jueves, 20 de junio de 2013

El profesor Eliot

La poesía es también, aunque no lo pretenda, una herramienta de construcción de conocimiento, una forma de codificar las ideas huyendo de los estragos que causa en el lenguaje habitual el uso impropio, el desgaste negligente, el carácter extremadamente perecedero de las mensajes que se enuncian. Quizá, por ello, recuerdo este jueves que se aferra despiadadamente al invierno a otro maestro de lectores y hacedores de versos, Thomas Stearns Eliot. Supongo que no hace falta que advierta del carácter extremadamente personal de estas líneas, escritas por un lector del Eliot traducido, que solo se atreve a adentrarse en el discurso original en ediciones bilingües y siempre con la sensación de estar acometiendo una aventura para la que no se está capacitado, siempre con esa actitud de buscar, al menos, una pequeña confirmación de que se tiene cierta idea de la lengua que alguna vez se estudió con menos interés del que hubiera merecido. Supongo, también, que a nadie extrañará que señale a Eliot como maestro, después de haber señalado a otros tan ideológicamente alejados. Como sabrá cualquiera que haya atrevido a dejarse llevar por la lírica, el estremecimiento experimentado en la lectura no entiende de diferencias ideológicas porque se sitúa en otro ámbito, aunque, a veces, los ámbitos aislados se acaben mezclando de forma satisfactoria. Eliot es, a mi entender, un profesor de una filosofía, de una psicología, de un pensamiento que se ha forjado en una experiencia emocional e intelectual y que es capaz de dar explicación a la historia, al mundo, a la sociedad, a la conciencia humana. No puedo, ni pretendo, ser exhaustivo al describir todas las aportaciones de Eliot a lo que yo llamaría una epistemología generada poéticamente, pero no puedo evitar hacer referencia a alguna de ellas como un simple acto de homenaje. La primera lección que me inundó de asombro leyendo su obra aparece en su poema “El primer coro de la roca”, escrito en 1934 y en el que, además de resumir en un solo interrogante la angustia sobre el sentido y el significado de la vida, plantea otros dos interrogantes que son la base uno de los grandes problemas que ha generado la, excesivamente tecnificada, sociedad de la información. Reclamo atención porque, como acabo de apuntar, estos versos que cito a continuación fueron escritos en 1934:

¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir?
¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?

Estos tres versos bastarían como ejemplo para justificar la tesis que trato de defender. Sin embargo, no puedo cerrar esta pequeña reflexión sin acercarme al conjunto de poemas que he decidido releer recientemente y que son el verdadero origen motivacional de esta columna. Me refiero a “Little Gidding”, el último conjunto de cinco poemas que aparece en una obra impresicindible de la lírica del siglo XX: Cuatro cuartetos. “Little Gidding” es una clara muestra recopilatoria del estilo y las preocupaciones de Eliot. Los cinco poemas se mueven entre la ética y la metafísica y destilan ese tono reflexivo con ciertas connotaciones de tristeza que tiene lo que parece que llega a su fin, lo podría estar sucediendo por última vez, lo elegíaco (tomando la definición de Borges). El orden natural de lectura nos sitúa, inicialmente, en un lugar de oración donde parecen confluir todos los caminos en un tiempo sin tiempo. Desde allí, nos lanza a un paseo por las calles antes del amanecer que desemboca en un encuentro con una voz del pasado ya muerta, pero que vuelve a advertirnos o a confirmarnos lo que ya intuíamos. A partir de ese momento, se desencadenan tres instantes de extrema lucidez y el lenguaje se hace análisis de ciertos matices del funcionamiento psicológico que, en un proceso inductivo, se lanzan a la configuración de postulados sobre procesos históricos. En esta travesía, descubrimos, por ejemplo, cosas tan sencillas ésta:

                                  … Ésta es la utilidad de la memoria:
libera. No reduce el amor sino que lo dilata
más allá del deseo, liberándonos
de futuro y pasado...

O, por no aburriros demasiado, comprendemos la unión indisoluble de todos los conceptos que se ponen en juego en la creación poética, especialmente, cuando se intenta definir qué es la poesía, cuando se es consciente del tono de sentencia con el que se reviste al discurso poético; cuando se entiende que la vida es conciencia, la conciencia es lenguaje, el lenguaje es creación y la creación se asemeja a la vida, con su reverso oscuro que es la muerte. En palabras de Eliot:

cada frase y cada sentencia es un fin y un comienzo,
cada poema un epitafio. Y toda acción
es un paso hacia el filo, hacia el fuego, hacia el seno del mar
o una piedra ilegible: y es allí donde empezamos.

No resultará extraño a estas alturas que no tenga ningún prejuicio intelectual con el poeta que se atrevió a declarar, jactancioso, que se definía como "Clásico en literatura, Monárquico en política y Anglo-católico en religión".

lunes, 17 de junio de 2013

El carácter pedagógico de Ángel González

Sé que puede resultar algo pretencioso, pero cuando regreso a la poesía de Ángel González, experimento esa sensación de paisaje familiar y reconocible, algo similar a lo que me ocurre cuando vuelvo a leer, más bien releer, los poemas de mi amigo Dani o de Miguel. El paseo por los poemas va desde esos que uno casi podría recitar de memoria a aquellos otros que se empieza a leer un poco desubicado y se acaba anticipando en voz alta los versos que llegarán a continuación. No nos engañemos, no soy un experto en el poeta asturiano. De hecho, mi conocimiento sobre su obra poética se limita, casi exclusivamente, a sus greatest hits y está fundado, sobre todo, en 101 + 19 = 120 poemas publicado por Visor, el disco La palabra en el aire y la antología recogida en Tiempo inseguro, el volumen de la Revista Litoral al que ya me referí hace varias semanas. Creo que mi visión de Ángel González es, fundamentalmente, la de una figura pedagógica y, por ello, cada vez que intento poner en orden mis percepciones e interpretaciones sobre su obra siento que mi discurso se tiñe de seriedad, del respeto que se debe a su magisterio. No es extraño, por tanto, que confiese que algunos de sus poemas me causan envidia, esa envidia tan habitual en los aficionados a escribir que se traduce en el sentimiento de “me gustaría haber escrito yo ese poema”. Este sentimiento se concentra, especialmente, en el famoso poema perteneciente a Áspero mundo y que comienza con ese incontestable verso “Para que yo me llame Ángel González”. En mi opinión, su poesía es un camino hacia la ética, un manual de buenas prácticas sobre los temas y tópicos que constituyen el universo de un poeta urbano, tomando como método de trabajo el análisis lírico de la propia identidad y la biografía. Política, amor, paisaje, memoria, infancia, familia, paso del tiempo, envejecimiento, todos los núcleos en los que se desenvuelven los versos del poeta componen, en sí mismos, una solución válida y, en la inmensa mayoría de los casos, brillante. “Primera evocación”, recogido en Tratado de urbanismo, es un ejemplo de lo que intento defender. El sobrecogedor poema es, al mismo tiempo, un homenaje a la madre a través de recuerdos infantiles y un grito antibelicista lanzado al vacío. La mayor virtud de Ángel González y la cualidad de la que siempre quise contagiarme es la sobriedad de su lenguaje, la mesura y tranquilidad con la que sus poemas hacen referencia a las pérdidas, a las humillaciones, al miedo que despierta la imaginación de un futuro que se distancie de la felicidad del presente. No puedo negar que el carácter sobrio es tan embellecedor en los grandes poemas, como monótono en lo poemas que, en mi entender, son menores, pero, como ya dije, entiendo que su aportación es, fundamentalmente, pedagógica y, por encima de todo, es necesario reconocer su actitud ética, que señala la senda a muchos de los que intentan encuadrar sus vivencias entre ritmos predefinidos. No menos incontestables resultan las apreciaciones de Ángel González en materia teórica, en el planteamiento de una poética y el análisis del poeta como figura y de los motivos que le llevan a escribir. “La escritura es una especie de enfermedad contagiosa que los libros transmiten a quienes los frecuentan en exceso”, así comienza una breve reflexión a la que tituló “¿Por qué escribo?” y que concluye con la siguiente respuesta: “porque me resisto a confinar en el pasado ese residuo de mí mismo que sobrevive en mis poemas”. Quién se atrevería a rebatirle cuando afirma que la existencia del poeta es precaria y depende de los otros, que “El poeta vive en la lectura igual que los fantasmas habitan en el miedo.” Creo, sinceramente, que me gusta todo de Ángel González excepto la imagen pública que se viene forjando desde hace ya muchos años, antes incluso de su desgraciada muerte en 2008. No me atrevo a decir que el poeta se sentiría incómodo. Supongo que las afinidades personales y las amistades están en la base de todo. Sin embargo, a veces da la impresión de que hay una cierta apropiación de la figura de Ángel González por parte de cierto sector de la poesía española actual, de la misma manera que me parece percibir cierto desdén desde otros bandos como actitud de mera reacción frente a los otros. Lo cierto es me interesa mucho González, pero no me interesan nada los gonzalistas, ni los antigonzalistas. Por eso, cuando miro a mi estantería y veo “Mañana no será lo que dios quiera”, tengo la convicción de que será uno de esos libros que nunca leeré y siento cierta lástima por el dinero y la ilusión que alguien gastó en regalármelo.

