miércoles, 10 de agosto de 2011

El lujo de la cotidianidad

Supongo que esta prolongada y desquiciante crisis económica y política que vivimos tiene, al menos, la virtud de acentuar el valor de las pequeñas cosas. Durante este verano, he descubierto que caminar despreocupadamente con mi padre por la playa sumidos en nuestras conversaciones habituales es un auténtico privilegio. No quiero transmitir una imagen errónea de estos paseos. Evidentemente, mi padre y yo hablamos mucho durante las casi dos horas que empleamos en esta actividad física. Sin embargo, no se trata de esas charlas incesantes y que se enlazan en una cadena infinita. Para nada. Quizá la mayor satisfacción de estos momentos es que las múltiples y desconectadas conversaciones están separadas por salpicados silencios. Unos silencios que (quiero pensar) nacen de la comodidad y el buen entendimiento que hemos conseguido, al fin, después de muchos años. El guion de los temas que abordamos suele ser siempre el mismo. Es imprescindible el repaso a las últimas novedades en el mundo del fútbol, más concretamente, de nuestro equipo y, aunque los dos sabemos que nos dejamos llevar por las pasiones de una mala telenovela, ya se sabe que el fútbol es, básicamente, un sentimiento y, a sentimentales, a ver quién es el listo que nos gana a Enrique Zumalabe padre y a Enriquito Zumalabe hijo. Normalmente, la siguiente fase es una zona mixta en la que yo suelo pedir a mi padre que me detalle alguna historia de uno de sus muchos amigos, por lo general triste, que mi madre me ha mencionado y sin duda él conoce mejor. De la misma forma, mi padre me pregunta por aquéllos de mis amigos que mejor conoce, encontró trabajo por fin, cómo le pusieron al niño, sigue viviendo en Madrid y, en definitiva, la vida que avanza sin freno aunque la luz que baña el paisaje en ese instante parezca eterna. Pero lo que más me gusta es lo que viene después, cuando tomando cualquier excusa, a partir de una noticia de actualidad o de una observación curiosa pero intrascendente, le pregunto o él me habla sin necesidad de preguntarle sobre aquella Huelva tan distinta en la que pasó su juventud. Me encantan las historietas que me cuenta sobre aquel tiempo y creo que es la verdadera Historia de la ciudad la que se cuece en las voces y los ambientes ya perdidos que mi padre evoca. Y me habla de la gran cantidad de cines y de sus correspondientes cines de verano que había en Huelva y es capaz de recordar en cuáles de ellos vio esos clásicos en blanco y negro que ahora algunos veneramos desde la soledad de nuestras casas. Me habla de las miserias morales de la dictadura y me detalla cómo un conocido miembro de las fuerzas de seguridad del estado de nuestra ciudad tenía un infalible método para conseguir que los detenidos hablaran en los interrogatorios. Volcaba en el suelo un saco de garbanzos y obligaba al detenido a andar de rodillas hasta que “cantaba”. Y me habla de la antigua Pescadería, del Quitasueño y de una vida que ya solo existe en la memoria colectiva de una generación que envejece y que quizá debiéramos preocuparnos por preservar, en todos sus pequeños detalles. Porque, en esta situación que vivimos, nos quedan pocos consuelos o pocos argumentos que sepan funcionar como consuelo. Porque, probablemente, uno de esos escasos consuelos con los que contamos está en los pequeños placeres que nos ofrece un día cualquiera, así como en nuestra capacidad de contarnos historias tristes o felices para descubrir que la esencia de la vida permanece inalterable al paso de las generaciones. Porque frente a la angustia que produce la riada de pesimismo global que nos rodea, nos queda (me queda, al menos) la posibilidad de refugiarnos en el lujo de la cotidianidad.

martes, 28 de junio de 2011

¿Poesía de la experiencia?

Tiene razón Arthur Terry cuando afirma, en el prólogo a Mujeres y días de Gabriel Ferrater, que todo buen poeta es, en sí mismo, un poeta de la experiencia. ¿De dónde puede nacer el impulso a la creación poética, la erotización de la palabra (por citar a Octavio Paz), si no es de la propia experiencia, del largo proceso de construcción de una identidad personal? Sea cual sea la tendencia en la que se enmarque determinada obra poética, siempre habrá nacido de una trayectoria vital, de una suerte de azares no controlables, de decisiones conscientes e inconscientes que nos llevan a determinados libros y nos alejan de otros, es decir, de vivir y construirse un paisaje a partir de los materiales que uno encuentra en su devenir diario. El problema es que hemos creado una etiqueta y con la etiqueta un estereotipo, que se asocia con demasiada frecuencia a los excesos cometidos por una serie de poetas que, supongo, no hace falta citar. Y, así, se explica el inmediato rechazo que suele suscitar la expresión “poeta de la experiencia” entre quienes la reciben como crítica malintencionada o como halago a su forma de escribir.

En cuanto a los poemas de Ferrater, me están traicionando las dichosas expectativas.

jueves, 23 de junio de 2011

Viaje a Extremadura. Cuarta etapa: Cáceres - Jerez de los Caballeros - Huelva, lunes 2 de mayo.

Me despierto. Estimo que deben ser las diez de la mañana y, según parece, el día debe estar muy oscuro. Es extraño haber dormido de un tirón. Últimamente, no es lo habitual. Decido permanecer un rato más en la cama hasta que oiga algo que me indique que los demás se han levantado. No quisiera ser yo el motivo por el que se priven de un rato más de sueño. Pasa el tiempo. Empieza a resultarme raro no oír nada. A tientas, encuentro el móvil y me llevo una sorpresita. Son las 3:57 y estoy totalmente despejado.

Agobio. Me siento desbordado, inundado más bien, por la biología. Intento ponerme a escribir. No puedo. Intento ponerme a leer. No puedo. Opto por apagar la luz y escuchar la radio. Para ello, primero tengo que resintonizar las emisoras. Me entretengo con La hora de los detectives de Si amanece, nos vamos. Escucho la primicia justo en el momento en el que empieza a difundirse: el ejército estadounidense ha matado a Bin Laden. Pasan de las seis cuando empiezo a quedarme dormido.

Abro los ojos. Escucho pasos en la escalera y hay mucha más luz (aunque tenga un cierto tono grisáceo). Ahora sí deben ser las 10 o las 11. En efecto, me levanto y, a partir de este momento, todo empieza a convertirse en viaje de vuelta. Me visto y recojo la ropa. Bajo a tomar un café. Vuelvo a subir y recojo el resto de mi equipaje: la cámara, el libro de Pamuk (que he traído para nada), el cepillo de dientes, el cargador del móvil... Salimos de Cáceres pasadas las 12 y llegamos a Jerez de los Caballeros antes de las 14.

Comemos en la casa de campo que tienen los padres de Manolo a las afueras del pueblo. Más que una casa, desde fuera, parece uno de esos pequeños hoteles rurales perdido en medio del bosque y que derrocha encanto. Tiene huerta, animales, piscina y una terraza inolvidable. El menú es una apuesta segura: magro con tomate y unos huevos fritos con prueba de chorizo. La enorme diferencia entre el vivo color de las yemas de los huevos que me dispongo a comer y la casi neutralidad de los que compro normalmente en Huelva me hacen reflexionar sobre las ventajas de vivir en en pueblo. Ya en casa de Manolo y Susana, procedemos a disfrutar del postre: una tarta de galletas con una cubierta de chocolate espeso que me parece insuperable. Sobre las 16:00, me monto en el coche y conduzco hasta Huelva sin descanso. Solamente yo conozco el motivo de tanta prisa y la verdad es que no lo voy a contar.

sábado, 4 de junio de 2011

Viaje a Extremadura. Tercera etapa: Feria Nacional del Queso de Trujillo, domingo 1 de mayo.

