ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.
Fue mi amigo Manuel Sánchez Hernández quien me recomendó, hace ya un buen puñado de años, la poesía de Gabriel Ferrater y, por consiguiente, el libro Mujeres y Días, una excelente muestra de la obra del reusense que decidió no vivir más allá de los cincuenta. El libro cayó en mis manos mucho tiempo después. Probablemente, algún comentario hice en presencia de mi madre, que se apuntó el título para agradarme en alguno de mis cumpleaños y así fue cómo empezó la larga siesta que el volumen pasó en alguna de mis estanterías, con breves y bruscos despertares en los que le recordaba que se trataba de una de mis prioridades en materia de poesía, pero que, todavía, no encontraba el momento ni la tranquilidad suficiente para abordarlo. Este verano, al fin, comprendí que no podía seguir haciendo esperar a una promesa de placer intelectual. Y, desde luego, la lectura de Mujeres y Días no defrauda en ningún momento, empezando por las cuarenta y seis páginas de prólogo de Arthur Terry que lo encabezan. Estaba sediento de lo que llamamos poesía de la experiencia, de esa forma de concebir la poesía que, desde un exquisito dominio del ritmo y la métrica, nos regala inmensas porciones de vida real, del rutinario paso de los días y de su capacidad para construir un universo reflexivo que proporcione cierta seguridad, una hogar identitario en el que pasar las frías noches del invierno emocional. Ya el prologuista nos advierte desde el comienzo lo poco apropiado que sería hablar de Ferrater como un escritor que ha sido capaz de inventar su propio mundo y añade de forma certera: “A esto podríamos contestar que el único mundo que queremos es éste en el que vivimos, y, por consiguiente, que lo que esperamos de un poeta es que escriba unos cuantos poemas buenos sobre este mundo”. Es evidente el tipo de poeta ante el que estamos, capaz de hablar sobre la Guerra Civil a través de la anécdota de una excursión en bicicleta al campo, que se detiene en las dudas del amor cuando describe el miedo a los soldados, que entiende la verdadera naturaleza del desengaño como una mutilación. Es difícil hacer un repaso exhaustivo sobre todos los poemas memorables que el libro encierra, pero no me resisto a glosar unos cuantos que me han atravesado la piel y se han quedado alojados entre mis órganos. Uno de ellos es el extenso In memoriam, cuyo comienzo es casi un manifiesto:
“Al estallar la guerra, yo tenía
catorce años y dos meses. Poco
pensé en ella al principio. Andaba a vueltas
con algo que me sigue pareciendo
más importante. Había descubierto
Les fleurs du mal, lo que es como decir
la poesía, ciertamente, pero
hay algo más -no sé que nombre darle-
y es lo que importa. ¿Rebeldía? No.”
Por otro lado, son varios los textos que se detienen en el aspecto íntimo y temeroso del amor, en ese terreno resbaladizo que está detrás del estremecimiento de la carne o, más allá, en esa etapa en la que los verbos del discurso afectivo solo ofrecen su aspecto de pretérito imperfecto. El mutilado es un buen ejemplo de esa forma de construir una estética del desamor, un poema que recurre a la despersonalización como única defensa del abandonado y que emprende una desesperada huida hacia la complicidad con la mujer perdida a través de una premeditada tercera persona del singular. Pero, además, Ferrater nos ofrece una poética sobre esos instantes que suceden al amor carnal, ese territorio imprevisto en el que fluye el pensamiento y que tantos quieren resumir en un cigarro. A mi entender, el mejor de estos poemas es Ídolos, que a continuación os escribo y con el que termino. Ya sé que esto no se parece en nada a una buena reseña y yo no pretendo que lo sea, como tampoco pretendo seguir fabricando expectativas sobre un libro que no necesita quien lo defienda. Os dejo con Don Gabriel y cada cual que piense lo que quiera:
Entonces, cuando yacíamos
abrazados frente a la ventana
abierta al desmonte de olivos (dos
semillas desnudas dentro de un fruto que el verano
ha abierto violento, y que se llena
de aire) no teníamos recuerdos. Éramos
el recuerdo que tenemos ahora. Éramos
esta imagen. Ídolos de nosotros
para la fe sumisa de después.
