jueves, 26 de mayo de 2011

Feria del Libro 2011

Escribo esta tarde con el único motivo de celebrar el regreso de la Feria del Libro de Huelva a la Plaza de las Monjas, centro estratégico de la vida comercial de la ciudad y su lugar natural, a pesar de que las malas decisiones de los últimos años la hayan arrastrado a un exilio que iba relegándola a un papel cada vez más secundario. Se puede decir que hay que pensar en los ciudadanos que no viven en el centro, se puede alegar que aquellos que tengan un verdadero interés en la lectura acabarán por acudir independientemente de su emplazamiento, se pueden dar razones hasta el aburrimiento para defender (casi) cualquier cosa. Pero está bastante claro que, en este caso concreto, defender una Feria del Libro en cualquier otro lugar que no sea la Plaza de las Monjas es autoengañarse o pretender engañar. Cualquier iniciativa que vaya destinada a la promoción y el aumento del consumo de un producto tiene que estar ubicada en un lugar con un gran tránsito de ciudadanos y, especialmente, de ciudadanos que se pasean con la predisposición de consumir, en este caso, comprar. Porque no debemos perder de vista que la lectura es un hábito que es necesario promocionar, que los protagonistas de la feria deben ser los libreros y que los libreros viven, comen, de la venta de libros. Si esta circunstancia es tan importante en la celebración de una feria del libro en cualquier ciudad de mayor tamaño, en una ciudad como Huelva se hace decisiva. Como todos sabemos, en las ciudades pequeñas, todo suele estar centralizado en torno a una determinada zona en la que conviven el ayuntamiento junto a la mayoría de instituciones públicas, algunos de los edificios más antiguos y emblemáticos y, por supuesto, una red de calles peatonales donde abundan los locales comerciales (al recordar este tipo de cosas uno no sabe si sentirse tonto o si corre el riesgo de que se sientan tontos los demás). Cualquiera que conozca Huelva, tendrá claro que el lugar natural del evento debe ser, por tanto, el que se ha elegido este año. Los años en los que la Feria del Libro ha sido llevada hasta el mismo límite en que se acaba la ciudad no solo han sido un fracaso económico para los libreros, además, han demostrado que el Ayuntamiento no tiene ningún interés en ofrecer una feria de calidad. Lo siento mucho si suena duro, pero es así. Evidentemente, la recuperación de su hábitat, no es la única tarea pendiente y esta celebración anual corre el riesgo de acabar desapareciendo si no conseguimos que vuelvan a ella algunas de las librerías más importantes de la ciudad que, según parece, tienen un mayor beneficio económico ausentándose. Está claro que una programación de visitas de escritores con mayor gancho y capacidad de promoción tendría como efecto inmediato una mejora en la presencia de público y, como consecuencia, un aumento de las ventas. Hace un par de días escuché a mi amigo José Manuel Alfaro decir que el problema de la Feria del Libro en nuestra ciudad es, precisamente, que la organiza el Ayuntamiento y no el propio sector librero como colectivo o asociación. Después de la experiencia de los últimos años, sería muy positivo que esta situación se invirtiera y fueran los propios libreros quienes tomaran la rienda de esta parcela de la promoción de la cultura.

martes, 24 de mayo de 2011

Traicionándome

En estas calles,
se dignifica el tiempo
de las colmenas.

jueves, 19 de mayo de 2011

En estos días

En estos días, en que parecen renacer las llamas del incendio ideológico, recuerdo una secreta convicción que siempre he tenido: todo es política. No hay ningún ámbito de la vida humana que no esté mojado, impregnado de política. Tomar café, dejar de fumar, dormir plácidamente, pagar el impuesto de circulación, caminar hasta el trabajo, todo es política. Antes de ningunear mi opinión, pido a quien la lea o la escuche que piense en la etimología de la palabra, que olvide las connotaciones negativas que hemos ido añadiéndole a fuerza de desengaños, que consulte el diccionario de la RAE y compruebe que política es también:

  • la actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos.

  • la actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo.

  • la cortesía y buen modo de portarse.

Si todo es política, todos somos política. Y aquellos que se declaran apolíticos también están adoptando una postura política, de la misma manera que también comunican con su actitud aquellos que pretenden de forma consciente no comunicar nada. El apolítico será conservador si entiende que no hay nada que pueda o merezca ser cambiado, será antisistema (o anarquista) si entiende que los mecanismos que rigen la participación ciudadana en los Estados contemporáneos son más estéticos que funcionales, pero esa declaración voluntaria de situarse fuera del actual mundo de la política con todas sus connotaciones negativas no deja de ser una forma de posicionarse políticamente.


En estos días en los que parece que no queda ni un solo rastro de esperanza. En estos días en los que somos conscientes del largo tiempo de crisis económica que aún nos queda, en que no parece enmendarse el drama del desempleo, en que algunas de las generaciones mejor formadas están condenadas a fracaso profesional y algunas de las generaciones que más han trabajado ven peligrar el futuro de sus inminentes jubilaciones, entiendo que los movimientos 15M y Democracia Real Ya no son más que una consecuencia lógica del tiempo en que vivimos. ¿Qué hacer cuando no hay futuro inmediato? ¿Qué hacer ante el inmovilismo al que nos quiere someter la dictadura del mundo financiero? ¿Acaso creen que se puede desincentivar incluso el derecho a quejarse, a regar las calles de rabia?


En estos días en que se acaba la campaña electoral, algunos seguimos buscando entre los nombres de los candidatos aquellos que nos parecen menos malos y no podemos obtener ninguna conclusión definitiva. Después de eliminar a causantes de la crisis, imputados por corrupción, derrochadores, chaqueteros, marionetas, voces sin propuestas, intolerantes, desdeñosos, autoritarios y populistas, creo que no queda ningún candidato al que votar. Por eso, puedo comprender el impulso de aquellos que piden abiertamente el voto en blanco o la renuncia al voto como medio de protesta ante este sistema que se ha demostrado agotado, insuficiente, para responder a las aspiraciones y necesidades de los hombres y mujeres que lo mantienen. Yo, sin embargo, pienso que la participación en las elecciones debería ser un derecho irrenunciable. Nos piden la opinión cada cuatro años y yo no pienso desperdiciar la oportunidad de manifestarla. La mayoría estamos de acuerdo en que el problema es la dinámica de bipartidismo que se ha impuesto, empobreciendo la vida política del país. Pues votemos en consecuencia, no nos dejemos convencer por la falacia del voto útil y, por supuesto, emprendamos iniciativas destinadas a cambiar la ley electoral y la asignación de escaños siguiendo el sistema de D'Hondt, que desprecia el número de votos totales en favor de un criterio tan interesado y manipulador como la concentración. Lo siento, pero yo pienso votar.


En estos días en que las redes sociales son un hervidero de mensajes con referencias a las concentraciones y acampadas que se están llevando a cabo por todo el país y a su compatibilidad con la campaña electoral y la ya cercana jornada de reflexión, he leído un tweet muy certero que, en esencia, decía: no hay que preocuparse tanto por lo que se hacer o no estos días previos a las elecciones, lo importante será lo que suceda a partir del lunes y esto vale para políticos y para manifestantes.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Días laborables



Ida...





y vuelta

Sé que es díficil comprenderlo, pero los cotidianos 90 minutos de paseo que empleo en la caminata de ida y de vuelta al colegio son dos de los momentos más satisfactorios de cada día.