Diez de la mañana. Sorprendentemente, no tengo resaca. Se puede intuir un día espléndido detrás de las persianas. Recuerdo que ayer llegamos más tarde y más borrachos de lo previsto y temo que los demás descarten la prevista visita a la Feria del Queso. Me levanto, me visto, hago la cama. El agua fría en la cara termina de confirmarme el buen estado de mi conciencia. Bajo al salón y me doy cuenta de que el resto de la gente sigue apurando un rato más de sueño. Me siento a garabatear el cuaderno con una facilidad que no recuerdo haber tenido desde hace años.

Poco a poco, la casa se va despertando. Me alegro de saber que el plan de la Feria del Queso se mantiene. Al menos, para Susana, para Manolo y para mí. Dani, en cambio, decide pasar el día con Guada porque las heridas en el pie no han mejorado lo suficiente. Es extraño pero no siento nada de hambre, cuando lo habitual, por las mañanas, es que no pueda pasar sin el desayuno. Decido tomar un café mientras espero para la ducha. Una vez que termino con los preparativos para volver a salir, espero a los demás hablando con Dani y haciendo algunas fotos a Rulo y a la casa.


Salimos a media mañana hacia Trujillo. Dejamos el coche a la entrada, pues los accesos al centro están limitados a los residentes con motivo de la Feria. Todo Trujillo invita desde el principio a dejarse invitar por el optimismo y la despreocupación. Al llegar a la Plaza Mayor (cuya majestuosidad está medio oculta por el gentío y los expositores), el primer y más importante cometido es comprar los tickets que se canjean por comida y bebida en los stands. Los tickets para el queso y la bebida están diferenciados. En ambos casos, cada ticket cuesta 50 céntimos. En cuanto a la comida, un ticket se canjea por un trozo, taco o lámina de queso sobre una rebanada de pan (o por una rebanada de pan untado con crema de queso). En cuanto a la bebida, un ticket se puede canjear por un vaso (tipo chupito) de vino joven (cosecha). Si se prefiere un vino de mayor calidad, un crianza por ejemplo, el vasito cuesta 2 tickets, es decir, un euro. El resto de bebidas tiene otros precios. La única cerveza que se sirve, Monasterio de Yuste, y el tinto de verano cuestan en los stands que vamos visitando 2,50 €, lo que supone pagar por ellos un total de 5 tickets. Por suerte, el problema de la bebida se arregla con facilidad cuando encontramos el stand de una quesería extremeña que vendía Rey de Reyes (un vino de pitarra que me encanta) a 2 € la botella de 75 cl.

Es difícil transmitir la experiencia que supone para un aficionado al queso esta feria, en la que puedes degustar género procedente de toda España y Portugal. Como se puede imaginar, la mayoría de los stands son de queserías extremeñas, pero aún así la variedad es inabarcable. Por cierto, si a alguien le queda alguna duda, la respuesta es sí: se pasar un día entero comiendo única y exclusivamente queso. Pruebo quesos extremeños, portugueses, manchegos, gallegos y asturianos. Creo que lo que más me sorprende es la crema de Cabrales con aceite de oliva, pero cometo el error de no comprarla.

También se me hace muy difícil transmitir la sensación de felicidad y plenitud que siento durante estas horas. Ese agradable y raro ambiente mental que mezcla la convicción de no poder estar en mejor lugar y circunstancia y, al mismo tiempo, no poder dejar de echar de menos a personas concretas o pensar en cuánto disfrutarían algunos de mis amigos en esta Feria, en un fin de semana como éste. Todo es positivo. El teléfono se encarga de seguir dándome alegrías.

Después de un breve descanso, empezamos la ronda por los stands para comprar los quesos que más nos han gustado. En total, son ocho las variedades que elegimos, varios de ellos galardonados con el primer premio que otorga la Feria. Son quesos de vaca, de oveja y de cabra y, en su mayoría, de procedencia extremeña y portuguesa, aunque no puedo evitar comprar una cuña de Cabrales clásico.

Cuando parece que la tarde no puede ofrecer más sorpresas, decidimos visitar el stand de una quesería que pertenece a una familia en la que Manolo y Susana tienen conocidos. Nos reciben de una manera tan cordial que parece que uno deja de estar en una feria de muestras para entrar en casas de unos viejos amigos. Nos invitan a su espléndido queso y a vino, nos regalan tickets para que sigamos consumiendo, hablamos largamente con unos y otros dando saltos entre distintos temas. Entonces conozco a don Ignacio Plaza, un jiennense de nacimiento y extremeño de adopción. Este señor se puede permitir a sus 95 años estudiar historia en la UNED. Además, es aficionado a escribir y se financia la autoedición de sus propios libros. Paso unos minutos embelesado con su conversación fluida. Se muestra interesado por lo que escribo y me dice que pueden leerse algunos de sus textos en internet. Por si fuera poco, me regala uno de sus libros de poemas, Caminando, y me lo dedica. Le doy las gracias con sinceridad varias veces y le aseguro que el sábado siguiente en la tertulia del New Classic se va a estar hablando sobre él.

Pasar a saludar a esta familia cambia todos los planes de repente y, según parece, la sección más joven insiste en que les acompañemos a la discoteca del pueblo (abierta a una hora tan atípica a causa de la Feria) a tomar la última antes de irnos. La experiencia merece la pena. Una lástima que se agote, precisamente en ese momento, la memoria de la tarjeta de mi cámara de fotos. Tiro del Ipod, pero no es lo mismo. La discoteca está ubicada en un inmenso edificio antiguo de dos plantas cercano a la plaza. En la superior, se puede acceder a una zona de terrazas y jardines desde la que se obtiene una panorámica preciosista del pueblo, que se ve multiplicada por el efecto del esplendor y la posterior caída de la tarde. Al llegar, me siento a observar el ambiente, cómo la multitud va derrochando optimismo y diversión a cada paso. Empiezo a quedarme dormido. Voy a la barra y me encuentro con la decepcionante certeza de que no sirven café. Tengo que recurrir a una de esas despreciables bebidas energéticas para aguantar lo que me queda de tarde. Vuelvo al lugar donde están los demás y me doy cuenta de que debo ponerme a hablar con quien sea y salir de mi estado de ostracismo. Afortunadamente, consigo entablar conversación con la pareja que nos ha traído a la discoteca y (nueva sorpresa) me dicen que son de Los Santos de Maimona. Tengo buenos recuerdos de Los Santos. Rápidamente, me lanzo a hablar sin parar de las dos veces que estuve disfrutando de la Feria de Agosto y doy algunos de los nombres de la gente que allí conocí. Me impresiona comprobar la brecha generacional que puede abrirse entre personas se llevan apenas diez años. Según parece, ya no existe la Feria de Agosto, ya no se hacen los botellones en la fuente del Espantaburros y, los más sorprendente, en un pueblo que no llega a los 9000 habitantes ninguno de los nombres que les cito, les resulta conocido. Mientras hablo sobre el pueblo, evoco constantes imágenes asociadas a muy buenos momentos de los 5 ó 6 días, repartidos en dos veranos diferentes, que he pasado allí.

