martes, 27 de mayo de 2014

El alienista

A pesar de lo que afirma Massaud Moisés en el prólogo que encabeza la edición de Círculo de Lectores en la colección Estación Lectura, El alienista de Machado de Assis es una novela, micronovela si se quiere (ya que ahora parece que tenemos que remarcar de forma automática y obligatoria la independencia y la excepcionalidad de todo aquello que tenga la condición de breve y se mueva en el terreno de la narrativa) pero novela al fin y al cabo, al estilo clásico, con todos sus mimbres y cumpliendo la prototípica secuencia de introducción, nudo y desenlace. Con sencillez, el relato nos va llevando por los caminos de una comedia disparatada a la situación insostenible de una ciudad en la que parece haber más población dentro del recinto de la casa de Orates que fuera de él. El doctor Simón Bacamarte va dirigiendo sin darse cuenta el curso de unos acontecimientos que se desbocan al ritmo de los vaivenes sufridos por su propia concepción de la enfermedad mental y, complementariamente, de la normalidad psicológica. El alienista, como novela, cumple su función más estricta: divierte. La lectura de narrativa es siempre un instrumento evasivo. Cuando se mezcla con el humor, la narración está obligada a proporcionar entretenimiento y, en este caso, sin duda, lo consigue a través de la corriente de sucesos en los que desemboca cada una de las decisiones de su protagonista y, sobre todo, en la emergencia de los antagonistas, entre los que destaca un barbero que bien podría ser el líder de una revolución obrera.

Está claro que se han cometido actos de auténtica barbarie en nombre de la escabrosa necesidad de promover un pensamiento y un comportamiento normales, estandarizados. Está claro también que la normalidad es un concepto que no puede enarbolarse en la Psicología ni en la Psiquiatría. No necesito que nadie me recuerde la estigmatización que han venido y vienen sufriendo todavía toda esa pobre gente a la que se etiqueta como enfermos mentales. Y sí, sé que todo cerebro humano genera contenidos y tensiones de base psicótica, depresiva, obsesiva, contenidos y tensiones del ámbito de la Psicopatología y que, por tanto, son el núcleo de las llamadas enfermedades mentales. Siendo todo esto cierto, no es menos cierto que se hace muy poco por evitar el sufrimiento y la estigmatización trivializando y estereotipando la imagen del profesional de la salud metal, defendiendo una supuesta libertad de ser felices o infelices de otra manera, queriendo cerrar los ojos ante la gran brecha que se abre entre la indiscutible diversidad psicológica y la innegable diferencia que se percibe en aquellos que, como se expresa claramente en cualquier descripción de criterios para el diagnóstico psicológico, presentan unos síntomas que les causan un gran sufrimiento y les impiden la realización de sus vidas cotidianas. Quienes no quieren ver esto o, simplemente, lo niegan demuestran no tener el más mínimo conocimiento sobre la materia.


El alienista, pues, divierte a pesar de recurrir al tópico o quizá, precisamente, por recurrir a él. El humor, después de todo, encuentra siempre un terreno abonado en la simplificación, la repetición y el recurso a esquemas culturales fácilmente reconocibles y firmemente establecidos. Por ello, ¿de qué serviría a estas alturas explicar a cierta gente que su visión es reduccionista tomando como excusa una novelita graciosa? ¿No me quedaría sin argumentos al admitir que la novela cumple con la parte que le toca proporcionando la necesaria evasión y el reconfortante entretenimiento que buscamos en los libros? ¿No consiste el humor, precisamente, en no tomar ninguna cosa demasiado en serio? Sí diré, sin embargo, que el tópico facilita tanto como condena y que conviene tener cierta habilidad para aprovecharse de él sin hacer del desenlace algo accesorio, casi inevitable por su previsibilidad. 

viernes, 11 de abril de 2014

La invención de Morel

Yo conocía a Bioy Casares como el nombre que necesariamente aparece ligado a Borges, me había hecho una idea de él como de una especie de escudero o, con menor intensidad, un discípulo, alguien cobijado a una buena sombra que había sabido ofrecer su colaboración al gran maestro. Sin duda alguna, se trataba de un prejuicio, más por el momento temporal previo de la cognición con respecto a la toma de contacto que por la presencia de un tono valorativo en sí mismo. Lo cierto es que le envidiaba su cercanía a ese Borges descomunal, por el que llegué a sentir una admiración profunda (casi veneración). Alguien me había recomendado la lectura de La invención de Morel, pero no supe atender a ese consejo hasta muchos años después. Y lo cierto es que no fue buena mi incursión inicial en la novela. Precisamente por la conciencia del “esquema novela” que interponía maquinalmente entre el libro y yo, había muchas cosas que no terminaban de cuadrarme. Nadie puede dudar del género del libro, pero se trata de un relato enrarecido en sus comienzos. El tono de diario o, mejor dicho, de cuaderno de apuntes que parece recoger las conclusiones de una experiencia que se vive en primera persona me estaban desconcertando. Porque ¿cómo pueden no desconcertar los datos siempre contradictorios sobre las mareas, los adelantos estacionales, la presencia de dos soles luciendo en un mismo cielo de forma simultánea? ¿Cómo no puede desconcertar que un intruso no sea detectado aún cuando comete los errores más notables, que parezca no ser visto pese a su torpeza o a su mala fortuna? ¿Quién podía esperar, a fin de cuentas y después de aquella vieja idea previa que sobre Bioy me había construido, que iba a verme frente a una especie de historia de ciencia ficción más bien intrascendente? Estaba equivocado. Mi desconcierto no iba a guiarme hacia una opinión negativa o indiferente. Todo lo había planificado el propio Bioy y lo había ejecutado con maestría en la voz que narra en primera persona y con un tono de informe de explorador, una voz que gradualmente consigue que desarrollemos hacia ella una mayor empatía, un afecto creciente. Es evidente y demasiado fácil, tan fácil que es casi faltar a la verdad, afirmar que la respuesta está en Morel. Porque la realidad es otra, la realidad es que la respuesta solamente puede encontrarse en Faustine y que La invención de Morel es, definitivamente, la más conmovedora de las historias de amor a las que he asistido como lector.

