Antes o después, tenía que escribir esto y ha sido hoy. Siempre me ha parecido que las guitarras de Extremoduro estaban en un punto intermedio entre la duda y la contundencia, como si la canción estuviese a punto de tener un final abrupto, prematuro, y en ese instante se decidiera a emprender una vía rotunda y rocosa que lleva hacia otro lugar. Desde el tristísimo 10 de diciembre, vengo pensando en toda esa gente (en la que me incluyo) nacida a finales de los 70 y al comienzo de los 80 cuya conciencia lírica y social echó los dientes a la sombra de las canciones de Robe. Supongo que no es casualidad que muchos de nosotros vivamos con una especial crudeza la tensión entre la volubilidad y la consistencia de esta democracia en la que nos hacemos viejos, de esta sociedad en la que empezamos a sentir que quizá ya no encajamos, si es que alguna vez llegamos a hacerlo. Como bien dijo Diego RJ en su programa (El Sótano de Radio3) el mismo día en que se conoció la noticia, Extremoduro se asocia en nuestra memoria a la juventud, a los parques, a las cintas de casete, a cantar en pandilla. Yo me atrevo a añadir algunas cosas más. Las canciones de Extremoduro saben a sentarse en la acera, a litrona, a la sensación de que las amistades son indestructibles, a la mentirosa convicción de que nuestros mayores se equivocaban y nosotros no, a la ingenuidad de creer que nosotros sí podríamos hacer lo que otros no pudieron. Hay días que parece que no llegarán nunca pero llegan, días que nos dejan en un estado híbrido entre la desolación y el agradecimiento, días en los que tenemos que optar por el silencio o la despedida (si es que no son la misma cosa). Hasta siempre, camarada Iniesta. Contigo se ha muerto definitivamente el mundo en el que, alguna vez, yo tuve 20 años.
sábado, 3 de enero de 2026
domingo, 28 de septiembre de 2025
Homero en el Open Arms
Resulta, como mínimo, sorprendente que aquellos que se postulan como los guardianes de las esencias de las sociedades occidentales, aquellos que nos advierten del riesgo que corremos de desnaturalizarnos y perder nuestra verdadera identidad, aquellos que nos prescriben la única forma posible de ser españoles, europeos y civilizados sean los mismos que proponen hundir los barcos de las organizaciones humanitarias que prestan socorro a los naúfragos y pretenden evitar muertes en el mar. Sobre todo, resulta especialmente impactante que estas proclamas de odio se hagan de forma específica contra personas que están situaciones difíciles y que llaman a las puertas de nuestra casa, nuestro país, pidiendo ayuda con desesperación.
En un tiempo tan polarizado como el que nos toca sufrir, en el que se revisan hasta los consensos más básicos con los que hemos construido algo parecido a una democracia (imperfecta pero democracia), espero que nadie se atreva a cuestionar que uno de los textos fundacionales de la cultura occidental es la Odisea, probablemente, una de las obras de mayor influencia en la historia universal de la literatura. Otro asunto es que, a día de hoy, pocos se tomen el trabajo de leerla. No es necesario que yo cuente el argumento principal del gran poema épico, pero, por contextualizar y por si alguien se ha despistado, Odiseo (Ulises para los amigos) intenta volver a su país después de la Guerra de Troya y, en su travesía, encuentra todo tipo de dificultades y peligros.
Si tomamos como traducción fiable y autorizada la de José Manuel Pabón (editada por Gredos) y acudimos al Canto IX, entenderéis a dónde quiero llegar. En el Canto de IX, Ulises narra a Alcínoo, rey de los feacios, las penalidades de su viaje y, en esas páginas, puede leerse, por ejemplo, que quienes se ven obligados a abandonar su país no suelen hacerlo con gusto:
“porque nada es más dulce que el propio país y los padres
aunque alguien habite una rica, opulenta morada
en extraña región, sin estar con los suyos”
Un poco más adelante, al recordar el episodio en la gruta de Polifemo, nos encontramos con estos versos que transcriben los ruegos de Ulises y sus acompañantes al cíclope que los amenaza:
“Ten respeto, señor, a los dioses. En ruego venimos;
al que en súplica llega y al huésped, amparo y venganza
presta Zeus Hospital; él conduce al honrado extranjero."