Con la caída de la tarde, decidimos volver a Cáceres. Al llegar, pasamos junto al centro penitenciario Cáceres – 2. Desde el coche tomo 11 fotos, esperando que alguna de ellas capte la magia de un guiño al magnífico estribillo de Jesucristo García. Estúpida esperanza. Esto es una cárcel y, en las cárceles, el concepto magia del momento no tiene jurisdicción. Cuando llegamos, ya teníamos el pensamiento orientado a planificar la cena. Después de hablar entre todos, decidimos que Manolo, Dani y yo, vamos a acercarnos a La Tarama a por unos bocadillos para comer en casa. Y está claro que, estando en La Tarama, no íbamos a esperar con las manos vacías. Así, que no nos quedó mas remedio que acudir a uno de esos lotes litro de cerveza más ración. Volvemos a casa con los bocadillos, cenamos rápido y casi sin hablar. Nos sentamos en los sofás a ver Thelma y Louis. Al cabo de unos veinte minutos, me descubro luchando contra el peso de mis párpados y comprendo que debería acostarme.

jueves, 2 de junio de 2011

La casa del silencio

Ayer terminé de leer La casa del silencio y la verdad es que ya no me sorprende la enorme calidad literaria de los libros que escribe Orhan Pamuk. Sería improductivo que intentara esbozar un análisis detallado de su prosa porque no me siento capacitado para llevarlo a cabo. Y lo cierto es que un listado de elogios sobre su habilidad narrativa se me antoja insuficiente, sobre todo, para los receptores de estas palabras, que tan acostumbrados están a mi forma de ensalzar la mayoría de los libros acerca de los que escribo. Prefiero, por eso, en esta ocasión, y arriesgándome a que se me acuse de destripar el libro, pasar por encima de círculos los de la admiración y centrarme en la obra. La casa del silencio es una novela coral, en la que asistimos a la historia de una red tejida en torno a tres generaciones de personajes unidos por escabrosos lazos familiares. A través de las primeras personas y la subjetividad de cinco identidades, se da cuenta de historias pasadas y presentes que giran en torno a una casa situada en una zona de veraneo no muy lejos de Estambul. Cada capítulo está contado desde el filtro de un personaje distinto, siendo un total de cinco los narradores. Fatma, la única voz femenina, es una anciana atormentada y la dueña de la casa. Recep es un criado enano, que cuida a Fatma con una dedicación exagerada y soporta su desdén. Faruk es el mayor de los nietos de Fatma, alcohólico y afectado de una obesidad mórbida, historiador que ha perdido la ilusión por su carrera. Metin es el menor de los nietos y está obsesionado con huir a Estados Unidos y dejar atrás Turquía. Hasan, por último, es el sobrino de Recep y está perdido entre la ensoñación, el delirio y una ideología fundamentalista. Con sus altos y sus bajos, la novela es capaz de entrelazar la intrahistoria de un núcleo familiar amplio salpicado de adulterio, alcoholismo, matrimonios disfuncionales y vidas frustradas, con la Historia de su país y el análisis de los problemas que laten en la sociedad turca. Desde mi punto de vista, es ésta la mayor virtud de Orhan Pamuk. Nadie duda ya que un buen novelista debe ser capaz de delinear biografías e identidades para cumplir con el criterio de calidad fundamental de una narración, la verosimilitud. Pero su capacidad de dar cabida, al mismo tiempo, en sus páginas al conjunto de relaciones sociales y culturales del tiempo histórico en que transcurre la acción es una habilidad que no se aprecia con la misma intensidad en todos los novelistas. Quizá, más que una destreza o una demostración de virtuosismo, se trata de la confesión de un desasosiego, una puerta que se deja abierta al lector para entregarle parte de las preocupaciones intelectuales que obsesionan al autor. Pamuk nos permite de esta manera conocerle un poco, no se esconde bajo la máscara de las historias personales. Al contrario, al situarlas en un contexto político bien definido, nos permite tener la ilusoria sensación de haber estado dialogando más que leyendo, como si no fuéramos únicamente receptores de su libro. Probablemente, por esto me gusta tanto Pamuk, el Cortázar de Libro de Manuel, el Delibes de Cinco horas con Mario y de Los santos Inocentes.

jueves, 26 de mayo de 2011

Feria del Libro 2011

Escribo esta tarde con el único motivo de celebrar el regreso de la Feria del Libro de Huelva a la Plaza de las Monjas, centro estratégico de la vida comercial de la ciudad y su lugar natural, a pesar de que las malas decisiones de los últimos años la hayan arrastrado a un exilio que iba relegándola a un papel cada vez más secundario. Se puede decir que hay que pensar en los ciudadanos que no viven en el centro, se puede alegar que aquellos que tengan un verdadero interés en la lectura acabarán por acudir independientemente de su emplazamiento, se pueden dar razones hasta el aburrimiento para defender (casi) cualquier cosa. Pero está bastante claro que, en este caso concreto, defender una Feria del Libro en cualquier otro lugar que no sea la Plaza de las Monjas es autoengañarse o pretender engañar. Cualquier iniciativa que vaya destinada a la promoción y el aumento del consumo de un producto tiene que estar ubicada en un lugar con un gran tránsito de ciudadanos y, especialmente, de ciudadanos que se pasean con la predisposición de consumir, en este caso, comprar. Porque no debemos perder de vista que la lectura es un hábito que es necesario promocionar, que los protagonistas de la feria deben ser los libreros y que los libreros viven, comen, de la venta de libros. Si esta circunstancia es tan importante en la celebración de una feria del libro en cualquier ciudad de mayor tamaño, en una ciudad como Huelva se hace decisiva. Como todos sabemos, en las ciudades pequeñas, todo suele estar centralizado en torno a una determinada zona en la que conviven el ayuntamiento junto a la mayoría de instituciones públicas, algunos de los edificios más antiguos y emblemáticos y, por supuesto, una red de calles peatonales donde abundan los locales comerciales (al recordar este tipo de cosas uno no sabe si sentirse tonto o si corre el riesgo de que se sientan tontos los demás). Cualquiera que conozca Huelva, tendrá claro que el lugar natural del evento debe ser, por tanto, el que se ha elegido este año. Los años en los que la Feria del Libro ha sido llevada hasta el mismo límite en que se acaba la ciudad no solo han sido un fracaso económico para los libreros, además, han demostrado que el Ayuntamiento no tiene ningún interés en ofrecer una feria de calidad. Lo siento mucho si suena duro, pero es así. Evidentemente, la recuperación de su hábitat, no es la única tarea pendiente y esta celebración anual corre el riesgo de acabar desapareciendo si no conseguimos que vuelvan a ella algunas de las librerías más importantes de la ciudad que, según parece, tienen un mayor beneficio económico ausentándose. Está claro que una programación de visitas de escritores con mayor gancho y capacidad de promoción tendría como efecto inmediato una mejora en la presencia de público y, como consecuencia, un aumento de las ventas. Hace un par de días escuché a mi amigo José Manuel Alfaro decir que el problema de la Feria del Libro en nuestra ciudad es, precisamente, que la organiza el Ayuntamiento y no el propio sector librero como colectivo o asociación. Después de la experiencia de los últimos años, sería muy positivo que esta situación se invirtiera y fueran los propios libreros quienes tomaran la rienda de esta parcela de la promoción de la cultura.

martes, 24 de mayo de 2011

Traicionándome

En estas calles,
se dignifica el tiempo
de las colmenas.

jueves, 19 de mayo de 2011

En estos días

En estos días, en que parecen renacer las llamas del incendio ideológico, recuerdo una secreta convicción que siempre he tenido: todo es política. No hay ningún ámbito de la vida humana que no esté mojado, impregnado de política. Tomar café, dejar de fumar, dormir plácidamente, pagar el impuesto de circulación, caminar hasta el trabajo, todo es política. Antes de ningunear mi opinión, pido a quien la lea o la escuche que piense en la etimología de la palabra, que olvide las connotaciones negativas que hemos ido añadiéndole a fuerza de desengaños, que consulte el diccionario de la RAE y compruebe que política es también:

  • la actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos.

