A medida que se acercaba
el momento en que se anunciaría el nombre del galardonado en 2013
con el Premio Cervantes, como pasa siempre, iba intensificándose el
fenómeno quinielas, ese discurso especulativo que hace las veces de
cotilleo y prensa rosa entre los aficionados al mundo de las letras y
que, casi invariablemente, amplifica nuestra sensación de sorpresa
cuando, por fin, se hace público el ganador. Este año sonaba
Ernesto Cardenal y le tocaba a un autor latinoamericano. No se
cumplió el pronóstico y, aunque no hagan falta motivos que
expliquen el hecho, lo cierto es que los hay. El jueves de esa misma
semana, escuché la sección de Jorge Barriuso en Hoy empieza
todo, que dedicó a la entrega del Cervantes, y me di cuenta de
lo ingenuos que podemos llegar a ser. Como bien resumía el lúcido
comentarista radiofónico cuando se refería a la posibilidad de que
el premio hubiera recaído en Ernesto Cardenal, es muy complicado que
le otorguen un premio oficial a una voz extremadamente incómoda,
incapaz de sumirse en un silencio reconfortante para el orden
establecido, siempre dispuesta a enfrentar la realidad social y
política ante el discurso dominante. Porque, en el fondo, eso es lo
que provoca Ernesto Cardenal entre los guardianes de la estructura y
la jerarquía, una gran sensación de incomodidad e inquietud. Por
eso, se hicieron tan famosas aquellas imágenes en las que Karol
Wojtyla regañaba públicamente al poeta inmediatamente después de
bajar de un avión. Desde una óptica europea y laica, es difícil
comprender por qué este hombre siente la necesidad de ser sacerdote,
de pertenecer a una institución que perpetúa las relaciones de
desigualdad contra las que él viene luchando desde hace tanto, que
se ha mostrado tan firme en la represión del pensamiento y la
ideología de la que el propio Cardenal es partícipe. Supongo que,
desde su óptica suramericana empapada de una realidad social y
cultural muy diferente a la nuestra, es fácil encontrar en los
Evangelios el mensaje liberado y de revolución social que le
mantiene erguido en su camino. Tuve la ocasión de ver de cerca al
poeta, de comprobar su aspecto de anciano eminente, de entender el
halo de sabiduría que se desprende naturalmente de su imagen.
Estreché su mano, me firmó una antología que, sería más de un
año después, mi primer contacto con su obra. Su poesía es una
demostración de lo artificiales que resultan los cercos entre
géneros y disciplinas. Lo que hizo Galeano en “Las venas abiertas
de América Latina”, lo hace Cardenal con sus poemas. Si el
uruguayo es capaz de analizar políticamente las relaciones de
desigualdad en el continente americano con un lenguaje literario,
Cardenal es capaz de construir un discurso poético desgarrado que
denuncia estas mismas relaciones de desigualdad con un rigor de
analista político. Su poesía es, además, desde un punto de vista
exclusivamente personal, una invitación al autorreproche, a
cuestionarme qué demonios hacía yo perdiendo tantísimo tiempo con
la televisión y la Megadrive, por aquellos finales de los
años 90. Como me ha ocurrido con tantos otros libros, he sentido al
leer a Cardenal la convicción de que habría disfrutado muchísimo
más de sus poemas si hubiera llegado a ellos antes, un poco más
joven y este tipo de pensamientos, como ya sabéis, inducen demasiado
a la melancolía. No quisiera terminar sin hacer una referencia a los
poemas de temática amorosa que aparecen al comienzo de la antología
de Valparaíso (libro que toma como excusa esta columna). En mi
experiencia como lector, siempre me ha llamado la atención la
estrecha relación que existe entre la habilidad para escribir poemas
de corte reivindicativo y político y la sensibilidad para crear una
buena poesía amorosa, relación que puede constatarse especialmente
en el caso de los poetas latinoamericanos de la segunda mitad del
siglo XX. Me imagino que no es nada original lo que estoy planteando,
pero creo que es una tesis sobre la que se puede argumentar mucho y
con la que se puede emborronar mucho papel. Prometo no hacerlo.
Simplemente, la dejo esbozada como línea final de reflexión.
sábado, 1 de febrero de 2014
domingo, 19 de enero de 2014
Crónica de una muerte anunciada
Le
debo a García Márquez lo que podríamos llamar el comienzo de un
interés “serio” por la lectura. En concreto, se lo debo a Cien
años de soledad. Sin
embargo, tuvieron que pasar muchos años desde que terminé de leer
de El amor en los
tiempos del cólera,
puede que más diez, hasta que me decidí a saldar una de mis cuentas
pendientes con el colombiano. Dejo para algún otro futuro El
coronel no tiene quien le escriba.
Hoy nos toca Crónica
de una muerte anunciada,
un libro que me habían recomendado hasta la saciedad cuando estaba
leyendo otros de García Márquez y del que siempre me destacaban
como una de sus ventajas lo rápido que se podía leer. Y es cierto.
Esa es la impresión que domina la lectura de esta novela desde su
comienzo, esa agradable sensación de percibir que podrías bebértela
de un trago. El mecanismo que sostiene esa anestesia, la droga que
produce tal efecto es, evidentemente, la prosa exquisita y cuidada,
esa forma de usar el español que, a ratos, nos hace amar y temer a
este genial novelista. Puede llegarse al empacho de García Márquez.
