Cuando año tras año se
conoce al nuevo señalado por la Academia Sueca para ser distinguido
con el Nobel de Literatura, no es habitual que una legión de
periodistas, críticos, escritores y lectores anónimos lancen un
unánime grito de aprobación y gozo e insistan en el mérito del
afortunado y la justicia con que se repara tantos de años de olvido
mediático. Por ello, cuando este improbable consenso se manifiesta,
como ha sucedido con la narradora premiada en 2013, existe al menos
una razón poderosa para confiar en el veredicto, para dar una
oportunidad a una escritora a la que desconocemos. Mi experiencia con
Alice Munro es de este tipo, se limita a su volumen de relatos
Demasiada felicidad y me ha
conducido sin rodeos a una conclusión rápida: si seguimos pidiendo
a la narrativa aquello que le hemos pedido desde siempre, Alice Munro
es una de las grandes voces contemporáneas. Los cuentos que componen
Demasiada felicidad
cumplen con exquisita rectitud el criterio de verosimilitud. Son
trozos de vida, fragmentos de realidad biopsiada
capaces de explicarse a sí mismos en forma retrospectiva, árboles
de vivencias cuyas ramas crecen por igual hacia el pasado y el futuro
de las biografías que desgranan. No degrada a los buenos cuentos su
condición de ficciones. No importa que una historia sea fruto
estricto de la imaginación, cuando la narración permite entender
los olores, sentir la luz que no se describe, escudarse en el punto
de vista de alguna de las mujeres que la habita. Y escribo mujeres
porque Demasiada felicidad
está compuesto de un conjunto de relatos cuya estructura se sustenta
en la percepción, la acción o el mundo emocional de una mujer,
incluso cuando no es femenina la voz desde la que se narra, como
sucede en “Caras”. Al igual que en la esfera de lo que llamamos
realidad, la narración no es condescendiente, no se endulza ni hace
concesiones a las buenas conciencias. Como la vida, su curso es
imprevisible, a veces henchido de belleza, a veces empapado de
salvajismo. La crueldad, la infelicidad, el alivio de escapar a
situaciones incómodas aunque no se hayan solucionado, forman parte
incontestable de nuestra vivencia intelectual, con la misma fuerza
que la esperanza, el deseo y la responsabilidad. Y Alice Munro es
capaz de construir lecturas de consumo fácil a partir de todo este
material humano. Se diría que, en la inmensa mayoría de los casos,
solo le faltan a sus relatos para ser Historia (me refiero ésta vez
a la disciplina social) el carácter veraz de los hechos y el foco
sobre personajes relevantes en la época en la que la narración se
desarrolla. Evidentemente, la referencia a la “mayoría de los
casos” es intencional: “Demasiada felicidad” (el cuento con que
culmina el libro y que le da título) trata sobre los últimos días
de Sofia Kovalevski y, si yo tuviera que definirlo, diría que se
trata de pura Historia, un género de Historia emocional, subjetivo,
confesional, pero ante todo Historia. Hacía mucho tiempo que no
lograba conmoverme hasta tal punto con la lectura. De todos los
cráteres de la luna, el de Sofía es, sin duda, el que destila mayor
tristeza.
lunes, 15 de septiembre de 2014
martes, 27 de mayo de 2014
El alienista
A pesar de lo que afirma
Massaud Moisés en el prólogo que encabeza la edición de Círculo
de Lectores en la colección Estación Lectura, El alienista
de Machado de Assis es una novela, micronovela si se quiere (ya que
ahora parece que tenemos que remarcar de forma automática y
obligatoria la independencia y la excepcionalidad de todo aquello que
tenga la condición de breve y se mueva en el terreno de la
narrativa) pero novela al fin y al cabo, al estilo clásico, con
todos sus mimbres y cumpliendo la prototípica secuencia de
introducción, nudo y desenlace. Con sencillez, el relato nos va
llevando por los caminos de una comedia disparatada a la situación
insostenible de una ciudad en la que parece haber más población
dentro del recinto de la casa de Orates que fuera de él. El
doctor Simón Bacamarte va dirigiendo sin darse cuenta el curso de
unos acontecimientos que se desbocan al ritmo de los vaivenes
sufridos por su propia concepción de la enfermedad mental y,
complementariamente, de la normalidad psicológica. El alienista,
como novela, cumple su función más estricta: divierte. La lectura
de narrativa es siempre un instrumento evasivo. Cuando se mezcla con
el humor, la narración está obligada a proporcionar entretenimiento
y, en este caso, sin duda, lo consigue a través de la corriente de
sucesos en los que desemboca cada una de las decisiones de su
protagonista y, sobre todo, en la emergencia de los antagonistas,
entre los que destaca un barbero que bien podría ser el líder de
una revolución obrera.
Está
claro que se han cometido actos de auténtica barbarie en nombre de
la escabrosa necesidad de promover un pensamiento y un comportamiento
normales, estandarizados. Está claro también que la normalidad es
un concepto que no puede enarbolarse en la Psicología ni en la
Psiquiatría. No necesito que nadie me recuerde la estigmatización
que han venido y vienen sufriendo todavía toda esa pobre gente a la
que se etiqueta como enfermos mentales. Y sí, sé que todo cerebro
humano genera contenidos y tensiones de base psicótica, depresiva,
obsesiva, contenidos y tensiones del ámbito de la Psicopatología y
que, por tanto, son el núcleo de las llamadas enfermedades mentales.
Siendo todo esto cierto, no es menos cierto que se hace muy poco por
evitar el sufrimiento y la estigmatización trivializando y
estereotipando la imagen del profesional de la salud metal,
defendiendo una supuesta libertad de ser felices o infelices de otra
manera, queriendo cerrar los ojos ante la gran brecha que se abre
entre la indiscutible diversidad psicológica y la innegable
diferencia que se percibe en aquellos que, como se expresa claramente
en cualquier descripción de criterios para el diagnóstico
psicológico, presentan unos síntomas que les causan un gran
sufrimiento y les impiden la realización de sus vidas cotidianas.
Quienes no quieren ver esto o, simplemente, lo niegan demuestran no
tener el más mínimo conocimiento sobre la materia.
El alienista,
pues, divierte a pesar de recurrir al tópico o quizá, precisamente,
por recurrir a él. El humor, después de todo, encuentra siempre un
terreno abonado en la simplificación, la repetición y el recurso a
esquemas culturales fácilmente reconocibles y firmemente
establecidos. Por ello, ¿de qué serviría a estas alturas explicar
a cierta gente que su visión es reduccionista tomando como excusa
una novelita graciosa? ¿No me quedaría sin argumentos al admitir
que la novela cumple con la parte que le toca proporcionando la
necesaria evasión y el reconfortante entretenimiento que buscamos en
los libros? ¿No consiste el humor, precisamente, en no tomar
ninguna cosa demasiado en serio? Sí diré, sin embargo, que el
tópico facilita tanto como condena y que conviene tener cierta
habilidad para aprovecharse de él sin hacer del desenlace algo
accesorio, casi inevitable por su previsibilidad.
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No solo de pan
viernes, 11 de abril de 2014
La invención de Morel
Yo conocía a Bioy
Casares como el nombre que necesariamente aparece ligado a Borges, me
había hecho una idea de él como de una especie de escudero o, con
menor intensidad, un discípulo, alguien cobijado a una buena sombra
que había sabido ofrecer su colaboración al gran maestro. Sin duda
alguna, se trataba de un prejuicio, más por el momento temporal
previo de la cognición con respecto a la toma de contacto que por la
presencia de un tono valorativo en sí mismo. Lo cierto es que le
envidiaba su cercanía a ese Borges descomunal, por el que llegué a
sentir una admiración profunda (casi veneración). Alguien me había
recomendado la lectura de La invención de Morel,
pero no supe atender a ese consejo hasta muchos años después. Y lo
cierto es que no fue buena mi incursión inicial en la novela.
Precisamente por la conciencia del “esquema novela” que
interponía maquinalmente entre el libro y yo, había muchas cosas
que no terminaban de cuadrarme. Nadie puede dudar del género del
libro, pero se trata de un relato enrarecido en sus comienzos. El
tono de diario o, mejor dicho, de cuaderno de apuntes que parece
recoger las conclusiones de una experiencia que se vive en primera
persona me estaban desconcertando. Porque ¿cómo pueden no
desconcertar los datos siempre contradictorios sobre las mareas, los
adelantos estacionales, la presencia de dos soles luciendo en un
mismo cielo de forma simultánea? ¿Cómo no puede desconcertar que
un intruso no sea detectado aún cuando comete los errores más
notables, que parezca no ser visto pese a su torpeza o a su mala
fortuna? ¿Quién podía esperar, a fin de cuentas y después de
aquella vieja idea previa que sobre Bioy me había construido, que
iba a verme frente a una especie de historia de ciencia ficción más
bien intrascendente? Estaba equivocado. Mi desconcierto no iba a
guiarme hacia una opinión negativa o indiferente. Todo lo había
planificado el propio Bioy y lo había ejecutado con maestría en la
voz que narra en primera persona y con un tono de informe de
explorador, una voz que gradualmente consigue que desarrollemos hacia
ella una mayor empatía, un afecto creciente. Es evidente y demasiado
fácil, tan fácil que es casi faltar a la verdad, afirmar que la
respuesta está en Morel. Porque la realidad es otra, la realidad es
que la respuesta solamente puede encontrarse en Faustine y que La
invención de Morel es,
definitivamente, la más conmovedora de las historias de amor a las
que he asistido como lector.