  • la actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo.

  • la cortesía y buen modo de portarse.

Si todo es política, todos somos política. Y aquellos que se declaran apolíticos también están adoptando una postura política, de la misma manera que también comunican con su actitud aquellos que pretenden de forma consciente no comunicar nada. El apolítico será conservador si entiende que no hay nada que pueda o merezca ser cambiado, será antisistema (o anarquista) si entiende que los mecanismos que rigen la participación ciudadana en los Estados contemporáneos son más estéticos que funcionales, pero esa declaración voluntaria de situarse fuera del actual mundo de la política con todas sus connotaciones negativas no deja de ser una forma de posicionarse políticamente.


En estos días en los que parece que no queda ni un solo rastro de esperanza. En estos días en los que somos conscientes del largo tiempo de crisis económica que aún nos queda, en que no parece enmendarse el drama del desempleo, en que algunas de las generaciones mejor formadas están condenadas a fracaso profesional y algunas de las generaciones que más han trabajado ven peligrar el futuro de sus inminentes jubilaciones, entiendo que los movimientos 15M y Democracia Real Ya no son más que una consecuencia lógica del tiempo en que vivimos. ¿Qué hacer cuando no hay futuro inmediato? ¿Qué hacer ante el inmovilismo al que nos quiere someter la dictadura del mundo financiero? ¿Acaso creen que se puede desincentivar incluso el derecho a quejarse, a regar las calles de rabia?


En estos días en que se acaba la campaña electoral, algunos seguimos buscando entre los nombres de los candidatos aquellos que nos parecen menos malos y no podemos obtener ninguna conclusión definitiva. Después de eliminar a causantes de la crisis, imputados por corrupción, derrochadores, chaqueteros, marionetas, voces sin propuestas, intolerantes, desdeñosos, autoritarios y populistas, creo que no queda ningún candidato al que votar. Por eso, puedo comprender el impulso de aquellos que piden abiertamente el voto en blanco o la renuncia al voto como medio de protesta ante este sistema que se ha demostrado agotado, insuficiente, para responder a las aspiraciones y necesidades de los hombres y mujeres que lo mantienen. Yo, sin embargo, pienso que la participación en las elecciones debería ser un derecho irrenunciable. Nos piden la opinión cada cuatro años y yo no pienso desperdiciar la oportunidad de manifestarla. La mayoría estamos de acuerdo en que el problema es la dinámica de bipartidismo que se ha impuesto, empobreciendo la vida política del país. Pues votemos en consecuencia, no nos dejemos convencer por la falacia del voto útil y, por supuesto, emprendamos iniciativas destinadas a cambiar la ley electoral y la asignación de escaños siguiendo el sistema de D'Hondt, que desprecia el número de votos totales en favor de un criterio tan interesado y manipulador como la concentración. Lo siento, pero yo pienso votar.


En estos días en que las redes sociales son un hervidero de mensajes con referencias a las concentraciones y acampadas que se están llevando a cabo por todo el país y a su compatibilidad con la campaña electoral y la ya cercana jornada de reflexión, he leído un tweet muy certero que, en esencia, decía: no hay que preocuparse tanto por lo que se hacer o no estos días previos a las elecciones, lo importante será lo que suceda a partir del lunes y esto vale para políticos y para manifestantes.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Días laborables



Ida...





y vuelta

Sé que es díficil comprenderlo, pero los cotidianos 90 minutos de paseo que empleo en la caminata de ida y de vuelta al colegio son dos de los momentos más satisfactorios de cada día.

viernes, 13 de mayo de 2011

Amor y negacionismo

Al calor de la profunda crisis económica a la que asistimos impotentes, se vuelve a poner de actualidad el debate sobre la caída del sistema de valores éticos o, más radicalmente, el planteamiento de su existencia. Las posiciones intelectuales postmodernas nos situaron ante un universo donde no hay ninguna certidumbre, en el que la conciencia humana no tiene ningún asidero al que agarrarse para no despeñarse en el abismo de una existencia a la que no puede concederse un sentido claro y unívoco. Lo cierto es que estos modelos de pensamiento acabaron teniendo cierto éxito y calaron de tal forma, que no hace falta haber estudiado filosofía o estar interesado en la evolución histórica de la mentalidad humana para mantener posturas de un escepticismo extremo ante la vida. Por otro lado, hay que tener en cuenta que tanto las sociedades, como las personas que las conforman, funcionan como sistemas dinámicos y cuyos elementos tienen capacidad de influencia entre sí. Sobra decir que la mayoría de las reacciones y comportamientos se producen de forma global. Es decir, reaccionamos como un todo ante las condiciones de cada situación y elaboramos nuestras respuestas también como un todo. No es raro, entonces, que este modelo de pensamiento negacionista se haya extendido tanto que acabe por abarcar incluso a los modos de vida y, sobre todo, a las percepciones y valoraciones que de ellos se tienen. El impulso revisionista y, casi, destructivo es tan grande que lleva a algunos a plantearse la existencia de ciertos pilares básicos de las relaciones humanas. Hablando claro: hay que se atreve a dudar de la existencia del amor. Para ello, se le disfraza de la necesidad meramente biológica de la sexualidad o se alude a la rentabilidad material del concepto como factor de estabilización que permite la creación de familias y, así, la perpetuación del sistema social y económico en el que vivimos. Se simplifica la realidad argumentando que el sistema más extendido de relaciones afectivas, es decir, la pareja más o menos estable, sigue siendo posible por los condicionamientos sociales o porque actuamos movidos por la comodidad de no separarnos de la norma, por la angustia a la que nos suele enfrentar un largo tiempo de soledad. Sin embargo, cualquier análisis que sepa tomar cierta distancia con respecto a posiciones radicales de partida no puede negar la existencia del amor, un sentimiento de filiación básico en el ser humano. Evidentemente, somos animales (mamíferos concretamente) y lo que llamamos emociones y sentimientos tienen una clara base fisiológica y están sometidos a los moldes y modelos a los que nos enfrentamos en nuestro medio. Pero reducir el mundo afectivo humano a un esquema de impulsos biológicos convenientemente amasados por las prácticas socioculturales dominantes me parece muy exagerado. Esto implicaría reducir la sexualidad humana a la mera reproducción. Y es aquí, precisamente, donde se derrumba el argumento. El hecho de que la sexualidad humana haya trascendido su primigenia función reproductiva para convertirse en un modo de comunicación, en un componente tan importante para alcanzar una salud plena y una identidad personal satisfactoria, es una clara muestra de la realidad de los sentimientos relacionados con el afecto y la filiación hacia la pareja. Otra cosa es valorar la cuestión de la mayor o menor perdurabilidad de las parejas. En mi opinión, cuando un modelo de comportamiento está tan extendido y sobrevive a todo tipo de crisis sociales y económicas, no se puede cuestionar su funcionamiento ni su realidad. Podrá decirse que es solo una consecuencia de la bioquímica de nuestro cerebro y que, fuera de ese contexto, no parece tener mucho sentido. Es posible, pero yo matizaría: si se trata de una realidad derivada del alto grado de organización de nuestro cerebro (al igual que muchas otras realidades de las que a nadie le da por dudar) y, en consecuencia, si no tiene sentido fuera del contexto del cerebro humano, será porque se trata de una realidad específicamente humana (extremo que no me atrevo a afirmar). Hace un mes, aproximadamente, planteaba en este mismo lugar la necesidad de revisar ese extraño sistema de certidumbres que hemos creado de forma artificial en torno a la incontestable realidad de la muerte. Es curioso como se puede tener un funcionamiento psicológico tan selectivo que permite confiar ciegamente en determinados artificios en unos casos y, sin embargo, mostrar una actitud de negación permanente en otros. Podría parecer que estamos ante una contradicción pero no es así. La conclusión sigue siendo la misma: vivimos de espaldas al sufrimiento. Lo que realmente decimos cuando decimos que no existe el amor es que tenemos un miedo desbocado a que nos hagan daño.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Viaje a Extremadura. Segunda etapa: Jerez de los Caballeros - Cáceres, sábado 30 de abril.