Está claro. Pero, como todo lo que puede producir empacho, su arma
fundamental está en el sabor y el sabor de su narrativa es
indudable, inconfundible, inapelable. Crónica
de una muerte anunciada,
desde mi punto de vista, tiene, además, la virtud de estar contada
en tono de monólogo amistoso. Uno prepara café y se siente como
acompañado con el libro, como si estuviera escuchando una vieja
historia de la voz de un compañero de la infancia. Y, curiosamente,
no por eso pierde su pretendido carácter de crónica, de
particularísimo ejercicio a la vez periodístico y de ficción, que
aclara sin desvelar la claves fundamentales, que expone
exhaustivamente dejando que el lector y cada uno de los personajes de
la obra tengan un punto de vista propio. Porque, al final, todo queda
descriptivamente desvelado, detalle por detalle, sin que pueda darse,
en cambio, una sola razón que explique lo que ha sucedido, que
aclare la responsabilidad de un crimen y de una gran falacia. Al
final, nadie es capaz de justificar el comportamiento Ángela Vicario
y es imposible ponerle nombre a su cómplice de alcoba primigenio, al
personaje insignificante para la trama, escondido entre el asesinato
y el matrimonio fracasado, anónimo para ambos mundos, el interior y
el exterior a la novela y que, precisamente por eso, por no ser el
protagonista de nada, se salva de todo drama formando parte de la
inmensidad de vidas normales, vidas que no destacan entre la masa.
Mientras leía, mientras iba avanzando entre las casualidades fatales
y la desidia de todos los personajes que es, también, semilla
imprescindible para la tragedia, recordaba uno de los pocos consejos
que doy con orgullo y convicción cuando alguien me pide opiniones
sobre los avatares de su vida personal tomando como excusa mi
formación psicólogica. Yo, que siempre me he considerado muy mal
psicólogo, he recomendado, en cambio, muchísimas veces algo muy
sencillo, tan evidente que me da vergüenza escribirlo: las cosas hay
que hacerlas cuando tienen sentido (sentido temporal, se
sobreentiende), hay que hablar sobre los conflictos con la gente
cuando se tiene la más mínima oportunidad. Al mismo tiempo, venía
a mi mente un tema muy calderoniano, en concreto, el que se trata en
La vida es sueño:
el destino no es un ente inamovible al que debemos rendirnos. Porque
es eso lo que sucede en la historia de Santiago Nasar. Desde el
comienzo, todo es desenlace, todos dan por hecho el trabajo que nadie
se atreve a hacer. En el fondo, parece que lo dan por muerto desde el
instante en que se consuma la amenaza. Con un tono descreído, parece
que todas esas voces fingen cuando afirman que nadie tomaba en serio
a los cuchilleros, parece que todos mienten cuando afirman que
pensaban que el inminente muerto tenía que estar enterado ya de lo
que iba a suceder. Afortunadamente, me comían los nervios por la
indolencia de un pueblo entero, me indignaba la ligereza con la que
Ángela elige quién debe morir, me torturaba la cadena de
infortunios casuales que condenan a tres hombres a convertirse en
leyenda, me causaba turbación la imagen de un hombre que sonríe
mientras se sujeta las vísceras. Afortunadamente, repito. Porque es
una suerte encontrar libros en los que uno pueda pensar y casi sentir
de manera tan intensa. Afirma García Márquez con disgusto, a través
de la voz que narra en el libro, que la vida se parece demasiado a la
mala literatura y puede ser verdad. Contradictoriamente, también es
cierto que la buena literatura o, al menos, la buena narrativa lo es
por su tremendo, por su terrible parecido a la vida. De momento y por
suerte, seguiremos sin encontrar una solución aceptable a este
dilema.
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martes, 14 de enero de 2014
La Caja Negra
Apuntaba al escribir
sobre El animal moribundo
que, a veces, se disfruta más de un buen escritor cuando, en su
obra, plantea afirmaciones con las que no podemos estar de acuerdo o
sentirnos cómodos. Empiezo esta semana gozando del placer de
contradecirme. No voy a retractarme de lo que ya he escrito, pero sí
voy a afirmar hoy el placer que supone encontrar sentencias y
proposiciones de las que uno no puede disentir, incluso, más allá,
ideas similares a otras que ya se había estado rumiando, aunque el
planteamiento no fuera exactamente el mismo. Porque, ante todo, La
caja negra de Josep María
Rodríguez, un poemario editado por Pre-textos y que ganó en 2003 el
premio Emilio Prados, es (o, al menos, a mí me lo parece) la
confesión de un aprendizaje, una manera de dejar constancia de
algunas certezas, codificadas y construidas con el material que
proporciona el propio discurrir en que consiste estar vivos. En este
sentido, “poética” define a la poesía como “Buscar la aguja
del instante eterno. / No el poema, / sino aquello que va a durar por
siempre para mí”. La actitud de búsqueda y contemplación bastan,
ya que, como se dice al final del poema: “La memoria, / después, /
impone un orden.” En el primero de los textos que compone el libro,
en la primera página, puede leerse: “Todo es cuestión de ciclos.”
¿Y quién se atreve a negarlo? ¿Quién no se siente reconfortado de
encontrar una verdad semejante en la voz del poeta al que se le
concede la autoridad a través del acto de lectura? Es tan
innegablemente cierto como lo son los tópicos, esas expresiones que
desdeñamos sin darnos cuenta de su capacidad de vertebración de un
marco de referencia. Y ésta es la idea que late en “intermitencias”,
cuando el poeta admite lo que muchos no están dispuestos a admitir:
Igual que este
paisaje,
mi idea de mí mismo
ha ido cambiando:
no puedo estar del
todo satisfecho.
Sé que parece un
tópico,
pero los tópicos
-como vallas
a ambos lados de la
carretera-
dan seguridad,
nos delimitan.