martes, 1 de abril de 2014

Historia de macacos

Es complicado hacerse a la idea de que Historia de Macacos es un libro de relatos. Y lo que dificulta esta idea es, precisamente, el primero y más largo de los seis cuentos que lo conforman y que, además, proporciona el título a la obra. Historia de Macacos, como narración, es un ejemplo excepcional, un relato con la suficiente entidad como para ser algo más. Yo me atrevería a decir que Historia de Macacos es una genial y brevísima novela, que da cuenta de las consecuencias inmediatas y lejanas de una simulación tanto en el ámbito de lo social, como en el de lo personal, aunque esto quede más tapado y dependa de la capacidad intuitiva e, incluso, empática del lector con los personajes. No es fácil. No se presta el narrador, precisamente, a un derroche de empatía y, mucho menos, el inspector general Ruiz Abarca. Al comienzo, hay algo que no gusta, que chirría, un ambiente demasiado artificial, creado y mantenido por un tipo de discurso que, poco a poco, va desvelando su propia naturaleza y apareciendo como lo que es, en una desnudez diáfana. Cuando acaba por destaparse la hipocresía como eje que mueve a los títeres de la colonia que sirve de contexto al relato, el lector ya ha experimentado un cambio, ya se ha desplazado del límite de la insoportabilidad hasta el distanciamiento, el humor y, según la personalidad de cada uno, puede incluso llegarse a la compasión. No sé si lo que voy a afirmar tiene algún atisbo de veracidad o es sencillamente un disparate, pero lo cierto es que, mientras lo leía, pensaba que Francisco Ayala, probablemente, habría querido que el relato tuviera la importancia suficiente como para no formar parte de algo. Sin embargo, sabría, por su propia experiencia anterior o porque se lo comunicaran expresamente, que el mundo editorial necesitaba más masa, mayor cantidad de materia para permitirle una edición. Quizá por eso el nivel de los relatos descienda después del primero. No se trata, estrictamente, de malos cuentos. Simplemente son cuentos, cuentos defendibles pero que no son necesarios después de Historia de Macacos. Quizá por eso se trace también en ellos un retrato de la hipocresía, de la estética de lo superficial y lo aparente, de la incapacidad para enfrentar los verdaderos temores, los sentimientos que verdaderamente revuelven la conciencia. La humillación del capitán Ramírez, el empeño del Boneca en ocultar su antigua sensación de fracaso, la vergüenza que asalta a Trude cuando confía su amargura a Sara y rompe a llorar en público, el conflicto entre Antuña y Durán por los vestidos de sus esposas o el trauma que causa en Orozco la sospecha de que alguien pueda estar teniendo un mayor reconocimiento que él mismo, no son más que las muestras de una sociedad enferma, una sociedad que, al no ser capaz de enfrentarse a las verdaderas realidades, a los verdaderos hechos, con crudeza, opta por taparlos de la manera más sencilla, iluminando otras esferas de acción y discusión, ignorando y reprimiendo determinados contenidos psíquicos. Muchos no lo saben, pero la historia de Francisco Ayala es la historia de uno de esos eternos candidatos al Premio Nobel de Literatura. Durante muchos años y aunque nunca apareciera en las quinielas, algunas personalidades del mundo académico español, entre quienes figuraba Manuel Ángel Vázquez Medel, promovieron sin éxito la candidatura del narrador granadino. Mientras tanto, Francisco Ayala envejecía de manera sorprendente en su casa de Madrid. Con una lucidez envidiable, sabiendo cuál era el sitio que le correspondía a un escritor retirado que siempre había estado fuera de los focos de atención de los medios. Francisco Ayala dio una lección magistral de envejecimiento y llegó a los 103 años, sin renunciar a su costumbre de tomar cada día, a media mañana (a esa hora que algunos llaman del aperitivo), un trago de whisky. Supongo que es así como me gusta recordarlo o, más bien, imaginarlo en la ficción de un recuerdo, sentado en la cocina, con la serenidad de quien ha hecho casi todo lo que se ha propuesto y siempre lo ha hecho bien, con esa tranquilidad del que ya no espera nada, del que no necesita que le llamen desde Estocolmo para confirmarle que fue un gran narrador, que sus libros merecen no caer en el olvido.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Todo modo

Es fácil caer en la tristeza o en la incomprensión al enfrentarse al desmesurado contraste entre la imagen que está trascendiendo de Italia en los últimos años y aquella otra Italia intelectualmente esplendorosa de los años 70, aquella Italia que deslumbró al mundo entero con su cine, que fue un ejemplo admirable de la cohabitación entre el compromiso político y social del artista y la calidad de los productos culturales, aquella Italia dispuesta a renovarse, a denunciar todo exceso por parte de las élites sociales. La catarata de pensamientos se serena cuando se piensa que fue aquel mismo país, en aquel mismo momento histórico, el que asesinó a Pasolini. Todas estas ideas se arremolinan en mi cabeza después de la lectura de Todo modo, novela que publicó Leonardo Sciascia en 1974 y cuya primera edición española se produjo poco después, en 1976, año en que también fue llevada al cine. Se trata de una novela de denuncia que tiene el buen oficio de la literatura policíaca y que, hilvanado al relato de los delitos y la búsqueda de los culpables, lleva una reflexión sobre las diversas formas de ejercer el poder, sobre la corrupción, la invasión de las administraciones públicas por parte de los intereses privados, la falta de separación entre los asuntos de la Iglesia y los asuntos del Estado, la forma en la que se desdibuja la justicia cuando los culpables están en un escalafón social tan alto que les permite observar todo, incluso la ley, desde una plataforma de privilegios. La trama es y no es, simplemente, una excusa, es decir, es lo suficientemente sencilla para no desvirtuar el trasfondo crítico de la obra. De la misma forma, tiene la necesaria solidez e independencia para no quedar reducida a un puñado de páginas que justifiquen una moraleja. Un pintor que conduce por una carreta secundaria decide tomar un desvío hacia una ermita que no conoce y que le genera cierta curiosidad. Allí encuentra al padre Gaetano, el responsable de haber convertido una ermita que encierra una falsa leyenda en un hotel de lujo y, además, el director de una serie de ejercicios espirituales en los que van a participar grandes personalidades de la política, la industria y la Iglesia. El padre Gaetano es el prototipo de hombre sin remordimientos, alguien que actúa, exclusivamente, en función de su propio beneficio, capaz de no responder a ninguna pregunta, capaz de desviar el foco de cualquier tema, capaz de hablar largo tiempo sin llegar a profundizar nunca, un hombre que entra y sale de cada escena sin que se oigan sus pasos, alguien de quien solo somos conscientes cuando caemos en la cuenta de que debe llevar un rato en el lugar, mirándonos y oyendo todo lo que decimos. Sin embargo, rompe el estereotipo que se espera de él como miembro una Iglesia que se ha olvidado de la salud del alma y de la pobreza de corazón al enfrentar a la intelectualidad del protagonista una inmensa cultura y un vasto conocimiento de la literatura. El padre Gaetano es un dirigente en la sombra, alguien cuyo inmenso poder real no se corresponde con su posición en la estructura; es ese personaje que se ha dado cuenta de que conviene más el respeto que la visibilidad cuando se pretende tener una capacidad ilimitada de influencia sobre aquellos que manejan los destinos de un país. La previsible facilidad en la que parece que iban a desenvolverse las jornadas de ejercicios espirituales, entre el buen vino y una gastronomía cuidada, con los participantes relajados sin la presencia de sus familias y debidamente acompañados por sus amantes, con la firmeza discursiva del padre Gaetano, se rompe repentinamente con un asesinato que se produce en medio de la confusión de una actividad colectiva, confusión que impide conocer al culpable, ya sea por la imposibilidad de haber visto algo en medio del tumulto, ya sea por miedo, por complicidad. Los asesinatos no se detendrán. Llegarán a tres. Y la llegada de un comisario de la policía y de un juez de instrucción no tendrán ninguna capacidad de esclarecimiento sobre los hechos. El propio juez admite, aunque esto suponga apuntar sobre su incapacidad, su cobardía, su incompetencia, que nunca se podrá identificar a los responsables, que ninguno de los implicados está interesado en la justicia, que solo tratarán de taparse los unos a los otros. No es difícil después de haber leído Todo modo pensar en lo incómodas que son estas gentes para el normal funcionamiento de una democracia, como son incómodas las voces insumisas para estos personajes que han usurpado de forma meticulosa todas las esferas de la vida pública. No es difícil después de haber leído Todo modo recordar ciertos episodios deplorables que se han producido recientemente en la vida pública italiana y también, cómo no decirlo, en la justicia española.