Sí, se me podrá decir que no puede argumentarse o criticarse una posición política desde un fragmento de una obra poética, pero lo que tampoco puede negarse es que la Odisea, como parte fundamental e imprescindible de la cultura griega clásica, ha tenido una influencia decisiva en la construcción histórica de la mentalidad occidental y, por tanto, algún papel deben haber jugado las ideas que en ella se esbozan en la definición de la ética y los valores que hemos acabado definiendo como propios. Grecia es la cuna de nuestra civilización, de nuestra democracia y a ese caldo de cultivo pertenecen la Odisea y una concepción del mundo en el que Zeus, el dios más temido y poderoso del Olimpo, no solamente obligaba a la hospitalidad y al amparo de quienes pedían ayuda. Además, vengaba cualquier injusticia que se pudiera cometer cotra ellos. Llegados a este punto, podemos concluir que aquellos que se jactan de ser los guardianes del modo de vida occiental, en el fondo, no saben muy bien de lo que hablan.
jueves, 25 de septiembre de 2025
Después del pop
A veces pasa, simplemente, lo que tiene que pasar. A veces, un libro de poemas triunfa en su ámbito (¿dónde si no habría de hacerlo?) y la voz que está detrás de ese libro acaba siendo reconocida por un trabajo casi siempre desagradecido, solitario, en la sombra. El libro al que me refiero es “Después del pop”, la voz que lo sustenta es la de Elisa Fernández Guzmán. “Después del pop” es puro lirismo. No necesita impostar tormentas interiores, ni exige al lector un enésimo trance de lo ininteligible en nombre de una reiterada renovación del decir. Los poemas de Elisa Fernández están atravesados por ejes temáticos tan aparentemente normales como desgarradores, tan compartidos como íntimos y ansiógenos: la conciencia de finitud, la limitada capacidad de acción de nuestra palabra, nuestro deseo, nuestros recuerdos, nuestros sentimientos. En definitiva, todo el libro parece guiado por la asunción de nuestros límites, un gesto de asentimiento que no evita la protesta, la muestra de disconformidad ante la apisonadora del tiempo, ante el alejamiento progresivo de los episodios felices. El gran mérito de la bonariega está en la sencillez, en hacer que parezca fácil aquello que es tremendamente difícil. Un ejemplo de ello es su poema “El fin del mundo”, en el que se palpa la tensión entre la Historia y la intrahistoria. Ese conflicto en el que se debate el boletín de noticias con un hecho subjetivo y determinante de la vida personal queda resuelto con estos dos versos que justifican cualquiera de las alabanzas que pueda hacerse del libro: “el momento cumbre de la sociedad occidental / son dos niñas adolescentes que se miran”. Una vez más, como he dicho tantas veces, no puedo ser objetivo ni lo pretendo, pero me atrevo a proclamar que la concesión del Premio Nacional de Poesía Joven a Elisa Fernández es una buena noticia para todos los que leemos libros de poemas con devoción, para todos los que sentimos un respeto casi religioso por la labor de quienes hacen versos.
miércoles, 9 de julio de 2025
Una historia diferente
Una historia diferente (Lupita Books) es un libro necesario o, por ponerlo en su justo contexto, es un cuento necesario. Porque no deja de ser un cuento infantil, aunque sería muy beneficioso que lo leyera más de un adulto. Supongo que a muchos no os descubro nada, pero, si no lo conocéis, tenéis la excusa perfecta para regalarlo en el próximo cumpleaños o para daros el gustazo haceros un autorregalo y, ya de paso, reivindicar esa cuota de infancia que todos conservamos y que no debería extinguirse jamás. El objetivo del libro es explicar a niños y niñas con argumentos a su alcance por qué existen personas sin hogar, cómo llega alguien al momento en que se ve obligado a vivir en la calle. Supongo que no soy el único padre al que su hija le ha preguntado: “¿Por qué ese hombre está acostado en la calle?”. Para afrontar esa conversación de una forma educativa y sin tangentes, es un recurso muy útil. Además, el cuento también sugiere acciones que podemos llevar a cabo para evitar el desastre del sinhogarismo (está en el diccionario de la RAE, te lo juro), cosas que, como bien dice su pequeña protagonista, no parecen tan difíciles.
Una historia diferente llegó hace tiempo a la biblioteca de mi hija. No recuerdo cuándo. Sin embargo, hace unos días sentí la necesidad, no sólo de volver a leerlo con ella, sino de volver a releerlo yo para tratar de calmar las inquietudes de aquel niño que una vez fui y todavía se asoma en mí presente cada cierto tiempo. Había ido al supermercado a hacer una compra de última hora de cosas, en su mayoría, superfluas. En la puerta de la tienda, estaba una de las personas sin hogar que hacen vida en mi barrio, una de esas personas que te acostumbras a ver y que, de forma injusta e inevitable, terminas asumiendo y normalizando, integrando su tragedia personal como un elemento más del paisaje. Pero ese día volví a fijarme en él, probablemente, porque había cambiado recientemente el lugar donde pide. Era otra la tienda en la que, normalmente, solía verlo y eso hizo que, de forma azarosa, al mirarlo con mayor atención, descubriera que estaba escribiendo algo en uno de esos cuadernos pequeños típicamente escolares, de tamaño cuartilla y con doble pauta. La caligrafía pulcra, levemente inclinada, cuasi perfecta, el respeto reverencial a los márgenes, su alineación rectilínea me llenaron la cabeza de especulaciones.
