la vida es
también posible.
Demasiada luz. Quizá sea ésta la sensación que a uno le asalta a medida que avanza por los poemas que componen la primera mitad (puede que algo más) del volumen de poesía reunida En el cuerpo del mundo de Andrés Sánchez Robayna. No se trata en esta primera mitad de un cuerpo unitario de poemas con un estilo unívoco: desde el radicalismo de algunos de sus primeros tiempos (es especialmente revelador “El sentido del poema ha de ser abolido”) hasta un lirismo reposado, contemplativo, capaz de construir una serie de poemas estremecedores sobre un vaso de agua, sin olvidar un grupo de textos con estructura de prosa y un carácter circular. Sin embargo, la mayoría de los poemas tienen unos claros denominadores comunes que son la luz, las rocas, el mar, las dunas; circunstancia que, por momentos, hace aflorar en el lector una sensación de rutina y (al menos en mi caso) dificulta el mantenimiento de un grado óptimo de atención. Por suerte, tengo la rara habilidad de sentir una amistad ficticia por los escritores a los que leo durante los periodos que les dedico a sus libros y esto me lleva a sentir una empatía exagerada por los modos de expresión y los puntos de vista desde los que se construye el discurso literario del autor. Y la califico de exagerada porque esta predisposición me lleva a una aceptación incondicional de los planteamientos que leo; para maximizar la comprensión, soy capaz incluso de considerar, provisionalmente, mis creencias personales como algo revisable si las propuestas del libro así me lo sugieren. Siendo así, la visión retrospectiva que se obtiene al reflexionar sobre las páginas que se van quedando atrás es satisfactoria y, aunque uno no pueda expresar con claridad qué es lo que ha aprendido (ya que no se trata de una lectura ligera), algo queda, no hay duda. En este volumen de poesía reunida, los cambios van gestándose con una lentitud que los hace difícilmente perceptibles hasta que se produce un salto cualitativo que todo lo cambia. Desde mi punto de vista, este salto podría situarse en el poemario Fuego blanco, en el que parece producirse un giro en los modos de expresión hacia posiciones menos cerradas con el lector. Empieza a vislumbrarse así un tipo de poesía que concede al lector una mayor ilusión de entendimiento de la verdadera estructura semántica de los textos. Posiblemente, el poema que mejor marca esta nueva situación es “Las primeras lluvias”, que se abre con estos magníficos versos:
La tierra de que hablo, hacia noviembre,
conoce el viento. Llega, desde el este,
hasta los arenales como un ave sedienta,
soplas las aguas negras. Esta noche
removió los postigos mal calzados
y agitó la palmera. En los cristales
chillaba como un pájaro perdido.
A partir de este punto (para qué negarlo), la experiencia de la lectura es más reconfortante y enriquecedora. Y el paso por los poemarios Sobre una piedra extrema, Inscripciones y El libro, tras la duna es un viaje de placer, un recorrido psíquico que depara un buen número de imágenes y sensaciones asociadas. Creo que mis palabras se están vaciando de contenidos y no quisiera empezar a repetirme, de modo que prefiero dejar que sea el poeta quien ponga el punto final con estos versos que describen el descubrimiento de su pasión por la poesía:
Y, así, la noche,
el autobús que me llevaba a casa,
las palabras que vi como tomadas
por manos que sangraban, empezaron
a incendiarse en mi boca.
