sábado, 24 de diciembre de 2011

Prólogo - presentación para la antología - apertura del IV Encuentro de Verdes Escritores y Escritoras (Moguer, Octubre de 2011).


Ya que esto tiene que empezar de algún modo, empecemos por la imposibilidad de estar plenamente convencido sobre las propias posturas morales. Salvando unos cuantos universales y axiomas a partir de los cuales no se suele estar dispuesto a ceder, la mayoría de nuestras posturas éticas tienen una estabilidad ficticia, una estabilidad en la que necesitamos creer para salvaguardar el necesario equilibrio psicológico. Cualquiera que se detenga un momento a pensar en la evolución de su propio sistema de valores (me gusta más la palabra ideología pero ya se sabe que el abuso político que se ha hecho de este término le ha provocado un serio y triste desgaste), se dará cuenta en seguida del cambio que ha sufrido su modo de interpretación de la realidad a lo largo del desarrollo social y emocional que le ha llevado al momento en que vive. Y si esto no es así, probablemente, se deberá a que se está haciendo un análisis sesgado e incapaz de superar las barreras que impone la autocensura. A nadie extrañará que ahora afirme que este continuo proceso dinámico de la moral me parezca sano. Me explico. El cambio de postura en los modos de pensar, cuando puede justificarse, es síntoma, en el mejor de los casos, de una revisión, de un constante planteamiento de dudas y de la humildad de admitir que la forma en que se percibe el mundo puede estar equivocada. Aquellos que se declaran inmutables en su forma de pensar resultan, en ocasiones, sospechosos de no querer admitir que existen otras realidades mentales y justifican, de este modo, que se les atribuya una peligrosa falta de empatía. Se me podría decir que el cambio de posturas éticas no siempre está bien meditado y que se trata en muchas ocasiones de una simple sumisión a los contextos. Es cierto. Pero conviene recordar que éste es un proceso adaptativo y que, por muchos libros de metafísica que escribamos, seguimos siendo animales y seguiremos regidos por la darwiniana ley de la lucha por la supervivencia.
No quisiera detenerme mucho en este punto. Tan solo quisiera mostrar que esta disertación no pretende ser una doctrina (preferiría que se la tratara como un largo listado de imprecisiones) y, además, me gustaría tomarla como base para enlazar con aquella (ya) vieja idea tan manchada de postmodernismo, según la cual, el ser humano vive en un estado total de incertidumbre, no puede aferrarse a ninguna certeza y es normal ese sentimiento de estar desnudo frente la fría vacuidad del universo. Lo cierto es que, aunque vieja, esta idea corre el riesgo de convertirse en pandemia atendiendo a los tiempos en que vivimos. La famosa crisis (cuchillo) que nos atraviesa empezó por ser económica y, en estos momentos, parece que no hay un ámbito de la existencia humana que no esté en clara decadencia. La fe en el progreso, en la capacidad de mejora, en el trabajo por el bien común y el esfuerzo colectivo está en caída libre y, por ello, necesitamos que determinados conceptos, que hasta ahora se restringían a ámbitos concretos, extiendan su significado y ganen un mayor valor de uso. Entre esos conceptos, en mi opinión, está la sostenibilidad. Hemos escuchado hablar de desarrollo sostenible, de economía sostenible. Desde estas líneas, yo me atrevo a proponer una hermenéutica de lo sostenible o, mejor dicho, un modo sostenible de crear realidades e interpretarlas, que ayude a mantener el equilibrio mental incluso en estos tiempos. Después de estos rodeos, me siento ya seguro para hacer la afirmación que explica cuál es la relación de tanta retórica con el motivo que nos reúne en torno a este verde encuentro: la poesía es una forma sostenible de enfrentarse a la vida.
Volvamos por un momento al planteamiento de base postmoderna. Ante aquellos argumentos, fueron muchos los que, en su día, abogaron por la necesidad de crear un artificio, una ficción que hiciera habitable el mundo. No es necesario ser un firme defensor de estas filosofías para estar de acuerdo en la necesidad de sentar unas bases que reduzcan la incertidumbre. Sin embargo, al mismo tiempo, es innegable la dificultad a la que nos enfrentamos cuando pretendemos elaborar o defender sistemas de ideas que no perjudiquen o incapaciten a los demás o, llegando un poco más lejos, al resto de entornos que no nos son propios. Hasta una simple opinión es susceptible de provocar daños. Decía Cioran que solamente los desharrapados estaban libres de la culpa de no haber dañado a nadie. Sin necesidad de adoptar esta postura tan radical, pensemos por un momento en la figura del poeta en la actualidad, en la supervivencia de la poesía en el presente, ¿puede un género tan minoritario, tan reducido a la esfera de lo intelectual, causar algún tipo de daño? ¿Puede hacer la poesía algo que no sea construir aunque no se lo haya propuesto de forma explícita? Porque ya sea considerada como ficción o como un campo de lo creativo que no se circunscribe a la literatura, la poesía nos ofrece marcos de referencia, andamios sobre los que construir percepciones e interpretaciones sobre nuestra propia identidad, sobre el espacio sociocultural que habitamos, sobre la vida y todas sus cuestiones adyacentes. Este efecto es mayor si pensamos que la poesía no está concebida para ser explicada y que es cada lector el que tiene que poner en juego sus armas intelectuales cuando se enfrenta a un poema. En el proceso de apropiación psicológica de unos versos, la batalla siempre se gana desde el plano de la subjetividad y es esta circunstancia la que anula cualquier capacidad de adoctrinamiento. Por ello, toda poesía que pretenda imponer un discurso dominante está, antes o después, condenada al fracaso.
A estas alturas, no es importante el debate sobre las certezas. Si algo tenemos claro, es que necesitamos asideros para evitar una espiral de depresión y desesperanza colectivas. Y uno de los materiales con los que construirlos es la escritura y la lectura, la libertad con la que la imaginación discurre cuando pensamos en los poemas que se han cosido a nuestra piel, cuando fantaseamos sobre la cotidianidad de tantos hombres y mujeres que dedicaron años a escribir esos libros que nos fascinan. Y, así, identificamos en las famosas caídas de arquitecto de Vallejo esa angustia que nos oprime los domingos cuando anochece, aunque seamos conscientes de estar leyendo un himno escrito en tiempos de guerra. Nos sentimos como anónimos estudiantes cuando visitamos el aula de Baeza en la que Antonio Machado enseñaba francés y casi podemos ver su presencia mientras se quita el sombrero. Le pedimos a Cortázar en su tumba que nos obligue a gritar nuestro verdadero nombre. Paseamos por Rua dos Douradores con la convicción de poder fundirnos en la confederación de almas que llamamos Fernando Pessoa. Buscamos con un afán infantil la calle Aire con el estímulo de oír el rumor de una antigua fuente. Todo ello sin querer entrar en ciertos análisis en los que el limitado conocimiento de este prologuista acabaría resbalando. A modo de ejemplo, se podrían recordar las aportaciones que hace Andrés Sánchez Robayna en el epílogo de su libro En el cuerpo del mundo sobre la capacidad de restitución que la poesía tiene sobre la palabra. Como explica magistralmente el poeta insular, las fuerzas de presión dominantes a esfera internacional han conseguido desgastar el lenguaje, reducir la esfera semántica a un valor de mero intercambio. La palabra, reducida a mercancía, necesita una labor de recuperación en la que el poeta por oposición, por resistencia, por actitud crítica, debe tener un papel protagonista. Una vez, oí a un buen amigo decir que, después de todo, los poetas no somos más que gente corriente con un gusto especial por la exactitud en el uso de la palabra. Quizá éste sea un buen resumen.
En mi opinión, es esa red que para cada golpe, esa capacidad de interpretación de la vida que tiene el lenguaje poético, la más clara prueba del carácter sostenible de la poesía, es decir, de su poder para apuntalar las voluntades humanas. Con toda su artillería inofensiva, la palabra poética nos ofrece la sombra antes de desfallecer, nos ayuda a seguir recorriendo el camino haciéndonos conscientes de la existencia de una multitud de caminos distintos, nos susurra al oído que no somos más que cambio. Y, así, al comprender la vida como un trayecto, alcanzamos la certeza de saber que el paisaje ha de cambiar inevitablemente (nos guste o no nos guste), recordamos a Neruda en cada paso, pues sabemos que:

Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.


