domingo, 24 de abril de 2011

Estos versos

un millón de escenarios en los que, al fin,
la vida es
también posible.


Estos versos están desde septiembre de 2003 viajando por mi cabeza. Y nunca consigo encontrarles un mayor desarrollo o acomodo. Lo único que tengo claro es que son el final de un poema. Pero me da la impresión de que no voy a poder escribirlo nunca.

jueves, 21 de abril de 2011

En el cuerpo del mundo: poemas.

Demasiada luz. Quizá sea ésta la sensación que a uno le asalta a medida que avanza por los poemas que componen la primera mitad (puede que algo más) del volumen de poesía reunida En el cuerpo del mundo de Andrés Sánchez Robayna. No se trata en esta primera mitad de un cuerpo unitario de poemas con un estilo unívoco: desde el radicalismo de algunos de sus primeros tiempos (es especialmente revelador “El sentido del poema ha de ser abolido”) hasta un lirismo reposado, contemplativo, capaz de construir una serie de poemas estremecedores sobre un vaso de agua, sin olvidar un grupo de textos con estructura de prosa y un carácter circular. Sin embargo, la mayoría de los poemas tienen unos claros denominadores comunes que son la luz, las rocas, el mar, las dunas; circunstancia que, por momentos, hace aflorar en el lector una sensación de rutina y (al menos en mi caso) dificulta el mantenimiento de un grado óptimo de atención. Por suerte, tengo la rara habilidad de sentir una amistad ficticia por los escritores a los que leo durante los periodos que les dedico a sus libros y esto me lleva a sentir una empatía exagerada por los modos de expresión y los puntos de vista desde los que se construye el discurso literario del autor. Y la califico de exagerada porque esta predisposición me lleva a una aceptación incondicional de los planteamientos que leo; para maximizar la comprensión, soy capaz incluso de considerar, provisionalmente, mis creencias personales como algo revisable si las propuestas del libro así me lo sugieren. Siendo así, la visión retrospectiva que se obtiene al reflexionar sobre las páginas que se van quedando atrás es satisfactoria y, aunque uno no pueda expresar con claridad qué es lo que ha aprendido (ya que no se trata de una lectura ligera), algo queda, no hay duda. En este volumen de poesía reunida, los cambios van gestándose con una lentitud que los hace difícilmente perceptibles hasta que se produce un salto cualitativo que todo lo cambia. Desde mi punto de vista, este salto podría situarse en el poemario Fuego blanco, en el que parece producirse un giro en los modos de expresión hacia posiciones menos cerradas con el lector. Empieza a vislumbrarse así un tipo de poesía que concede al lector una mayor ilusión de entendimiento de la verdadera estructura semántica de los textos. Posiblemente, el poema que mejor marca esta nueva situación es “Las primeras lluvias”, que se abre con estos magníficos versos:


La tierra de que hablo, hacia noviembre,
conoce el viento. Llega, desde el este,
hasta los arenales como un ave sedienta,
soplas las aguas negras. Esta noche
removió los postigos mal calzados
y agitó la palmera. En los cristales
chillaba como un pájaro perdido.


A partir de este punto (para qué negarlo), la experiencia de la lectura es más reconfortante y enriquecedora. Y el paso por los poemarios Sobre una piedra extrema, Inscripciones y El libro, tras la duna es un viaje de placer, un recorrido psíquico que depara un buen número de imágenes y sensaciones asociadas. Creo que mis palabras se están vaciando de contenidos y no quisiera empezar a repetirme, de modo que prefiero dejar que sea el poeta quien ponga el punto final con estos versos que describen el descubrimiento de su pasión por la poesía:


Y, así, la noche,

el autobús que me llevaba a casa,

las palabras que vi como tomadas

por manos que sangraban, empezaron

a incendiarse en mi boca.



viernes, 15 de abril de 2011

Silencios

En un primer momento Faruk bey se calló, luego apuró el vaso y de repente dijo:
- Me he hecho viejo.
Guardaron silencio: ahora no era porque no puedieran entenderse, sino como si estuvieran satisfechos de haber comprendido que estaban de acuerdo en no entenderse. A veces dos personas se callan y su silencio es más elocuente que si hablaran.

La casa del silencio
Orhan Pamuk

jueves, 7 de abril de 2011

La ficción de la seguridad

Recuerdo el pánico que muchos sufrimos durante la famosa crisis de las “vacas locas” que se generó en el Reino Unido en la segunda mitad de la década de los noventa. Tengo que reconocer que yo fui uno de esos fanáticos que decidió no comer carne de ternera durante varios meses al no poder establecer con seguridad el origen de toda la carne que consumía o, aún peor, cuando conocía el origen de la carne, alegaba no tener motivos para confiar más en unos ganaderos que en otros. Muchos años atrás y, todavía saliendo de una adolescencia tardía, también viví de primera mano el miedo a la famosa bacteria asesina y, durante algunas semanas, me preocupaba sobremanera cualquier corte o herida que pudiera hacerme de forma accidental. Más recientemente, formas de gripe desconocidas para la opinión pública parecen irrumpir en la actualidad informativa como si de grandes campañas de publicidad se tratase. Las previsiones e hipótesis que se lanzaron con motivo de la gripe aviar eran aterradoras. ¿Y qué podría decirse de la gripe A? El propio gobierno se mostró asustadizo y tomó una serie de precauciones que unos meses más tardes acabaron por parecer un poco ridículas. Si bien son estos unos hechos que no deberían justificar un miedo excesivo, lo cierto es que me gustaría llevar el análisis a situaciones más delicadas, es decir, a determinadas tragedias producidas por los seres humanos o por la naturaleza. Los atentados del 11 de Septiembre de 2001 en Estados Unidos supusieron un claro punto de inflexión en algo que debería ser tan normal a estas alturas como viajar en avión. Los protocolos de seguridad fueron revisados de forma concienzuda y los aeropuertos se convirtieron en lugares más tediosos de lo que, en sí mismos, ya eran. Un caso más reciente y, si cabe, más terrible es el de la enorme tragedia que está sufriendo Japón desde el día 11 de marzo. Cuando la causa natural (un tsunami), se une a la causa humana (las centrales nucleares) contribuyendo así a hacer mayor el desastre y más insoportable el sufrimiento de la población, el miedo, desde luego, es más que comprensible. Para afrontarlo, vamos a revisar todas las centrales nucleares y a someterlas a unas pruebas de estrés (expresión que parece haberse puesto de moda). De esta forma, conseguiremos lo mismo que conseguimos cuando los gobiernos se aprovisionaron de vacunas y antivirales o cuando se adoptaron las férreas medidas de seguridad en los aviones tras el 11 de septiembre: recuperar la ilusión de control, ese sentimiento de seguridad que tanto necesitamos y que podría definirse como la tendencia de los seres humanos a creer que pueden controlar o influir en los resultados de procesos sobre los que, claramente, no tienen ninguna capacidad de influencia. No es que yo critique la necesidad de adoptar medidas y precauciones que, sin duda, son necesarias para garantizar la seguridad, el bienestar o la propia vida. Sin embargo, me gustaría plantear una reflexión. Hacemos todo tipo de cosas para mantener la ficción de nuestra seguridad y nuestra permanencia: escribimos libros, ponemos rejas a las ventanas, compartimos parte de nuestra vida privada con cámaras de videovigilancia, revisamos todos los protocolos revisables, eludimos las conversaciones sobre la enfermedad y el sufrimiento, nos declaramos incapaces de acudir a los tanatorios y a los hospitales... Y, sin embargo, rara vez nos atrevemos a revisarnos nosotros mismos y a preguntarnos por qué no podemos soportar la idea de vivir en un mundo imprevisible, por qué vivimos tan completamente ajenos a la certeza de saber que un día desapareceremos.

domingo, 3 de abril de 2011

Relaciones afectivas


De esto estoy seguro: las flores no sufren por amor.

sábado, 2 de abril de 2011

Fuera de modas

Soy perfectamente consciente del coñazo que estoy dando con Silvio Rodríguez, pero la verdad es que me da exactamente igual.