Prácticamente,
estoy de acuerdo con todas las afirmaciones categóricas que se hacen
en el libro: la capacidad de la felicidad para generar confusión, la
seguridad de que está la nada detrás de cada una de las grietas que
podemos identificar en la existencia, la ausencia de razones que
justifica el amor (y, en general, cualquier afecto, elección o
preferencia), la escasa relación que existe entre la necesidad de un
reencuentro y la posibilidad de que suceda, la fascinación que tiene
lo lejano frente a lo anodino que parece lo que tenemos delante, la
vida como una órbita trazada alrededor de la palabra muerte, la
muerte como un sol hecho pedazos, la constancia de que es inútil
otorgar un sentido a todo, como inútil es andar contando el tiempo
que nos queda puesto que:
Vivir es abrazar
oscuridades:
de lo que no sabemos a
lo que no sabemos,
desde una lejanía a
otra lejanía.
Todo es inaccesible.
Desde
esta óptica, la pérdida es inevitable. Incluso cuando tocamos el
mundo, los objetos, vamos dejando en ellos un rastro, el de nuestros
días, la prueba incontestable de haber vivido. Por otro lado, no es
difícil concluir cuál es la labor del poeta como constructor de
estos discursos. Está claro que su función principal es la del
notario, que recoge de forma manifiesta todas esas semillas de
conocimiento y las hace constar en cada verso. Por eso, afirma
Rodríguez en “las semillas del viento”: el horror
necesita de mis ojos. Porque,
después de todo, la poesía tiene algo de vanidad, de búsqueda de
un nivel intelectivo de autosatisfacción. Al fin y al cabo, por
mucho que el poeta centre su foco en la otredad (un ejemplo
paradigmático es la persona amada) siempre está hablando de sí
mismo. Y así, descubrimos que es sincera, irrevocablemente sincera,
la toma de conciencia que se intuye en el poeta en “principio y
fin”, el último de los poemas del libro:
Y hablar de ti,
en el fondo,
también es una forma
de egoísmo.
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sábado, 28 de diciembre de 2013
El animal moribundo
“No importa cuánto
sepas, no importa cuánto pienses, no importa cuánto maquines,
finjas y planees, no estás por encima del sexo”. Esto piensa
David Kepesh y no voy a ser yo quien diga que se equivoca. No puedo
evitar, en cambio, pensar en este tipo de planteamientos como un puro
“reduccionismo” (palabro que incomprensiblemente no está
recogida en el diccionario), otra
más de las generalizaciones en las que vive sumido nuestro
imaginario social y cultural desde que todo el mundo tiene el derecho
a erigirse como un especialista en el conocimiento de la mente y el
comportamiento humanos. No seré yo tampoco quien niegue el valor
fundamental de la actividad sexual en la configuración social y
psicológica del ser humano. Probablemente, se pueda llegar a ser más
radical desde un punto de vista más simple: es una cuestión de
salud global. Sin un sexo liberado y normalizado, no puede haber
sujetos ni sociedades sanas. Nuestro código de intelectualidad desde
mediados del siglo XX, sin embargo, nos dice que para ser un
interlocutor respetado tienes que asumir la omnipotencia del sexo
como fuerza capaz de doblegar voluntades y única religión ante la
que merece la pena doblegarse. El problema es que todo planteamiento
religioso tiene una materialización. Siempre hay una imagen frente a
la que rendir adoración. Y todos aquellos que hacen este tipo de
declaraciones acaban volcados en una constante actitud
fundamentalista que les arrastra a situaciones y conductas que, fuera
de su ámbito religioso, probablemente percibirían como
ridículas. Y esto es lo que acaba por sucederle a David Kepesh. Y
¿quién es David Kepesh? Se trata del protagonista que narra en
primera persona narrador la novela El animal moribundo de
Philip Roth. David Kepesh es un reputado profesor universitario y
crítico cultural que ha envejecido muy bien y tiene la costumbre de
seducir a sus alumnas de doctorado. En una confesión íntima a un
oyente desconocido, hace una crónica de su autodestrucción personal
desde que inicia una relación con Consuelo, la bellísima hija de
unos exiliados cubanos que tendrá, sin quererlo, un poder ilimitado
sobre la estructura mental de Kepesh. El hombre tan seguro de sí
mismo, tan consciente de su edad pero sin un solo atisbo de miedos,
se convierte en, poco menos, que un fiel obediente sin ningún tipo
de control ni autoridad sobre su pensamiento y sus deseos. Es
frecuente que admitamos, sin ningún género de dudas y muy
orgullosos de nosotros mismos, que la vida es incontrolable y que
nada podemos hacer para frenar las sacudidas del azar y del incierto
futuro. Y lo decimos con tranquilidad. Solo perdemos los nervios
cuando verdaderamente entendemos lo cierto que es aquello que
afirmábamos sin temor. Solo cuando nos encontramos ante la verdadera
dimensión de la tragedia, la pérdida, el sufrimiento, somos capaces
de tomar conciencia esta afirmación. Y, una vez más, esto es lo que
sucederá a Kepesh cuando se enfrente a su verdadera dependencia con
Consuelo, cuando se enfrente a fuerzas que relativizan por completo
ese supuesto carácter omnipotente del sexo, aunque no esté
dispuesto a admitirlo jamás, bajo ningún concepto. “El cuento de
hadas más encantador de la infancia es el de que todo sucede en
orden.” Reflexiona Kepesh cuando se enfrenta a un dolor
inabarcable, a una realidad en la que sus actos y su sistema de
valores no tienen ninguna posibilidad de transformación. “El
auge y la caída del condón es la historia sexual de la segunda
mitad del siglo XX.” Nos dice
mientras mantiene su compostura de pensador liberado, que solo ve con
buenos ojos la sumisión al dios sexo. Hacía tiempo que tenía ganas
de leer a Philip Roth. Y me alegro de haber leído muchas
afirmaciones en boca de uno de sus personajes que me han hecho dudar
y con las que no puedo mostrar mi acuerdo de forma plena. Está claro
que es más fácil identificar a un buen escritor cuando postula lo
que no te gusta. Solo entonces la calidad literaria sostiene el
juicio del lector. El animal moribundo
es una novela corta, recomendable, fácil de leer y con un giro
argumental que cambia, por completo, la mirada con la que analizamos
a la voz que parece deshacerse en cada página, a ese hombre que
parece envejecer en ciento veinte páginas lo que no ha envejecido en
cuarenta años. Interesante primera incursión en el universo
narrativo de Roth. No será la única.