Enrique Zumalabe Ramblado,
uno de tantos.

viernes, 23 de diciembre de 2011

¡Qué agradable sería un mundo en el que no se permitiera a nadie operar en bolsa a menos que hubiese pasado un examen de economía y poesía griega, y en el que los políticos estuviesen obligados a tener un sólido conocimiento de la historia y de la novela moderna! Imagínese a un magnate enfrentado a la siguiente pregunta: "Si hubiera de establecer un monopolio triguero, ¿qué efectos tendría sobre la poesía alemana?"

Sobre el cinismo de la Juventud (1929)
Bertrand Russell

sábado, 17 de diciembre de 2011

El libro negro


Nunca pensé que un Pamuk fuera a suponerme tanto esfuerzo. Había pasado por Nieve, Otros colores y La casa del silencio con un placer extremo, deleitándome incluso en los fragmentos más oscuros e inmisericordes que todo buen escritor suele insertar en sus obras para quebrarnos un tanto la cabeza a sus fieles lectores. Y así era mi experiencia con el buen Orhan hasta que este verano, mes de julio, cuando apareció por Huelva mi amigo Miguel Mejía para pasar las vacaciones, pactamos un intercambio temporal de libros que incluía en mi lista de deberes El libro negro, una novela de la que había escuchado hablar mucho y muy bien. Todo empezó de forma adecuada y se desarrollaba dentro de mis previsiones. Otra vez Estambul, otra vez la tristeza y la vitalidad de un mundo que se debate entre su historia y tradiciones y el impulso contagioso la occidentalización. Otra vez las tensiones políticas y sociales, el microcosmos de la historia turca, el trasfondo de asesinatos políticos y golpes militares, la miseria de las calles como metáfora que insinúa la posibilidad de un destino. El libro negro es la historia de un abandono. Galip, un joven abogado, descubre una noche, tras volver del trabajo, que su mujer y prima Rüya le ha abandonado dejándole una breve carta de despedida. A partir de entonces, Galip destinará todo su tiempo a la búsqueda de Rüya y Celal, un familiar de ambos, columnista venerado y odiado a partes iguales, con quien sospecha que podría estar escondida su mujer. En la primera parte de la novela, la búsqueda de Galip es, a ratos, detectivesca y, en otros momentos, recuerda al Horacio Oliveira que, en Rayuela, busca con ansia a la Maga mientras atraviesa el Pont des Arts. En un viaje iniciático por Estambul, Galip busca indicios sobre el paradero de su mujer en burdeles, redacciones de periódicos, casas de amigos y desconocidos, cafés, tiendas, talleres de artesanía que dan acceso a túneles y estancias subterráneas. Salpicado de recuerdos de la infancia y entremezclado con las columnas del enigmático Celal, el relato va encerrándose progresivamente en la exposición de una serie de ideas sobre el enfrentamiento entre las culturas occidental y oriental y sobre la existencia de un posible misterio más allá de la realidad que se percibe. De hecho, en la segunda parte del libro, la narración se ve interrumpida tan secamente durante tal número de páginas, que uno empieza a sentir cierto hastío de recibir tanta información sobre el hurufismo, Mevlana, el misterio de los rostros, el origen de las letras, la posibilidad de identificar letras en las caras de todo ser humano y, por tanto, de leerlas... Se plantean varios dilemas interesantes, quizá el mismo debate analizado desde el polo de lo cultural y desde el polo de la identidad psicológica individual. Desde el primero, el debate es el que suele presentar Pamuk en sus libros, la eterna cuestión turca, el peso de Europa frente a la larga historia de la tradición otomana. Sucumbir o resistir, ¿es la occidentalización la solución a los problemas sociales y económicos del país o no es más que una manera de agravarlos? ¿Es posible un desarrollo social desde la defensa de unos valores propios y específicamente orientales? Más interesante, quizá, es el polo subjetivo de esta cuestión que se resume en el interrogante: ¿Cómo se puede ser uno mismo? Es más, ¿es posible ser uno mismo? ¿Es posible tener una voz propia y libre de todo tipo de influencias, un pensamiento original libre de la contaminación que pueda ejercer el pensamiento de cualquier otro? No quisiera aburrir con mis opiniones al respecto, pero ya se adivinará que no soy un entusiasta defensor de las grandes personalidades y que siento cierta debilidad por esas teorías que defienden la confederación de almas, el espíritu de los tiempos, la identidad personal y la sociocultural como narraciones construidas. Evidentemente, se ofrecen ideas extremadamente interesantes en el libro, anécdotas y referentes culturales que ilustran la maestría de Pamuk, historias que salen del hilo principal y enriquecen un relato que podría convertirse en ordinario de otra forma. El problema es que la acción, en determinado momento, se detiene hasta tal punto que uno empieza a sentir desinterés por lo que haya hecho o dejado de hacer la desconsiderada de Rüya. Paralelamente, uno también se plantea por qué dedica un tiempo tan excesivo Galip a cavilaciones que no le van a ayudar en su búsqueda, si lo que verdaderamente le preocupa es la desaparición de su mujer. Afortunadamente, resistí el impulso de abandonar la lectura de esta novela. No sabía que me esperaba un final dispuesto a satisfacer todas mis expectativas.

martes, 22 de noviembre de 2011

Desde la urgencia: mi primer contacto con la Sección Oficial del festival

Dejándome llevar por rumores, me estreno en la Sección Oficial del Festival con El rumor de las piedras, una película venezolana que narra la historia de una familia desestructurada que malvive en un suburbio de Caracas después de haber perdido prácticamente todo durante un terremoto. Con vocación de melodrama, la cinta se queda en un drama excesivo por su modo de narrar, que yo definiría como histriónico en la concepción de los personajes, con un simplismo en los estereotipos que pretende abusar del recurso a la lágrima fácil. Evidentemente, nada de esto resta un ápice de realismo a la historia, que, por otro lado, pero permite al espectador asistir a contextos a los que, nomalmente, el cine de canales comerciales o los productos industriales destinados a las sobremesas televisivas no les permite acceder. No se me olvida, sin embargo, que estamos en un festival y que, por tanto, el premio no debería basarse en las buenas intenciones o en otras variables que no sean la calidad de la película como obra artística. Y, en este sentido, espero que los rumores no sean ciertos y empiezo a pensar que debería elegir las películas segun mis propias intuiciones.

Desde la urgencia: el Festival de Cine Iberoamericano 2011

La semana en que se celebra el Festival de Cine Iberoamericano en Huelva es, probablemente, la mejor del año en esta ciudad. Siempre que vuelvo al Festival lo hago con urgencia, con prisa, como si toda la programación fuera a desvanecerse de repente si no puedo acudir a la película que he planeado. Camino con nervios y, al mismo tiempo, con esa seguridad de quien encontrará caras conocidas aunque todavía no sabe cuáles. Por eso, es una satisfacción saludar brevemente en la puerta, mantener conversaciones mínimas antes entrar en las salas, elegir con libertad la butaca en la que ver la película. Sí, ya sé que la escasez de público, que la mayoría invitaciones (yo pago mi entrada, que quede muy clarito); pero teniendo en cuenta que es lunes, noviembre, diez y media de la noche, si mis cálculos de unas veinte personas son acertados, la verdad es que no me parece una cifra tan baja. Cuestión de percepciones. Otro factor es la película. No venimos precisamente a consumir un atracón de efectos digitales en tresdé. La cinta es chilena y se llama Ulises. Y dibuja con con crudeza realista pero sin caer en el catastrofismo el retrato de un inmigrante peruano en Chile, de los largos silencios en los que se instala el desarraigo, de la incapacidad sentimental y erótica de quién tiene los ojos cegados por la niebla de otro tiempo pasado que no olvida, de otro escenario presente al que no asiste. En definitiva, mi primera incursión a esta edición de 2011 ha sido positiva. Habrá que seguir indagando estas ventanas.