sábado, 1 de febrero de 2014

Llegar demasiado tarde

A medida que se acercaba el momento en que se anunciaría el nombre del galardonado en 2013 con el Premio Cervantes, como pasa siempre, iba intensificándose el fenómeno quinielas, ese discurso especulativo que hace las veces de cotilleo y prensa rosa entre los aficionados al mundo de las letras y que, casi invariablemente, amplifica nuestra sensación de sorpresa cuando, por fin, se hace público el ganador. Este año sonaba Ernesto Cardenal y le tocaba a un autor latinoamericano. No se cumplió el pronóstico y, aunque no hagan falta motivos que expliquen el hecho, lo cierto es que los hay. El jueves de esa misma semana, escuché la sección de Jorge Barriuso en Hoy empieza todo, que dedicó a la entrega del Cervantes, y me di cuenta de lo ingenuos que podemos llegar a ser. Como bien resumía el lúcido comentarista radiofónico cuando se refería a la posibilidad de que el premio hubiera recaído en Ernesto Cardenal, es muy complicado que le otorguen un premio oficial a una voz extremadamente incómoda, incapaz de sumirse en un silencio reconfortante para el orden establecido, siempre dispuesta a enfrentar la realidad social y política ante el discurso dominante. Porque, en el fondo, eso es lo que provoca Ernesto Cardenal entre los guardianes de la estructura y la jerarquía, una gran sensación de incomodidad e inquietud. Por eso, se hicieron tan famosas aquellas imágenes en las que Karol Wojtyla regañaba públicamente al poeta inmediatamente después de bajar de un avión. Desde una óptica europea y laica, es difícil comprender por qué este hombre siente la necesidad de ser sacerdote, de pertenecer a una institución que perpetúa las relaciones de desigualdad contra las que él viene luchando desde hace tanto, que se ha mostrado tan firme en la represión del pensamiento y la ideología de la que el propio Cardenal es partícipe. Supongo que, desde su óptica suramericana empapada de una realidad social y cultural muy diferente a la nuestra, es fácil encontrar en los Evangelios el mensaje liberado y de revolución social que le mantiene erguido en su camino. Tuve la ocasión de ver de cerca al poeta, de comprobar su aspecto de anciano eminente, de entender el halo de sabiduría que se desprende naturalmente de su imagen. Estreché su mano, me firmó una antología que, sería más de un año después, mi primer contacto con su obra. Su poesía es una demostración de lo artificiales que resultan los cercos entre géneros y disciplinas. Lo que hizo Galeano en “Las venas abiertas de América Latina”, lo hace Cardenal con sus poemas. Si el uruguayo es capaz de analizar políticamente las relaciones de desigualdad en el continente americano con un lenguaje literario, Cardenal es capaz de construir un discurso poético desgarrado que denuncia estas mismas relaciones de desigualdad con un rigor de analista político. Su poesía es, además, desde un punto de vista exclusivamente personal, una invitación al autorreproche, a cuestionarme qué demonios hacía yo perdiendo tantísimo tiempo con la televisión y la Megadrive, por aquellos finales de los años 90. Como me ha ocurrido con tantos otros libros, he sentido al leer a Cardenal la convicción de que habría disfrutado muchísimo más de sus poemas si hubiera llegado a ellos antes, un poco más joven y este tipo de pensamientos, como ya sabéis, inducen demasiado a la melancolía. No quisiera terminar sin hacer una referencia a los poemas de temática amorosa que aparecen al comienzo de la antología de Valparaíso (libro que toma como excusa esta columna). En mi experiencia como lector, siempre me ha llamado la atención la estrecha relación que existe entre la habilidad para escribir poemas de corte reivindicativo y político y la sensibilidad para crear una buena poesía amorosa, relación que puede constatarse especialmente en el caso de los poetas latinoamericanos de la segunda mitad del siglo XX. Me imagino que no es nada original lo que estoy planteando, pero creo que es una tesis sobre la que se puede argumentar mucho y con la que se puede emborronar mucho papel. Prometo no hacerlo. Simplemente, la dejo esbozada como línea final de reflexión.   

domingo, 19 de enero de 2014

Crónica de una muerte anunciada

Le debo a García Márquez lo que podríamos llamar el comienzo de un interés “serio” por la lectura. En concreto, se lo debo a Cien años de soledad. Sin embargo, tuvieron que pasar muchos años desde que terminé de leer de El amor en los tiempos del cólera, puede que más diez, hasta que me decidí a saldar una de mis cuentas pendientes con el colombiano. Dejo para algún otro futuro El coronel no tiene quien le escriba. Hoy nos toca Crónica de una muerte anunciada, un libro que me habían recomendado hasta la saciedad cuando estaba leyendo otros de García Márquez y del que siempre me destacaban como una de sus ventajas lo rápido que se podía leer. Y es cierto. Esa es la impresión que domina la lectura de esta novela desde su comienzo, esa agradable sensación de percibir que podrías bebértela de un trago. El mecanismo que sostiene esa anestesia, la droga que produce tal efecto es, evidentemente, la prosa exquisita y cuidada, esa forma de usar el español que, a ratos, nos hace amar y temer a este genial novelista. Puede llegarse al empacho de García Márquez. Está claro. Pero, como todo lo que puede producir empacho, su arma fundamental está en el sabor y el sabor de su narrativa es indudable, inconfundible, inapelable. Crónica de una muerte anunciada, desde mi punto de vista, tiene, además, la virtud de estar contada en tono de monólogo amistoso. Uno prepara café y se siente como acompañado con el libro, como si estuviera escuchando una vieja historia de la voz de un compañero de la infancia. Y, curiosamente, no por eso pierde su pretendido carácter de crónica, de particularísimo ejercicio a la vez periodístico y de ficción, que aclara sin desvelar la claves fundamentales, que expone exhaustivamente dejando que el lector y cada uno de los personajes de la obra tengan un punto de vista propio. Porque, al final, todo queda descriptivamente desvelado, detalle por detalle, sin que pueda darse, en cambio, una sola razón que explique lo que ha sucedido, que aclare la responsabilidad de un crimen y de una gran falacia. Al final, nadie es capaz de justificar el comportamiento Ángela Vicario y es imposible ponerle nombre a su cómplice de alcoba primigenio, al personaje insignificante para la trama, escondido entre el asesinato y el matrimonio fracasado, anónimo para ambos mundos, el interior y el exterior a la novela y que, precisamente por eso, por no ser el protagonista de nada, se salva de todo drama formando parte de la inmensidad de vidas normales, vidas que no destacan entre la masa. Mientras leía, mientras iba avanzando entre las casualidades fatales y la desidia de todos los personajes que es, también, semilla imprescindible para la tragedia, recordaba uno de los pocos consejos que doy con orgullo y convicción cuando alguien me pide opiniones sobre los avatares de su vida personal tomando como excusa mi formación psicólogica. Yo, que siempre me he considerado muy mal psicólogo, he recomendado, en cambio, muchísimas veces algo muy sencillo, tan evidente que me da vergüenza escribirlo: las cosas hay que hacerlas cuando tienen sentido (sentido temporal, se sobreentiende), hay que hablar sobre los conflictos con la gente cuando se tiene la más mínima oportunidad. Al mismo tiempo, venía a mi mente un tema muy calderoniano, en concreto, el que se trata en La vida es sueño: el destino no es un ente inamovible al que debemos rendirnos. Porque es eso lo que sucede en la historia de Santiago Nasar. Desde el comienzo, todo es desenlace, todos dan por hecho el trabajo que nadie se atreve a hacer. En el fondo, parece que lo dan por muerto desde el instante en que se consuma la amenaza. Con un tono descreído, parece que todas esas voces fingen cuando afirman que nadie tomaba en serio a los cuchilleros, parece que todos mienten cuando afirman que pensaban que el inminente muerto tenía que estar enterado ya de lo que iba a suceder. Afortunadamente, me comían los nervios por la indolencia de un pueblo entero, me indignaba la ligereza con la que Ángela elige quién debe morir, me torturaba la cadena de infortunios casuales que condenan a tres hombres a convertirse en leyenda, me causaba turbación la imagen de un hombre que sonríe mientras se sujeta las vísceras. Afortunadamente, repito. Porque es una suerte encontrar libros en los que uno pueda pensar y casi sentir de manera tan intensa. Afirma García Márquez con disgusto, a través de la voz que narra en el libro, que la vida se parece demasiado a la mala literatura y puede ser verdad. Contradictoriamente, también es cierto que la buena literatura o, al menos, la buena narrativa lo es por su tremendo, por su terrible parecido a la vida. De momento y por suerte, seguiremos sin encontrar una solución aceptable a este dilema.

martes, 14 de enero de 2014

La Caja Negra

Apuntaba al escribir sobre El animal moribundo que, a veces, se disfruta más de un buen escritor cuando, en su obra, plantea afirmaciones con las que no podemos estar de acuerdo o sentirnos cómodos. Empiezo esta semana gozando del placer de contradecirme. No voy a retractarme de lo que ya he escrito, pero sí voy a afirmar hoy el placer que supone encontrar sentencias y proposiciones de las que uno no puede disentir, incluso, más allá, ideas similares a otras que ya se había estado rumiando, aunque el planteamiento no fuera exactamente el mismo. Porque, ante todo, La caja negra de Josep María Rodríguez, un poemario editado por Pre-textos y que ganó en 2003 el premio Emilio Prados, es (o, al menos, a mí me lo parece) la confesión de un aprendizaje, una manera de dejar constancia de algunas certezas, codificadas y construidas con el material que proporciona el propio discurrir en que consiste estar vivos. En este sentido, “poética” define a la poesía como “Buscar la aguja del instante eterno. / No el poema, / sino aquello que va a durar por siempre para mí”. La actitud de búsqueda y contemplación bastan, ya que, como se dice al final del poema: “La memoria, / después, / impone un orden.” En el primero de los textos que compone el libro, en la primera página, puede leerse: “Todo es cuestión de ciclos.” ¿Y quién se atreve a negarlo? ¿Quién no se siente reconfortado de encontrar una verdad semejante en la voz del poeta al que se le concede la autoridad a través del acto de lectura? Es tan innegablemente cierto como lo son los tópicos, esas expresiones que desdeñamos sin darnos cuenta de su capacidad de vertebración de un marco de referencia. Y ésta es la idea que late en “intermitencias”, cuando el poeta admite lo que muchos no están dispuestos a admitir:

Igual que este paisaje,
mi idea de mí mismo ha ido cambiando:
no puedo estar del todo satisfecho.

