jueves, 24 de febrero de 2011

En el cuerpo del mundo: poética.

No podía dejar de hacer una referencia al esbozo de poética que expone Andrés Sánchez Robayna en el epílogo del libro En el cuerpo del mundo. Creo que sus ideas son claras y, desde mi punto de vista, acertadas. Por ello, me limito a resumirlas. En primer lugar, conviene aclarar que la poética planteada por el autor no es la formulación de un proyecto, sino la constatación de unos hechos y, en este sentido, se trata de un testimonio. No es raro pues que, desde una perspectiva tan empírica, la concepción de lo poético se plantee como algo que cambia en cada persona a medida que van pasando los años. La concepción de la poesía es, para el poeta canario, como una asíntota que se acerca cada vez más al eje pero que jamás podrá tocarlo. Es decir, sólo se puede dar una vaga idea general sobre la concepción de lo poético que uno tiene y sería más fácil definirla por lo que no es.

El punto de partida que se toma es la propia palabra, ya que en ella se produce la iluminación que lleva al poeta a un conocimiento de lo impensable. La palabra poética no toma el lenguaje como un material ya existente y, en este sentido, es capaz de crear un estado nuevo para el lenguaje, es capaz de hacerlo renacer. Se atreve a preguntarse, a continuación, si no será todo poema una elegía y, más allá, si no será todo poema un “homenaje que la conciencia de la muerte hace a la vida”. Y sus argumentos son sólidos: aun cuando unos versos celebren la vida, siempre está, de alguna manera, presente la conciencia de nuestra condición frágil y mortal. Esta conciencia de temporalidad se amplifica con el sentimiento del lugar, es decir, de formar un todo indisoluble con la tierra. Así, el espacio podría conceptualizarse como una forma de deseo que se manifestaría de forma distinta en cada lugar concreto. La recuperación de este sentimiento, cada vez más perdido en nuestra cultura, es una de las tareas más urgentes de la poesía según Sánchez Robayna. Como conclusión, se acaba presentando al poema como un movimiento del ser hacia lo que no se posee, hacia lo invisible, hacia lo que está más allá de lo real. Pero siempre se ha de tomar como punto de partida las lindes de la realidad, ya que: “sólo la realidad -nuestra inmersión en lo real- puede, ciertamente, llevarnos a lo que está más allá de ella”.

Termina su ensayo el poeta pregúntandose (a partir de una famosa cita de Mallarmé), si no está todo poeta condenado al ostracismo en la sociedad de hoy día. El poeta vive del lenguaje y es cierto que, en la actualidad sufrimos un proceso de empobrecimiento, adulteración y manipulación del lenguaje cuyas causas son de origen social. Vivimos una época que ha hecho de la cultura una realidad banal e intrascendente. Todo esfuerzo del conocimiento se rechaza con el escudo del pragmatismo. Estamos en una dictadura de “lo práctico” y, por supuesto, del beneficio económico. Desde este punto de vista, la palabra sólo puede ser información y, fuera de ella, carece de sentido. El mundo pretende uniformarnos y la poesía nos habla de la multitud de mundos que se hallan en el interior del ser humano. En una sociedad tan desilusionada como la nuestra, se ha hecho urgente recuperar el valor de la palabra. Por tanto, la labor de un poeta sólo puede producirse en un “exilio social”, aunque ya no se trata de un atroz destino, sino de una forma de dar testimonio de la necesidad de una reconciliación del hombre consigo mismo y con el mundo.

domingo, 20 de febrero de 2011

jueves, 20 de enero de 2011

Mejor que prólogos, epílogos

Creo que sería una buena costumbre adoptar el criterio que usaron Andrés Sánchez Robayna y la editorial Galaxia Gutenberg en la confección del volumen En el cuerpo del mundo, que recoge la poesía completa del canario entre 1970 y 2002. Me refiero a la inclusión de un breve ensayo donde Sánchez Robayna traza las líneas maestras de una poética al final del libro, no al comienzo ni insertado en la sucesión cronológica de los textos que se publican como se hace en la mayoría de los casos. De esta manera, cuando se empieza a leer un libro de poemas con la furia inicial, se desembocaría de inmediato en los poemas, que son el mayor interés de un poeta. Con frecuencia, además, me sucede que esa furia se me agota pronto y empiezo a disfrutar los poemas con cierta prisa (esto es algo que ocurre sobre todo con las antologías y las obras completas), una prisa que viene originada por ese estúpido sentimiento de culpa que me asalta cada vez que miro la librería de mi casa, hago balance de la cantidad de libros que me siguen quedando por leer y pienso el tiempo que podría dedicarle a la lectura y se me escapa incomprensiblemente de las manos. Progresivamente y casi de manera inconsciente, mientras avanzo por las páginas empieza a instalarse en mí la tranquilidad razonable de la degustación de cada verso, ese éxtasis intelectual que no siempre se consigue y que nos acomoda la velocidad de lectura a ese ritmo irregular en el que está el verdadero goce de este arte. Cuando llego al último libro recogido o antologado en el volumen, siento una alegría contenida porque, casi siempre, mi despedida de los libros suele ser definitiva y pasan a una estado de reposo similar a la muerte, aunque siempre les dedico algún recuerdo cuando los descubro de nuevo en un estante. Empecé señalando la conveniencia de situar las reflexiones sobre poética al final de los libros y no quiero perderme en mi atípica bibliofilia. Después de haber leído los poemas, de haber pensado sobre ellos, de haber establecido libremente conexiones entre textos a mi antojo, enfrentarme a la poética es como recibir la solución a una parte del misterio al final de la historia. En cierto modo, ha sido como desentrañar el desenlace de un película, a partir de cuatrocientas páginas de indicios y veinte de instrucciones generales orientativas, un final que, evidentemente, ha de quedar abierto. ¿Acaso sería verdadera poesía aquella que ofreciera al lector todo su contenido sonoro y conceptual en forma cerrada y unívoca? En este punto, tiene ya poco sentido que describa los pilares que sustentan la poética de Sánchez Robayna, que era el motivo inicial con el que acometí estas líneas. Habrá que dejarlo para la semana que viene.

lunes, 10 de enero de 2011

Así de claro

La banalidad de los productos culturales es uno de los rasgos más característicos de nuestra época.

Andrés Sánchez Robayna

jueves, 23 de diciembre de 2010

Madridistas del mundo, uníos...

Estoy harto de la prensa deportiva de Madrid. Venden una imagen del madridismo que hace mucho daño a una afición, en su mayoría crítica y razonable. Por eso, pido a los futboleros y madridistas que se pasen por aquí que echen un vistazo al manifiesto promovido desde el blog Fans del Real Madrid:

http://www.fansdelmadrid.com/?p=6423

jueves, 16 de diciembre de 2010

Hasta siempre tocayo

Como muchos de mis amigos, conocí a Enrique Morente en un periodo especialmente anglófilo de mi afición a la música. Temerosos y acomplejados por el manido tópico del flamenquito andaluz, no es que no nos gustase el flamenco, más bien no nos atrevíamos a acercarnos mucho a él. Creíamos estar inmersos en un proceso expansivo de nuestros gustos musicales y, en realidad, estábamos felizmente encerrados en medio de una marea de grupos de pop y rock que ocupaban todo nuestro ocio musical. En muy contadas ocasiones, acudíamos a grupos españoles y una de las bandas a las que concedíamos el privilegio de nuestra atención era Lagartija Nick. Como muchos de mi generación, yo llegué a Enrique Morente a través de Lagartija Nick. Preguntarme hoy si llegó primero a mis manos Val del Omar u Omega, es plantearme la vieja cuestión del huevo y la gallina. A estas alturas del texto, es innecesario añadir que esta tarde quiero quejarme, lamentarme, maldecir por la muerte de Enrique Morente, uno de los personajes a los que la cultura española debería estar más agradecida. Su capacidad de experimentación e innovación nos han acercado a algunos la puerta del flamenco de tal forma, que nos hemos sentido motivados a atravesarla. Pero no se queda aquí su contribución. En una época en la que existe cierta indiferencia hacia la poesía, su interpretación de la poesía de Lorca ha llevado de forma inconsciente a la memoria de muchos de sus oyentes los versos del poeta granadino. Hay muchos que, sin saberlo, cantan maravillosos pasajes de Poeta en Nueva York. Otros creen que, al fin, pueden cantar a Leonard Cohen, sin saber que se están emocionando con fragmentos de una literatura inmortal. En esta tarde de diciembre que no invita al paseo, cuando sentimos que se acercan los ritos de las comidas familiares y los reencuentros, ahora que se nos acaba otro año y hacemos inventarios laborales y sentimentales para poder seguir adelante, me gustaría compartir esta nostalgia. Ya sé que es la ley de la vida, que no hay otro remedio, que todos acabaremos desapareciendo. Pero cada vez que muere un personaje emblemático siento que algo dentro de mí se rebela inútilmente contra el trágico destino de todo ser humano. Ya se trate de alguien a quien admiro o de algún personaje que detesto, la muerte de famosos y célebres me hace menos reconocible nuestro mundo. Siento que la vida es más gris cuando pienso en un mundo sin Benedetti, sin Michael Jackson, sin Enrique Morente, sin Jesús Gil, sin Lola Flores, sin Saramago, sin Francisco Ayala. Sé que puede parecer ridículo y, probablemente, lo es. O quizá simplemente es el lento proceso del envejecimiento, la certeza de que la muerte de cualquier hombre nos hace más conscientes de la inevitabilidad de la nuestra.