viernes, 13 de mayo de 2011

Amor y negacionismo

Al calor de la profunda crisis económica a la que asistimos impotentes, se vuelve a poner de actualidad el debate sobre la caída del sistema de valores éticos o, más radicalmente, el planteamiento de su existencia. Las posiciones intelectuales postmodernas nos situaron ante un universo donde no hay ninguna certidumbre, en el que la conciencia humana no tiene ningún asidero al que agarrarse para no despeñarse en el abismo de una existencia a la que no puede concederse un sentido claro y unívoco. Lo cierto es que estos modelos de pensamiento acabaron teniendo cierto éxito y calaron de tal forma, que no hace falta haber estudiado filosofía o estar interesado en la evolución histórica de la mentalidad humana para mantener posturas de un escepticismo extremo ante la vida. Por otro lado, hay que tener en cuenta que tanto las sociedades, como las personas que las conforman, funcionan como sistemas dinámicos y cuyos elementos tienen capacidad de influencia entre sí. Sobra decir que la mayoría de las reacciones y comportamientos se producen de forma global. Es decir, reaccionamos como un todo ante las condiciones de cada situación y elaboramos nuestras respuestas también como un todo. No es raro, entonces, que este modelo de pensamiento negacionista se haya extendido tanto que acabe por abarcar incluso a los modos de vida y, sobre todo, a las percepciones y valoraciones que de ellos se tienen. El impulso revisionista y, casi, destructivo es tan grande que lleva a algunos a plantearse la existencia de ciertos pilares básicos de las relaciones humanas. Hablando claro: hay que se atreve a dudar de la existencia del amor. Para ello, se le disfraza de la necesidad meramente biológica de la sexualidad o se alude a la rentabilidad material del concepto como factor de estabilización que permite la creación de familias y, así, la perpetuación del sistema social y económico en el que vivimos. Se simplifica la realidad argumentando que el sistema más extendido de relaciones afectivas, es decir, la pareja más o menos estable, sigue siendo posible por los condicionamientos sociales o porque actuamos movidos por la comodidad de no separarnos de la norma, por la angustia a la que nos suele enfrentar un largo tiempo de soledad. Sin embargo, cualquier análisis que sepa tomar cierta distancia con respecto a posiciones radicales de partida no puede negar la existencia del amor, un sentimiento de filiación básico en el ser humano. Evidentemente, somos animales (mamíferos concretamente) y lo que llamamos emociones y sentimientos tienen una clara base fisiológica y están sometidos a los moldes y modelos a los que nos enfrentamos en nuestro medio. Pero reducir el mundo afectivo humano a un esquema de impulsos biológicos convenientemente amasados por las prácticas socioculturales dominantes me parece muy exagerado. Esto implicaría reducir la sexualidad humana a la mera reproducción. Y es aquí, precisamente, donde se derrumba el argumento. El hecho de que la sexualidad humana haya trascendido su primigenia función reproductiva para convertirse en un modo de comunicación, en un componente tan importante para alcanzar una salud plena y una identidad personal satisfactoria, es una clara muestra de la realidad de los sentimientos relacionados con el afecto y la filiación hacia la pareja. Otra cosa es valorar la cuestión de la mayor o menor perdurabilidad de las parejas. En mi opinión, cuando un modelo de comportamiento está tan extendido y sobrevive a todo tipo de crisis sociales y económicas, no se puede cuestionar su funcionamiento ni su realidad. Podrá decirse que es solo una consecuencia de la bioquímica de nuestro cerebro y que, fuera de ese contexto, no parece tener mucho sentido. Es posible, pero yo matizaría: si se trata de una realidad derivada del alto grado de organización de nuestro cerebro (al igual que muchas otras realidades de las que a nadie le da por dudar) y, en consecuencia, si no tiene sentido fuera del contexto del cerebro humano, será porque se trata de una realidad específicamente humana (extremo que no me atrevo a afirmar). Hace un mes, aproximadamente, planteaba en este mismo lugar la necesidad de revisar ese extraño sistema de certidumbres que hemos creado de forma artificial en torno a la incontestable realidad de la muerte. Es curioso como se puede tener un funcionamiento psicológico tan selectivo que permite confiar ciegamente en determinados artificios en unos casos y, sin embargo, mostrar una actitud de negación permanente en otros. Podría parecer que estamos ante una contradicción pero no es así. La conclusión sigue siendo la misma: vivimos de espaldas al sufrimiento. Lo que realmente decimos cuando decimos que no existe el amor es que tenemos un miedo desbocado a que nos hagan daño.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Viaje a Extremadura. Segunda etapa: Jerez de los Caballeros - Cáceres, sábado 30 de abril.

Abro los ojos, 10:47. Como intuía, resaca. Mañana de ajetreo. En principio, pensé en acompañar a Manolo a Olivenza para sacar a “Cuqui” (sí, a mí tampoco me gusta el nombre) de la perrera. Pero, al final, insistió en ir solo y me pidió que ayudara a Susana a preparar todo lo necesario para salir hacia Cáceres. El rito del café y del pan tostado. Tareas domésticas en casa ajena: hacer la cama, sacar a pasear a Luna, cambiar el agua de las tortugas, meter el coche de Susana en el garaje, hacer paquetitos con los bizcochos de Alconchel para repartirlos entre Ramiro y Julia, comprar un arnés y una correa para la nueva dueña de Cuqui. Lo admito, soy muy torpe. De hecho, el coche lo tuvo que meter al final mi prima en el garaje porque yo no era capaz de aclararme con la marcha atrás. Me sacan del Meriva y no soy nadie. La incursión por Jerez para comprar el arnés y la correa no tuvo ninguna dificultad. Pensaba que iba a perderme y a dar muchísimas vueltas, pero no. Llegué directamente a la tienda y compré lo que se me había encargado después de saludar a Alías que, casualmente, estaba allí. Vuelvo a la casa, llega Manolo con el perro, lo metemos todo en el coche y salimos por fin a la carretera.

Patio en Brovales
Primer punto de destino: Brovales, una aldea muy cercana a Jerez donde vive Encarna, la tía de Manolo que ha adoptado al perro. En cuanto me bajo del coche, comprendo que el perro va a vivir en un paraíso. Me habían hablado de los patios de las casas antiguas en Brovales, pero cuando los veo con mis propios ojos, me entran ganas de quedarme a mí. A eso hay que sumarle el encantador carácter de Encarna y su manera de hablarle al perro como si fuera uno de sus nietos. Sí, indudablemente Cuqui “ha triunfado”. No podemos pararnos mucho porque el plan es almorzar en Cáceres.

Nos hace falta esto en Huelva
Así que salimos sin más demora y, después de atravesar varias trombas de agua en la autopista, llegamos a nuestro segundo punto de destino sobre las 15:23. Allí está esperándonos Dani (hermano de Manolo y nuestro anfitrión en Cáceres). Poco después, llega Quique. Una pena que Guada se encuentre mal, precisamente, este fin de semana. Comemos en el Mesón La Tarama. La primera impresión que me llevo del sitio es que, a partir de ese momento, sería uno de esos lugares de peregrinaje recurrente. El atractivo del lugar lo había visto en su oferta: un litro de cerveza y una ración (abundante) a elegir por 6 euros. Después, me di cuenta de que esta genial iniciativa está muy extendida por Cáceres y que, en la mayoría de bares de barrio y media tarde, donde la gente se reúne alrededor de amigos o de pantallas que destilan fútbol, tiene este tipo de ofertas e, incluso, a un precio menor. Nos decidimos por patatas bravas, rejos, alitas de pollo y solomillo de cerdo (una pena que no pudiéramos acompañarlo con salsa de Torta del Casar porque se había agotado). Después del preceptivo licor de hierbas, pasamos por la casa, saludamos a Guada, tomamos un café y asaltamos, una vez más, la caja de bizcochos de Alconchel.

Litro y ración de alitas de pollo
Después del breve descanso, nos montamos en el destartalado coche de Quique y, mientras suenan Soulfly y Dumb Incorporation, pasamos a recoger a Zorita y nos dirigimos a la Cervecería Cali para ver el fútbol. Guada y Susana han preferido quedarse en casa. En materia de fútbol, la tarde es completamente descartable. Al menos, pierden los dos y eso hace más llevadero el golpe. Por lo demás, tarde perfecta. Dejo pronto el gin tonic (después del primero) y me cambio a la cerveza porque, de otra manera, no aguanto. Buena música y un camarero cordial con el que hablo de discos, estilos y canciones. Tiene el detalle de apuntarme los grupos que van sonando. Conversaciones inacabables con unos y con otros. Breve visita al estudio de El Malo del Cuento. Por lo que parece, aunque Quique y Dani, ya no formen parte del grupo, la relación sigue siendo buena. El estudio me gusta. Siento un impulso irreprimible de hacer fotos, pero se me agota con rapidez. Nos ponen una canción sobre el Barrio del Cabañal que acaban de grabar. Definitivamente, el rock nacional reivindicativo ya no me llega como hace unos años.
Pasan las 22:30 cuando conseguimos convencer a Zorita y a Manolo de que algo habrá que cenar. Entonces, Dani nos lleva a La Cacharrería, un templo del paladar y la cocina creativa. Su ubicación, ya de por sí, es magnífica. Está en el casco histórico de la ciudad y su decoración refleja un estilo incuestionable. Nos decidimos por los nachos con guacamole, la ensalada templada de pollo y rúcula y un praliné de turrón con surtido de patés. El vino lo tengo clarísimo desde que lo he visto: Habla del silencio. La comida está exquisita y los camareros (él y ella) son amables hasta el extremo. Dani se empeña en invitarnos y, claro, eso obligaba a tomar unas copas para invitarlo a él.
Cena en la Cacharrería
Nos ponemos rumbo hacia el María Mandiles, bar de copas al que le pondría un 10 solo por la música y, sobre todo, por la facilidad con que atienden las peticiones musicales que les hacemos. La segunda parada es el Cambalache. Episodio número 1 con la camarera. Cuando llegamos me doy cuenta de que la chavala miraba con cierta desesperación a unos cuantos borrachos. Mientras nos sirve las copas, empieza a sonar los Burning con su “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?”. Y, claro, la asociación era tan fácil que se lo tuve que decir: “Esta canción parece que te la han hecho a ti”. Ella me mira, me responde con un breve “Pues sí” y sigue trabajando. Episodio número 2 con la camarera. En medio de una de mis oleadas de furia por hacer fotografías, la camarera piensa que estoy tratando de robarle una foto clandestinamente y se queja a mi amigo Manolo. Vergüenza. Hablo con ella y le ofrezco la cámara para que compruebe que no está en ninguna foto. Indignación. Punto uno: me jode que piense así de mí. Yo no soy así. Todos los que me conocéis lo sabéis. Punto dos: a ver, la chavala no era fea, pero tampoco es que estuviera tan buena como para creérselo de esa manera.
Salimos del bar. Breve discusión en la puerta sobre la bandera de España con una pija de Mérida, un auténtico saco de prejuicios. Paseo hasta la Plaza Mayor y Parada en La Luna de Chomin. Según me cuentan al día siguiente, tomamos algún chupito de tequila o vodka. El bar me deja pocos recuerdos, aunque tengo la certeza de haber estado allí antes. Se trata de una mera estación de tránsito. El alcohol ya se ha instalado en nuestras cabezas y, poco después, decidimos andar hasta Cánovas para buscar un taxi que nos devolviera a casa. Por el camino, encontramos a un grupo de gente con guitarra y caja. Como si nos conociéramos de toda la vida, Manolo se sienta en la caja y yo me arranco con mi habitual “No sé que tiene San Roque”. Nuestra melopea casi asusta al grupo de chavales. Tan pronto como nos paramos, seguimos andando. Encontramos un taxi con facilidad y la noche acaba con unos montaditos de jamón en casa.
Nocturno en Cáceres
Síntesis y valoración global del día: Cáceres es una de esas ciudades con un ambiente mágico. Su casco histórico tiene tal capacidad de transportar en la historia que la experiencia no puedo describirla satisfactoriamente con palabras. Siempre acabo recurriendo a lo que mi padre me dijo cuando yo aún no lo conocía: “Si no fuera por algún coche que ves, parecería que vas a encontrarte con el Guerrero del Antifaz”. Además, y ésta es una visión muy personal y condicionada por mi experiencia, las gentes que habitan las calles de Cáceres derrochan amabilidad, son de fácil conversación y tienen una especie de bondad natural que hace aflorar ese sentimiento de “estar como en casa”. En realidad, estas sensaciones podría hacerlas extensibles a mis experiencias en cualquier lugar de Extremadura. De hecho, en más de una ocasión, ya he dicho que, teniendo muy clara mi identidad como andaluz, me siento una suerte de “extremeño de adopción en el exilio”. Y, en cualquier caso, tengo clarísimo que podría vivir muy feliz aquí.