jueves, 13 de junio de 2013

Dejemos hablar al viento

Continúo con mi interminable saga de los descubrimientos tardíos. Diecinueve años después de haber adoptado el hábito de lectura como una misión de vida, precisamente, tras devorar uno de los títulos de referencia del “Boom Latinoamericano”; algo menos, pero también muchos, después de que algún amigo al que ya veo poco me hablara con una admiración casi reverencial de Juan Carlos Onetti, acudí a la lectura de Dejemos hablar al viento, una novela que sufría un largo periodo de olvido en mitad de la estantería azul que da soporte a mi artificiosa estructura vital. Empecé a leer sin conocer un detalle importante: forma parte de una especie de saga ambientada alrededor de la ciudad ficticia, podríamos decir léxico – semántica, de Santa María. Más grave aún para aquellos que puedan verse afectados por la enfermedad de la cronología, se trata del cierre del ciclo y, por tanto, del último acto. Afortunadamente, este detalle no adopta tanta trascendencia cuando coinciden en un momento espaciotemporal concreto un genio literario inconmensurable, una novela magnífica y cierta actitud al leer. Dejemos hablar al viento es el relato de un triángulo dramático, sexual y autodestructivo, en cuyos vértices están el comisario y pintor Medina (protagonista por así decirlo de la obra), el yonqui enamorado del desencanto Julián Seoane y Frieda, mujer fatal, rubia, cantante, empresaria, bisexual. En un ambiente decorado por el humo del tabaco y la constante presencia del alcohol, en medio de un calor húmedo y opresivo, en mitad de un mundo en ruinas lingüísticamente construido y en el que abunda el sustantivo mugre, la belleza florece indiferente en los diálogos, en la omnipotente visión del narrador que desgrana un modelo de vida particular para ofrecernos lecciones de sombras que tienen alcance sobre un concepto de vida más general y más amplio. Muy mal parada sale la institución familiar cuando se analiza el contexto en el que se desenvuelven los hechos que van jalonando la novela. La historia de Julián Seoane no es, precisamente, un bálsamo para calmar la ansiedad en tiempos turbios. La madre, manipuladora de biografías. El padre, Medina, un personaje de mil caras, que acepta una paternidad por necesidad íntima, aunque todos sepan (Julián, la madre y el propio Medina), que se trata de una ficción. Visto así, y teniendo en cuenta el absoluto desprecio por la convención social y la buena imagen que Seoane escenifica de forma continua, no resulta ya tan extraño que ambos (padre e hijo) acaben por compartir amante. Y, sin embargo, el reconocimiento de estos hechos está muy lejos de la insidiosa bronca familiar en la que podría pensarse si el lector se deja llevar por la empatía. La interacción es muy distinta y, a la vez, resbala con tanta naturalidad, desprende un halo tan firme de razón. Seoane sentencia a Medina cuando le dice: “Querías tener un hijo desde siempre, probablemente desde la primera vez que te acostaste con una mujer. Lo dijiste, recuerdo. Lo que sentías arriba de una mujer era tan importante, tan sin relación con cualquier otro tipo de experiencia posible, que necesitabas hacerlo eterno, o duradero, o palpable, con un hijo (…) Tal vez no solo por todo lo que dije: eternidad, duración, el acto de amor hecho concreto y ocupando un lugar en el espacio. Creciendo, además. Tal vez necesitaras un hijo también para justificar tu permanencia encima de una mujer, para disculparte y hacerte perdonar. ¿De quién? Ese es otro problema (…) Entonces, desde que me conociste, o desde mucho antes, quisiste jugar a que yo era tu hijo. Nada de amor en realidad: el placer del dominio, la pobre satisfacción orgullosa de imponer destinos y contactos.” La respuesta de Medina mantiene la línea del diálogo: “Puede ser que sea cierto”. Medina encarna la culpa que no puede ser expiada de forma directa, que necesita una transferencia, un cambio de foco en su apostolado, aunque esté muy lejos de ser precisamente un santo. Sería lógico apuntar que todo podría ser mucho más sencillo si Medina se abandona a Olgurisa, que la tragedia resulta irrevocable cuando se mira con perspectiva desde el último párrafo. Después de todo, ni el yonqui que lo ningunea es su hijo, ni merece mucha consideración la propia Frieda que parece tomar cada pequeña decisión de su vida para ridiculizar a Medina. Pero a quién le importa la sencillez cuando se quiere representar el mundo entero en los matices del blanco de la espuma de una ola, quién puede apostar seriamente por la sencillez cuando se está debatiendo sobre la lectura o la escritura de una novela. A pesar de ello, el propio Medina nos lo advierte: la inflación es un elemento deformador de la tragedia.

miércoles, 5 de junio de 2013

Paseo de los Tristes

La vida cabe dentro de un poema. Éste es el pensamiento que me invade cuando vuelvo a “Paseo de los tristes”, el bellísimo y extenso quejido que cierra el libro del mismo título y que fue escrito por un tal Javier Egea cuando la década de los ochenta empezaba a usar pañales. “Paseo de los tristes” es algo más que un poema. Sus nueve páginas (al menos son nueve en la edición de la Colección Maillot Amarillo de la Diputación Provincial de Granada) se muestran como uno de los campos de batalla donde se escenifica el constante enfrentamiento entre Eros y Tánatos, entre el refugio del cuerpo amado y la intemperie de la soledad. Una ciudad que es todas las ciudades, una ciudad que podría ser Cáceres, Berlín, Madrid, Lisboa, ofrece su paisaje tautológico y se disfraza de Granada para acoger la travesía intelectual de aquel que mira y encuentra un código escrito detrás de cada uno de los elementos del mobiliario urbano. “Era cuando diciembre desplegado en la lluvia / se adueñaba de parques y avenidas”, era y será diciembre para siempre cuando nos adentremos en las aguas de la lucidez, diciembre, ese mes que uniforma a sus ejércitos con gabardinas. Y es así como Javier Egea nos alumbra con los hallazgos de lo que ya sabíamos o podíamos intuir: el asombro de la primera felicidad y sus sudores no están blindados. “La primera muerte” nace y crece paralelamente, “la irreversible palpitación” es inseparable de “los inaugurados caminos del corazón”. Todo toma sentido de repente ante los labios que despiertan deseo, ante esos labios que nos llevan al “vicio del recuerdo”. Y, sin embargo, siempre encontraremos plazas con “restos de soledad sobre los bancos públicos”, siempre parece persistir una soledad excesiva, siempre habrá algo que preludie la vida que se acaba. Y, por si fuera poco, “Paseo de los Tristes” no es solamente esto: sin abandonar su condición de escenario de la lucha, el poeta vela las armas de la ideología. No es fácil que un discurso militante mantenga el equilibrio en el estrecho sendero de la lírica. Pero es Javier Egea quien nos habla, quien nos hace conscientes de que estamos:

condenados a vivir una historia perdida
de explotación y soledad, de muerte enamorada
sin saberlo.

Es él quien nos acusa por ese silencio que nos compran con un torpe refugio, que el fracaso del mundo se adivina en el grandilocuente delirio de sus estatuas, que el tiempo y el futuro revelarán su corrupción inevitable. El poeta nos enfrenta al espejo, nos hace conscientes de nuestro tránsito autómata, nos recuerda que, después de todo, todos morimos de soledad.
La vida cabe dentro de un poema, quizá porque es injusta y eso la hace empequeñecerse. Javier Egea, llamado a ser el poeta más importante de estos tiempos, el mayor talento de aquello que se llamó La otra sentimentalidad, no pudo ver “otra clase de luz, otra esperanza” más allá de sus cuarenta y siete años y decidió dar por finalizada su biografía. Es cobarde acusar de cobardía al suicida. Probablemente, nadie fue más consciente que él de aquella verdad incuestionable que anunciaba en su poema “Sobre el papel”:

Sé que la soledad
no se agota en tus labios ni en los míos
y que la vida es dura,
trágicamente seria.