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martes, 1 de abril de 2014
Historia de macacos
Es complicado hacerse a
la idea de que Historia de Macacos es un libro de relatos. Y
lo que dificulta esta idea es, precisamente, el primero y más largo
de los seis cuentos que lo conforman y que, además, proporciona el
título a la obra. Historia de Macacos, como narración, es un
ejemplo excepcional, un relato con la suficiente entidad como para
ser algo más. Yo me atrevería a decir que Historia de Macacos
es una genial y brevísima novela, que da cuenta de las consecuencias
inmediatas y lejanas de una simulación tanto en el ámbito de lo
social, como en el de lo personal, aunque esto quede más tapado y
dependa de la capacidad intuitiva e, incluso, empática del lector
con los personajes. No es fácil. No se presta el narrador,
precisamente, a un derroche de empatía y, mucho menos, el inspector
general Ruiz Abarca. Al comienzo, hay algo que no gusta, que chirría,
un ambiente demasiado artificial, creado y mantenido por un tipo de
discurso que, poco a poco, va desvelando su propia naturaleza y
apareciendo como lo que es, en una desnudez diáfana. Cuando acaba
por destaparse la hipocresía como eje que mueve a los títeres de la
colonia que sirve de contexto al relato, el lector ya ha
experimentado un cambio, ya se ha desplazado del límite de la
insoportabilidad hasta el distanciamiento, el humor y, según la
personalidad de cada uno, puede incluso llegarse a la compasión. No
sé si lo que voy a afirmar tiene algún atisbo de veracidad o es
sencillamente un disparate, pero lo cierto es que, mientras lo leía,
pensaba que Francisco Ayala, probablemente, habría querido que el
relato tuviera la importancia suficiente como para no formar parte de
algo. Sin embargo, sabría, por su propia experiencia anterior o
porque se lo comunicaran expresamente, que el mundo editorial
necesitaba más masa, mayor cantidad de materia para permitirle una
edición. Quizá por eso el nivel de los relatos descienda después
del primero. No se trata, estrictamente, de malos cuentos.
Simplemente son cuentos, cuentos defendibles pero que no son
necesarios después de Historia de Macacos. Quizá por eso se
trace también en ellos un retrato de la hipocresía, de la estética
de lo superficial y lo aparente, de la incapacidad para enfrentar los
verdaderos temores, los sentimientos que verdaderamente revuelven la
conciencia. La humillación del capitán Ramírez, el empeño del
Boneca en ocultar su antigua sensación de fracaso, la vergüenza que
asalta a Trude cuando confía su amargura a Sara y rompe a llorar en
público, el conflicto entre Antuña y Durán por los vestidos de sus
esposas o el trauma que causa en Orozco la sospecha de que alguien
pueda estar teniendo un mayor reconocimiento que él mismo, no son
más que las muestras de una sociedad enferma, una sociedad que, al
no ser capaz de enfrentarse a las verdaderas realidades, a los
verdaderos hechos, con crudeza, opta por taparlos de la manera más
sencilla, iluminando otras esferas de acción y discusión, ignorando
y reprimiendo determinados contenidos psíquicos. Muchos no lo saben,
pero la historia de Francisco Ayala es la historia de uno de esos
eternos candidatos al Premio Nobel de Literatura. Durante muchos años
y aunque nunca apareciera en las quinielas, algunas personalidades
del mundo académico español, entre quienes figuraba Manuel Ángel
Vázquez Medel, promovieron sin éxito la candidatura del narrador
granadino. Mientras tanto, Francisco Ayala envejecía de manera
sorprendente en su casa de Madrid. Con una lucidez envidiable,
sabiendo cuál era el sitio que le correspondía a un escritor
retirado que siempre había estado fuera de los focos de atención de
los medios. Francisco Ayala dio una lección magistral de
envejecimiento y llegó a los 103 años, sin renunciar a su costumbre
de tomar cada día, a media mañana (a esa hora que algunos llaman
del aperitivo), un trago de whisky. Supongo que es así como me gusta
recordarlo o, más bien, imaginarlo en la ficción de un recuerdo,
sentado en la cocina, con la serenidad de quien ha hecho casi todo lo
que se ha propuesto y siempre lo ha hecho bien, con esa tranquilidad
del que ya no espera nada, del que no necesita que le llamen desde
Estocolmo para confirmarle que fue un gran narrador, que sus libros
merecen no caer en el olvido.
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miércoles, 5 de marzo de 2014
Todo modo
Es fácil caer en la
tristeza o en la incomprensión al enfrentarse al desmesurado
contraste entre la imagen que está trascendiendo de Italia en los
últimos años y aquella otra Italia intelectualmente esplendorosa de
los años 70, aquella Italia que deslumbró al mundo entero con su
cine, que fue un ejemplo admirable de la cohabitación entre el
compromiso político y social del artista y la calidad de los
productos culturales, aquella Italia dispuesta a renovarse, a
denunciar todo exceso por parte de las élites sociales. La catarata
de pensamientos se serena cuando se piensa que fue aquel mismo país,
en aquel mismo momento histórico, el que asesinó a Pasolini. Todas
estas ideas se arremolinan en mi cabeza después de la lectura de
Todo modo, novela que publicó Leonardo Sciascia en 1974 y
cuya primera edición española se produjo poco después, en 1976,
año en que también fue llevada al cine. Se trata de una novela de
denuncia que tiene el buen oficio de la literatura policíaca y que,
hilvanado al relato de los delitos y la búsqueda de los culpables,
lleva una reflexión sobre las diversas formas de ejercer el poder,
sobre la corrupción, la invasión de las administraciones públicas
por parte de los intereses privados, la falta de separación entre
los asuntos de la Iglesia y los asuntos del Estado, la forma en la
que se desdibuja la justicia cuando los culpables están en un
escalafón social tan alto que les permite observar todo, incluso la
ley, desde una plataforma de privilegios. La trama es y no es,
simplemente, una excusa, es decir, es lo suficientemente sencilla
para no desvirtuar el trasfondo crítico de la obra. De la misma
forma, tiene la necesaria solidez e independencia para no quedar
reducida a un puñado de páginas que justifiquen una moraleja. Un
pintor que conduce por una carreta secundaria decide tomar un desvío
hacia una ermita que no conoce y que le genera cierta curiosidad.
Allí encuentra al padre Gaetano, el responsable de haber convertido
una ermita que encierra una falsa leyenda en un hotel de lujo y,
además, el director de una serie de ejercicios espirituales en los
que van a participar grandes personalidades de la política, la
industria y la Iglesia. El padre Gaetano es el prototipo de hombre
sin remordimientos, alguien que actúa, exclusivamente, en función
de su propio beneficio, capaz de no responder a ninguna pregunta,
capaz de desviar el foco de cualquier tema, capaz de hablar largo
tiempo sin llegar a profundizar nunca, un hombre que entra y sale de
cada escena sin que se oigan sus pasos, alguien de quien solo somos
conscientes cuando caemos en la cuenta de que debe llevar un rato en
el lugar, mirándonos y oyendo todo lo que decimos. Sin embargo,
rompe el estereotipo que se espera de él como miembro una Iglesia
que se ha olvidado de la salud del alma y de la pobreza de corazón
al enfrentar a la intelectualidad del protagonista una inmensa
cultura y un vasto conocimiento de la literatura. El padre Gaetano es
un dirigente en la sombra, alguien cuyo inmenso poder real no se
corresponde con su posición en la estructura; es ese personaje que
se ha dado cuenta de que conviene más el respeto que la visibilidad
cuando se pretende tener una capacidad ilimitada de influencia sobre
aquellos que manejan los destinos de un país. La previsible
facilidad en la que parece que iban a desenvolverse las jornadas de
ejercicios espirituales, entre el buen vino y una gastronomía
cuidada, con los participantes relajados sin la presencia de sus
familias y debidamente acompañados por sus amantes, con la firmeza
discursiva del padre Gaetano, se rompe repentinamente con un
asesinato que se produce en medio de la confusión de una actividad
colectiva, confusión que impide conocer al culpable, ya sea por la
imposibilidad de haber visto algo en medio del tumulto, ya sea por
miedo, por complicidad. Los asesinatos no se detendrán. Llegarán a
tres. Y la llegada de un comisario de la policía y de un juez de
instrucción no tendrán ninguna capacidad de esclarecimiento sobre
los hechos. El propio juez admite, aunque esto suponga apuntar sobre
su incapacidad, su cobardía, su incompetencia, que nunca se podrá
identificar a los responsables, que ninguno de los implicados está
interesado en la justicia, que solo tratarán de taparse los unos a
los otros. No es difícil después de haber leído Todo modo
pensar en lo incómodas que son estas gentes para el normal
funcionamiento de una democracia, como son incómodas las voces
insumisas para estos personajes que han usurpado de forma meticulosa
todas las esferas de la vida pública. No es difícil después de
haber leído Todo modo recordar ciertos episodios deplorables
que se han producido recientemente en la vida pública italiana y también, cómo no decirlo, en la justicia española.