Supongo que esta prolongada y desquiciante crisis económica y política que vivimos tiene, al menos, la virtud de acentuar el valor de las pequeñas cosas. Durante este verano, he descubierto que caminar despreocupadamente con mi padre por la playa sumidos en nuestras conversaciones habituales es un auténtico privilegio. No quiero transmitir una imagen errónea de estos paseos. Evidentemente, mi padre y yo hablamos mucho durante las casi dos horas que empleamos en esta actividad física. Sin embargo, no se trata de esas charlas incesantes y que se enlazan en una cadena infinita. Para nada. Quizá la mayor satisfacción de estos momentos es que las múltiples y desconectadas conversaciones están separadas por salpicados silencios. Unos silencios que (quiero pensar) nacen de la comodidad y el buen entendimiento que hemos conseguido, al fin, después de muchos años. El guion de los temas que abordamos suele ser siempre el mismo. Es imprescindible el repaso a las últimas novedades en el mundo del fútbol, más concretamente, de nuestro equipo y, aunque los dos sabemos que nos dejamos llevar por las pasiones de una mala telenovela, ya se sabe que el fútbol es, básicamente, un sentimiento y, a sentimentales, a ver quién es el listo que nos gana a Enrique Zumalabe padre y a Enriquito Zumalabe hijo. Normalmente, la siguiente fase es una zona mixta en la que yo suelo pedir a mi padre que me detalle alguna historia de uno de sus muchos amigos, por lo general triste, que mi madre me ha mencionado y sin duda él conoce mejor. De la misma forma, mi padre me pregunta por aquéllos de mis amigos que mejor conoce, encontró trabajo por fin, cómo le pusieron al niño, sigue viviendo en Madrid y, en definitiva, la vida que avanza sin freno aunque la luz que baña el paisaje en ese instante parezca eterna. Pero lo que más me gusta es lo que viene después, cuando tomando cualquier excusa, a partir de una noticia de actualidad o de una observación curiosa pero intrascendente, le pregunto o él me habla sin necesidad de preguntarle sobre aquella Huelva tan distinta en la que pasó su juventud. Me encantan las historietas que me cuenta sobre aquel tiempo y creo que es la verdadera Historia de la ciudad la que se cuece en las voces y los ambientes ya perdidos que mi padre evoca. Y me habla de la gran cantidad de cines y de sus correspondientes cines de verano que había en Huelva y es capaz de recordar en cuáles de ellos vio esos clásicos en blanco y negro que ahora algunos veneramos desde la soledad de nuestras casas. Me habla de las miserias morales de la dictadura y me detalla cómo un conocido miembro de las fuerzas de seguridad del estado de nuestra ciudad tenía un infalible método para conseguir que los detenidos hablaran en los interrogatorios. Volcaba en el suelo un saco de garbanzos y obligaba al detenido a andar de rodillas hasta que “cantaba”. Y me habla de la antigua Pescadería, del Quitasueño y de una vida que ya solo existe en la memoria colectiva de una generación que envejece y que quizá debiéramos preocuparnos por preservar, en todos sus pequeños detalles. Porque, en esta situación que vivimos, nos quedan pocos consuelos o pocos argumentos que sepan funcionar como consuelo. Porque, probablemente, uno de esos escasos consuelos con los que contamos está en los pequeños placeres que nos ofrece un día cualquiera, así como en nuestra capacidad de contarnos historias tristes o felices para descubrir que la esencia de la vida permanece inalterable al paso de las generaciones. Porque frente a la angustia que produce la riada de pesimismo global que nos rodea, nos queda (me queda, al menos) la posibilidad de refugiarnos en el lujo de la cotidianidad.
Tiene razón Arthur Terry cuando afirma, en el prólogo a Mujeres y días de Gabriel Ferrater, que todo buen poeta es, en sí mismo, un poeta de la experiencia. ¿De dónde puede nacer el impulso a la creación poética, la erotización de la palabra (por citar a Octavio Paz), si no es de la propia experiencia, del largo proceso de construcción de una identidad personal? Sea cual sea la tendencia en la que se enmarque determinada obra poética, siempre habrá nacido de una trayectoria vital, de una suerte de azares no controlables, de decisiones conscientes e inconscientes que nos llevan a determinados libros y nos alejan de otros, es decir, de vivir y construirse un paisaje a partir de los materiales que uno encuentra en su devenir diario. El problema es que hemos creado una etiqueta y con la etiqueta un estereotipo, que se asocia con demasiada frecuencia a los excesos cometidos por una serie de poetas que, supongo, no hace falta citar. Y, así, se explica el inmediato rechazo que suele suscitar la expresión “poeta de la experiencia” entre quienes la reciben como crítica malintencionada o como halago a su forma de escribir.