Recuerdo el pánico que muchos sufrimos durante la famosa crisis de las “vacas locas” que se generó en el Reino Unido en la segunda mitad de la década de los noventa. Tengo que reconocer que yo fui uno de esos fanáticos que decidió no comer carne de ternera durante varios meses al no poder establecer con seguridad el origen de toda la carne que consumía o, aún peor, cuando conocía el origen de la carne, alegaba no tener motivos para confiar más en unos ganaderos que en otros. Muchos años atrás y, todavía saliendo de una adolescencia tardía, también viví de primera mano el miedo a la famosa bacteria asesina y, durante algunas semanas, me preocupaba sobremanera cualquier corte o herida que pudiera hacerme de forma accidental. Más recientemente, formas de gripe desconocidas para la opinión pública parecen irrumpir en la actualidad informativa como si de grandes campañas de publicidad se tratase. Las previsiones e hipótesis que se lanzaron con motivo de la gripe aviar eran aterradoras. ¿Y qué podría decirse de la gripe A? El propio gobierno se mostró asustadizo y tomó una serie de precauciones que unos meses más tardes acabaron por parecer un poco ridículas. Si bien son estos unos hechos que no deberían justificar un miedo excesivo, lo cierto es que me gustaría llevar el análisis a situaciones más delicadas, es decir, a determinadas tragedias producidas por los seres humanos o por la naturaleza. Los atentados del 11 de Septiembre de 2001 en Estados Unidos supusieron un claro punto de inflexión en algo que debería ser tan normal a estas alturas como viajar en avión. Los protocolos de seguridad fueron revisados de forma concienzuda y los aeropuertos se convirtieron en lugares más tediosos de lo que, en sí mismos, ya eran. Un caso más reciente y, si cabe, más terrible es el de la enorme tragedia que está sufriendo Japón desde el día 11 de marzo. Cuando la causa natural (un tsunami), se une a la causa humana (las centrales nucleares) contribuyendo así a hacer mayor el desastre y más insoportable el sufrimiento de la población, el miedo, desde luego, es más que comprensible. Para afrontarlo, vamos a revisar todas las centrales nucleares y a someterlas a unas pruebas de estrés (expresión que parece haberse puesto de moda). De esta forma, conseguiremos lo mismo que conseguimos cuando los gobiernos se aprovisionaron de vacunas y antivirales o cuando se adoptaron las férreas medidas de seguridad en los aviones tras el 11 de septiembre: recuperar la ilusión de control, ese sentimiento de seguridad que tanto necesitamos y que podría definirse como la tendencia de los seres humanos a creer que pueden controlar o influir en los resultados de procesos sobre los que, claramente, no tienen ninguna capacidad de influencia. No es que yo critique la necesidad de adoptar medidas y precauciones que, sin duda, son necesarias para garantizar la seguridad, el bienestar o la propia vida. Sin embargo, me gustaría plantear una reflexión. Hacemos todo tipo de cosas para mantener la ficción de nuestra seguridad y nuestra permanencia: escribimos libros, ponemos rejas a las ventanas, compartimos parte de nuestra vida privada con cámaras de videovigilancia, revisamos todos los protocolos revisables, eludimos las conversaciones sobre la enfermedad y el sufrimiento, nos declaramos incapaces de acudir a los tanatorios y a los hospitales... Y, sin embargo, rara vez nos atrevemos a revisarnos nosotros mismos y a preguntarnos por qué no podemos soportar la idea de vivir en un mundo imprevisible, por qué vivimos tan completamente ajenos a la certeza de saber que un día desapareceremos.
Canino es una película que no me atrevo a recomendar. Situada en un espacio de nadie en lo que se refiere a géneros, la trama ante la que nos sitúa Giorgos Lanthimos es capaz de evocar todas las situaciones que pueden generarse en un ambiente de manipulación y control mental: la comedia, la tragedia, la violencia, el terror, la incomunicación, la vergüenza, la degeneración, el incesto, la inmadurez. Canino es una muestra más de la habilidad de ciertos directores de cine (muchos de ellos europeos) para mostrarnos el lado cotidiano de aquellas caras más amargas de la realidad. Lejos del algodón de azúcar al que nos tiene acostumbrados la industria que suele copar las salas comerciales, hay una serie de realizadores comprometidos en la vocación de complementar la imagen que el cine, como expresión artística, proyecta de la sociedad. Sin miedo a polemizar y haciendo caso omiso de las hipócritas acusaciones de “querer vender ofreciendo morbo” (que les llueven desde sectores partidarios de títulos como American Pie), podemos afirmar con esperanza que sigue habiendo otro cine; un cine que quizás no siempre divierta ni permita al espectador una sesión de mínima actividad mental, pero conviene recordar que tanto en la vida como en el arte no todo es divertido siempre, ni se regala sin exigir, al menos, un pequeño esfuerzo. A pesar de todo lo expuesto y como ya apunté al empezar, no me siento capaz de recomendar esta película por varias razones. Soy consciente de lo fuertemente arraigados que están, en ocasiones, los prejuicios de ciertos espectadores de cine y la violenta forma que adoptan cuando presencian escenas en las que se rompen de manera explícita los cánones convencionales del séptimo arte. Esto se hace especialmente patente en el sexo, la sangre, las relaciones familiares disfuncionales o las síntomas neuróticos y compulsivos presentados de forma realista. Dicho con claridad: la película puede herir los sentimientos o provocar turbulencias en el pensamiento de cualquiera que se detenga verla, lo cual no supone arrojar dudas sobre su calidad. Aquellos que, queriendo hablar en nombre de la mayoría, dejan que sus prejuicios se derramen y pretenden hundir determinadas propuestas culturales descalificándolas o burlándose de quiénes las apoyan, no hacen más que quedar en evidencia. Recuerdo haber discutido muchas veces sobre David Lynch, uno de los cineastas que más gustan. En una ocasión, alguien me dijo que no podía gustarle una película que no era capaz de entender. Poco antes, había manifestado su admiración por Rammstein a pesar de su absoluto desconocimiento de la lengua alemana. Creo que la anécdota es clarificadora.