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sábado, 1 de febrero de 2014
Llegar demasiado tarde
A medida que se acercaba
el momento en que se anunciaría el nombre del galardonado en 2013
con el Premio Cervantes, como pasa siempre, iba intensificándose el
fenómeno quinielas, ese discurso especulativo que hace las veces de
cotilleo y prensa rosa entre los aficionados al mundo de las letras y
que, casi invariablemente, amplifica nuestra sensación de sorpresa
cuando, por fin, se hace público el ganador. Este año sonaba
Ernesto Cardenal y le tocaba a un autor latinoamericano. No se
cumplió el pronóstico y, aunque no hagan falta motivos que
expliquen el hecho, lo cierto es que los hay. El jueves de esa misma
semana, escuché la sección de Jorge Barriuso en Hoy empieza
todo, que dedicó a la entrega del Cervantes, y me di cuenta de
lo ingenuos que podemos llegar a ser. Como bien resumía el lúcido
comentarista radiofónico cuando se refería a la posibilidad de que
el premio hubiera recaído en Ernesto Cardenal, es muy complicado que
le otorguen un premio oficial a una voz extremadamente incómoda,
incapaz de sumirse en un silencio reconfortante para el orden
establecido, siempre dispuesta a enfrentar la realidad social y
política ante el discurso dominante. Porque, en el fondo, eso es lo
que provoca Ernesto Cardenal entre los guardianes de la estructura y
la jerarquía, una gran sensación de incomodidad e inquietud. Por
eso, se hicieron tan famosas aquellas imágenes en las que Karol
Wojtyla regañaba públicamente al poeta inmediatamente después de
bajar de un avión. Desde una óptica europea y laica, es difícil
comprender por qué este hombre siente la necesidad de ser sacerdote,
de pertenecer a una institución que perpetúa las relaciones de
desigualdad contra las que él viene luchando desde hace tanto, que
se ha mostrado tan firme en la represión del pensamiento y la
ideología de la que el propio Cardenal es partícipe. Supongo que,
desde su óptica suramericana empapada de una realidad social y
cultural muy diferente a la nuestra, es fácil encontrar en los
Evangelios el mensaje liberado y de revolución social que le
mantiene erguido en su camino. Tuve la ocasión de ver de cerca al
poeta, de comprobar su aspecto de anciano eminente, de entender el
halo de sabiduría que se desprende naturalmente de su imagen.
Estreché su mano, me firmó una antología que, sería más de un
año después, mi primer contacto con su obra. Su poesía es una
demostración de lo artificiales que resultan los cercos entre
géneros y disciplinas. Lo que hizo Galeano en “Las venas abiertas
de América Latina”, lo hace Cardenal con sus poemas. Si el
uruguayo es capaz de analizar políticamente las relaciones de
desigualdad en el continente americano con un lenguaje literario,
Cardenal es capaz de construir un discurso poético desgarrado que
denuncia estas mismas relaciones de desigualdad con un rigor de
analista político. Su poesía es, además, desde un punto de vista
exclusivamente personal, una invitación al autorreproche, a
cuestionarme qué demonios hacía yo perdiendo tantísimo tiempo con
la televisión y la Megadrive, por aquellos finales de los
años 90. Como me ha ocurrido con tantos otros libros, he sentido al
leer a Cardenal la convicción de que habría disfrutado muchísimo
más de sus poemas si hubiera llegado a ellos antes, un poco más
joven y este tipo de pensamientos, como ya sabéis, inducen demasiado
a la melancolía. No quisiera terminar sin hacer una referencia a los
poemas de temática amorosa que aparecen al comienzo de la antología
de Valparaíso (libro que toma como excusa esta columna). En mi
experiencia como lector, siempre me ha llamado la atención la
estrecha relación que existe entre la habilidad para escribir poemas
de corte reivindicativo y político y la sensibilidad para crear una
buena poesía amorosa, relación que puede constatarse especialmente
en el caso de los poetas latinoamericanos de la segunda mitad del
siglo XX. Me imagino que no es nada original lo que estoy planteando,
pero creo que es una tesis sobre la que se puede argumentar mucho y
con la que se puede emborronar mucho papel. Prometo no hacerlo.
Simplemente, la dejo esbozada como línea final de reflexión.
domingo, 19 de enero de 2014
Crónica de una muerte anunciada
Le
debo a García Márquez lo que podríamos llamar el comienzo de un
interés “serio” por la lectura. En concreto, se lo debo a Cien
años de soledad. Sin
embargo, tuvieron que pasar muchos años desde que terminé de leer
de El amor en los
tiempos del cólera,
puede que más diez, hasta que me decidí a saldar una de mis cuentas
pendientes con el colombiano. Dejo para algún otro futuro El
coronel no tiene quien le escriba.
Hoy nos toca Crónica
de una muerte anunciada,
un libro que me habían recomendado hasta la saciedad cuando estaba
leyendo otros de García Márquez y del que siempre me destacaban
como una de sus ventajas lo rápido que se podía leer. Y es cierto.
Esa es la impresión que domina la lectura de esta novela desde su
comienzo, esa agradable sensación de percibir que podrías bebértela
de un trago. El mecanismo que sostiene esa anestesia, la droga que
produce tal efecto es, evidentemente, la prosa exquisita y cuidada,
esa forma de usar el español que, a ratos, nos hace amar y temer a
este genial novelista. Puede llegarse al empacho de García Márquez.
Está claro. Pero, como todo lo que puede producir empacho, su arma
fundamental está en el sabor y el sabor de su narrativa es
indudable, inconfundible, inapelable. Crónica
de una muerte anunciada,
desde mi punto de vista, tiene, además, la virtud de estar contada
en tono de monólogo amistoso. Uno prepara café y se siente como
acompañado con el libro, como si estuviera escuchando una vieja
historia de la voz de un compañero de la infancia. Y, curiosamente,
no por eso pierde su pretendido carácter de crónica, de
particularísimo ejercicio a la vez periodístico y de ficción, que
aclara sin desvelar la claves fundamentales, que expone
exhaustivamente dejando que el lector y cada uno de los personajes de
la obra tengan un punto de vista propio. Porque, al final, todo queda
descriptivamente desvelado, detalle por detalle, sin que pueda darse,
en cambio, una sola razón que explique lo que ha sucedido, que
aclare la responsabilidad de un crimen y de una gran falacia. Al
final, nadie es capaz de justificar el comportamiento Ángela Vicario
y es imposible ponerle nombre a su cómplice de alcoba primigenio, al
personaje insignificante para la trama, escondido entre el asesinato
y el matrimonio fracasado, anónimo para ambos mundos, el interior y
el exterior a la novela y que, precisamente por eso, por no ser el
protagonista de nada, se salva de todo drama formando parte de la
inmensidad de vidas normales, vidas que no destacan entre la masa.
Mientras leía, mientras iba avanzando entre las casualidades fatales
y la desidia de todos los personajes que es, también, semilla
imprescindible para la tragedia, recordaba uno de los pocos consejos
que doy con orgullo y convicción cuando alguien me pide opiniones
sobre los avatares de su vida personal tomando como excusa mi
formación psicólogica. Yo, que siempre me he considerado muy mal
psicólogo, he recomendado, en cambio, muchísimas veces algo muy
sencillo, tan evidente que me da vergüenza escribirlo: las cosas hay
que hacerlas cuando tienen sentido (sentido temporal, se
sobreentiende), hay que hablar sobre los conflictos con la gente
cuando se tiene la más mínima oportunidad. Al mismo tiempo, venía
a mi mente un tema muy calderoniano, en concreto, el que se trata en
La vida es sueño:
el destino no es un ente inamovible al que debemos rendirnos. Porque
es eso lo que sucede en la historia de Santiago Nasar. Desde el
comienzo, todo es desenlace, todos dan por hecho el trabajo que nadie
se atreve a hacer. En el fondo, parece que lo dan por muerto desde el
instante en que se consuma la amenaza. Con un tono descreído, parece
que todas esas voces fingen cuando afirman que nadie tomaba en serio
a los cuchilleros, parece que todos mienten cuando afirman que
pensaban que el inminente muerto tenía que estar enterado ya de lo
que iba a suceder. Afortunadamente, me comían los nervios por la
indolencia de un pueblo entero, me indignaba la ligereza con la que
Ángela elige quién debe morir, me torturaba la cadena de
infortunios casuales que condenan a tres hombres a convertirse en
leyenda, me causaba turbación la imagen de un hombre que sonríe
mientras se sujeta las vísceras. Afortunadamente, repito. Porque es
una suerte encontrar libros en los que uno pueda pensar y casi sentir
de manera tan intensa. Afirma García Márquez con disgusto, a través
de la voz que narra en el libro, que la vida se parece demasiado a la
mala literatura y puede ser verdad. Contradictoriamente, también es
cierto que la buena literatura o, al menos, la buena narrativa lo es
por su tremendo, por su terrible parecido a la vida. De momento y por
suerte, seguiremos sin encontrar una solución aceptable a este
dilema.