viernes, 1 de abril de 2011

jueves, 31 de marzo de 2011

Con la excusa de Canino

Canino es una película que no me atrevo a recomendar. Situada en un espacio de nadie en lo que se refiere a géneros, la trama ante la que nos sitúa Giorgos Lanthimos es capaz de evocar todas las situaciones que pueden generarse en un ambiente de manipulación y control mental: la comedia, la tragedia, la violencia, el terror, la incomunicación, la vergüenza, la degeneración, el incesto, la inmadurez. Canino es una muestra más de la habilidad de ciertos directores de cine (muchos de ellos europeos) para mostrarnos el lado cotidiano de aquellas caras más amargas de la realidad. Lejos del algodón de azúcar al que nos tiene acostumbrados la industria que suele copar las salas comerciales, hay una serie de realizadores comprometidos en la vocación de complementar la imagen que el cine, como expresión artística, proyecta de la sociedad. Sin miedo a polemizar y haciendo caso omiso de las hipócritas acusaciones de “querer vender ofreciendo morbo” (que les llueven desde sectores partidarios de títulos como American Pie), podemos afirmar con esperanza que sigue habiendo otro cine; un cine que quizás no siempre divierta ni permita al espectador una sesión de mínima actividad mental, pero conviene recordar que tanto en la vida como en el arte no todo es divertido siempre, ni se regala sin exigir, al menos, un pequeño esfuerzo. A pesar de todo lo expuesto y como ya apunté al empezar, no me siento capaz de recomendar esta película por varias razones. Soy consciente de lo fuertemente arraigados que están, en ocasiones, los prejuicios de ciertos espectadores de cine y la violenta forma que adoptan cuando presencian escenas en las que se rompen de manera explícita los cánones convencionales del séptimo arte. Esto se hace especialmente patente en el sexo, la sangre, las relaciones familiares disfuncionales o las síntomas neuróticos y compulsivos presentados de forma realista. Dicho con claridad: la película puede herir los sentimientos o provocar turbulencias en el pensamiento de cualquiera que se detenga verla, lo cual no supone arrojar dudas sobre su calidad. Aquellos que, queriendo hablar en nombre de la mayoría, dejan que sus prejuicios se derramen y pretenden hundir determinadas propuestas culturales descalificándolas o burlándose de quiénes las apoyan, no hacen más que quedar en evidencia. Recuerdo haber discutido muchas veces sobre David Lynch, uno de los cineastas que más gustan. En una ocasión, alguien me dijo que no podía gustarle una película que no era capaz de entender. Poco antes, había manifestado su admiración por Rammstein a pesar de su absoluto desconocimiento de la lengua alemana. Creo que la anécdota es clarificadora.

martes, 29 de marzo de 2011

Paso las noches emborrachándome de voces.

domingo, 20 de marzo de 2011

¿Qué es para ti Portugal?


Si tuviera que enfrentarme a esta pregunta, solamente podría responder con imágenes. Aunque necesitaría varias, creo que esta foto se acerca bastante a la idea que me he construido.

Monsaraz

jueves, 17 de marzo de 2011

Fútbol y parcialidad

Hace ya muchos años que estoy convencido de esto: la objetividad y la neutralidad no existen, ni han existido nunca. Cualquiera que tenga que mediar, juzgar, decidir, entre dos partes enfrentadas tiene el deber de intentar comportarse de la manera más imparcial posible y, para ello, lo más importante es ser consciente de su propia parcialidad. Empiezo con esta reflexión porque hoy (le pese a quien le pese) quisiera escribir sobre fútbol y, desde luego, no hay un ámbito donde se aprecie con mayor claridad la afirmación con la que empezaba este texto que el fútbol, un deporte que se ha convertido en muchas cosas: a ratos arte, a ratos ocio, a ratos violencia, pero siempre negocio. Si resultan poco creíbles aquellos que quieren presentarse como neutrales en cualquier ámbito de la vida, en el fútbol, los que se pretenden abanderados de la imparcialidad demuestran continuamente la inconsistencia de su pose y acaban, en ocasiones, por parecer más radicales que quienes claramente muestran sus preferencias. Si alguien estaba echando de menos que me refiriese a un libro, que no se preocupe. Evidentemente, estos simples apuntes se justifican como reflexión tras la lectura de El fútbol a sol y sombra de Eduardo Galeano, un libro escrito por un apasionado del fútbol y que se convierte en un gozo pleno para el lector futbolero, como es mi caso. Empieza Galeano el libro con una declaración de intenciones, mostrando cuáles son los colores que defiende desde niño, pero advirtiendo que se declara un aficionado al buen fútbol se lo ofrezca quien se lo ofrezca. Como puede suponerse, ante tal declaración de neutralidad, se encendieron en mi cerebro las alarmas del escepticismo. Sin embargo y como ya he dicho más de una vez, tengo por costumbre adoptar una empatía incondicional hacia el autor de un ensayo durante el tiempo que me dedico a su lectura. Así que me abandoné a sus páginas y la experiencia fue muy satisfactoria. El futbol a sol y sombra es una colección de anécdotas y datos históricos hilvanados con un fino estilo que se mueve entre la narración y la exposición. Está organizado en torno a breves epígrafes o capítulos que van desgranando la historia del propio deporte, de sus reglas y de los Campeonatos del Mundo disputados hasta la fecha. Además, el libro es un repaso a la figura de algunos de los mejores futbolistas de todos los tiempos, una revisión de los roles de todos los personajes que intervienen en el fútbol, un rescate de pequeñas historias y anécdotas casi olvidadas, una recopilación de goles que han conseguido sobrevivir en las memorias de los aficionados de todo el mundo. Por supuesto, no podría ser de otra manera, Eduardo Galeano ejerce también de denunciante de los excesos y la podredumbre que esconde el negocio en el que se ha convertido el fútbol. Lo que no esperaba era la sorpresa que estaba reservada para mí en las últimas páginas del libro. En el último de los anexos, se hacía una breve crónica del Mundial de Sudáfrica y aquí pude ver con claridad que mi respetado Eduardo Galeano no es más que otro parcial que pretende ponerse la máscara de la neutralidad. Después de todo un libro con grandes elogios hacia el futbolista atacante, amigo del regate y de adornarse con habilidades espectaculares, después de declararse aficionado al buen fútbol venga de donde venga, después de criticar a aquellos que se dedican a destruir el fútbol e impedir que se juegue, parece que estas teorías se derrumban cuando llegamos al presente. Comienza el autor lamentándose del más que discreto papel de las selecciones africanas en el campeonato y alegrándose del buen trabajo realizado por su país, Uruguay. Lo que no se dice es que el último país africano eliminado, Ghana, tuvo que hacer las maletas después de que Uruguay lo eliminara usando una estrategia sucia, lamentable. Recordemos que el delantero Mario Suárez evita un gol con la mano que hubiera supuesto la derrota de Uruguay y que el penalty señalado como consecuencia de su acción fue fallado por unos africanos a los que no les acompañó la fortuna, ni el trato deportivo. Por otro lado y tratándose de uno de los Mundiales, en el que el ganador lo ha hecho con una mayor solvencia y calidad, el comentario sobre España y sus jugadores es mínimo: se limita a reconocer que se ganó en buena ley, gracias a un fútbol solidario y a la habilidad de un mago llamado Iniesta. Y nada más. Por último, señala la decepción que supusieron las dos grandes estrellas del momento: Cristiano Ronaldo y Messi. Sin embargo, las razones que se aducen en cada caso son bien distintas. Se nota que uno es suramericano y el otro, por lo que parece, un simple portugués. De Messi se dice que hizo lo que pudo. Estoy de acuerdo. Messi hizo lo que pudo en una selección tan desastrosa como el carácter de su seleccionador. Y pienso que lo mismo le sucedió a Cristiano Ronaldo. De éste, en cambio, sólo se dice que estaba demasiado ocupado en autoobservarse cuando, precisamente, el portugués es uno de esos jugadores que Galeano alaba durante el libro, de los que sacrifican la eficiencia en favor de la belleza y prefieren adornarse con taconazos y regates imposibles, que con frecuencia le hacen recibir insultos. Si Portugal estuviera en el Cono Sur, otro gallo le cantaría.

domingo, 13 de marzo de 2011

jueves, 24 de febrero de 2011

En el cuerpo del mundo: poética.