No podía dejar de hacer una referencia al esbozo de poética que expone Andrés Sánchez Robayna en el epílogo del libro En el cuerpo del mundo. Creo que sus ideas son claras y, desde mi punto de vista, acertadas. Por ello, me limito a resumirlas. En primer lugar, conviene aclarar que la poética planteada por el autor no es la formulación de un proyecto, sino la constatación de unos hechos y, en este sentido, se trata de un testimonio. No es raro pues que, desde una perspectiva tan empírica, la concepción de lo poético se plantee como algo que cambia en cada persona a medida que van pasando los años. La concepción de la poesía es, para el poeta canario, como una asíntota que se acerca cada vez más al eje pero que jamás podrá tocarlo. Es decir, sólo se puede dar una vaga idea general sobre la concepción de lo poético que uno tiene y sería más fácil definirla por lo que no es.
El punto de partida que se toma es la propia palabra, ya que en ella se produce la iluminación que lleva al poeta a un conocimiento de lo impensable. La palabra poética no toma el lenguaje como un material ya existente y, en este sentido, es capaz de crear un estado nuevo para el lenguaje, es capaz de hacerlo renacer. Se atreve a preguntarse, a continuación, si no será todo poema una elegía y, más allá, si no será todo poema un “homenaje que la conciencia de la muerte hace a la vida”. Y sus argumentos son sólidos: aun cuando unos versos celebren la vida, siempre está, de alguna manera, presente la conciencia de nuestra condición frágil y mortal. Esta conciencia de temporalidad se amplifica con el sentimiento del lugar, es decir, de formar un todo indisoluble con la tierra. Así, el espacio podría conceptualizarse como una forma de deseo que se manifestaría de forma distinta en cada lugar concreto. La recuperación de este sentimiento, cada vez más perdido en nuestra cultura, es una de las tareas más urgentes de la poesía según Sánchez Robayna. Como conclusión, se acaba presentando al poema como un movimiento del ser hacia lo que no se posee, hacia lo invisible, hacia lo que está más allá de lo real. Pero siempre se ha de tomar como punto de partida las lindes de la realidad, ya que: “sólo la realidad -nuestra inmersión en lo real- puede, ciertamente, llevarnos a lo que está más allá de ella”.
Termina su ensayo el poeta pregúntandose (a partir de una famosa cita de Mallarmé), si no está todo poeta condenado al ostracismo en la sociedad de hoy día. El poeta vive del lenguaje y es cierto que, en la actualidad sufrimos un proceso de empobrecimiento, adulteración y manipulación del lenguaje cuyas causas son de origen social. Vivimos una época que ha hecho de la cultura una realidad banal e intrascendente. Todo esfuerzo del conocimiento se rechaza con el escudo del pragmatismo. Estamos en una dictadura de “lo práctico” y, por supuesto, del beneficio económico. Desde este punto de vista, la palabra sólo puede ser información y, fuera de ella, carece de sentido. El mundo pretende uniformarnos y la poesía nos habla de la multitud de mundos que se hallan en el interior del ser humano. En una sociedad tan desilusionada como la nuestra, se ha hecho urgente recuperar el valor de la palabra. Por tanto, la labor de un poeta sólo puede producirse en un “exilio social”, aunque ya no se trata de un atroz destino, sino de una forma de dar testimonio de la necesidad de una reconciliación del hombre consigo mismo y con el mundo.