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martes, 14 de enero de 2014
La Caja Negra
Apuntaba al escribir
sobre El animal moribundo
que, a veces, se disfruta más de un buen escritor cuando, en su
obra, plantea afirmaciones con las que no podemos estar de acuerdo o
sentirnos cómodos. Empiezo esta semana gozando del placer de
contradecirme. No voy a retractarme de lo que ya he escrito, pero sí
voy a afirmar hoy el placer que supone encontrar sentencias y
proposiciones de las que uno no puede disentir, incluso, más allá,
ideas similares a otras que ya se había estado rumiando, aunque el
planteamiento no fuera exactamente el mismo. Porque, ante todo, La
caja negra de Josep María
Rodríguez, un poemario editado por Pre-textos y que ganó en 2003 el
premio Emilio Prados, es (o, al menos, a mí me lo parece) la
confesión de un aprendizaje, una manera de dejar constancia de
algunas certezas, codificadas y construidas con el material que
proporciona el propio discurrir en que consiste estar vivos. En este
sentido, “poética” define a la poesía como “Buscar la aguja
del instante eterno. / No el poema, / sino aquello que va a durar por
siempre para mí”. La actitud de búsqueda y contemplación bastan,
ya que, como se dice al final del poema: “La memoria, / después, /
impone un orden.” En el primero de los textos que compone el libro,
en la primera página, puede leerse: “Todo es cuestión de ciclos.”
¿Y quién se atreve a negarlo? ¿Quién no se siente reconfortado de
encontrar una verdad semejante en la voz del poeta al que se le
concede la autoridad a través del acto de lectura? Es tan
innegablemente cierto como lo son los tópicos, esas expresiones que
desdeñamos sin darnos cuenta de su capacidad de vertebración de un
marco de referencia. Y ésta es la idea que late en “intermitencias”,
cuando el poeta admite lo que muchos no están dispuestos a admitir:
Igual que este
paisaje,
mi idea de mí mismo
ha ido cambiando:
no puedo estar del
todo satisfecho.
Sé que parece un
tópico,
pero los tópicos
-como vallas
a ambos lados de la
carretera-
dan seguridad,
nos delimitan.
Prácticamente,
estoy de acuerdo con todas las afirmaciones categóricas que se hacen
en el libro: la capacidad de la felicidad para generar confusión, la
seguridad de que está la nada detrás de cada una de las grietas que
podemos identificar en la existencia, la ausencia de razones que
justifica el amor (y, en general, cualquier afecto, elección o
preferencia), la escasa relación que existe entre la necesidad de un
reencuentro y la posibilidad de que suceda, la fascinación que tiene
lo lejano frente a lo anodino que parece lo que tenemos delante, la
vida como una órbita trazada alrededor de la palabra muerte, la
muerte como un sol hecho pedazos, la constancia de que es inútil
otorgar un sentido a todo, como inútil es andar contando el tiempo
que nos queda puesto que:
Vivir es abrazar
oscuridades:
de lo que no sabemos a
lo que no sabemos,
desde una lejanía a
otra lejanía.
Todo es inaccesible.
Desde
esta óptica, la pérdida es inevitable. Incluso cuando tocamos el
mundo, los objetos, vamos dejando en ellos un rastro, el de nuestros
días, la prueba incontestable de haber vivido. Por otro lado, no es
difícil concluir cuál es la labor del poeta como constructor de
estos discursos. Está claro que su función principal es la del
notario, que recoge de forma manifiesta todas esas semillas de
conocimiento y las hace constar en cada verso. Por eso, afirma
Rodríguez en “las semillas del viento”: el horror
necesita de mis ojos. Porque,
después de todo, la poesía tiene algo de vanidad, de búsqueda de
un nivel intelectivo de autosatisfacción. Al fin y al cabo, por
mucho que el poeta centre su foco en la otredad (un ejemplo
paradigmático es la persona amada) siempre está hablando de sí
mismo. Y así, descubrimos que es sincera, irrevocablemente sincera,
la toma de conciencia que se intuye en el poeta en “principio y
fin”, el último de los poemas del libro:
Y hablar de ti,
en el fondo,
también es una forma
de egoísmo.
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Josep María Rodríguez,
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sábado, 28 de diciembre de 2013
El animal moribundo
“No importa cuánto
sepas, no importa cuánto pienses, no importa cuánto maquines,
finjas y planees, no estás por encima del sexo”. Esto piensa
David Kepesh y no voy a ser yo quien diga que se equivoca. No puedo
evitar, en cambio, pensar en este tipo de planteamientos como un puro
“reduccionismo” (palabro que incomprensiblemente no está
recogida en el diccionario), otra
más de las generalizaciones en las que vive sumido nuestro
imaginario social y cultural desde que todo el mundo tiene el derecho
a erigirse como un especialista en el conocimiento de la mente y el
comportamiento humanos. No seré yo tampoco quien niegue el valor
fundamental de la actividad sexual en la configuración social y
psicológica del ser humano. Probablemente, se pueda llegar a ser más
radical desde un punto de vista más simple: es una cuestión de
salud global. Sin un sexo liberado y normalizado, no puede haber
sujetos ni sociedades sanas. Nuestro código de intelectualidad desde
mediados del siglo XX, sin embargo, nos dice que para ser un
interlocutor respetado tienes que asumir la omnipotencia del sexo
como fuerza capaz de doblegar voluntades y única religión ante la
que merece la pena doblegarse. El problema es que todo planteamiento
religioso tiene una materialización. Siempre hay una imagen frente a
la que rendir adoración. Y todos aquellos que hacen este tipo de
declaraciones acaban volcados en una constante actitud
fundamentalista que les arrastra a situaciones y conductas que, fuera
de su ámbito religioso, probablemente percibirían como
ridículas. Y esto es lo que acaba por sucederle a David Kepesh. Y
¿quién es David Kepesh? Se trata del protagonista que narra en
primera persona narrador la novela El animal moribundo de
Philip Roth. David Kepesh es un reputado profesor universitario y
crítico cultural que ha envejecido muy bien y tiene la costumbre de
seducir a sus alumnas de doctorado. En una confesión íntima a un
oyente desconocido, hace una crónica de su autodestrucción personal
desde que inicia una relación con Consuelo, la bellísima hija de
unos exiliados cubanos que tendrá, sin quererlo, un poder ilimitado
sobre la estructura mental de Kepesh. El hombre tan seguro de sí
mismo, tan consciente de su edad pero sin un solo atisbo de miedos,
se convierte en, poco menos, que un fiel obediente sin ningún tipo
de control ni autoridad sobre su pensamiento y sus deseos. Es
frecuente que admitamos, sin ningún género de dudas y muy
orgullosos de nosotros mismos, que la vida es incontrolable y que
nada podemos hacer para frenar las sacudidas del azar y del incierto
futuro. Y lo decimos con tranquilidad. Solo perdemos los nervios
cuando verdaderamente entendemos lo cierto que es aquello que
afirmábamos sin temor. Solo cuando nos encontramos ante la verdadera
dimensión de la tragedia, la pérdida, el sufrimiento, somos capaces
de tomar conciencia esta afirmación. Y, una vez más, esto es lo que
sucederá a Kepesh cuando se enfrente a su verdadera dependencia con
Consuelo, cuando se enfrente a fuerzas que relativizan por completo
ese supuesto carácter omnipotente del sexo, aunque no esté
dispuesto a admitirlo jamás, bajo ningún concepto. “El cuento de
hadas más encantador de la infancia es el de que todo sucede en
orden.” Reflexiona Kepesh cuando se enfrenta a un dolor
inabarcable, a una realidad en la que sus actos y su sistema de
valores no tienen ninguna posibilidad de transformación. “El
auge y la caída del condón es la historia sexual de la segunda
mitad del siglo XX.” Nos dice
mientras mantiene su compostura de pensador liberado, que solo ve con
buenos ojos la sumisión al dios sexo. Hacía tiempo que tenía ganas
de leer a Philip Roth. Y me alegro de haber leído muchas
afirmaciones en boca de uno de sus personajes que me han hecho dudar
y con las que no puedo mostrar mi acuerdo de forma plena. Está claro
que es más fácil identificar a un buen escritor cuando postula lo
que no te gusta. Solo entonces la calidad literaria sostiene el
juicio del lector. El animal moribundo
es una novela corta, recomendable, fácil de leer y con un giro
argumental que cambia, por completo, la mirada con la que analizamos
a la voz que parece deshacerse en cada página, a ese hombre que
parece envejecer en ciento veinte páginas lo que no ha envejecido en
cuarenta años. Interesante primera incursión en el universo
narrativo de Roth. No será la única.
