel está de vuelta en la ciudad

Recuerdo con exactitud el día en que decidí que tenía que leer a Stendhal. Fue en la primera mañana de mi único viaje a París. Corría mayo de 2005. Habíamos subido hasta el Sacre Coeur para admirar las impresionantes vistas de la ciudad. Después, justo antes de abandonar las cercanías del barrrio de Montmartre, fuimos a visitar su cementerio y allí me encontré con la tumba de Stendhal, uno de esos muchos escritores a los que se supone que hay que tenerles un gran respeto y que yo, siempre tardío en todas las lides de la literatura, no había leído. Recuerdo haber sentido cierta rabia por mi falta de disciplina en la lectura. No recuerdo haberme impresionado por el epitafio“Scrisse, amò, visse”, pero es casi seguro que aquella experiencia fue el impulso que me llevó a visitar la librería en cuanto llegué a Huelva y comprar Rojo y Negro en la edición de Cátedra Letras Universales (una editorial en la que siempre confío para estos títulos y, en la que sin embargo, estoy descubriendo últimamente más erratas y descuidos de traducción de los que se le supone por nombre). El libro sufrió un largo olvido hasta que, en septiembre, lo puse en orden de prioridad. Y esos son los antecedentes que me hacen venir hoy a defender, una vez más la lectura de los clásicos. Rojo y Negro es uno de esos libros que pertenece al estilo que algún crítico ha denominado realismo romántico. No se puede negar el trasfondo histórico realista que impregna toda la novela. Está llena de referencias a acontecimientos sucedidos a partir de 1830 en Francia. Es tan grande el componente de crónica que, a veces, toman los acontecimientos históricos del decorado donde se desarrolla la acción que el propio autor adopta precauciones ocultado deliberadamente ciertos nombres detrás de misteriosos puntos suspensivos e, incluso, advirtiendo antes del comienzo del primer capítulo, en una nota previa, que la novela fue escrita en 1827, lo que hace que se genere una larga secuencia de contradicciones. Pero no puede condenarse por ello esta obra, porque olvidaríamos que lo decisivo su carácter romático, el comportamiento visceral y altivo de su protagonista, el destino trágico que se adivina en esta clase de héroes. Rojo y Negro cuenta la historia de Julien Sorel, el hijo de un modesto carpintero, que gracias a su inteligencia y poderosa memoria consigue medrar y comenzar una carrera de ascensión social y política que le llevará desde su pequeño pueblo hasta el París de las grandes intrigas políticas y palaciegas. Sorel es el típico héroe romántico que reafirma su libertad frente al mundo y se enfrenta a la estructura social que admira su talento, pero desdeña su bajo origen familiar. Su fervor en el odio a la clase alta, que le utiliza o le humilla a conveniencia, se canaliza a través de una desmedida ambición y de un carácter frío que intenta ocultar cualquier atisbo de debilidad emocional ante quienes percibe como enemigos. No cuenta Sorel con que, en mitad de esta lucha por alcanzar la cumbre social, conocerá el amor por dos veces y esto será lo que acabe por configurar su destino y guiar su toma de decisiones. Resulta especialmente interesante la distinción entre dos tipos de amor, encarnados en cada una de las dos amantes del héroe: el amor verdadero, sencillo y espontáneo, frente al amor borracho de orgullo y sediento de posesión. En común tienen ambos la poca conveniencia social de tales relaciones y no quiero desvelar nada más al lector. No sé si ha notado mucho, pero no es Rojo y Negro, precisamente, una de las lecturas que más haya disfrutado, ni en su vertiente de clásico, ni como novela en sí misma. Sin embargo, como dije al comienzo de la columna, vengo una vez más a defender los clásicos. Soy consciemte de que la calidad de un libro puede percibirse por encima del gusto literario personal y, sinceramente, no tengo la sensación de haber perdido el tiempo, a pesar de que se trata de una lectura de las que se arrastra durante algunos meses. Al contrario, me alegro de haberme obligado. Aquellos libros que más se acercan al gusto personal, antes o después, se acaba por leerlos. Haberme obligado a leer Rojo y Negro me da la perspectiva de situarme ante una ficción que ha sido leída por innumerables lectores desde su publicación en 1831 y, como me planteaba mi amigo Antonio Martín, hace unos días ¿a qué inmensa cantidad de libros habrá servido como influencia el relato de la ascención y caída del joven Julien Sorel? Merece la pena pensarlo.