Os parecerá una tontería, pero yo me crie en una sociedad en la que tener buena letra era un signo de distinción, un valor seguro, y mi letra, aunque siempre legible y profundamente comunicativa, pecaba de ser demasiado grande y todas mis maestras de lo que hoy llamamos etapa primaria la consideraba, resumiendo y sin paliativos, más bien feota. ¿Cómo (me pregunté entonces) pudo acabar esta persona en la calle? ¿En qué momento de su biografía un acontecimiento lo cambió todo? ¿Cuál fue ese punto de inflexión?
Quizá las respuestas a algunas de estas preguntas estén en ese cuaderno que iba agotando con esmero. No lo sé y mi pudor excesivo a hacer preguntas me va a impedir saberlo siempre. Lo que sí tengo claro y queda perfectamente explicado en Una historia diferente es que las personas, al igual que los árboles, necesitan raíces fuertes para mantenerse en pie (salud, casa, trabajo, familia, amigos). A veces y por motivos muy dispares, estas raíces se quiebran. Y esto, por más que nos disguste admitirlo, nos puede pasar a cualquiera.
miércoles, 2 de julio de 2025
Canícula
Sentencia Luis Cernuda en su magnífico Luis de Baviera escucha Lohengrin “que los dioses castigan concediendo a los hombres / lo que éstos les piden”. Ahora que coincide la primera ola de calor del verano con mi relectura de su obra, se me antoja que estos versos nos dan, hasta cierto punto, una interpretación verosímil de los días que vivimos. En una sociedad que no se muestra preocupada por el cambio climático, que aplaude los inviernos y los otoños en los que el termómetro se mueve con confianza entre los 20 y 25 grados, la traducción estival no puede ser más que esta. Es como si un ser superior nos dijera con un tono de recriminación: “¿No queríais mangas cortas en febrero? Concedido, pero ateneos a las consecuencias”. Y, así, una vez llega el sacralizado verano y sus milagros vacacionales, tenemos que cargar también con esta joroba de avisos naranjas y amarillos. Este es el peaje, estos días de escasa utilidad que impiden hacer uso de los espacios públicos, que hacen difícil disfrutar de los placeres del verano y que se permiten el lujo de abolir la paz del sueño y del descanso. No merece la pena. Está claro. Pero tampoco conviene amargarse demasiado porque no tiene remedio. Al menos (este es mi consuelo), seguimos encontrando en la lectura respuestas para casi todo.
lunes, 8 de julio de 2024
Los hijos dormidos
A veces, te preguntas por
qué este libro se está empeñando en convertirse en imprescindible. Después de
todo, ¿cuántas historias trágicas habrás leído sobre familias destrozadas,
desintegradas por la enfermedad o por los condicionantes sociales que las
cercan? Aunque el niño que fuiste asistiera como espectador lejano al drama de
la heroína y el sida en los 80, ¿acaso alguna vez te he interesado tanto la
historia del VIH? ¿Alguna vez pensaste en la valentía de quienes decidieron no abandonar
a su suerte a miles, millones de personas que clamaban por alagar sus débiles
esperanzas? Entonces, te asaltan pasajes como este y dejas de hacerte preguntas:
“Durante mi infancia, a
menudo le oía decir a mi madre que no era el momento de hablarle de Dios, que
toda la santurronería del mundo no había impedido la agonía de mi tío, la de mi
tía y la de mi prima. Decía que, si Dios existiera en algún lugar, jamás habría
permitido todo aquello. Solo dejaba de lado esas consideraciones en los
entierros, cuando la tristeza le despertaba una especie de misticismo muy suyo.
Una noche, viendo la tele, tachó al papa de “estúpido”. En plena epidemia del
sida, Juan Pablo II acababa de prohibir el uso del preservativo.
No obstante, el último
verano de mi prima, todos los domingos nos despertaba a las nueve en punto de
la mañana. Nos pedía que fuéramos a misa y que rezáramos por Émilie. Decía que
seguramente no serviría de nada, pero que era lo único que podíamos hacer.”
Los hijos dormidos
Anthony Passeron
Libros del Asteroide
domingo, 8 de octubre de 2023
Polifonía
El pasado martes 3 de octubre se presentó en la Biblioteca de la Diputación Provincial de Huelva "Polifonía" de Ángel Poli (Editorial Onuba). El texto que sigue fue escrito para tal ocasión:
"Creo que es mi obligación empezar dando las gracias a Ángel por pedirme que lo acompañe esta tarde. No todos los días uno tiene la oportunidad de poder decir unas palabras en la presentación del libro de un poeta al que admira. Si a eso se le suma mi sincero aprecio por la persona, se entenderá que me sienta como un privilegiado al leer estas líneas. Pero centrémonos en lo importante: esta tarde venimos a celebrar que hay editoriales que entienden la necesidad de reconocer y poner en valor una obra que comenzó a gestarse hace más de treinta años y que, por suerte, todavía no parece haber llegado a su destino final. Mi intención es, simplemente, ofreceros unas impresiones, un bosquejo que sirva, como mano tendida, para acceder por cualquiera de sus puertas (por cualquiera de sus versos) al edificio de esta “Polifonía”.