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sábado, 21 de diciembre de 2013
Inventario del desorden
Creo que recordar que fue
a finales del verano de 2003, cuando asistí al curso “Figura y
presencia de Rafael Alberti”, una de las opciones que ofrecía el
programa de verano de la UNIA en la sede de Baeza. He de reconocer
que, más que por don Rafael, fui al curso por los ponentes que
participarían en él y porque me resultaba muy atractiva la idea de
pasar cinco días en Baeza. No me equivoqué en las expectivas y no
sé si esto es una crítica a aquella actividad formativa o un halago
a mi capacidad de intuición, pero lo cierto es que, tal y como
suponía, el curso parecía haber sido dispuesto por Luis García
Montero a la medida de sus amigos poetas que iban a participar en él.
Aprendí de Alberti, no puedo negarlo (aunque a un autor se le
conoce, sobre todo, en la lectura de su obra y yo ya había leído un
buen puñado de libros de él cuando llegué a Baeza), pero también
pude disfrutar de lecturas de poemas de algunos de los nombres por
los que más curiosidad sentía en aquel momento: Benjamín Prado,
Ángeles Mora, el propio García Montero y Felipe Benítez Reyes. No
conocía, sin embargo, a un tal Antonio Jiménez Millán que, después
de hacer una lúcida reflexión sobre la unidad entre escritura y
vida, leyó uno de sus poemas en el que analizaba la figura de su
padre y me dejó sinceramente impresionado. Recuerdo haber decidido
que tenía que leer ese libro, Inventario del desorden,
y ahí termina la primera parte de la anécdota. La segunda es que
acabé por comprarlo, pero no para mí. Lo compré para regalárselo
a mi amigo Álvaro por su cumpleaños un 28 de mayo de 2004. La
tercera es que, diez años después de su descubrimiento y habiendo
recordado todo esto, le solicité un préstamo a Alvarito y me
dispuse saldar aquella vieja deuda. Siempre me ha gustado eso que, de
forma genérica, conocemos en España como poesía de la experiencia
y que algunos llaman (yo creo que de forma más acertada) línea de
la claridad. Por otro lado, desde que (hace unos cuantos años) me
dio por escribir sobre mi familia y tomé la decisión de empezar por
mi padre, cualquier texto, en cualquier género, que tenga como eje
central la revisión autobiográfica de la figura paterna me interesa
mucho, casi de forma enfermiza. El libro no me ha decepcionado y
tengo que decir que, en mi opinión, trasciende las características
habituales de la poesía de la experiencia, tanto en los contenidos
como en la métrica. Volver en la lectura privada a aquel poema que
hizo las veces de gancho ha sido un placer estético y me ha
resucitado aquellas mismas impresiones que, veladas por todo este
tiempo que ha pasado, recuerdo haber tenido al escucharlo. A medida
que se van pasando páginas, no es difícil encontrar sentencias,
frases tan incontestables, ante las que no se puede más que asentir.
También, se encuentran, en cambio, y esto es muy evidente en los
nueve poemas incluidos en la sección “Calma aparente”, textos
que parecen construidos con retazos y cuyo fin último parecería ser
la búsqueda o el incremento de una posible audiencia, menoscabando
incluso la propia coherencia discursiva del que escribe. Por otro
lado, y en ese más que comprensible ahondamiento en la capacidad de
asombro que puede despertar el espanto, lo terrible, creo que, a
veces y sin ser patrimonio exclusivo de Jiménez Millán, cae la
poesía española con frecuencia en la construcción de un tono
presuntusosamente hermético, confundiéndolo con aquella vieja idea
(y lo digo por gastada y un poco rancia en este caso concreto) de la
necesidad de mantener el misterio del poema. O, al menos, eso es lo
que me dictan mi incompetencia como crítico y mi escasa capacidad
para la interpretación. No puedo dar por cerrada esta columna sin
recomendar dos conjuntos de cuatro poemas cada uno que aparecen en la
sección del libro “Fábulas”. El primero de ellos, “Fábula y
despedida”, es un impresionante relato del encuetro sentimental y
erótico enunciado desde una frontera confusa entre sueño y vigilia,
entre realidad vivencial e imaginación. “El pasajero”, escrito
usando los ropajes fronterizos del poema en prosa, es un auténtico
acierto intelectual que identifica el tiempo con un personaje
errante. Sencillo, pero inapelable. Así es, de hecho, la poesía de
Antonio Jiménez Millán y su apuesta por la falta de artificio, por
la emoción desnuda. Son muchas las muestras a lo largo del poemario,
pero me quedo con la idea que esboza al volver en “Calle Jazmín”
al barrio en el que se desenvolvió su infancia:
pienso también que la
literatura
abusó de castillos
góticos,
bosques perdidos,
fríos páramos
desiertos,
lagunas y mansiones
señoriales.
Basta una esquina
sórdida,
sin alma ni misterio,
a plena luz del día.
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jueves, 19 de diciembre de 2013
¿Un réquiem para Uniradio?
Si hoy fuera un jueves
corriente, habría encendido el ordenador esta mañana pensando en
qué voy a escribir este año para despedir el trimestre y felicitar
la Navidad a los oyentes de Las Afueras tomando como pretexto algún
punto de partida literario. Seguramente, ahí estaría la principal
dificultad. Después de todo, la gente no se toma a mal que repitamos
discurso llegados a estas alturas del año y, por otro lado, tampoco
hay demasiadas opciones de maniobra. Como siempre, acabaría por
admitir que entiendo perfectamente a los críticos y a aquellos
acusadores del consumismo, pero también pediría un poco de
distancia y recordaría que hay muchas formas de tomarse estas
fiestas, que tampoco podemos hacer nada por eludirlas y que, al fin y
al cabo, nos dan una excusa inmejorable para abusar de la compañía
de la gente a la que apreciamos. Como todos los años, también,
aconsejaría regalar cultura, especialmente, regalar libros y, en
concreto, a los niños. Ya sabéis que, debido a mi oficio y a mis
convicciones personales, sigo manteniendo la ingenuidad de creer
firmemente en el poder de transformación y regeneración social de
cualquier acto educativo. Teclearía con la prisa habitual de cada
semana y pensaría que, afortunadamente, aún me queda en reserva un
libro para reseñar, La
invención de Morel,
y entre este y las lecturas de Navidad (espero terminar Los
heraldos negros,
Trilce
y algo de Natalia Ginzburg o Machado de Assís, ya veremos) tendría
margen suficiente para seguir compaginando las lecturas con la
gustosa y autoimpuesta obligación de la columna semanal para el
programa. Sin embargo, poco sentido tiene ya todo esto cuando se
cierne sobre Uniradio la más que probable certeza de un cierre
injusto y vergonzoso. Uniradio es un proyecto cultural libre con una
trayectoria susceptible de causar envidia en cualquiera de los
rincones de este país. Se trata de una iniciativa que se dedica
única y exclusivamente al enriquecimiento de la Universidad como
institución y de la vida en la capital y la provincia. No es,
simplemente, que cualquier proyecto de estas características salga
barato, en sí mismo, atendiendo a los beneficios sociales que
genera. Además, Uniradio es un proyecto económicamente barato que
vuelve a demostrar, una vez más, que el problema de esta crisis no
es que no haya dinero para nada, es que hemos decidido recortar en lo
importante y priorizar lo innecesario, lo superfluo. El cierre de un
medio de comunicación es siempre, invariablemente, un drama, pero
las palabras se muestran, desde un punto de vista semántico,
insuficientes cuando es una universidad pública la que no tiene
reparos en dejar morir a la que, probablemente, es una de sus grandes
virtudes y una de sus señas de identidad. No sé si el Rector lo
sabe, pero gran parte del respeto que se ha ganado la Onubense
en estos últimos años se debe al buen hacer de Uniradio. Se me dirá
que no soy objetivo, que formo parte de su red de colaboradores, y yo
diré orgullosamente que sí, que me niego a ser objetivo cuando he estado seis años, dos meses y ocho días tratando de aportar algo,
por pequeño e insignificante, que fuera a la maquinaria de difusión
cultural ha sido esta radio. Recuerdo con nitidez mi primera columna,
un once de octubre de 2007, en la que, a partir de un verso de
Cernuda, reflexionaba sobre la capacidad de desencadenar pensamientos
que tienen los cambios en el tiempo atmosférico. Divulgalia
fue el programa que me dio la libertad de un espacio semanal para,
tomando como excusa la cultura, hablar sobre lo que quisiera.