jueves, 23 de mayo de 2013

Entre García Montero y Ángel González

Tiempo inseguro es el título del número 233 de la Revista Litoral, publicado en el año 2002 y dedicado de forma íntegra a la figura del imprescindible Ángel González. Paseo entre las biografías, los textos de homenaje y reconocimiento, el abundante material gráfico, una breve antología, un conjunto de poemas inéditos rescatados para la ocasión. Algo me llama la atención de forma súbita. La transcripción de una conversación entre un Ángel González en rol de entrevistado y un Luis García Montero en el rol de entrevistador. A veces, se aprende más de una conversación cuando se asiste a ella como espectador que cuando se toma un papel activo en la misma. A veces, la propia actividad retórica nos hace perdernos parte de los argumentos del interlocutor porque estamos buscando la forma de construir los nuestros. La distancia del espectador es, beneficiosamente, didáctica. Por ello, se entenderá que no he podido resistirme a la tentación de asistir de forma diferida a la conversación entre esto dos poetas, a los que algo (mucho) les debo. Si ya es difícil hablar de la labor de escribir sin hablar de influencias, sin hablar de los escritores a los que se les tiene un mayor respeto y se les reconoce un magisterio definido en la propia trayectoria, supongo que, al enfrentar un diálogo con una gran personalidad literaria como fue Ángel González, y aun a riesgo de caer en tópicos, no se puede eludir la pregunta acerca de la tradición, acerca de las lecturas decisivas. No descubre nada nuevo el poeta cuando habla de la necesidad de una referencia, de un modelo, pero resultan muy interesantes sus valoraciones. Así, se presenta a la antología Poesía española contemporánea de Gerardo Diego como la auténtica prefiguradora de la tradición para los poetas de la Generación del 50. Cualquiera que se haya interesado un poco por la obra de Ángel González es capaz de identificar dos rasgos esenciales de su poesía: el uso de un lenguaje cotidiano y sencillo, así como la existencia de un compromiso social evidente que late debajo de la superficie del poema y que no es, en sí mismo, el argumento del poema. En ese sentido, sus opiniones sobre ciertos poetas son especialmente relevantes. Así, se nos presenta a Antonio Machado como un antídoto frente a la vulgaridad de la búsqueda permanente y obligada de lo original, frente a aquellos que pretenden separar la vida del arte, desnaturalizándolo, alejando entre sí los códigos con los que se construyen tanto el uno como la otra. En cuanto a Blas de Otero, un apunte innegable: su obra es la más clara demostración de que puede superarse la dicotomía entre la poesía social, políticamente comprometida, y el ejercicio de un estilo cuidado, el cultivo del poema como un acto estético. Porque el poema es, como nos recuerda el entrevistado, básicamente, forma. No es que el contenido haya de perder todo su protagonismo para hundirse en una estructura cuya finalidad sea puramente estética (fonética me atrevería yo a añadir), pero parece claro que la forma es la responsable de la relevancia que puede llegar a adoptar la historia o el argumento que se plantea en el poema. Por tanto, no se hace extraña la confesión que hace el poeta sobre el carácter de sus ocurrencias (lo que otros llaman inspiración), definidas como algo que existe de forma previa al acto de escribir y que se escribe como una necesidad de respuesta. Esta necesidad nacería de un conjunto de palabras irrenunciables organizadas ya como versos y que van a marcar la trayectoria del poema por encima de las condiciones que podría imponer el argumento. Por otro lado, está el, también ineludible, debate acerca de lo sincero y lo fingido en el poema, acerca del yo poético y el yo biográfico. Se ha repetido como un mantra la idea de la imprescindible distancia que debe imponerse entre el yo poético y el biográfico. Ángel González no rechaza esta postura, pero con lucidez nos señala que estamos ante una paradoja. Nadie se atreve a negar que “el poeta es un fingidor”, pero el poema proyecta una imagen sobre quien lo escribe. Y si se quiere que el poema sea eficaz, esa imagen debe decir la verdad. Por ello, es labor del poeta fingir que es uno mismo, haciendo que el personaje ficticio sea creíble y se parezca, cada vez más, a quien lo inventa. En este sentido, si la lectura de un poema ajeno es un acto de conocimiento, la lectura de un poema propio, como bien nos recuerda el asturiano, es un acto de reconocimiento o autoconocimiento. Evidentemente, se trata de un proceso difícil, sobre todo, cuando hay que poner distancia entre lo que se siente y lo que se escribe, cuando se pretende salvar la independencia del poema con respecto a la corriente emocional que nace de los acontecimientos vitales. En esto, los poetas de la Generación del 50 fueron unos maestros y, en sus respuestas, González apunta que su herramienta de distanciamiento es la ironía, un recurso que le permite acercarse a las fuentes del dolor sin dramatizar, con pudor, evitando unos gestos excesivos que el lector no merece. Quizá todo sea más fácil y pueda resumirse en el enunciado más útil que aprendí durante mis años como estudiante de Psicología (y con el que parece estar de acuerdo nuestro ilustre entrevistado): Lenguaje y pensamiento son términos sinónimos. No es que pensemos con palabras, es que pensamos palabras. El descrédito de uno se convierte, inmediatamente, en descrédito del otro.

sábado, 13 de abril de 2013

Situación del Mercado

Supongo que es normal que me sienta tan identificado con la letra de aquella canción de Joan Manuel Serrat que trata acerca de la amistad y cuyo estribillo se corona con “lo mejor de cada casa”. Es una sensación que se agranda cuando, por ejemplo, a uno le llega un correo electrónico de su amigo Miguel Mejía en el que explica que lleva ya a algún tiempo trabajando en la traducción de la obra de un poeta alemán que no tiene ningún libro traducido al español, que tiene ya una versión bastante consolidada de uno de sus tres poemarios y que me la adjunta en un archivo pdf para que, cuando pueda, la lea con ojos de lector medio, le diga si encuentro algunos giros raros, si se entienden o no se entienden los poemas. El poeta se llama Nicolas Born. El libro, Situación del Mercado, es el primero de los tres que escribió y su composición está enmarcada entre los años 1965 y 1967 en la Alemania del Oeste. Tengo que confesar que me siento como un intruso en casa ajena al intentar comentar los poemas que componen el libro. En cierto modo, es como si me faltase legitimidad, como si fuera demasiado presuntuoso. En cualquier caso, cuando empecé a leer el libro, me pareció que estaba ante una especie de poesía del indicio, en la que bajo un manto aparente de normalidad excesiva, se van atisbando algunos fogonazos de razón, de clarividencia, algo que se percibe especialmente en el poema que da título al libro “Situación del mercado” y que termina sugiriendo: Es curioso el invierno / antes de llegar. Según se va avanzando, no es difícil comprender que los temas y ambientes que el libro plantea son mucho más diversos y aparecen ante el lector por todas partes referencias a múltiples aspectos de la vida y el pensamiento que se van desgranando lentamente, pero sin tregua. Así, nos encontramos con poemas como “Autorresponsabilidad” con otro final contundente: Cada uno alguna vez se plantea la pregunta / de si conduce él mismo o se deja conducir. Poemas sobre la prensa, la televisión, autorretratos, erotismo, política, envejecimiento, amor, muerte, van, poco a poco, abriendo un camino, desenterrando el que, a mi entender, es el verdadero eje de estos poemas. No me gusta hacer afirmaciones categóricas, pero, desde mi punto de vista, la poesía desplegada por Born en Situación del Mercado es una poesía del sentido común. Es esta una idea que fue formándose en mis ojos de lector que busca una posible columna para Las Afueras y que vi refrendada cuando, al llegar al poema “Sobre las casas”, leí:



Ya nadie se sorprende.

Para comprenderla, a la muerte hay

que dividirla entre la multitud. Las cifras

son un factor musical, provocan

sentido común.



Se entienden así otros matices cuando se vuelve a los versos subrayados a lo largo de las páginas. Parece, entonces, que hay pequeños manuales para la vida escondidos en cualquiera de los poemas. Así, “Elogio del colectivo” nos señala: (…) estando en buenas manos / tampoco pregunta nadie por el clasicismo. “Por fin ya no queda nada que perder” nos recuerda que: Obviamente pasan las semanas / los movimientos tienen su sentido igual que antes. “Intento lamentarme” plantea con claridad una cuestión muy seria: Qué he hecho yo para que me consuma / la luz eléctrica. Y, por supuesto, en uno de los poemas que forman parte de la sección “Necrologías” nos alumbra una certeza: y me causó sorpresa / que se pueda envejecer con buen humor. No sé si a todos os pasa lo mismo, pero, a veces, tengo la sensación de que nunca agradecemos de forma suficiente, nunca reconocemos la verdadera dimensión del mérito que tiene la labor de traducir.