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sábado, 21 de diciembre de 2013
Inventario del desorden
Creo que recordar que fue
a finales del verano de 2003, cuando asistí al curso “Figura y
presencia de Rafael Alberti”, una de las opciones que ofrecía el
programa de verano de la UNIA en la sede de Baeza. He de reconocer
que, más que por don Rafael, fui al curso por los ponentes que
participarían en él y porque me resultaba muy atractiva la idea de
pasar cinco días en Baeza. No me equivoqué en las expectivas y no
sé si esto es una crítica a aquella actividad formativa o un halago
a mi capacidad de intuición, pero lo cierto es que, tal y como
suponía, el curso parecía haber sido dispuesto por Luis García
Montero a la medida de sus amigos poetas que iban a participar en él.
Aprendí de Alberti, no puedo negarlo (aunque a un autor se le
conoce, sobre todo, en la lectura de su obra y yo ya había leído un
buen puñado de libros de él cuando llegué a Baeza), pero también
pude disfrutar de lecturas de poemas de algunos de los nombres por
los que más curiosidad sentía en aquel momento: Benjamín Prado,
Ángeles Mora, el propio García Montero y Felipe Benítez Reyes. No
conocía, sin embargo, a un tal Antonio Jiménez Millán que, después
de hacer una lúcida reflexión sobre la unidad entre escritura y
vida, leyó uno de sus poemas en el que analizaba la figura de su
padre y me dejó sinceramente impresionado. Recuerdo haber decidido
que tenía que leer ese libro, Inventario del desorden,
y ahí termina la primera parte de la anécdota. La segunda es que
acabé por comprarlo, pero no para mí. Lo compré para regalárselo
a mi amigo Álvaro por su cumpleaños un 28 de mayo de 2004. La
tercera es que, diez años después de su descubrimiento y habiendo
recordado todo esto, le solicité un préstamo a Alvarito y me
dispuse saldar aquella vieja deuda. Siempre me ha gustado eso que, de
forma genérica, conocemos en España como poesía de la experiencia
y que algunos llaman (yo creo que de forma más acertada) línea de
la claridad. Por otro lado, desde que (hace unos cuantos años) me
dio por escribir sobre mi familia y tomé la decisión de empezar por
mi padre, cualquier texto, en cualquier género, que tenga como eje
central la revisión autobiográfica de la figura paterna me interesa
mucho, casi de forma enfermiza. El libro no me ha decepcionado y
tengo que decir que, en mi opinión, trasciende las características
habituales de la poesía de la experiencia, tanto en los contenidos
como en la métrica. Volver en la lectura privada a aquel poema que
hizo las veces de gancho ha sido un placer estético y me ha
resucitado aquellas mismas impresiones que, veladas por todo este
tiempo que ha pasado, recuerdo haber tenido al escucharlo. A medida
que se van pasando páginas, no es difícil encontrar sentencias,
frases tan incontestables, ante las que no se puede más que asentir.
También, se encuentran, en cambio, y esto es muy evidente en los
nueve poemas incluidos en la sección “Calma aparente”, textos
que parecen construidos con retazos y cuyo fin último parecería ser
la búsqueda o el incremento de una posible audiencia, menoscabando
incluso la propia coherencia discursiva del que escribe. Por otro
lado, y en ese más que comprensible ahondamiento en la capacidad de
asombro que puede despertar el espanto, lo terrible, creo que, a
veces y sin ser patrimonio exclusivo de Jiménez Millán, cae la
poesía española con frecuencia en la construcción de un tono
presuntusosamente hermético, confundiéndolo con aquella vieja idea
(y lo digo por gastada y un poco rancia en este caso concreto) de la
necesidad de mantener el misterio del poema. O, al menos, eso es lo
que me dictan mi incompetencia como crítico y mi escasa capacidad
para la interpretación. No puedo dar por cerrada esta columna sin
recomendar dos conjuntos de cuatro poemas cada uno que aparecen en la
sección del libro “Fábulas”. El primero de ellos, “Fábula y
despedida”, es un impresionante relato del encuetro sentimental y
erótico enunciado desde una frontera confusa entre sueño y vigilia,
entre realidad vivencial e imaginación. “El pasajero”, escrito
usando los ropajes fronterizos del poema en prosa, es un auténtico
acierto intelectual que identifica el tiempo con un personaje
errante. Sencillo, pero inapelable. Así es, de hecho, la poesía de
Antonio Jiménez Millán y su apuesta por la falta de artificio, por
la emoción desnuda. Son muchas las muestras a lo largo del poemario,
pero me quedo con la idea que esboza al volver en “Calle Jazmín”
al barrio en el que se desenvolvió su infancia:
pienso también que la
literatura
abusó de castillos
góticos,
bosques perdidos,
fríos páramos
desiertos,
lagunas y mansiones
señoriales.