Creo que sería una buena costumbre adoptar el criterio que usaron Andrés Sánchez Robayna y la editorial Galaxia Gutenberg en la confección del volumen En el cuerpo del mundo, que recoge la poesía completa del canario entre 1970 y 2002. Me refiero a la inclusión de un breve ensayo donde Sánchez Robayna traza las líneas maestras de una poética al final del libro, no al comienzo ni insertado en la sucesión cronológica de los textos que se publican como se hace en la mayoría de los casos. De esta manera, cuando se empieza a leer un libro de poemas con la furia inicial, se desembocaría de inmediato en los poemas, que son el mayor interés de un poeta. Con frecuencia, además, me sucede que esa furia se me agota pronto y empiezo a disfrutar los poemas con cierta prisa (esto es algo que ocurre sobre todo con las antologías y las obras completas), una prisa que viene originada por ese estúpido sentimiento de culpa que me asalta cada vez que miro la librería de mi casa, hago balance de la cantidad de libros que me siguen quedando por leer y pienso el tiempo que podría dedicarle a la lectura y se me escapa incomprensiblemente de las manos. Progresivamente y casi de manera inconsciente, mientras avanzo por las páginas empieza a instalarse en mí la tranquilidad razonable de la degustación de cada verso, ese éxtasis intelectual que no siempre se consigue y que nos acomoda la velocidad de lectura a ese ritmo irregular en el que está el verdadero goce de este arte. Cuando llego al último libro recogido o antologado en el volumen, siento una alegría contenida porque, casi siempre, mi despedida de los libros suele ser definitiva y pasan a una estado de reposo similar a la muerte, aunque siempre les dedico algún recuerdo cuando los descubro de nuevo en un estante. Empecé señalando la conveniencia de situar las reflexiones sobre poética al final de los libros y no quiero perderme en mi atípica bibliofilia. Después de haber leído los poemas, de haber pensado sobre ellos, de haber establecido libremente conexiones entre textos a mi antojo, enfrentarme a la poética es como recibir la solución a una parte del misterio al final de la historia. En cierto modo, ha sido como desentrañar el desenlace de un película, a partir de cuatrocientas páginas de indicios y veinte de instrucciones generales orientativas, un final que, evidentemente, ha de quedar abierto. ¿Acaso sería verdadera poesía aquella que ofreciera al lector todo su contenido sonoro y conceptual en forma cerrada y unívoca? En este punto, tiene ya poco sentido que describa los pilares que sustentan la poética de Sánchez Robayna, que era el motivo inicial con el que acometí estas líneas. Habrá que dejarlo para la semana que viene.
Como muchos de mis amigos, conocí a Enrique Morente en un periodo especialmente anglófilo de mi afición a la música. Temerosos y acomplejados por el manido tópico del flamenquito andaluz, no es que no nos gustase el flamenco, más bien no nos atrevíamos a acercarnos mucho a él. Creíamos estar inmersos en un proceso expansivo de nuestros gustos musicales y, en realidad, estábamos felizmente encerrados en medio de una marea de grupos de pop y rock que ocupaban todo nuestro ocio musical. En muy contadas ocasiones, acudíamos a grupos españoles y una de las bandas a las que concedíamos el privilegio de nuestra atención era Lagartija Nick. Como muchos de mi generación, yo llegué a Enrique Morente a través de Lagartija Nick. Preguntarme hoy si llegó primero a mis manos Val del Omar u Omega, es plantearme la vieja cuestión del huevo y la gallina. A estas alturas del texto, es innecesario añadir que esta tarde quiero quejarme, lamentarme, maldecir por la muerte de Enrique Morente, uno de los personajes a los que la cultura española debería estar más agradecida. Su capacidad de experimentación e innovación nos han acercado a algunos la puerta del flamenco de tal forma, que nos hemos sentido motivados a atravesarla. Pero no se queda aquí su contribución. En una época en la que existe cierta indiferencia hacia la poesía, su interpretación de la poesía de Lorca ha llevado de forma inconsciente a la memoria de muchos de sus oyentes los versos del poeta granadino. Hay muchos que, sin saberlo, cantan maravillosos pasajes de Poeta en Nueva York. Otros creen que, al fin, pueden cantar a Leonard Cohen, sin saber que se están emocionando con fragmentos de una literatura inmortal. En esta tarde de diciembre que no invita al paseo, cuando sentimos que se acercan los ritos de las comidas familiares y los reencuentros, ahora que se nos acaba otro año y hacemos inventarios laborales y sentimentales para poder seguir adelante, me gustaría compartir esta nostalgia. Ya sé que es la ley de la vida, que no hay otro remedio, que todos acabaremos desapareciendo. Pero cada vez que muere un personaje emblemático siento que algo dentro de mí se rebela inútilmente contra el trágico destino de todo ser humano. Ya se trate de alguien a quien admiro o de algún personaje que detesto, la muerte de famosos y célebres me hace menos reconocible nuestro mundo. Siento que la vida es más gris cuando pienso en un mundo sin Benedetti, sin Michael Jackson, sin Enrique Morente, sin Jesús Gil, sin Lola Flores, sin Saramago, sin Francisco Ayala. Sé que puede parecer ridículo y, probablemente, lo es. O quizá simplemente es el lento proceso del envejecimiento, la certeza de que la muerte de cualquier hombre nos hace más conscientes de la inevitabilidad de la nuestra.