jueves, 5 de mayo de 2011

El tema de la semana

Supongo que es difícil sustraerse del tema más comentado de la semana, sobre todo, una vez se ha terminado la saga de enfrentamientos entre el Madrid y el Barcelona. Es el recurso perfecto para empezar a hablar con alguien, un remedio eficaz contra los silencios incómodos frente a gente que no se conoce lo suficiente o la baza perfecta para cambiar de tema porque se sabe que a nadie puede dejar indiferente la noticia que anuncia la muerte de quien había sido declarado enemigo público número uno por el imperio dominante. Por desgracia, creo que fui una de las pocas personas que escuché la noticia en la radio justo en el momento en que empezó a difundirse. Sí, por desgracia, ya que a esas horas de la madrugada, sin estar trabajando o de fiesta, con todo un día libre por delante, estar peleándose con la cama y el insomnio resulta particularmente fastidioso. Pero así fue. Al principio (no sé por qué), el anuncio del fallecimiento de Osama Bin Laden me causó cierta indiferencia. Supongo que, tras los atentados de las Torres Gemelas, yo era una de esas personas que pensaban que, tratándose de un trabajo en el que se emplearía a fondo la CIA con la desinteresada colaboración del Mossad y la conveniente actitud complaciente de la Unión Europea y el resto de la comunidad internacional, era cuestión de días que se capturara al cerebro de la matanza. Sin embargo, como ya es sabido, los días se fueron haciendo semanas, las semanas meses, los meses años y, así, llegamos a la madrugada del lunes 2 de mayo. Después de años, en los que el paradero del líder de Al Qaeda era un misterio indescifrable, se había confirmado al fin su emplazamiento y se había organizado una misión con tropas especiales para ir a por él. Con el paso de los días, la avalancha de noticias y la vocación ambigua y de medias tintas que muestran las declaraciones de los portavoces estadounidenses, se dibujan en el horizonte muchísimas dudas irresolubles y parece que estamos ante otra de esas muertes de una gran estrella del rock que siempre quedan envueltas en un halo de leyenda y misterio. La primera duda podría que plantearse es su veracidad. Aunque, después de todo, si como dicen algunos, todo es una gran falacia propagandística orquestada desde Washington, por qué no ha hecho ya Bin Laden uno de esos vídeos en los que se dedicaba a desmentir las afirmaciones de sus enemigos. Una cosa está clara: de haberse producido la muerte, estaríamos ante un asesinato. Podemos entrar a discutir si la pena de muerte o el acto de guerra se incluyen también dentro de la categoría asesinato (en mi opinión se incluyen). Pero, esto no ha sido un acto de guerra ni una ejecución amparada por una ley que apruebe la pena de muerte. Para que esto fuese un acto de guerra, se tiene que producir tras una declaración de la misma, en un campo de batalla, con los contendientes de ambos bandos armados y uniformados para tal fin. Es evidente que el asalto a una casa por parte de profesionales del mejor ejército del mundo no es, precisamente, un escenario bélico. Por otro lado, para condenar a alguien a pena de muerte hace falta su detención, su traslado a un país donde se garantice un juicio justo y esté vigente la pena de muerte y una sentencia judicial que avale la ejecución. Además, pensándolo bien, ¿no era Obama el candidato que repudiaba Guantánamo y los métodos de tortura? ¿Cómo se puede presentar un éxito de política antiterrorista reconociendo que el trato cruel e inhumano a los prisioneros de un conflicto armado ha dado por fin los frutos esperados? Más curioso resulta, si cabe, querer mostrar después del asesinato un lado humano y declarar que no se mostrarán imágenes del cadáver para evitar el enardecimiento de los seguidores del saudí, asegurar que se organizó un breve funeral musulmán para honrar el cuerpo y que fue arrojado al mar para evitar una sepultura que pudiera convertirse en lugar de peregrinaje para el fundamentalismo islámico, amén de que no se habría encontrado un país dispuesto a admitir que el cuerpo reposara en su territorio. Ante este nuevo panorama de interrogantes que nunca obtendrán repuesta, es tan legítimo creer la versión íntegra ofrecida por el gobierno de Estados Unidos como pensar que todo esto es un nuevo montaje de la inmensa cultura del espectáculo en la que vivimos inmersos. Algunos, incluso, se atreven a aventurar que todo este suceso no es más que un enjuague, entre ambas partes mediante el que los Estados Unidos podrían reafirmar su poder ante el mundo y, mientras tanto, Bin Laden podría seguir viviendo en el anonimato, con la tranquilidad de estar oficialmente muerto. Y es que después del escándalo de WikiLeaks, el terreno para las teorías de la conspiración está más abonado que nunca. Que nadie se sorprenda cuando empiecen a correr los rumores de personas que aseguran haber visto a Bin Laden vivo en algún destino exótico.

martes, 3 de mayo de 2011

Viaje a Extremadura. Primera etapa: Huelva - Jerez de los Caballeros, viernes 29 de abril.

Se me ha ocurrido hacer un breve diario del viaje a Extremadura en el puente del 1 de mayo para seguir dándole cierto dinamismo al blog y, de paso, obligarme a escribir un poco más. Intentaré quedarme a medio camino entre el minuciosidad y la enumeración y trataré de primar la mera secuencia narrativa antes que la disgresión. En cualquier caso, no pretendo hacer un relato esmerado de estos días y ahorro todo tipo de esfuerzo mental en favor del mero placer de dejarse llevar recordando y deslizando el bolígrafo por el cuaderno alegremente.

Esta primera etapa del viaje, desde luego, no ha salido como la había imaginado. Mi idea era dejar el equipaje preparado y llevarme el coche al colegio para no tener que volver a Huelva a las 14:00, una vez que hubiera sonado el liberador timbre que anuncia el final de la jornada laboral de los viernes. Y así lo hice. Lo que no supe fue planificar el tiempo que iba a necesitar para sacar dinero antes de arrancar camino al trabajo. Las habituales prisas de las mañanas laborables me hicieron consciente de que tendría que volver a Huelva, pues ya sabéis: Poderoso caballero... Afortunadamente, la mañana quiso pasar sin detenerse demasiado en cada detalle y salí con toda la prisa que pude hacia mi coche para intentar no retrasar demasiado la partida.

Cuando me monté en el coche tuve doble ración de acontecimientos inesperados. Primero me di cuenta de que había olvidado en casa una carpetita en la que tenía gran parte de la documentación del coche. Esto me obligaba a subir al piso además de tener que pasar por el banco. A continuación, en uno de mis sensacionales despistes, le hice un nuevo roce a la chapa al salir del aparcamiento. Me queda al menos el consuelo de que, al vivir en Huelva y ser el coche azul, los arañazos blancos parecen un guiño a nuestro amado Recreativo (modo irónico on).