Basta una esquina
sórdida,
sin alma ni misterio,
a plena luz del día.
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jueves, 19 de diciembre de 2013
¿Un réquiem para Uniradio?
Si hoy fuera un jueves
corriente, habría encendido el ordenador esta mañana pensando en
qué voy a escribir este año para despedir el trimestre y felicitar
la Navidad a los oyentes de Las Afueras tomando como pretexto algún
punto de partida literario. Seguramente, ahí estaría la principal
dificultad. Después de todo, la gente no se toma a mal que repitamos
discurso llegados a estas alturas del año y, por otro lado, tampoco
hay demasiadas opciones de maniobra. Como siempre, acabaría por
admitir que entiendo perfectamente a los críticos y a aquellos
acusadores del consumismo, pero también pediría un poco de
distancia y recordaría que hay muchas formas de tomarse estas
fiestas, que tampoco podemos hacer nada por eludirlas y que, al fin y
al cabo, nos dan una excusa inmejorable para abusar de la compañía
de la gente a la que apreciamos. Como todos los años, también,
aconsejaría regalar cultura, especialmente, regalar libros y, en
concreto, a los niños. Ya sabéis que, debido a mi oficio y a mis
convicciones personales, sigo manteniendo la ingenuidad de creer
firmemente en el poder de transformación y regeneración social de
cualquier acto educativo. Teclearía con la prisa habitual de cada
semana y pensaría que, afortunadamente, aún me queda en reserva un
libro para reseñar, La
invención de Morel,
y entre este y las lecturas de Navidad (espero terminar Los
heraldos negros,
Trilce
y algo de Natalia Ginzburg o Machado de Assís, ya veremos) tendría
margen suficiente para seguir compaginando las lecturas con la
gustosa y autoimpuesta obligación de la columna semanal para el
programa. Sin embargo, poco sentido tiene ya todo esto cuando se
cierne sobre Uniradio la más que probable certeza de un cierre
injusto y vergonzoso. Uniradio es un proyecto cultural libre con una
trayectoria susceptible de causar envidia en cualquiera de los
rincones de este país. Se trata de una iniciativa que se dedica
única y exclusivamente al enriquecimiento de la Universidad como
institución y de la vida en la capital y la provincia. No es,
simplemente, que cualquier proyecto de estas características salga
barato, en sí mismo, atendiendo a los beneficios sociales que
genera. Además, Uniradio es un proyecto económicamente barato que
vuelve a demostrar, una vez más, que el problema de esta crisis no
es que no haya dinero para nada, es que hemos decidido recortar en lo
importante y priorizar lo innecesario, lo superfluo. El cierre de un
medio de comunicación es siempre, invariablemente, un drama, pero
las palabras se muestran, desde un punto de vista semántico,
insuficientes cuando es una universidad pública la que no tiene
reparos en dejar morir a la que, probablemente, es una de sus grandes
virtudes y una de sus señas de identidad. No sé si el Rector lo
sabe, pero gran parte del respeto que se ha ganado la Onubense
en estos últimos años se debe al buen hacer de Uniradio. Se me dirá
que no soy objetivo, que formo parte de su red de colaboradores, y yo
diré orgullosamente que sí, que me niego a ser objetivo cuando he estado seis años, dos meses y ocho días tratando de aportar algo,
por pequeño e insignificante, que fuera a la maquinaria de difusión
cultural ha sido esta radio. Recuerdo con nitidez mi primera columna,
un once de octubre de 2007, en la que, a partir de un verso de
Cernuda, reflexionaba sobre la capacidad de desencadenar pensamientos
que tienen los cambios en el tiempo atmosférico. Divulgalia
fue el programa que me dio la libertad de un espacio semanal para,
tomando como excusa la cultura, hablar sobre lo que quisiera.
Después, como sabéis, acabé trasladándome a la periferia con Las
Afueras
y me centré en la Literatura. Y, en esto, se resumen unos años
imborrables en los que hemos charlado hasta la saciedad sobre
premios, autores, poéticas, editoriales y, sobre todo, libros. Así
que no puedo hacer otra cosa más que, en conciencia, dar las gracias
a Manuel González Mairena y Manuel Arana por todo este tiempo y
admitir que también siento un dolor egoísta por el cierre de
Uniradio, ya que este espacio semanal es la actividad cultural más
importante que he venido desarrollando y ahora, desgraciadamente, parece que voy a
verme privado de ella. Escucho mientras escribo estas líneas un
álbum de The Brian Jonestown Massacre cuyo título plantea un
interrogante absurdo y sin respuesta: Who
Killed Sgt. Pepper? Espero
que, dentro de algún tiempo, nadie tenga que preguntar quién cerró
Uniradio porque se trate de una pregunta ridícula, sin sentido y,
por supuesto, sin respuesta.