No podía dejar de hacer una referencia al esbozo de poética que expone Andrés Sánchez Robayna en el epílogo del libro En el cuerpo del mundo. Creo que sus ideas son claras y, desde mi punto de vista, acertadas. Por ello, me limito a resumirlas. En primer lugar, conviene aclarar que la poética planteada por el autor no es la formulación de un proyecto, sino la constatación de unos hechos y, en este sentido, se trata de un testimonio. No es raro pues que, desde una perspectiva tan empírica, la concepción de lo poético se plantee como algo que cambia en cada persona a medida que van pasando los años. La concepción de la poesía es, para el poeta canario, como una asíntota que se acerca cada vez más al eje pero que jamás podrá tocarlo. Es decir, sólo se puede dar una vaga idea general sobre la concepción de lo poético que uno tiene y sería más fácil definirla por lo que no es.

El punto de partida que se toma es la propia palabra, ya que en ella se produce la iluminación que lleva al poeta a un conocimiento de lo impensable. La palabra poética no toma el lenguaje como un material ya existente y, en este sentido, es capaz de crear un estado nuevo para el lenguaje, es capaz de hacerlo renacer. Se atreve a preguntarse, a continuación, si no será todo poema una elegía y, más allá, si no será todo poema un “homenaje que la conciencia de la muerte hace a la vida”. Y sus argumentos son sólidos: aun cuando unos versos celebren la vida, siempre está, de alguna manera, presente la conciencia de nuestra condición frágil y mortal. Esta conciencia de temporalidad se amplifica con el sentimiento del lugar, es decir, de formar un todo indisoluble con la tierra. Así, el espacio podría conceptualizarse como una forma de deseo que se manifestaría de forma distinta en cada lugar concreto. La recuperación de este sentimiento, cada vez más perdido en nuestra cultura, es una de las tareas más urgentes de la poesía según Sánchez Robayna. Como conclusión, se acaba presentando al poema como un movimiento del ser hacia lo que no se posee, hacia lo invisible, hacia lo que está más allá de lo real. Pero siempre se ha de tomar como punto de partida las lindes de la realidad, ya que: “sólo la realidad -nuestra inmersión en lo real- puede, ciertamente, llevarnos a lo que está más allá de ella”.

Termina su ensayo el poeta pregúntandose (a partir de una famosa cita de Mallarmé), si no está todo poeta condenado al ostracismo en la sociedad de hoy día. El poeta vive del lenguaje y es cierto que, en la actualidad sufrimos un proceso de empobrecimiento, adulteración y manipulación del lenguaje cuyas causas son de origen social. Vivimos una época que ha hecho de la cultura una realidad banal e intrascendente. Todo esfuerzo del conocimiento se rechaza con el escudo del pragmatismo. Estamos en una dictadura de “lo práctico” y, por supuesto, del beneficio económico. Desde este punto de vista, la palabra sólo puede ser información y, fuera de ella, carece de sentido. El mundo pretende uniformarnos y la poesía nos habla de la multitud de mundos que se hallan en el interior del ser humano. En una sociedad tan desilusionada como la nuestra, se ha hecho urgente recuperar el valor de la palabra. Por tanto, la labor de un poeta sólo puede producirse en un “exilio social”, aunque ya no se trata de un atroz destino, sino de una forma de dar testimonio de la necesidad de una reconciliación del hombre consigo mismo y con el mundo.

domingo, 20 de febrero de 2011

jueves, 20 de enero de 2011

Mejor que prólogos, epílogos

Creo que sería una buena costumbre adoptar el criterio que usaron Andrés Sánchez Robayna y la editorial Galaxia Gutenberg en la confección del volumen En el cuerpo del mundo, que recoge la poesía completa del canario entre 1970 y 2002. Me refiero a la inclusión de un breve ensayo donde Sánchez Robayna traza las líneas maestras de una poética al final del libro, no al comienzo ni insertado en la sucesión cronológica de los textos que se publican como se hace en la mayoría de los casos. De esta manera, cuando se empieza a leer un libro de poemas con la furia inicial, se desembocaría de inmediato en los poemas, que son el mayor interés de un poeta. Con frecuencia, además, me sucede que esa furia se me agota pronto y empiezo a disfrutar los poemas con cierta prisa (esto es algo que ocurre sobre todo con las antologías y las obras completas), una prisa que viene originada por ese estúpido sentimiento de culpa que me asalta cada vez que miro la librería de mi casa, hago balance de la cantidad de libros que me siguen quedando por leer y pienso el tiempo que podría dedicarle a la lectura y se me escapa incomprensiblemente de las manos. Progresivamente y casi de manera inconsciente, mientras avanzo por las páginas empieza a instalarse en mí la tranquilidad razonable de la degustación de cada verso, ese éxtasis intelectual que no siempre se consigue y que nos acomoda la velocidad de lectura a ese ritmo irregular en el que está el verdadero goce de este arte. Cuando llego al último libro recogido o antologado en el volumen, siento una alegría contenida porque, casi siempre, mi despedida de los libros suele ser definitiva y pasan a una estado de reposo similar a la muerte, aunque siempre les dedico algún recuerdo cuando los descubro de nuevo en un estante. Empecé señalando la conveniencia de situar las reflexiones sobre poética al final de los libros y no quiero perderme en mi atípica bibliofilia. Después de haber leído los poemas, de haber pensado sobre ellos, de haber establecido libremente conexiones entre textos a mi antojo, enfrentarme a la poética es como recibir la solución a una parte del misterio al final de la historia. En cierto modo, ha sido como desentrañar el desenlace de un película, a partir de cuatrocientas páginas de indicios y veinte de instrucciones generales orientativas, un final que, evidentemente, ha de quedar abierto. ¿Acaso sería verdadera poesía aquella que ofreciera al lector todo su contenido sonoro y conceptual en forma cerrada y unívoca? En este punto, tiene ya poco sentido que describa los pilares que sustentan la poética de Sánchez Robayna, que era el motivo inicial con el que acometí estas líneas. Habrá que dejarlo para la semana que viene.

lunes, 10 de enero de 2011

Así de claro

La banalidad de los productos culturales es uno de los rasgos más característicos de nuestra época.

Andrés Sánchez Robayna

jueves, 23 de diciembre de 2010

Madridistas del mundo, uníos...

Estoy harto de la prensa deportiva de Madrid. Venden una imagen del madridismo que hace mucho daño a una afición, en su mayoría crítica y razonable. Por eso, pido a los futboleros y madridistas que se pasen por aquí que echen un vistazo al manifiesto promovido desde el blog Fans del Real Madrid:

http://www.fansdelmadrid.com/?p=6423

jueves, 16 de diciembre de 2010

Hasta siempre tocayo

Como muchos de mis amigos, conocí a Enrique Morente en un periodo especialmente anglófilo de mi afición a la música. Temerosos y acomplejados por el manido tópico del flamenquito andaluz, no es que no nos gustase el flamenco, más bien no nos atrevíamos a acercarnos mucho a él. Creíamos estar inmersos en un proceso expansivo de nuestros gustos musicales y, en realidad, estábamos felizmente encerrados en medio de una marea de grupos de pop y rock que ocupaban todo nuestro ocio musical. En muy contadas ocasiones, acudíamos a grupos españoles y una de las bandas a las que concedíamos el privilegio de nuestra atención era Lagartija Nick. Como muchos de mi generación, yo llegué a Enrique Morente a través de Lagartija Nick. Preguntarme hoy si llegó primero a mis manos Val del Omar u Omega, es plantearme la vieja cuestión del huevo y la gallina. A estas alturas del texto, es innecesario añadir que esta tarde quiero quejarme, lamentarme, maldecir por la muerte de Enrique Morente, uno de los personajes a los que la cultura española debería estar más agradecida. Su capacidad de experimentación e innovación nos han acercado a algunos la puerta del flamenco de tal forma, que nos hemos sentido motivados a atravesarla. Pero no se queda aquí su contribución. En una época en la que existe cierta indiferencia hacia la poesía, su interpretación de la poesía de Lorca ha llevado de forma inconsciente a la memoria de muchos de sus oyentes los versos del poeta granadino. Hay muchos que, sin saberlo, cantan maravillosos pasajes de Poeta en Nueva York. Otros creen que, al fin, pueden cantar a Leonard Cohen, sin saber que se están emocionando con fragmentos de una literatura inmortal. En esta tarde de diciembre que no invita al paseo, cuando sentimos que se acercan los ritos de las comidas familiares y los reencuentros, ahora que se nos acaba otro año y hacemos inventarios laborales y sentimentales para poder seguir adelante, me gustaría compartir esta nostalgia. Ya sé que es la ley de la vida, que no hay otro remedio, que todos acabaremos desapareciendo. Pero cada vez que muere un personaje emblemático siento que algo dentro de mí se rebela inútilmente contra el trágico destino de todo ser humano. Ya se trate de alguien a quien admiro o de algún personaje que detesto, la muerte de famosos y célebres me hace menos reconocible nuestro mundo. Siento que la vida es más gris cuando pienso en un mundo sin Benedetti, sin Michael Jackson, sin Enrique Morente, sin Jesús Gil, sin Lola Flores, sin Saramago, sin Francisco Ayala. Sé que puede parecer ridículo y, probablemente, lo es. O quizá simplemente es el lento proceso del envejecimiento, la certeza de que la muerte de cualquier hombre nos hace más conscientes de la inevitabilidad de la nuestra.




jueves, 2 de diciembre de 2010

Oh, say can you see by the dawn's early light...