Sé que parece un tópico,
pero los tópicos
                              -como vallas
a ambos lados de la carretera-
dan seguridad,
                             nos delimitan.

Prácticamente, estoy de acuerdo con todas las afirmaciones categóricas que se hacen en el libro: la capacidad de la felicidad para generar confusión, la seguridad de que está la nada detrás de cada una de las grietas que podemos identificar en la existencia, la ausencia de razones que justifica el amor (y, en general, cualquier afecto, elección o preferencia), la escasa relación que existe entre la necesidad de un reencuentro y la posibilidad de que suceda, la fascinación que tiene lo lejano frente a lo anodino que parece lo que tenemos delante, la vida como una órbita trazada alrededor de la palabra muerte, la muerte como un sol hecho pedazos, la constancia de que es inútil otorgar un sentido a todo, como inútil es andar contando el tiempo que nos queda puesto que:

Vivir es abrazar oscuridades:
de lo que no sabemos a lo que no sabemos,
desde una lejanía a otra lejanía.
Todo es inaccesible.

Desde esta óptica, la pérdida es inevitable. Incluso cuando tocamos el mundo, los objetos, vamos dejando en ellos un rastro, el de nuestros días, la prueba incontestable de haber vivido. Por otro lado, no es difícil concluir cuál es la labor del poeta como constructor de estos discursos. Está claro que su función principal es la del notario, que recoge de forma manifiesta todas esas semillas de conocimiento y las hace constar en cada verso. Por eso, afirma Rodríguez en “las semillas del viento”: el horror necesita de mis ojos. Porque, después de todo, la poesía tiene algo de vanidad, de búsqueda de un nivel intelectivo de autosatisfacción. Al fin y al cabo, por mucho que el poeta centre su foco en la otredad (un ejemplo paradigmático es la persona amada) siempre está hablando de sí mismo. Y así, descubrimos que es sincera, irrevocablemente sincera, la toma de conciencia que se intuye en el poeta en “principio y fin”, el último de los poemas del libro:

Y hablar de ti,
                            en el fondo,
también es una forma de egoísmo.

sábado, 28 de diciembre de 2013

El animal moribundo

No importa cuánto sepas, no importa cuánto pienses, no importa cuánto maquines, finjas y planees, no estás por encima del sexo”. Esto piensa David Kepesh y no voy a ser yo quien diga que se equivoca. No puedo evitar, en cambio, pensar en este tipo de planteamientos como un puro “reduccionismo” (palabro que incomprensiblemente no está recogida en el diccionario), otra más de las generalizaciones en las que vive sumido nuestro imaginario social y cultural desde que todo el mundo tiene el derecho a erigirse como un especialista en el conocimiento de la mente y el comportamiento humanos. No seré yo tampoco quien niegue el valor fundamental de la actividad sexual en la configuración social y psicológica del ser humano. Probablemente, se pueda llegar a ser más radical desde un punto de vista más simple: es una cuestión de salud global. Sin un sexo liberado y normalizado, no puede haber sujetos ni sociedades sanas. Nuestro código de intelectualidad desde mediados del siglo XX, sin embargo, nos dice que para ser un interlocutor respetado tienes que asumir la omnipotencia del sexo como fuerza capaz de doblegar voluntades y única religión ante la que merece la pena doblegarse. El problema es que todo planteamiento religioso tiene una materialización. Siempre hay una imagen frente a la que rendir adoración. Y todos aquellos que hacen este tipo de declaraciones acaban volcados en una constante actitud fundamentalista que les arrastra a situaciones y conductas que, fuera de su ámbito religioso, probablemente percibirían como ridículas. Y esto es lo que acaba por sucederle a David Kepesh. Y ¿quién es David Kepesh? Se trata del protagonista que narra en primera persona narrador la novela El animal moribundo de Philip Roth. David Kepesh es un reputado profesor universitario y crítico cultural que ha envejecido muy bien y tiene la costumbre de seducir a sus alumnas de doctorado. En una confesión íntima a un oyente desconocido, hace una crónica de su autodestrucción personal desde que inicia una relación con Consuelo, la bellísima hija de unos exiliados cubanos que tendrá, sin quererlo, un poder ilimitado sobre la estructura mental de Kepesh. El hombre tan seguro de sí mismo, tan consciente de su edad pero sin un solo atisbo de miedos, se convierte en, poco menos, que un fiel obediente sin ningún tipo de control ni autoridad sobre su pensamiento y sus deseos. Es frecuente que admitamos, sin ningún género de dudas y muy orgullosos de nosotros mismos, que la vida es incontrolable y que nada podemos hacer para frenar las sacudidas del azar y del incierto futuro. Y lo decimos con tranquilidad. Solo perdemos los nervios cuando verdaderamente entendemos lo cierto que es aquello que afirmábamos sin temor. Solo cuando nos encontramos ante la verdadera dimensión de la tragedia, la pérdida, el sufrimiento, somos capaces de tomar conciencia esta afirmación. Y, una vez más, esto es lo que sucederá a Kepesh cuando se enfrente a su verdadera dependencia con Consuelo, cuando se enfrente a fuerzas que relativizan por completo ese supuesto carácter omnipotente del sexo, aunque no esté dispuesto a admitirlo jamás, bajo ningún concepto. “El cuento de hadas más encantador de la infancia es el de que todo sucede en orden.” Reflexiona Kepesh cuando se enfrenta a un dolor inabarcable, a una realidad en la que sus actos y su sistema de valores no tienen ninguna posibilidad de transformación. “El auge y la caída del condón es la historia sexual de la segunda mitad del siglo XX.” Nos dice mientras mantiene su compostura de pensador liberado, que solo ve con buenos ojos la sumisión al dios sexo. Hacía tiempo que tenía ganas de leer a Philip Roth. Y me alegro de haber leído muchas afirmaciones en boca de uno de sus personajes que me han hecho dudar y con las que no puedo mostrar mi acuerdo de forma plena. Está claro que es más fácil identificar a un buen escritor cuando postula lo que no te gusta. Solo entonces la calidad literaria sostiene el juicio del lector. El animal moribundo es una novela corta, recomendable, fácil de leer y con un giro argumental que cambia, por completo, la mirada con la que analizamos a la voz que parece deshacerse en cada página, a ese hombre que parece envejecer en ciento veinte páginas lo que no ha envejecido en cuarenta años. Interesante primera incursión en el universo narrativo de Roth. No será la única.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Inventario del desorden