En cuanto a los poemas de Ferrater, me están traicionando las dichosas expectativas.
Me despierto. Estimo que deben ser las diez de la mañana y, según parece, el día debe estar muy oscuro. Es extraño haber dormido de un tirón. Últimamente, no es lo habitual. Decido permanecer un rato más en la cama hasta que oiga algo que me indique que los demás se han levantado. No quisiera ser yo el motivo por el que se priven de un rato más de sueño. Pasa el tiempo. Empieza a resultarme raro no oír nada. A tientas, encuentro el móvil y me llevo una sorpresita. Son las 3:57 y estoy totalmente despejado.
Agobio. Me siento desbordado, inundado más bien, por la biología. Intento ponerme a escribir. No puedo. Intento ponerme a leer. No puedo. Opto por apagar la luz y escuchar la radio. Para ello, primero tengo que resintonizar las emisoras. Me entretengo con La hora de los detectives de Si amanece, nos vamos. Escucho la primicia justo en el momento en el que empieza a difundirse: el ejército estadounidense ha matado a Bin Laden. Pasan de las seis cuando empiezo a quedarme dormido.
Abro los ojos. Escucho pasos en la escalera y hay mucha más luz (aunque tenga un cierto tono grisáceo). Ahora sí deben ser las 10 o las 11. En efecto, me levanto y, a partir de este momento, todo empieza a convertirse en viaje de vuelta. Me visto y recojo la ropa. Bajo a tomar un café. Vuelvo a subir y recojo el resto de mi equipaje: la cámara, el libro de Pamuk (que he traído para nada), el cepillo de dientes, el cargador del móvil... Salimos de Cáceres pasadas las 12 y llegamos a Jerez de los Caballeros antes de las 14.
Comemos en la casa de campo que tienen los padres de Manolo a las afueras del pueblo. Más que una casa, desde fuera, parece uno de esos pequeños hoteles rurales perdido en medio del bosque y que derrocha encanto. Tiene huerta, animales, piscina y una terraza inolvidable. El menú es una apuesta segura: magro con tomate y unos huevos fritos con prueba de chorizo. La enorme diferencia entre el vivo color de las yemas de los huevos que me dispongo a comer y la casi neutralidad de los que compro normalmente en Huelva me hacen reflexionar sobre las ventajas de vivir en en pueblo. Ya en casa de Manolo y Susana, procedemos a disfrutar del postre: una tarta de galletas con una cubierta de chocolate espeso que me parece insuperable. Sobre las 16:00, me monto en el coche y conduzco hasta Huelva sin descanso. Solamente yo conozco el motivo de tanta prisa y la verdad es que no lo voy a contar.
Poco a poco, la casa se va despertando. Me alegro de saber que el plan de la Feria del Queso se mantiene. Al menos, para Susana, para Manolo y para mí. Dani, en cambio, decide pasar el día con Guada porque las heridas en el pie no han mejorado lo suficiente. Es extraño pero no siento nada de hambre, cuando lo habitual, por las mañanas, es que no pueda pasar sin el desayuno. Decido tomar un café mientras espero para la ducha. Una vez que termino con los preparativos para volver a salir, espero a los demás hablando con Dani y haciendo algunas fotos a Rulo y a la casa.