Paso por mi casa, recojo los papeles, camino hasta la sucursal de mi banco más cercana y me encuentro con que el cajero automático no está operativo. ¡Qué bien! Me fijo en la lista de cajeros alternativos que amablemente se me ofrecen y me llama la atención uno en el Barrio de La Orden. Me decidí por éste ateniéndome a dos razones. La primera (práctica) es lo cerca que está La Orden de la salida hacia Sevilla. La segunda es sentimental: yo viví en ese barrio hasta los 14 años. Pues bien, según parece, no se pueden tomar las decisiones con un criterio práctico ni con uno sentimental. El hecho es que estuve en la calle, en el número indicado y no vi ninguna sucursal de mi banco a mi alrededor. Otra vuelta de tuerca. Otra vez al coche, dirección calle Ángel Serradilla y, una vez allí, por fin, consigo sacar dinero y dar por comenzado el viaje.

Sobre las 15:35, llego a Beas y, como tenía previsto, paro a comer en el Mesón del Olivo mientras me empapo de la que parece ser la única noticia del día, el celebérrimo bodorrio inglés. No os aburro con el menú porque, en el fondo, aunque satisfactorio, no es que fuera una experiencia gastronómica inolvidable. Retomo camino a las 16:10. La banda sonora Tabletom. Mientras dura el disco y puedo cantar las canciones, aguanto el cansancio postalmuerzo sin dificultades. Pero el disco se acaba, comienzan a sonar los Tango Crash y un peligroso sueño empieza a adueñarse de mi conciencia. Honestamente, he pasado un mal rato y he tenido mucha suerte. Sabía que tenía que parar, que no tenía el control total del coche, pero estaba tan lento de reflejos que reaccionaba demasiado tarde. La primera venta se me ha pasado, la segunda por suerte no. Así que detengo el coche junto a la Venta Domínguez debajo de unas encinas e improviso una siesta de 25 minutos que me ha venido muy bien.

A las 17:25 salgo del coche, entro en la venta, me tomo el tercer café del día y me lavo la cara. Estos antídotos contra el sueño explican la energía con que conduzco hasta el primer punto de destino del viaje: Jerez de los Caballeros. Siempre que voy acercándome a este pueblo al que no me canso de venir, me acuerdo de la gente con la que me apetece estar. Y me dejo llevar por la vaga ensoñación de parar el coche en el mirador que hay antes de la tercera entrada al pueblo (la que tengo que tomar para entrar directamente a la zona donde viven mis familiares) para mostrar a alguien que, hipotéticamente, me acompañase y no conociera el pueblo la magnífica panorámica de las cuatro torres.

Luna, ya sin euforia

Al llegar, al siempre magnífico recibimiento que me dan Manolo y Susana, y a la euforia sincera de Luna, se han unido esta vez los bizcochos de chocolate de la Panadería Tahona de Alconchel. Sé que esto suena mal. Pero el mejor bizcocho que yo he probado no me lo ha hecho mi madre, mi tía o mi abuela. Ni siquiera es casero. Para mí, los mejores bizcochos son los de esta panadería y prefiero tenerlos lo más lejos posible para no sucumbir en la tentación de acabar con una caja entera.

Los bizcochos de Alconchel

Cuando parecía que el resto del plan estaba totalmente confirmado, se produce otro cambio repentino. Un perro callejero que cuidaban entre varios vecinos de la calle San Antón “bajo el liderazgo” de mi prima mientras se le encontraba un adoptante, se lo había llevado la perrera porque algún infeliz aburrido había avisado a la Policía Local. Ya es casualidad. Precisamente, al día siguiente, íbamos a llevar al perro a su nuevo hogar en Brovales antes de tomar rumbo hacia Cáceres. Aunque el plan inicial era levantarse temprano para aprovechar la mañana, la nueva situación obligaba moralmente a recoger al perro en la perrera de Olivenza al día siguiente y, teniendo en cuenta que Olivenza está a 40 minutos y que no dejaría salir al perro de la cárcel hasta las 11:30 (hora en que pasaba la veterinaria), había que adaptarse a las nuevas circunstancias y, ya que estamos, salir.



Lugar de interés turístico nacional

Así que fui con Manolo a un lugar que me encanta: Tasca El Manco El Currilitro. De dónde viene la mención al manco, es algo que no puedo contar porque lo desconozco. En cuanto a lo de Currilitro, el tabernero se llama Curro y, en el bar, lo que se sirven básicamente son litronas. No hay tirador de cerveza. Solo botellines y botellas de litro. El precio del litro puede parecer, en principio, excesivo: 2,50 €. Pero hay que pensar en tercios y, haciendo la cuenta, el tercio sale a 83,33 céntimos. Barato ¿no? Además, Curro tiene la cortesía de invitar a un par de tapas pequeñitas a sus clientes para acompañar la cerveza (que, por cierto, está a una temperatura excelente, unos grados por encima de la congelación). Las tapas varían en función de la hora, el día y la suerte que tengas: queso portugués, patatas con salsa de ajo, riñones al jerez o unas aceitunas machacadas (que no son precisamente de las rellenas de anchoa del súper). Si uno tiene hambre y no se conforma con estos pequeños aperitivos, siempre puede pedir chacina al plato: una ración de chorizo o salchichón ibéricos tan abundante que es difícil de terminar y que cuesta 2,75 €. Supongo que ahora se entiende por qué adoro este sitio.

Litrona en el Currilitro con su correspondiente tapa de queso

Después, cena en Heri (en la actualidad Bar La Callejita) previo paso por la casa para recoger a Susana. En Jerez, hay varios locales de hostelería con un encanto y una belleza que justifican por sí solos su elección para comer. Desgraciadamente, cerró La Ermita que, como su nombre indica, estaba situado en el edificio de una antigua ermita. Heri (nombre que se da al local en todo el pueblo por su dueño) está situado también en un edificio muy antiguo que, probablemente, hizo función de bodega pues, de hecho, se conservan unos toneles de entonces que son lo más interesante del lugar. La comida es buena y el servicio rápido. Secreto ibérico, queso de oveja y un par de botellas de Monasterio de Tentudía fue nuestra elección. Lo único que eché de menos fue una visita a Los Comunistas (otra tasca).

Secreto ibérico en Heri

A partir de este punto, un par de copas en La Fama y en La Taberna y la fundada sospecha de resaca al día siguiente. Varias horas nadando entre conversaciones con gente a la que no sé si conozco demasiado a pesar de verla tan poco o es casi desconocida a pesar de la regularidad con la que suelo venir. Llegamos a la casa tarde y con hambre. Me quedo dormido en el sofá mientras Manolo prepara en el microondas unas salchichas que no llegué a probar.

domingo, 24 de abril de 2011

Estos versos

un millón de escenarios en los que, al fin,
la vida es
también posible.


Estos versos están desde septiembre de 2003 viajando por mi cabeza. Y nunca consigo encontrarles un mayor desarrollo o acomodo. Lo único que tengo claro es que son el final de un poema. Pero me da la impresión de que no voy a poder escribirlo nunca.

jueves, 21 de abril de 2011

En el cuerpo del mundo: poemas.

Demasiada luz. Quizá sea ésta la sensación que a uno le asalta a medida que avanza por los poemas que componen la primera mitad (puede que algo más) del volumen de poesía reunida En el cuerpo del mundo de Andrés Sánchez Robayna. No se trata en esta primera mitad de un cuerpo unitario de poemas con un estilo unívoco: desde el radicalismo de algunos de sus primeros tiempos (es especialmente revelador “El sentido del poema ha de ser abolido”) hasta un lirismo reposado, contemplativo, capaz de construir una serie de poemas estremecedores sobre un vaso de agua, sin olvidar un grupo de textos con estructura de prosa y un carácter circular. Sin embargo, la mayoría de los poemas tienen unos claros denominadores comunes que son la luz, las rocas, el mar, las dunas; circunstancia que, por momentos, hace aflorar en el lector una sensación de rutina y (al menos en mi caso) dificulta el mantenimiento de un grado óptimo de atención. Por suerte, tengo la rara habilidad de sentir una amistad ficticia por los escritores a los que leo durante los periodos que les dedico a sus libros y esto me lleva a sentir una empatía exagerada por los modos de expresión y los puntos de vista desde los que se construye el discurso literario del autor. Y la califico de exagerada porque esta predisposición me lleva a una aceptación incondicional de los planteamientos que leo; para maximizar la comprensión, soy capaz incluso de considerar, provisionalmente, mis creencias personales como algo revisable si las propuestas del libro así me lo sugieren. Siendo así, la visión retrospectiva que se obtiene al reflexionar sobre las páginas que se van quedando atrás es satisfactoria y, aunque uno no pueda expresar con claridad qué es lo que ha aprendido (ya que no se trata de una lectura ligera), algo queda, no hay duda. En este volumen de poesía reunida, los cambios van gestándose con una lentitud que los hace difícilmente perceptibles hasta que se produce un salto cualitativo que todo lo cambia. Desde mi punto de vista, este salto podría situarse en el poemario Fuego blanco, en el que parece producirse un giro en los modos de expresión hacia posiciones menos cerradas con el lector. Empieza a vislumbrarse así un tipo de poesía que concede al lector una mayor ilusión de entendimiento de la verdadera estructura semántica de los textos. Posiblemente, el poema que mejor marca esta nueva situación es “Las primeras lluvias”, que se abre con estos magníficos versos:


La tierra de que hablo, hacia noviembre,
conoce el viento. Llega, desde el este,
hasta los arenales como un ave sedienta,
soplas las aguas negras. Esta noche
removió los postigos mal calzados
y agitó la palmera. En los cristales
chillaba como un pájaro perdido.