miércoles, 16 de noviembre de 2011

Se ha hecho esperar demasiado

1997, Dario Fo. 1998, José Saramago. 1999, Günter Grass. 2000, Gao Xingjiang. 2001, V. S. Naipaul. 2002, Imre Kertés. 2003, J. M. Coetzee. 2004, Elfriede Jelinek. 2005, Harold Pinter . 2006, Orhan Pamuk. 2007, Doris Lessing. 2008, Jean – Marie Gustave Le Clézio. 2009, Hertha Müller. 2010, Mario Vargas Llosa. Una larga nómina de escritores en los que, salvo algún dramaturgo de pura cepa y dejando a un lado las excepcionales incursiones en otros géneros de autores como Saramago o Hertha Müller, lo que se estaba premiando básicamente era el arte de narrar y, en concreto, en la mayoría de las ocasiones, el oficio de novelista. Y, en 2011, después de quince años, al fin, los chicos de la Academia Sueca han decidido llevarme la contraria y han concedido el Premio Nobel a Tomas Tranströmer, un escritor que ha dedicado su vida a la poesía. Y digo esto porque, como sabéis los que me conocéis, siempre he aprovechado cualquier conversación sobre este galardón para soltar una de mis máximas: “El Nobel de Literatura parece haberse convertido en un RSS sobre narrativa”. Si la poesía, en sí misma, no goza de muchos lectores y, además, un premio tan importante como el Nobel que no necesita calcular un impacto comercial de sus decisiones, parece ignorarla durante tantos y tantos años, ¿qué futuro podemos esperar para este ámbito de la creación? Pero ése es otro debate y ahora toca manifestar la inmensa alegría que me embarga por el simple hecho del reconocimiento a la larga labor de un poeta. Alegría que se ve incrementada por algunos detalles que me hacen sentir una empatía imaginaria hacia el personaje, detalles relacionados con su vida personal. Estudió Psicología y la estuvo ejerciendo durante años en el ámbito penitenciario y eso de compartir la formación, aunque parezca una tontería, a uno le refuerza. Por otro lado, está esa extraña historia que ha trascendido desde que la noticia se hizo pública y, según la cual, Tranströmer sufrió un ictus en 1990 que le paralizó la mitad derecha del cuerpo y le produjo afasia, algo que no sería destacable si no hubiera escrito en 1974 los siguientes versos: “Entonces llega el derrame cerebral: parálisis en el lado derecho / con afasia, solo comprende frases cortas, dice palabras / inadecuadas”. No voy a mentiros. Hasta que se anunció el premio, este poeta sueco era un perfecto desconocido para mí y lo que sé de él en la actualidad es lo mismo que puede saber cualquiera, es decir, lo que se publicó durante aquellos días en los periódicos. Afortunadamente, hay medios de comunicación que parecen tomarse medianamente en serio la labor de información y promoción cultural y fueron varios los periódicos que como El País, a través de su página web, tuvieron el detalle de obsequiar a los interesados con un archivo pdf en el que se puede leer una pequeña selección de poemas del autor sueco pertenecientes a la antología Deshielo a mediodía, que ha visto la luz este mismo año en la Editorial Nórdica. En los poemas que he podido leer (y que podéis consultar si seguís el enlace), se descubren claramente las características que se han mencionado como tópicos sobre la poesía de Tranströmer. La fuerza impositiva de la naturaleza, la presencia innegable de la música, son los motores de unos poemas que parecen optar, desde mi punto de vista, por una yuxtaposición de imágenes profundamente líricas más que por la narración de una secuencia que tenga cierta verosimilitud con la experiencia humana. Tendré que seguir investigando. Hasta el momento, si tengo que citar algunos de sus versos, me quedo con estos:


La mitad muda de la música está aquí, como el olor

a resina anda en torno a ramas heridas por el rayo.

En cada hombre, un verano subterráneo.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Educación y sentimientos. Estos son mis dos grandes problemas y, a veces, resultan muy incapacitantes.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Literatura y actividad física.


De qué hablo cuando hablo de correr de Haruki Murakami fue editado en abril de 2010 en la Colección Andanzas de Tusquets Editores. En noviembre del mismo año, ya se había publicado una octava edición. Se trata de uno de esos libros que pertenecen a lo que, algún crítico con ganas de inventar una nueva etiqueta, podría denominar “género facebook”, es decir, uno de esos libros en los que el lector asiste con placer irreprimible a ciertos aspectos de la vida privada del escritor. El hombre que se encierra detrás del ilustre nombre, en una muestra de generosidad y agradecimiento, permite a sus lectores contrastar parte de la imagen que hemos construido de su personalidad con fragmentos de realidad seleccionados y, con toda probabilidad, estudiadamente edulcorados o salpicados de gotas de hiel. Se nos permite así sorprendernos de la distancia entre nuestras concepciones previas y las parcelas de realidad que se nos ofrecen, así como se nos potencia nuestra capacidad de seguir atribuyendo de manera infundada características idealizadoras sobre el personaje al que denominamos, en este caso, Haruki Murakami. Y, así, como quien bucea en el muro o los álbumes de fotos de uno de esos amigos virtuales que no conoce muy bien, nos dejamos llevar por la curiosidad de saber que el reputado novelista japonés regentaba un club de jazz, que lo dejó para escribir después del inusitado éxito de su primer libro, que ya no fuma y su consumo de alcohol se ha ido reduciendo al mismo ritmo que aumentaba su consumo de vegetales, que entrena todos los días durante una hora como mínimo, que participa en competiciones de maratón o triatlón todos los años, que ha vivido durante largos periodos de tiempo a caballo entre Tokio y Cambridge, que adora correr por los caminos de la ribera del río Charles, que es un entusiasta aficionado a la cerveza.
El libro, según el propio autor, fue concebido, y así debe entenderse, como unas memorias escritas en torno al hecho de correr, motivadas por la capacidad de contemplación filosófica que surge de cualquier acto realizado a diario por trivial que parezca. Murakami se posiciona claramente desde el prefacio del libro al que bautiza con el título “El sufrimiento como opción” y esta postura encaja a la perfección con su condición de corredor de fondo y con las verdades evidentes que va desgranando a medida que avanza la lectura. La disciplina del deportista, pero sobre todo, la del corredor de larga distancia se traduce la lucha contra uno mismo, contra un cuerpo que solo entiende los mensajes cuando van acompañados de cierta dosis de sufrimiento y, de forma inevitable, supone la aceptación de la eficacia con la que el tiempo es capaz de realizar su trabajo para ir convirtiendo la juventud y la plenitud de fuerzas en un progresivo declive físico. Y la mejor manera de asumir esta derrota se nos desvela al final del sexto capítulo: “a quienes tienen la suerte de librarse de morir jóvenes, se les privilegia con el preciado derecho de ir envejeciendo. Les aguarda el honor de su progresiva decadencia física. Hay que aceptar este hecho y acostumbrarse a él.
A mi entender, para el aficionado a la literatura, la parte más interesante del libro está en la relación que se establece entre la escritura y la actividad física. Desde el punto de vista del novelista japonés, escribir tiene como consecuencia inevitable la liberación de un veneno que es necesario canalizar de alguna forma. Por ello, se muestra comprensivo con esos autores que necesitan recurrir a una vida caótica y entregada al abuso del alcohol. Sin embargo, su método para eliminar el veneno está en la disciplina de correr cada día y buscar el límite físico de su cuerpo. Por ello, no es extraño que el cuarto capítulo del libro se llame “La mayoría de los métodos que conozco para escribir novelas los he aprendido corriendo cada mañana”. En él, se analizan las cualidades imprescindibles para el buen novelista: talento, capacidad de concentración y constancia. El talento es caprichoso, no depende de la voluntad del que escribe y no puede entrenarse. La capacidad de concentración y la constancia, en cambio, sí pueden mejorarse a lo largo del tiempo y, por ello, el oficio de novelista se concibe como una labor física. Sin duda, con talento se puede conseguir una capacidad de concentración y una constancia adecuadas casi sin esfuerzos. El problema es que, salvo en esos escasos genios cuyo caudal es inagotable, el talento también se ve afectado por la edad y, al igual que en plano deportivo, las actividades que se desarrollaban sin problemas con quince años, no son tan fáciles de ejecutar cuando se llega a los treinta. Es ahí cuando entra en juego la madurez personal. A pesar de ello, no se puede decir que ésta sea el único camino que puede seguir la carrera de un novelista. En ocasiones, son el entrenamiento en capacidad de concentración y la constancia los que acaban por facilitar el brote de talento que permanecía escondido hasta entonces.
No quiero extenderme mucho más y, por ello, termino recomendado la lectura de este libro, en el que Murakami nos ofrece unas reglas que ha aprendido a partir de su propia experiencia y nos advierte de que, posiblemente, no resulten de mucha utilidad para quien las lee. Sin embargo, él mismo nos recuerda ya llegando al final que: “a menudo, las cosas verdaderamente valiosas son aquellas que se consiguen mediante tareas y actividades de escasa utilidad”.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Acerca de ¡Indignaos!