Hasta hace menos de una semana, todo aquel que se atreviese a comentar (aunque fuera en broma) que los Estados Unidos de América podían realizar funciones de espionaje, sabotaje, chantaje y encubrimiento a través de una larga tela de araña que se extiende a casi todos rincones de la tierra, corría, como poco, el riesgo de ser llamado demagogo. Y ésta era solo la consecuencia más leve. Lo normal era recibir por parte del interlocutor una sarta de descalificaciones intelectuales referidas a la salud mental decoradas con palabras como paranoico, delirante, conspiranoia, reveladoras de la impropiedad y la incorrección en el vocabulario de las que hacía gala el que hablaba. Los razonables y objetivos argumentadores que así actuaban estaban dispuestos a admitir a regañadientes la posibilidad de injerencia del amigo americano en repúblicas bananeras sin control, con algún recurso natural importante para la economía que se cuecen en Wall Street y, por supuesto, cuyo presidente fuera un dictador corrupto de una ideología ajena al tradicional bloque comunista, pero jamás en la civilizada Europa. Así de tranquilos vivíamos hasta el domingo, día en que se anunció la inminente publicación de documentos secretos generados en las embajadas y los consulados de los Estados Unidos en todo el mundo. A partir de ese momento, pudimos comprobar como, en un Estado de Derecho como es España, los diplomáticos americanos pueden influir sobre jueces y fiscales, presionar a ministros, boicotear investigaciones conducentes a aclarar crímenes de guerra y de lesa humanidad, frenar procedimientos judiciales en curso, cambiar el tono de los discursos del presidente del gobierno sobre la guerra de Iraq, realizar un seguimiento especial del trabajo de un juez considerado contrario a los intereses norteamericanos. Y todo ello con la normalidad de quien se pasea por su finca y organiza a su antojo su cortijo. ¿Cómo es posible? ¿No estaban algunas personas demasiado influido por películas como El buen pastor? ¿No necesitaban urgentemente una terapia farmacológica que les cambiara la ideología y ese sufrimiento permanente ante la percepción subjetiva de un mundo dominado por poderes ocultos que determinan el devenir de la historia? ¿Esto no era un Estado con garantías democráticas? ¿No era la democracia una capa de ozono suficiente para protegernos de los efectos perniciosos del gran sol yanqui y permite el paso únicamente a su beneficiosa luz? Para tranquilidad de las conciencias razonables y objetivas, nuestros leales servidores públicos se han apresurado a negar sin argumentos las afirmaciones de estos documentos. Algunos, haciendo uso de su derecho al silencio, se niegan a responder a preguntas sobre estas informaciones fantasiosas y malintencionadas. Aunque, claro, si todo es mentira, no se entiende la preocupación del Departamento de Estado norteamericano por la seguridad de muchos de sus conciudadanos que viven en suelo extranjero. Particularmente raro es que nuestro fiel aliado no haya desmentido esta ignominia. Afortunadamente, a mí no me sorprenden para nada este tipo de descubrimientos. Hace ya muchos años que no dudo: prefiero los días nublados.

viernes, 19 de noviembre de 2010

En tierras bajas

Si es cierto (como se ha repetido hasta el hartazgo) que los contextos adversos y las situaciones difíciles son el mejor caldo de cultivo para que nazca una buena literatura, sin duda, el siglo XX en Europa ha debido ser uno de esos momentos de la Historia, en los que se escriben obras de una repercusión tan grande que todavía no podemos calibrar con la suficiente distancia. La proliferación de regímenes totalitarios por todo el continente, tanto desde el extremo soviético como en el extremo fascista, habrían tenido, así, como efecto una nutrida creación literaria. Si consideramos cierto este axioma, es normal que, habitualmente, el Premio Nobel de Literatura recaiga sobre autores casi desconocidos de Europa del Este, en cuyas biografías concurren las condiciones de vida sufridas durante ciertos episodios de la Historia más reciente. Me explico. Ya sabemos que el Premio Nobel de Literatura no se entrega únicamente por la calidad literaria contrastada de sus ganadores. Hay, además, un componente que suele aparecer siempre en la justificación de la decisión final: el compromiso, un compromiso que puede adoptar formas muy distintas y que suele traducirse en forma de denuncia. En el caso de los regímenes de la órbita soviética, no es necesario explicar en qué consiste este compromiso: el mero hecho de atreverse a escribir de espaldas a la corriente del feliz realismo socialista es ya una actitud tan atrevida, tan rebelde, tan claramente opuesta al sistema omnipotente, que no hace falta los textos se refieran de forma explícita a temas políticos para que se pueda premiar a un escritor con el adjetivo comprometido. Pero no voy a escribir de un escritor, sino de una escritora, de la ganadora del Premio Nobel en 2009. Herta Müller nació en 1953 en la región de Banato, en Rumanía. Perteneciente a una minoría suaba de origen germano asentada en la zona desde el siglo XVIII, la narrativa de Herta Müller se centra en la destrucción de las relaciones humanas que producen los mecanismos de los estados totalitarios. Su primer libro, En tierras bajas, es una colección de relatos muy breves en torno a una especie de novela corta, que es la que da título a la obra. Publicado en la Rumanía de Ceacescu con una poda de censura en 1982, no aparece íntegramente hasta 1984, una vez que Müller se ha exiliado en Alemania. No es extraño que el aparato de poder se preocupara de recortar su prosa. No podía consentirse una visión del campesinado que no pasara por la alegría de trabajar para el progreso del Estado; que alguien se atreviera a contar la cotidiana depresión que era el mundo rural en las dictaduras soviéticas era algo más que un acto de rebeldía, era un peligro para la delicada estabilidad nacional. Y es éste precisamente el gran pecado, la gran virtud, de estos relatos, su capacidad para estremecernos a través de la brutalidad y la pérdida de esperanza que se había instalado en la nada cotidiana de la vida de millones de personas. Los cuentos, narrados en su mayoría desde una voz infantil, se alternan ofreciendo versiones crudas de realismo con disgresiones casi surrealistas que nos recuerdan que estamos frente a una obra literaria y no asistiendo a las grabaciones de un reportero. Creo que ya va siendo hora de terminar con este alegato y es justo que me despida dando la voz a Herta Müller, verdadera protagonista de este espacio. Y quiero hacerlo de la misma forma en que ella se despide del lector en el libro. En un extraño vuelco final, el último relato de En tierras bajas, otorga la voz a una narradora que ya es adulta y que se permite la licencia de recurrir a un toque de humor melancólico. El brevísimo cuento se llama Día laborable y finaliza así: “En la tienda de ultramarinos me compro un periódico, luego camino hasta la parada de tranvía y me compro unos bollos, y al llegar al quiosco de periódicos me subo al tranvía. Me bajo tres paradas antes de subir. Le devuelvo el saludo al portero, que me saluda luego y piensa que otra vez es lunes y otra vez se ha acabado la semana. Entro en la oficina, digo adiós, cuelgo mi chaqueta en el escritorio, me siento en el perchero y empiezo a trabajar. Trabajo ocho horas.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Otros colores