Después, como sabéis, acabé trasladándome a la periferia con Las
Afueras
y me centré en la Literatura. Y, en esto, se resumen unos años
imborrables en los que hemos charlado hasta la saciedad sobre
premios, autores, poéticas, editoriales y, sobre todo, libros. Así
que no puedo hacer otra cosa más que, en conciencia, dar las gracias
a Manuel González Mairena y Manuel Arana por todo este tiempo y
admitir que también siento un dolor egoísta por el cierre de
Uniradio, ya que este espacio semanal es la actividad cultural más
importante que he venido desarrollando y ahora, desgraciadamente, parece que voy a
verme privado de ella. Escucho mientras escribo estas líneas un
álbum de The Brian Jonestown Massacre cuyo título plantea un
interrogante absurdo y sin respuesta: Who
Killed Sgt. Pepper? Espero
que, dentro de algún tiempo, nadie tenga que preguntar quién cerró
Uniradio porque se trate de una pregunta ridícula, sin sentido y,
por supuesto, sin respuesta.
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lunes, 9 de diciembre de 2013
Delito y escarmiento
Empieza a parecerme
demasiado casual que, teniendo en cuenta el tipo de preocupaciones
literarias con las que pierdo o construyo mi tiempo, me haya
tropezado por segunda vez con una obra maestra de la literatura
universal en el género novela que, no es que no me haya gustado, más
bien, me da la impresión de que algo no me ha dejado disfrutarla con
plenitud. Evidentemente, un lector de idioma único (como yo lo soy)
no puede valorar el nivel de excelencia de una buena traducción. Sin
embargo, sí puede identificar o, al menos, sospechar que se
encuentra ante una mala. Y, volviendo al hilo inicial, ya es
casualidad que, en ambas novelas, haya encontrado indicios (por
decirlo suavemente) de cierta negligencia en la traducción. Además,
y para cerrar el círculo, es una tremendísima casualidad que ambas
novelas las haya leído en la misma colección de la misma editorial:
Cátedra Letras Universales o, para que nos entendamos, la colección
blanca de Cátedra que reúne clásicos de la Literatura Universal
escritos en una lengua que no sea española y que, por tanto, son
traducciones. Una editorial que, por cierto, tiene la imperdonable
dejadez de no marcar con tilde la cualidad de esdrújula de su propio
nombre en las portadas de los libros que pertenecen a las colecciones
Letras Universales y Letras Hispánicas. Cuando leí Rojo y negro,
mi nivel de autocensura me llevó a asumir que era mi culpa, que no
tenía el hábito de leer ese tipo de novelas. Después de haber
leído Crimen y castigo,
pienso que cierta responsabilidad debe tener también el editor para
que un lector que no tiene ni idea de ruso y se acerca por primera
vez a Dostoievski sepa descubrir errores de traducción. Pondré solo
un ejemplo. Dejando por un día a un lado el terror que suelo tener a
equivocarme o a ser demasiado visceral, una novela deja de resultarme
creíble cuando, en su segunda página, se transcribe el habla
interna, el pensamiento de un atormentado estudiante veinteañero
ruso del siglo XIX, con las siguientes palabras: “Esta
manía de hablar es consecuencia del último mes que me he pasado los
días y las noches tumbado en un rincón pensando... en los tiempos
de Maricastaña.” María
Castaña fue una heroína gallega que lideró en 1386 una revuelta
popular contra los abusos del poder eclesiástico. Dudo mucho que un
tal Raskolnikov pudiera llegar a conocer esta historia que no conocen
muchos españoles (confieso que acabo de consultarlo en Wikipedia).
La expresión, aunque muy popular, no creo que tuviera el alcance
necesario como para llegar al ruso coloquial de los suburbios más
deprimidos de San Petersburgo a mediados de aquel siglo. Entiendo
que, a veces, el traductor ha de tomar decisiones complicadas para
facilitar la comprensión del lector futuro, pero ese problema no
justifica cualquier opción. Como bien decía Borges, se puede usar
en un poema azul o azulado, pero jamás azulino, por mucho que el
término sea estrictamente correcto. Por lo demás, esta reseña de
Crimen y castigo no
puede ser más que una reseña limitada, como limitada es la
“versión” que he leído. A pesar de ello, la obra se muestra en
su majestuosidad y, una vez terminada, el lector acaba admitiendo,
sin ningún género de dudas que se encuentra ante el mejor relato
posible del remordimiento, ante una intrahistoria del arrepentimiento
y el tormento intelectual. No necesitaría nunca Dostoievski acudir a
expresiones como nervios desquiciados, porque su procedimiento
consiste en dejar fluir una prosa inagotable, en dibujar un
muestrario diverso de situaciones donde el asesino Raskolnikov no
parece oír, ver, pensar, oler, tocar, mirar o leer ninguna cosa que
no le hable de los terribles actos que ha planificado y ejecutado. La
novela es, además, un catálogo impresionante de personajes y
caracteres que luchan por imponer sus voces en las tramas que se
dilucidan y que, simultáneamente, nos iluminan sobre condiciones
sociales y modos de vida, sobre la presencia o ausencia de valores
éticos, sobre la inhumanidad y el excesivo individualismo en los que
puede desembocar, y con frecuencia desemboca, la vida en las grandes
ciudades. Finalmente, Crimen y castigo
es un ejemplo perfecto de la hipótesis que establece la posibilidad
de la rehabilitación social y la renovación espiritual (aunque a mí
me guste más el vocablo psicológica) a través del amor. No voy a
entrar a discutir las posibilidades de veracidad de esta hipótesis.
Sí diré, sin embargo, que sería, definitivamente esperanzador y
bello que fuera cierta.
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lunes, 2 de diciembre de 2013
Grandes pechos amplias caderas
Casi con toda seguridad,
Grandes pechos amplias caderas es a la literatura china lo que
El tambor de hojalata fue a la literatura alemana. No es ésta
una conclusión excesivamente meritoria cuando se tiene en cuenta que
coinciden en ambas el niño de extraño desarrollo y con oposición
abierta a asumir los roles que implican el status adulto; un contexto
caracterizado por el horror cotidiano y que, durante el desarrollo
del relato, atraviesa conflictos bélicos y periodos de represión
que tienen su correspondencia en la Historia del siglo XX; la
evolución de los personajes y el entorno hacia un presente en el que
queda configurada una visión concreta del país; un acercamiento en
los métodos narrativos a lo que podríamos llamar realismo mágico
y, por tanto, a aquellos autores que fueron encuadrados en lo que se
llamó el Boom Latinoamericano; así como el hecho de haber recibido
ambos escritores, Günter Grass y Mo Yan, el Premio Nobel de
Literatura. No pretendo, sin embargo, que este comentario sea
interpretado como una crítica maliciosa. De hecho, Grandes pechos
amplias caderas es una mejores novelas que he leído últimamente
y me ha gustado mucho, a pesar de sus ochocientas treinta y seis
páginas, un buen puñado de las cuales prescindibles. No todo podía
ser perfecto y, en cierto modo, es comprensible que los escritores se
dejen guiar por sus vicios y se despachen a gusto. Sobre todo, cuando
tenemos en cuenta que, en lo que al sentir general se refiere, no se
suele considerar a un escritor como grande hasta que no escribe una
novela y, desde luego, una vez lo hace, no conseguirá mantener su
status mientras no escriba uno de esos tomos que se venden al peso y
que dan al lector medio la seguridad de estar leyendo algo
importante. Bromas aparte, me ha gustado tanto esta novela que, ya en
la página ochenta y siete, cuando termina el primer capítulo,
comprendí que no estaba perdiendo el tiempo y que tenía entre manos
uno de esos libros que son, cuando menos, recomendables. No es fácil
resumir o dar un esbozo de lo que la novela es en sí. No porque no
pueda escribir una serie de frases generales sino, más bien, porque
siento constantemente que me estoy olvidando de algo. Está claro que
se trata de la historia de una familia durante, prácticamente, todo
el siglo XX. Shangguan Lu, mujer de pies vendados y obligada a
casarse con un hombre estéril, tendrá ocho hijas y un único hijo
varón, el último. La historia de cada uno de ellos, de sus vidas,
amores, bodas, problemas, hijos, muertes, es lo que compone el
relato, a la vez que los diferentes escenarios donde se desarrolla
que, casi invariablemente, se centran en el pueblo de Gaomi del
Noreste. Dentro de este núcleo de personajes, hay dos que son
claramente protagonistas: por un lado, está la madre, sufridora,
trabajadora y gran heroína que hará posible, en la medida de lo que
sus fuerzas le permiten, la supervivencia de su descendencia; y, por
otro lado, está Shagguan Jintong, el único hijo varón, voz
narradora de la historia y poseedor de una característica que le
hace distinto, único: su incapacidad de alimentarse de otra cosa que
no sea la leche materna hasta bien entrada la adolescencia y la
juventud, y la consiguiente obsesión por los pechos femeninos que
desarrolla siendo solo un bebé y que conservará durante toda su
vida. Mientras la biografía de los personajes crece, se amplía, se
entrelaza, asistimos al vertiginoso viaje de la historia de China en
el siglo pasado. La caída de la Dinastía Quing, la república
dictatorial de Yuan Shikai, la guerra contra los japoneses, la
guerra civil, el nacimiento de la República Popular, la Revolución
Cultural y la transición que lleva hacia ese régimen económico al
que ha derivado China y que algunos llaman Capitalismo de Estado. De
hecho, la foto social que nos ofrece el libro en sus últimas páginas
no resulta tan ajena al modo de vida occidental que conocemos. Más
allá del trasfondo histórico y, sin menospreciar ninguna de las
formas en que se ramifica el entramado argumental de la obra, Grandes
pechos amplias caderas acaba definiéndose como la búsqueda de
la comprensión, el amparo y el respeto que necesita la conciencia
diferente e inadapatada y que, en una sociedad sin escrúpulos, solo
podrá encontrar en un semejante, es decir, en otro ser distinto y
que no forma parte de la masa poblacional homogeneizada. Al menos,
esa es la sensación que me deja el libro tras leer el desenlace
final, si es que se puede llamar así. En definitiva, si lo que se
espera de esta columna es una conclusión, después de haber leído
únicamente este libro, mi impresión es que el Premio Nobel de
Literatura 2012 está entregado a un narrador que lo merece. Si
cambio de opinión, prometo hacerlo saber.