jueves, 14 de febrero de 2013

Fuente Ovejuna

Siempre que me entrego a la lectura de alguna obra de teatro del Siglo de Oro, no puedo evitar hacerlo con una inmensa sonrisa bobalicona. Debo tener una cara infantilmente cómica cuando estoy en mi casa con el libro en las manos, plenamente entregado a la corriente dramática de la trama o tratando de frenar en seco la lectura porque me da pena que algo de lo que estoy disfrutando tanto se me acabe demasiado pronto. Sé que no voy a descubrir nada nuevo cuando escribo sobre estas obras, pero mi retraso en la llegada a la lectura de los clásicos me hace pensar y disertar sobre algunos libros con una mirada adánica, aunque sepa que se trata de una ingenuidad. Para los amantes de la literatura, el teatro del Siglo de Oro es un regalo de la historia, una invitación al placer. El lector interesado por la poesía encuentra, además, una forma adicional de gozo en la métrica y en las rimas sencillas que van conduciendo y enlazando los discursos individuales, los monólogos y los diálogos. Confieso que, por raro que parezca, una de las mayores satisfacciones que siento como lector es aquella que experimento ante dos intervenciones que aparecen, por decirlo de alguna manera, encabalgadas en un mismo verso en un diálogo teatral de alguno de estos dramas. Además, está el carácter elevado de los temas que tratan: el amor, el honor, la venganza, la justicia. Todo está meridianamente claro en el mundo que se nos presenta: la frontera entre el bien y el mal es palpable. Como todo el mundo sabe, Fuente Ovejuna de Lope de Vega es una de las obras más famosas y representativas del periodo y el género al que me refiero. Con cierta base histórica, Fuente Ovejuna es una obra rebelde, reivindicativa, una obra que, analizada detenidamente y desde ciertos puntos de vista, podría calificarse, incluso, de subversiva. Los temas centrales del argumento son algunos de los que ya se han mencionado como característicos de este tipo de teatro: la defensa de la justicia, la necesidad de la venganza, la conservación del honor. El comendador, un cargo de la Administración con favor y confianza del Rey, ejerce su autoridad sobre el pueblo de forma atroz y abusiva y utiliza su posición para alcanzar fines personales. Ante semejante situación, el pueblo, unido en una sola voluntad que surge de forma espontánea y sin manipulación desde otras esferas, decide hacer la justicia de la única forma en que le es posible y venga las humillaciones y vejaciones sufridas con el asalto a la vivienda del comendador y su asesinato, junto al de sus colaboradores. Evidentemente, cuando llega la representación del gobierno central a Fuente Ovejuna, se pretende encontrar a los verdaderos culpables del delito y, al no conseguirlo por las buenas, se recurre a la tortura de los paisanos. Sin embargo, solo se obtiene una respuesta que es, al mismo tiempo, la verdad y una muestra de complicidad entre los participantes en la rebelión: “Fuente Ovejuna lo hizo”. Nada puede ser más cierto, pues la revuelta nace del malestar colectivo y, al mismo tiempo, se trata de la única forma de evitar el castigo de algunos por la falta de todos, porque ya se sabe que a todos no se les puede encerrar. Es curioso que, en momentos como los que vivimos y teniendo en cuenta como se maneja y oculta la información, no estén prohibidos o censurados determinados libros como este. Llevamos años sufriendo los abusos del poder económico y financiero, su forma de actuar despiadada y que desprecia el sufrimiento de la ciudadanía. Imaginemos en qué acabaría todo esto si nos diera por recuperar nuestro honor en una revuelta similar a la acaecida en Fuente Ovejuna. Sin embargo, los actuales comendadores están tranquilos y, en parte, me atrevo a decir que es gracias al desdén y al olvido al que tenemos sometidos al mundo del arte, los libros y la cultura. Es una suerte para ellos que Fuente Ovejuna no sea un bestseller.