Cuando cursaba los estudios de la Licenciatura de Psicología en la Universidad de Sevilla entre los años 1998 y 2003, en la casi totalidad de las asignaturas que formaban el plan de estudios había un primer tema de carácter introductorio en el que se nos ofrecía una visión general de aquellos insignes pensadores que habían tenido una aportación decisiva en la historia de la disciplina: Wundt, Watson, Pavlov, Skinner, Freud, Bandura, Vygotski, Piaget... Recuerdo que, llegado el periodo de exámenes, y con la prisa habitual de los estudiantes, mi amigo Alejandro Barragán Felipe se desesperaba mientras leía aquellas primeras páginas del temario y exclamaba: “¡Dime algo que no sepa!” Espero que esto no se entienda como un comentario malintencionado, pero esta fue mi sensación constante cuando empecé a leer el famosísimo libro de Stéphane Hessel ¡Indignaos! (Destino, Colección Imago mundi, volumen 195). Comienza el libro sin esconder su propósito, afirmando que las conquistas sociales adquiridas como consecuencia del modelo del Estado del Bienestar que se intentó generalizar después de la Segunda Guerra Mundial están en riesgo de desaparición. Y ya, desde el primer capítulo, se alude a un hecho tan triste como difícilmente evitable: “Una verdadera democracia necesita una prensa independiente. (…) Sin embargo, esto es precisamente lo que a día de hoy está en peligro.” Y yo me pregunto ¿cómo puede ser independiente una prensa que solo puede sobrevivir a costa de la publicidad o de las subvenciones públicas que dependen de las decisiones de unos burócratas con carné de afiliados? A continuación, vuelve Hessel a ofrecernos otras dos verdades que deberían ser sobradamente conocidas por cualquiera. Primera: en ningún periodo de la Historia había sido tan importante la distancia entre ricos y pobres. Segunda: el ser humano tiene a la responsabilidad como una obligación y no puede delegar en entelequias como Dios o el Estado. Desde aquí, parte el discurso de la indignación frente a la indiferencia, etiquetada como la peor de las actitudes, por lo que supone de asunción de la derrota y, por tanto, abandono del compromiso. Brevísima, pero muy gratificante, es la parada que se hace para señalar el caso de Palestina. Como bien apunta el autor: “Que los propios judíos puedan perpetrar crímenes de guerra es insoportable. Desafortunadamente, la historia da pocos ejemplos de pueblos que saquen lecciones de su propia historia.” Aunque muchos no quieran entenderlo, no se está defendiendo al terrorismo cuando se afirma que es comprensible el desencadenamiento de una respuesta violenta en el seno de un pueblo que está ocupado con medios militares que le superan con creces. De hecho, la postura que defiende es muy clara: la violencia es la negación de la esperanza. Hay que tomar conciencia de la ineficacia de las acciones violentas, armarnos de paciencia y confianza en la negociación, mostrar indignación antes la violación de los derechos. Al final del libro, se subraya el retroceso que ha sufrido el mundo durante la primera década del siglo XXI. Los atentados del 11 de septiembre, la errónea respuesta militar de Estados Unidos, la crisis económica a la que nos hemos visto abocados, la insoportable situación medioambiental. Y, sin embargo, seguimos sumidos en el mismo pensamiento productivista, en las mismas políticas que nos han llevado al punto en el que estamos. Por ello, Hessel cierra su ensayo con un llamada a los más jóvenes, a aquellos que regirán los destinos del mundo en un futuro cercano, a liderar una insurrección pacífica, advirtiéndoles de los peligros de los medios de comunicación de masas y su desprecio por la cultura, su fomento del consumismo, su tendencia a la amnesia y a la competitividad desenfrenada. Acabé el libro con mi habitual impaciencia para volcarme sobre el siguiente y, durante esos pequeños instantes en los que disfrutaba fugazmente de la idea de no estar leyendo nada en concreto (como si no tuviera ya decidido y a mano el siguiente), pensé en el acierto de esta llamada a la indignación y en el prejuicio que me cegaba en los primeros momentos. Y, entonces, me di cuenta de las veces que me habré planteado las razones del escaso compromiso social de la juventud en la actualidad, de las veces que habré discutido con amigos la existencia de un vacío editorial con respecto a libros que sean capaces de adaptarse al modo de razonamiento de los más jóvenes y a su lenguaje que huye de complicaciones. Y, entonces, solo entonces me di cuenta de la necesidad de escribir y publicar más libros como ¡Indignaos!

jueves, 13 de octubre de 2011

Mujeres y días

Fue mi amigo Manuel Sánchez Hernández quien me recomendó, hace ya un buen puñado de años, la poesía de Gabriel Ferrater y, por consiguiente, el libro Mujeres y Días, una excelente muestra de la obra del reusense que decidió no vivir más allá de los cincuenta. El libro cayó en mis manos mucho tiempo después. Probablemente, algún comentario hice en presencia de mi madre, que se apuntó el título para agradarme en alguno de mis cumpleaños y así fue cómo empezó la larga siesta que el volumen pasó en alguna de mis estanterías, con breves y bruscos despertares en los que le recordaba que se trataba de una de mis prioridades en materia de poesía, pero que, todavía, no encontraba el momento ni la tranquilidad suficiente para abordarlo. Este verano, al fin, comprendí que no podía seguir haciendo esperar a una promesa de placer intelectual. Y, desde luego, la lectura de Mujeres y Días no defrauda en ningún momento, empezando por las cuarenta y seis páginas de prólogo de Arthur Terry que lo encabezan. Estaba sediento de lo que llamamos poesía de la experiencia, de esa forma de concebir la poesía que, desde un exquisito dominio del ritmo y la métrica, nos regala inmensas porciones de vida real, del rutinario paso de los días y de su capacidad para construir un universo reflexivo que proporcione cierta seguridad, una hogar identitario en el que pasar las frías noches del invierno emocional. Ya el prologuista nos advierte desde el comienzo lo poco apropiado que sería hablar de Ferrater como un escritor que ha sido capaz de inventar su propio mundo y añade de forma certera: “A esto podríamos contestar que el único mundo que queremos es éste en el que vivimos, y, por consiguiente, que lo que esperamos de un poeta es que escriba unos cuantos poemas buenos sobre este mundo”. Es evidente el tipo de poeta ante el que estamos, capaz de hablar sobre la Guerra Civil a través de la anécdota de una excursión en bicicleta al campo, que se detiene en las dudas del amor cuando describe el miedo a los soldados, que entiende la verdadera naturaleza del desengaño como una mutilación. Es difícil hacer un repaso exhaustivo sobre todos los poemas memorables que el libro encierra, pero no me resisto a glosar unos cuantos que me han atravesado la piel y se han quedado alojados entre mis órganos. Uno de ellos es el extenso In memoriam, cuyo comienzo es casi un manifiesto:


Al estallar la guerra, yo tenía

catorce años y dos meses. Poco

pensé en ella al principio. Andaba a vueltas

con algo que me sigue pareciendo

más importante. Había descubierto

Les fleurs du mal, lo que es como decir

la poesía, ciertamente, pero

hay algo más -no sé que nombre darle-

y es lo que importa. ¿Rebeldía? No.”