Abro los ojos, 10:47. Como intuía, resaca. Mañana de ajetreo. En principio, pensé en acompañar a Manolo a Olivenza para sacar a “Cuqui” (sí, a mí tampoco me gusta el nombre) de la perrera. Pero, al final, insistió en ir solo y me pidió que ayudara a Susana a preparar todo lo necesario para salir hacia Cáceres. El rito del café y del pan tostado. Tareas domésticas en casa ajena: hacer la cama, sacar a pasear a Luna, cambiar el agua de las tortugas, meter el coche de Susana en el garaje, hacer paquetitos con los bizcochos de Alconchel para repartirlos entre Ramiro y Julia, comprar un arnés y una correa para la nueva dueña de Cuqui. Lo admito, soy muy torpe. De hecho, el coche lo tuvo que meter al final mi prima en el garaje porque yo no era capaz de aclararme con la marcha atrás. Me sacan del Meriva y no soy nadie. La incursión por Jerez para comprar el arnés y la correa no tuvo ninguna dificultad. Pensaba que iba a perderme y a dar muchísimas vueltas, pero no. Llegué directamente a la tienda y compré lo que se me había encargado después de saludar a Alías que, casualmente, estaba allí. Vuelvo a la casa, llega Manolo con el perro, lo metemos todo en el coche y salimos por fin a la carretera.

Patio en Brovales
Primer punto de destino: Brovales, una aldea muy cercana a Jerez donde vive Encarna, la tía de Manolo que ha adoptado al perro. En cuanto me bajo del coche, comprendo que el perro va a vivir en un paraíso. Me habían hablado de los patios de las casas antiguas en Brovales, pero cuando los veo con mis propios ojos, me entran ganas de quedarme a mí. A eso hay que sumarle el encantador carácter de Encarna y su manera de hablarle al perro como si fuera uno de sus nietos. Sí, indudablemente Cuqui “ha triunfado”. No podemos pararnos mucho porque el plan es almorzar en Cáceres.

Nos hace falta esto en Huelva
Así que salimos sin más demora y, después de atravesar varias trombas de agua en la autopista, llegamos a nuestro segundo punto de destino sobre las 15:23. Allí está esperándonos Dani (hermano de Manolo y nuestro anfitrión en Cáceres). Poco después, llega Quique. Una pena que Guada se encuentre mal, precisamente, este fin de semana. Comemos en el Mesón La Tarama. La primera impresión que me llevo del sitio es que, a partir de ese momento, sería uno de esos lugares de peregrinaje recurrente. El atractivo del lugar lo había visto en su oferta: un litro de cerveza y una ración (abundante) a elegir por 6 euros. Después, me di cuenta de que esta genial iniciativa está muy extendida por Cáceres y que, en la mayoría de bares de barrio y media tarde, donde la gente se reúne alrededor de amigos o de pantallas que destilan fútbol, tiene este tipo de ofertas e, incluso, a un precio menor. Nos decidimos por patatas bravas, rejos, alitas de pollo y solomillo de cerdo (una pena que no pudiéramos acompañarlo con salsa de Torta del Casar porque se había agotado). Después del preceptivo licor de hierbas, pasamos por la casa, saludamos a Guada, tomamos un café y asaltamos, una vez más, la caja de bizcochos de Alconchel.

Litro y ración de alitas de pollo
Después del breve descanso, nos montamos en el destartalado coche de Quique y, mientras suenan Soulfly y Dumb Incorporation, pasamos a recoger a Zorita y nos dirigimos a la Cervecería Cali para ver el fútbol. Guada y Susana han preferido quedarse en casa. En materia de fútbol, la tarde es completamente descartable. Al menos, pierden los dos y eso hace más llevadero el golpe. Por lo demás, tarde perfecta. Dejo pronto el gin tonic (después del primero) y me cambio a la cerveza porque, de otra manera, no aguanto. Buena música y un camarero cordial con el que hablo de discos, estilos y canciones. Tiene el detalle de apuntarme los grupos que van sonando. Conversaciones inacabables con unos y con otros. Breve visita al estudio de El Malo del Cuento. Por lo que parece, aunque Quique y Dani, ya no formen parte del grupo, la relación sigue siendo buena. El estudio me gusta. Siento un impulso irreprimible de hacer fotos, pero se me agota con rapidez. Nos ponen una canción sobre el Barrio del Cabañal que acaban de grabar. Definitivamente, el rock nacional reivindicativo ya no me llega como hace unos años.
Pasan las 22:30 cuando conseguimos convencer a Zorita y a Manolo de que algo habrá que cenar. Entonces, Dani nos lleva a La Cacharrería, un templo del paladar y la cocina creativa. Su ubicación, ya de por sí, es magnífica. Está en el casco histórico de la ciudad y su decoración refleja un estilo incuestionable. Nos decidimos por los nachos con guacamole, la ensalada templada de pollo y rúcula y un praliné de turrón con surtido de patés. El vino lo tengo clarísimo desde que lo he visto: Habla del silencio. La comida está exquisita y los camareros (él y ella) son amables hasta el extremo. Dani se empeña en invitarnos y, claro, eso obligaba a tomar unas copas para invitarlo a él.
Cena en la Cacharrería
Nos ponemos rumbo hacia el María Mandiles, bar de copas al que le pondría un 10 solo por la música y, sobre todo, por la facilidad con que atienden las peticiones musicales que les hacemos. La segunda parada es el Cambalache. Episodio número 1 con la camarera. Cuando llegamos me doy cuenta de que la chavala miraba con cierta desesperación a unos cuantos borrachos. Mientras nos sirve las copas, empieza a sonar los Burning con su “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?”. Y, claro, la asociación era tan fácil que se lo tuve que decir: “Esta canción parece que te la han hecho a ti”. Ella me mira, me responde con un breve “Pues sí” y sigue trabajando. Episodio número 2 con la camarera. En medio de una de mis oleadas de furia por hacer fotografías, la camarera piensa que estoy tratando de robarle una foto clandestinamente y se queja a mi amigo Manolo. Vergüenza. Hablo con ella y le ofrezco la cámara para que compruebe que no está en ninguna foto. Indignación. Punto uno: me jode que piense así de mí. Yo no soy así. Todos los que me conocéis lo sabéis. Punto dos: a ver, la chavala no era fea, pero tampoco es que estuviera tan buena como para creérselo de esa manera.
Salimos del bar. Breve discusión en la puerta sobre la bandera de España con una pija de Mérida, un auténtico saco de prejuicios. Paseo hasta la Plaza Mayor y Parada en La Luna de Chomin. Según me cuentan al día siguiente, tomamos algún chupito de tequila o vodka. El bar me deja pocos recuerdos, aunque tengo la certeza de haber estado allí antes. Se trata de una mera estación de tránsito. El alcohol ya se ha instalado en nuestras cabezas y, poco después, decidimos andar hasta Cánovas para buscar un taxi que nos devolviera a casa. Por el camino, encontramos a un grupo de gente con guitarra y caja. Como si nos conociéramos de toda la vida, Manolo se sienta en la caja y yo me arranco con mi habitual “No sé que tiene San Roque”. Nuestra melopea casi asusta al grupo de chavales. Tan pronto como nos paramos, seguimos andando. Encontramos un taxi con facilidad y la noche acaba con unos montaditos de jamón en casa.
Nocturno en Cáceres
Síntesis y valoración global del día: Cáceres es una de esas ciudades con un ambiente mágico. Su casco histórico tiene tal capacidad de transportar en la historia que la experiencia no puedo describirla satisfactoriamente con palabras. Siempre acabo recurriendo a lo que mi padre me dijo cuando yo aún no lo conocía: “Si no fuera por algún coche que ves, parecería que vas a encontrarte con el Guerrero del Antifaz”. Además, y ésta es una visión muy personal y condicionada por mi experiencia, las gentes que habitan las calles de Cáceres derrochan amabilidad, son de fácil conversación y tienen una especie de bondad natural que hace aflorar ese sentimiento de “estar como en casa”. En realidad, estas sensaciones podría hacerlas extensibles a mis experiencias en cualquier lugar de Extremadura. De hecho, en más de una ocasión, ya he dicho que, teniendo muy clara mi identidad como andaluz, me siento una suerte de “extremeño de adopción en el exilio”. Y, en cualquier caso, tengo clarísimo que podría vivir muy feliz aquí.