A partir de este punto (para qué negarlo), la experiencia de la lectura es más reconfortante y enriquecedora. Y el paso por los poemarios Sobre una piedra extrema, Inscripciones y El libro, tras la duna es un viaje de placer, un recorrido psíquico que depara un buen número de imágenes y sensaciones asociadas. Creo que mis palabras se están vaciando de contenidos y no quisiera empezar a repetirme, de modo que prefiero dejar que sea el poeta quien ponga el punto final con estos versos que describen el descubrimiento de su pasión por la poesía:


Y, así, la noche,

el autobús que me llevaba a casa,

las palabras que vi como tomadas

por manos que sangraban, empezaron

a incendiarse en mi boca.



viernes, 15 de abril de 2011

Silencios

En un primer momento Faruk bey se calló, luego apuró el vaso y de repente dijo:
- Me he hecho viejo.
Guardaron silencio: ahora no era porque no puedieran entenderse, sino como si estuvieran satisfechos de haber comprendido que estaban de acuerdo en no entenderse. A veces dos personas se callan y su silencio es más elocuente que si hablaran.

La casa del silencio
Orhan Pamuk

jueves, 7 de abril de 2011

La ficción de la seguridad

Recuerdo el pánico que muchos sufrimos durante la famosa crisis de las “vacas locas” que se generó en el Reino Unido en la segunda mitad de la década de los noventa. Tengo que reconocer que yo fui uno de esos fanáticos que decidió no comer carne de ternera durante varios meses al no poder establecer con seguridad el origen de toda la carne que consumía o, aún peor, cuando conocía el origen de la carne, alegaba no tener motivos para confiar más en unos ganaderos que en otros. Muchos años atrás y, todavía saliendo de una adolescencia tardía, también viví de primera mano el miedo a la famosa bacteria asesina y, durante algunas semanas, me preocupaba sobremanera cualquier corte o herida que pudiera hacerme de forma accidental. Más recientemente, formas de gripe desconocidas para la opinión pública parecen irrumpir en la actualidad informativa como si de grandes campañas de publicidad se tratase. Las previsiones e hipótesis que se lanzaron con motivo de la gripe aviar eran aterradoras. ¿Y qué podría decirse de la gripe A? El propio gobierno se mostró asustadizo y tomó una serie de precauciones que unos meses más tardes acabaron por parecer un poco ridículas. Si bien son estos unos hechos que no deberían justificar un miedo excesivo, lo cierto es que me gustaría llevar el análisis a situaciones más delicadas, es decir, a determinadas tragedias producidas por los seres humanos o por la naturaleza. Los atentados del 11 de Septiembre de 2001 en Estados Unidos supusieron un claro punto de inflexión en algo que debería ser tan normal a estas alturas como viajar en avión. Los protocolos de seguridad fueron revisados de forma concienzuda y los aeropuertos se convirtieron en lugares más tediosos de lo que, en sí mismos, ya eran. Un caso más reciente y, si cabe, más terrible es el de la enorme tragedia que está sufriendo Japón desde el día 11 de marzo. Cuando la causa natural (un tsunami), se une a la causa humana (las centrales nucleares) contribuyendo así a hacer mayor el desastre y más insoportable el sufrimiento de la población, el miedo, desde luego, es más que comprensible. Para afrontarlo, vamos a revisar todas las centrales nucleares y a someterlas a unas pruebas de estrés (expresión que parece haberse puesto de moda). De esta forma, conseguiremos lo mismo que conseguimos cuando los gobiernos se aprovisionaron de vacunas y antivirales o cuando se adoptaron las férreas medidas de seguridad en los aviones tras el 11 de septiembre: recuperar la ilusión de control, ese sentimiento de seguridad que tanto necesitamos y que podría definirse como la tendencia de los seres humanos a creer que pueden controlar o influir en los resultados de procesos sobre los que, claramente, no tienen ninguna capacidad de influencia. No es que yo critique la necesidad de adoptar medidas y precauciones que, sin duda, son necesarias para garantizar la seguridad, el bienestar o la propia vida. Sin embargo, me gustaría plantear una reflexión. Hacemos todo tipo de cosas para mantener la ficción de nuestra seguridad y nuestra permanencia: escribimos libros, ponemos rejas a las ventanas, compartimos parte de nuestra vida privada con cámaras de videovigilancia, revisamos todos los protocolos revisables, eludimos las conversaciones sobre la enfermedad y el sufrimiento, nos declaramos incapaces de acudir a los tanatorios y a los hospitales... Y, sin embargo, rara vez nos atrevemos a revisarnos nosotros mismos y a preguntarnos por qué no podemos soportar la idea de vivir en un mundo imprevisible, por qué vivimos tan completamente ajenos a la certeza de saber que un día desapareceremos.

domingo, 3 de abril de 2011

Relaciones afectivas


De esto estoy seguro: las flores no sufren por amor.

sábado, 2 de abril de 2011

Fuera de modas

Soy perfectamente consciente del coñazo que estoy dando con Silvio Rodríguez, pero la verdad es que me da exactamente igual.

viernes, 1 de abril de 2011

jueves, 31 de marzo de 2011

Con la excusa de Canino

Canino es una película que no me atrevo a recomendar. Situada en un espacio de nadie en lo que se refiere a géneros, la trama ante la que nos sitúa Giorgos Lanthimos es capaz de evocar todas las situaciones que pueden generarse en un ambiente de manipulación y control mental: la comedia, la tragedia, la violencia, el terror, la incomunicación, la vergüenza, la degeneración, el incesto, la inmadurez. Canino es una muestra más de la habilidad de ciertos directores de cine (muchos de ellos europeos) para mostrarnos el lado cotidiano de aquellas caras más amargas de la realidad. Lejos del algodón de azúcar al que nos tiene acostumbrados la industria que suele copar las salas comerciales, hay una serie de realizadores comprometidos en la vocación de complementar la imagen que el cine, como expresión artística, proyecta de la sociedad. Sin miedo a polemizar y haciendo caso omiso de las hipócritas acusaciones de “querer vender ofreciendo morbo” (que les llueven desde sectores partidarios de títulos como American Pie), podemos afirmar con esperanza que sigue habiendo otro cine; un cine que quizás no siempre divierta ni permita al espectador una sesión de mínima actividad mental, pero conviene recordar que tanto en la vida como en el arte no todo es divertido siempre, ni se regala sin exigir, al menos, un pequeño esfuerzo. A pesar de todo lo expuesto y como ya apunté al empezar, no me siento capaz de recomendar esta película por varias razones. Soy consciente de lo fuertemente arraigados que están, en ocasiones, los prejuicios de ciertos espectadores de cine y la violenta forma que adoptan cuando presencian escenas en las que se rompen de manera explícita los cánones convencionales del séptimo arte. Esto se hace especialmente patente en el sexo, la sangre, las relaciones familiares disfuncionales o las síntomas neuróticos y compulsivos presentados de forma realista. Dicho con claridad: la película puede herir los sentimientos o provocar turbulencias en el pensamiento de cualquiera que se detenga verla, lo cual no supone arrojar dudas sobre su calidad. Aquellos que, queriendo hablar en nombre de la mayoría, dejan que sus prejuicios se derramen y pretenden hundir determinadas propuestas culturales descalificándolas o burlándose de quiénes las apoyan, no hacen más que quedar en evidencia. Recuerdo haber discutido muchas veces sobre David Lynch, uno de los cineastas que más gustan. En una ocasión, alguien me dijo que no podía gustarle una película que no era capaz de entender. Poco antes, había manifestado su admiración por Rammstein a pesar de su absoluto desconocimiento de la lengua alemana. Creo que la anécdota es clarificadora.

martes, 29 de marzo de 2011

Paso las noches emborrachándome de voces.

domingo, 20 de marzo de 2011

¿Qué es para ti Portugal?


Si tuviera que enfrentarme a esta pregunta, solamente podría responder con imágenes. Aunque necesitaría varias, creo que esta foto se acerca bastante a la idea que me he construido.