En muy contadas ocasiones (por no decir nunca), tiene uno la oportunidad de tomarse una cerveza con un escritor al que admira, con el que sabe, gracias a las horas que ha pasado junto a su prosa, que podría estar hablando durante toda la tarde de literatura, política, cine, ciudades, arte, gastronomía y hasta de fútbol. Afortunadamente, hay una muy buena manera de paliar esta dificultad, un extraño género de libro con el que, en ocasiones, algunos autores nos agradecen la devoción que les profesamos. Tengo la suerte de contar entre mis escritores favoritos a Orhan Pamuk y escribo que se trata de una suerte porque en su bibliografía está el maravilloso Otros colores, libro al que dediqué los últimos días del pasado verano y en el que tenía más la impresión de estar escuchando a un amigo junto a la barra de un bar que la de estar en mi casa, aguantando como podía las temperaturas de agosto. Otros colores es ese tipo de libros al margen de la ficción y del ensayo como cuerpo unitario organizado, donde bajo la apariencia de columnas periodísticas, páginas de diario íntimo, memorias y narraciones breves, se puede aprender muchísimo de Estambul, la identidad turca, los terremotos, el proceso de construcción narrativa, las relaciones entre un padre y una hija, la historia de la novela moderna, la cuestión oriente – occidente, los paisajes, los relojes, el tabaco... Con este tipo de libros, los autores pagan la deuda que mantienen con sus lectores. Nos sentimos tan reconfortados en las ficciones que nos presentan los maestros de la narrativa que acabamos viéndolos como amigos y ya se sabe que a todos nos encanta preguntar a sus amigos sobre los intereses, las aficiones, las preocupaciones que rondan nuestra cabeza. Evidentemente, no hay una reciprocidad, nunca conseguiremos que Pamuk nos conteste a las preguntas que querríamos hacerle. Pero no importa, lo de menos es preguntar, ya que nuestro interés por preguntar nace de la necesidad de que nos hable y nos regale unas líneas más para seguir manteniendo el artificio de sentido con el que hacemos habitable la ocasional frialdad del mundo que nos rodea, sentir que sigue habiendo gente cuyo pensamiento funciona de forma semejante al nuestro y sonreír comprendiendo los guiños, las complicidades, los comentarios elegantes y precisos con los que desgrana su sistema de ideas. En definitiva, Otros colores es un libro que recomiendo a quien haya leído a Pamuk y no entienda de dónde viene la concesión del Nobel y su repentina repercusión internacional. Quizá, después de haberlo leído entienda, que su normalidad, su sinceridad, su verdadera preocupación por la Turquía en la que vive y la Europa que le avecina, son los argumentos más convincentes para defender su maestría en el arte de la novela.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Ahora lo entiendo todo

Hace algunos meses, un libro me hizo reflexionar bastante sobre un tema que me interesa y desde una óptica muy básica. Sin ánimo de querer dar una lección de nada a nadie y, por supuesto, tratando de no aburrir a quien ande leyéndome, me gustaría compartir aquí las conclusiones a las que el autor del libro nos quiere hacer llegar, unas conclusiones que puede extraer cualquiera que se acerque al texto. La primera conclusión y quizá la más sorprendente es que puede existir una disciplina artística sin nombre. Puede darse el caso de que tal arte se practique durante años, siglos, sin que sea necesario ponerle un nombre. A tal extremo llega este fenómeno, que, incluso, puede escribirse un ensayo sobre dicha disciplina artística sin que el autor, consciente de la falta de nombre, caiga en la vanidad de proponer uno. Es este hecho, en sí mismo, aleccionador en tiempos como el nuestro en el que, ávidos de cualquier novedad, asfixiamos en el océano de las etiquetas a toda tendencia o idea aparentemente fresca, sea realmente innovadora o simplemente algo superficial y sin importancia. Por cierto, aquella disciplina sin nombre era la Literatura. Pero vayamos al tema principal del libro, el autor centra su atención durante algunas páginas en la construcción de tramas. Con respecto a este tema, parece que un punto decisivo en la calidad de las tramas es su carácter unitario, es decir, la ausencia de digresiones. Además, dado que la trama es una construcción artística, el material más importante para levantar este edificio es la propia organización de los hechos. De esta forma, el desarrollo de la acción y su resolución tienen que surgir de la propia lógica de los acontecimientos y no puede recurrirse a lo fácil, al deus ex machina. Es la organización de los hechos (y en un discreto segundo lugar la música) la que hace que la trama sea atractiva para el público y no el lenguaje que se utiliza, ni los caracteres de los personajes. Tranquilos, no estoy haciendo un curso de guionista de cine, ni pretendo empezar una carrera como dramaturgo. Simplemente, he leído la Poética de Aristóteles y he comprendido de golpe por qué ocupan más espacio en la parrilla televisiva las películas de Steven Seagal que las de David Lynch, por qué todos conocemos a más de veinte personas que hayan leído El niño del pijama de rayas y menos de diez que se hayan atrevido con Ulises de James Joyce. Y es que, desde el punto de vista de Aristóteles, aquellos que le admiramos y que buscamos el talento y la originalidad en el arte, parece ser que estamos completamente equivocados. Sorprendentemente, aquellos que dicen pasar de la filosofía, que huyen de todo lo que huele a intelectualidad y de estos razonamientos aburridos, son profundamente aristotélicos en sus gustos literarios y cinematográficos.

jueves, 21 de octubre de 2010

La noche de los tiempos

La noche de los tiempos es la última de las novelas que ha publicado el escritor andaluz Antonio Muñoz Molina. En esta ocasión, Muñoz Molina nos lleva al Madrid republicano y, en concreto, a los meses previos al estallido de la guerra. En ese punto empieza un viaje que acaba en Estados Unidos cuando aún no había terminado el conflicto. En estos años decisivos de la historia contemporánea española, nos cuenta la historia de amor adúltero entre un español, el arquitecto Ignacio Abel, y una norteameriacana, la periodista y soñadora con vocación de escritora, Judith Biely. Con una maestría digna de un teorema, Antonio Muñoz Molina nos retrata el panorama que se dibuja en Madrid tras el fatídico 18 de julio, una ciudad en la que el fracaso de los sublevados se traduce en la organización de varias milicias, una por cada partido político, desconectadas entre sí, sin formación específica y con jerarquías de mando sin control. El baño de sangre, el miedo, el porvenir incierto, pueden sentirse con claridad mientras se va avanzando en un libro extenso, en el que ningún detalle quiso ser obviado. Siendo honesto, tengo que admitir que el escritor denuncia las barbaries cometidas en ambos bandos: nacional y republicano. Y, además, legítimamente, al centrar la trama de la novela en las calles de Madrid, la mayor parte de los crímenes que se denuncian son los cometidos por las milicias, que en nombre de sus utopías, fusilaban a aquellos que les parecían señoritos o, simplemente, no les despertaban simpatías, crímenes que eran contestados por aquellos que apoyaban al bando nacional en la clandestinidad con más sangre. Sin embargo, había algo que no encajaba. Evidentemente, cada uno es libre de dar escribir sobre lo que quiera pero me parecía excesivo el énfasis y el aparente ensañamiento que se tomaba el jiennense al criticar a determinados personajes de la vida pública española que se destacaron como defensores de la causa de la República, sobre todo, cuando se estaba dejando tan de lado la tragedia que iban sembrando los nacionales en la retaguardia. En estas circunstancias, encontré algo muy curioso. Por suerte, leo con cierta asiduidad los artículos que publica Muñoz Molina cada sábado y, casualmente, este verano, mientras disfrutaba de la magnífica novela que es La noche de los tiempos, leí el artículo Holocaustos para todos publicado en Babelia el día 10 de julio de 2010, en el que tras comenzar expresando la ligereza con que algunos reclaman haber padecido los horrores de un holocausto, se afirma lo siguiente:
Todos los que tuvimos la mala suerte de vivir durante la dictadura franquista y de despertarnos a la conciencia política y a la rebeldía en aquellos años ingratos sabemos lo despreciable y lo cruel que fue aquel régimen, y la saña con la que fueron perseguidos y muchas veces torturados quienes militaban contra él. Pero también sabemos que no era la Alemania de Hitler, ni la Unión Soviética de Stalin, ni siquiera la de Bréznev, ni la Rumania de Ceausescu, y que no fue igual la dictadura en el espanto de los primeros años de posguerra que en los sesenta.
Probablemente, no sea la mejor manera de hablar de los crímenes comentidos durante las guerras y las dictaduras utilizando el argumento falaz de la comparación. El dicho que las hace odiosas se basaría, en este caso, en que el dolor de las familias represaliadas no tiene nada que ver con el número de víctimas o la duración de los regímenes autoritarios. Por mucho que queramos quitarle importancia a la dictadura de Franco al compararla con la de Hitler o Stalin, a cualquier familia de Badajoz o la cuenca minera de Huelva le duele lo que ha sufrido y sigue sufriendo y no puede consolarse pensando que en Siberia murió más gente o Auschwitz. Pero como esta es la lógica que utiliza el escritor, voy a hacer una apreciación de su novela utilizando sus mismas armas. Si se trata de comparar, no entiendo por qué se centran tanto las críticas del libro en escritores como Alberti o Bergamín y apenas se menciona a personajes como Queipo de Llano. En comparación, las ridículas fiestas organizadas por Alberti en la Alianza de Intelectuales Antifascistas no tienen ninguna trascendencia cuando se enfrentan a la inmensa cantidad de asesinatos que se cometieron bajo las órdenes de personajes como el que acabo de mencionar.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Las coplas del hombre cuchara II: Neighbour, neighbour