jueves, 5 de mayo de 2011

El tema de la semana

Supongo que es difícil sustraerse del tema más comentado de la semana, sobre todo, una vez se ha terminado la saga de enfrentamientos entre el Madrid y el Barcelona. Es el recurso perfecto para empezar a hablar con alguien, un remedio eficaz contra los silencios incómodos frente a gente que no se conoce lo suficiente o la baza perfecta para cambiar de tema porque se sabe que a nadie puede dejar indiferente la noticia que anuncia la muerte de quien había sido declarado enemigo público número uno por el imperio dominante. Por desgracia, creo que fui una de las pocas personas que escuché la noticia en la radio justo en el momento en que empezó a difundirse. Sí, por desgracia, ya que a esas horas de la madrugada, sin estar trabajando o de fiesta, con todo un día libre por delante, estar peleándose con la cama y el insomnio resulta particularmente fastidioso. Pero así fue. Al principio (no sé por qué), el anuncio del fallecimiento de Osama Bin Laden me causó cierta indiferencia. Supongo que, tras los atentados de las Torres Gemelas, yo era una de esas personas que pensaban que, tratándose de un trabajo en el que se emplearía a fondo la CIA con la desinteresada colaboración del Mossad y la conveniente actitud complaciente de la Unión Europea y el resto de la comunidad internacional, era cuestión de días que se capturara al cerebro de la matanza. Sin embargo, como ya es sabido, los días se fueron haciendo semanas, las semanas meses, los meses años y, así, llegamos a la madrugada del lunes 2 de mayo. Después de años, en los que el paradero del líder de Al Qaeda era un misterio indescifrable, se había confirmado al fin su emplazamiento y se había organizado una misión con tropas especiales para ir a por él. Con el paso de los días, la avalancha de noticias y la vocación ambigua y de medias tintas que muestran las declaraciones de los portavoces estadounidenses, se dibujan en el horizonte muchísimas dudas irresolubles y parece que estamos ante otra de esas muertes de una gran estrella del rock que siempre quedan envueltas en un halo de leyenda y misterio. La primera duda podría que plantearse es su veracidad. Aunque, después de todo, si como dicen algunos, todo es una gran falacia propagandística orquestada desde Washington, por qué no ha hecho ya Bin Laden uno de esos vídeos en los que se dedicaba a desmentir las afirmaciones de sus enemigos. Una cosa está clara: de haberse producido la muerte, estaríamos ante un asesinato. Podemos entrar a discutir si la pena de muerte o el acto de guerra se incluyen también dentro de la categoría asesinato (en mi opinión se incluyen). Pero, esto no ha sido un acto de guerra ni una ejecución amparada por una ley que apruebe la pena de muerte. Para que esto fuese un acto de guerra, se tiene que producir tras una declaración de la misma, en un campo de batalla, con los contendientes de ambos bandos armados y uniformados para tal fin. Es evidente que el asalto a una casa por parte de profesionales del mejor ejército del mundo no es, precisamente, un escenario bélico. Por otro lado, para condenar a alguien a pena de muerte hace falta su detención, su traslado a un país donde se garantice un juicio justo y esté vigente la pena de muerte y una sentencia judicial que avale la ejecución. Además, pensándolo bien, ¿no era Obama el candidato que repudiaba Guantánamo y los métodos de tortura? ¿Cómo se puede presentar un éxito de política antiterrorista reconociendo que el trato cruel e inhumano a los prisioneros de un conflicto armado ha dado por fin los frutos esperados? Más curioso resulta, si cabe, querer mostrar después del asesinato un lado humano y declarar que no se mostrarán imágenes del cadáver para evitar el enardecimiento de los seguidores del saudí, asegurar que se organizó un breve funeral musulmán para honrar el cuerpo y que fue arrojado al mar para evitar una sepultura que pudiera convertirse en lugar de peregrinaje para el fundamentalismo islámico, amén de que no se habría encontrado un país dispuesto a admitir que el cuerpo reposara en su territorio. Ante este nuevo panorama de interrogantes que nunca obtendrán repuesta, es tan legítimo creer la versión íntegra ofrecida por el gobierno de Estados Unidos como pensar que todo esto es un nuevo montaje de la inmensa cultura del espectáculo en la que vivimos inmersos. Algunos, incluso, se atreven a aventurar que todo este suceso no es más que un enjuague, entre ambas partes mediante el que los Estados Unidos podrían reafirmar su poder ante el mundo y, mientras tanto, Bin Laden podría seguir viviendo en el anonimato, con la tranquilidad de estar oficialmente muerto. Y es que después del escándalo de WikiLeaks, el terreno para las teorías de la conspiración está más abonado que nunca. Que nadie se sorprenda cuando empiecen a correr los rumores de personas que aseguran haber visto a Bin Laden vivo en algún destino exótico.

martes, 3 de mayo de 2011

Viaje a Extremadura. Primera etapa: Huelva - Jerez de los Caballeros, viernes 29 de abril.

Se me ha ocurrido hacer un breve diario del viaje a Extremadura en el puente del 1 de mayo para seguir dándole cierto dinamismo al blog y, de paso, obligarme a escribir un poco más. Intentaré quedarme a medio camino entre el minuciosidad y la enumeración y trataré de primar la mera secuencia narrativa antes que la disgresión. En cualquier caso, no pretendo hacer un relato esmerado de estos días y ahorro todo tipo de esfuerzo mental en favor del mero placer de dejarse llevar recordando y deslizando el bolígrafo por el cuaderno alegremente.

Esta primera etapa del viaje, desde luego, no ha salido como la había imaginado. Mi idea era dejar el equipaje preparado y llevarme el coche al colegio para no tener que volver a Huelva a las 14:00, una vez que hubiera sonado el liberador timbre que anuncia el final de la jornada laboral de los viernes. Y así lo hice. Lo que no supe fue planificar el tiempo que iba a necesitar para sacar dinero antes de arrancar camino al trabajo. Las habituales prisas de las mañanas laborables me hicieron consciente de que tendría que volver a Huelva, pues ya sabéis: Poderoso caballero... Afortunadamente, la mañana quiso pasar sin detenerse demasiado en cada detalle y salí con toda la prisa que pude hacia mi coche para intentar no retrasar demasiado la partida.