Por otro lado, son varios los textos que se detienen en el aspecto íntimo y temeroso del amor, en ese terreno resbaladizo que está detrás del estremecimiento de la carne o, más allá, en esa etapa en la que los verbos del discurso afectivo solo ofrecen su aspecto de pretérito imperfecto. El mutilado es un buen ejemplo de esa forma de construir una estética del desamor, un poema que recurre a la despersonalización como única defensa del abandonado y que emprende una desesperada huida hacia la complicidad con la mujer perdida a través de una premeditada tercera persona del singular. Pero, además, Ferrater nos ofrece una poética sobre esos instantes que suceden al amor carnal, ese territorio imprevisto en el que fluye el pensamiento y que tantos quieren resumir en un cigarro. A mi entender, el mejor de estos poemas es Ídolos, que a continuación os escribo y con el que termino. Ya sé que esto no se parece en nada a una buena reseña y yo no pretendo que lo sea, como tampoco pretendo seguir fabricando expectativas sobre un libro que no necesita quien lo defienda. Os dejo con Don Gabriel y cada cual que piense lo que quiera:


Entonces, cuando yacíamos

abrazados frente a la ventana

abierta al desmonte de olivos (dos

semillas desnudas dentro de un fruto que el verano

ha abierto violento, y que se llena

de aire) no teníamos recuerdos. Éramos

el recuerdo que tenemos ahora. Éramos

esta imagen. Ídolos de nosotros

para la fe sumisa de después.

miércoles, 10 de agosto de 2011

El lujo de la cotidianidad

Supongo que esta prolongada y desquiciante crisis económica y política que vivimos tiene, al menos, la virtud de acentuar el valor de las pequeñas cosas. Durante este verano, he descubierto que caminar despreocupadamente con mi padre por la playa sumidos en nuestras conversaciones habituales es un auténtico privilegio. No quiero transmitir una imagen errónea de estos paseos. Evidentemente, mi padre y yo hablamos mucho durante las casi dos horas que empleamos en esta actividad física. Sin embargo, no se trata de esas charlas incesantes y que se enlazan en una cadena infinita. Para nada. Quizá la mayor satisfacción de estos momentos es que las múltiples y desconectadas conversaciones están separadas por salpicados silencios. Unos silencios que (quiero pensar) nacen de la comodidad y el buen entendimiento que hemos conseguido, al fin, después de muchos años. El guion de los temas que abordamos suele ser siempre el mismo. Es imprescindible el repaso a las últimas novedades en el mundo del fútbol, más concretamente, de nuestro equipo y, aunque los dos sabemos que nos dejamos llevar por las pasiones de una mala telenovela, ya se sabe que el fútbol es, básicamente, un sentimiento y, a sentimentales, a ver quién es el listo que nos gana a Enrique Zumalabe padre y a Enriquito Zumalabe hijo. Normalmente, la siguiente fase es una zona mixta en la que yo suelo pedir a mi padre que me detalle alguna historia de uno de sus muchos amigos, por lo general triste, que mi madre me ha mencionado y sin duda él conoce mejor. De la misma forma, mi padre me pregunta por aquéllos de mis amigos que mejor conoce, encontró trabajo por fin, cómo le pusieron al niño, sigue viviendo en Madrid y, en definitiva, la vida que avanza sin freno aunque la luz que baña el paisaje en ese instante parezca eterna. Pero lo que más me gusta es lo que viene después, cuando tomando cualquier excusa, a partir de una noticia de actualidad o de una observación curiosa pero intrascendente, le pregunto o él me habla sin necesidad de preguntarle sobre aquella Huelva tan distinta en la que pasó su juventud. Me encantan las historietas que me cuenta sobre aquel tiempo y creo que es la verdadera Historia de la ciudad la que se cuece en las voces y los ambientes ya perdidos que mi padre evoca. Y me habla de la gran cantidad de cines y de sus correspondientes cines de verano que había en Huelva y es capaz de recordar en cuáles de ellos vio esos clásicos en blanco y negro que ahora algunos veneramos desde la soledad de nuestras casas. Me habla de las miserias morales de la dictadura y me detalla cómo un conocido miembro de las fuerzas de seguridad del estado de nuestra ciudad tenía un infalible método para conseguir que los detenidos hablaran en los interrogatorios. Volcaba en el suelo un saco de garbanzos y obligaba al detenido a andar de rodillas hasta que “cantaba”. Y me habla de la antigua Pescadería, del Quitasueño y de una vida que ya solo existe en la memoria colectiva de una generación que envejece y que quizá debiéramos preocuparnos por preservar, en todos sus pequeños detalles. Porque, en esta situación que vivimos, nos quedan pocos consuelos o pocos argumentos que sepan funcionar como consuelo. Porque, probablemente, uno de esos escasos consuelos con los que contamos está en los pequeños placeres que nos ofrece un día cualquiera, así como en nuestra capacidad de contarnos historias tristes o felices para descubrir que la esencia de la vida permanece inalterable al paso de las generaciones. Porque frente a la angustia que produce la riada de pesimismo global que nos rodea, nos queda (me queda, al menos) la posibilidad de refugiarnos en el lujo de la cotidianidad.

martes, 28 de junio de 2011

¿Poesía de la experiencia?

Tiene razón Arthur Terry cuando afirma, en el prólogo a Mujeres y días de Gabriel Ferrater, que todo buen poeta es, en sí mismo, un poeta de la experiencia. ¿De dónde puede nacer el impulso a la creación poética, la erotización de la palabra (por citar a Octavio Paz), si no es de la propia experiencia, del largo proceso de construcción de una identidad personal? Sea cual sea la tendencia en la que se enmarque determinada obra poética, siempre habrá nacido de una trayectoria vital, de una suerte de azares no controlables, de decisiones conscientes e inconscientes que nos llevan a determinados libros y nos alejan de otros, es decir, de vivir y construirse un paisaje a partir de los materiales que uno encuentra en su devenir diario. El problema es que hemos creado una etiqueta y con la etiqueta un estereotipo, que se asocia con demasiada frecuencia a los excesos cometidos por una serie de poetas que, supongo, no hace falta citar. Y, así, se explica el inmediato rechazo que suele suscitar la expresión “poeta de la experiencia” entre quienes la reciben como crítica malintencionada o como halago a su forma de escribir.

En cuanto a los poemas de Ferrater, me están traicionando las dichosas expectativas.

jueves, 23 de junio de 2011

Viaje a Extremadura. Cuarta etapa: Cáceres - Jerez de los Caballeros - Huelva, lunes 2 de mayo.

Me despierto. Estimo que deben ser las diez de la mañana y, según parece, el día debe estar muy oscuro. Es extraño haber dormido de un tirón. Últimamente, no es lo habitual. Decido permanecer un rato más en la cama hasta que oiga algo que me indique que los demás se han levantado. No quisiera ser yo el motivo por el que se priven de un rato más de sueño. Pasa el tiempo. Empieza a resultarme raro no oír nada. A tientas, encuentro el móvil y me llevo una sorpresita. Son las 3:57 y estoy totalmente despejado.

Agobio. Me siento desbordado, inundado más bien, por la biología. Intento ponerme a escribir. No puedo. Intento ponerme a leer. No puedo. Opto por apagar la luz y escuchar la radio. Para ello, primero tengo que resintonizar las emisoras. Me entretengo con La hora de los detectives de Si amanece, nos vamos. Escucho la primicia justo en el momento en el que empieza a difundirse: el ejército estadounidense ha matado a Bin Laden. Pasan de las seis cuando empiezo a quedarme dormido.

Abro los ojos. Escucho pasos en la escalera y hay mucha más luz (aunque tenga un cierto tono grisáceo). Ahora sí deben ser las 10 o las 11. En efecto, me levanto y, a partir de este momento, todo empieza a convertirse en viaje de vuelta. Me visto y recojo la ropa. Bajo a tomar un café. Vuelvo a subir y recojo el resto de mi equipaje: la cámara, el libro de Pamuk (que he traído para nada), el cepillo de dientes, el cargador del móvil... Salimos de Cáceres pasadas las 12 y llegamos a Jerez de los Caballeros antes de las 14.