lunes, 1 de abril de 2013

El jersey rojo

Carlos Bousoño, Luis María Anson, Francisco Brines, José Manuel Caballero Bonald, Víctor García de la Concha, Clara Janés, Jaime Siles y Luis Antonio de Villena concedieron el Premio Visor Loewe a un libro de poemas llamado El jersey rojo firmado por el cordobés Joaquín Pérez Azaústre. En la contraportada del libro, puede leerse una opinión de Pere Gimferrer sobre el mismo: “la verdadera poesía -y El jersey rojo lo es- se forma en el crisol de muchas poesías precedentes, y, en la medida en que accede así a la belleza autónoma y exenta, podemos reconocer algo a la vez inconfundible e infrecuente: la escritura de un auténtico poeta.” Ahora es definitivo: no tengo ni idea sobre poesía, soy un auténtico “paquete” en esto y jamás se os ocurra seguir mi criterio (si es que puedo permitirme usar esa palabra) o mis recomendaciones. Por favor, que nadie las siga, porque yo, tan poco aficionado a la polémica y al ejercicio de llevar la contraria por sistema, si tengo que expresar mi opinión sobre El jersey rojo solo puedo decir que nunca he leído tantísimos poemas seguidos que me hayan comunicado tan poco, que apenas me hayan dicho nada, que hayan despertado en mí tan poca curiosidad, tanta indiferencia. Dice mi amigo Manuel Moya que, muchas veces, ser finalista en un premio es más un insulto que un reconocimiento. De alguna manera hay que justificar que el libro que ha ganado es el mejor. No quiero pensar en los finalistas del Visor Loewe de aquella edición, sobre todo, con la cantidad de historias que uno ya ha escuchado sobre los rigurosísimos criterios que se siguen algunas veces en la entrega de premios. No sé si mi cabreo me viene más de la incomprensible veneración que se rinde ante determinadas formas de poesía que parecen regocijarse en su vacuidad o de la certeza de conocer la seriedad de algunos de libros que se presentan a este premio y no tienen tanta suerte. Fue mi curiosidad la que me llevó a acercarme a este libro. Recuerdo haber leído en el Babelia una reseña sobre el poemario, una de las muchas que leo como un automatismo sin que eso me lleve, por lo general, a la compra. Supongo que fue una estupidez, pero cuando leí que el libro incluía un poema llamado “Breve historia del gin-tonic” me dije a mí mismo que tenía que leer ese poema, me parecía una propuesta muy original y, durante mucho tiempo, estuve tratando de localizar ese poema de forma infructuosa. Pasaron los años y, por mera casualidad, encontré en algún rincón de internet un archivo pdf de descarga gratuita que hace las veces de breve antología del Premio Visor Loewe. Allí pude al fin leer el codiciado poema y me llevé la lógica y habitual decepción de aquel que ha puesto demasiadas esperanzas en algo y lleva un largo tiempo idealizando. En ese instante, decidí comprar el libro y darle una oportunidad pese a esta primera impresión. Se ve que me equivoqué, al igual que me había equivocado pensando que aquel poema sobre el gin-tonic y la Generación del 50 iba a interesarme. Evidentemente, no estoy diciendo que El jersey rojo sea un libro insoportable, indefendible y en el que todo haya de ser desechado, pero, desde luego, yo no soy capaz de justificar por los versos leídos la reverencial admiración que se parece rendir a su autor. Y es extraño porque, precisamente, se trata de uno de esos libros que se apoya en símbolos, iconos y temas que a mí, como lector, me interesan especialmente. Sin embargo, siempre parece haber algo que los desvirtúe como, en el ya citado poema, con un contenido más cercano a lo que sería una bonita columna de dominical que a un texto lírico. O, por decirlo más claramente, yo nunca pensé que sería capaz de aburrirme leyendo un poema sobre Ciudadano Kane y la experiencia me ha demostrado lo contrario. Creo que lo que me dejó más perplejo, sin embargo, es el recurso al caligrama. Lo siento, pero, a estas alturas, no estoy dispuesto a admitir ciertas concesiones efectitstas. No eludiré los aciertos que he ido encontrado al avanzar en la lectura, los buenos poemas como “Confesión”, “Canto nocturno”, “Última voluntad”, “Junio”, “Canto nocturno”, “La vida en los balcones” o “El jersey rojo”. Aun así, se trata de poemas de los que no he podido disfrutar plenamente y me queda la sensación de estar intentando salvar algunas cosas del poemario para no incurrir en una columna demasiado incendiaria. Sí puedo afirmar con rotundidad, en cambio, que se nota que detrás de estos poemas hay un escritor bien formado y con mucho oficio y no alguien que se ríe de la poesía mientras se beneficia de ella (algo tan desgraciadamente habitual en nuestros días). Lleva razón mi amigo Daniel Salguero cuando dice que vivimos la larga resaca de la poesía de la experiencia y que eso nos hace encontrarnos con elementos extraños por su excesiva normalidad en el discurso lírico. Y, dicho esto, tengo que admitir que nunca pensé que iba a atreverme a hacer una afirmación semejante y que, como suele decirse, siempre salta un cojo.

martes, 19 de marzo de 2013

Mientras tanto cógeme la mano

En julio de 2011 y, dentro de un agradable viaje en coche que hice por Cantabria y el País Vasco, me empeñé una tarde, mientras paseaba por las calles del Casco Viejo de Bilbao en comprar dos ejemplares de un mismo libro de poemas en una edición bilingüe euskera – castellano, uno para regalar y otro para mí, cosas del sentimentalismo o del fetichismo, según el área profesional o las inquietudes de quien analice el comportamiento. Sorprendentemente, no me resultó nada fácil. En las primeras librerías en las que pregunté, incluso, me miraron con una cara muy rara, como si estuviera haciendo una pregunta fuera de lugar. Poco a poco, fui teniendo más suerte. Y con suerte me refiero a unas publicanciones poco cuidadas, que me inspiraban poca confianza y en las, para colmo, el texto había sido “centrado” en la página con el software que se hubiera usado para maquetarlo y, sí, lo confieso, no puedo soportar esa extraña manía de centrar el texto dejándolo sin un margen izquierdo definido. Finalmente, lo conseguí, aunque compré uno de esos libros para los que no es necesario ir a Bilbao. Entré en la librería que parecía tener mejor aspecto y fama, muy cerca de Las Siete Calles y lo único que les quedaba (y no se mostraron muy seguros antes de mirar en el almacén) eran dos volúmenes de Mientras tanto cógeme la mano de Kirmen Uribe, publicado por Visor en tercera edición en 2010. No sé si la prentensión del autor era esa, pero parece que el volumen tiene dos prólogos: un texto escrito como presentación de la obra y el primero de los poemas, “El río”, que no pertenece a ninguna de las siete secciones en las que se divide el poemario. Siempre se agradece la inclusión de una pequeña presentación por parte del autor, algo que casi nunca gusta hacer a quienes practican la lírica y que suele resultarles bastante incómodo, como si ese texto fuera la poca ropa que queda al poeta después de los poemas y lo dejara en una desnudez total. En el caso que nos ocupa, Kirmen Uribe nos ofrece dos claves interesantes en clave de poética: en primer lugar, se nos presenta la tarea de escribir como una constante toma de decisiones entre las palabras que se dicen y, sobre todo, las que se eluden; en segundo lugar, se nos define el poema como algo que no debe renunciar al sentido, a la capacidad de transmitir algo nuevo y, en cierto modo, de sorprender. “El río” completa, desde mi punto de vista, la concepción poética, o más bien, vital de Kirmen Uribe con una de esas afirmaciones que obligan al subrayado o al cuaderno de notas:

En cada uno de nosotros hay un río oculto
a punto de desbordarse.
Si no son los miedos, es el arrepentimiento.
Si no son las dudas, la impotencia.

Después de los prolegómenos, se desencadena el libro, una casa de siete habitaciones diferenciadas, dentro de las que me ha parecido ver cierta unidad semántica. Así, la primera sección del libro parece ser un proceso de búsqueda y análisis de máscaras, en el que el poeta trata de habitar pieles que no siempre son la propia, y donde destaca el breve poema “Cardiograma”:

  • Descríbeme su corazón.
  • Parece un lago helado
en el que se va borrando
el rostro del niño que un día fue.

La segunda parte está en el terreno de la identidad y la memoria. Los poemas van desde el recuerdo anecdótico y no compartido, ese momento que nadie comprende por qué recordamos con tanta exactitud y carga emocional, hasta los recuerdos significativos del ámbito familiar e, incluso, la memoria colectiva en la que no es necesario haber participado para defenderla como propia. El amor es el ámbito en el que se sitúan los poemas de la tercera parte. Algunos de los mejores poemas del volumen están en esta sección como esa recreación del amor de origen infantil que es “Amor secreto” o “Manzanas”, probablemente, el poema de mayor profundidad de todo el volumen y que cuenta con una de esas estrofas que perturban durante largo tiempo la conciencia del lector:

Hoy parece que hemos de ser perfectos también en la cama,
como esas manzanas rojas del supermercado,
demasiado perfectas.
Nos pedimos demasiado,
y casi nunca sucede lo que esperamos
de nosotros mismos, del otro o de la otra.
Las leyes son distintas al enredarse los cuerpos.

En un libro con vocación de universo, no podía faltar una serie de poemas que ahondaran en la historia y la política. Y éste es el núcleo central de la cuarta parte, en mi opinión, la menos conseguida del libro y donde los poemas (y repito que esto es solo mi opinión) bien podrían ser pequeñas prositas con lenguaje poético que se centran en aspectos interesantes de las consecuencias de la guerra y los gobiernos humanos sobre el individuo. No sabría decir muy bien cuál es el tema central de la quinta parte del libro, pero anoté en uno de los márgenes después de leer los poemas “conciencia de otras muertes, conciencia de otras vidas”. El poeta consigue algo noble, descentrarse de su propia perspectiva, mirar hacia los demás. Un par de hallazgos hacen satisfactorio este proceso: “Es de noche en el hemisferio de tus ojos” como acierto estético, “En los fragmentos / reside la esencia de la realidad” como éxito epistemológico. No me gusta ser taxativo y menos en poesía, pero tengo que decir que me sobra la sexta parte del libro, un largo poema planteado como un diálogo teatral entre Aresti y Duchamp, en el que no faltan buenos versos ni planteamientos serios. Simplemente, como ya sabéis los que me conocéis un poquito mejor, este tipo de recursos me parecen concesiones en pro de la construcción de una imagen de intelectualidad que, sinceramente, creo que Uribe no necesita. En cualquier caso, yo soy un poquito radical de vez en cuando y no conviene tomar demasiado en serio la opinión de alguien sin formación, de un mero aficionado. Mientras tanto cógeme la mano se cierra con un grupo de poemas que podrían agruparse bajo el epígrafe “Vida y felicidad”. Esta vez los poemas juegan (no importa si veraz o falazmente) con el concepto de la magia de vivir, con la casualidad altamente improbable que se acaba por hacerse cuerpo, con la celebración y la contemplación tranquila de un tiempo que no se detiene, de un destino que no deja de ser finito. El mejor de estos poemas es “Un poco más allá”, cuyo final, por su belleza, podría ser el final de cualquier cosa. ¿Para qué entonces buscar otro final para esta columna?:

Incluso estando en las últimas, mi padre
siempre alababa la vida,
nos decía que hay que vivir el momento,
que si siempre estás preocupado la vida se te escapa.