jueves, 2 de diciembre de 2010

Oh, say can you see by the dawn's early light...

Hasta hace menos de una semana, todo aquel que se atreviese a comentar (aunque fuera en broma) que los Estados Unidos de América podían realizar funciones de espionaje, sabotaje, chantaje y encubrimiento a través de una larga tela de araña que se extiende a casi todos rincones de la tierra, corría, como poco, el riesgo de ser llamado demagogo. Y ésta era solo la consecuencia más leve. Lo normal era recibir por parte del interlocutor una sarta de descalificaciones intelectuales referidas a la salud mental decoradas con palabras como paranoico, delirante, conspiranoia, reveladoras de la impropiedad y la incorrección en el vocabulario de las que hacía gala el que hablaba. Los razonables y objetivos argumentadores que así actuaban estaban dispuestos a admitir a regañadientes la posibilidad de injerencia del amigo americano en repúblicas bananeras sin control, con algún recurso natural importante para la economía que se cuecen en Wall Street y, por supuesto, cuyo presidente fuera un dictador corrupto de una ideología ajena al tradicional bloque comunista, pero jamás en la civilizada Europa. Así de tranquilos vivíamos hasta el domingo, día en que se anunció la inminente publicación de documentos secretos generados en las embajadas y los consulados de los Estados Unidos en todo el mundo. A partir de ese momento, pudimos comprobar como, en un Estado de Derecho como es España, los diplomáticos americanos pueden influir sobre jueces y fiscales, presionar a ministros, boicotear investigaciones conducentes a aclarar crímenes de guerra y de lesa humanidad, frenar procedimientos judiciales en curso, cambiar el tono de los discursos del presidente del gobierno sobre la guerra de Iraq, realizar un seguimiento especial del trabajo de un juez considerado contrario a los intereses norteamericanos. Y todo ello con la normalidad de quien se pasea por su finca y organiza a su antojo su cortijo. ¿Cómo es posible? ¿No estaban algunas personas demasiado influido por películas como El buen pastor? ¿No necesitaban urgentemente una terapia farmacológica que les cambiara la ideología y ese sufrimiento permanente ante la percepción subjetiva de un mundo dominado por poderes ocultos que determinan el devenir de la historia? ¿Esto no era un Estado con garantías democráticas? ¿No era la democracia una capa de ozono suficiente para protegernos de los efectos perniciosos del gran sol yanqui y permite el paso únicamente a su beneficiosa luz? Para tranquilidad de las conciencias razonables y objetivas, nuestros leales servidores públicos se han apresurado a negar sin argumentos las afirmaciones de estos documentos. Algunos, haciendo uso de su derecho al silencio, se niegan a responder a preguntas sobre estas informaciones fantasiosas y malintencionadas. Aunque, claro, si todo es mentira, no se entiende la preocupación del Departamento de Estado norteamericano por la seguridad de muchos de sus conciudadanos que viven en suelo extranjero. Particularmente raro es que nuestro fiel aliado no haya desmentido esta ignominia. Afortunadamente, a mí no me sorprenden para nada este tipo de descubrimientos. Hace ya muchos años que no dudo: prefiero los días nublados.

viernes, 19 de noviembre de 2010

En tierras bajas

Si es cierto (como se ha repetido hasta el hartazgo) que los contextos adversos y las situaciones difíciles son el mejor caldo de cultivo para que nazca una buena literatura, sin duda, el siglo XX en Europa ha debido ser uno de esos momentos de la Historia, en los que se escriben obras de una repercusión tan grande que todavía no podemos calibrar con la suficiente distancia. La proliferación de regímenes totalitarios por todo el continente, tanto desde el extremo soviético como en el extremo fascista, habrían tenido, así, como efecto una nutrida creación literaria. Si consideramos cierto este axioma, es normal que, habitualmente, el Premio Nobel de Literatura recaiga sobre autores casi desconocidos de Europa del Este, en cuyas biografías concurren las condiciones de vida sufridas durante ciertos episodios de la Historia más reciente. Me explico. Ya sabemos que el Premio Nobel de Literatura no se entrega únicamente por la calidad literaria contrastada de sus ganadores. Hay, además, un componente que suele aparecer siempre en la justificación de la decisión final: el compromiso, un compromiso que puede adoptar formas muy distintas y que suele traducirse en forma de denuncia. En el caso de los regímenes de la órbita soviética, no es necesario explicar en qué consiste este compromiso: el mero hecho de atreverse a escribir de espaldas a la corriente del feliz realismo socialista es ya una actitud tan atrevida, tan rebelde, tan claramente opuesta al sistema omnipotente, que no hace falta los textos se refieran de forma explícita a temas políticos para que se pueda premiar a un escritor con el adjetivo comprometido. Pero no voy a escribir de un escritor, sino de una escritora, de la ganadora del Premio Nobel en 2009. Herta Müller nació en 1953 en la región de Banato, en Rumanía. Perteneciente a una minoría suaba de origen germano asentada en la zona desde el siglo XVIII, la narrativa de Herta Müller se centra en la destrucción de las relaciones humanas que producen los mecanismos de los estados totalitarios. Su primer libro, En tierras bajas, es una colección de relatos muy breves en torno a una especie de novela corta, que es la que da título a la obra. Publicado en la Rumanía de Ceacescu con una poda de censura en 1982, no aparece íntegramente hasta 1984, una vez que Müller se ha exiliado en Alemania. No es extraño que el aparato de poder se preocupara de recortar su prosa. No podía consentirse una visión del campesinado que no pasara por la alegría de trabajar para el progreso del Estado; que alguien se atreviera a contar la cotidiana depresión que era el mundo rural en las dictaduras soviéticas era algo más que un acto de rebeldía, era un peligro para la delicada estabilidad nacional. Y es éste precisamente el gran pecado, la gran virtud, de estos relatos, su capacidad para estremecernos a través de la brutalidad y la pérdida de esperanza que se había instalado en la nada cotidiana de la vida de millones de personas. Los cuentos, narrados en su mayoría desde una voz infantil, se alternan ofreciendo versiones crudas de realismo con disgresiones casi surrealistas que nos recuerdan que estamos frente a una obra literaria y no asistiendo a las grabaciones de un reportero. Creo que ya va siendo hora de terminar con este alegato y es justo que me despida dando la voz a Herta Müller, verdadera protagonista de este espacio. Y quiero hacerlo de la misma forma en que ella se despide del lector en el libro. En un extraño vuelco final, el último relato de En tierras bajas, otorga la voz a una narradora que ya es adulta y que se permite la licencia de recurrir a un toque de humor melancólico. El brevísimo cuento se llama Día laborable y finaliza así: “En la tienda de ultramarinos me compro un periódico, luego camino hasta la parada de tranvía y me compro unos bollos, y al llegar al quiosco de periódicos me subo al tranvía. Me bajo tres paradas antes de subir. Le devuelvo el saludo al portero, que me saluda luego y piensa que otra vez es lunes y otra vez se ha acabado la semana. Entro en la oficina, digo adiós, cuelgo mi chaqueta en el escritorio, me siento en el perchero y empiezo a trabajar. Trabajo ocho horas.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Otros colores