Hasta hace menos de una semana, todo aquel que se atreviese a comentar (aunque fuera en broma) que los Estados Unidos de América podían realizar funciones de espionaje, sabotaje, chantaje y encubrimiento a través de una larga tela de araña que se extiende a casi todos rincones de la tierra, corría, como poco, el riesgo de ser llamado demagogo. Y ésta era solo la consecuencia más leve. Lo normal era recibir por parte del interlocutor una sarta de descalificaciones intelectuales referidas a la salud mental decoradas con palabras como paranoico, delirante, conspiranoia, reveladoras de la impropiedad y la incorrección en el vocabulario de las que hacía gala el que hablaba. Los razonables y objetivos argumentadores que así actuaban estaban dispuestos a admitir a regañadientes la posibilidad de injerencia del amigo americano en repúblicas bananeras sin control, con algún recurso natural importante para la economía que se cuecen en Wall Street y, por supuesto, cuyo presidente fuera un dictador corrupto de una ideología ajena al tradicional bloque comunista, pero jamás en la civilizada Europa. Así de tranquilos vivíamos hasta el domingo, día en que se anunció la inminente publicación de documentos secretos generados en las embajadas y los consulados de los Estados Unidos en todo el mundo. A partir de ese momento, pudimos comprobar como, en un Estado de Derecho como es España, los diplomáticos americanos pueden influir sobre jueces y fiscales, presionar a ministros, boicotear investigaciones conducentes a aclarar crímenes de guerra y de lesa humanidad, frenar procedimientos judiciales en curso, cambiar el tono de los discursos del presidente del gobierno sobre la guerra de Iraq, realizar un seguimiento especial del trabajo de un juez considerado contrario a los intereses norteamericanos. Y todo ello con la normalidad de quien se pasea por su finca y organiza a su antojo su cortijo. ¿Cómo es posible? ¿No estaban algunas personas demasiado influido por películas como El buen pastor? ¿No necesitaban urgentemente una terapia farmacológica que les cambiara la ideología y ese sufrimiento permanente ante la percepción subjetiva de un mundo dominado por poderes ocultos que determinan el devenir de la historia? ¿Esto no era un Estado con garantías democráticas? ¿No era la democracia una capa de ozono suficiente para protegernos de los efectos perniciosos del gran sol yanqui y permite el paso únicamente a su beneficiosa luz? Para tranquilidad de las conciencias razonables y objetivas, nuestros leales servidores públicos se han apresurado a negar sin argumentos las afirmaciones de estos documentos. Algunos, haciendo uso de su derecho al silencio, se niegan a responder a preguntas sobre estas informaciones fantasiosas y malintencionadas. Aunque, claro, si todo es mentira, no se entiende la preocupación del Departamento de Estado norteamericano por la seguridad de muchos de sus conciudadanos que viven en suelo extranjero. Particularmente raro es que nuestro fiel aliado no haya desmentido esta ignominia. Afortunadamente, a mí no me sorprenden para nada este tipo de descubrimientos. Hace ya muchos años que no dudo: prefiero los días nublados.