Monsaraz

jueves, 17 de marzo de 2011

Fútbol y parcialidad

Hace ya muchos años que estoy convencido de esto: la objetividad y la neutralidad no existen, ni han existido nunca. Cualquiera que tenga que mediar, juzgar, decidir, entre dos partes enfrentadas tiene el deber de intentar comportarse de la manera más imparcial posible y, para ello, lo más importante es ser consciente de su propia parcialidad. Empiezo con esta reflexión porque hoy (le pese a quien le pese) quisiera escribir sobre fútbol y, desde luego, no hay un ámbito donde se aprecie con mayor claridad la afirmación con la que empezaba este texto que el fútbol, un deporte que se ha convertido en muchas cosas: a ratos arte, a ratos ocio, a ratos violencia, pero siempre negocio. Si resultan poco creíbles aquellos que quieren presentarse como neutrales en cualquier ámbito de la vida, en el fútbol, los que se pretenden abanderados de la imparcialidad demuestran continuamente la inconsistencia de su pose y acaban, en ocasiones, por parecer más radicales que quienes claramente muestran sus preferencias. Si alguien estaba echando de menos que me refiriese a un libro, que no se preocupe. Evidentemente, estos simples apuntes se justifican como reflexión tras la lectura de El fútbol a sol y sombra de Eduardo Galeano, un libro escrito por un apasionado del fútbol y que se convierte en un gozo pleno para el lector futbolero, como es mi caso. Empieza Galeano el libro con una declaración de intenciones, mostrando cuáles son los colores que defiende desde niño, pero advirtiendo que se declara un aficionado al buen fútbol se lo ofrezca quien se lo ofrezca. Como puede suponerse, ante tal declaración de neutralidad, se encendieron en mi cerebro las alarmas del escepticismo. Sin embargo y como ya he dicho más de una vez, tengo por costumbre adoptar una empatía incondicional hacia el autor de un ensayo durante el tiempo que me dedico a su lectura. Así que me abandoné a sus páginas y la experiencia fue muy satisfactoria. El futbol a sol y sombra es una colección de anécdotas y datos históricos hilvanados con un fino estilo que se mueve entre la narración y la exposición. Está organizado en torno a breves epígrafes o capítulos que van desgranando la historia del propio deporte, de sus reglas y de los Campeonatos del Mundo disputados hasta la fecha. Además, el libro es un repaso a la figura de algunos de los mejores futbolistas de todos los tiempos, una revisión de los roles de todos los personajes que intervienen en el fútbol, un rescate de pequeñas historias y anécdotas casi olvidadas, una recopilación de goles que han conseguido sobrevivir en las memorias de los aficionados de todo el mundo. Por supuesto, no podría ser de otra manera, Eduardo Galeano ejerce también de denunciante de los excesos y la podredumbre que esconde el negocio en el que se ha convertido el fútbol. Lo que no esperaba era la sorpresa que estaba reservada para mí en las últimas páginas del libro. En el último de los anexos, se hacía una breve crónica del Mundial de Sudáfrica y aquí pude ver con claridad que mi respetado Eduardo Galeano no es más que otro parcial que pretende ponerse la máscara de la neutralidad. Después de todo un libro con grandes elogios hacia el futbolista atacante, amigo del regate y de adornarse con habilidades espectaculares, después de declararse aficionado al buen fútbol venga de donde venga, después de criticar a aquellos que se dedican a destruir el fútbol e impedir que se juegue, parece que estas teorías se derrumban cuando llegamos al presente. Comienza el autor lamentándose del más que discreto papel de las selecciones africanas en el campeonato y alegrándose del buen trabajo realizado por su país, Uruguay. Lo que no se dice es que el último país africano eliminado, Ghana, tuvo que hacer las maletas después de que Uruguay lo eliminara usando una estrategia sucia, lamentable. Recordemos que el delantero Mario Suárez evita un gol con la mano que hubiera supuesto la derrota de Uruguay y que el penalty señalado como consecuencia de su acción fue fallado por unos africanos a los que no les acompañó la fortuna, ni el trato deportivo. Por otro lado y tratándose de uno de los Mundiales, en el que el ganador lo ha hecho con una mayor solvencia y calidad, el comentario sobre España y sus jugadores es mínimo: se limita a reconocer que se ganó en buena ley, gracias a un fútbol solidario y a la habilidad de un mago llamado Iniesta. Y nada más. Por último, señala la decepción que supusieron las dos grandes estrellas del momento: Cristiano Ronaldo y Messi. Sin embargo, las razones que se aducen en cada caso son bien distintas. Se nota que uno es suramericano y el otro, por lo que parece, un simple portugués. De Messi se dice que hizo lo que pudo. Estoy de acuerdo. Messi hizo lo que pudo en una selección tan desastrosa como el carácter de su seleccionador. Y pienso que lo mismo le sucedió a Cristiano Ronaldo. De éste, en cambio, sólo se dice que estaba demasiado ocupado en autoobservarse cuando, precisamente, el portugués es uno de esos jugadores que Galeano alaba durante el libro, de los que sacrifican la eficiencia en favor de la belleza y prefieren adornarse con taconazos y regates imposibles, que con frecuencia le hacen recibir insultos. Si Portugal estuviera en el Cono Sur, otro gallo le cantaría.

domingo, 13 de marzo de 2011

jueves, 24 de febrero de 2011

En el cuerpo del mundo: poética.

No podía dejar de hacer una referencia al esbozo de poética que expone Andrés Sánchez Robayna en el epílogo del libro En el cuerpo del mundo. Creo que sus ideas son claras y, desde mi punto de vista, acertadas. Por ello, me limito a resumirlas. En primer lugar, conviene aclarar que la poética planteada por el autor no es la formulación de un proyecto, sino la constatación de unos hechos y, en este sentido, se trata de un testimonio. No es raro pues que, desde una perspectiva tan empírica, la concepción de lo poético se plantee como algo que cambia en cada persona a medida que van pasando los años. La concepción de la poesía es, para el poeta canario, como una asíntota que se acerca cada vez más al eje pero que jamás podrá tocarlo. Es decir, sólo se puede dar una vaga idea general sobre la concepción de lo poético que uno tiene y sería más fácil definirla por lo que no es.

El punto de partida que se toma es la propia palabra, ya que en ella se produce la iluminación que lleva al poeta a un conocimiento de lo impensable. La palabra poética no toma el lenguaje como un material ya existente y, en este sentido, es capaz de crear un estado nuevo para el lenguaje, es capaz de hacerlo renacer. Se atreve a preguntarse, a continuación, si no será todo poema una elegía y, más allá, si no será todo poema un “homenaje que la conciencia de la muerte hace a la vida”. Y sus argumentos son sólidos: aun cuando unos versos celebren la vida, siempre está, de alguna manera, presente la conciencia de nuestra condición frágil y mortal. Esta conciencia de temporalidad se amplifica con el sentimiento del lugar, es decir, de formar un todo indisoluble con la tierra. Así, el espacio podría conceptualizarse como una forma de deseo que se manifestaría de forma distinta en cada lugar concreto. La recuperación de este sentimiento, cada vez más perdido en nuestra cultura, es una de las tareas más urgentes de la poesía según Sánchez Robayna. Como conclusión, se acaba presentando al poema como un movimiento del ser hacia lo que no se posee, hacia lo invisible, hacia lo que está más allá de lo real. Pero siempre se ha de tomar como punto de partida las lindes de la realidad, ya que: “sólo la realidad -nuestra inmersión en lo real- puede, ciertamente, llevarnos a lo que está más allá de ella”.

Termina su ensayo el poeta pregúntandose (a partir de una famosa cita de Mallarmé), si no está todo poeta condenado al ostracismo en la sociedad de hoy día. El poeta vive del lenguaje y es cierto que, en la actualidad sufrimos un proceso de empobrecimiento, adulteración y manipulación del lenguaje cuyas causas son de origen social. Vivimos una época que ha hecho de la cultura una realidad banal e intrascendente. Todo esfuerzo del conocimiento se rechaza con el escudo del pragmatismo. Estamos en una dictadura de “lo práctico” y, por supuesto, del beneficio económico. Desde este punto de vista, la palabra sólo puede ser información y, fuera de ella, carece de sentido. El mundo pretende uniformarnos y la poesía nos habla de la multitud de mundos que se hallan en el interior del ser humano. En una sociedad tan desilusionada como la nuestra, se ha hecho urgente recuperar el valor de la palabra. Por tanto, la labor de un poeta sólo puede producirse en un “exilio social”, aunque ya no se trata de un atroz destino, sino de una forma de dar testimonio de la necesidad de una reconciliación del hombre consigo mismo y con el mundo.