Salimos a media mañana hacia Trujillo. Dejamos el coche a la entrada, pues los accesos al centro están limitados a los residentes con motivo de la Feria. Todo Trujillo invita desde el principio a dejarse invitar por el optimismo y la despreocupación. Al llegar a la Plaza Mayor (cuya majestuosidad está medio oculta por el gentío y los expositores), el primer y más importante cometido es comprar los tickets que se canjean por comida y bebida en los stands. Los tickets para el queso y la bebida están diferenciados. En ambos casos, cada ticket cuesta 50 céntimos. En cuanto a la comida, un ticket se canjea por un trozo, taco o lámina de queso sobre una rebanada de pan (o por una rebanada de pan untado con crema de queso). En cuanto a la bebida, un ticket se puede canjear por un vaso (tipo chupito) de vino joven (cosecha). Si se prefiere un vino de mayor calidad, un crianza por ejemplo, el vasito cuesta 2 tickets, es decir, un euro. El resto de bebidas tiene otros precios. La única cerveza que se sirve, Monasterio de Yuste, y el tinto de verano cuestan en los stands que vamos visitando 2,50 €, lo que supone pagar por ellos un total de 5 tickets. Por suerte, el problema de la bebida se arregla con facilidad cuando encontramos el stand de una quesería extremeña que vendía Rey de Reyes (un vino de pitarra que me encanta) a 2 € la botella de 75 cl.
Es difícil transmitir la experiencia que supone para un aficionado al queso esta feria, en la que puedes degustar género procedente de toda España y Portugal. Como se puede imaginar, la mayoría de los stands son de queserías extremeñas, pero aún así la variedad es inabarcable. Por cierto, si a alguien le queda alguna duda, la respuesta es sí: se pasar un día entero comiendo única y exclusivamente queso. Pruebo quesos extremeños, portugueses, manchegos, gallegos y asturianos. Creo que lo que más me sorprende es la crema de Cabrales con aceite de oliva, pero cometo el error de no comprarla.
También se me hace muy difícil transmitir la sensación de felicidad y plenitud que siento durante estas horas. Ese agradable y raro ambiente mental que mezcla la convicción de no poder estar en mejor lugar y circunstancia y, al mismo tiempo, no poder dejar de echar de menos a personas concretas o pensar en cuánto disfrutarían algunos de mis amigos en esta Feria, en un fin de semana como éste. Todo es positivo. El teléfono se encarga de seguir dándome alegrías.
Después de un breve descanso, empezamos la ronda por los stands para comprar los quesos que más nos han gustado. En total, son ocho las variedades que elegimos, varios de ellos galardonados con el primer premio que otorga la Feria. Son quesos de vaca, de oveja y de cabra y, en su mayoría, de procedencia extremeña y portuguesa, aunque no puedo evitar comprar una cuña de Cabrales clásico.
Cuando parece que la tarde no puede ofrecer más sorpresas, decidimos visitar el stand de una quesería que pertenece a una familia en la que Manolo y Susana tienen conocidos. Nos reciben de una manera tan cordial que parece que uno deja de estar en una feria de muestras para entrar en casas de unos viejos amigos. Nos invitan a su espléndido queso y a vino, nos regalan tickets para que sigamos consumiendo, hablamos largamente con unos y otros dando saltos entre distintos temas. Entonces conozco a don Ignacio Plaza, un jiennense de nacimiento y extremeño de adopción. Este señor se puede permitir a sus 95 años estudiar historia en la UNED. Además, es aficionado a escribir y se financia la autoedición de sus propios libros. Paso unos minutos embelesado con su conversación fluida. Se muestra interesado por lo que escribo y me dice que pueden leerse algunos de sus textos en internet. Por si fuera poco, me regala uno de sus libros de poemas, Caminando, y me lo dedica. Le doy las gracias con sinceridad varias veces y le aseguro que el sábado siguiente en la tertulia del New Classic se va a estar hablando sobre él.