Creo que recordar que fue a finales del verano de 2003, cuando asistí al curso “Figura y presencia de Rafael Alberti”, una de las opciones que ofrecía el programa de verano de la UNIA en la sede de Baeza. He de reconocer que, más que por don Rafael, fui al curso por los ponentes que participarían en él y porque me resultaba muy atractiva la idea de pasar cinco días en Baeza. No me equivoqué en las expectivas y no sé si esto es una crítica a aquella actividad formativa o un halago a mi capacidad de intuición, pero lo cierto es que, tal y como suponía, el curso parecía haber sido dispuesto por Luis García Montero a la medida de sus amigos poetas que iban a participar en él. Aprendí de Alberti, no puedo negarlo (aunque a un autor se le conoce, sobre todo, en la lectura de su obra y yo ya había leído un buen puñado de libros de él cuando llegué a Baeza), pero también pude disfrutar de lecturas de poemas de algunos de los nombres por los que más curiosidad sentía en aquel momento: Benjamín Prado, Ángeles Mora, el propio García Montero y Felipe Benítez Reyes. No conocía, sin embargo, a un tal Antonio Jiménez Millán que, después de hacer una lúcida reflexión sobre la unidad entre escritura y vida, leyó uno de sus poemas en el que analizaba la figura de su padre y me dejó sinceramente impresionado. Recuerdo haber decidido que tenía que leer ese libro, Inventario del desorden, y ahí termina la primera parte de la anécdota. La segunda es que acabé por comprarlo, pero no para mí. Lo compré para regalárselo a mi amigo Álvaro por su cumpleaños un 28 de mayo de 2004. La tercera es que, diez años después de su descubrimiento y habiendo recordado todo esto, le solicité un préstamo a Alvarito y me dispuse saldar aquella vieja deuda. Siempre me ha gustado eso que, de forma genérica, conocemos en España como poesía de la experiencia y que algunos llaman (yo creo que de forma más acertada) línea de la claridad. Por otro lado, desde que (hace unos cuantos años) me dio por escribir sobre mi familia y tomé la decisión de empezar por mi padre, cualquier texto, en cualquier género, que tenga como eje central la revisión autobiográfica de la figura paterna me interesa mucho, casi de forma enfermiza. El libro no me ha decepcionado y tengo que decir que, en mi opinión, trasciende las características habituales de la poesía de la experiencia, tanto en los contenidos como en la métrica. Volver en la lectura privada a aquel poema que hizo las veces de gancho ha sido un placer estético y me ha resucitado aquellas mismas impresiones que, veladas por todo este tiempo que ha pasado, recuerdo haber tenido al escucharlo. A medida que se van pasando páginas, no es difícil encontrar sentencias, frases tan incontestables, ante las que no se puede más que asentir. También, se encuentran, en cambio, y esto es muy evidente en los nueve poemas incluidos en la sección “Calma aparente”, textos que parecen construidos con retazos y cuyo fin último parecería ser la búsqueda o el incremento de una posible audiencia, menoscabando incluso la propia coherencia discursiva del que escribe. Por otro lado, y en ese más que comprensible ahondamiento en la capacidad de asombro que puede despertar el espanto, lo terrible, creo que, a veces y sin ser patrimonio exclusivo de Jiménez Millán, cae la poesía española con frecuencia en la construcción de un tono presuntusosamente hermético, confundiéndolo con aquella vieja idea (y lo digo por gastada y un poco rancia en este caso concreto) de la necesidad de mantener el misterio del poema. O, al menos, eso es lo que me dictan mi incompetencia como crítico y mi escasa capacidad para la interpretación. No puedo dar por cerrada esta columna sin recomendar dos conjuntos de cuatro poemas cada uno que aparecen en la sección del libro “Fábulas”. El primero de ellos, “Fábula y despedida”, es un impresionante relato del encuetro sentimental y erótico enunciado desde una frontera confusa entre sueño y vigilia, entre realidad vivencial e imaginación. “El pasajero”, escrito usando los ropajes fronterizos del poema en prosa, es un auténtico acierto intelectual que identifica el tiempo con un personaje errante. Sencillo, pero inapelable. Así es, de hecho, la poesía de Antonio Jiménez Millán y su apuesta por la falta de artificio, por la emoción desnuda. Son muchas las muestras a lo largo del poemario, pero me quedo con la idea que esboza al volver en “Calle Jazmín” al barrio en el que se desenvolvió su infancia:

pienso también que la literatura
abusó de castillos góticos,
bosques perdidos,
fríos páramos desiertos,
lagunas y mansiones señoriales.
Basta una esquina sórdida,
sin alma ni misterio,
a plena luz del día.

jueves, 19 de diciembre de 2013

¿Un réquiem para Uniradio?

Si hoy fuera un jueves corriente, habría encendido el ordenador esta mañana pensando en qué voy a escribir este año para despedir el trimestre y felicitar la Navidad a los oyentes de Las Afueras tomando como pretexto algún punto de partida literario. Seguramente, ahí estaría la principal dificultad. Después de todo, la gente no se toma a mal que repitamos discurso llegados a estas alturas del año y, por otro lado, tampoco hay demasiadas opciones de maniobra. Como siempre, acabaría por admitir que entiendo perfectamente a los críticos y a aquellos acusadores del consumismo, pero también pediría un poco de distancia y recordaría que hay muchas formas de tomarse estas fiestas, que tampoco podemos hacer nada por eludirlas y que, al fin y al cabo, nos dan una excusa inmejorable para abusar de la compañía de la gente a la que apreciamos. Como todos los años, también, aconsejaría regalar cultura, especialmente, regalar libros y, en concreto, a los niños. Ya sabéis que, debido a mi oficio y a mis convicciones personales, sigo manteniendo la ingenuidad de creer firmemente en el poder de transformación y regeneración social de cualquier acto educativo. Teclearía con la prisa habitual de cada semana y pensaría que, afortunadamente, aún me queda en reserva un libro para reseñar, La invención de Morel, y entre este y las lecturas de Navidad (espero terminar Los heraldos negros, Trilce y algo de Natalia Ginzburg o Machado de Assís, ya veremos) tendría margen suficiente para seguir compaginando las lecturas con la gustosa y autoimpuesta obligación de la columna semanal para el programa. Sin embargo, poco sentido tiene ya todo esto cuando se cierne sobre Uniradio la más que probable certeza de un cierre injusto y vergonzoso. Uniradio es un proyecto cultural libre con una trayectoria susceptible de causar envidia en cualquiera de los rincones de este país. Se trata de una iniciativa que se dedica única y exclusivamente al enriquecimiento de la Universidad como institución y de la vida en la capital y la provincia. No es, simplemente, que cualquier proyecto de estas características salga barato, en sí mismo, atendiendo a los beneficios sociales que genera. Además, Uniradio es un proyecto económicamente barato que vuelve a demostrar, una vez más, que el problema de esta crisis no es que no haya dinero para nada, es que hemos decidido recortar en lo importante y priorizar lo innecesario, lo superfluo. El cierre de un medio de comunicación es siempre, invariablemente, un drama, pero las palabras se muestran, desde un punto de vista semántico, insuficientes cuando es una universidad pública la que no tiene reparos en dejar morir a la que, probablemente, es una de sus grandes virtudes y una de sus señas de identidad. No sé si el Rector lo sabe, pero gran parte del respeto que se ha ganado la Onubense en estos últimos años se debe al buen hacer de Uniradio. Se me dirá que no soy objetivo, que formo parte de su red de colaboradores, y yo diré orgullosamente que sí, que me niego a ser objetivo cuando he estado seis años, dos meses y ocho días tratando de aportar algo, por pequeño e insignificante, que fuera a la maquinaria de difusión cultural ha sido esta radio. Recuerdo con nitidez mi primera columna, un once de octubre de 2007, en la que, a partir de un verso de Cernuda, reflexionaba sobre la capacidad de desencadenar pensamientos que tienen los cambios en el tiempo atmosférico. Divulgalia fue el programa que me dio la libertad de un espacio semanal para, tomando como excusa la cultura, hablar sobre lo que quisiera. Después, como sabéis, acabé trasladándome a la periferia con Las Afueras y me centré en la Literatura. Y, en esto, se resumen unos años imborrables en los que hemos charlado hasta la saciedad sobre premios, autores, poéticas, editoriales y, sobre todo, libros. Así que no puedo hacer otra cosa más que, en conciencia, dar las gracias a Manuel González Mairena y Manuel Arana por todo este tiempo y admitir que también siento un dolor egoísta por el cierre de Uniradio, ya que este espacio semanal es la actividad cultural más importante que he venido desarrollando y ahora, desgraciadamente, parece que voy a verme privado de ella. Escucho mientras escribo estas líneas un álbum de The Brian Jonestown Massacre cuyo título plantea un interrogante absurdo y sin respuesta: Who Killed Sgt. Pepper? Espero que, dentro de algún tiempo, nadie tenga que preguntar quién cerró Uniradio porque se trate de una pregunta ridícula, sin sentido y, por supuesto, sin respuesta.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Delito y escarmiento