Comemos en la casa de campo que tienen los padres de Manolo a las afueras del pueblo. Más que una casa, desde fuera, parece uno de esos pequeños hoteles rurales perdido en medio del bosque y que derrocha encanto. Tiene huerta, animales, piscina y una terraza inolvidable. El menú es una apuesta segura: magro con tomate y unos huevos fritos con prueba de chorizo. La enorme diferencia entre el vivo color de las yemas de los huevos que me dispongo a comer y la casi neutralidad de los que compro normalmente en Huelva me hacen reflexionar sobre las ventajas de vivir en en pueblo. Ya en casa de Manolo y Susana, procedemos a disfrutar del postre: una tarta de galletas con una cubierta de chocolate espeso que me parece insuperable. Sobre las 16:00, me monto en el coche y conduzco hasta Huelva sin descanso. Solamente yo conozco el motivo de tanta prisa y la verdad es que no lo voy a contar.

sábado, 4 de junio de 2011

Viaje a Extremadura. Tercera etapa: Feria Nacional del Queso de Trujillo, domingo 1 de mayo.

Diez de la mañana. Sorprendentemente, no tengo resaca. Se puede intuir un día espléndido detrás de las persianas. Recuerdo que ayer llegamos más tarde y más borrachos de lo previsto y temo que los demás descarten la prevista visita a la Feria del Queso. Me levanto, me visto, hago la cama. El agua fría en la cara termina de confirmarme el buen estado de mi conciencia. Bajo al salón y me doy cuenta de que el resto de la gente sigue apurando un rato más de sueño. Me siento a garabatear el cuaderno con una facilidad que no recuerdo haber tenido desde hace años.

Poco a poco, la casa se va despertando. Me alegro de saber que el plan de la Feria del Queso se mantiene. Al menos, para Susana, para Manolo y para mí. Dani, en cambio, decide pasar el día con Guada porque las heridas en el pie no han mejorado lo suficiente. Es extraño pero no siento nada de hambre, cuando lo habitual, por las mañanas, es que no pueda pasar sin el desayuno. Decido tomar un café mientras espero para la ducha. Una vez que termino con los preparativos para volver a salir, espero a los demás hablando con Dani y haciendo algunas fotos a Rulo y a la casa.


Salimos a media mañana hacia Trujillo. Dejamos el coche a la entrada, pues los accesos al centro están limitados a los residentes con motivo de la Feria. Todo Trujillo invita desde el principio a dejarse invitar por el optimismo y la despreocupación. Al llegar a la Plaza Mayor (cuya majestuosidad está medio oculta por el gentío y los expositores), el primer y más importante cometido es comprar los tickets que se canjean por comida y bebida en los stands. Los tickets para el queso y la bebida están diferenciados. En ambos casos, cada ticket cuesta 50 céntimos. En cuanto a la comida, un ticket se canjea por un trozo, taco o lámina de queso sobre una rebanada de pan (o por una rebanada de pan untado con crema de queso). En cuanto a la bebida, un ticket se puede canjear por un vaso (tipo chupito) de vino joven (cosecha). Si se prefiere un vino de mayor calidad, un crianza por ejemplo, el vasito cuesta 2 tickets, es decir, un euro. El resto de bebidas tiene otros precios. La única cerveza que se sirve, Monasterio de Yuste, y el tinto de verano cuestan en los stands que vamos visitando 2,50 €, lo que supone pagar por ellos un total de 5 tickets. Por suerte, el problema de la bebida se arregla con facilidad cuando encontramos el stand de una quesería extremeña que vendía Rey de Reyes (un vino de pitarra que me encanta) a 2 € la botella de 75 cl.

Es difícil transmitir la experiencia que supone para un aficionado al queso esta feria, en la que puedes degustar género procedente de toda España y Portugal. Como se puede imaginar, la mayoría de los stands son de queserías extremeñas, pero aún así la variedad es inabarcable. Por cierto, si a alguien le queda alguna duda, la respuesta es sí: se pasar un día entero comiendo única y exclusivamente queso. Pruebo quesos extremeños, portugueses, manchegos, gallegos y asturianos. Creo que lo que más me sorprende es la crema de Cabrales con aceite de oliva, pero cometo el error de no comprarla.

También se me hace muy difícil transmitir la sensación de felicidad y plenitud que siento durante estas horas. Ese agradable y raro ambiente mental que mezcla la convicción de no poder estar en mejor lugar y circunstancia y, al mismo tiempo, no poder dejar de echar de menos a personas concretas o pensar en cuánto disfrutarían algunos de mis amigos en esta Feria, en un fin de semana como éste. Todo es positivo. El teléfono se encarga de seguir dándome alegrías.

Después de un breve descanso, empezamos la ronda por los stands para comprar los quesos que más nos han gustado. En total, son ocho las variedades que elegimos, varios de ellos galardonados con el primer premio que otorga la Feria. Son quesos de vaca, de oveja y de cabra y, en su mayoría, de procedencia extremeña y portuguesa, aunque no puedo evitar comprar una cuña de Cabrales clásico.

Cuando parece que la tarde no puede ofrecer más sorpresas, decidimos visitar el stand de una quesería que pertenece a una familia en la que Manolo y Susana tienen conocidos. Nos reciben de una manera tan cordial que parece que uno deja de estar en una feria de muestras para entrar en casas de unos viejos amigos. Nos invitan a su espléndido queso y a vino, nos regalan tickets para que sigamos consumiendo, hablamos largamente con unos y otros dando saltos entre distintos temas. Entonces conozco a don Ignacio Plaza, un jiennense de nacimiento y extremeño de adopción. Este señor se puede permitir a sus 95 años estudiar historia en la UNED. Además, es aficionado a escribir y se financia la autoedición de sus propios libros. Paso unos minutos embelesado con su conversación fluida. Se muestra interesado por lo que escribo y me dice que pueden leerse algunos de sus textos en internet. Por si fuera poco, me regala uno de sus libros de poemas, Caminando, y me lo dedica. Le doy las gracias con sinceridad varias veces y le aseguro que el sábado siguiente en la tertulia del New Classic se va a estar hablando sobre él.

Pasar a saludar a esta familia cambia todos los planes de repente y, según parece, la sección más joven insiste en que les acompañemos a la discoteca del pueblo (abierta a una hora tan atípica a causa de la Feria) a tomar la última antes de irnos. La experiencia merece la pena. Una lástima que se agote, precisamente en ese momento, la memoria de la tarjeta de mi cámara de fotos. Tiro del Ipod, pero no es lo mismo. La discoteca está ubicada en un inmenso edificio antiguo de dos plantas cercano a la plaza. En la superior, se puede acceder a una zona de terrazas y jardines desde la que se obtiene una panorámica preciosista del pueblo, que se ve multiplicada por el efecto del esplendor y la posterior caída de la tarde. Al llegar, me siento a observar el ambiente, cómo la multitud va derrochando optimismo y diversión a cada paso. Empiezo a quedarme dormido. Voy a la barra y me encuentro con la decepcionante certeza de que no sirven café. Tengo que recurrir a una de esas despreciables bebidas energéticas para aguantar lo que me queda de tarde. Vuelvo al lugar donde están los demás y me doy cuenta de que debo ponerme a hablar con quien sea y salir de mi estado de ostracismo. Afortunadamente, consigo entablar conversación con la pareja que nos ha traído a la discoteca y (nueva sorpresa) me dicen que son de Los Santos de Maimona. Tengo buenos recuerdos de Los Santos. Rápidamente, me lanzo a hablar sin parar de las dos veces que estuve disfrutando de la Feria de Agosto y doy algunos de los nombres de la gente que allí conocí. Me impresiona comprobar la brecha generacional que puede abrirse entre personas se llevan apenas diez años. Según parece, ya no existe la Feria de Agosto, ya no se hacen los botellones en la fuente del Espantaburros y, los más sorprendente, en un pueblo que no llega a los 9000 habitantes ninguno de los nombres que les cito, les resulta conocido. Mientras hablo sobre el pueblo, evoco constantes imágenes asociadas a muy buenos momentos de los 5 ó 6 días, repartidos en dos veranos diferentes, que he pasado allí.