En muy contadas ocasiones (por no decir nunca), tiene uno la oportunidad de tomarse una cerveza con un escritor al que admira, con el que sabe, gracias a las horas que ha pasado junto a su prosa, que podría estar hablando durante toda la tarde de literatura, política, cine, ciudades, arte, gastronomía y hasta de fútbol. Afortunadamente, hay una muy buena manera de paliar esta dificultad, un extraño género de libro con el que, en ocasiones, algunos autores nos agradecen la devoción que les profesamos. Tengo la suerte de contar entre mis escritores favoritos a Orhan Pamuk y escribo que se trata de una suerte porque en su bibliografía está el maravilloso Otros colores, libro al que dediqué los últimos días del pasado verano y en el que tenía más la impresión de estar escuchando a un amigo junto a la barra de un bar que la de estar en mi casa, aguantando como podía las temperaturas de agosto. Otros colores es ese tipo de libros al margen de la ficción y del ensayo como cuerpo unitario organizado, donde bajo la apariencia de columnas periodísticas, páginas de diario íntimo, memorias y narraciones breves, se puede aprender muchísimo de Estambul, la identidad turca, los terremotos, el proceso de construcción narrativa, las relaciones entre un padre y una hija, la historia de la novela moderna, la cuestión oriente – occidente, los paisajes, los relojes, el tabaco... Con este tipo de libros, los autores pagan la deuda que mantienen con sus lectores. Nos sentimos tan reconfortados en las ficciones que nos presentan los maestros de la narrativa que acabamos viéndolos como amigos y ya se sabe que a todos nos encanta preguntar a sus amigos sobre los intereses, las aficiones, las preocupaciones que rondan nuestra cabeza. Evidentemente, no hay una reciprocidad, nunca conseguiremos que Pamuk nos conteste a las preguntas que querríamos hacerle. Pero no importa, lo de menos es preguntar, ya que nuestro interés por preguntar nace de la necesidad de que nos hable y nos regale unas líneas más para seguir manteniendo el artificio de sentido con el que hacemos habitable la ocasional frialdad del mundo que nos rodea, sentir que sigue habiendo gente cuyo pensamiento funciona de forma semejante al nuestro y sonreír comprendiendo los guiños, las complicidades, los comentarios elegantes y precisos con los que desgrana su sistema de ideas. En definitiva, Otros colores es un libro que recomiendo a quien haya leído a Pamuk y no entienda de dónde viene la concesión del Nobel y su repentina repercusión internacional. Quizá, después de haberlo leído entienda, que su normalidad, su sinceridad, su verdadera preocupación por la Turquía en la que vive y la Europa que le avecina, son los argumentos más convincentes para defender su maestría en el arte de la novela.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Ahora lo entiendo todo

Hace algunos meses, un libro me hizo reflexionar bastante sobre un tema que me interesa y desde una óptica muy básica. Sin ánimo de querer dar una lección de nada a nadie y, por supuesto, tratando de no aburrir a quien ande leyéndome, me gustaría compartir aquí las conclusiones a las que el autor del libro nos quiere hacer llegar, unas conclusiones que puede extraer cualquiera que se acerque al texto. La primera conclusión y quizá la más sorprendente es que puede existir una disciplina artística sin nombre. Puede darse el caso de que tal arte se practique durante años, siglos, sin que sea necesario ponerle un nombre. A tal extremo llega este fenómeno, que, incluso, puede escribirse un ensayo sobre dicha disciplina artística sin que el autor, consciente de la falta de nombre, caiga en la vanidad de proponer uno. Es este hecho, en sí mismo, aleccionador en tiempos como el nuestro en el que, ávidos de cualquier novedad, asfixiamos en el océano de las etiquetas a toda tendencia o idea aparentemente fresca, sea realmente innovadora o simplemente algo superficial y sin importancia. Por cierto, aquella disciplina sin nombre era la Literatura. Pero vayamos al tema principal del libro, el autor centra su atención durante algunas páginas en la construcción de tramas. Con respecto a este tema, parece que un punto decisivo en la calidad de las tramas es su carácter unitario, es decir, la ausencia de digresiones. Además, dado que la trama es una construcción artística, el material más importante para levantar este edificio es la propia organización de los hechos. De esta forma, el desarrollo de la acción y su resolución tienen que surgir de la propia lógica de los acontecimientos y no puede recurrirse a lo fácil, al deus ex machina. Es la organización de los hechos (y en un discreto segundo lugar la música) la que hace que la trama sea atractiva para el público y no el lenguaje que se utiliza, ni los caracteres de los personajes. Tranquilos, no estoy haciendo un curso de guionista de cine, ni pretendo empezar una carrera como dramaturgo. Simplemente, he leído la Poética de Aristóteles y he comprendido de golpe por qué ocupan más espacio en la parrilla televisiva las películas de Steven Seagal que las de David Lynch, por qué todos conocemos a más de veinte personas que hayan leído El niño del pijama de rayas y menos de diez que se hayan atrevido con Ulises de James Joyce. Y es que, desde el punto de vista de Aristóteles, aquellos que le admiramos y que buscamos el talento y la originalidad en el arte, parece ser que estamos completamente equivocados. Sorprendentemente, aquellos que dicen pasar de la filosofía, que huyen de todo lo que huele a intelectualidad y de estos razonamientos aburridos, son profundamente aristotélicos en sus gustos literarios y cinematográficos.

jueves, 21 de octubre de 2010

La noche de los tiempos

La noche de los tiempos es la última de las novelas que ha publicado el escritor andaluz Antonio Muñoz Molina. En esta ocasión, Muñoz Molina nos lleva al Madrid republicano y, en concreto, a los meses previos al estallido de la guerra. En ese punto empieza un viaje que acaba en Estados Unidos cuando aún no había terminado el conflicto. En estos años decisivos de la historia contemporánea española, nos cuenta la historia de amor adúltero entre un español, el arquitecto Ignacio Abel, y una norteameriacana, la periodista y soñadora con vocación de escritora, Judith Biely. Con una maestría digna de un teorema, Antonio Muñoz Molina nos retrata el panorama que se dibuja en Madrid tras el fatídico 18 de julio, una ciudad en la que el fracaso de los sublevados se traduce en la organización de varias milicias, una por cada partido político, desconectadas entre sí, sin formación específica y con jerarquías de mando sin control. El baño de sangre, el miedo, el porvenir incierto, pueden sentirse con claridad mientras se va avanzando en un libro extenso, en el que ningún detalle quiso ser obviado. Siendo honesto, tengo que admitir que el escritor denuncia las barbaries cometidas en ambos bandos: nacional y republicano. Y, además, legítimamente, al centrar la trama de la novela en las calles de Madrid, la mayor parte de los crímenes que se denuncian son los cometidos por las milicias, que en nombre de sus utopías, fusilaban a aquellos que les parecían señoritos o, simplemente, no les despertaban simpatías, crímenes que eran contestados por aquellos que apoyaban al bando nacional en la clandestinidad con más sangre. Sin embargo, había algo que no encajaba. Evidentemente, cada uno es libre de dar escribir sobre lo que quiera pero me parecía excesivo el énfasis y el aparente ensañamiento que se tomaba el jiennense al criticar a determinados personajes de la vida pública española que se destacaron como defensores de la causa de la República, sobre todo, cuando se estaba dejando tan de lado la tragedia que iban sembrando los nacionales en la retaguardia. En estas circunstancias, encontré algo muy curioso. Por suerte, leo con cierta asiduidad los artículos que publica Muñoz Molina cada sábado y, casualmente, este verano, mientras disfrutaba de la magnífica novela que es La noche de los tiempos, leí el artículo Holocaustos para todos publicado en Babelia el día 10 de julio de 2010, en el que tras comenzar expresando la ligereza con que algunos reclaman haber padecido los horrores de un holocausto, se afirma lo siguiente:
Todos los que tuvimos la mala suerte de vivir durante la dictadura franquista y de despertarnos a la conciencia política y a la rebeldía en aquellos años ingratos sabemos lo despreciable y lo cruel que fue aquel régimen, y la saña con la que fueron perseguidos y muchas veces torturados quienes militaban contra él. Pero también sabemos que no era la Alemania de Hitler, ni la Unión Soviética de Stalin, ni siquiera la de Bréznev, ni la Rumania de Ceausescu, y que no fue igual la dictadura en el espanto de los primeros años de posguerra que en los sesenta.
Probablemente, no sea la mejor manera de hablar de los crímenes comentidos durante las guerras y las dictaduras utilizando el argumento falaz de la comparación. El dicho que las hace odiosas se basaría, en este caso, en que el dolor de las familias represaliadas no tiene nada que ver con el número de víctimas o la duración de los regímenes autoritarios. Por mucho que queramos quitarle importancia a la dictadura de Franco al compararla con la de Hitler o Stalin, a cualquier familia de Badajoz o la cuenca minera de Huelva le duele lo que ha sufrido y sigue sufriendo y no puede consolarse pensando que en Siberia murió más gente o Auschwitz. Pero como esta es la lógica que utiliza el escritor, voy a hacer una apreciación de su novela utilizando sus mismas armas. Si se trata de comparar, no entiendo por qué se centran tanto las críticas del libro en escritores como Alberti o Bergamín y apenas se menciona a personajes como Queipo de Llano. En comparación, las ridículas fiestas organizadas por Alberti en la Alianza de Intelectuales Antifascistas no tienen ninguna trascendencia cuando se enfrentan a la inmensa cantidad de asesinatos que se cometieron bajo las órdenes de personajes como el que acabo de mencionar.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Las coplas del hombre cuchara II: Neighbour, neighbour