Empieza a parecerme demasiado casual que, teniendo en cuenta el tipo de preocupaciones literarias con las que pierdo o construyo mi tiempo, me haya tropezado por segunda vez con una obra maestra de la literatura universal en el género novela que, no es que no me haya gustado, más bien, me da la impresión de que algo no me ha dejado disfrutarla con plenitud. Evidentemente, un lector de idioma único (como yo lo soy) no puede valorar el nivel de excelencia de una buena traducción. Sin embargo, sí puede identificar o, al menos, sospechar que se encuentra ante una mala. Y, volviendo al hilo inicial, ya es casualidad que, en ambas novelas, haya encontrado indicios (por decirlo suavemente) de cierta negligencia en la traducción. Además, y para cerrar el círculo, es una tremendísima casualidad que ambas novelas las haya leído en la misma colección de la misma editorial: Cátedra Letras Universales o, para que nos entendamos, la colección blanca de Cátedra que reúne clásicos de la Literatura Universal escritos en una lengua que no sea española y que, por tanto, son traducciones. Una editorial que, por cierto, tiene la imperdonable dejadez de no marcar con tilde la cualidad de esdrújula de su propio nombre en las portadas de los libros que pertenecen a las colecciones Letras Universales y Letras Hispánicas. Cuando leí Rojo y negro, mi nivel de autocensura me llevó a asumir que era mi culpa, que no tenía el hábito de leer ese tipo de novelas. Después de haber leído Crimen y castigo, pienso que cierta responsabilidad debe tener también el editor para que un lector que no tiene ni idea de ruso y se acerca por primera vez a Dostoievski sepa descubrir errores de traducción. Pondré solo un ejemplo. Dejando por un día a un lado el terror que suelo tener a equivocarme o a ser demasiado visceral, una novela deja de resultarme creíble cuando, en su segunda página, se transcribe el habla interna, el pensamiento de un atormentado estudiante veinteañero ruso del siglo XIX, con las siguientes palabras: “Esta manía de hablar es consecuencia del último mes que me he pasado los días y las noches tumbado en un rincón pensando... en los tiempos de Maricastaña.” María Castaña fue una heroína gallega que lideró en 1386 una revuelta popular contra los abusos del poder eclesiástico. Dudo mucho que un tal Raskolnikov pudiera llegar a conocer esta historia que no conocen muchos españoles (confieso que acabo de consultarlo en Wikipedia). La expresión, aunque muy popular, no creo que tuviera el alcance necesario como para llegar al ruso coloquial de los suburbios más deprimidos de San Petersburgo a mediados de aquel siglo. Entiendo que, a veces, el traductor ha de tomar decisiones complicadas para facilitar la comprensión del lector futuro, pero ese problema no justifica cualquier opción. Como bien decía Borges, se puede usar en un poema azul o azulado, pero jamás azulino, por mucho que el término sea estrictamente correcto. Por lo demás, esta reseña de Crimen y castigo no puede ser más que una reseña limitada, como limitada es la “versión” que he leído. A pesar de ello, la obra se muestra en su majestuosidad y, una vez terminada, el lector acaba admitiendo, sin ningún género de dudas que se encuentra ante el mejor relato posible del remordimiento, ante una intrahistoria del arrepentimiento y el tormento intelectual. No necesitaría nunca Dostoievski acudir a expresiones como nervios desquiciados, porque su procedimiento consiste en dejar fluir una prosa inagotable, en dibujar un muestrario diverso de situaciones donde el asesino Raskolnikov no parece oír, ver, pensar, oler, tocar, mirar o leer ninguna cosa que no le hable de los terribles actos que ha planificado y ejecutado. La novela es, además, un catálogo impresionante de personajes y caracteres que luchan por imponer sus voces en las tramas que se dilucidan y que, simultáneamente, nos iluminan sobre condiciones sociales y modos de vida, sobre la presencia o ausencia de valores éticos, sobre la inhumanidad y el excesivo individualismo en los que puede desembocar, y con frecuencia desemboca, la vida en las grandes ciudades. Finalmente, Crimen y castigo es un ejemplo perfecto de la hipótesis que establece la posibilidad de la rehabilitación social y la renovación espiritual (aunque a mí me guste más el vocablo psicológica) a través del amor. No voy a entrar a discutir las posibilidades de veracidad de esta hipótesis. Sí diré, sin embargo, que sería, definitivamente esperanzador y bello que fuera cierta.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Grandes pechos amplias caderas

Casi con toda seguridad, Grandes pechos amplias caderas es a la literatura china lo que El tambor de hojalata fue a la literatura alemana. No es ésta una conclusión excesivamente meritoria cuando se tiene en cuenta que coinciden en ambas el niño de extraño desarrollo y con oposición abierta a asumir los roles que implican el status adulto; un contexto caracterizado por el horror cotidiano y que, durante el desarrollo del relato, atraviesa conflictos bélicos y periodos de represión que tienen su correspondencia en la Historia del siglo XX; la evolución de los personajes y el entorno hacia un presente en el que queda configurada una visión concreta del país; un acercamiento en los métodos narrativos a lo que podríamos llamar realismo mágico y, por tanto, a aquellos autores que fueron encuadrados en lo que se llamó el Boom Latinoamericano; así como el hecho de haber recibido ambos escritores, Günter Grass y Mo Yan, el Premio Nobel de Literatura. No pretendo, sin embargo, que este comentario sea interpretado como una crítica maliciosa. De hecho, Grandes pechos amplias caderas es una mejores novelas que he leído últimamente y me ha gustado mucho, a pesar de sus ochocientas treinta y seis páginas, un buen puñado de las cuales prescindibles. No todo podía ser perfecto y, en cierto modo, es comprensible que los escritores se dejen guiar por sus vicios y se despachen a gusto. Sobre todo, cuando tenemos en cuenta que, en lo que al sentir general se refiere, no se suele considerar a un escritor como grande hasta que no escribe una novela y, desde luego, una vez lo hace, no conseguirá mantener su status mientras no escriba uno de esos tomos que se venden al peso y que dan al lector medio la seguridad de estar leyendo algo importante. Bromas aparte, me ha gustado tanto esta novela que, ya en la página ochenta y siete, cuando termina el primer capítulo, comprendí que no estaba perdiendo el tiempo y que tenía entre manos uno de esos libros que son, cuando menos, recomendables. No es fácil resumir o dar un esbozo de lo que la novela es en sí. No porque no pueda escribir una serie de frases generales sino, más bien, porque siento constantemente que me estoy olvidando de algo. Está claro que se trata de la historia de una familia durante, prácticamente, todo el siglo XX. Shangguan Lu, mujer de pies vendados y obligada a casarse con un hombre estéril, tendrá ocho hijas y un único hijo varón, el último. La historia de cada uno de ellos, de sus vidas, amores, bodas, problemas, hijos, muertes, es lo que compone el relato, a la vez que los diferentes escenarios donde se desarrolla que, casi invariablemente, se centran en el pueblo de Gaomi del Noreste. Dentro de este núcleo de personajes, hay dos que son claramente protagonistas: por un lado, está la madre, sufridora, trabajadora y gran heroína que hará posible, en la medida de lo que sus fuerzas le permiten, la supervivencia de su descendencia; y, por otro lado, está Shagguan Jintong, el único hijo varón, voz narradora de la historia y poseedor de una característica que le hace distinto, único: su incapacidad de alimentarse de otra cosa que no sea la leche materna hasta bien entrada la adolescencia y la juventud, y la consiguiente obsesión por los pechos femeninos que desarrolla siendo solo un bebé y que conservará durante toda su vida. Mientras la biografía de los personajes crece, se amplía, se entrelaza, asistimos al vertiginoso viaje de la historia de China en el siglo pasado. La caída de la Dinastía Quing, la república dictatorial de Yuan Shikai, la guerra contra los japoneses, la guerra civil, el nacimiento de la República Popular, la Revolución Cultural y la transición que lleva hacia ese régimen económico al que ha derivado China y que algunos llaman Capitalismo de Estado. De hecho, la foto social que nos ofrece el libro en sus últimas páginas no resulta tan ajena al modo de vida occidental que conocemos. Más allá del trasfondo histórico y, sin menospreciar ninguna de las formas en que se ramifica el entramado argumental de la obra, Grandes pechos amplias caderas acaba definiéndose como la búsqueda de la comprensión, el amparo y el respeto que necesita la conciencia diferente e inadapatada y que, en una sociedad sin escrúpulos, solo podrá encontrar en un semejante, es decir, en otro ser distinto y que no forma parte de la masa poblacional homogeneizada. Al menos, esa es la sensación que me deja el libro tras leer el desenlace final, si es que se puede llamar así. En definitiva, si lo que se espera de esta columna es una conclusión, después de haber leído únicamente este libro, mi impresión es que el Premio Nobel de Literatura 2012 está entregado a un narrador que lo merece. Si cambio de opinión, prometo hacerlo saber.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Te Deum