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lunes, 9 de diciembre de 2013
Delito y escarmiento
Empieza a parecerme
demasiado casual que, teniendo en cuenta el tipo de preocupaciones
literarias con las que pierdo o construyo mi tiempo, me haya
tropezado por segunda vez con una obra maestra de la literatura
universal en el género novela que, no es que no me haya gustado, más
bien, me da la impresión de que algo no me ha dejado disfrutarla con
plenitud. Evidentemente, un lector de idioma único (como yo lo soy)
no puede valorar el nivel de excelencia de una buena traducción. Sin
embargo, sí puede identificar o, al menos, sospechar que se
encuentra ante una mala. Y, volviendo al hilo inicial, ya es
casualidad que, en ambas novelas, haya encontrado indicios (por
decirlo suavemente) de cierta negligencia en la traducción. Además,
y para cerrar el círculo, es una tremendísima casualidad que ambas
novelas las haya leído en la misma colección de la misma editorial:
Cátedra Letras Universales o, para que nos entendamos, la colección
blanca de Cátedra que reúne clásicos de la Literatura Universal
escritos en una lengua que no sea española y que, por tanto, son
traducciones. Una editorial que, por cierto, tiene la imperdonable
dejadez de no marcar con tilde la cualidad de esdrújula de su propio
nombre en las portadas de los libros que pertenecen a las colecciones
Letras Universales y Letras Hispánicas. Cuando leí Rojo y negro,
mi nivel de autocensura me llevó a asumir que era mi culpa, que no
tenía el hábito de leer ese tipo de novelas. Después de haber
leído Crimen y castigo,
pienso que cierta responsabilidad debe tener también el editor para
que un lector que no tiene ni idea de ruso y se acerca por primera
vez a Dostoievski sepa descubrir errores de traducción. Pondré solo
un ejemplo. Dejando por un día a un lado el terror que suelo tener a
equivocarme o a ser demasiado visceral, una novela deja de resultarme
creíble cuando, en su segunda página, se transcribe el habla
interna, el pensamiento de un atormentado estudiante veinteañero
ruso del siglo XIX, con las siguientes palabras: “Esta
manía de hablar es consecuencia del último mes que me he pasado los
días y las noches tumbado en un rincón pensando... en los tiempos
de Maricastaña.” María
Castaña fue una heroína gallega que lideró en 1386 una revuelta
popular contra los abusos del poder eclesiástico. Dudo mucho que un
tal Raskolnikov pudiera llegar a conocer esta historia que no conocen
muchos españoles (confieso que acabo de consultarlo en Wikipedia).
La expresión, aunque muy popular, no creo que tuviera el alcance
necesario como para llegar al ruso coloquial de los suburbios más
deprimidos de San Petersburgo a mediados de aquel siglo. Entiendo
que, a veces, el traductor ha de tomar decisiones complicadas para
facilitar la comprensión del lector futuro, pero ese problema no
justifica cualquier opción. Como bien decía Borges, se puede usar
en un poema azul o azulado, pero jamás azulino, por mucho que el
término sea estrictamente correcto. Por lo demás, esta reseña de
Crimen y castigo no
puede ser más que una reseña limitada, como limitada es la
“versión” que he leído. A pesar de ello, la obra se muestra en
su majestuosidad y, una vez terminada, el lector acaba admitiendo,
sin ningún género de dudas que se encuentra ante el mejor relato
posible del remordimiento, ante una intrahistoria del arrepentimiento
y el tormento intelectual. No necesitaría nunca Dostoievski acudir a
expresiones como nervios desquiciados, porque su procedimiento
consiste en dejar fluir una prosa inagotable, en dibujar un
muestrario diverso de situaciones donde el asesino Raskolnikov no
parece oír, ver, pensar, oler, tocar, mirar o leer ninguna cosa que
no le hable de los terribles actos que ha planificado y ejecutado. La
novela es, además, un catálogo impresionante de personajes y
caracteres que luchan por imponer sus voces en las tramas que se
dilucidan y que, simultáneamente, nos iluminan sobre condiciones
sociales y modos de vida, sobre la presencia o ausencia de valores
éticos, sobre la inhumanidad y el excesivo individualismo en los que
puede desembocar, y con frecuencia desemboca, la vida en las grandes
ciudades. Finalmente, Crimen y castigo
es un ejemplo perfecto de la hipótesis que establece la posibilidad
de la rehabilitación social y la renovación espiritual (aunque a mí
me guste más el vocablo psicológica) a través del amor. No voy a
entrar a discutir las posibilidades de veracidad de esta hipótesis.
Sí diré, sin embargo, que sería, definitivamente esperanzador y
bello que fuera cierta.
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lunes, 2 de diciembre de 2013
Grandes pechos amplias caderas
Casi con toda seguridad,
Grandes pechos amplias caderas es a la literatura china lo que
El tambor de hojalata fue a la literatura alemana. No es ésta
una conclusión excesivamente meritoria cuando se tiene en cuenta que
coinciden en ambas el niño de extraño desarrollo y con oposición
abierta a asumir los roles que implican el status adulto; un contexto
caracterizado por el horror cotidiano y que, durante el desarrollo
del relato, atraviesa conflictos bélicos y periodos de represión
que tienen su correspondencia en la Historia del siglo XX; la
evolución de los personajes y el entorno hacia un presente en el que
queda configurada una visión concreta del país; un acercamiento en
los métodos narrativos a lo que podríamos llamar realismo mágico
y, por tanto, a aquellos autores que fueron encuadrados en lo que se
llamó el Boom Latinoamericano; así como el hecho de haber recibido
ambos escritores, Günter Grass y Mo Yan, el Premio Nobel de
Literatura. No pretendo, sin embargo, que este comentario sea
interpretado como una crítica maliciosa. De hecho, Grandes pechos
amplias caderas es una mejores novelas que he leído últimamente
y me ha gustado mucho, a pesar de sus ochocientas treinta y seis