La poesía de Ángel Poli es una reivindicación de la forma. Se destaca con razón de algunos poetas su dominio de los aspectos formales. No me malinterpreten, no estoy diciendo que no pueda defenderse el verso libre, que no exista, por sí mismo, un lenguaje poético con el que armar poemas libres del influjo de la rima o la métrica. No soy tan radical, ni tan ingenuo. Sin embargo, a veces parece defenderse de forma implícita que solamente pudiera escribirse una poesía acorde a nuestros tiempos recurriendo a esta vía rupturista y no es así. La poesía de Ángel Poli nos demuestra que no es así. Aunque algunos no adquieran admitirlo, la métrica y la rima en la poesía, bien usadas, tienen el mismo efecto que la sal en las comidas: potencian el sabor y hacen subir la tensión. Con una ventaja adicional: la tensión en un texto poético es garantía de vivacidad. Son muchos los textos que dan cuenta de esta realidad, pero quisiera citar el segundo cuarteto del soneto “Un ocaso”, cuatro versos que evocan la seducción de un paisaje: “Cansado, inerte el sol, sobre las flores / rendía con su sábana de estero / -la luna se asomaba era un certero / vigía tras un ángel de estertores-.”
Este rasgo formal no debe inducirnos a creer que estamos ante una lectura difícil. Es urgente desterrar esa idea enquistada. Evidentemente, hay lecturas difíciles, pero esta dificultad se da en poesía, en novela y en cualquier otro género en el que queramos pensar. Lo que el lector medio llama dificultad en este caso es, en realidad, una necesidad o condición. Me explico: no puede haber lectura de poesía con un lector pasivo. El poema te obliga a intuir, a sentir, a hacerte preguntas, a posicionarte. Y eso para el lector, más que un problema, debería ser un halago. Además, en una muestra amplia, como la que se presenta esta tarde, podemos asistir con asombro al trajín intelectual del poeta, a sus iluminaciones, a sus hallazgos, a sus bandazos, pero, sobre todo, a medida que avanzamos por sus páginas, tenemos acceso a sus convicciones, a la constancia de sus verdades y desvelos. Un buen ejemplo de esta constancia puede identificarse en las dudas sobre la naturaleza de la belleza: ¿está ligada al movimiento o a la quietud?. Ya en “El agua del estanque” (publicado en el año 2000), Ángel Poli escribe: “Algo entonces nos lleva a pararla / y contemplarla quieta. // Pero ya es triste su belleza en el Estanque.” Diecisiete años más tarde, se publica “La miel de las edades” y, en el poema “Como una foto viva”, puede leerse: “Quieta. / Así. / No hagas, / no digas, / no estalles / la eternidad que logras.”
No pretendo desentrañaros todas líneas de reflexión que he hallado en los poemas recogidos en esta antología. Pero sí me gustaría resaltar algunas, como esa lucidez con la que nos sugiere que cada muerte individual fecunda y multiplica la nada: “Y seré con mi muerte / una ausencia, es decir, // vacío que insemine, al fin, su nada.” Y, frente a certeza de la muerte, tenemos la pulsión de la poesía, que el poeta define como “el único Sinónimo del Tiempo”. No conviene olvidar, por otro lado, que la vida es también una celebración y que amor y erotismo son la música que anima la fiesta. Así, en “Moldes que vas labrando”, se afirma que en el espacio abarcado al andar por las caderas: “arde un ámbito que encierra las arcadias.” Incluso, en el poema “Amor”, se atreve a tutear al propio Arquímedes ofreciéndole su ansiado punto de apoyo. Todo ello nace de un papel inicialmente en blanco, un papel en el que ya está latente la obra, la idea, el discurso. Basta con encontrar la puerta camuflada que los libere: “Ese papel en blanco es una puerta. / Del otro lado, / suenan los golpes con que piden / llegar al mundo.”
No quisiera despedirme sin ofreceros una última cosa. Cuando leí “Polifonía”, eché de menos un poema. Por razones de afinidad, de puro puro gusto personal, me sorprendió no encontrar el poema “Motor”, perteneciente al libro “Humor prescribe sin hache”. Con el permiso de Ángel, me tomo la licencia de leerlo:
Alzo mi tedio y brindo
por todos esos libros que aún quedan por leer;
la música
que aún resta por oír;
salientes, engranajes o peldaños
con los que el mundo en contra legitima
(sujetarse, acoplarse, trascenderse,
desglosar el sabor del precipicio)
dar sin freno otra vuelta a ver qué tal.
Espero que sean muchas las vueltas contra el mundo y que todas nos deparen nuevos libros de Ángel Poli."
martes, 15 de agosto de 2023
Pasatiempo
Pasatiempo
Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía
luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque era un océano
la muerte solamente
una palabra
ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en los cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte de los otros
ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.