Cerré la temporada pasada de columnas con la reseña de un libro que debía a Miguel Mejía y abro la temporada presente de la misma forma. En la antesala del verano, me despedí con un libro de poemas con el que Miguel había ganado su más reciente premio. En esta ocasión, me ocupo de uno de sus trabajos como traductor. Cuando hace ya algunos años, Miguel nos comunicó que había decidido abandonar Alemania para probar suerte en Polonia, nadie tuvo la menor duda de que aprendería polaco sin demasiada dificultad. No por ello dejé de sorprenderme cuando me contó que estaba traduciendo a un poeta polaco llamado Tadeusz Dabrowski, nacido en 1979 y que vive en Gdansk, esa ciudad en la que se desarrolla la historia de El tambor de hojalata. El poemario en cuestión se titula Te deum y, como cualquiera puede imaginar, con un título así ya nos están dando muchas pistas sobre los ejes temáticos del libro, aunque un aventurero juicio previo puede forjar unas expectativas desajustadas. Evidentemente, uno de los temas fundamentales del libro es la muerte, pero no se acerca a ella el poeta con un tono oscuro y plañidero, más bien, se trata, en mi opinión, de desdramatizar, haciéndonos conscientes, por ejemplo, del placer que sentimos al matar mosquitos en contraposición a las hondas reflexiones que nos induce la muerte de nuestro perro. O imaginando juegos dialógicos imposibles, como en el comienzo de un poema sin título donde podemos leer: “El vivo no comprenderá al muerto el muerto comprenderá / al vivo y su incomprensión”. La reflexión en torno a la muerte toma también la forma de un escepticismo sobre la realidad vivencial. Es muy claro este aspecto en el poema en el que Dabrowski comienza interrogándose: “Cuántas veces he muerto ya en la vida, es difícil decirlo, / porque es seguro que morí.” Hacia el final, el poema parece decirnos que, por muy conscientes que seamos del fin de la vida, es lícito preguntarse hasta qué punto es real lo real, cómo tomar la decisión de creer o descreer de la propia experiencia. Poco a poco, el poemario se va transformando, abriéndose a temáticas más diversas que incluyen los estilos de vida, la moral, la identidad, el erotismo, el amor y la propia actividad de escribir que aparece siempre mezclada, cosida, enroscada a alguno de los temas ya citados. El tono, sin embargo, se mantiene constante y, aunque es inevitable alguna incursión en la tristeza o el desamparo emocional, siempre queda como trasfondo una mirada burlona que, en mi opinión, no pretende restar importancia a lo que se cuenta, sino establecer una distancia necesaria con la emoción pura que facilita la construcción del poema. Como en el “Tratado de zoología (socialmente comprometido)”, cuyo final nos plantea:

       … ¿habría matado a tiros un chimpancé a cinco
trabajadores del Kredyt Bank? No creo, a no ser que

fuera por divertirse, y en un jardín zoológico.

Un claro ejemplo de temáticas entrelazadas es “Velada”, un texto circular en el que se describe un tránsito que parte desde un amanecer ebrio, pasa por un sueño diurno a deshoras, se detiene en una tarde de escritura y acaba en una nueva salida noctámbula; un texto donde se nos confiesa que:

                                                                             Los poemas
más hermosos surgen en el sueño, blancos con rimas,

exprimidos con pluma gastada en una limpia limpia
libreta. Sin pensar busco estos poemas por las noches.

 
Especialmente buenos me parecen “Fragmentos de un discurso amoroso” (en el que se dibuja un retrato, al mismo tiempo, triste y humorístico sobre la infidelidad), “Desplazamiento hacia el rojo” (quizá el más puro poema de temática amorosa del libro y que toma como pretexto el Big Bang) o “Poema erótico atemporal” (en el que el erotismo que late es de carácter intelectual). Y cito estos tres por no alargar demasiado esta columna.
Una mención separada merece el tema de Dios y la salvación. Teniendo la cultura polaca y los caminos por los que va desarrollándose el libro, hubiera sido artificialmente extraña la falta de referencias a estos tópicos. Dios y la búsqueda de salvación aparecen, como no podía ser de otra manera, en muchos de los poemas del libro, a veces de una forma más aislada y, en otras ocasiones, unida a cualquier otra temática, estableciendo una clara diferencia entre lo mundano y lo divino, el gozo y el deber cristiano, las preocupaciones intelectuales y la entrega a la búsqueda de la
salvación. De esta manera, en “Día de difuntos” el poeta declara que:

                            Hasta aquí me parecía que creo
en Dios pero ahora ya sé que creo en la tersa

piel de su hoyuelo y en los orificios por los que
no es posible de abrirse paso en los que se multiplican
seres de la humedad y del calor.

En “Padre”, el análisis va muy lejos y concluye sin temor: 
 
Y entonces he llegado a qué significa que Dios piensa
que piensa, y en qué consiste la diferencia entre
Dios y yo;

Con el paso de las páginas, Dabrowski llega a definir a Dios como la asfixia que conforma la vida y, a pesar de componer algún poema con forma de oración y tono de contrición, reconoce, aparentemente sin sombra de miedo, estar convencido de lo lejos que está del concepto católico de salvación. Así nos lo muestra al final de uno de los poemas:

                                                           Y no entrará
por fin al reino de los cielos aquel que escribe
a las doce menos cinco un poema en lugar de una oración.

Pero es, probablemente, el último poema el que más acertadamente aborda la idea de Dios y la que un hombre puede hacerse de sí mismo, uno que comienza con un verso que es, casi, un desafío: “Esto es el primer verso. Este verso no importa.” El poema quiere compararse con la vida y que cada verso dibuje una imagen ajustada del poeta, como aquella idea de Ángel González de la creación de un personaje literario que se parezca al autor. Sin embargo, sabemos que escribir es rehacer y, así, es posible que, en el proceso de escritura, al inventar nos reinventemos, suframos un un cambio guiados por el personaje que hemos creado y que acaba por modelarnos a nosotros mismos. Dice Dabrowski que habremos vivido cuando descubramos que el poema hablaba de Dios y no debe extrañarnos su contundencia. ¿Acaso la imagen que tenemos de Dios no es la proyección de las cualidades humanas llevadas a la excelencia o la exageración? ¿Acaso podemos imaginar a Dios de otra forma que no sea como una imagen humana? Y, después, termina el poema y, por tanto, termina el libro. Y lo hace de la forma más natural, de la misma manera en que llega el final de una vida, en cualquier momento, inesperadamente. Es esa conciencia, además del miedo natural a lo que nunca se podrá conocer, la que se esconde detrás de los últimos versos y del misterio al que induce el corte brusco la frase y, por tanto, del discurso. Está muy claro:

                                                   El último verso llega
sin embargo más rápido
que

viernes, 11 de octubre de 2013

Una maquinaria interrogativa (cierre de la temporada 2012/2013 en Las Afueras)