domingo, 20 de febrero de 2011

jueves, 20 de enero de 2011

Mejor que prólogos, epílogos

Creo que sería una buena costumbre adoptar el criterio que usaron Andrés Sánchez Robayna y la editorial Galaxia Gutenberg en la confección del volumen En el cuerpo del mundo, que recoge la poesía completa del canario entre 1970 y 2002. Me refiero a la inclusión de un breve ensayo donde Sánchez Robayna traza las líneas maestras de una poética al final del libro, no al comienzo ni insertado en la sucesión cronológica de los textos que se publican como se hace en la mayoría de los casos. De esta manera, cuando se empieza a leer un libro de poemas con la furia inicial, se desembocaría de inmediato en los poemas, que son el mayor interés de un poeta. Con frecuencia, además, me sucede que esa furia se me agota pronto y empiezo a disfrutar los poemas con cierta prisa (esto es algo que ocurre sobre todo con las antologías y las obras completas), una prisa que viene originada por ese estúpido sentimiento de culpa que me asalta cada vez que miro la librería de mi casa, hago balance de la cantidad de libros que me siguen quedando por leer y pienso el tiempo que podría dedicarle a la lectura y se me escapa incomprensiblemente de las manos. Progresivamente y casi de manera inconsciente, mientras avanzo por las páginas empieza a instalarse en mí la tranquilidad razonable de la degustación de cada verso, ese éxtasis intelectual que no siempre se consigue y que nos acomoda la velocidad de lectura a ese ritmo irregular en el que está el verdadero goce de este arte. Cuando llego al último libro recogido o antologado en el volumen, siento una alegría contenida porque, casi siempre, mi despedida de los libros suele ser definitiva y pasan a una estado de reposo similar a la muerte, aunque siempre les dedico algún recuerdo cuando los descubro de nuevo en un estante. Empecé señalando la conveniencia de situar las reflexiones sobre poética al final de los libros y no quiero perderme en mi atípica bibliofilia. Después de haber leído los poemas, de haber pensado sobre ellos, de haber establecido libremente conexiones entre textos a mi antojo, enfrentarme a la poética es como recibir la solución a una parte del misterio al final de la historia. En cierto modo, ha sido como desentrañar el desenlace de un película, a partir de cuatrocientas páginas de indicios y veinte de instrucciones generales orientativas, un final que, evidentemente, ha de quedar abierto. ¿Acaso sería verdadera poesía aquella que ofreciera al lector todo su contenido sonoro y conceptual en forma cerrada y unívoca? En este punto, tiene ya poco sentido que describa los pilares que sustentan la poética de Sánchez Robayna, que era el motivo inicial con el que acometí estas líneas. Habrá que dejarlo para la semana que viene.

lunes, 10 de enero de 2011

Así de claro

La banalidad de los productos culturales es uno de los rasgos más característicos de nuestra época.

Andrés Sánchez Robayna

jueves, 23 de diciembre de 2010

Madridistas del mundo, uníos...

Estoy harto de la prensa deportiva de Madrid. Venden una imagen del madridismo que hace mucho daño a una afición, en su mayoría crítica y razonable. Por eso, pido a los futboleros y madridistas que se pasen por aquí que echen un vistazo al manifiesto promovido desde el blog Fans del Real Madrid:

http://www.fansdelmadrid.com/?p=6423

jueves, 16 de diciembre de 2010

Hasta siempre tocayo

Como muchos de mis amigos, conocí a Enrique Morente en un periodo especialmente anglófilo de mi afición a la música. Temerosos y acomplejados por el manido tópico del flamenquito andaluz, no es que no nos gustase el flamenco, más bien no nos atrevíamos a acercarnos mucho a él. Creíamos estar inmersos en un proceso expansivo de nuestros gustos musicales y, en realidad, estábamos felizmente encerrados en medio de una marea de grupos de pop y rock que ocupaban todo nuestro ocio musical. En muy contadas ocasiones, acudíamos a grupos españoles y una de las bandas a las que concedíamos el privilegio de nuestra atención era Lagartija Nick. Como muchos de mi generación, yo llegué a Enrique Morente a través de Lagartija Nick. Preguntarme hoy si llegó primero a mis manos Val del Omar u Omega, es plantearme la vieja cuestión del huevo y la gallina. A estas alturas del texto, es innecesario añadir que esta tarde quiero quejarme, lamentarme, maldecir por la muerte de Enrique Morente, uno de los personajes a los que la cultura española debería estar más agradecida. Su capacidad de experimentación e innovación nos han acercado a algunos la puerta del flamenco de tal forma, que nos hemos sentido motivados a atravesarla. Pero no se queda aquí su contribución. En una época en la que existe cierta indiferencia hacia la poesía, su interpretación de la poesía de Lorca ha llevado de forma inconsciente a la memoria de muchos de sus oyentes los versos del poeta granadino. Hay muchos que, sin saberlo, cantan maravillosos pasajes de Poeta en Nueva York. Otros creen que, al fin, pueden cantar a Leonard Cohen, sin saber que se están emocionando con fragmentos de una literatura inmortal. En esta tarde de diciembre que no invita al paseo, cuando sentimos que se acercan los ritos de las comidas familiares y los reencuentros, ahora que se nos acaba otro año y hacemos inventarios laborales y sentimentales para poder seguir adelante, me gustaría compartir esta nostalgia. Ya sé que es la ley de la vida, que no hay otro remedio, que todos acabaremos desapareciendo. Pero cada vez que muere un personaje emblemático siento que algo dentro de mí se rebela inútilmente contra el trágico destino de todo ser humano. Ya se trate de alguien a quien admiro o de algún personaje que detesto, la muerte de famosos y célebres me hace menos reconocible nuestro mundo. Siento que la vida es más gris cuando pienso en un mundo sin Benedetti, sin Michael Jackson, sin Enrique Morente, sin Jesús Gil, sin Lola Flores, sin Saramago, sin Francisco Ayala. Sé que puede parecer ridículo y, probablemente, lo es. O quizá simplemente es el lento proceso del envejecimiento, la certeza de que la muerte de cualquier hombre nos hace más conscientes de la inevitabilidad de la nuestra.




jueves, 2 de diciembre de 2010

Oh, say can you see by the dawn's early light...

Hasta hace menos de una semana, todo aquel que se atreviese a comentar (aunque fuera en broma) que los Estados Unidos de América podían realizar funciones de espionaje, sabotaje, chantaje y encubrimiento a través de una larga tela de araña que se extiende a casi todos rincones de la tierra, corría, como poco, el riesgo de ser llamado demagogo. Y ésta era solo la consecuencia más leve. Lo normal era recibir por parte del interlocutor una sarta de descalificaciones intelectuales referidas a la salud mental decoradas con palabras como paranoico, delirante, conspiranoia, reveladoras de la impropiedad y la incorrección en el vocabulario de las que hacía gala el que hablaba. Los razonables y objetivos argumentadores que así actuaban estaban dispuestos a admitir a regañadientes la posibilidad de injerencia del amigo americano en repúblicas bananeras sin control, con algún recurso natural importante para la economía que se cuecen en Wall Street y, por supuesto, cuyo presidente fuera un dictador corrupto de una ideología ajena al tradicional bloque comunista, pero jamás en la civilizada Europa. Así de tranquilos vivíamos hasta el domingo, día en que se anunció la inminente publicación de documentos secretos generados en las embajadas y los consulados de los Estados Unidos en todo el mundo. A partir de ese momento, pudimos comprobar como, en un Estado de Derecho como es España, los diplomáticos americanos pueden influir sobre jueces y fiscales, presionar a ministros, boicotear investigaciones conducentes a aclarar crímenes de guerra y de lesa humanidad, frenar procedimientos judiciales en curso, cambiar el tono de los discursos del presidente del gobierno sobre la guerra de Iraq, realizar un seguimiento especial del trabajo de un juez considerado contrario a los intereses norteamericanos. Y todo ello con la normalidad de quien se pasea por su finca y organiza a su antojo su cortijo. ¿Cómo es posible? ¿No estaban algunas personas demasiado influido por películas como El buen pastor? ¿No necesitaban urgentemente una terapia farmacológica que les cambiara la ideología y ese sufrimiento permanente ante la percepción subjetiva de un mundo dominado por poderes ocultos que determinan el devenir de la historia? ¿Esto no era un Estado con garantías democráticas? ¿No era la democracia una capa de ozono suficiente para protegernos de los efectos perniciosos del gran sol yanqui y permite el paso únicamente a su beneficiosa luz? Para tranquilidad de las conciencias razonables y objetivas, nuestros leales servidores públicos se han apresurado a negar sin argumentos las afirmaciones de estos documentos. Algunos, haciendo uso de su derecho al silencio, se niegan a responder a preguntas sobre estas informaciones fantasiosas y malintencionadas. Aunque, claro, si todo es mentira, no se entiende la preocupación del Departamento de Estado norteamericano por la seguridad de muchos de sus conciudadanos que viven en suelo extranjero. Particularmente raro es que nuestro fiel aliado no haya desmentido esta ignominia. Afortunadamente, a mí no me sorprenden para nada este tipo de descubrimientos. Hace ya muchos años que no dudo: prefiero los días nublados.