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lunes, 25 de noviembre de 2013
Te Deum
Cerré la temporada pasada de columnas
con la reseña de un libro que debía a Miguel Mejía y abro la
temporada presente de la misma forma. En la antesala del verano, me
despedí con un libro de poemas con el que Miguel había ganado su
más reciente premio. En esta ocasión, me ocupo de uno de sus
trabajos como traductor. Cuando hace ya algunos años, Miguel nos
comunicó que había decidido abandonar Alemania para probar suerte
en Polonia, nadie tuvo la menor duda de que aprendería polaco sin
demasiada dificultad. No por ello dejé de sorprenderme cuando me
contó que estaba traduciendo a un poeta polaco llamado Tadeusz
Dabrowski, nacido en 1979 y que vive en Gdansk, esa ciudad en la que
se desarrolla la historia de El tambor de hojalata. El poemario en
cuestión se titula Te deum y, como cualquiera puede imaginar, con un
título así ya nos están dando muchas pistas sobre los ejes
temáticos del libro, aunque un aventurero juicio previo puede forjar
unas expectativas desajustadas. Evidentemente, uno de los temas
fundamentales del libro es la muerte, pero no se acerca a ella el
poeta con un tono oscuro y plañidero, más bien, se trata, en mi
opinión, de desdramatizar, haciéndonos conscientes, por ejemplo,
del placer que sentimos al matar mosquitos en contraposición a las
hondas reflexiones que nos induce la muerte de nuestro perro. O
imaginando juegos dialógicos imposibles, como en el comienzo de un
poema sin título donde podemos leer: “El vivo no comprenderá al
muerto el muerto comprenderá / al vivo y su incomprensión”. La
reflexión en torno a la muerte toma también la forma de un
escepticismo sobre la realidad vivencial. Es muy claro este aspecto
en el poema en el que Dabrowski comienza interrogándose: “Cuántas
veces he muerto ya en la vida, es difícil decirlo, / porque es
seguro que morí.” Hacia el final, el poema parece decirnos que,
por muy conscientes que seamos del fin de la vida, es lícito
preguntarse hasta qué punto es real lo real, cómo tomar la decisión
de creer o descreer de la propia experiencia. Poco a poco, el
poemario se va transformando, abriéndose a temáticas más diversas
que incluyen los estilos de vida, la moral, la identidad, el
erotismo, el amor y la propia actividad de escribir que aparece
siempre mezclada, cosida, enroscada a alguno de los temas ya citados.
El tono, sin embargo, se mantiene constante y, aunque es inevitable
alguna incursión en la tristeza o el desamparo emocional, siempre
queda como trasfondo una mirada burlona que, en mi opinión, no
pretende restar importancia a lo que se cuenta, sino establecer una
distancia necesaria con la emoción pura que facilita la construcción
del poema. Como en el “Tratado de zoología (socialmente
comprometido)”, cuyo final nos plantea:
… ¿habría matado a tiros un
chimpancé a cinco
trabajadores del Kredyt Bank? No creo,
a no ser que
fuera por divertirse, y en un jardín
zoológico.
Un claro ejemplo de temáticas
entrelazadas es “Velada”, un texto circular en el que se describe
un tránsito que parte desde un amanecer ebrio, pasa por un sueño
diurno a deshoras, se detiene en una tarde de escritura y acaba en
una nueva salida noctámbula; un texto donde se nos confiesa que:
Los poemas
más hermosos surgen en el sueño,
blancos con rimas,
exprimidos con pluma gastada en una
limpia limpia
libreta. Sin pensar busco estos poemas
por las noches.
Especialmente buenos me parecen
“Fragmentos de un discurso amoroso” (en el que se dibuja un
retrato, al mismo tiempo, triste y humorístico sobre la
infidelidad), “Desplazamiento hacia el rojo” (quizá el más puro
poema de temática amorosa del libro y que toma como pretexto el Big
Bang) o “Poema erótico atemporal” (en el que el erotismo que
late es de carácter intelectual). Y cito estos tres por no alargar
demasiado esta columna.
Una mención separada merece el tema de
Dios y la salvación. Teniendo la cultura polaca y los caminos por
los que va desarrollándose el libro, hubiera sido artificialmente
extraña la falta de referencias a estos tópicos. Dios y la búsqueda
de salvación aparecen, como no podía ser de otra manera, en muchos
de los poemas del libro, a veces de una forma más aislada y, en
otras ocasiones, unida a cualquier otra temática, estableciendo una
clara diferencia entre lo mundano y lo divino, el gozo y el deber
cristiano, las preocupaciones intelectuales y la entrega a la
búsqueda de la
salvación. De esta manera, en “Día
de difuntos” el poeta declara que:
Hasta aquí me
parecía que creo
en Dios pero ahora ya sé que creo en
la tersa
piel de su hoyuelo y en los orificios
por los que
no es posible de abrirse paso en los
que se multiplican
seres de la humedad y del calor.
En “Padre”, el análisis va muy
lejos y concluye sin temor:
Y entonces he llegado a qué significa
que Dios piensa
que piensa, y en qué consiste la
diferencia entre
Dios y yo;
Con el paso de las páginas, Dabrowski
llega a definir a Dios como la asfixia que conforma la vida y, a
pesar de componer algún poema con forma de oración y tono de
contrición, reconoce, aparentemente sin sombra de miedo, estar
convencido de lo lejos que está del concepto católico de salvación.
Así nos lo muestra al final de uno de los poemas:
Y no entrará
por fin al reino de los cielos aquel
que escribe
a las doce menos cinco un poema en
lugar de una oración.