Y nos decía: tenéis que ir
más al Norte, no hay que echar la red
allí donde sabéis que seguro habrá pescado,

hay que buscar un poco más allá,
sin conformaros con lo que ya tenéis.
“La muerte no vencerá”,

escribió Dylan Thomas,
pero de vez en cuando gana,
y así terminó también la vida de mi padre,

como un barco que se pierde en el horizonte
girando hacia el Oeste,
dibujando recuerdos en su estela.

viernes, 8 de marzo de 2013

Los cantos de la Gehenna

Fue un martes, 7 de diciembre de 2010. Caminaba en ese estado de semiensoñación melancólica que producen las calles del casco viejo de Santiago de Compostela y empezó a llover. Después de cuatro días esperando una lluvia que se supone omnipresente por aquellas tierras, el aguacero, al fin, se hizo cuerpo y tuve que refugiarme en la primera tienda que llamó mi atención. En el escaparate, se insinuaba una colección de cerámica con un diseño atrevido, poco convencional, un alarde de colores. Entré y no tardé demasiado en aburrirme de la cerámica, pero al fondo de la tienda encontré algo que no esperaba: una estantería repleta de libros entre los que estaban toda la colección completa de poesía de Edicios de Castro, una editorial que pertenece a la empresa que elabora las piezas de cerámica y que se hace conocer como Sargadelos. Según su página web, desde 1963 (año en que fue fundada la rama editorial) hasta 2008, fueron publicados 1300 libros correspondientes a más de 700 autores y que abarcan campos tan dispares como el ensayo, narrativa, filología, economía, teatro, etnografía, arte, historia... En aquel momento, frente a aquella estantería, yo solo me fijaba en los títulos de poesía y así fue como acabé por decidirme por Los cantos de la Gehenna de un tal Gaspar Salgado, a quien no conocía en aquel preciso instante y de quien, actualmente, solo puedo decir que he leído uno de sus libros con un gran placer estético e intelectual. Ya en el breve prólogo de Darío Villanueva, se nos anuncia claramente lo que vamos a encontrar: un conjunto de ocho poemas de temática amorosa, en el que se identifica el territorio maldito de la Gehenna con el amor atormentado por un final o una falta de correspondencia. Gaspar Salgado despliega una lírica que se extiende con facilidad trenzando moldes métricos tradicionales en la construcción largos versos, cuyo ritmo llega se desencadena con facilidad en lectura pública o privada. Por otro lado, no renuncia a una clara vocación vanguardista y nos encontramos con un uso casi abusivo de la repetición que perfila el ambiente dibujado en cada poema. Así, por ejemplo, en el primero de los poemas el decasílabo “repetida palabra de dios” aparece ocho veces de forma consecutiva, las últimas seis formado dos versos con tres repeticiones de la secuencia en cada uno sin espacio entre palabras. La distribución del texto en la página huye del formalismo de la alineación en el margen izquierdo y los versos parecen, con frecuencia, dibujar escaleras e, incluso más allá, el uso gráfico de la ubicación de las caracteres tipográficos de una misma palabra como recurso expresivo potencia su intención de significado, como en el caso del Canto V, donde el vocablo agua se ha escrito con una dimensión vertical que nos recuerda su carácter inapresable o, más claramente, en el canto VII, en el que ocupa casi la totalidad de una página una especie de cascada zigzagueante de letras en las que puede leerse “toda la canción se está derramando entre estas manos”. El vocabulario es, también, destacable por su capacidad para romper el código habitual de este tipo de lírica sin desvanecer su ambiente. Así, encontramos expresiones como “repetida palabra de cualquier matarife” en el Canto I, “pero habrás de avanzar entre suicidios” en el Canto II o “este desesperado amor metástasis” en el Canto IV. En definitiva, Gaspar Salgado es uno de los muchos buenos poetas repartidos por el territorio español, en el que su dominio del oficio y su talento no acompañan a sus oportunidades de éxito y distribución. Un historia repetida que tengo la suerte de volver a contar por el curioso azar de haber entrado en una tienda de cerámicas aquella tarde inhóspita de diciembre de 2010. Y está claro, como siempre, que es inútil tratar de convencer con retórica sobre la bondad de un hacedor de versos cuando puede recurrirse a unos poemas que se defienden por sí mismos. Por ello, termino como termina el libro con su “Canto final”, que es el más breve:



y de nuevo soñarte coronada de odio

como con la señal de quien se sabe amada

por última vez

olvidemos

                    olvidemos sin miedo

tantísimas batallas de ternura

es tiempo de que sepas

que es luzbel quien te ama

emboscado en mis brazos

jueves, 28 de febrero de 2013

Diles que Julien Sorel está de vuelta en la ciudad

Recuerdo con exactitud el día en que decidí que tenía que leer a Stendhal. Fue en la primera mañana de mi único viaje a París. Corría mayo de 2005. Habíamos subido hasta el Sacre Coeur para admirar las impresionantes vistas de la ciudad. Después, justo antes de abandonar las cercanías del barrrio de Montmartre, fuimos a visitar su cementerio y allí me encontré con la tumba de Stendhal, uno de esos muchos escritores a los que se supone que hay que tenerles un gran respeto y que yo, siempre tardío en todas las lides de la literatura, no había leído. Recuerdo haber sentido cierta rabia por mi falta de disciplina en la lectura. No recuerdo haberme impresionado por el epitafio“Scrisse, amò, visse”, pero es casi seguro que aquella experiencia fue el impulso que me llevó a visitar la librería en cuanto llegué a Huelva y comprar Rojo y Negro en la edición de Cátedra Letras Universales (una editorial en la que siempre confío para estos títulos y, en la que sin embargo, estoy descubriendo últimamente más erratas y descuidos de traducción de los que se le supone por nombre). El libro sufrió un largo olvido hasta que, en septiembre, lo puse en orden de prioridad. Y esos son los antecedentes que me hacen venir hoy a defender, una vez más la lectura de los clásicos. Rojo y Negro es uno de esos libros que pertenece al estilo que algún crítico ha denominado realismo romántico. No se puede negar el trasfondo histórico realista que impregna toda la novela. Está llena de referencias a acontecimientos sucedidos a partir de 1830 en Francia. Es tan grande el componente de crónica que, a veces, toman los acontecimientos históricos del decorado donde se desarrolla la acción que el propio autor adopta precauciones ocultado deliberadamente ciertos nombres detrás de misteriosos puntos suspensivos e, incluso, advirtiendo antes del comienzo del primer capítulo, en una nota previa, que la novela fue escrita en 1827, lo que hace que se genere una larga secuencia de contradicciones. Pero no puede condenarse por ello esta obra, porque olvidaríamos que lo decisivo su carácter romático, el comportamiento visceral y altivo de su protagonista, el destino trágico que se adivina en esta clase de héroes. Rojo y Negro cuenta la historia de Julien Sorel, el hijo de un modesto carpintero, que gracias a su inteligencia y poderosa memoria consigue medrar y comenzar una carrera de ascensión social y política que le llevará desde su pequeño pueblo hasta el París de las grandes intrigas políticas y palaciegas. Sorel es el típico héroe romántico que reafirma su libertad frente al mundo y se enfrenta a la estructura social que admira su talento, pero desdeña su bajo origen familiar. Su fervor en el odio a la clase alta, que le utiliza o le humilla a conveniencia, se canaliza a través de una desmedida ambición y de un carácter frío que intenta ocultar cualquier atisbo de debilidad emocional ante quienes percibe como enemigos. No cuenta Sorel con que, en mitad de esta lucha por alcanzar la cumbre social, conocerá el amor por dos veces y esto será lo que acabe por configurar su destino y guiar su toma de decisiones. Resulta especialmente interesante la distinción entre dos tipos de amor, encarnados en cada una de las dos amantes del héroe: el amor verdadero, sencillo y espontáneo, frente al amor borracho de orgullo y sediento de posesión. En común tienen ambos la poca conveniencia social de tales relaciones y no quiero desvelar nada más al lector. No sé si ha notado mucho, pero no es Rojo y Negro, precisamente, una de las lecturas que más haya disfrutado, ni en su vertiente de clásico, ni como novela en sí misma. Sin embargo, como dije al comienzo de la columna, vengo una vez más a defender los clásicos. Soy consciemte de que la calidad de un libro puede percibirse por encima del gusto literario personal y, sinceramente, no tengo la sensación de haber perdido el tiempo, a pesar de que se trata de una lectura de las que se arrastra durante algunos meses. Al contrario, me alegro de haberme obligado. Aquellos libros que más se acercan al gusto personal, antes o después, se acaba por leerlos. Haberme obligado a leer Rojo y Negro me da la perspectiva de situarme ante una ficción que ha sido leída por innumerables lectores desde su publicación en 1831 y, como me planteaba mi amigo Antonio Martín, hace unos días ¿a qué inmensa cantidad de libros habrá servido como influencia el relato de la ascención y caída del joven Julien Sorel? Merece la pena pensarlo.