Si es cierto (como se ha repetido hasta el hartazgo) que los contextos adversos y las situaciones difíciles son el mejor caldo de cultivo para que nazca una buena literatura, sin duda, el siglo XX en Europa ha debido ser uno de esos momentos de la Historia, en los que se escriben obras de una repercusión tan grande que todavía no podemos calibrar con la suficiente distancia. La proliferación de regímenes totalitarios por todo el continente, tanto desde el extremo soviético como en el extremo fascista, habrían tenido, así, como efecto una nutrida creación literaria. Si consideramos cierto este axioma, es normal que, habitualmente, el Premio Nobel de Literatura recaiga sobre autores casi desconocidos de Europa del Este, en cuyas biografías concurren las condiciones de vida sufridas durante ciertos episodios de la Historia más reciente. Me explico. Ya sabemos que el Premio Nobel de Literatura no se entrega únicamente por la calidad literaria contrastada de sus ganadores. Hay, además, un componente que suele aparecer siempre en la justificación de la decisión final: el compromiso, un compromiso que puede adoptar formas muy distintas y que suele traducirse en forma de denuncia. En el caso de los regímenes de la órbita soviética, no es necesario explicar en qué consiste este compromiso: el mero hecho de atreverse a escribir de espaldas a la corriente del feliz realismo socialista es ya una actitud tan atrevida, tan rebelde, tan claramente opuesta al sistema omnipotente, que no hace falta los textos se refieran de forma explícita a temas políticos para que se pueda premiar a un escritor con el adjetivo comprometido. Pero no voy a escribir de un escritor, sino de una escritora, de la ganadora del Premio Nobel en 2009. Herta Müller nació en 1953 en la región de Banato, en Rumanía. Perteneciente a una minoría suaba de origen germano asentada en la zona desde el siglo XVIII, la narrativa de Herta Müller se centra en la destrucción de las relaciones humanas que producen los mecanismos de los estados totalitarios. Su primer libro, En tierras bajas, es una colección de relatos muy breves en torno a una especie de novela corta, que es la que da título a la obra. Publicado en la Rumanía de Ceacescu con una poda de censura en 1982, no aparece íntegramente hasta 1984, una vez que Müller se ha exiliado en Alemania. No es extraño que el aparato de poder se preocupara de recortar su prosa. No podía consentirse una visión del campesinado que no pasara por la alegría de trabajar para el progreso del Estado; que alguien se atreviera a contar la cotidiana depresión que era el mundo rural en las dictaduras soviéticas era algo más que un acto de rebeldía, era un peligro para la delicada estabilidad nacional. Y es éste precisamente el gran pecado, la gran virtud, de estos relatos, su capacidad para estremecernos a través de la brutalidad y la pérdida de esperanza que se había instalado en la nada cotidiana de la vida de millones de personas. Los cuentos, narrados en su mayoría desde una voz infantil, se alternan ofreciendo versiones crudas de realismo con disgresiones casi surrealistas que nos recuerdan que estamos frente a una obra literaria y no asistiendo a las grabaciones de un reportero. Creo que ya va siendo hora de terminar con este alegato y es justo que me despida dando la voz a Herta Müller, verdadera protagonista de este espacio. Y quiero hacerlo de la misma forma en que ella se despide del lector en el libro. En un extraño vuelco final, el último relato de En tierras bajas, otorga la voz a una narradora que ya es adulta y que se permite la licencia de recurrir a un toque de humor melancólico. El brevísimo cuento se llama Día laborable y finaliza así: “En la tienda de ultramarinos me compro un periódico, luego camino hasta la parada de tranvía y me compro unos bollos, y al llegar al quiosco de periódicos me subo al tranvía. Me bajo tres paradas antes de subir. Le devuelvo el saludo al portero, que me saluda luego y piensa que otra vez es lunes y otra vez se ha acabado la semana. Entro en la oficina, digo adiós, cuelgo mi chaqueta en el escritorio, me siento en el perchero y empiezo a trabajar. Trabajo ocho horas.”