Pero es, probablemente, el último
poema el que más acertadamente aborda la idea de Dios y la que un
hombre puede hacerse de sí mismo, uno que comienza con un verso que
es, casi, un desafío: “Esto es el primer verso. Este verso no
importa.” El poema quiere compararse con la vida y que cada verso
dibuje una imagen ajustada del poeta, como aquella idea de Ángel
González de la creación de un personaje literario que se parezca al
autor. Sin embargo, sabemos que escribir es rehacer y, así, es
posible que, en el proceso de escritura, al inventar nos
reinventemos, suframos un un cambio guiados por el personaje que
hemos creado y que acaba por modelarnos a nosotros mismos. Dice
Dabrowski que habremos vivido cuando descubramos que el poema hablaba
de Dios y no debe extrañarnos su contundencia. ¿Acaso la imagen que
tenemos de Dios no es la proyección de las cualidades humanas
llevadas a la excelencia o la exageración? ¿Acaso podemos imaginar
a Dios de otra forma que no sea como una imagen humana? Y, después,
termina el poema y, por tanto, termina el libro. Y lo hace de la
forma más natural, de la misma manera en que llega el final de una
vida, en cualquier momento, inesperadamente. Es esa conciencia,
además del miedo natural a lo que nunca se podrá conocer, la que se
esconde detrás de los últimos versos y del misterio al que induce
el corte brusco la frase y, por tanto, del discurso. Está muy claro:
El último verso llega
sin embargo más rápido
que
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Tadeusz Dabrowski
viernes, 11 de octubre de 2013
Una maquinaria interrogativa (cierre de la temporada 2012/2013 en Las Afueras)
Probablemente, hay muy
pocas satisfacciones comparables a leer el poemario de un amigo
impreso en folios o fotocopiado, pensar que se trata de algo
realmente bueno y maldecir la cerrazón del entramado editorial
español y, posteriormente, años después, recibir en casa un
sospechoso sobre acolchado que aloja en su interior un libro de
poemas, ese mismo que ya habías leído cuando estaba recién sacado
del horno y parecía tan lejana la posibilidad de publicación. Como
siempre, advierto antes de seguir exponiendo mis percepciones: no
puedo ni pretendo ser objetivo en esto. Sí, Miguel Mejía ha vuelto
a ganar un premio y ha sido, una vez más, publicado. Se trata del
Premio Paul Beckett de poesía en su última edición, un galardón
que concede la Fundación Valparaíso y que otorga la posibilidad de
publicar en la Colección Beatrice. Como puede imaginarse, se trata
de una edición modesta, aunque no le falta ese tono elegante que
tienen los que, humildemente, ofrecen un buen producto haciendo gala
de la sobriedad y prescindiendo de todo el artificio que rodea a
ciertas publicaciones donde hay que suplir de alguna forma la falta
de nivel poético. Pero vayamos a lo importante, a la obra, a ese
poemario titulado Hacia dónde, que es algo más que una mera
referencia espacial, una búsqueda de orientación geográfica,
aunque también lo sea. Hacia dónde es la pregunta
fundamental de la conciencia humana, de una voz intrapsicológica, de
un discurso privado que se ha hecho carne en el ritmo y nos lleva al
territorio de las inquietudes, de la ausencia o la búsqueda de un
sentido, la obligada construcción de una identidad personal con los
materiales de la incertidumbre, la necesidad o la obligación de
seguir viviendo a pesar de la falta de respuestas definitivas.
Dividido en cuatro partes sin títulos que la identifiquen, se trata
sin embargo de un conjunto monolítico (que no monográfico) de
poemas. Algo respira entre esos versos, el verbo está vivo y da la
impresión de que ninguno de los textos sobra. Todos parecen ser
necesarios en el funcionamiento de una maquinaria interrogativa.
Inmerso en un contexto urbano, los elementos del paisaje no son una
agarradera que evite una caída al interior. No consuela ni sana el
regreso, como tampoco pueden hacerlo los matices temporales que
pretende imponer el calendario. Los nombres que ponemos a los días y
los meses revelan su verdadera naturaleza de etiquetas. Por eso, no
es raro que el poeta nos diga que debajo de abril “late siempre
diciembre” o que un lunes sea una ráfaga de comprensión, el
decisivo instante en que descubrimos que podría ser ya tarde para
confiar en un amanecer que, en su iluminación, irradie algo parecido
a una esperanza. En un constante ir y venir, nada parece estable y,
sin embargo, siempre parece estar todo en el mismo punto, detenido,
ajeno a cualquier idea de progreso. Porque todo está roto o se
derrumba o despliega un esfuerzo que es inútil. El poeta puede ser
muchos seres distintos, puede hablar desde una multiplicidad de voces
que reflejan lo que ya sabemos: igual que el río de Heráclito,
nadie puede ser siempre la misma persona y es ésta la base de todo
conflicto identitario tanto en lo social como en lo personal, es éste
el motivo que está detrás de la mayoría de demandas de
psicoterapia, es ésta la angustia de no saber si estamos
aprovechando o malbaratando nuestras vidas, el miedo a quedar en un
territorio neutro, gris, informe, en el que descubrimos que, al fin,
no somos nada. Es lícito pensar en este punto que, al menos, nos
queda la memoria, como les quedaba París a Rick e Ilsa en
Casablanca. Ilusión de
control, autoengaño, el propio Miguel se encarga de no dejar un solo
cabo suelto, un mínimo salvavidas, en el único poema que no tiene
título de la colección:
no deja de pasarnos la
vida por delante
y está uno a veces
triste como un muñeco hueco
con brazos incapaces
con cara de sí mismo o parecida
tirado sin remedio
solo sobre la cama hecho un ovillo
queriendo no salir no
ver el día no volver nunca
porque todo sucede
siempre ayer y los recuerdos
de qué sirven de qué
dime de qué
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Miguel Mejía,
No solo de pan,
Poesía
domingo, 6 de octubre de 2013
El alcalde de Zalamea
Si como ya sabéis
siempre he venido defendiendo los beneficios de la lectura en general
y, en particular, de la lectura de los clásicos, además,
últimamente, vengo reafirmándome en una idea que, probablamente, ya
habré esbozado o planteado anteriormente: la lectura de los clásicos
es la mejor forma de comprender que este mundo en el que vivimos no
va, cada vez, peor. Más bien, ha sido siempre igual de injusto y
despiadado a lo largo de la Historia y los cambios que hemos
experimentado están más relacionados con el atrezo, que con una
transformación profunda en la estructura de la moral y el
comportamiento humano. Es difícil no caer en este círculo de
reflexiones sobre la naturaleza del ser humano cuando se acaba de
leer a Calderón y se está aún girando en las órbitas de su
inigualable talento. Basado en acontecimientos históricos, El
alcalde de Zalamea es un tratado en tono dramático sobre algunos
de los problemas que aún hoy, trescientos setenta y siete años
después, siguen persiguiendo, oprimiendo y preocupando a los
sectores más desfavorecidos de la especie humana. El argumento de la
obra nos sitúa ante el paso de las tropas reales por la localidad de
Zalamea de la Serena (Badajoz) con motivo de un conflicto bélico
entre España y Portugal. Atendiendo a la leyes del momento, el
pueblo llano (el villanaje) tenía la obligación de alojar en sus
casas a los miembros del ejército. La trama que Calderón arma en
torno al amplísimo y omnipotente concepto del honor, su pérdida y
restauración como motor del drama, se puede desgranar con facilidad
en una diversidad de temas que no resultan, en ningún momento,
arcaicos o ajenos a la fresca actualidad que nos envuelve. En primer
lugar, tenemos el continuo desdén con el que un capitán trata a los
habitantes del pueblo y las intrigas que diseña para conseguir
beneficios personales. ¿Qué es esto sino un claro abuso de poder?
En segundo lugar, tenemos el secuestro de una joven y bellísima
mujer, a la que fuerza a mantener relaciones sexuales. ¿Acaso no
estamos aquí ante una doble acepción siempre terrible de la palabra
violación? ¿No es cierto que nos sigue preocupando la situación de
los Derechos Humanos cuando los ejércitos de cualquier guerra entran
en las poblaciones? ¿No es la violencia de género y la desigualdad
entre hombres y mujeres uno de los principales asuntos a resolver en
sociedades como la nuestra? Ya defendí, en este mismo espacio, hace
ya tiempo que es fácil descubrir que Calderón es un moderno, un
pensador de nuestro tiempo, cuando se analiza con atención su
discurso. Esta afirmación se hace indiscutible en una extensa
intervención del héroe de la obra, Pedro Crespo, cuando al despedir
a su hijo, que se incorpora a las tropas que van camino de Portugal,
le aconseja:
¡Cuántos, teniendo en el mundo
algún defeto consigo,
le han borrado por humildes!
Y ¡cuántos, que no han tenido
defeto, se le han hallado,
por estar ellos mal vistos!
Y más abajo:
No hables mal de las mujeres;
la más humilde, te digo
que es digna de estimación
porque, al fin, de ellas nacimos.
No riñas por cualquier cosa;
que cuando en los pueblos miro
muchos que a reñir se enseñan,
mil veces entre mí digo:
"Aquesta escuela no es
la que ha de ser", pues colijo
que no ha de enseñarse a un hombre
con destreza, gala y brío
a reñir, sino a por qué
ha de reñir, que yo afirmo
que si hubiera un maestro solo
que enseñara prevenido,
no el cómo, el por qué se riña,
todos le dieran sus hijos.
Sin embargo, no solo hay
lugar para el análisis histórico y la pesimista toma de conciencia en el
teatro del Siglo de Oro. En cierto modo, la satisfacción interior
con la que se leen estos libros está relacionada con su desenlace. A
su manera, en el estilo de la época, al lector le queda el regocijo
de la justicia en el tramo final de la obra, una justicia que es
vengativa y cruel con quien lo merece y que, aunque se circunscriba
claramente al territorio de la ficción, supone una especie de
terapia analgésica que alivia la sensación de haber perdido de
antemano la lucha contra la injusticia y la desigualdad.
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