jueves, 14 de febrero de 2013

Fuente Ovejuna

Siempre que me entrego a la lectura de alguna obra de teatro del Siglo de Oro, no puedo evitar hacerlo con una inmensa sonrisa bobalicona. Debo tener una cara infantilmente cómica cuando estoy en mi casa con el libro en las manos, plenamente entregado a la corriente dramática de la trama o tratando de frenar en seco la lectura porque me da pena que algo de lo que estoy disfrutando tanto se me acabe demasiado pronto. Sé que no voy a descubrir nada nuevo cuando escribo sobre estas obras, pero mi retraso en la llegada a la lectura de los clásicos me hace pensar y disertar sobre algunos libros con una mirada adánica, aunque sepa que se trata de una ingenuidad. Para los amantes de la literatura, el teatro del Siglo de Oro es un regalo de la historia, una invitación al placer. El lector interesado por la poesía encuentra, además, una forma adicional de gozo en la métrica y en las rimas sencillas que van conduciendo y enlazando los discursos individuales, los monólogos y los diálogos. Confieso que, por raro que parezca, una de las mayores satisfacciones que siento como lector es aquella que experimento ante dos intervenciones que aparecen, por decirlo de alguna manera, encabalgadas en un mismo verso en un diálogo teatral de alguno de estos dramas. Además, está el carácter elevado de los temas que tratan: el amor, el honor, la venganza, la justicia. Todo está meridianamente claro en el mundo que se nos presenta: la frontera entre el bien y el mal es palpable. Como todo el mundo sabe, Fuente Ovejuna de Lope de Vega es una de las obras más famosas y representativas del periodo y el género al que me refiero. Con cierta base histórica, Fuente Ovejuna es una obra rebelde, reivindicativa, una obra que, analizada detenidamente y desde ciertos puntos de vista, podría calificarse, incluso, de subversiva. Los temas centrales del argumento son algunos de los que ya se han mencionado como característicos de este tipo de teatro: la defensa de la justicia, la necesidad de la venganza, la conservación del honor. El comendador, un cargo de la Administración con favor y confianza del Rey, ejerce su autoridad sobre el pueblo de forma atroz y abusiva y utiliza su posición para alcanzar fines personales. Ante semejante situación, el pueblo, unido en una sola voluntad que surge de forma espontánea y sin manipulación desde otras esferas, decide hacer la justicia de la única forma en que le es posible y venga las humillaciones y vejaciones sufridas con el asalto a la vivienda del comendador y su asesinato, junto al de sus colaboradores. Evidentemente, cuando llega la representación del gobierno central a Fuente Ovejuna, se pretende encontrar a los verdaderos culpables del delito y, al no conseguirlo por las buenas, se recurre a la tortura de los paisanos. Sin embargo, solo se obtiene una respuesta que es, al mismo tiempo, la verdad y una muestra de complicidad entre los participantes en la rebelión: “Fuente Ovejuna lo hizo”. Nada puede ser más cierto, pues la revuelta nace del malestar colectivo y, al mismo tiempo, se trata de la única forma de evitar el castigo de algunos por la falta de todos, porque ya se sabe que a todos no se les puede encerrar. Es curioso que, en momentos como los que vivimos y teniendo en cuenta como se maneja y oculta la información, no estén prohibidos o censurados determinados libros como este. Llevamos años sufriendo los abusos del poder económico y financiero, su forma de actuar despiadada y que desprecia el sufrimiento de la ciudadanía. Imaginemos en qué acabaría todo esto si nos diera por recuperar nuestro honor en una revuelta similar a la acaecida en Fuente Ovejuna. Sin embargo, los actuales comendadores están tranquilos y, en parte, me atrevo a decir que es gracias al desdén y al olvido al que tenemos sometidos al mundo del arte, los libros y la cultura. Es una suerte para ellos que Fuente Ovejuna no sea un bestseller.

lunes, 28 de enero de 2013

Honrarás a tu padre

Tengo el placer de dedicar esta columna a un tema que me apasiona, un tema que descubrí por el cine y al que sigo dedicando mis horas de séptimo vicio cada vez que tengo la ocasión, un tema que está infrarrepresentado en el panorama de la narrativa de calidad y, por supuesto, en el ámbito del ensayo: la mafia. Soy un entusiasta de las películas de mafiosos. No me duelen prendas en admitir que, para mí, no hay mejor película que El Padrino (la primera parte, evidentemente). Vibro con el código visual y verbal con que se construyen las historias. Me encantan los ajustes de cuentas, las deudas de juego, los camiones robados, las disidencias, las traiciones, los cambios de bando, el sometimiento, la fidelidad, la ostentación. Todo esto es, sin embargo, lo menos destacable de un magnífico libro que me acompañó durante gran parte del verano pasado: Honrarás a tu padre. Publicado originalmente en 1971, Honrarás a tu padre es un libro de no ficción que analiza desde dentro y con una exhaustividad que, a ratos asusta y extraña, el mundo del crimen organizado en el ámbito de las comunidades de italianos emigrados a Estados Unidos. Para que se me entienda, creo que la mejor comparación que puede hacerse es que estamos ante un A-sangre-fría sobre la Mafia. Su autor, el periodista italoamericano Guy Talese, siguiendo una cuidada estrategia de acercamiento elegante y respetuoso, logró intimar y forjar una amistad duradera con Bill Bonanno, hijo de Joseph Bonano, uno de los jefes más poderosos e influyentes que ejercía su autoridad en la ciudad de Nueva York. Como hijo de Joseph Bonanno, Bill estaba llamado a convertirse en su sucesor y ello marcó toda su vida. Desde su infancia y su adolescencia, cuando era mirado con curiosidad morbosa por sus compañeros de escuela, hasta su etapa adulta, en la que tanto la vida personal (matrimonio, crianza de los hijos) como su vida profesional (la incapacidad de encontrar un trabajo aceptable y abandonar la tendencia familiar, el constante peligro que le rodeaba por estar en el centro de una de las mayores guerras entre familias que se produjeron) estuvieron fuertemente afectadas y muy lejos de lo que podría considerarse una vida normal. Honrarás a tu padre es un análisis de la vida personal, de las frustraciones vitales, profesionales y familiares de quien podría haber sido uno de los más importantes personajes en la historia de la Mafia. El libro rompe la imagen de vida emocionante y llena de acción de aquellos que vivieron inmersos en semejante estilo de vida. Lejos de las persecuciones y las decisiones firmes, la vida de los mafiosos pasa por ser aburrida y solitaria con largos periodos de reclusión, escondidos de los peligros reales que les acechan y que no siempre vienen de los enemigos de otras familias, también de los agentes de la autoridad que, usando artimañas legales e ilegales trataban de frenar los negocios de estas organizaciones y, en ocasiones, también de usarlos como cortinas de humo para evitar que otros temas, como los fracasos en política exterior, centrasen los debates de la opinión pública. Honrarás a tu padre es un gran libro. Decisivo, fundamental para quien quiera acercarse a la realidad y a los hechos históricos que han dado tanto material para esas adorables ficciones de Hollywood que responden a nombres como Infiltrados o Uno de los nuestros. Y esto es así y puede apreciarse, incluso, a pesar de su traducción. No es que se trate de una de esas traducciones que destrozan un libro. Al contrario, está muy bien llevada y da una fluidez al texto que se agradece, probablemente, una fluidez que ya se encuentra en el texto original. Sin embargo, advierto a los posibles candidatos a lectores que se trata de una traducción latina donde se abusa del papá y el mamá, donde los coches son autos y los apartamentos no están amueblados sino amoblados. Entiendo que esta sensación de mínima molestia es la misma que siente un lector mexicano ante una traducción más españolista, por llamarla de alguna manera. Por eso, lo que yo defiendo es tanto su derecho a su estilo de traducción como el mío, y no entiendo cómo Alfaguara se conforma con distribuir una traducción como ésta entre los lectores españoles en los que no es raro cierto prejuicio ante este tipo de vocablos. Yo, de hecho, he de reconocer que hubiera disfrutado más leyendo “Bill apagó la radio y esperó en el coche” de lo que lo hice leyendo “Bill apagó la radio y esperó en el auto”.

miércoles, 23 de enero de 2013

Ahí y ahora

Ahí y ahora es el cuarto volumen en el que se recogen los relatos completos de Julio Cortázar en Alianza Editorial. Se trata o, al menos así nos lo lleva años vendiendo la editorial, de una reorganización de las narraciones breves por parte del autor que atiende a la afinidad temática, antes que al orden cronológico de escritura o, por decirlo más claramente, al libro o colección en el que aparecieron públicamente en su momento. Hay algo que está claro: si tenemos que creer que esto es cierto (y no solamente una obligación editorial impuesta al autor para poder revender en un formato nuevo una obra que ya estaba íntegra y coherentemente publicada), este cuarto volumen es el argumento más claro en favor de esta reordenación. Los anteriores (Ritos, Pasajes y Juegos) reunían un volumen abultado de cuentos que, sin duda, estaban entrelazados entre sí por criterios innegables, difícilmente expresables, pero innegables. ¿Acaso no es la producción de cuentos de Cortázar una obra perfectamente enlazada, un cuerpo de historias con una estilo único y claramente reconocible donde la calidad y la intensidad se mantienen a niveles muy altos? Sin embargo, sí es cierto que Ahí y ahora, el cuarto y último volumen, mantiene una unidad entre los cuentos incluidos que está clara: el centro de la acción narrativa está relacionado con la violencia, especialmente, con la violencia que nace a partir de la ideología y los intereses políticos y, también, con la espeluznante violencia ejercida por los Estados dominados por dictaduras militares, una violencia que tan bien conocieron todos los sudamericanos que vivieron en las décadas de los sesenta, los setenta y los ochenta. Sin renunciar al lado fantástico, al más crudo realismo, a la representación de la vida como un conjunto de casualidades que parecen nimias y aisladas entre sí pero acaban por conformar una fuerza irreprimible que marca los azarosos destinos individuales, estos relatos se detienen en la falta de libertad de expresión, en la tortura, las persecuciones políticas a manos de grupos paramilitares, la interminable caterva de burócratas que hacen de tapadera a las dictaduras, el sabotaje de gobiernos no afines a las líneas establecidas por la Agencia Central de Inteligencia, la clandestinidad, el terrorismo e, incluso, las posibles patologías psicológicas que podrían estar de base en las personalidades contaminadas por un modelo autoritario, ya ejerzan el rol de líderes o el de sometidos, el de esa amplia base social que mantiene con su ceguera política el poder de un gobierno que les oprime. Y todo esto, como siempre, salpicado por esas verdades pequeñitas, cotidianas, que nos lanza Cortázar como si no se diera cuenta de ello, como si no tuvieran importancia, como si uno no sintiese la necesidad de buscar un lápiz y subrayar ciertos pasajes como un febril estudiante que teme olvidar un concepto importatísimo en la víspera de ese examen que todo lo justifica. Por ejemplo, “siempre se fuma demasiado cuando se tiene que esperar” o, más abajo en la misma página, esa sentencia de un señor calvo que pisa un cigarrillo para apagarlo contra el suelo: “La vida es una sala de espera”. Terminé de leer Ahí y ahora como un neófito, como ese que también era hace catorce años y empezaba a leer Rayuela frotándose los ojos, sin tener demasiado claro cómo era posible escribir así, preguntándome de dónde nace ese talento, esa capacidad para mantener al lector atado a la página y y deslumbrarle con una última chispa que le obliga a sonreír, que le hace admitir que se está ante las enseñanzas de un maestro. Los relatos de Cortázar tienen siempre la capacidad de aparecer ante nuestros ojos como un producto fresco y novedoso. Por mucho que se conozca la historia o el desenlace, no existe el aburrimiento o la rutina cuando uno, como lector, se deja llevar por un tal Jiménez a un hotel de La Habana o se decide a hacer de acompañante de Estévez al combate entre Monzón y Nápoles. Quizá, éste sea el secreto de la gran literatura, su capacidad inagotable para sorprendernos y abstraernos en cualquier momento, como si, por la acción de una especie de brujería, las palabras en ese orden hubieran adquirido un poder ilimitado de embeleso. “Mejor pensarlo así como un conjuro”.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Deshielo a mediodía