En muy contadas ocasiones (por no decir nunca), tiene uno la oportunidad de tomarse una cerveza con un escritor al que admira, con el que sabe, gracias a las horas que ha pasado junto a su prosa, que podría estar hablando durante toda la tarde de literatura, política, cine, ciudades, arte, gastronomía y hasta de fútbol. Afortunadamente, hay una muy buena manera de paliar esta dificultad, un extraño género de libro con el que, en ocasiones, algunos autores nos agradecen la devoción que les profesamos. Tengo la suerte de contar entre mis escritores favoritos a Orhan Pamuk y escribo que se trata de una suerte porque en su bibliografía está el maravilloso Otros colores, libro al que dediqué los últimos días del pasado verano y en el que tenía más la impresión de estar escuchando a un amigo junto a la barra de un bar que la de estar en mi casa, aguantando como podía las temperaturas de agosto. Otros colores es ese tipo de libros al margen de la ficción y del ensayo como cuerpo unitario organizado, donde bajo la apariencia de columnas periodísticas, páginas de diario íntimo, memorias y narraciones breves, se puede aprender muchísimo de Estambul, la identidad turca, los terremotos, el proceso de construcción narrativa, las relaciones entre un padre y una hija, la historia de la novela moderna, la cuestión oriente – occidente, los paisajes, los relojes, el tabaco... Con este tipo de libros, los autores pagan la deuda que mantienen con sus lectores. Nos sentimos tan reconfortados en las ficciones que nos presentan los maestros de la narrativa que acabamos viéndolos como amigos y ya se sabe que a todos nos encanta preguntar a sus amigos sobre los intereses, las aficiones, las preocupaciones que rondan nuestra cabeza. Evidentemente, no hay una reciprocidad, nunca conseguiremos que Pamuk nos conteste a las preguntas que querríamos hacerle. Pero no importa, lo de menos es preguntar, ya que nuestro interés por preguntar nace de la necesidad de que nos hable y nos regale unas líneas más para seguir manteniendo el artificio de sentido con el que hacemos habitable la ocasional frialdad del mundo que nos rodea, sentir que sigue habiendo gente cuyo pensamiento funciona de forma semejante al nuestro y sonreír comprendiendo los guiños, las complicidades, los comentarios elegantes y precisos con los que desgrana su sistema de ideas. En definitiva, Otros colores es un libro que recomiendo a quien haya leído a Pamuk y no entienda de dónde viene la concesión del Nobel y su repentina repercusión internacional. Quizá, después de haberlo leído entienda, que su normalidad, su sinceridad, su verdadera preocupación por la Turquía en la que vive y la Europa que le avecina, son los argumentos más convincentes para defender su maestría en el arte de la novela.
Hace algunos meses, un libro me hizo reflexionar bastante sobre un tema que me interesa y desde una óptica muy básica. Sin ánimo de querer dar una lección de nada a nadie y, por supuesto, tratando de no aburrir a quien ande leyéndome, me gustaría compartir aquí las conclusiones a las que el autor del libro nos quiere hacer llegar, unas conclusiones que puede extraer cualquiera que se acerque al texto. La primera conclusión y quizá la más sorprendente es que puede existir una disciplina artística sin nombre. Puede darse el caso de que tal arte se practique durante años, siglos, sin que sea necesario ponerle un nombre. A tal extremo llega este fenómeno, que, incluso, puede escribirse un ensayo sobre dicha disciplina artística sin que el autor, consciente de la falta de nombre, caiga en la vanidad de proponer uno. Es este hecho, en sí mismo, aleccionador en tiempos como el nuestro en el que, ávidos de cualquier novedad, asfixiamos en el océano de las etiquetas a toda tendencia o idea aparentemente fresca, sea realmente innovadora o simplemente algo superficial y sin importancia. Por cierto, aquella disciplina sin nombre era la Literatura. Pero vayamos al tema principal del libro, el autor centra su atención durante algunas páginas en la construcción de tramas. Con respecto a este tema, parece que un punto decisivo en la calidad de las tramas es su carácter unitario, es decir, la ausencia de digresiones. Además, dado que la trama es una construcción artística, el material más importante para levantar este edificio es la propia organización de los hechos. De esta forma, el desarrollo de la acción y su resolución tienen que surgir de la propia lógica de los acontecimientos y no puede recurrirse a lo fácil, al deus ex machina. Es la organización de los hechos (y en un discreto segundo lugar la música) la que hace que la trama sea atractiva para el público y no el lenguaje que se utiliza, ni los caracteres de los personajes. Tranquilos, no estoy haciendo un curso de guionista de cine, ni pretendo empezar una carrera como dramaturgo. Simplemente, he leído la Poética de Aristóteles y he comprendido de golpe por qué ocupan más espacio en la parrilla televisiva las películas de Steven Seagal que las de David Lynch, por qué todos conocemos a más de veinte personas que hayan leído El niño del pijama de rayas y menos de diez que se hayan atrevido con Ulises de James Joyce. Y es que, desde el punto de vista de Aristóteles, aquellos que le admiramos y que buscamos el talento y la originalidad en el arte, parece ser que estamos completamente equivocados. Sorprendentemente, aquellos que dicen pasar de la filosofía, que huyen de todo lo que huele a intelectualidad y de estos razonamientos aburridos, son profundamente aristotélicos en sus gustos literarios y cinematográficos.
