Estoy muy lejos de ser un experto en la obra de Juan Carlos Onetti. De hecho, a estas alturas de la vida, no creo que llegue a ser nunca un experto en ninguna cosa, pero esa es otra historia. Lo que yo quería decir es que he leído solamente de sus dos novelas. Hace unos siete años (si el blog no me engaña) leí “Dejemos hablar al viento” y hace unos meses tuve el acierto de internarme en “El astillero” y, superada la perplejidad inicial, pude disfrutar de ese sistema infalible y perfectamente cerrado sobre sí mismo, cuyo peso sostienen, principalmente, seis pilares: Larsen, Petrus, Angélica Inés, Gálvez, Kunz y la innominada mujer que cohabita con Gálvez y a cuyo parto asistimos descreídos. Mientras leía, iba descubriendo con cierta sorpresa que mi identificación (o tal vez debería decir mi capacidad de empatizar) con el protagonista del relato iba creciendo de una forma extraña. Una vez concluida la lectura, acabé por ver en Larsen a un personaje colectivo, una especie de arquetipo la voluntad humana y de su eternamente renovada esperanza. Pues, después de todo, ¿qué son las idas y venidas de Larsen por una empresa obsoleta, por un almacén donde todo parece inútil y desvencijado? ¿No es acaso su balanceo desde la convicción monolítica a la ironía desengañada un reflejo de la vida de cualquiera de nosotros, de nuestros ingenuos propósitos de Año Nuevo, del dejaré de fumar, del iré al gimnasio tres veces por semana, del leeré la “Divina Comedia”, del simple tiraré por fin toda esa inconsistente masa de basura y cachivaches que se aloja en el trastero? Vuelvo a pensar ahora en el pasaje subrayado en la foto y adquiere un matiz que antes no había sabido ver: Larsen, ese ser casi siempre despreciable, es capaz de mirarnos a la cara y recordarnos que no somos tan distintos a él y, en ese sorpresivo deslumbramiento que siempre suponer descubrir que todos tenemos pequeñas miserias, que nuestros valores no siempre son tan fuertes como querríamos y que nuestra seguridad y control sobre la realidad tienen mucho de ilusión, quizá podamos encontrar algún sentido con el que seguir repensando la existencia. Probablemente, Onetti no estaría de acuerdo conmigo. Por suerte para él, nadie va a obligarle a leer mi blog.
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