Siguiendo la autoimpuesta obligación de leer al premiado con el Nobel de literatura de cada año antes de que vuelva a fallarse el premio, aterricé en Deshielo a mediodía de Tomas Tranströmer, una antología que había puesto en circulación su editorial en España (Nórdica Libros), curiosamente, un mes antes del fallo de la Academia Sueca y que, por tanto, vivió un feliz periodo de reimpresiones durante los meses de octubre y noviembre de 2011. Lo primero que llama la atención del libro es la cuidada, elegante y manejable edición bilingüe que presenta Nórdica. Inútil edición bilingüe, pienso con la sonrisa algo tristona del que solo se maneja en su propia lengua y su conocimiento del inglés no le llega ni para leer algo sencillito. Pero, centrándonos en el tema, Deshielo a mediodía es, como cualquier otra antología, un repaso a la carrera poética de Tranströmer que da la oportunidad de curiosear y conocer el mundo intelectual de un poeta sueco que, inexplicablemente, era un gran desconocido a nivel mundial, incluso entre escritores y gente del ambiente académico y universitario, antes de la concesión del premio. Desde luego, no se trata, como dijeron muchos, de que la Academia Sueca “haya barrido para casa”. En mi caso concreto, además, me permitió comprobar que la idea que me había construido de su poesía con lo poco que había leído previamente por internet y, probablemente, con la ayuda inestimable de los medios de comunicación era, hasta cierto punto, inexacta. Hasta que leí Deshielo a mediodía, pensaba que Tranströmer era, básicamente, un poeta del paisaje y la naturaleza de difícil comprensión y con escasas concesiones al lector. Y, aunque no voy a ser yo quien niegue que estos son rasgos de gran peso en su poética, creo que quedarse en ese análisis es insuficiente y que la variedad de temas y contextos donde se libra la batalla de su verso va mucho más lejos. Atendiendo al orden del volumen, a partir del cuarto libro antologado, El cielo a medio hacer, se intuye con claridad que el poeta que nos ocupa no es tan fácilmente clasificable y se permite recurrir al gesto cotidiano, como en ese discreto homenaje al acto de tomar café que es “Espresso” y que termina con un revelador y reconfortante: “La inspiración de abrir los ojos.” Aparece también y, eso es algo que no me hubiera imaginado (a pesar del peso que suele tener en la concesión del premio de forma tradicional) el desvelo social y los remordimientos de quien se sabe lejos del sufrimiento, viviendo una vida más cómoda. “En el delta del Nilo” es una clara muestra de esa línea. Sí es indiscutible que, como se repitió tantas veces en aquellas notas de prensa apresuradas tras el premio, la música es un eje fundamental en su escritura. Desde mi punto de vista, la música aparece en, al menos, tres formas en sus poemas: como objeto de celebración y reflexión en sí misma, como una parte del ambiente de un poema o como la búsqueda de una especie de música en el paisaje ya sea natural o humano. Entre los poemas en los que la música es el foco, están los cinco que se reúnen bajo el título común de “Schubertiana”, en los que la música son un refugio, un impulso de confianza cuando “alegría y sufrimiento pesan exactamente igual.” Sin embargo, por encima de todos, el poema que más llegó a estremecerme fue “Soledad”, probablemente influido por el contexto de lectura, solo en la terraza de un bar que hacía esquina junto a la Estación Victoria de Londres, matando una espera con una taza de café tamaño piscina y mientas llovía sin descanso. El poema refleja la mayor de las soledades, la soledad de cada individuo ante la muerte. En esta ocasión, el poema parte de un acontecimiento vital impactante: cuenta un repentino accidente de tráfico y las sensaciones y pensamientos rápidos de quien lo sufre, así como los sentimientos que surgen después al reflexionar sobre lo sucedido. El tiempo muestra aquí su cara más flexible y mentirosa: “Los segundos crecieron -en ellos se podía encontrar lugar”. La vida aparece como lo que es, un azar, en la que todo puede ser destruido en un solo instante o salvarse repentinamente en el último momento. No es difícil sacar de aquí un corolario: la soledad no debería vivirse como un drama. En nuestra condición humana, la soledad es la norma por mucho que queramos engañarnos con las ficciones de la vida social. Estamos solos ante nuestro propio destino trágico e insertos entre una multitud de iguales que nos miran y a los que miramos, por temor a mirarse y mirarnos a nosotros mismos. Tranströmer, como siempre, lo expresa mucho mejor que yo:
Ser siempre visible -vivir
en un enjambre de ojos-
debe de dar una expresión particular al rostro.
El rostro cubierto de arcilla.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Los hundidos y los salvados

Esta noche fría quiero dejar mis impresiones por escrito acerca de la tercera parte de la Trilogía de Auschwitz de Primo Levi. Ya sé que puedo aburrir a algunos con la insistencia sobre este autor y este tema, pero prometo que será la última referencia en mucho tiempo. Fue al comienzo del verano pasado cuando acometí la lectura de Los hundidos y los salvados. Cuando terminé, me enfrenté a la catarsis que suponen las más de ocho horas de documental sobre el holocausto que nos ofrece Claude Lanzmann en Shoah y solo ahora puedo decir que, durante muchos años, estaba equivocado al pensar que tenía una idea bastante bien formada sobre los acontecimientos sucedidos en Europa en las décadas de comprendidas entre 1930 y 1950. Y, por supuesto, suscribo la afirmación de Antonio Muñoz Molina en referencia a la Trilogía: “no creo que sea posible tener una conciencia política cabal sin haberlos leído, ni una idea de la literatura que no incluya el ejemplo de esa manera de escribir”.
Los hundidos y los salvados es una manera distinta de indagar sobre la propia experiencia en el Lager. Si en los dos primeros volúmenes (Si esto es un hombre y La tregua), Primo Levi hacía gala de una magnífica habilidad para la narrativa autobiográfica, construyendo unos relatos con apariencia de novelas, pero sin perder jamás el fiel respeto a la verdad que exige el testimonio sobre unos hechos tan atroces experimentados en primero persona, la tercera parte se experimenta con el tono habitual del ensayo. Es decir, el autor se sitúa en la perspectiva que le concede haber sido una víctima y un testigo ocular de los hechos que se analizan y cada capítulo es una especie de teoría o estudio sobre cómo determinados aspectos de la psicología y la sociedad humanas se ven afectados para aquellos que conocieron la convivencia en el Lager, tanto desde la perspectiva de las víctimas como desde la de los verdugos. Con este método de indagación, la hábil escritura de Levi se detiene sobre la memoria, “un instrumento maravilloso, pero falaz”, para analizar los mecanismos defensivos que han actuado con el paso del tiempo en la conciencia de los torturadores así como de los que actuaban, ya desde los tiempos de cautiverio, en los propios prisioneros. No se trata de un libro benévolo, de una lectura agradable, y el capítulo llamado “La zona gris”, en el que se analiza la insuficiencia de la dicotomía buenos – malos para entender lo que pasó en los campos de concentración, es una muy buena muestra de ello. Probablemente, no hay un ejemplo más claro de la crueldad nacionalsocialista que el fomento despiadado del colaboracionismo por parte de ciertos prisioneros, esa manera de negarles la dignidad haciéndoles protagonistas del exterminio de su propio pueblo sin darles opción a elegir. El superviviente del Lager vivió siempre cercado por sentimientos de vergüenza. Después de sufrimiento padecido, quedan los remordimientos por las verdaderas víctimas, los que murieron, y por las artimañas y estrategias que se tuvieron que poner en práctica para poder aguantar el día a día, artimañas y estrategias que, en una vida en libertad, no sobrepasarían los límites de lo que llamamos ética. Muy esclarecedores son también los capítulos dedicados a la comunicación, donde puede encontrarse un pequeño estudio sobre la jerga alemana específica del campo y que suponía una degradación del idioma, y a la violencia inútil, que se define como aquella que no está directamente relacionada con el propio exterminio, es decir, la violencia derivada de las humillaciones y la crueldad. El volumen se cierra con un análisis del papel de los intelectuales en Auschwitz y con una interesante relación de la correspondencia mantenida por Primo Levi con algunos de sus lectores de la primera parte, Si esto es un hombre. A pesar de tratarse de un ensayo, no es un libro de lectura dificultosa. Al contrario, el uso constante de un razonamiento deductivo que va desde el principio general enunciado hacia los ejemplos en los que se detallan las horribles vivencias para defender los argumentos, hace que la lectura sea fluida y las interrupciones solo vengan del sentimiento de horror que nos produce acercarnos a ciertas facetas de la historia de Europa. Como en las reseñas de la primera y la segunda parte, pienso que lo mejor es despedirme con una cita de este escritor fundamental: “La crueldad innecesaria del pudor violado condicionaba la existencia de todos los Lager. Las mujeres de Birkenau cuentan que, una vez conquistada un escudilla (una gruesa escudilla de porcelana esmaltada) tenía que servirles para tres usos diferentes: para conseguir el potaje cotidiano, para evacuar en ella de noche (cuando estaba prohibida la entrada en la letrina) y para lavarse cuando había agua en los lavabos.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