Mario Benedetti
Siempre me ha parecido este poema especialmente brillante por su lucidez. Hay muchos textos de innegable valor que se centran en la misma idea, en la creciente amenaza de la muerte a medida que crecemos y que tenemos una mayor conciencia de ella. Sin embargo, por alguna razón, cuando alguna muerte me hace pensar demasiado, sea por su cercanía o por hallarme tratando de eludir una ola de melancolía, vuelvo de forma indefectible a este “Pasatiempo” como si su relectura pudiera ofrecerme algún tipo de refugio.
Durante aquellos años en los que era mucho más joven y un poco más ingenuo, me cansé de repetir que un mundo sin Lola Flores, Jesús Gil o Freddie Mercury, independientemente de mi simpatía o animadversión por ellos, era un lugar más aburrido y mucho menos interesante para vivir. Aquella ironía impostada, que no me libraba de la tristeza cuando me tocaba enfrentarme a la muerte de mis abuelos u otros seres queridos, era normal. En el fondo, era una forma de afrontarla sabiendo que a quien le tocaba morir, atendiendo a esa tontería que llamamos “Ley de Vida”, estaba muy lejos en edad de mí. Que cualquiera puede morir en cualquier momento lo sabemos desde siempre, pero hay edades en las que es fácil ignorar ese pensamiento.
Madurar y envejecer consisten, entre otras muchas cosas, en comprobar que cada vez hay una menor diferencia de edad entre aquellos van muriendo en nuestro entorno y nosotros mismos. Cada vez es más difícil creer en el cuento feliz de la “Ley de Vida” y cada muerte que nos golpea lo hace con una intensidad que crece en progresión geométrica. Las muertes de familiares, amigos e, incluso, de aquellos que no conocemos ni tratamos pero a los que profesamos cierto afecto vienen a confirmar, para nosotros, que el mundo, nuestro mundo, se va desvaneciendo a pasos agigantados. Porque es así: si admitimos que cada de ser humano es único y, por tanto, su experiencia del mundo es única e irrepetible, entonces, forzosamente, tenemos que admitir que hay tantos mundos como hombres y mujeres y que cada muerte es, en cierto modo, una muerte del mundo.
Todos estos pensamientos abarrotan mi cabeza desde que supe esta mañana que había muerto Tente, el rostro de sonrisa imperturbable tras la barra del Bar Ibiza. No voy a engañaros afirmando aquí que éramos medio colegas y que pasé algunas noches inolvidables charlando con él. Nada más lejos de la realidad. El Ibiza siempre me pareció un sitio con encanto, un bar insustituible de la noche de Huelva, pero lo cierto es que yo allí no encontraba mi sitio. Yo era más parroquiano de otros bares que ahora no vienen al caso, pero alguna vez he estado en el Ibiza (probablemente más noches de las que puedo recordar). Tente que, como acertadamente escribe Mario Asensio en Huelva24, nunca olvidaba una cara, sabía perfectamente quién era yo y que no era uno de sus clientes más fieles. A pesar de ello, jamás me negó un gesto de simpatía, jamás me atendió con desidia o desgana por no ser un fijo en su local. Y todo eso teniendo en cuenta que siempre he sido de los pesaditos que preguntan la marca de cerveza del barril o que piden bebidas excéntricas que están fuera del catálogo habitual del bar de copas. Nada de eso parecía tener importancia, sus respuestas siempre estaban marcadas por la amabilidad.
Por eso, cuando esta mañana supe de su fallecimiento me invadió una repentina tristeza y pensé que sus familiares (a los que no conozco personalmente) estarían destrozados y, egoístamente, sentí que este es otro de los golpes que están destruyendo mi mundo de forma precipitada. Está muy de moda decir de alguien que destaca pronto en alguna actividad profesional que es “insultantemente joven”. Mientras escribo esto se me ocurre que Tente, con el cariño que tantos le profesaban, con sus 62 años, era insultantemente joven para morir y espero que aquéllos que están sufriendo su pérdida con intensidad y dolor puedan encontrar pronto un consuelo en su recuerdo. Si existe algo después de esta vida, espero que sea como el mundo y que cada uno tenga una experiencia distinta en función de su carácter y sus afectos. Espero, Tente, que, si después de la última frontera hay algo, hayas encontrado un paraíso a tu justa medida.