A finales de 1966, The Spencer Davis Group publicó un disco de estilos variados cuyo título era Autumn '66. El título traducido de una de las canciones del álbum sería Vecino, vecino. Me ha costado cierto esfuerzo traducir esta canción porque presenta un constante cambio de tiempos verbales que hacían despistarse a mi pobre conocimiento del inglés, pero creo que, en general, el espíritu de la canción queda bastante claro.

Vecino, vecino

Vecino, no te extrañes
de las cosas que pasan en mi casa.
Tú siempre andas buscando
algo para poder chismorrear.
Para ti, no supuso una molestia
y mis dificultades aumentaron.
Algo desagradable va a pasarte.
Te lo advierto, vecino, no te extrañes
de las cosas que pasan en mi casa.

Vecino, no te extrañes
de mi manera de ganarme el pan,
porque, como ya sabes,
no soportas mis éxitos.
Te asomas con sigilo
y avanzas lentamente a mi vestíbulo.
Pegas a la pared, con pegamento,
tus inmensas orejas.
Te lo advierto, vecino, no te extrañes
de las cosas que pasan en mi casa.

Vecino, no te extrañes
de la forma en que trato a mi mujer.
Te pasas todo el tiempo
fabricando mentiras y tergiversaciones.
Tú no tienes problemas y me causas molestias.
Algo desagradable va a pasarte.
Te lo advierto, vecino, no te extrañes
de las cosas que pasan en mi casa.

Vecino, no te extrañes
de mi manera de ganarme el pan,
porque, como ya sabes,
no soportas mis éxitos.
Él no tiene problemas y me causa molestias.
Algo desagradable va a pasarte.
Te lo advierto, vecino, no te extrañes
de las cosas que pasan en mi casa.







viernes, 9 de julio de 2010

Vista cansada

Es difícil opinar sobre un libro cuando cuando compartes con el autor ideas y puntos de vista y, además, te cae bien. Aunque quizás lo difícil es ser objetivo, sobre todo, cuando te han gustado mucho otros libros del mismo escritor y ahora te encuentras ante un libro que no te comunica tanto, un libro que no es un bodrio, pero no se acerca a un imprescindible. Este es el ambiente intelectual que ronda mi acalorada cabeza mientras intento edificar una opinión razonable sobre Vista cansada de Luis García Montero, publicado en la preciosa colección Palabra de Honor de la editorial Visor. Este dato es, en sí mismo, lo primero que no me gusta del libro, ya que el director de la colección es el propio García Montero. Yo debo ser un ingenuo. Así te va, pensarán algunos. Yo, la verdad, no creo que alguien con el reconocimiento de este poeta necesite autopublicarse, pero también se me podría objetar que él puede elegir y no sería rechazado en ninguna editorial. Pero vayamos a lo importante, a los poemas. Tengo que reconocer que hay versos en el libro que lo justifican plenamente, que son incorregibles en su acierto, en su perspectiva. Sin embargo, pocos poemas me han gustado al completo. Creo que García Montero abusa de determinadas palabras, de determinadas imágenes. En muchos pasajes, parece que se busca claramente un efectismo fácil, una forma de nombrar y crear ambientes que busca de forma descarada a la audiencia. Esta búsqueda de audiencia nunca está destinada a la comprensión por parte del lector. Al contrario, a pesar del recurso a un léxico común y sencillo, se adivina un uso calculado de un contenido a medio camino entre lo cotidiano y lo incomprensible. Escribo estas opiniones como una visión muy personal del libro y entiendo perfectamente que algunos encuentren que el libro es maravilloso. De la misma forma, quiero dejar claro que sigue cayendo bien este hombre y que tiene escritos algunos poemas memorables en otros libros como Completamente viernes. Es importante hacer estas aclaraciones en un país como el nuestro, caracterizado por las actitudes de apoyo incondicional e irreflexivo.

jueves, 3 de junio de 2010

Invisible

Paul Auster es un contador de vidas, un escritor capaz de recrear el día a día de los arquetipos humanos que desentraña cuidadosamente, un analista capaz de aislar los más pequeños hechos cotidianos antes de transformarse en acontecimientos de la memoria o de la identidad, un ilusionista capaz de conjugar la más insignificante rutina con los rumbos imprevistos de una biografía. Invisible es la última de sus novelas publicadas en España y no creo que haya decepcionado a sus lectores habituales. A Paul Auster le gusta narrar la vida de escritores y esta novela no es una excepción. Con su tono habitual, que baila entre la confesión íntima y el libro de memorias, Auster recrea una variedad de paisajes que rompe las fronteras totalizadoras de la irrenunciable ciudad de Nueva York y este viaje geográfico va acompañado de otro técnico (me refiero a técnica narrativa), ya que el libro está escrito como novela en primera, segunda y tercera persona del singular y, en su última parte, como emulación de un diario íntimo. Esta vez, los temas que estructuran el discurso de Auster son la amistad, el amor, la familia, el odio, el remordimiento, el asesinato, la justicia. Pero, realmente, poco importan los temas de fondo que nos retrata en sus libros. Al menos para mí, el placer de la lectura de Auster está en su capacidad de huir del ritmo vertiginoso que impone la dictadura de la trama, de la imposición del final sorprendente por decreto. La literatura de Auster es vida, es capaz de captar el tiempo y ofrecerlo como un presente que está sucediendo en ese momento para el lector. No importa que el drama transcurra en 1967 en la Universidad de Columbia, el lector está instalado en él con la misma comodidad que experimenta en su propia casa. No sé si los más grandes expertos en Teoría de la Literatura estarían de acuerdo conmigo o me censurarían por lo que voy a escribir, pero pienso que esa capacidad de hacer sentir cómodo al lector, de no aburrirle ni engañarle, de ganarse su confianza sin necesidad de juegos de artificio, esta capacidad es una de las notas que definen la calidad en literatura.

domingo, 30 de mayo de 2010

jueves, 20 de mayo de 2010

Algún día había que empezar

Desde hace algún tiempo, sigo y comento algunos de los blogs de fútbol que conozco. Sin embargo, apenas me atrevía a hacer veladas referencias al tema en mi propio blog. Espero que hoy comience una nueva etapa. Empiezo con un tema que me preocupa hace tiempo. Como sabéis los que me conocéis, soy madridista y, para romper estereotipos, no soy raulista. Me permito copiar aquí el comentario que he escrito al respecto en otro blog, ya que creo que deja bastante clara mi postura al respecto:

Pues lo de Raúl, de verdad, nos va a lastrar hasta el fin. Eso de tener que regalarle minutos para que no se cree mal ambiente con él, lo que provoca es mal ambiente en los demás que compiten por sus puestos (lo digo en plural porque este año ha jugado, que yo recuerde, como delantero y como mediapunta). En ningún club que pretenda ser un referente en Europa, repito en ninguno, puede darse la circunstancia de anteponer el cabreo de un veterano a las necesidades y aspiraciones del equipo. Lo digo claro aunque se me critique, ser raulista hoy en día (me refiero a los que piensan que debe ser titular) es perjudicar al equipo. Habrá quién inocentemente crea que soy exagerado y que el 7 se gana los minutos que juega. A éstos les digo que el tiempo va a poner las cosas en su sitio. Otros, sobre todo periodistas, con una declarada afición hacia el Barsa y el Atlético, afirman con sonrisa maliciosa que el 7 se lo merece todo, que hace vestuario, enseña los valores del club, etcétera. A estos les digo que saben muy bien lo que hacen, porque su objetivo es la inestabilidad deportiva del club: ¿Raúl enseña los valores del club? Guardiola sí enseña los valores del Barsa y, cuando hubo que largarlo como jugador porque ya no estaba para competir, no se tuvo ningún problema en despedirlo. A mí no me parece mal que Raúl tenga un cargo en el club y creo que podría hacer un buen trabajo en la cantera si dejara de pensar en el dinero y en su propio egoísmo personal. ¿Raúl es un símbolo? No digo que no lo haya sido, pero su comportamiento actual deja mucho que desear y esa no es precisamente la actitud que hay que enseñar a los futbolistas de este equipo. El Madrid debe ser una élite y hay gente como Zidane que supo ver a tiempo que debía dejar el sitio a otros. ¿Queremos un símbolo? Lo tenemos joder: el escudo, la camiseta blanca, el estadio: esos son los símbolos de un club. Actualmente, en la plantilla, están surgiendo otros jugadores cuya profesionalidad es también un símbolo en el campo: Ronaldo, Albiol, Pepe, Alonso, Van der Vaart. Y en el banquillo, tenemos a un pedazo de futbolista que ve los partidos nervioso, pregunta a los periodistas como va el Barsa, celebra los goles como si fueran suyos y encima no pide minutos por decreto: Mahamadou Diarrá. Un tipo que, por ser centrocampista y africano, tiene el San Benito de ser mediocentro únicamente destructivo. Este tipo ha tenido la mala suerte de jugar partidos en los que el equipo ha perdido, pero yo no creo que haya sido por su responsabilidad. Os dejo el
link de un video, en el que se ven detalles de su actuación ante el Sevilla en el Pizjuán.

viernes, 7 de mayo de 2010

Las coplas del hombre cuchara I: Spoonman

Inauguro con esta entrada una sección a la que pretendo dar cierta continuidad. Se trata de hacer un homenaje poético a las canciones en lengua inglesa que me han hecho vibrar. Para ello, he decidido traducirlas con cierto toque personal, aunque tratando de respetar el mensaje de las letras. Debido al título elegido, es obligado empezar este experimento con El hombre cuchara de Soundgarden.



El hombre cuchara


Experimenta el ritmo

a través de tus manos,

hombre cuchara, roba

el ritmo mientras puedas,

que tu voz verbalice

el ritmo sin ayuda,

que tu voz verbalice

el ritmo cuando estés

completamente a solas.


Hombre de la cuchara,

confluye con tus manos.

Sálvame, estoy contigo

en tu proyecto. Sálvame.


Mis amigos son, todos,

indios, sin excepción.

Mis amigos son, todos,

morenos y rojizos.

Mis amigos son, todos, esqueletos,

sienten latir el ritmo entre sus huesos.


Hombre de la cuchara,

confluye con tus manos.

Sálvame, estoy contigo

en tu proyecto. Sálvame.


Experimenta el ritmo

a través de tus manos,

hombre cuchara, roba

el ritmo mientras puedas.




jueves, 6 de mayo de 2010

El ciego Pew

El impulso para leer La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson se lo debo a Borges. Después de haberlo terminado, me siento al final de un camino que he transitado en sentido contrario y que empezó hace muchos años con el descubrimiento de un soneto de gran madurez del poeta argentino, cuyo título es Blind Pew y que hace referencia al gran clásico de la literatura juvenil y de aventuras. En aquel tiempo, consciente de lo tardía que había sido mi incorporación a la comunidad de lectores, el título del poema me resultaba un enigma y lamentaba no haber recurrido a Stevenson en una adolescencia no tan provechosa como me hubiera gustado. La isla del tesoro se quedó en la lista de asignaturas pendientes con un lamento hasta que, hace un par de meses, encontré las ganas suficientes para acometerlo. Probablemente, uno no termina de entender del todo a los escritores que admira hasta que no ha bebido de sus fuentes, hasta que no comparte las referencias de su universo cultural. Sólo entonces se puede hablar de un perfecto desconocido con el cariño que se podría hablar de un hermano. Borges fue un niño marcado por su destino. Desde muy pequeño, Borges fue hablante nativo de las dos lenguas con las que construyó su identidad social, la española y la inglesa. También desde muy pequeño, su padre le abre las puertas de su biblioteca y lo arroja al seno de los libros. Entre estas lecturas tempranas, está La isla del tesoro. ¿Por qué se desarrolla semejante fascinación por esta novela? ¿Cómo se convierte el pirata Pew, uno de los protagonistas de las primeras páginas del libro, en una voz tan potente de la confederación de almas que conforman al poeta bonaerense? Borges fue un niño marcado por la herencia de su padre, Jorge Guillermo Borges, un escritor frustrado que pide a su hijo que dedique su vida a escribir, un hombre que a causa de una patología pierde la visión. Burlas del destino: Borges consigue ser el escritor que su padre nunca pudo ser, pero no se libra de la influencia de la enfermedad paterna y acaba por quedarse ciego. Es, en este contexto, donde podemos valorar la importancia del ciego Pew para un Borges que había asistido durante su adolescencia a la pérdida de visión de su padre. Una mancha de oscuridad crecía en silencio alrededor del poeta argentino, una oscuridad densa que esperaba el momento oportuno para apoderarse de él. Como bien resume el soneto, el pirata Pew es poco menos que un paria, debido a su condición de ciego y a su vida mendicante, pero albergaba la esperanza de un tesoro que tuvo y está enterrado en playas lejanas. De la misma forma, Borges también tuvo el tesoro de su infancia y asiste a la amarga realidad de perder el sentido más preciado para un lector empedernido. Se siente robado, empujado a una vida paria y dependiente, pero también tiene su esperanza en una lejana costa. Y así es como termina el soneto:

A ti también, en otras playas de oro,
te aguarda incorruptible tu tesoro:
la vasta y vaga y necesaria muerte.

miércoles, 21 de abril de 2010

Calderón, un moderno

Nació en 1600 y murió en 1681. Fue militar y sacerdote. Y, sobre todo, Pedro Calderón de la Barca y Barreda González de Henao Ruiz de Blasco y Riaño fue un visionario, un adelantado a su tiempo, un hombre con una independencia real de pensamiento y que, afortunadamente, pudo ejercer una fecunda carrera literaria de la que hoy podemos beneficiarnos de forma intelectual y lúdica. Su obra La vida es sueño es uno de esos libros de los que todos creen saber algo y que cada vez menos leen. Uno de esos libros que la moderna oleada de bestsellers ha hecho caer en la desgracia de la desatención. Últimamente, me cuesta usar la palabra clásico para alabar las obras prestigiosas del pasado por la facilidad con que éste adjetivo se ha venido degradando y aplicando a realidades recientes que se sospecha pervivirán en el recuerdo colectivo, independientemente de su calidad. Con La vida es sueño esta reticencia es doble, ya que se trata de una obra que se posiciona en contra de la inexorabilidad del destino con ideas radicalmente vigentes. En pleno siglo XVII, Calderón presenta sus argumentos en la trama de los personajes como un Dios que se manifiesta a través de milagros. Siglos antes de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, del método científico, de la separación de poderes, de la presunción de inocencia, Calderón nos cuenta la historia de una detención arbitraria, de una vida institucionalizada, de un juicio montado con especulaciones y creencias y de una condena impuesta a un hombre, simplemente, por ser quien es. El enfrentamiento filosófico que plantea el libro es claro: ¿está nuestro destino escrito y predeterminado o es el hombre responsable de su destino? Probablemente, si Calderón pudiera comprobar las mentalidades de nuestro mundo, se quedaría profundamente sorprendido. Él, que no disfrutó de un sistema educativo público y gratuito, que no tuvo acceso a las tecnologías de la información y la comunicación, que no pudo hacer un máster para jóvenes emprendedores en la Universidad de Harvard, supo ver hace unos 375 años que es el hombre el que escribe día a día su destino con sus aciertos y errores, con sus acciones y omisiones, y que existen circunstancias que pueden inclinar nuestras decisiones pero nunca determinarlas por completo. Sin embargo, hoy están aún muy extendidas las ideas deterministas, ese pesimismo visceral que conduce a la inacción, a la pasividad y al conformismo. Por ello, me gustaría acabar recomendando la lectura de La vida es sueño, recomendando su inclusión entre los libros de lectura obligatoria en la formación de adolescentes. Quizá esta sea una pieza de la terapia contra la desidia y la anestesia moral de nuestro tiempo.