páginas, un buen puñado de las cuales prescindibles. No todo podía
ser perfecto y, en cierto modo, es comprensible que los escritores se
dejen guiar por sus vicios y se despachen a gusto. Sobre todo, cuando
tenemos en cuenta que, en lo que al sentir general se refiere, no se
suele considerar a un escritor como grande hasta que no escribe una
novela y, desde luego, una vez lo hace, no conseguirá mantener su
status mientras no escriba uno de esos tomos que se venden al peso y
que dan al lector medio la seguridad de estar leyendo algo
importante. Bromas aparte, me ha gustado tanto esta novela que, ya en
la página ochenta y siete, cuando termina el primer capítulo,
comprendí que no estaba perdiendo el tiempo y que tenía entre manos
uno de esos libros que son, cuando menos, recomendables. No es fácil
resumir o dar un esbozo de lo que la novela es en sí. No porque no
pueda escribir una serie de frases generales sino, más bien, porque
siento constantemente que me estoy olvidando de algo. Está claro que
se trata de la historia de una familia durante, prácticamente, todo
el siglo XX. Shangguan Lu, mujer de pies vendados y obligada a
casarse con un hombre estéril, tendrá ocho hijas y un único hijo
varón, el último. La historia de cada uno de ellos, de sus vidas,
amores, bodas, problemas, hijos, muertes, es lo que compone el
relato, a la vez que los diferentes escenarios donde se desarrolla
que, casi invariablemente, se centran en el pueblo de Gaomi del
Noreste. Dentro de este núcleo de personajes, hay dos que son
claramente protagonistas: por un lado, está la madre, sufridora,
trabajadora y gran heroína que hará posible, en la medida de lo que
sus fuerzas le permiten, la supervivencia de su descendencia; y, por
otro lado, está Shagguan Jintong, el único hijo varón, voz
narradora de la historia y poseedor de una característica que le
hace distinto, único: su incapacidad de alimentarse de otra cosa que
no sea la leche materna hasta bien entrada la adolescencia y la
juventud, y la consiguiente obsesión por los pechos femeninos que
desarrolla siendo solo un bebé y que conservará durante toda su
vida. Mientras la biografía de los personajes crece, se amplía, se
entrelaza, asistimos al vertiginoso viaje de la historia de China en
el siglo pasado. La caída de la Dinastía Quing, la república
dictatorial de Yuan Shikai, la guerra contra los japoneses, la
guerra civil, el nacimiento de la República Popular, la Revolución
Cultural y la transición que lleva hacia ese régimen económico al
que ha derivado China y que algunos llaman Capitalismo de Estado. De
hecho, la foto social que nos ofrece el libro en sus últimas páginas
no resulta tan ajena al modo de vida occidental que conocemos. Más
allá del trasfondo histórico y, sin menospreciar ninguna de las
formas en que se ramifica el entramado argumental de la obra, Grandes
pechos amplias caderas acaba definiéndose como la búsqueda de
la comprensión, el amparo y el respeto que necesita la conciencia
diferente e inadapatada y que, en una sociedad sin escrúpulos, solo
podrá encontrar en un semejante, es decir, en otro ser distinto y
que no forma parte de la masa poblacional homogeneizada. Al menos,
esa es la sensación que me deja el libro tras leer el desenlace
final, si es que se puede llamar así. En definitiva, si lo que se
espera de esta columna es una conclusión, después de haber leído
únicamente este libro, mi impresión es que el Premio Nobel de
Literatura 2012 está entregado a un narrador que lo merece. Si
cambio de opinión, prometo hacerlo saber.
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lunes, 25 de noviembre de 2013
Te Deum
Cerré la temporada pasada de columnas
con la reseña de un libro que debía a Miguel Mejía y abro la
temporada presente de la misma forma. En la antesala del verano, me
despedí con un libro de poemas con el que Miguel había ganado su
más reciente premio. En esta ocasión, me ocupo de uno de sus
trabajos como traductor. Cuando hace ya algunos años, Miguel nos
comunicó que había decidido abandonar Alemania para probar suerte
en Polonia, nadie tuvo la menor duda de que aprendería polaco sin
demasiada dificultad. No por ello dejé de sorprenderme cuando me
contó que estaba traduciendo a un poeta polaco llamado Tadeusz
Dabrowski, nacido en 1979 y que vive en Gdansk, esa ciudad en la que
se desarrolla la historia de El tambor de hojalata. El poemario en
cuestión se titula Te deum y, como cualquiera puede imaginar, con un
título así ya nos están dando muchas pistas sobre los ejes
temáticos del libro, aunque un aventurero juicio previo puede forjar
unas expectativas desajustadas. Evidentemente, uno de los temas
fundamentales del libro es la muerte, pero no se acerca a ella el
poeta con un tono oscuro y plañidero, más bien, se trata, en mi
opinión, de desdramatizar, haciéndonos conscientes, por ejemplo,
del placer que sentimos al matar mosquitos en contraposición a las
hondas reflexiones que nos induce la muerte de nuestro perro. O
imaginando juegos dialógicos imposibles, como en el comienzo de un
poema sin título donde podemos leer: “El vivo no comprenderá al
muerto el muerto comprenderá / al vivo y su incomprensión”. La
reflexión en torno a la muerte toma también la forma de un
escepticismo sobre la realidad vivencial. Es muy claro este aspecto
en el poema en el que Dabrowski comienza interrogándose: “Cuántas
veces he muerto ya en la vida, es difícil decirlo, / porque es
seguro que morí.” Hacia el final, el poema parece decirnos que,
por muy conscientes que seamos del fin de la vida, es lícito
preguntarse hasta qué punto es real lo real, cómo tomar la decisión
de creer o descreer de la propia experiencia. Poco a poco, el
poemario se va transformando, abriéndose a temáticas más diversas
que incluyen los estilos de vida, la moral, la identidad, el
erotismo, el amor y la propia actividad de escribir que aparece
siempre mezclada, cosida, enroscada a alguno de los temas ya citados.