Con la caída de la tarde, decidimos volver a Cáceres. Al llegar, pasamos junto al centro penitenciario Cáceres – 2. Desde el coche tomo 11 fotos, esperando que alguna de ellas capte la magia de un guiño al magnífico estribillo de Jesucristo García. Estúpida esperanza. Esto es una cárcel y, en las cárceles, el concepto magia del momento no tiene jurisdicción. Cuando llegamos, ya teníamos el pensamiento orientado a planificar la cena. Después de hablar entre todos, decidimos que Manolo, Dani y yo, vamos a acercarnos a La Tarama a por unos bocadillos para comer en casa. Y está claro que, estando en La Tarama, no íbamos a esperar con las manos vacías. Así, que no nos quedó mas remedio que acudir a uno de esos lotes litro de cerveza más ración. Volvemos a casa con los bocadillos, cenamos rápido y casi sin hablar. Nos sentamos en los sofás a ver Thelma y Louis. Al cabo de unos veinte minutos, me descubro luchando contra el peso de mis párpados y comprendo que debería acostarme.

jueves, 2 de junio de 2011

La casa del silencio

Ayer terminé de leer La casa del silencio y la verdad es que ya no me sorprende la enorme calidad literaria de los libros que escribe Orhan Pamuk. Sería improductivo que intentara esbozar un análisis detallado de su prosa porque no me siento capacitado para llevarlo a cabo. Y lo cierto es que un listado de elogios sobre su habilidad narrativa se me antoja insuficiente, sobre todo, para los receptores de estas palabras, que tan acostumbrados están a mi forma de ensalzar la mayoría de los libros acerca de los que escribo. Prefiero, por eso, en esta ocasión, y arriesgándome a que se me acuse de destripar el libro, pasar por encima de círculos los de la admiración y centrarme en la obra. La casa del silencio es una novela coral, en la que asistimos a la historia de una red tejida en torno a tres generaciones de personajes unidos por escabrosos lazos familiares. A través de las primeras personas y la subjetividad de cinco identidades, se da cuenta de historias pasadas y presentes que giran en torno a una casa situada en una zona de veraneo no muy lejos de Estambul. Cada capítulo está contado desde el filtro de un personaje distinto, siendo un total de cinco los narradores. Fatma, la única voz femenina, es una anciana atormentada y la dueña de la casa. Recep es un criado enano, que cuida a Fatma con una dedicación exagerada y soporta su desdén. Faruk es el mayor de los nietos de Fatma, alcohólico y afectado de una obesidad mórbida, historiador que ha perdido la ilusión por su carrera. Metin es el menor de los nietos y está obsesionado con huir a Estados Unidos y dejar atrás Turquía. Hasan, por último, es el sobrino de Recep y está perdido entre la ensoñación, el delirio y una ideología fundamentalista. Con sus altos y sus bajos, la novela es capaz de entrelazar la intrahistoria de un núcleo familiar amplio salpicado de adulterio, alcoholismo, matrimonios disfuncionales y vidas frustradas, con la Historia de su país y el análisis de los problemas que laten en la sociedad turca. Desde mi punto de vista, es ésta la mayor virtud de Orhan Pamuk. Nadie duda ya que un buen novelista debe ser capaz de delinear biografías e identidades para cumplir con el criterio de calidad fundamental de una narración, la verosimilitud. Pero su capacidad de dar cabida, al mismo tiempo, en sus páginas al conjunto de relaciones sociales y culturales del tiempo histórico en que transcurre la acción es una habilidad que no se aprecia con la misma intensidad en todos los novelistas. Quizá, más que una destreza o una demostración de virtuosismo, se trata de la confesión de un desasosiego, una puerta que se deja abierta al lector para entregarle parte de las preocupaciones intelectuales que obsesionan al autor. Pamuk nos permite de esta manera conocerle un poco, no se esconde bajo la máscara de las historias personales. Al contrario, al situarlas en un contexto político bien definido, nos permite tener la ilusoria sensación de haber estado dialogando más que leyendo, como si no fuéramos únicamente receptores de su libro. Probablemente, por esto me gusta tanto Pamuk, el Cortázar de Libro de Manuel, el Delibes de Cinco horas con Mario y de Los santos Inocentes.

jueves, 26 de mayo de 2011

Feria del Libro 2011

Escribo esta tarde con el único motivo de celebrar el regreso de la Feria del Libro de Huelva a la Plaza de las Monjas, centro estratégico de la vida comercial de la ciudad y su lugar natural, a pesar de que las malas decisiones de los últimos años la hayan arrastrado a un exilio que iba relegándola a un papel cada vez más secundario. Se puede decir que hay que pensar en los ciudadanos que no viven en el centro, se puede alegar que aquellos que tengan un verdadero interés en la lectura acabarán por acudir independientemente de su emplazamiento, se pueden dar razones hasta el aburrimiento para defender (casi) cualquier cosa. Pero está bastante claro que, en este caso concreto, defender una Feria del Libro en cualquier otro lugar que no sea la Plaza de las Monjas es autoengañarse o pretender engañar. Cualquier iniciativa que vaya destinada a la promoción y el aumento del consumo de un producto tiene que estar ubicada en un lugar con un gran tránsito de ciudadanos y, especialmente, de ciudadanos que se pasean con la predisposición de consumir, en este caso, comprar. Porque no debemos perder de vista que la lectura es un hábito que es necesario promocionar, que los protagonistas de la feria deben ser los libreros y que los libreros viven, comen, de la venta de libros. Si esta circunstancia es tan importante en la celebración de una feria del libro en cualquier ciudad de mayor tamaño, en una ciudad como Huelva se hace decisiva. Como todos sabemos, en las ciudades pequeñas, todo suele estar centralizado en torno a una determinada zona en la que conviven el ayuntamiento junto a la mayoría de instituciones públicas, algunos de los edificios más antiguos y emblemáticos y, por supuesto, una red de calles peatonales donde abundan los locales comerciales (al recordar este tipo de cosas uno no sabe si sentirse tonto o si corre el riesgo de que se sientan tontos los demás). Cualquiera que conozca Huelva, tendrá claro que el lugar natural del evento debe ser, por tanto, el que se ha elegido este año. Los años en los que la Feria del Libro ha sido llevada hasta el mismo límite en que se acaba la ciudad no solo han sido un fracaso económico para los libreros, además, han demostrado que el Ayuntamiento no tiene ningún interés en ofrecer una feria de calidad. Lo siento mucho si suena duro, pero es así. Evidentemente, la recuperación de su hábitat, no es la única tarea pendiente y esta celebración anual corre el riesgo de acabar desapareciendo si no conseguimos que vuelvan a ella algunas de las librerías más importantes de la ciudad que, según parece, tienen un mayor beneficio económico ausentándose. Está claro que una programación de visitas de escritores con mayor gancho y capacidad de promoción tendría como efecto inmediato una mejora en la presencia de público y, como consecuencia, un aumento de las ventas. Hace un par de días escuché a mi amigo José Manuel Alfaro decir que el problema de la Feria del Libro en nuestra ciudad es, precisamente, que la organiza el Ayuntamiento y no el propio sector librero como colectivo o asociación. Después de la experiencia de los últimos años, sería muy positivo que esta situación se invirtiera y fueran los propios libreros quienes tomaran la rienda de esta parcela de la promoción de la cultura.

martes, 24 de mayo de 2011

Traicionándome

En estas calles,
se dignifica el tiempo
de las colmenas.

jueves, 19 de mayo de 2011

En estos días

En estos días, en que parecen renacer las llamas del incendio ideológico, recuerdo una secreta convicción que siempre he tenido: todo es política. No hay ningún ámbito de la vida humana que no esté mojado, impregnado de política. Tomar café, dejar de fumar, dormir plácidamente, pagar el impuesto de circulación, caminar hasta el trabajo, todo es política. Antes de ningunear mi opinión, pido a quien la lea o la escuche que piense en la etimología de la palabra, que olvide las connotaciones negativas que hemos ido añadiéndole a fuerza de desengaños, que consulte el diccionario de la RAE y compruebe que política es también:

  • la actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos.