And the winner is...

Entregado el premio Nobel de Literatura 2012, ya tenemos servida, una vez más, la polémica. Como si se tratase de una vieja tradición de la que no pudiéramos escapar, el galardón que entrega la Academia Sueca, normalmente, a un novelista con una larga y prolífica carrera literaria viene como casi todos los años a demostrar uno de los más conocidos refranes españoles: nunca llueve a gusto de todos. Tal y como está concebido, es normal, hasta cierto punto, que el Nobel de Literatura genere el tipo de reacciones al que estamos acostumbrados año tras año. Estamos hablando de un premio que puede darse a literatura en cualquier idioma, en cualquier género y que se entrega como reconocimiento a una carrera. Si nos paramos a pensarlo un momento, es posible que no haya un solo país en el mundo donde no haya, al menos, cinco merecedores del Premio. Como consecuencia de esto y de la creciente distancia que existe en la actualidad entre la actividad literaria y el consumo de libros, por lo general, se trata de escritores y escritoras totalmente desconocidos para la opinión pública, excepto en sus países de origen. A su vez, este desconocimiento, unido a que en muchas ocasiones el Nobel ha venido premiando no solo el talento literario sino, además, una actitud compromiso sociopolítico en favor de las libertades y la democracia, nos lleva con frecuencia a juzgar a los recién premiados en función de la imagen que nos presentan los medios de comunicación, así como de los prejuicios que tenemos ante determinados grupos nacionales, sociales y políticos. Y así llegamos hasta octubre de 2012 y volvemos a quedarnos con esa cara de sorpresa bobalicona y con esa sensación de ignorancia generalizada cuando anuncian que el premio ha recaído sobre Mo Yan, un novelista chino que, según nos cuentan, ha sido capaz de recoger en su narrativa la Historia de su país, así como los ritos y costumbres de su milenaria cultura. Entonces, se desecadenan las esperadas reacciones habituales de cada año. Sin embargo, algo que me ha sorprendido esta vez, fue comprobar, a través de mis contactos en las redes sociales, que había cierto desdén, cierta actitud de desprecio muy sutil, muy soterrada, curiosamente, en personas que normalmente no se “mojan” en sus juicios a los recién galardonados. Esta sorpresa se acabó cuando, investigando sobre Mo Yan en los periódicos digitales, leí que un sector de la disidencia china había criticado su concesión por tratarse de un escritor que no es un enemigo declarado del régimen y, sobre todo, por no haber aprovechado la ocasión para premiar a alguien que se hubiera destacado por su lucha en favor de los derechos y la libertades públicas. Mi experiencia me dice que los Premios Nobel, por lo general, suelen ir bien encaminados y que, normalmente, se trata de una buena recomendación de lectura, de un escritor que merece la pena y que no siempre ha recibido el suficiente reconocimiento a nivel internacional, aunque hay claras excepciones. Y, si me permito hacer estas afirmaciones, es porque, desde hace algunos años, me tomo la molestia de leer, al menos, un libro del galardonado antes de que vuelva a fallarse el premio. Con esto, no estoy queriendo posicionarme por encima de nadie. Simplemente, me permito recordar algo que es de sentido común pero olvidamos con mucha facilidad: la única manera fiable de emitir un juicio sobre un escritor es leyendo sus libros y el Nobel nos garantiza, al menos, que se trata de un autor con una larga trayectoria de esfuerzo y dedicación a la escritura. Por lo demás, y como mera línea de debate, no es descabellado pensar que estemos ante un nuevo caso Vargas Llosa. Me refiero a Murakami. Está claro ¿no?

jueves, 5 de julio de 2012

Cierre de temporada (escrito el jueves 14 de junio de 2012)


Se acaba la temporada en Uniradio y se termina también, por tanto, la temporada para este espacio. Si ya es normal en estos tiempos que corren la tendencia hacia el análisis, la reflexión y la extracción de conclusiones, la conciencia de fin de ciclo con la que se acerca julio contribuye a acentuarla. Además, estamos inmersos en la Eurocopa y el sentimiento de unión nacional florece en cierto sentido, así que supongo que es un buen momento para reflexionar sobre un modelo de país, sobre un modelo de España muy personal sin pretensiones retóricas o propagandísticas. Somos muchos los que hemos sido acusados con frecuencia de una falta de sentimiento de nación, precisamente, porque nos sentíamos incómodos con la palabra patriotismo, una incomodidad derivada de las muchas barbaridades cometidas tomando como excusa el concepto patria. Es fácil jugar a la exclusión desde las posiciones dominantes. Algunos no podemos olvidar que los símbolos con los que suele identificarse España están todavía demasiado impregnados de la negra historia del siglo XX en este país. Tampoco contribuyen demasiado a la reconciliación los acontecimientos producidos durante el fin de semana pasado, ni el alegre tono bromista con el que nuestro gran dirigente defendía su propia interpretación de la realidad. No es extraño, por ello, que algunos hayamos construido nuestro concepto de España al amparo de ideas como las que expresa Jaime Gil de Biedma en Apología y petición. Comprobar que, después de tanto tiempo, la esencia de España sigue casi inmutable nos hace recordar aquel verso que es tanto una consigna como un desahogo: este país de todos los demonios. Ayer, durante la visita que hice con mi alumnado al instituto en el que estudiarán a partir de septiembre, tuve la ocasión de comprobar que no somos tan minoritarios los que pensamos de esta forma. Curiosamente, el orientador del centro, después de explicar las normas del centro, se puso a disertar ante cuarenta niños de doce años que no se enteraban de nada sobre el estado actual del país, calificándolo como país de segunda o de tercera, por mucho que durante los primeros treinta narcóticos años de democracia hayamos pensado que jugábamos en la primera división. Quizá, la primera labor que tenemos por delante para construir un concepto de país que nos parezca habitable sea dilucidar en qué punto estamos. Una cosa es segura, nos hemos confiando durante mucho tiempo en inflar un globo que ha acabado por estallarnos en la cara, pero ¿dónde estamos realmente? Porque no es lo mismo estar en aquel pasado inmóvil de mediados del siglo XX con la fina capa de maquillaje de las elecciones y la libertad de expresión que tomar conciencia de que aquel camino que creíamos estar andando desde la transición tenía mucho de ficción. La primera opción nos lleva a actitudes como las manifestadas por Cernuda en muchos de sus poemas pero, especialmente, en Es lástima que sea mi tierra cuando escribe:

Si yo soy español, lo soy
A la manera de aquellos que no pueden
Ser otra cosa: y entre todas las cargas
Que, al nacer yo, el destino pusiera
Sobre mí, ha sido ésa la más dura.

Y varias estrofas después:

Soy español sin ganas
Que vive como puede bien lejos de su tierra
Sin pesar ni nostalgia. He aprendido
El oficio de hombre duramente,
Por eso en él puse mi fe. Tanto que prefiero
No volver a una tierra cuya fe, si una tiene, dejó de ser la mía,

Yo, en cambio, prefiero pensar que no todo está perdido, que construimos un sueño vano que parece desvanecerse y que todo este dolor pertenece al ámbito del escarmiento. Prefiero, a pesar de la devoción casi mística que siento por don Luis, acercarme en estos días al Gabriel Celaya de España en marcha y dejar claro que:

Ni vivimos del pasado,
ni damos cuerda al recuerdo.
Somos, turbia y fresca, un agua que atropella sus comienzos.
Somos el ser que se crece.
Somos un río derecho.
Somos el golpe temible de un corazón no resuelto.
Somos bárbaros, sencillos.
Somos a muerte lo ibero 
que aún nunca logró mostrarse puro, entero y verdadero.

Prefiero gritar que:

No reniego de mi origen
pero digo que seremos
mucho más que lo sabido, los factores de un comienzo.
Españoles con futuro
y españoles que, por serlo,
aunque encarnan lo pasado no pueden darlo por bueno.