Pasar a saludar a esta familia cambia todos los planes de repente y, según parece, la sección más joven insiste en que les acompañemos a la discoteca del pueblo (abierta a una hora tan atípica a causa de la Feria) a tomar la última antes de irnos. La experiencia merece la pena. Una lástima que se agote, precisamente en ese momento, la memoria de la tarjeta de mi cámara de fotos. Tiro del Ipod, pero no es lo mismo. La discoteca está ubicada en un inmenso edificio antiguo de dos plantas cercano a la plaza. En la superior, se puede acceder a una zona de terrazas y jardines desde la que se obtiene una panorámica preciosista del pueblo, que se ve multiplicada por el efecto del esplendor y la posterior caída de la tarde. Al llegar, me siento a observar el ambiente, cómo la multitud va derrochando optimismo y diversión a cada paso. Empiezo a quedarme dormido. Voy a la barra y me encuentro con la decepcionante certeza de que no sirven café. Tengo que recurrir a una de esas despreciables bebidas energéticas para aguantar lo que me queda de tarde. Vuelvo al lugar donde están los demás y me doy cuenta de que debo ponerme a hablar con quien sea y salir de mi estado de ostracismo. Afortunadamente, consigo entablar conversación con la pareja que nos ha traído a la discoteca y (nueva sorpresa) me dicen que son de Los Santos de Maimona. Tengo buenos recuerdos de Los Santos. Rápidamente, me lanzo a hablar sin parar de las dos veces que estuve disfrutando de la Feria de Agosto y doy algunos de los nombres de la gente que allí conocí. Me impresiona comprobar la brecha generacional que puede abrirse entre personas se llevan apenas diez años. Según parece, ya no existe la Feria de Agosto, ya no se hacen los botellones en la fuente del Espantaburros y, los más sorprendente, en un pueblo que no llega a los 9000 habitantes ninguno de los nombres que les cito, les resulta conocido. Mientras hablo sobre el pueblo, evoco constantes imágenes asociadas a muy buenos momentos de los 5 ó 6 días, repartidos en dos veranos diferentes, que he pasado allí.
Con la caída de la tarde, decidimos volver a Cáceres. Al llegar, pasamos junto al centro penitenciario Cáceres – 2. Desde el coche tomo 11 fotos, esperando que alguna de ellas capte la magia de un guiño al magnífico estribillo de Jesucristo García. Estúpida esperanza. Esto es una cárcel y, en las cárceles, el concepto magia del momento no tiene jurisdicción. Cuando llegamos, ya teníamos el pensamiento orientado a planificar la cena. Después de hablar entre todos, decidimos que Manolo, Dani y yo, vamos a acercarnos a La Tarama a por unos bocadillos para comer en casa. Y está claro que, estando en La Tarama, no íbamos a esperar con las manos vacías. Así, que no nos quedó mas remedio que acudir a uno de esos lotes litro de cerveza más ración. Volvemos a casa con los bocadillos, cenamos rápido y casi sin hablar. Nos sentamos en los sofás a ver Thelma y Louis. Al cabo de unos veinte minutos, me descubro luchando contra el peso de mis párpados y comprendo que debería acostarme.
Ayer terminé de leer La casa del silencio y la verdad es que ya no me sorprende la enorme calidad literaria de los libros que escribe Orhan Pamuk. Sería improductivo que intentara esbozar un análisis detallado de su prosa porque no me siento capacitado para llevarlo a cabo. Y lo cierto es que un listado de elogios sobre su habilidad narrativa se me antoja insuficiente, sobre todo, para los receptores de estas palabras, que tan acostumbrados están a mi forma de ensalzar la mayoría de los libros acerca de los que escribo. Prefiero, por eso, en esta ocasión, y arriesgándome a que se me acuse de destripar el libro, pasar por encima de círculos los de la admiración y centrarme en la obra. La casa del silencio es una novela coral, en la que asistimos a la historia de una red tejida en torno a tres generaciones de personajes unidos por escabrosos lazos familiares. A través de las primeras personas y la subjetividad de cinco identidades, se da cuenta de historias pasadas y presentes que giran en torno a una casa situada en una zona de veraneo no muy lejos de Estambul. Cada capítulo está contado desde el filtro de un personaje distinto, siendo un total de cinco los narradores. Fatma, la única voz femenina, es una anciana atormentada y la dueña de la casa. Recep es un criado enano, que cuida a Fatma con una dedicación exagerada y soporta su desdén. Faruk es el mayor de los nietos de Fatma, alcohólico y afectado de una obesidad mórbida, historiador que ha perdido la ilusión por su carrera. Metin es el menor de los nietos y está obsesionado con huir a Estados Unidos y dejar atrás Turquía. Hasan, por último, es el sobrino de Recep y está perdido entre la ensoñación, el delirio y una ideología fundamentalista. Con sus altos y sus bajos, la novela es capaz de entrelazar la intrahistoria de un núcleo familiar amplio salpicado de adulterio, alcoholismo, matrimonios disfuncionales y vidas frustradas, con la Historia de su país y el análisis de los problemas que laten en la sociedad turca. Desde mi punto de vista, es ésta la mayor virtud de Orhan Pamuk. Nadie duda ya que un buen novelista debe ser capaz de delinear biografías e identidades para cumplir con el criterio de calidad fundamental de una narración, la verosimilitud. Pero su capacidad de dar cabida, al mismo tiempo, en sus páginas al conjunto de relaciones sociales y culturales del tiempo histórico en que transcurre la acción es una habilidad que no se aprecia con la misma intensidad en todos los novelistas. Quizá, más que una destreza o una demostración de virtuosismo, se trata de la confesión de un desasosiego, una puerta que se deja abierta al lector para entregarle parte de las preocupaciones intelectuales que obsesionan al autor. Pamuk nos permite de esta manera conocerle un poco, no se esconde bajo la máscara de las historias personales. Al contrario, al situarlas en un contexto político bien definido, nos permite tener la ilusoria sensación de haber estado dialogando más que leyendo, como si no fuéramos únicamente receptores de su libro. Probablemente, por esto me gusta tanto Pamuk, el Cortázar de Libro de Manuel, el Delibes de Cinco horas con Mario y de Los santos Inocentes.