  • la actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo.

  • la cortesía y buen modo de portarse.

Si todo es política, todos somos política. Y aquellos que se declaran apolíticos también están adoptando una postura política, de la misma manera que también comunican con su actitud aquellos que pretenden de forma consciente no comunicar nada. El apolítico será conservador si entiende que no hay nada que pueda o merezca ser cambiado, será antisistema (o anarquista) si entiende que los mecanismos que rigen la participación ciudadana en los Estados contemporáneos son más estéticos que funcionales, pero esa declaración voluntaria de situarse fuera del actual mundo de la política con todas sus connotaciones negativas no deja de ser una forma de posicionarse políticamente.


En estos días en los que parece que no queda ni un solo rastro de esperanza. En estos días en los que somos conscientes del largo tiempo de crisis económica que aún nos queda, en que no parece enmendarse el drama del desempleo, en que algunas de las generaciones mejor formadas están condenadas a fracaso profesional y algunas de las generaciones que más han trabajado ven peligrar el futuro de sus inminentes jubilaciones, entiendo que los movimientos 15M y Democracia Real Ya no son más que una consecuencia lógica del tiempo en que vivimos. ¿Qué hacer cuando no hay futuro inmediato? ¿Qué hacer ante el inmovilismo al que nos quiere someter la dictadura del mundo financiero? ¿Acaso creen que se puede desincentivar incluso el derecho a quejarse, a regar las calles de rabia?


En estos días en que se acaba la campaña electoral, algunos seguimos buscando entre los nombres de los candidatos aquellos que nos parecen menos malos y no podemos obtener ninguna conclusión definitiva. Después de eliminar a causantes de la crisis, imputados por corrupción, derrochadores, chaqueteros, marionetas, voces sin propuestas, intolerantes, desdeñosos, autoritarios y populistas, creo que no queda ningún candidato al que votar. Por eso, puedo comprender el impulso de aquellos que piden abiertamente el voto en blanco o la renuncia al voto como medio de protesta ante este sistema que se ha demostrado agotado, insuficiente, para responder a las aspiraciones y necesidades de los hombres y mujeres que lo mantienen. Yo, sin embargo, pienso que la participación en las elecciones debería ser un derecho irrenunciable. Nos piden la opinión cada cuatro años y yo no pienso desperdiciar la oportunidad de manifestarla. La mayoría estamos de acuerdo en que el problema es la dinámica de bipartidismo que se ha impuesto, empobreciendo la vida política del país. Pues votemos en consecuencia, no nos dejemos convencer por la falacia del voto útil y, por supuesto, emprendamos iniciativas destinadas a cambiar la ley electoral y la asignación de escaños siguiendo el sistema de D'Hondt, que desprecia el número de votos totales en favor de un criterio tan interesado y manipulador como la concentración. Lo siento, pero yo pienso votar.


En estos días en que las redes sociales son un hervidero de mensajes con referencias a las concentraciones y acampadas que se están llevando a cabo por todo el país y a su compatibilidad con la campaña electoral y la ya cercana jornada de reflexión, he leído un tweet muy certero que, en esencia, decía: no hay que preocuparse tanto por lo que se hacer o no estos días previos a las elecciones, lo importante será lo que suceda a partir del lunes y esto vale para políticos y para manifestantes.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Días laborables



Ida...





y vuelta

Sé que es díficil comprenderlo, pero los cotidianos 90 minutos de paseo que empleo en la caminata de ida y de vuelta al colegio son dos de los momentos más satisfactorios de cada día.

viernes, 13 de mayo de 2011

Amor y negacionismo

Al calor de la profunda crisis económica a la que asistimos impotentes, se vuelve a poner de actualidad el debate sobre la caída del sistema de valores éticos o, más radicalmente, el planteamiento de su existencia. Las posiciones intelectuales postmodernas nos situaron ante un universo donde no hay ninguna certidumbre, en el que la conciencia humana no tiene ningún asidero al que agarrarse para no despeñarse en el abismo de una existencia a la que no puede concederse un sentido claro y unívoco. Lo cierto es que estos modelos de pensamiento acabaron teniendo cierto éxito y calaron de tal forma, que no hace falta haber estudiado filosofía o estar interesado en la evolución histórica de la mentalidad humana para mantener posturas de un escepticismo extremo ante la vida. Por otro lado, hay que tener en cuenta que tanto las sociedades, como las personas que las conforman, funcionan como sistemas dinámicos y cuyos elementos tienen capacidad de influencia entre sí. Sobra decir que la mayoría de las reacciones y comportamientos se producen de forma global. Es decir, reaccionamos como un todo ante las condiciones de cada situación y elaboramos nuestras respuestas también como un todo. No es raro, entonces, que este modelo de pensamiento negacionista se haya extendido tanto que acabe por abarcar incluso a los modos de vida y, sobre todo, a las percepciones y valoraciones que de ellos se tienen. El impulso revisionista y, casi, destructivo es tan grande que lleva a algunos a plantearse la existencia de ciertos pilares básicos de las relaciones humanas. Hablando claro: hay que se atreve a dudar de la existencia del amor. Para ello, se le disfraza de la necesidad meramente biológica de la sexualidad o se alude a la rentabilidad material del concepto como factor de estabilización que permite la creación de familias y, así, la perpetuación del sistema social y económico en el que vivimos. Se simplifica la realidad argumentando que el sistema más extendido de relaciones afectivas, es decir, la pareja más o menos estable, sigue siendo posible por los condicionamientos sociales o porque actuamos movidos por la comodidad de no separarnos de la norma, por la angustia a la que nos suele enfrentar un largo tiempo de soledad. Sin embargo, cualquier análisis que sepa tomar cierta distancia con respecto a posiciones radicales de partida no puede negar la existencia del amor, un sentimiento de filiación básico en el ser humano. Evidentemente, somos animales (mamíferos concretamente) y lo que llamamos emociones y sentimientos tienen una clara base fisiológica y están sometidos a los moldes y modelos a los que nos enfrentamos en nuestro medio. Pero reducir el mundo afectivo humano a un esquema de impulsos biológicos convenientemente amasados por las prácticas socioculturales dominantes me parece muy exagerado. Esto implicaría reducir la sexualidad humana a la mera reproducción. Y es aquí, precisamente, donde se derrumba el argumento. El hecho de que la sexualidad humana haya trascendido su primigenia función reproductiva para convertirse en un modo de comunicación, en un componente tan importante para alcanzar una salud plena y una identidad personal satisfactoria, es una clara muestra de la realidad de los sentimientos relacionados con el afecto y la filiación hacia la pareja. Otra cosa es valorar la cuestión de la mayor o menor perdurabilidad de las parejas. En mi opinión, cuando un modelo de comportamiento está tan extendido y sobrevive a todo tipo de crisis sociales y económicas, no se puede cuestionar su funcionamiento ni su realidad. Podrá decirse que es solo una consecuencia de la bioquímica de nuestro cerebro y que, fuera de ese contexto, no parece tener mucho sentido. Es posible, pero yo matizaría: si se trata de una realidad derivada del alto grado de organización de nuestro cerebro (al igual que muchas otras realidades de las que a nadie le da por dudar) y, en consecuencia, si no tiene sentido fuera del contexto del cerebro humano, será porque se trata de una realidad específicamente humana (extremo que no me atrevo a afirmar). Hace un mes, aproximadamente, planteaba en este mismo lugar la necesidad de revisar ese extraño sistema de certidumbres que hemos creado de forma artificial en torno a la incontestable realidad de la muerte. Es curioso como se puede tener un funcionamiento psicológico tan selectivo que permite confiar ciegamente en determinados artificios en unos casos y, sin embargo, mostrar una actitud de negación permanente en otros. Podría parecer que estamos ante una contradicción pero no es así. La conclusión sigue siendo la misma: vivimos de espaldas al sufrimiento. Lo que realmente decimos cuando decimos que no existe el amor es que tenemos un miedo desbocado a que nos hagan daño.