Cuando me monté en el coche tuve doble ración de acontecimientos inesperados. Primero me di cuenta de que había olvidado en casa una carpetita en la que tenía gran parte de la documentación del coche. Esto me obligaba a subir al piso además de tener que pasar por el banco. A continuación, en uno de mis sensacionales despistes, le hice un nuevo roce a la chapa al salir del aparcamiento. Me queda al menos el consuelo de que, al vivir en Huelva y ser el coche azul, los arañazos blancos parecen un guiño a nuestro amado Recreativo (modo irónico on).

Paso por mi casa, recojo los papeles, camino hasta la sucursal de mi banco más cercana y me encuentro con que el cajero automático no está operativo. ¡Qué bien! Me fijo en la lista de cajeros alternativos que amablemente se me ofrecen y me llama la atención uno en el Barrio de La Orden. Me decidí por éste ateniéndome a dos razones. La primera (práctica) es lo cerca que está La Orden de la salida hacia Sevilla. La segunda es sentimental: yo viví en ese barrio hasta los 14 años. Pues bien, según parece, no se pueden tomar las decisiones con un criterio práctico ni con uno sentimental. El hecho es que estuve en la calle, en el número indicado y no vi ninguna sucursal de mi banco a mi alrededor. Otra vuelta de tuerca. Otra vez al coche, dirección calle Ángel Serradilla y, una vez allí, por fin, consigo sacar dinero y dar por comenzado el viaje.

Sobre las 15:35, llego a Beas y, como tenía previsto, paro a comer en el Mesón del Olivo mientras me empapo de la que parece ser la única noticia del día, el celebérrimo bodorrio inglés. No os aburro con el menú porque, en el fondo, aunque satisfactorio, no es que fuera una experiencia gastronómica inolvidable. Retomo camino a las 16:10. La banda sonora Tabletom. Mientras dura el disco y puedo cantar las canciones, aguanto el cansancio postalmuerzo sin dificultades. Pero el disco se acaba, comienzan a sonar los Tango Crash y un peligroso sueño empieza a adueñarse de mi conciencia. Honestamente, he pasado un mal rato y he tenido mucha suerte. Sabía que tenía que parar, que no tenía el control total del coche, pero estaba tan lento de reflejos que reaccionaba demasiado tarde. La primera venta se me ha pasado, la segunda por suerte no. Así que detengo el coche junto a la Venta Domínguez debajo de unas encinas e improviso una siesta de 25 minutos que me ha venido muy bien.

A las 17:25 salgo del coche, entro en la venta, me tomo el tercer café del día y me lavo la cara. Estos antídotos contra el sueño explican la energía con que conduzco hasta el primer punto de destino del viaje: Jerez de los Caballeros. Siempre que voy acercándome a este pueblo al que no me canso de venir, me acuerdo de la gente con la que me apetece estar. Y me dejo llevar por la vaga ensoñación de parar el coche en el mirador que hay antes de la tercera entrada al pueblo (la que tengo que tomar para entrar directamente a la zona donde viven mis familiares) para mostrar a alguien que, hipotéticamente, me acompañase y no conociera el pueblo la magnífica panorámica de las cuatro torres.

Luna, ya sin euforia

Al llegar, al siempre magnífico recibimiento que me dan Manolo y Susana, y a la euforia sincera de Luna, se han unido esta vez los bizcochos de chocolate de la Panadería Tahona de Alconchel. Sé que esto suena mal. Pero el mejor bizcocho que yo he probado no me lo ha hecho mi madre, mi tía o mi abuela. Ni siquiera es casero. Para mí, los mejores bizcochos son los de esta panadería y prefiero tenerlos lo más lejos posible para no sucumbir en la tentación de acabar con una caja entera.

Los bizcochos de Alconchel

Cuando parecía que el resto del plan estaba totalmente confirmado, se produce otro cambio repentino. Un perro callejero que cuidaban entre varios vecinos de la calle San Antón “bajo el liderazgo” de mi prima mientras se le encontraba un adoptante, se lo había llevado la perrera porque algún infeliz aburrido había avisado a la Policía Local. Ya es casualidad. Precisamente, al día siguiente, íbamos a llevar al perro a su nuevo hogar en Brovales antes de tomar rumbo hacia Cáceres. Aunque el plan inicial era levantarse temprano para aprovechar la mañana, la nueva situación obligaba moralmente a recoger al perro en la perrera de Olivenza al día siguiente y, teniendo en cuenta que Olivenza está a 40 minutos y que no dejaría salir al perro de la cárcel hasta las 11:30 (hora en que pasaba la veterinaria), había que adaptarse a las nuevas circunstancias y, ya que estamos, salir.



Lugar de interés turístico nacional

Así que fui con Manolo a un lugar que me encanta: Tasca El Manco El Currilitro. De dónde viene la mención al manco, es algo que no puedo contar porque lo desconozco. En cuanto a lo de Currilitro, el tabernero se llama Curro y, en el bar, lo que se sirven básicamente son litronas. No hay tirador de cerveza. Solo botellines y botellas de litro. El precio del litro puede parecer, en principio, excesivo: 2,50 €. Pero hay que pensar en tercios y, haciendo la cuenta, el tercio sale a 83,33 céntimos. Barato ¿no? Además, Curro tiene la cortesía de invitar a un par de tapas pequeñitas a sus clientes para acompañar la cerveza (que, por cierto, está a una temperatura excelente, unos grados por encima de la congelación). Las tapas varían en función de la hora, el día y la suerte que tengas: queso portugués, patatas con salsa de ajo, riñones al jerez o unas aceitunas machacadas (que no son precisamente de las rellenas de anchoa del súper). Si uno tiene hambre y no se conforma con estos pequeños aperitivos, siempre puede pedir chacina al plato: una ración de chorizo o salchichón ibéricos tan abundante que es difícil de terminar y que cuesta 2,75 €. Supongo que ahora se entiende por qué adoro este sitio.

Litrona en el Currilitro con su correspondiente tapa de queso

Después, cena en Heri (en la actualidad Bar La Callejita) previo paso por la casa para recoger a Susana. En Jerez, hay varios locales de hostelería con un encanto y una belleza que justifican por sí solos su elección para comer. Desgraciadamente, cerró La Ermita que, como su nombre indica, estaba situado en el edificio de una antigua ermita. Heri (nombre que se da al local en todo el pueblo por su dueño) está situado también en un edificio muy antiguo que, probablemente, hizo función de bodega pues, de hecho, se conservan unos toneles de entonces que son lo más interesante del lugar. La comida es buena y el servicio rápido. Secreto ibérico, queso de oveja y un par de botellas de Monasterio de Tentudía fue nuestra elección. Lo único que eché de menos fue una visita a Los Comunistas (otra tasca).

Secreto ibérico en Heri

A partir de este punto, un par de copas en La Fama y en La Taberna y la fundada sospecha de resaca al día siguiente. Varias horas nadando entre conversaciones con gente a la que no sé si conozco demasiado a pesar de verla tan poco o es casi desconocida a pesar de la regularidad con la que suelo venir. Llegamos a la casa tarde y con hambre. Me quedo dormido en el sofá mientras Manolo prepara en el microondas unas salchichas que no llegué a probar.

domingo, 24 de abril de 2011

Estos versos

un millón de escenarios en los que, al fin,
la vida es
también posible.


Estos versos están desde septiembre de 2003 viajando por mi cabeza. Y nunca consigo encontrarles un mayor desarrollo o acomodo. Lo único que tengo claro es que son el final de un poema. Pero me da la impresión de que no voy a poder escribirlo nunca.

jueves, 21 de abril de 2011

En el cuerpo del mundo: poemas.