Escribo esta tarde con el único motivo de celebrar el regreso de la Feria del Libro de Huelva a la Plaza de las Monjas, centro estratégico de la vida comercial de la ciudad y su lugar natural, a pesar de que las malas decisiones de los últimos años la hayan arrastrado a un exilio que iba relegándola a un papel cada vez más secundario. Se puede decir que hay que pensar en los ciudadanos que no viven en el centro, se puede alegar que aquellos que tengan un verdadero interés en la lectura acabarán por acudir independientemente de su emplazamiento, se pueden dar razones hasta el aburrimiento para defender (casi) cualquier cosa. Pero está bastante claro que, en este caso concreto, defender una Feria del Libro en cualquier otro lugar que no sea la Plaza de las Monjas es autoengañarse o pretender engañar. Cualquier iniciativa que vaya destinada a la promoción y el aumento del consumo de un producto tiene que estar ubicada en un lugar con un gran tránsito de ciudadanos y, especialmente, de ciudadanos que se pasean con la predisposición de consumir, en este caso, comprar. Porque no debemos perder de vista que la lectura es un hábito que es necesario promocionar, que los protagonistas de la feria deben ser los libreros y que los libreros viven, comen, de la venta de libros. Si esta circunstancia es tan importante en la celebración de una feria del libro en cualquier ciudad de mayor tamaño, en una ciudad como Huelva se hace decisiva. Como todos sabemos, en las ciudades pequeñas, todo suele estar centralizado en torno a una determinada zona en la que conviven el ayuntamiento junto a la mayoría de instituciones públicas, algunos de los edificios más antiguos y emblemáticos y, por supuesto, una red de calles peatonales donde abundan los locales comerciales (al recordar este tipo de cosas uno no sabe si sentirse tonto o si corre el riesgo de que se sientan tontos los demás). Cualquiera que conozca Huelva, tendrá claro que el lugar natural del evento debe ser, por tanto, el que se ha elegido este año. Los años en los que la Feria del Libro ha sido llevada hasta el mismo límite en que se acaba la ciudad no solo han sido un fracaso económico para los libreros, además, han demostrado que el Ayuntamiento no tiene ningún interés en ofrecer una feria de calidad. Lo siento mucho si suena duro, pero es así. Evidentemente, la recuperación de su hábitat, no es la única tarea pendiente y esta celebración anual corre el riesgo de acabar desapareciendo si no conseguimos que vuelvan a ella algunas de las librerías más importantes de la ciudad que, según parece, tienen un mayor beneficio económico ausentándose. Está claro que una programación de visitas de escritores con mayor gancho y capacidad de promoción tendría como efecto inmediato una mejora en la presencia de público y, como consecuencia, un aumento de las ventas. Hace un par de días escuché a mi amigo José Manuel Alfaro decir que el problema de la Feria del Libro en nuestra ciudad es, precisamente, que la organiza el Ayuntamiento y no el propio sector librero como colectivo o asociación. Después de la experiencia de los últimos años, sería muy positivo que esta situación se invirtiera y fueran los propios libreros quienes tomaran la rienda de esta parcela de la promoción de la cultura.