A finales de 1966, The Spencer Davis Group publicó un disco de estilos variados cuyo título era Autumn '66. El título traducido de una de las canciones del álbum sería Vecino, vecino. Me ha costado cierto esfuerzo traducir esta canción porque presenta un constante cambio de tiempos verbales que hacían despistarse a mi pobre conocimiento del inglés, pero creo que, en general, el espíritu de la canción queda bastante claro.

Vecino, vecino

Vecino, no te extrañes
de las cosas que pasan en mi casa.
Tú siempre andas buscando
algo para poder chismorrear.
Para ti, no supuso una molestia
y mis dificultades aumentaron.
Algo desagradable va a pasarte.
Te lo advierto, vecino, no te extrañes
de las cosas que pasan en mi casa.

Vecino, no te extrañes
de mi manera de ganarme el pan,
porque, como ya sabes,
no soportas mis éxitos.
Te asomas con sigilo
y avanzas lentamente a mi vestíbulo.
Pegas a la pared, con pegamento,
tus inmensas orejas.
Te lo advierto, vecino, no te extrañes
de las cosas que pasan en mi casa.

Vecino, no te extrañes
de la forma en que trato a mi mujer.
Te pasas todo el tiempo
fabricando mentiras y tergiversaciones.
Tú no tienes problemas y me causas molestias.
Algo desagradable va a pasarte.
Te lo advierto, vecino, no te extrañes
de las cosas que pasan en mi casa.

Vecino, no te extrañes
de mi manera de ganarme el pan,
porque, como ya sabes,
no soportas mis éxitos.
Él no tiene problemas y me causa molestias.
Algo desagradable va a pasarte.
Te lo advierto, vecino, no te extrañes
de las cosas que pasan en mi casa.







viernes, 9 de julio de 2010

Vista cansada

Es difícil opinar sobre un libro cuando cuando compartes con el autor ideas y puntos de vista y, además, te cae bien. Aunque quizás lo difícil es ser objetivo, sobre todo, cuando te han gustado mucho otros libros del mismo escritor y ahora te encuentras ante un libro que no te comunica tanto, un libro que no es un bodrio, pero no se acerca a un imprescindible. Este es el ambiente intelectual que ronda mi acalorada cabeza mientras intento edificar una opinión razonable sobre Vista cansada de Luis García Montero, publicado en la preciosa colección Palabra de Honor de la editorial Visor. Este dato es, en sí mismo, lo primero que no me gusta del libro, ya que el director de la colección es el propio García Montero. Yo debo ser un ingenuo. Así te va, pensarán algunos. Yo, la verdad, no creo que alguien con el reconocimiento de este poeta necesite autopublicarse, pero también se me podría objetar que él puede elegir y no sería rechazado en ninguna editorial. Pero vayamos a lo importante, a los poemas. Tengo que reconocer que hay versos en el libro que lo justifican plenamente, que son incorregibles en su acierto, en su perspectiva. Sin embargo, pocos poemas me han gustado al completo. Creo que García Montero abusa de determinadas palabras, de determinadas imágenes. En muchos pasajes, parece que se busca claramente un efectismo fácil, una forma de nombrar y crear ambientes que busca de forma descarada a la audiencia. Esta búsqueda de audiencia nunca está destinada a la comprensión por parte del lector. Al contrario, a pesar del recurso a un léxico común y sencillo, se adivina un uso calculado de un contenido a medio camino entre lo cotidiano y lo incomprensible. Escribo estas opiniones como una visión muy personal del libro y entiendo perfectamente que algunos encuentren que el libro es maravilloso. De la misma forma, quiero dejar claro que sigue cayendo bien este hombre y que tiene escritos algunos poemas memorables en otros libros como Completamente viernes. Es importante hacer estas aclaraciones en un país como el nuestro, caracterizado por las actitudes de apoyo incondicional e irreflexivo.

jueves, 3 de junio de 2010

Invisible

Paul Auster es un contador de vidas, un escritor capaz de recrear el día a día de los arquetipos humanos que desentraña cuidadosamente, un analista capaz de aislar los más pequeños hechos cotidianos antes de transformarse en acontecimientos de la memoria o de la identidad, un ilusionista capaz de conjugar la más insignificante rutina con los rumbos imprevistos de una biografía. Invisible es la última de sus novelas publicadas en España y no creo que haya decepcionado a sus lectores habituales. A Paul Auster le gusta narrar la vida de escritores y esta novela no es una excepción. Con su tono habitual, que baila entre la confesión íntima y el libro de memorias, Auster recrea una variedad de paisajes que rompe las fronteras totalizadoras de la irrenunciable ciudad de Nueva York y este viaje geográfico va acompañado de otro técnico (me refiero a técnica narrativa), ya que el libro está escrito como novela en primera, segunda y tercera persona del singular y, en su última parte, como emulación de un diario íntimo. Esta vez, los temas que estructuran el discurso de Auster son la amistad, el amor, la familia, el odio, el remordimiento, el asesinato, la justicia. Pero, realmente, poco importan los temas de fondo que nos retrata en sus libros. Al menos para mí, el placer de la lectura de Auster está en su capacidad de huir del ritmo vertiginoso que impone la dictadura de la trama, de la imposición del final sorprendente por decreto. La literatura de Auster es vida, es capaz de captar el tiempo y ofrecerlo como un presente que está sucediendo en ese momento para el lector. No importa que el drama transcurra en 1967 en la Universidad de Columbia, el lector está instalado en él con la misma comodidad que experimenta en su propia casa. No sé si los más grandes expertos en Teoría de la Literatura estarían de acuerdo conmigo o me censurarían por lo que voy a escribir, pero pienso que esa capacidad de hacer sentir cómodo al lector, de no aburrirle ni engañarle, de ganarse su confianza sin necesidad de juegos de artificio, esta capacidad es una de las notas que definen la calidad en literatura.

domingo, 30 de mayo de 2010

jueves, 20 de mayo de 2010

Algún día había que empezar

Desde hace algún tiempo, sigo y comento algunos de los blogs de fútbol que conozco. Sin embargo, apenas me atrevía a hacer veladas referencias al tema en mi propio blog. Espero que hoy comience una nueva etapa. Empiezo con un tema que me preocupa hace tiempo. Como sabéis los que me conocéis, soy madridista y, para romper estereotipos, no soy raulista. Me permito copiar aquí el comentario que he escrito al respecto en otro blog, ya que creo que deja bastante clara mi postura al respecto:

Pues lo de Raúl, de verdad, nos va a lastrar hasta el fin. Eso de tener que regalarle minutos para que no se cree mal ambiente con él, lo que provoca es mal ambiente en los demás que compiten por sus puestos (lo digo en plural porque este año ha jugado, que yo recuerde, como delantero y como mediapunta). En ningún club que pretenda ser un referente en Europa, repito en ninguno, puede darse la circunstancia de anteponer el cabreo de un veterano a las necesidades y aspiraciones del equipo. Lo digo claro aunque se me critique, ser raulista hoy en día (me refiero a los que piensan que debe ser titular) es perjudicar al equipo. Habrá quién inocentemente crea que soy exagerado y que el 7 se gana los minutos que juega. A éstos les digo que el tiempo va a poner las cosas en su sitio. Otros, sobre todo periodistas, con una declarada afición hacia el Barsa y el Atlético, afirman con sonrisa maliciosa que el 7 se lo merece todo, que hace vestuario, enseña los valores del club, etcétera. A estos les digo que saben muy bien lo que hacen, porque su objetivo es la inestabilidad deportiva del club: ¿Raúl enseña los valores del club? Guardiola sí enseña los valores del Barsa y, cuando hubo que largarlo como jugador porque ya no estaba para competir, no se tuvo ningún problema en despedirlo. A mí no me parece mal que Raúl tenga un cargo en el club y creo que podría hacer un buen trabajo en la cantera si dejara de pensar en el dinero y en su propio egoísmo personal. ¿Raúl es un símbolo? No digo que no lo haya sido, pero su comportamiento actual deja mucho que desear y esa no es precisamente la actitud que hay que enseñar a los futbolistas de este equipo. El Madrid debe ser una élite y hay gente como Zidane que supo ver a tiempo que debía dejar el sitio a otros. ¿Queremos un símbolo? Lo tenemos joder: el escudo, la camiseta blanca, el estadio: esos son los símbolos de un club. Actualmente, en la plantilla, están surgiendo otros jugadores cuya profesionalidad es también un símbolo en el campo: Ronaldo, Albiol, Pepe, Alonso, Van der Vaart. Y en el banquillo, tenemos a un pedazo de futbolista que ve los partidos nervioso, pregunta a los periodistas como va el Barsa, celebra los goles como si fueran suyos y encima no pide minutos por decreto: Mahamadou Diarrá. Un tipo que, por ser centrocampista y africano, tiene el San Benito de ser mediocentro únicamente destructivo. Este tipo ha tenido la mala suerte de jugar partidos en los que el equipo ha perdido, pero yo no creo que haya sido por su responsabilidad. Os dejo el
link de un video, en el que se ven detalles de su actuación ante el Sevilla en el Pizjuán.

viernes, 7 de mayo de 2010

Las coplas del hombre cuchara I: Spoonman

Inauguro con esta entrada una sección a la que pretendo dar cierta continuidad. Se trata de hacer un homenaje poético a las canciones en lengua inglesa que me han hecho vibrar. Para ello, he decidido traducirlas con cierto toque personal, aunque tratando de respetar el mensaje de las letras. Debido al título elegido, es obligado empezar este experimento con El hombre cuchara de Soundgarden.



El hombre cuchara


Experimenta el ritmo

a través de tus manos,

hombre cuchara, roba

el ritmo mientras puedas,

que tu voz verbalice

el ritmo sin ayuda,

que tu voz verbalice

el ritmo cuando estés

completamente a solas.


Hombre de la cuchara,

confluye con tus manos.

Sálvame, estoy contigo

en tu proyecto. Sálvame.


Mis amigos son, todos,

indios, sin excepción.

Mis amigos son, todos,

morenos y rojizos.

Mis amigos son, todos, esqueletos,

sienten latir el ritmo entre sus huesos.


Hombre de la cuchara,

confluye con tus manos.

Sálvame, estoy contigo

en tu proyecto. Sálvame.


Experimenta el ritmo

a través de tus manos,

hombre cuchara, roba

el ritmo mientras puedas.




jueves, 6 de mayo de 2010

El ciego Pew

El impulso para leer La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson se lo debo a Borges. Después de haberlo terminado, me siento al final de un camino que he transitado en sentido contrario y que empezó hace muchos años con el descubrimiento de un soneto de gran madurez del poeta argentino, cuyo título es Blind Pew y que hace referencia al gran clásico de la literatura juvenil y de aventuras. En aquel tiempo, consciente de lo tardía que había sido mi incorporación a la comunidad de lectores, el título del poema me resultaba un enigma y lamentaba no haber recurrido a Stevenson en una adolescencia no tan provechosa como me hubiera gustado. La isla del tesoro se quedó en la lista de asignaturas pendientes con un lamento hasta que, hace un par de meses, encontré las ganas suficientes para acometerlo. Probablemente, uno no termina de entender del todo a los escritores que admira hasta que no ha bebido de sus fuentes, hasta que no comparte las referencias de su universo cultural. Sólo entonces se puede hablar de un perfecto desconocido con el cariño que se podría hablar de un hermano. Borges fue un niño marcado por su destino. Desde muy pequeño, Borges fue hablante nativo de las dos lenguas con las que construyó su identidad social, la española y la inglesa. También desde muy pequeño, su padre le abre las puertas de su biblioteca y lo arroja al seno de los libros. Entre estas lecturas tempranas, está La isla del tesoro. ¿Por qué se desarrolla semejante fascinación por esta novela? ¿Cómo se convierte el pirata Pew, uno de los protagonistas de las primeras páginas del libro, en una voz tan potente de la confederación de almas que conforman al poeta bonaerense? Borges fue un niño marcado por la herencia de su padre, Jorge Guillermo Borges, un escritor frustrado que pide a su hijo que dedique su vida a escribir, un hombre que a causa de una patología pierde la visión. Burlas del destino: Borges consigue ser el escritor que su padre nunca pudo ser, pero no se libra de la influencia de la enfermedad paterna y acaba por quedarse ciego. Es, en este contexto, donde podemos valorar la importancia del ciego Pew para un Borges que había asistido durante su adolescencia a la pérdida de visión de su padre. Una mancha de oscuridad crecía en silencio alrededor del poeta argentino, una oscuridad densa que esperaba el momento oportuno para apoderarse de él. Como bien resume el soneto, el pirata Pew es poco menos que un paria, debido a su condición de ciego y a su vida mendicante, pero albergaba la esperanza de un tesoro que tuvo y está enterrado en playas lejanas. De la misma forma, Borges también tuvo el tesoro de su infancia y asiste a la amarga realidad de perder el sentido más preciado para un lector empedernido. Se siente robado, empujado a una vida paria y dependiente, pero también tiene su esperanza en una lejana costa. Y así es como termina el soneto:

A ti también, en otras playas de oro,
te aguarda incorruptible tu tesoro:
la vasta y vaga y necesaria muerte.

miércoles, 21 de abril de 2010

Calderón, un moderno

Nació en 1600 y murió en 1681. Fue militar y sacerdote. Y, sobre todo, Pedro Calderón de la Barca y Barreda González de Henao Ruiz de Blasco y Riaño fue un visionario, un adelantado a su tiempo, un hombre con una independencia real de pensamiento y que, afortunadamente, pudo ejercer una fecunda carrera literaria de la que hoy podemos beneficiarnos de forma intelectual y lúdica. Su obra La vida es sueño es uno de esos libros de los que todos creen saber algo y que cada vez menos leen. Uno de esos libros que la moderna oleada de bestsellers ha hecho caer en la desgracia de la desatención. Últimamente, me cuesta usar la palabra clásico para alabar las obras prestigiosas del pasado por la facilidad con que éste adjetivo se ha venido degradando y aplicando a realidades recientes que se sospecha pervivirán en el recuerdo colectivo, independientemente de su calidad. Con La vida es sueño esta reticencia es doble, ya que se trata de una obra que se posiciona en contra de la inexorabilidad del destino con ideas radicalmente vigentes. En pleno siglo XVII, Calderón presenta sus argumentos en la trama de los personajes como un Dios que se manifiesta a través de milagros. Siglos antes de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, del método científico, de la separación de poderes, de la presunción de inocencia, Calderón nos cuenta la historia de una detención arbitraria, de una vida institucionalizada, de un juicio montado con especulaciones y creencias y de una condena impuesta a un hombre, simplemente, por ser quien es. El enfrentamiento filosófico que plantea el libro es claro: ¿está nuestro destino escrito y predeterminado o es el hombre responsable de su destino? Probablemente, si Calderón pudiera comprobar las mentalidades de nuestro mundo, se quedaría profundamente sorprendido. Él, que no disfrutó de un sistema educativo público y gratuito, que no tuvo acceso a las tecnologías de la información y la comunicación, que no pudo hacer un máster para jóvenes emprendedores en la Universidad de Harvard, supo ver hace unos 375 años que es el hombre el que escribe día a día su destino con sus aciertos y errores, con sus acciones y omisiones, y que existen circunstancias que pueden inclinar nuestras decisiones pero nunca determinarlas por completo. Sin embargo, hoy están aún muy extendidas las ideas deterministas, ese pesimismo visceral que conduce a la inacción, a la pasividad y al conformismo. Por ello, me gustaría acabar recomendando la lectura de La vida es sueño, recomendando su inclusión entre los libros de lectura obligatoria en la formación de adolescentes. Quizá esta sea una pieza de la terapia contra la desidia y la anestesia moral de nuestro tiempo.