lunes, 28 de enero de 2013

Honrarás a tu padre

Tengo el placer de dedicar esta columna a un tema que me apasiona, un tema que descubrí por el cine y al que sigo dedicando mis horas de séptimo vicio cada vez que tengo la ocasión, un tema que está infrarrepresentado en el panorama de la narrativa de calidad y, por supuesto, en el ámbito del ensayo: la mafia. Soy un entusiasta de las películas de mafiosos. No me duelen prendas en admitir que, para mí, no hay mejor película que El Padrino (la primera parte, evidentemente). Vibro con el código visual y verbal con que se construyen las historias. Me encantan los ajustes de cuentas, las deudas de juego, los camiones robados, las disidencias, las traiciones, los cambios de bando, el sometimiento, la fidelidad, la ostentación. Todo esto es, sin embargo, lo menos destacable de un magnífico libro que me acompañó durante gran parte del verano pasado: Honrarás a tu padre. Publicado originalmente en 1971, Honrarás a tu padre es un libro de no ficción que analiza desde dentro y con una exhaustividad que, a ratos asusta y extraña, el mundo del crimen organizado en el ámbito de las comunidades de italianos emigrados a Estados Unidos. Para que se me entienda, creo que la mejor comparación que puede hacerse es que estamos ante un A-sangre-fría sobre la Mafia. Su autor, el periodista italoamericano Guy Talese, siguiendo una cuidada estrategia de acercamiento elegante y respetuoso, logró intimar y forjar una amistad duradera con Bill Bonanno, hijo de Joseph Bonano, uno de los jefes más poderosos e influyentes que ejercía su autoridad en la ciudad de Nueva York. Como hijo de Joseph Bonanno, Bill estaba llamado a convertirse en su sucesor y ello marcó toda su vida. Desde su infancia y su adolescencia, cuando era mirado con curiosidad morbosa por sus compañeros de escuela, hasta su etapa adulta, en la que tanto la vida personal (matrimonio, crianza de los hijos) como su vida profesional (la incapacidad de encontrar un trabajo aceptable y abandonar la tendencia familiar, el constante peligro que le rodeaba por estar en el centro de una de las mayores guerras entre familias que se produjeron) estuvieron fuertemente afectadas y muy lejos de lo que podría considerarse una vida normal. Honrarás a tu padre es un análisis de la vida personal, de las frustraciones vitales, profesionales y familiares de quien podría haber sido uno de los más importantes personajes en la historia de la Mafia. El libro rompe la imagen de vida emocionante y llena de acción de aquellos que vivieron inmersos en semejante estilo de vida. Lejos de las persecuciones y las decisiones firmes, la vida de los mafiosos pasa por ser aburrida y solitaria con largos periodos de reclusión, escondidos de los peligros reales que les acechan y que no siempre vienen de los enemigos de otras familias, también de los agentes de la autoridad que, usando artimañas legales e ilegales trataban de frenar los negocios de estas organizaciones y, en ocasiones, también de usarlos como cortinas de humo para evitar que otros temas, como los fracasos en política exterior, centrasen los debates de la opinión pública. Honrarás a tu padre es un gran libro. Decisivo, fundamental para quien quiera acercarse a la realidad y a los hechos históricos que han dado tanto material para esas adorables ficciones de Hollywood que responden a nombres como Infiltrados o Uno de los nuestros. Y esto es así y puede apreciarse, incluso, a pesar de su traducción. No es que se trate de una de esas traducciones que destrozan un libro. Al contrario, está muy bien llevada y da una fluidez al texto que se agradece, probablemente, una fluidez que ya se encuentra en el texto original. Sin embargo, advierto a los posibles candidatos a lectores que se trata de una traducción latina donde se abusa del papá y el mamá, donde los coches son autos y los apartamentos no están amueblados sino amoblados. Entiendo que esta sensación de mínima molestia es la misma que siente un lector mexicano ante una traducción más españolista, por llamarla de alguna manera. Por eso, lo que yo defiendo es tanto su derecho a su estilo de traducción como el mío, y no entiendo cómo Alfaguara se conforma con distribuir una traducción como ésta entre los lectores españoles en los que no es raro cierto prejuicio ante este tipo de vocablos. Yo, de hecho, he de reconocer que hubiera disfrutado más leyendo “Bill apagó la radio y esperó en el coche” de lo que lo hice leyendo “Bill apagó la radio y esperó en el auto”.