viernes, 19 de noviembre de 2010

En tierras bajas

Si es cierto (como se ha repetido hasta el hartazgo) que los contextos adversos y las situaciones difíciles son el mejor caldo de cultivo para que nazca una buena literatura, sin duda, el siglo XX en Europa ha debido ser uno de esos momentos de la Historia, en los que se escriben obras de una repercusión tan grande que todavía no podemos calibrar con la suficiente distancia. La proliferación de regímenes totalitarios por todo el continente, tanto desde el extremo soviético como en el extremo fascista, habrían tenido, así, como efecto una nutrida creación literaria. Si consideramos cierto este axioma, es normal que, habitualmente, el Premio Nobel de Literatura recaiga sobre autores casi desconocidos de Europa del Este, en cuyas biografías concurren las condiciones de vida sufridas durante ciertos episodios de la Historia más reciente. Me explico. Ya sabemos que el Premio Nobel de Literatura no se entrega únicamente por la calidad literaria contrastada de sus ganadores. Hay, además, un componente que suele aparecer siempre en la justificación de la decisión final: el compromiso, un compromiso que puede adoptar formas muy distintas y que suele traducirse en forma de denuncia. En el caso de los regímenes de la órbita soviética, no es necesario explicar en qué consiste este compromiso: el mero hecho de atreverse a escribir de espaldas a la corriente del feliz realismo socialista es ya una actitud tan atrevida, tan rebelde, tan claramente opuesta al sistema omnipotente, que no hace falta los textos se refieran de forma explícita a temas políticos para que se pueda premiar a un escritor con el adjetivo comprometido. Pero no voy a escribir de un escritor, sino de una escritora, de la ganadora del Premio Nobel en 2009. Herta Müller nació en 1953 en la región de Banato, en Rumanía. Perteneciente a una minoría suaba de origen germano asentada en la zona desde el siglo XVIII, la narrativa de Herta Müller se centra en la destrucción de las relaciones humanas que producen los mecanismos de los estados totalitarios. Su primer libro, En tierras bajas, es una colección de relatos muy breves en torno a una especie de novela corta, que es la que da título a la obra. Publicado en la Rumanía de Ceacescu con una poda de censura en 1982, no aparece íntegramente hasta 1984, una vez que Müller se ha exiliado en Alemania. No es extraño que el aparato de poder se preocupara de recortar su prosa. No podía consentirse una visión del campesinado que no pasara por la alegría de trabajar para el progreso del Estado; que alguien se atreviera a contar la cotidiana depresión que era el mundo rural en las dictaduras soviéticas era algo más que un acto de rebeldía, era un peligro para la delicada estabilidad nacional. Y es éste precisamente el gran pecado, la gran virtud, de estos relatos, su capacidad para estremecernos a través de la brutalidad y la pérdida de esperanza que se había instalado en la nada cotidiana de la vida de millones de personas. Los cuentos, narrados en su mayoría desde una voz infantil, se alternan ofreciendo versiones crudas de realismo con disgresiones casi surrealistas que nos recuerdan que estamos frente a una obra literaria y no asistiendo a las grabaciones de un reportero. Creo que ya va siendo hora de terminar con este alegato y es justo que me despida dando la voz a Herta Müller, verdadera protagonista de este espacio. Y quiero hacerlo de la misma forma en que ella se despide del lector en el libro. En un extraño vuelco final, el último relato de En tierras bajas, otorga la voz a una narradora que ya es adulta y que se permite la licencia de recurrir a un toque de humor melancólico. El brevísimo cuento se llama Día laborable y finaliza así: “En la tienda de ultramarinos me compro un periódico, luego camino hasta la parada de tranvía y me compro unos bollos, y al llegar al quiosco de periódicos me subo al tranvía. Me bajo tres paradas antes de subir. Le devuelvo el saludo al portero, que me saluda luego y piensa que otra vez es lunes y otra vez se ha acabado la semana. Entro en la oficina, digo adiós, cuelgo mi chaqueta en el escritorio, me siento en el perchero y empiezo a trabajar. Trabajo ocho horas.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Otros colores

En muy contadas ocasiones (por no decir nunca), tiene uno la oportunidad de tomarse una cerveza con un escritor al que admira, con el que sabe, gracias a las horas que ha pasado junto a su prosa, que podría estar hablando durante toda la tarde de literatura, política, cine, ciudades, arte, gastronomía y hasta de fútbol. Afortunadamente, hay una muy buena manera de paliar esta dificultad, un extraño género de libro con el que, en ocasiones, algunos autores nos agradecen la devoción que les profesamos. Tengo la suerte de contar entre mis escritores favoritos a Orhan Pamuk y escribo que se trata de una suerte porque en su bibliografía está el maravilloso Otros colores, libro al que dediqué los últimos días del pasado verano y en el que tenía más la impresión de estar escuchando a un amigo junto a la barra de un bar que la de estar en mi casa, aguantando como podía las temperaturas de agosto. Otros colores es ese tipo de libros al margen de la ficción y del ensayo como cuerpo unitario organizado, donde bajo la apariencia de columnas periodísticas, páginas de diario íntimo, memorias y narraciones breves, se puede aprender muchísimo de Estambul, la identidad turca, los terremotos, el proceso de construcción narrativa, las relaciones entre un padre y una hija, la historia de la novela moderna, la cuestión oriente – occidente, los paisajes, los relojes, el tabaco... Con este tipo de libros, los autores pagan la deuda que mantienen con sus lectores. Nos sentimos tan reconfortados en las ficciones que nos presentan los maestros de la narrativa que acabamos viéndolos como amigos y ya se sabe que a todos nos encanta preguntar a sus amigos sobre los intereses, las aficiones, las preocupaciones que rondan nuestra cabeza. Evidentemente, no hay una reciprocidad, nunca conseguiremos que Pamuk nos conteste a las preguntas que querríamos hacerle. Pero no importa, lo de menos es preguntar, ya que nuestro interés por preguntar nace de la necesidad de que nos hable y nos regale unas líneas más para seguir manteniendo el artificio de sentido con el que hacemos habitable la ocasional frialdad del mundo que nos rodea, sentir que sigue habiendo gente cuyo pensamiento funciona de forma semejante al nuestro y sonreír comprendiendo los guiños, las complicidades, los comentarios elegantes y precisos con los que desgrana su sistema de ideas. En definitiva, Otros colores es un libro que recomiendo a quien haya leído a Pamuk y no entienda de dónde viene la concesión del Nobel y su repentina repercusión internacional. Quizá, después de haberlo leído entienda, que su normalidad, su sinceridad, su verdadera preocupación por la Turquía en la que vive y la Europa que le avecina, son los argumentos más convincentes para defender su maestría en el arte de la novela.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Ahora lo entiendo todo

Hace algunos meses, un libro me hizo reflexionar bastante sobre un tema que me interesa y desde una óptica muy básica. Sin ánimo de querer dar una lección de nada a nadie y, por supuesto, tratando de no aburrir a quien ande leyéndome, me gustaría compartir aquí las conclusiones a las que el autor del libro nos quiere hacer llegar, unas conclusiones que puede extraer cualquiera que se acerque al texto. La primera conclusión y quizá la más sorprendente es que puede existir una disciplina artística sin nombre. Puede darse el caso de que tal arte se practique durante años, siglos, sin que sea necesario ponerle un nombre. A tal extremo llega este fenómeno, que, incluso, puede escribirse un ensayo sobre dicha disciplina artística sin que el autor, consciente de la falta de nombre, caiga en la vanidad de proponer uno. Es este hecho, en sí mismo, aleccionador en tiempos como el nuestro en el que, ávidos de cualquier novedad, asfixiamos en el océano de las etiquetas a toda tendencia o idea aparentemente fresca, sea realmente innovadora o simplemente algo superficial y sin importancia. Por cierto, aquella disciplina sin nombre era la Literatura. Pero vayamos al tema principal del libro, el autor centra su atención durante algunas páginas en la construcción de tramas. Con respecto a este tema, parece que un punto decisivo en la calidad de las tramas es su carácter unitario, es decir, la ausencia de digresiones. Además, dado que la trama es una construcción artística, el material más importante para levantar este edificio es la propia organización de los hechos. De esta forma, el desarrollo de la acción y su resolución tienen que surgir de la propia lógica de los acontecimientos y no puede recurrirse a lo fácil, al deus ex machina. Es la organización de los hechos (y en un discreto segundo lugar la música) la que hace que la trama sea atractiva para el público y no el lenguaje que se utiliza, ni los caracteres de los personajes. Tranquilos, no estoy haciendo un curso de guionista de cine, ni pretendo empezar una carrera como dramaturgo. Simplemente, he leído la Poética de Aristóteles y he comprendido de golpe por qué ocupan más espacio en la parrilla televisiva las películas de Steven Seagal que las de David Lynch, por qué todos conocemos a más de veinte personas que hayan leído El niño del pijama de rayas y menos de diez que se hayan atrevido con Ulises de James Joyce. Y es que, desde el punto de vista de Aristóteles, aquellos que le admiramos y que buscamos el talento y la originalidad en el arte, parece ser que estamos completamente equivocados. Sorprendentemente, aquellos que dicen pasar de la filosofía, que huyen de todo lo que huele a intelectualidad y de estos razonamientos aburridos, son profundamente aristotélicos en sus gustos literarios y cinematográficos.