Demasiada luz. Quizá sea ésta la sensación que a uno le asalta a medida que avanza por los poemas que componen la primera mitad (puede que algo más) del volumen de poesía reunida En el cuerpo del mundo de Andrés Sánchez Robayna. No se trata en esta primera mitad de un cuerpo unitario de poemas con un estilo unívoco: desde el radicalismo de algunos de sus primeros tiempos (es especialmente revelador “El sentido del poema ha de ser abolido”) hasta un lirismo reposado, contemplativo, capaz de construir una serie de poemas estremecedores sobre un vaso de agua, sin olvidar un grupo de textos con estructura de prosa y un carácter circular. Sin embargo, la mayoría de los poemas tienen unos claros denominadores comunes que son la luz, las rocas, el mar, las dunas; circunstancia que, por momentos, hace aflorar en el lector una sensación de rutina y (al menos en mi caso) dificulta el mantenimiento de un grado óptimo de atención. Por suerte, tengo la rara habilidad de sentir una amistad ficticia por los escritores a los que leo durante los periodos que les dedico a sus libros y esto me lleva a sentir una empatía exagerada por los modos de expresión y los puntos de vista desde los que se construye el discurso literario del autor. Y la califico de exagerada porque esta predisposición me lleva a una aceptación incondicional de los planteamientos que leo; para maximizar la comprensión, soy capaz incluso de considerar, provisionalmente, mis creencias personales como algo revisable si las propuestas del libro así me lo sugieren. Siendo así, la visión retrospectiva que se obtiene al reflexionar sobre las páginas que se van quedando atrás es satisfactoria y, aunque uno no pueda expresar con claridad qué es lo que ha aprendido (ya que no se trata de una lectura ligera), algo queda, no hay duda. En este volumen de poesía reunida, los cambios van gestándose con una lentitud que los hace difícilmente perceptibles hasta que se produce un salto cualitativo que todo lo cambia. Desde mi punto de vista, este salto podría situarse en el poemario Fuego blanco, en el que parece producirse un giro en los modos de expresión hacia posiciones menos cerradas con el lector. Empieza a vislumbrarse así un tipo de poesía que concede al lector una mayor ilusión de entendimiento de la verdadera estructura semántica de los textos. Posiblemente, el poema que mejor marca esta nueva situación es “Las primeras lluvias”, que se abre con estos magníficos versos:


La tierra de que hablo, hacia noviembre,
conoce el viento. Llega, desde el este,
hasta los arenales como un ave sedienta,
soplas las aguas negras. Esta noche
removió los postigos mal calzados
y agitó la palmera. En los cristales
chillaba como un pájaro perdido.


A partir de este punto (para qué negarlo), la experiencia de la lectura es más reconfortante y enriquecedora. Y el paso por los poemarios Sobre una piedra extrema, Inscripciones y El libro, tras la duna es un viaje de placer, un recorrido psíquico que depara un buen número de imágenes y sensaciones asociadas. Creo que mis palabras se están vaciando de contenidos y no quisiera empezar a repetirme, de modo que prefiero dejar que sea el poeta quien ponga el punto final con estos versos que describen el descubrimiento de su pasión por la poesía:


Y, así, la noche,

el autobús que me llevaba a casa,

las palabras que vi como tomadas

por manos que sangraban, empezaron

a incendiarse en mi boca.



viernes, 15 de abril de 2011

Silencios

En un primer momento Faruk bey se calló, luego apuró el vaso y de repente dijo:
- Me he hecho viejo.
Guardaron silencio: ahora no era porque no puedieran entenderse, sino como si estuvieran satisfechos de haber comprendido que estaban de acuerdo en no entenderse. A veces dos personas se callan y su silencio es más elocuente que si hablaran.

La casa del silencio
Orhan Pamuk

jueves, 7 de abril de 2011

La ficción de la seguridad

Recuerdo el pánico que muchos sufrimos durante la famosa crisis de las “vacas locas” que se generó en el Reino Unido en la segunda mitad de la década de los noventa. Tengo que reconocer que yo fui uno de esos fanáticos que decidió no comer carne de ternera durante varios meses al no poder establecer con seguridad el origen de toda la carne que consumía o, aún peor, cuando conocía el origen de la carne, alegaba no tener motivos para confiar más en unos ganaderos que en otros. Muchos años atrás y, todavía saliendo de una adolescencia tardía, también viví de primera mano el miedo a la famosa bacteria asesina y, durante algunas semanas, me preocupaba sobremanera cualquier corte o herida que pudiera hacerme de forma accidental. Más recientemente, formas de gripe desconocidas para la opinión pública parecen irrumpir en la actualidad informativa como si de grandes campañas de publicidad se tratase. Las previsiones e hipótesis que se lanzaron con motivo de la gripe aviar eran aterradoras. ¿Y qué podría decirse de la gripe A? El propio gobierno se mostró asustadizo y tomó una serie de precauciones que unos meses más tardes acabaron por parecer un poco ridículas. Si bien son estos unos hechos que no deberían justificar un miedo excesivo, lo cierto es que me gustaría llevar el análisis a situaciones más delicadas, es decir, a determinadas tragedias producidas por los seres humanos o por la naturaleza. Los atentados del 11 de Septiembre de 2001 en Estados Unidos supusieron un claro punto de inflexión en algo que debería ser tan normal a estas alturas como viajar en avión. Los protocolos de seguridad fueron revisados de forma concienzuda y los aeropuertos se convirtieron en lugares más tediosos de lo que, en sí mismos, ya eran. Un caso más reciente y, si cabe, más terrible es el de la enorme tragedia que está sufriendo Japón desde el día 11 de marzo. Cuando la causa natural (un tsunami), se une a la causa humana (las centrales nucleares) contribuyendo así a hacer mayor el desastre y más insoportable el sufrimiento de la población, el miedo, desde luego, es más que comprensible. Para afrontarlo, vamos a revisar todas las centrales nucleares y a someterlas a unas pruebas de estrés (expresión que parece haberse puesto de moda). De esta forma, conseguiremos lo mismo que conseguimos cuando los gobiernos se aprovisionaron de vacunas y antivirales o cuando se adoptaron las férreas medidas de seguridad en los aviones tras el 11 de septiembre: recuperar la ilusión de control, ese sentimiento de seguridad que tanto necesitamos y que podría definirse como la tendencia de los seres humanos a creer que pueden controlar o influir en los resultados de procesos sobre los que, claramente, no tienen ninguna capacidad de influencia. No es que yo critique la necesidad de adoptar medidas y precauciones que, sin duda, son necesarias para garantizar la seguridad, el bienestar o la propia vida. Sin embargo, me gustaría plantear una reflexión. Hacemos todo tipo de cosas para mantener la ficción de nuestra seguridad y nuestra permanencia: escribimos libros, ponemos rejas a las ventanas, compartimos parte de nuestra vida privada con cámaras de videovigilancia, revisamos todos los protocolos revisables, eludimos las conversaciones sobre la enfermedad y el sufrimiento, nos declaramos incapaces de acudir a los tanatorios y a los hospitales... Y, sin embargo, rara vez nos atrevemos a revisarnos nosotros mismos y a preguntarnos por qué no podemos soportar la idea de vivir en un mundo imprevisible, por qué vivimos tan completamente ajenos a la certeza de saber que un día desapareceremos.

domingo, 3 de abril de 2011

Relaciones afectivas


De esto estoy seguro: las flores no sufren por amor.

sábado, 2 de abril de 2011

Fuera de modas

Soy perfectamente consciente del coñazo que estoy dando con Silvio Rodríguez, pero la verdad es que me da exactamente igual.

viernes, 1 de abril de 2011