miércoles, 7 de abril de 2010

Spleen de Madrid

A Charles Baudelaire le debemos muchas cosas. Desde una explicación de la teoría de las correspondencias sin acudir a complicados presupuestos filosóficos hasta una desmitificación del cannabis mucho antes de la extensión a gran escala de su consumo en el mundo occidental. A Baudelaire, entre otros, le debemos la conciencia de que existió un París sucio, feo, vulgar, un París que nada tiene que ver con la imagen de los enamorados y la vida cultural. Por si fuera poco, le debemos una obra literaria de calidad, en la que destaca por su fama Las flores del mal, ese extenso poemario demasiado impregnado de impostura como para ser leído en la edad adulta y demasiado exigente de intelectualidad y compromiso como para ser leído en la adolescencia. Las flores del mal es un libro inmenso, magnífico, con sus altibajos comprensibles teniendo en cuenta el elevado número de composiciones que lo conforman. Se trata de un libro cuya calidad ha justificado plenamente su vigencia y que, sin necesidad, se ha forjado una aureola de misterio en torno a él que lo hace aún más atractivo antes de acometerlo. Tras su lectura reposada, una pregunta no resuelta flota en el aire: ¿era Baudelaire un verdadero revolucionario o, simplemente, un provocador? Nunca podremos saberlo con seguridad. Desde mi punto de vista, Baudelaire solo trataba de escandalizar a la bienpensante sociedad burguesa. Su compromiso intelectual le llevaba a actuar como un enfant terrible y a combatir la decadencia de los modos de vida burgueses con más decadencia, con una exagerada alabanza de los aspectos más tétricos y desagradables de la realidad. Por esta razón, creo que el juicio a Las flores del mal supuso, más allá de la sanción y la censura, un triunfo del poeta. El fiscal Pinard, pensando en la labor tan importante que hacía para la limpieza moral del país, lo que consiguió fue dar al libro un protagonismo cuyas consecuencias ya no pueden calcularse. A partir de entonces, Las flores del mal sería para siempre el libro que condenó la justicia y algo verdadero o importante debía de haber en él cuando se tomaban tantas molestias. Mientras escribo estas líneas, pienso en la injusta situación a la que se está viendo sometido el Juez Baltasar Garzón por tener la osadía de iniciar las investigaciones sobre los crímenes cometidos durante la dictadura franquista y creo que el destino de estas maniobras es el mismo que el de la sentencia contra Baudelaire: poner más de manifiesto el insostenible silencio oficial sobre las víctimas y desaparecidos del franquismo, así como la escasa imparcialidad política que caracteriza todavía hoy a la justicia española.

Una idea

La música es una pedagogía sin dolor.

jueves, 11 de marzo de 2010

Lazarillo de Tormes

Hace ya algunos años, una profesora de la Universidad, mientras defendía la igualdad esencial de todas las personas con independencia de sus características particulares, lanzó de soslayo una idea que se alumbra esta tarde en mi memoria. Aquella maestra de los valores expresaba una experiencia propia, en concreto, la certeza de que, por muy lejos que viajemos y por mucho que busquemos culturas diferentes a la propia, siempre es posible encontrar algo común, una mirada, un gesto, en el que poder comprenderse. Esta frase habita mi cabeza mientras pienso que existen ámbitos por encima de diferencias idiomáticas, culturales e, incluso, históricas. Probablemente, uno de estos ámbitos es el sentido del humor. Es evidente que, para que dos compartan una situación humorística satisfactoria, tiene que haber un mínimo de intersubjetividad. Pero este espacio compartido, a veces, es tan pequeño, que basta la presencia de dos en la misma situación para acabar riendo a carcajadas a partir de un mismo motivo, aunque estos dos no coincidan ni siquiera en el idioma. Por todas estas razones, y teniendo como espacio común un instrumento tan maravilloso como la lengua española, no es extraño que aquellos libros que tanto hicieron reír a lector del Siglo de Oro, sigan divirtiendo y entreteniendo tan eficazmente al lector contemporáneo. Es ésta una convicción que tengo desde hace ya tiempo, cuando mis lecturas de Quevedo me llevaron a Sueños y discurso, y que se ha visto reforzada recientemente con la lectura de Lazarillo de Tormes. Lázaro cuenta su vida en una extensa epístola y, al hacerlo, desenreda el ovillo de la sociedad española del siglo XVI a través de sus aspectos más cómicos y libre de velos morales deformantes. El lector culto que hoy acude a sus páginas está lejos de empatizar con el hambre atroz y la necesidad de inventar artimañas para sobrevivir, lejos de asimilar los vacíos oficios de hidalgos y echacuervos y, sin embargo, no puede resistir más de una carcajada dejándose llevar por la prosa sencilla y directa de un autor que, tan hábilmente, supo escribir una “autobiografía” para acabar demostrando su patente falsedad. El Lazarillo es un libro inigualable: todo parece ser cierto, demasiado cierto, tan verdadero que no puede ser más que una mentira, una historia inventada que, sin embargo, ofrece un retrato fidedigno del tiempo en que transcurre. Esto hoy nos resulta normal, pero entonces la novela no era más que una semilla. Es normal, pues, que se considere esta libro como una obra imprescindible de la literatura universal, porque tiene mucho mérito sobrevivir más de quinientos años haciéndonos reír.

jueves, 4 de marzo de 2010

Garcilaso de la Vega

Durante las pasadas navidades, por necesidades de formación personal, estuve leyendo la poesía de Garcilaso de la Vega. Mi acercamiento a Garcilaso estaba, como en tantas otras ocasiones, salpicado de cierto temor absurdo que me despiertan los clásicos de la literatura castellana, un temor que me lleva a pensar que no iba a ser capaz de disfrutar plenamente de la lectura. Anticipaba las pausas, los retrocesos, la lectura detenida de las notas a pie de página, la necesidad de ir tomando notas, el subrayado y la búsqueda de relaciones entre los poemas y los datos biográficos. Toda esta actividad de anticipación me hacía pensar que la tarea va a ser larga, no difícil pero sí mentalmente agotadora. Sin duda, no sabía hasta qué punto me equivocaba. La biografía de Garcilaso es apasionante, es la vida intensa de un soldado que peleó en algunos de los más importantes escenarios que estaban decidiendo la historia de Europa y, por ende, de España en su tiempo. Una vida marcada por el exilio, el amor, la literatura y la amistad. Fue fácil y gratificante encontrar los paralelismos entre su vida y sus versos, así como comprobar que la gran poesía, aun cuando tiene un sustrato autobiográfico, es capaz de universalizarse y ofrecer modelos con los de identificación a los lectores de todo tiempo y lugar. Las técnicas de trabajo intelectual, que estaba utilizando mientras leía, me ayudaban a comprender mejor el sentido de los poemas por la propia de necesidad de reelaborarlos. La lectura fluía sin dificultad. Y las pausas, los retrocesos, las notas a pie de página, eran estaciones placenteras, ocasiones para detenerse en ciertos versos elegantes y directos que reclamaban una mayor atención. En cuanto a mi miedo al lenguaje de la obra, tengo que admitir que mi desconocimiento me había inducido a error. El lenguaje y los modos de expresión de Garcilaso no chocan con el código lingüístico del lector de nuestro tiempo, es impresionante comprobar cómo sale airoso de situaciones poéticamente complicadas. Me di cuenta de que las dificultades que cualquiera podría encontrarse al escribir, habían sido superadas con facilidad por Garcilaso hace más de quinientos años. Y es que no hay mejor manera de sentirse antiguo que leer a los clásicos.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Nada nuevo



"Porque, si bien lo consideramos, ningún descanso ni remedio hay mayor ni más honesto para las fatigas del cuerpo y las pasiones del alma que la música, en especial en las cortes de los príncipes, adonde no solamente es buena para desenfadar, más aún para que con ella sirváis y deis placer las damas, las cuales de tiernas y de blandas fácilmente se deleitan y enternecen con ella. Por eso no es maravilla que ellas en los tiempos pasados y en estos de agora hayan sido comúnmente inclinadas a hombres músicos, y holgado extrañamente con oír tañer y cantar bien."