sábado, 1 de julio de 2023
La ciudad
En
una sociedad como la que sufrimos, “La ciudad” de Lara Moreno (Editorial Lumen)
es un libro necesario. En una sociedad en la que hay grupos de poder que pretenden
negar la evidencia, en la que hay mucho dinero al servicio de la construcción
de un discurso cultural que no tiene ningún fundamento fáctico, “La ciudad” es
mucho más que una novela, una magnífica novela que obliga a quienes la leen a volver
la mirada hacia la realidad y que desglosa algunas de las violencias que
atentan en nuestro día a día contra las mujeres. En la página 82, la autora nos
espeta: “Siempre es ridícula la violencia
un segundo antes de que empiece a ser insoportable.” Quien no sepa ver en
la cita un reflejo del tiempo que nos ha tocado vivir, no merece que se le den
más explicaciones. Sin embargo, en ningún momento deja de ser el texto un
preciso artefacto narrativo. La lectura de sus ágiles capítulos supone la
inmersión en las vidas de tres mujeres tan distintas como unidas por la invisibilidad
social de sus tragedias. “La esclavitud
luce cadenas invisibles” puede leerse en la página 282, pero es una idea que
viene tomando forma desde que arranca la novela en un apartamento de la
madrileña Plaza de la Cebada. Con un lenguaje que perfila lo abominable, con un
vocabulario que nombra el infierno interior, el abismo doméstico, las tres historias
se van cruzando y desarrollando sin mezclarse, dando así fe del aislamiento en
que se asfixian sus protagonistas. Por todo ello, pienso que deberíamos congratularnos
de la publicación de libros como “La ciudad”. Después de todo, esa es la más
clara muestra de que aún no lo han conseguido, aún no han logrado encalar la
sociedad, ni ocultar los relieves y las diferencias. Pienso, además, que es nuestra
obligación como lectores y lectoras no dejar que libros como este queden circunscritos
a determinados círculos de afinidad cultural o ideológica. “La ciudad” es una
novela con valor de respuesta, con fuerza de argumentario desde su capacidad
para generar empatía. Es cierto que, para entenderla hasta sus más profundas
implicaciones, para asumir la existencia de lo que nos plantea, se requiere
probablemente una predisposición, un marco previo de apertura y sentido común
que, por desgracia, es cada vez menos habitual. Pero, al mismo tiempo, es innegable
el poder de convicción de una buena historia, es decir, de una historia bien
contada y eso con Lara Moreno está garantizado.
lunes, 22 de agosto de 2022
Juventud, honradez, punkrock y préstamos
Tengo un concepto demasiado alto de la lealtad y de la honradez en general. Cualquiera que me conozca lo sabe, como también sabrá que, detrás de la imagen de aburrido maestro de primaria que suele acompañarme, hay un caprichoso amante de la música. Uno de mis vicios es el punk (sí, lo sé, no me pega nada). Aclarado esto, no sé si lo recordaréis, pero hubo una época en la que espérabamos con ansia la feria del vinilo, el disco usado y de ocasión. Se celebraba una vez al año en la Casa Colón y había que pagar una entrada. El precio incluía el acceso al recinto y un vinilo de regalo que, en el mejor de los casos, se quedaba a vivir en el primer contenedor de basura que encontrabas de camino a casa. A la ínfima calidad musical del obsequio, hay que sumar que no tuve reproductor de vinilo hasta muchos años después y, por tanto, sólo me interesaban los CD. En uno de aquellos domingos, me compré un directo de Mother Love Bone que todavía conservo. También me compré una de esas joyitas para amantes de géneros minoritarios: Crucificados pelo sistema, el primer álbum de Ratos de Porão (un legendario grupo de hardcore brasileño). 16 canciones en 18 minutos y 46 segundos, puro punk. Por desgracia, poco después lo perdí y, dígamoslo claramente, lo perdí por tonto. Fue un sábado o un viernes cualquiera en el que hacíamos lo de siempre, en palabras de Robe Iniesta: “salir, beber”. Por alguna razón, yo llevaba el CD encima. Probablemente se lo había dejado a un AMIGO (nótese que se realza el vocablo de manera intencional) que me lo había devuelto esa misma noche. Supongo que, más tarde, alguien me lo pidió prestado. Este “alguien”, desde luego, NO era un amigo. Pero la cogorza que me acompañaba tuvo un doble efecto: extensión de la amistad y de la confianza hacia el sujeto en cuestión e incapacidad para recordar quién era a partir de aquel preciso instante. Como puede adivinarse, no volví a saber nada del disco. Pregunté e indagué sin resultado. Sin embargo, sabía que el ladrón era uno de aquellos conocidos que me saludaba cordialmente cada fin de semana. Espero, sinceramente, que el CD estallara y estropeara el lector de su équipo de música, cumpliéndose así una especie de venganza poética muy al estilo “punkarra”. Pero soy realista. Seguro que no fue así y lo más triste es que, muy probablemente, quien se quedara con mi Crucificados pelo sistema no lo habrá valorado tanto como yo lo hacía.