Probablemente, hay muy pocas satisfacciones comparables a leer el poemario de un amigo impreso en folios o fotocopiado, pensar que se trata de algo realmente bueno y maldecir la cerrazón del entramado editorial español y, posteriormente, años después, recibir en casa un sospechoso sobre acolchado que aloja en su interior un libro de poemas, ese mismo que ya habías leído cuando estaba recién sacado del horno y parecía tan lejana la posibilidad de publicación. Como siempre, advierto antes de seguir exponiendo mis percepciones: no puedo ni pretendo ser objetivo en esto. Sí, Miguel Mejía ha vuelto a ganar un premio y ha sido, una vez más, publicado. Se trata del Premio Paul Beckett de poesía en su última edición, un galardón que concede la Fundación Valparaíso y que otorga la posibilidad de publicar en la Colección Beatrice. Como puede imaginarse, se trata de una edición modesta, aunque no le falta ese tono elegante que tienen los que, humildemente, ofrecen un buen producto haciendo gala de la sobriedad y prescindiendo de todo el artificio que rodea a ciertas publicaciones donde hay que suplir de alguna forma la falta de nivel poético. Pero vayamos a lo importante, a la obra, a ese poemario titulado Hacia dónde, que es algo más que una mera referencia espacial, una búsqueda de orientación geográfica, aunque también lo sea. Hacia dónde es la pregunta fundamental de la conciencia humana, de una voz intrapsicológica, de un discurso privado que se ha hecho carne en el ritmo y nos lleva al territorio de las inquietudes, de la ausencia o la búsqueda de un sentido, la obligada construcción de una identidad personal con los materiales de la incertidumbre, la necesidad o la obligación de seguir viviendo a pesar de la falta de respuestas definitivas. Dividido en cuatro partes sin títulos que la identifiquen, se trata sin embargo de un conjunto monolítico (que no monográfico) de poemas. Algo respira entre esos versos, el verbo está vivo y da la impresión de que ninguno de los textos sobra. Todos parecen ser necesarios en el funcionamiento de una maquinaria interrogativa. Inmerso en un contexto urbano, los elementos del paisaje no son una agarradera que evite una caída al interior. No consuela ni sana el regreso, como tampoco pueden hacerlo los matices temporales que pretende imponer el calendario. Los nombres que ponemos a los días y los meses revelan su verdadera naturaleza de etiquetas. Por eso, no es raro que el poeta nos diga que debajo de abril “late siempre diciembre” o que un lunes sea una ráfaga de comprensión, el decisivo instante en que descubrimos que podría ser ya tarde para confiar en un amanecer que, en su iluminación, irradie algo parecido a una esperanza. En un constante ir y venir, nada parece estable y, sin embargo, siempre parece estar todo en el mismo punto, detenido, ajeno a cualquier idea de progreso. Porque todo está roto o se derrumba o despliega un esfuerzo que es inútil. El poeta puede ser muchos seres distintos, puede hablar desde una multiplicidad de voces que reflejan lo que ya sabemos: igual que el río de Heráclito, nadie puede ser siempre la misma persona y es ésta la base de todo conflicto identitario tanto en lo social como en lo personal, es éste el motivo que está detrás de la mayoría de demandas de psicoterapia, es ésta la angustia de no saber si estamos aprovechando o malbaratando nuestras vidas, el miedo a quedar en un territorio neutro, gris, informe, en el que descubrimos que, al fin, no somos nada. Es lícito pensar en este punto que, al menos, nos queda la memoria, como les quedaba París a Rick e Ilsa en Casablanca. Ilusión de control, autoengaño, el propio Miguel se encarga de no dejar un solo cabo suelto, un mínimo salvavidas, en el único poema que no tiene título de la colección:

no deja de pasarnos la vida por delante
y está uno a veces triste como un muñeco hueco
con brazos incapaces con cara de sí mismo o parecida
tirado sin remedio solo sobre la cama hecho un ovillo
queriendo no salir no ver el día no volver nunca
porque todo sucede siempre ayer y los recuerdos
de qué sirven de qué dime de qué

domingo, 6 de octubre de 2013

El alcalde de Zalamea

Si como ya sabéis siempre he venido defendiendo los beneficios de la lectura en general y, en particular, de la lectura de los clásicos, además, últimamente, vengo reafirmándome en una idea que, probablamente, ya habré esbozado o planteado anteriormente: la lectura de los clásicos es la mejor forma de comprender que este mundo en el que vivimos no va, cada vez, peor. Más bien, ha sido siempre igual de injusto y despiadado a lo largo de la Historia y los cambios que hemos experimentado están más relacionados con el atrezo, que con una transformación profunda en la estructura de la moral y el comportamiento humano. Es difícil no caer en este círculo de reflexiones sobre la naturaleza del ser humano cuando se acaba de leer a Calderón y se está aún girando en las órbitas de su inigualable talento. Basado en acontecimientos históricos, El alcalde de Zalamea es un tratado en tono dramático sobre algunos de los problemas que aún hoy, trescientos setenta y siete años después, siguen persiguiendo, oprimiendo y preocupando a los sectores más desfavorecidos de la especie humana. El argumento de la obra nos sitúa ante el paso de las tropas reales por la localidad de Zalamea de la Serena (Badajoz) con motivo de un conflicto bélico entre España y Portugal. Atendiendo a la leyes del momento, el pueblo llano (el villanaje) tenía la obligación de alojar en sus casas a los miembros del ejército. La trama que Calderón arma en torno al amplísimo y omnipotente concepto del honor, su pérdida y restauración como motor del drama, se puede desgranar con facilidad en una diversidad de temas que no resultan, en ningún momento, arcaicos o ajenos a la fresca actualidad que nos envuelve. En primer lugar, tenemos el continuo desdén con el que un capitán trata a los habitantes del pueblo y las intrigas que diseña para conseguir beneficios personales. ¿Qué es esto sino un claro abuso de poder? En segundo lugar, tenemos el secuestro de una joven y bellísima mujer, a la que fuerza a mantener relaciones sexuales. ¿Acaso no estamos aquí ante una doble acepción siempre terrible de la palabra violación? ¿No es cierto que nos sigue preocupando la situación de los Derechos Humanos cuando los ejércitos de cualquier guerra entran en las poblaciones? ¿No es la violencia de género y la desigualdad entre hombres y mujeres uno de los principales asuntos a resolver en sociedades como la nuestra? Ya defendí, en este mismo espacio, hace ya tiempo que es fácil descubrir que Calderón es un moderno, un pensador de nuestro tiempo, cuando se analiza con atención su discurso. Esta afirmación se hace indiscutible en una extensa intervención del héroe de la obra, Pedro Crespo, cuando al despedir a su hijo, que se incorpora a las tropas que van camino de Portugal, le aconseja:

¡Cuántos, teniendo en el mundo
algún defeto consigo,
le han borrado por humildes!
Y ¡cuántos, que no han tenido
defeto, se le han hallado,
por estar ellos mal vistos!

Y más abajo:

No hables mal de las mujeres;
la más humilde, te digo
que es digna de estimación
porque, al fin, de ellas nacimos.
No riñas por cualquier cosa;
que cuando en los pueblos miro
muchos que a reñir se enseñan,
mil veces entre mí digo:
"Aquesta escuela no es
la que ha de ser", pues colijo
que no ha de enseñarse a un hombre
con destreza, gala y brío
a reñir, sino a por qué
ha de reñir, que yo afirmo
que si hubiera un maestro solo
que enseñara prevenido,
no el cómo, el por qué se riña,
todos le dieran sus hijos.

Sin embargo, no solo hay lugar para el análisis histórico y la pesimista toma de conciencia en el teatro del Siglo de Oro. En cierto modo, la satisfacción interior con la que se leen estos libros está relacionada con su desenlace. A su manera, en el estilo de la época, al lector le queda el regocijo de la justicia en el tramo final de la obra, una justicia que es vengativa y cruel con quien lo merece y que, aunque se circunscriba claramente al territorio de la ficción, supone una especie de terapia analgésica que alivia la sensación de haber perdido de antemano la lucha contra la injusticia y la desigualdad.