El cortesano (1528)
Baltasar de Castiglione

miércoles, 18 de noviembre de 2009

El Festival de Cine Iberoameriacano de Huelva

Durante estos días, se está celebrando en nuestra ciudad el Festival de Cine Iberoamericano y creo que es un buen momento para reflexionar sobre ciertos matices de nuestra identidad colectiva como onubenses y de los complejos que algunas veces nos asoman en momentos de arrebato e impulsividad. El Festival de Cine Iberoamericano de Huelva es ya un viejo conocido para los profesionales del séptimo arte. Nació en el año 1975 y con ésta ya van 35 ediciones. Teniendo en cuenta las características del Festival, podemos decir que se trata de un evento que goza de muy buena salud. Me explico: normalmente, la gran enfermedad que asola a cualquier empresa cultural es la falta de rentabilidad económica y nuestro Festival, en este punto, es muy especial. Aunque no haga falta mencionarlo, conviene recordar que el cine no es el punto fuerte de nuestra capital: solo contamos con un local provisto de salas comerciales, en el que (al margen de la semana del festival) el único criterio de selección de las cintas es la taquilla. A esto hemos de añadir, cómo hemos asistido impasibles a la caída y el derrumbe del resto de salas de cine de nuestra ciudad. Pero, lo más importante, es la escasa asistencia al Festival de espectadores que paguen su entrada, es decir, no sólo la asistencia a las películas es baja, además ,hay un sector muy importante que acude al cine subvencionado con las entradas que se reparten por las diferentes asociaciones e instituciones. Este panorama sería terrible si estuviéramos ante cualquier otra actividad cultural. Sin embargo, parece que los gestores culturales de los diferentes gobiernos (locales, autonómicos y nacionales) han entendido la importancia de mantener el festival de Huelva. Como muestra de ello, la Ministra de Cultura Ángeles González Sinde ha expresado recientemente su apoyo al evento. Por ello, sería bueno que los onubenses, antes de criticar al festival, pensáramos un poco en lo que representa: se trata de un acontecimiento cultural con un empeño romántico, luchamos por la posibilidad de un cine americano que no tenga el neutro sabor de Hollywood. La importancia de nuestro festival se comprende fácilmente si se atiende al interés que ponen los realizadores iberoamericanos por participar en él. Se puede decir que este tipo de cine no es el que pide la gente y esto puede ser, en parte, cierto, pero como toda aseveración se puede matizar. En primer lugar, no puede opinarse sobre lo que no se conoce y, a menudo, se comete el error de no promocionar adecuadamente el producto, por ejemplo, llevamos al cine a los niños y niñas en edad escolar desde los colegios y las películas que están programadas para público infantil son, con frecuencia, películas españolas que los niños ya conocen o podrían acceder a ellas por canales comerciales. En segundo lugar, la entrada gratuita, en mi opinión, está creando una infravaloración de las películas exhibidas, por lo que creo que habría sido más productivo el uso de estrategias de descuentos. En tercer lugar, el recurso a jurados no profesionales y seleccionados entre los conocidos de la organización para determinadas secciones como la de cortometrajes, genera descrédito y no ayuda a prestigiar un evento tan importante como éste. En cuarto y último lugar, si tan poco interesa el festival y tan inútil resulta ¿por qué algunos se ponen furiosos, cuando circula ese manido rumor del cambio de ciudad del festival? Un rumor que, dicho sea de paso, está creado y mantenido por ese complejo de pueblo apático e indiferente que no conseguimos sacudirnos de encima. Resumiendo, me gustaría animar a quienes me escuchen a que se sientan orgullosos del festival, a pagar por acudir a las proyecciones y a interesarse por el cine que nos trae el continente suramericano, que tan bien acostumbrados nos tiene en otras disciplinas artísticas como la literatura. Seamos capaces de mantener con orgullo, en este rincón de Europa, nuestra función de puerto de comunicaciones interoceánicas con una realidad a la que nos parecemos más de lo que somos conscientes.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Si esto es un hombre

En torno a los grandes crímenes que se han cometido contra la humanidad en general, así como en torno al holocausto judío en particular, suelen encontrarse dos posturas bien diferentes entre aquellos que condenan estos hechos. Por un lado, existe una actitud bastante extendida que puede resumirse en la sentencia: “Yo prefiero no saber lo que pasó”. Por otro lado, estamos los que, respetando el gusto por el desconocimiento de los demás, apostamos por la necesidad de arrojar luz sobre los acontecimientos históricos y creemos que la vía para evitar el genocidio es su denuncia, la necesidad de que se avergüencen sus culpables, la empatía con el pueblo asesinado. Siendo fiel a este punto de vista, este verano, durante mis cuatro días de estancia en Berlín, acudí a una visita guiada al campo de concentración de Sachsenhausen en Oranienburg, a unos 35 kilómetros de la capital. Durante la visita, el guía recomendó un libro: Si esto es un hombre de Primo Levi. Su lectura ha sido para mí una revelación. Con la sobriedad y el rigor de un cronista, Primo Levi cuenta su experiencia de diez meses en Auschwitz y, al mismo tiempo, sin pretenderlo, da una lección magistral de técnica narrativa. Si esto es un hombre es un libro de memorias escrito, en su inmensa mayoría, después de ser liberado el campo el sábado 27 de enero de 1945 y su autor, al escribir, nos ofrece la perspectiva que tenía como prisionero, es decir, es capaz de evitar la contaminación en su discurso de todos los acontecimientos históricos que se estaban produciendo en el campo y que él sólo pudo saber a través de lecturas con el paso de los años. El testimonio tiene un valor innegable, es un documento imprescindible para conocer la cotidianidad de la vida en los campos de exterminio. Gracias a él, he sabido que la estructura social de los campos era un microcosmos de las sociedades autoritarias en las que se crearon, que había una jerarquía social de entre los prisioneros, que se creó un sistema económico de mercado cuyas monedas eran las raciones pan y el tabaco. Nada agradable o edificante puede aprenderse con la lectura de este libro, pero no por ello deja de ser un aprendizaje necesario. Probablemente, la mejor manera de explicar qué es este libro es citar uno sus fragmentos y así es cómo quiero despedirme hoy, dando voz a Primo Levi: “Hemos aprendido el valor de los alimentos; ahora también nosotros raspamos diligentemente el fondo de la escudilla después del rancho, y nos la ponemos bajo el mentón cuando comemos pan para no desperdiciar las migas. También sabemos ahora que no es lo mismo recibir un cucharón de sopa de la superficie que del fondo del caldero y ya estamos en condiciones de calcular, basándonos en la capacidad de los distintos calderos, cuál es el sitio más conveniente al que aspirar cuando hay que hacer cola.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Jon Juaristi