Disinta y a la vez similar es la historia del “Concierto homenaje a Freddie Mercury”. Es bien conocida mi pasión por Queen. Me avegüenza confesar que, en mis años de instituto, prácticamente, no escuchaba otra cosa. El caso que nos ocupa ahora ocurrió, más o menos, en la misma época que el anterior. Yo había empezado a salir por las noches con una pandilla reducida formada a partir de mis primos, algunos compañeros de clase y amigos de los veranos en La Antilla. Poco a poco, el grupo se hizo más grande y, además, por temporadas, nos uníamos a otras pandillas similares, a veces, por pura proximidad y otras con motivo de jolgorios especiales (Fin de Año) o conciertos. Unas navidades me regalaron el concierto en VHS (me siento tan viejo al escribir esto) y se ve que debí mencionarlo tomando una copa en alguna conversación de gran grupo. Un heavy con el que no tenía ni la mejor ni la peor de las relaciones se mostró muy interesado y estuvimos hablando, según recuerdo, de las actuaciones de Metallica, Guns N' Roses y Extreme. Si no me falla la memoria, poco después, estando un fin de semana en casa me llama este chaval por teléfono (aclarando que le había pedido mi número a un amigo común) y me pide, por favor, que le preste las cintas para verlas. Como os podéis imaginar, accedí y eso supuso que les perdí la pista para siempre. Estoy seguro de que, al menos un par de veces, le recordé que tenía algo que devolverme, pero aquel asunto se fue diluyendo y la vida vino, por su parte, a poner distancia. Estuve un tiempo considerable sin verlo. Lo más gracioso de esta historia es que no se acaba aquí. Un día, de repente, el amigo común me llama al teléfono móvil. Por aquel entonces, yo vivía en Sevilla, era 2003, habían pasado más de cinco años. Mi amigo me explica que este chaval tiene que hacer un examen en Sevilla, que la hora del examen le hace imposible recurrir al transporte público, que tampoco tiene a nadie que pueda llevarle la misma mañana y que necesita pasar la noche, solamente la noche, aunque sea en un sofá, para poder presentarse a la convocatoria. ¿Qué pensáis que dije? Dije que sí, que le prestaba el sofá de mi salón (no podía ofrecerle otra cosa ya que las camas estaban todas ocupadas) después de consultar a mis compañeros de mi piso. Podría haberle dicho a mi amigo algo así como: “Dile que me traiga las cintas de vídeo que aún no me ha devuelto”. ¿Lo hice? No. ¿Por qué? Ya he dicho que soy tonto y, por si fuera poco, sufro de una enfermedad mental que podríamos definir como prudencia excesiva, aunque mis amigos psicólogos preferirían hablar de un déficit de habilidades asertivas. Estas mismas razones explican que, durante el escaso tiempo que compartimos aquel día, en ningún momento saliera a relucir que alguien se había adueñado de forma ilegítima de algo que no le pertenecía. En cualquier caso, lo que no puede negarse es que soy buena gente.
En la actualidad, sigo sin saber quién me robó el disco de Ratos de Porão, aunque puedo escucharlo en Spotify cuando quiera. Después de todo, cada vez uso menos los CD de mi colección para poner música. En cuanto al “Concierto Homenaje a Freddie Mercury”, me lo regaló Lola en DVD hace ya algunos años. Tuvo que pedirlo por Internet y, curiosamente, llegaron en el mismo paquete de forma gratuita un par de DVD del programa Documentos TV que trataban, como podéis imaginar, sobre asuntos turbios y desgradables. ¿Casualidad? Evidentemente, sí. En cuanto al hurtador y huésped de mi casa en Ciudad Jardín, últimamente lo veo mucho. No hace falta decir que ni nos saludamos. Él sabe perfectamente quién soy yo, por supuesto. Pero ni siquiera parece agradecido por el detalle del alojamiento aquella noche de junio de 2003. Lo de las cintas de vídeo seguramente ni lo recuerde.
jueves, 3 de febrero de 2022
La maestría de Alice Munro
Nunca dejará de sorprenderme la capacidad de Alice Munro para insertar en sus cuentos fragmentos de existencia en estado puro. Con toda naturalidad, sin necesidad de realzar lo dulce o lo tenebroso. En su libro ¿Quién te crees que eres? (Editorial Lumen), al comienzo de la narración de una paliza, puede leerse: "Las ollas pueden demostrar malicia, los dibujos del linóleo te pueden mirar con lascivia, la traición es la otra cara de la rutina." Poco importa después el grado de detalle con que se describan los golpes o los daños. Ya se nos ha dado la clave. La violencia, la tensión, los estallidos emocionales, al nacer, son capaces de salpicar todo el entorno. Pueden convertirse en un barniz tan sutil que acaba por normalizarse.
miércoles, 3 de febrero de 2021
Las moras agraces
sábado, 9 de enero de 2021
La vuelta al día en ochenta mundos
Recién concluida la lectura de "La vuelta al día en ochenta mundos", un genial y heterodoxo collage perpetrado por Julio Cortázar con la ayuda de Julio Silva y donde la sombra un tercer Julio (evidente) se percibe de forma constante, quisiera compartir un fragmento de su úlitmo capítulo. El texto se defiende por sí mismo y mis comentarios sólo podrían servir para embarrarlo. Por tanto, me abstengo. Únicamente una advertencia o, más bien, una pincelada de contexto: el hilo discursivo es John Keats y, en general, la interrelación entre el carácter de un poeta (el modo en que afronta la realidad) y su obra. Se trata de un capítulo que, como sucede con muchos otros de los que componen esta vuelta, puede encontrarse también en otros libros del gran cronopio de Banfield.