miércoles, 7 de abril de 2010

Spleen de Madrid

A Charles Baudelaire le debemos muchas cosas. Desde una explicación de la teoría de las correspondencias sin acudir a complicados presupuestos filosóficos hasta una desmitificación del cannabis mucho antes de la extensión a gran escala de su consumo en el mundo occidental. A Baudelaire, entre otros, le debemos la conciencia de que existió un París sucio, feo, vulgar, un París que nada tiene que ver con la imagen de los enamorados y la vida cultural. Por si fuera poco, le debemos una obra literaria de calidad, en la que destaca por su fama Las flores del mal, ese extenso poemario demasiado impregnado de impostura como para ser leído en la edad adulta y demasiado exigente de intelectualidad y compromiso como para ser leído en la adolescencia. Las flores del mal es un libro inmenso, magnífico, con sus altibajos comprensibles teniendo en cuenta el elevado número de composiciones que lo conforman. Se trata de un libro cuya calidad ha justificado plenamente su vigencia y que, sin necesidad, se ha forjado una aureola de misterio en torno a él que lo hace aún más atractivo antes de acometerlo. Tras su lectura reposada, una pregunta no resuelta flota en el aire: ¿era Baudelaire un verdadero revolucionario o, simplemente, un provocador? Nunca podremos saberlo con seguridad. Desde mi punto de vista, Baudelaire solo trataba de escandalizar a la bienpensante sociedad burguesa. Su compromiso intelectual le llevaba a actuar como un enfant terrible y a combatir la decadencia de los modos de vida burgueses con más decadencia, con una exagerada alabanza de los aspectos más tétricos y desagradables de la realidad. Por esta razón, creo que el juicio a Las flores del mal supuso, más allá de la sanción y la censura, un triunfo del poeta. El fiscal Pinard, pensando en la labor tan importante que hacía para la limpieza moral del país, lo que consiguió fue dar al libro un protagonismo cuyas consecuencias ya no pueden calcularse. A partir de entonces, Las flores del mal sería para siempre el libro que condenó la justicia y algo verdadero o importante debía de haber en él cuando se tomaban tantas molestias. Mientras escribo estas líneas, pienso en la injusta situación a la que se está viendo sometido el Juez Baltasar Garzón por tener la osadía de iniciar las investigaciones sobre los crímenes cometidos durante la dictadura franquista y creo que el destino de estas maniobras es el mismo que el de la sentencia contra Baudelaire: poner más de manifiesto el insostenible silencio oficial sobre las víctimas y desaparecidos del franquismo, así como la escasa imparcialidad política que caracteriza todavía hoy a la justicia española.

Una idea

La música es una pedagogía sin dolor.

jueves, 11 de marzo de 2010

Lazarillo de Tormes

Hace ya algunos años, una profesora de la Universidad, mientras defendía la igualdad esencial de todas las personas con independencia de sus características particulares, lanzó de soslayo una idea que se alumbra esta tarde en mi memoria. Aquella maestra de los valores expresaba una experiencia propia, en concreto, la certeza de que, por muy lejos que viajemos y por mucho que busquemos culturas diferentes a la propia, siempre es posible encontrar algo común, una mirada, un gesto, en el que poder comprenderse. Esta frase habita mi cabeza mientras pienso que existen ámbitos por encima de diferencias idiomáticas, culturales e, incluso, históricas. Probablemente, uno de estos ámbitos es el sentido del humor. Es evidente que, para que dos compartan una situación humorística satisfactoria, tiene que haber un mínimo de intersubjetividad. Pero este espacio compartido, a veces, es tan pequeño, que basta la presencia de dos en la misma situación para acabar riendo a carcajadas a partir de un mismo motivo, aunque estos dos no coincidan ni siquiera en el idioma. Por todas estas razones, y teniendo como espacio común un instrumento tan maravilloso como la lengua española, no es extraño que aquellos libros que tanto hicieron reír a lector del Siglo de Oro, sigan divirtiendo y entreteniendo tan eficazmente al lector contemporáneo. Es ésta una convicción que tengo desde hace ya tiempo, cuando mis lecturas de Quevedo me llevaron a Sueños y discurso, y que se ha visto reforzada recientemente con la lectura de Lazarillo de Tormes. Lázaro cuenta su vida en una extensa epístola y, al hacerlo, desenreda el ovillo de la sociedad española del siglo XVI a través de sus aspectos más cómicos y libre de velos morales deformantes. El lector culto que hoy acude a sus páginas está lejos de empatizar con el hambre atroz y la necesidad de inventar artimañas para sobrevivir, lejos de asimilar los vacíos oficios de hidalgos y echacuervos y, sin embargo, no puede resistir más de una carcajada dejándose llevar por la prosa sencilla y directa de un autor que, tan hábilmente, supo escribir una “autobiografía” para acabar demostrando su patente falsedad. El Lazarillo es un libro inigualable: todo parece ser cierto, demasiado cierto, tan verdadero que no puede ser más que una mentira, una historia inventada que, sin embargo, ofrece un retrato fidedigno del tiempo en que transcurre. Esto hoy nos resulta normal, pero entonces la novela no era más que una semilla. Es normal, pues, que se considere esta libro como una obra imprescindible de la literatura universal, porque tiene mucho mérito sobrevivir más de quinientos años haciéndonos reír.

jueves, 4 de marzo de 2010

Garcilaso de la Vega

Durante las pasadas navidades, por necesidades de formación personal, estuve leyendo la poesía de Garcilaso de la Vega. Mi acercamiento a Garcilaso estaba, como en tantas otras ocasiones, salpicado de cierto temor absurdo que me despiertan los clásicos de la literatura castellana, un temor que me lleva a pensar que no iba a ser capaz de disfrutar plenamente de la lectura. Anticipaba las pausas, los retrocesos, la lectura detenida de las notas a pie de página, la necesidad de ir tomando notas, el subrayado y la búsqueda de relaciones entre los poemas y los datos biográficos. Toda esta actividad de anticipación me hacía pensar que la tarea va a ser larga, no difícil pero sí mentalmente agotadora. Sin duda, no sabía hasta qué punto me equivocaba. La biografía de Garcilaso es apasionante, es la vida intensa de un soldado que peleó en algunos de los más importantes escenarios que estaban decidiendo la historia de Europa y, por ende, de España en su tiempo. Una vida marcada por el exilio, el amor, la literatura y la amistad. Fue fácil y gratificante encontrar los paralelismos entre su vida y sus versos, así como comprobar que la gran poesía, aun cuando tiene un sustrato autobiográfico, es capaz de universalizarse y ofrecer modelos con los de identificación a los lectores de todo tiempo y lugar. Las técnicas de trabajo intelectual, que estaba utilizando mientras leía, me ayudaban a comprender mejor el sentido de los poemas por la propia de necesidad de reelaborarlos. La lectura fluía sin dificultad. Y las pausas, los retrocesos, las notas a pie de página, eran estaciones placenteras, ocasiones para detenerse en ciertos versos elegantes y directos que reclamaban una mayor atención. En cuanto a mi miedo al lenguaje de la obra, tengo que admitir que mi desconocimiento me había inducido a error. El lenguaje y los modos de expresión de Garcilaso no chocan con el código lingüístico del lector de nuestro tiempo, es impresionante comprobar cómo sale airoso de situaciones poéticamente complicadas. Me di cuenta de que las dificultades que cualquiera podría encontrarse al escribir, habían sido superadas con facilidad por Garcilaso hace más de quinientos años. Y es que no hay mejor manera de sentirse antiguo que leer a los clásicos.