En estos días, en que parecen renacer las llamas del incendio ideológico, recuerdo una secreta convicción que siempre he tenido: todo es política. No hay ningún ámbito de la vida humana que no esté mojado, impregnado de política. Tomar café, dejar de fumar, dormir plácidamente, pagar el impuesto de circulación, caminar hasta el trabajo, todo es política. Antes de ningunear mi opinión, pido a quien la lea o la escuche que piense en la etimología de la palabra, que olvide las connotaciones negativas que hemos ido añadiéndole a fuerza de desengaños, que consulte el diccionario de la RAE y compruebe que política es también:
la actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos.
la actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo.
la cortesía y buen modo de portarse.
Si todo es política, todos somos política. Y aquellos que se declaran apolíticos también están adoptando una postura política, de la misma manera que también comunican con su actitud aquellos que pretenden de forma consciente no comunicar nada. El apolítico será conservador si entiende que no hay nada que pueda o merezca ser cambiado, será antisistema (o anarquista) si entiende que los mecanismos que rigen la participación ciudadana en los Estados contemporáneos son más estéticos que funcionales, pero esa declaración voluntaria de situarse fuera del actual mundo de la política con todas sus connotaciones negativas no deja de ser una forma de posicionarse políticamente.
En estos días en los que parece que no queda ni un solo rastro de esperanza. En estos días en los que somos conscientes del largo tiempo de crisis económica que aún nos queda, en que no parece enmendarse el drama del desempleo, en que algunas de las generaciones mejor formadas están condenadas a fracaso profesional y algunas de las generaciones que más han trabajado ven peligrar el futuro de sus inminentes jubilaciones, entiendo que los movimientos 15M y Democracia Real Ya no son más que una consecuencia lógica del tiempo en que vivimos. ¿Qué hacer cuando no hay futuro inmediato? ¿Qué hacer ante el inmovilismo al que nos quiere someter la dictadura del mundo financiero? ¿Acaso creen que se puede desincentivar incluso el derecho a quejarse, a regar las calles de rabia?
En estos días en que se acaba la campaña electoral, algunos seguimos buscando entre los nombres de los candidatos aquellos que nos parecen menos malos y no podemos obtener ninguna conclusión definitiva. Después de eliminar a causantes de la crisis, imputados por corrupción, derrochadores, chaqueteros, marionetas, voces sin propuestas, intolerantes, desdeñosos, autoritarios y populistas, creo que no queda ningún candidato al que votar. Por eso, puedo comprender el impulso de aquellos que piden abiertamente el voto en blanco o la renuncia al voto como medio de protesta ante este sistema que se ha demostrado agotado, insuficiente, para responder a las aspiraciones y necesidades de los hombres y mujeres que lo mantienen. Yo, sin embargo, pienso que la participación en las elecciones debería ser un derecho irrenunciable. Nos piden la opinión cada cuatro años y yo no pienso desperdiciar la oportunidad de manifestarla. La mayoría estamos de acuerdo en que el problema es la dinámica de bipartidismo que se ha impuesto, empobreciendo la vida política del país. Pues votemos en consecuencia, no nos dejemos convencer por la falacia del voto útil y, por supuesto, emprendamos iniciativas destinadas a cambiar la ley electoral y la asignación de escaños siguiendo el sistema de D'Hondt, que desprecia el número de votos totales en favor de un criterio tan interesado y manipulador como la concentración. Lo siento, pero yo pienso votar.
En estos días en que las redes sociales son un hervidero de mensajes con referencias a las concentraciones y acampadas que se están llevando a cabo por todo el país y a su compatibilidad con la campaña electoral y la ya cercana jornada de reflexión, he leído un tweet muy certero que, en esencia, decía: no hay que preocuparse tanto por lo que se hacer o no estos días previos a las elecciones, lo importante será lo que suceda a partir del lunes y esto vale para políticos y para manifestantes.