"La conducta lógica del hombre tiende siempre a defender la persona del sujeto, a parapetarse frente a la irrupción osmótica de la realidad, ser por excelencia el antagonista del mundo, porque si al hombre lo obsesiona conocer es siempre un poco por hostilidad, por temor a confundirse. En cambio, ve usted, el poeta renuncia a defenderse. Renuncia a conservar una identidad en el acto de conocer porque precisamente el signo inconfundible, la marca en forma de trébol bajo la tetilla de los cuentos de hadas, se la da tempranamente el sentirse a cada paso otro, el salirse tan fácilmente de sí mismo para ingresar en las entidades que lo absorben, enajenarse en el objeto que será cantado, la materia física o moral cuya combustión lírica provocará el poema. Sediento de ser, el poeta no cesa de tenderse hacia la realidad buscando con el arpón infatigable del poema una realidad cada vez mejor ahondada, más real. Su poder es instrumento de posesión pero a la vez e inefablemente es deseo de posesión; como una red que pescara para sí misma, un anzuelo que fuera a la vez ansia de pesca. Ser poeta es ansiar, pero sobre todo obtener, en la exacta medida en que se ansía."
viernes, 1 de enero de 2021
Larsen
Estoy muy lejos de ser un experto en la obra de Juan Carlos Onetti. De hecho, a estas alturas de la vida, no creo que llegue a ser nunca un experto en ninguna cosa, pero esa es otra historia. Lo que yo quería decir es que he leído solamente de sus dos novelas. Hace unos siete años (si el blog no me engaña) leí “Dejemos hablar al viento” y hace unos meses tuve el acierto de internarme en “El astillero” y, superada la perplejidad inicial, pude disfrutar de ese sistema infalible y perfectamente cerrado sobre sí mismo, cuyo peso sostienen, principalmente, seis pilares: Larsen, Petrus, Angélica Inés, Gálvez, Kunz y la innominada mujer que cohabita con Gálvez y a cuyo parto asistimos descreídos. Mientras leía, iba descubriendo con cierta sorpresa que mi identificación (o tal vez debería decir mi capacidad de empatizar) con el protagonista del relato iba creciendo de una forma extraña. Una vez concluida la lectura, acabé por ver en Larsen a un personaje colectivo, una especie de arquetipo la voluntad humana y de su eternamente renovada esperanza. Pues, después de todo, ¿qué son las idas y venidas de Larsen por una empresa obsoleta, por un almacén donde todo parece inútil y desvencijado? ¿No es acaso su balanceo desde la convicción monolítica a la ironía desengañada un reflejo de la vida de cualquiera de nosotros, de nuestros ingenuos propósitos de Año Nuevo, del dejaré de fumar, del iré al gimnasio tres veces por semana, del leeré la “Divina Comedia”, del simple tiraré por fin toda esa inconsistente masa de basura y cachivaches que se aloja en el trastero? Vuelvo a pensar ahora en el pasaje subrayado en la foto y adquiere un matiz que antes no había sabido ver: Larsen, ese ser casi siempre despreciable, es capaz de mirarnos a la cara y recordarnos que no somos tan distintos a él y, en ese sorpresivo deslumbramiento que siempre suponer descubrir que todos tenemos pequeñas miserias, que nuestros valores no siempre son tan fuertes como querríamos y que nuestra seguridad y control sobre la realidad tienen mucho de ilusión, quizá podamos encontrar algún sentido con el que seguir repensando la existencia. Probablemente, Onetti no estaría de acuerdo conmigo. Por suerte para él, nadie va a obligarle a leer mi blog.
lunes, 6 de enero de 2020
La avaricia del tiempo
Conocí la poesía de Ángel Poli a través de Vecinas en verano, una plaquette publicada con motivo de la edición de 2005 de la Velada de Poesía Erótica de Galaroza. Con el tiempo y gracias a mi afán por la rebusca en las casetas institucionales de la Feria del Libro, pude hacerme con un ejemplar del número 6 de Ora Poética, Con amor a destiempo, y posteriormente con el poemario El agua del estanque, publicado en la colección “Cuando llega Octubre”. Son muchos los títulos y no puedo ni pretendo hacer ahora una lista exhaustiva. Sí quiero, en cambio, dejar claro que siempre me gustó la poesía de Ángel, que siempre me pareció, al abordar sus libros, que me hallaba delante de algo perdurable, algo que merecía tener un eco aún mayor del que siempre ha gozado. Con La avaricia del tiempo, su más reciente poemario (publicado en la Editorial Versátiles), Ángel Poli nos concede a sus lectores un privilegio: un salvoconducto para asistir como testigos demorados a determinadas escenas y paisajes de su biografía.