Sé que a muchos de mis amigos de conversaciones y a muchos de los escritores y creadores que admiro, no les gusta nada lo que voy a escribir, pero lo cierto es que hay algunos ámbitos de esta vida que transcurren al margen de las diferencias sociales, ideológicas y personales, ámbitos donde la excelencia (y no estoy hablando de fútbol) facilita la comunicación y construye vínculos entre realidades aparentemente alejadas. Uno de esos ámbitos es la poesía, más bien, la buena poesía y ésta es una idea que siempre mantendré por más que haya muchos simplificadores que se empeñen en negarla. Aprendí esta verdad hace ya algunos años, leyendo a T. S. Eliot. Nunca me habría imaginado la conmoción que iban a producirme los poemas de un hombre que se atrevió a hacer una declaración que me todavía me escuece citar: “Clásico en literatura, Monárquico en política y Anglo-católico en religión". Este verano, leyendo un volumen de poesía reunida de Jon Juaristi, he sentido lo mismo. Probablemente, no haya nadie que me haga dudar más, desde un punto de vista ideológico, que esas personas que fueron militantes en la extrema izquierda en su juventud y ahora se arrepienten. Esos arrepentidos que piensan toda la izquierda política es un lodazal porque ellos militaron en su juventud en un grupo revolucionario que acabó por traicionarse a sí mismo (y que, dicho sea de paso, nunca fue de izquierda). Probablemente, la etiqueta nacionalista español es la que más rechazo me produce, porque une la irracionalidad del nacionalismo con una idea de España, que se aleja de las concepciones descentralizadas y federales por las que yo apuesto. Todas estas diferencias me alejaban de Jon Juaristi y, sin embargo, creo que se trata de uno de los mejores poetas del ámbito nacional. La línea de su poesía es la de la claridad, una claridad que trasciende los límites de la poesía de la experiencia a través de una ironía y un sarcasmo demoledores, una actitud escéptica capaz de atravesar cualquier conciencia y dejarla en un estado de desasosiego. Los poemas de Jon Juaristi viajan de la belleza a la indolencia, del desengaño al humor, de la tristeza a la ira, con una naturalidad que puede hacer temblar de emoción, una vez se reflexiona sobre lo leído. Por todo esto, lo afirmo sin temor: a pesar de todas diferencias ideológicas, me parece que sus poemas son de una calidad envidiable y creo que sus afinidades políticas y los medios de comunicación en los que suele aparecer alejan a potenciales lectores que, dejándose llevar por el prejuicio ideológico, desdeñan a una de las voces más auténticas del panorama literario actual.

miércoles, 14 de octubre de 2009

En medio de ninguna parte de J. M. Coetzee

Quiero reflexionar hoy sobre una novela que llegó a mis manos siguiendo un camino completamente distinto al que describía hace una semana con el El diluvio. John Maxwell Coetzee es anunciado como ganador del premio Nóbel de literatura el día 2 de octubre de 2003. Tras muchos años oyendo elogios de sus novelas, en enero de 2009 recibo como regalo En medio de ninguna parte, una novela publicada por primera vez en 1977 y que Mondadori se atreve a publicar por primera vez en su catálogo en junio de 2003. La distancia entre su publicación y su traducción predisponen de forma positiva al lector interesado, de la misma manera que su edición algunos meses antes de convertirse en nuevo símbolo de la novela mundial por obra y gracia de la Academia Sueca. El azar y la casualidad han querido que yo conozca a Coetzee con este volumen y lo cierto es que la experiencia ha sido altamente satisfactoria. La historia que se nos cuenta es una maraña de diversas tramas incompatibles entre sí y de desigual extensión narradas por la omnipresente voz de Magda. Los personajes principales son siempre los mismos y están sometidos a la tensión dramática que impone la narradora, a los caprichosos cambios que transforman el escenario de la novela con una nueva recomposición de los hechos y que hacen imposibles todos los sucesos leídos previamente. La genial prosa del sudafricano nos va desvelando progresivamente el trasfondo constante de una conflictiva relación con el padre, culpabilizado de la prematura muerte de la madre y que fomenta un sentimiento de orfandad, de vacío, de falta de ubicación en el mundo. En cuanto a las contradicciones narrativas, uno acaba por darse cuenta de que no tienen la menor importancia, no es necesario saber cuál de las historias que narra Magda es la verdadera. Como toda ficción literaria, su calidad no se mide por el grado de realidad de lo que se cuenta. Para eso, ya disponemos del Periodismo. Probablemente, una historia bien contada (ya sea cine, teatro o literatura) no plantea dilemas en cuanto a la veracidad de los hechos. Es decir, cuanto mejor es la narración de un suceso menos objeciones suscita sobre su posibilidad real de suceder. De hecho, hace ya varios años que los Psicólogos Culturales vienen afirmando que el criterio de bondad de los modos narrativos de discurso es la verosimilitud, la apariencia de verdad, y no la verdad absoluta. Sin duda, Coetzee, metido en la piel de Magda, consigue trenzar varios relatos de impregnados de verosimilitud y que nos enfrentan a la estremecedora vivencia de un grupo humano aislado en medio de ninguna parte.

miércoles, 7 de octubre de 2009

El diluvio de J. M. G. Le Clézio

Cuando en octubre de 2008, se anunció que el nuevo premio Nóbel sería Jean -Marie Gustave Le Clézio, novelista como casi siempre, francés y un absoluto desconocido para el gran público en general y, estoy seguro, para gran parte del sector librero de nuestro país, fuimos muchos los que nos anotamos un nuevo nombre en la lista de escritores pendientes y estuvimos al acecho de que llegaran a las librerías más cercanas algunos volúmenes del nuevo mesías. Esta actitud constituye casi siempre un error. Me explico. Cuando se concede el premio Nóbel, se abre la veda a las reediciones de uno de esos muchos escritores con talento que han tenido la suerte de ser señalados por la Academia Sueca y, por tanto, durante algunos meses, pasarán a formar parte del selecto club de los escritores rentables. Es norma general que estas reediciones suelan hacerse con demasiada prisa, sin revisiones, con el único propósito de ser los primeros en rescatar al genio olvidado y ganar así la cuota de mercado que ofrece el sector de ansiosos que quiere estar al día del valor más cotizado en materia literaria. Esta circunstancia se agrava cuanto más desconocido resulta el escritor, ya que se hace prácticamente imposible encontrar los volúmenes previos a las reimpresiones “postnóbel”. Es, a través de este camino, como llega a mis manos El diluvio, una novela publicada por Le Clézio en Francia en 1966, publicada por primera vez en Seix Barral en 1969 y reimpresa en nuevo formato para la ocasión en octubre de 2008. Lo primero que tengo que decir sobre la novela es que tengo la clara conciencia de no estar ante el mejor libro de Le Clézio, al mismo tiempo, es indiscutible que no he leído la mejor edición. Para empezar, la calidad de la impresión tipográfica es muy baja, cuando uno abre el libro le parece que la colección Biblioteca Formentor de Seix Barral ha sido pirateada y que se encuentra ante un ejemplar falso. Por otro lado, la traducción está muy lejos de ofrecer una impresión de normalidad lingüística. Son muchos las decisiones de traducción que entorpecen la lectura. Por ejemplo, en determinado capítulo del libro, el protagonista, François Besson, acude con una mujer en el coche de ella a la oficina de correos. Cuando aparcan el coche, la mujer le pregunta si le acompaña al interior de la oficina con la siguiente expresión: “¿Vienes conmigo o te quedas?” A esta pregunta, Besson responde: “Vendré”. Por no alargar más este tema, sólo añadiré otro ejemplo ilustrativo. En varias ocasiones se hace referencia en la novela a objetos (por ejemplo, asientos) que son de una piel que imita el cuero sin serlo. A estos objetos se les llama, en un extraño alarde de economía del lenguaje, asientos de cuero – imitación. En cuanto a calidad literaria, como ya apunté más arriba y aunque no pueda calificarse como una mala novela, espero que no sea la mejor de Le Clezio. La historia que se narra es la de François Besson, un hombre joven que entra en una deriva de inadaptación social que lo lleva a abandonar trabajo, familia, vínculos afectivos, casa y casi todo lo que se entiende como vida y cordura en las sociedades occidentales de los siglos XX y XXI. El diluvio nos enfrenta a una sociedad humana desnaturalizada, en las antípodas de la felicidad y la belleza. El monstruo del desarrollo urbano despersonaliza al individuo y salir de estas dinámicas implica autocondenarse a la locura, a la soledad, a la indigencia. Y no es que yo sea insensible a estos planteamientos. Se trata simplemente del estilo: larguísimas enumeraciones, oraciones sin fin con una creciente dificultad semántica y sintáctica, interminables descripciones de los aspectos más tétricos, desoladores y desesperanzados. En definitiva, me gusta más Poeta en Nueva York que nos muestra ideas muy similares en forma de poemas y su lectura es mucho más fluida. Si lo que pretendía Le Clézio era transmitir la angustia de nuestro mundo al lector, no puede negarse que lo ha conseguido, aunque quizá no a través de los medios que había planeado.