Al calor de la profunda crisis económica a la que asistimos impotentes, se vuelve a poner de actualidad el debate sobre la caída del sistema de valores éticos o, más radicalmente, el planteamiento de su existencia. Las posiciones intelectuales postmodernas nos situaron ante un universo donde no hay ninguna certidumbre, en el que la conciencia humana no tiene ningún asidero al que agarrarse para no despeñarse en el abismo de una existencia a la que no puede concederse un sentido claro y unívoco. Lo cierto es que estos modelos de pensamiento acabaron teniendo cierto éxito y calaron de tal forma, que no hace falta haber estudiado filosofía o estar interesado en la evolución histórica de la mentalidad humana para mantener posturas de un escepticismo extremo ante la vida. Por otro lado, hay que tener en cuenta que tanto las sociedades, como las personas que las conforman, funcionan como sistemas dinámicos y cuyos elementos tienen capacidad de influencia entre sí. Sobra decir que la mayoría de las reacciones y comportamientos se producen de forma global. Es decir, reaccionamos como un todo ante las condiciones de cada situación y elaboramos nuestras respuestas también como un todo. No es raro, entonces, que este modelo de pensamiento negacionista se haya extendido tanto que acabe por abarcar incluso a los modos de vida y, sobre todo, a las percepciones y valoraciones que de ellos se tienen. El impulso revisionista y, casi, destructivo es tan grande que lleva a algunos a plantearse la existencia de ciertos pilares básicos de las relaciones humanas. Hablando claro: hay que se atreve a dudar de la existencia del amor. Para ello, se le disfraza de la necesidad meramente biológica de la sexualidad o se alude a la rentabilidad material del concepto como factor de estabilización que permite la creación de familias y, así, la perpetuación del sistema social y económico en el que vivimos. Se simplifica la realidad argumentando que el sistema más extendido de relaciones afectivas, es decir, la pareja más o menos estable, sigue siendo posible por los condicionamientos sociales o porque actuamos movidos por la comodidad de no separarnos de la norma, por la angustia a la que nos suele enfrentar un largo tiempo de soledad. Sin embargo, cualquier análisis que sepa tomar cierta distancia con respecto a posiciones radicales de partida no puede negar la existencia del amor, un sentimiento de filiación básico en el ser humano. Evidentemente, somos animales (mamíferos concretamente) y lo que llamamos emociones y sentimientos tienen una clara base fisiológica y están sometidos a los moldes y modelos a los que nos enfrentamos en nuestro medio. Pero reducir el mundo afectivo humano a un esquema de impulsos biológicos convenientemente amasados por las prácticas socioculturales dominantes me parece muy exagerado. Esto implicaría reducir la sexualidad humana a la mera reproducción. Y es aquí, precisamente, donde se derrumba el argumento. El hecho de que la sexualidad humana haya trascendido su primigenia función reproductiva para convertirse en un modo de comunicación, en un componente tan importante para alcanzar una salud plena y una identidad personal satisfactoria, es una clara muestra de la realidad de los sentimientos relacionados con el afecto y la filiación hacia la pareja. Otra cosa es valorar la cuestión de la mayor o menor perdurabilidad de las parejas. En mi opinión, cuando un modelo de comportamiento está tan extendido y sobrevive a todo tipo de crisis sociales y económicas, no se puede cuestionar su funcionamiento ni su realidad. Podrá decirse que es solo una consecuencia de la bioquímica de nuestro cerebro y que, fuera de ese contexto, no parece tener mucho sentido. Es posible, pero yo matizaría: si se trata de una realidad derivada del alto grado de organización de nuestro cerebro (al igual que muchas otras realidades de las que a nadie le da por dudar) y, en consecuencia, si no tiene sentido fuera del contexto del cerebro humano, será porque se trata de una realidad específicamente humana (extremo que no me atrevo a afirmar). Hace un mes, aproximadamente, planteaba en este mismo lugar la necesidad de revisar ese extraño sistema de certidumbres que hemos creado de forma artificial en torno a la incontestable realidad de la muerte. Es curioso como se puede tener un funcionamiento psicológico tan selectivo que permite confiar ciegamente en determinados artificios en unos casos y, sin embargo, mostrar una actitud de negación permanente en otros. Podría parecer que estamos ante una contradicción pero no es así. La conclusión sigue siendo la misma: vivimos de espaldas al sufrimiento. Lo que realmente decimos cuando decimos que no existe el amor es que tenemos un miedo desbocado a que nos hagan daño.