El hombre cuchara
Experimenta el ritmo
a través de tus manos,
hombre cuchara, roba
el ritmo mientras puedas,
que tu voz verbalice
el ritmo sin ayuda,
que tu voz verbalice
el ritmo cuando estés
completamente a solas.
Hombre de la cuchara,
confluye con tus manos.
Sálvame, estoy contigo
en tu proyecto. Sálvame.
Mis amigos son, todos,
indios, sin excepción.
Mis amigos son, todos,
morenos y rojizos.
Mis amigos son, todos, esqueletos,
sienten latir el ritmo entre sus huesos.
Hombre de la cuchara,
confluye con tus manos.
Sálvame, estoy contigo
en tu proyecto. Sálvame.
Experimenta el ritmo
a través de tus manos,
hombre cuchara, roba
el ritmo mientras puedas.
El impulso para leer La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson se lo debo a Borges. Después de haberlo terminado, me siento al final de un camino que he transitado en sentido contrario y que empezó hace muchos años con el descubrimiento de un soneto de gran madurez del poeta argentino, cuyo título es Blind Pew y que hace referencia al gran clásico de la literatura juvenil y de aventuras. En aquel tiempo, consciente de lo tardía que había sido mi incorporación a la comunidad de lectores, el título del poema me resultaba un enigma y lamentaba no haber recurrido a Stevenson en una adolescencia no tan provechosa como me hubiera gustado. La isla del tesoro se quedó en la lista de asignaturas pendientes con un lamento hasta que, hace un par de meses, encontré las ganas suficientes para acometerlo. Probablemente, uno no termina de entender del todo a los escritores que admira hasta que no ha bebido de sus fuentes, hasta que no comparte las referencias de su universo cultural. Sólo entonces se puede hablar de un perfecto desconocido con el cariño que se podría hablar de un hermano. Borges fue un niño marcado por su destino. Desde muy pequeño, Borges fue hablante nativo de las dos lenguas con las que construyó su identidad social, la española y la inglesa. También desde muy pequeño, su padre le abre las puertas de su biblioteca y lo arroja al seno de los libros. Entre estas lecturas tempranas, está La isla del tesoro. ¿Por qué se desarrolla semejante fascinación por esta novela? ¿Cómo se convierte el pirata Pew, uno de los protagonistas de las primeras páginas del libro, en una voz tan potente de la confederación de almas que conforman al poeta bonaerense? Borges fue un niño marcado por la herencia de su padre, Jorge Guillermo Borges, un escritor frustrado que pide a su hijo que dedique su vida a escribir, un hombre que a causa de una patología pierde la visión. Burlas del destino: Borges consigue ser el escritor que su padre nunca pudo ser, pero no se libra de la influencia de la enfermedad paterna y acaba por quedarse ciego. Es, en este contexto, donde podemos valorar la importancia del ciego Pew para un Borges que había asistido durante su adolescencia a la pérdida de visión de su padre. Una mancha de oscuridad crecía en silencio alrededor del poeta argentino, una oscuridad densa que esperaba el momento oportuno para apoderarse de él. Como bien resume el soneto, el pirata Pew es poco menos que un paria, debido a su condición de ciego y a su vida mendicante, pero albergaba la esperanza de un tesoro que tuvo y está enterrado en playas lejanas. De la misma forma, Borges también tuvo el tesoro de su infancia y asiste a la amarga realidad de perder el sentido más preciado para un lector empedernido. Se siente robado, empujado a una vida paria y dependiente, pero también tiene su esperanza en una lejana costa. Y así es como termina el soneto:
A ti también, en otras playas de oro,
te aguarda incorruptible tu tesoro:
la vasta y vaga y necesaria muerte.
Hace ya algunos años, una profesora de
Durante las pasadas navidades, por necesidades de formación personal, estuve leyendo la poesía de Garcilaso de