El tono, sin embargo, se mantiene constante y, aunque es inevitable
alguna incursión en la tristeza o el desamparo emocional, siempre
queda como trasfondo una mirada burlona que, en mi opinión, no
pretende restar importancia a lo que se cuenta, sino establecer una
distancia necesaria con la emoción pura que facilita la construcción
del poema. Como en el “Tratado de zoología (socialmente
comprometido)”, cuyo final nos plantea:
… ¿habría matado a tiros un
chimpancé a cinco
trabajadores del Kredyt Bank? No creo,
a no ser que
fuera por divertirse, y en un jardín
zoológico.
Un claro ejemplo de temáticas
entrelazadas es “Velada”, un texto circular en el que se describe
un tránsito que parte desde un amanecer ebrio, pasa por un sueño
diurno a deshoras, se detiene en una tarde de escritura y acaba en
una nueva salida noctámbula; un texto donde se nos confiesa que:
Los poemas
más hermosos surgen en el sueño,
blancos con rimas,
exprimidos con pluma gastada en una
limpia limpia
libreta. Sin pensar busco estos poemas
por las noches.
Especialmente buenos me parecen
“Fragmentos de un discurso amoroso” (en el que se dibuja un
retrato, al mismo tiempo, triste y humorístico sobre la
infidelidad), “Desplazamiento hacia el rojo” (quizá el más puro
poema de temática amorosa del libro y que toma como pretexto el Big
Bang) o “Poema erótico atemporal” (en el que el erotismo que
late es de carácter intelectual). Y cito estos tres por no alargar
demasiado esta columna.
Una mención separada merece el tema de
Dios y la salvación. Teniendo la cultura polaca y los caminos por
los que va desarrollándose el libro, hubiera sido artificialmente
extraña la falta de referencias a estos tópicos. Dios y la búsqueda
de salvación aparecen, como no podía ser de otra manera, en muchos
de los poemas del libro, a veces de una forma más aislada y, en
otras ocasiones, unida a cualquier otra temática, estableciendo una
clara diferencia entre lo mundano y lo divino, el gozo y el deber
cristiano, las preocupaciones intelectuales y la entrega a la
búsqueda de la
salvación. De esta manera, en “Día
de difuntos” el poeta declara que:
Hasta aquí me
parecía que creo
en Dios pero ahora ya sé que creo en
la tersa
piel de su hoyuelo y en los orificios
por los que
no es posible de abrirse paso en los
que se multiplican
seres de la humedad y del calor.
En “Padre”, el análisis va muy
lejos y concluye sin temor:
Y entonces he llegado a qué significa
que Dios piensa
que piensa, y en qué consiste la
diferencia entre
Dios y yo;
Con el paso de las páginas, Dabrowski
llega a definir a Dios como la asfixia que conforma la vida y, a
pesar de componer algún poema con forma de oración y tono de
contrición, reconoce, aparentemente sin sombra de miedo, estar
convencido de lo lejos que está del concepto católico de salvación.
Así nos lo muestra al final de uno de los poemas:
Y no entrará
por fin al reino de los cielos aquel
que escribe
a las doce menos cinco un poema en
lugar de una oración.
Pero es, probablemente, el último
poema el que más acertadamente aborda la idea de Dios y la que un
hombre puede hacerse de sí mismo, uno que comienza con un verso que
es, casi, un desafío: “Esto es el primer verso. Este verso no
importa.” El poema quiere compararse con la vida y que cada verso
dibuje una imagen ajustada del poeta, como aquella idea de Ángel
González de la creación de un personaje literario que se parezca al
autor. Sin embargo, sabemos que escribir es rehacer y, así, es
posible que, en el proceso de escritura, al inventar nos
reinventemos, suframos un un cambio guiados por el personaje que
hemos creado y que acaba por modelarnos a nosotros mismos. Dice
Dabrowski que habremos vivido cuando descubramos que el poema hablaba
de Dios y no debe extrañarnos su contundencia. ¿Acaso la imagen que
tenemos de Dios no es la proyección de las cualidades humanas
llevadas a la excelencia o la exageración? ¿Acaso podemos imaginar
a Dios de otra forma que no sea como una imagen humana? Y, después,
termina el poema y, por tanto, termina el libro. Y lo hace de la
forma más natural, de la misma manera en que llega el final de una
vida, en cualquier momento, inesperadamente. Es esa conciencia,
además del miedo natural a lo que nunca se podrá conocer, la que se
esconde detrás de los últimos versos y del misterio al que induce
el corte brusco la frase y, por tanto, del discurso. Está muy claro:
El último verso llega
sin embargo más rápido
que
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viernes, 11 de octubre de 2013
Una maquinaria interrogativa (cierre de la temporada 2012/2013 en Las Afueras)
Probablemente, hay muy
pocas satisfacciones comparables a leer el poemario de un amigo
impreso en folios o fotocopiado, pensar que se trata de algo
realmente bueno y maldecir la cerrazón del entramado editorial
español y, posteriormente, años después, recibir en casa un
sospechoso sobre acolchado que aloja en su interior un libro de
poemas, ese mismo que ya habías leído cuando estaba recién sacado
del horno y parecía tan lejana la posibilidad de publicación. Como
siempre, advierto antes de seguir exponiendo mis percepciones: no
puedo ni pretendo ser objetivo en esto. Sí, Miguel Mejía ha vuelto
a ganar un premio y ha sido, una vez más, publicado. Se trata del
Premio Paul Beckett de poesía en su última edición, un galardón
que concede la Fundación Valparaíso y que otorga la posibilidad de
publicar en la Colección Beatrice. Como puede imaginarse, se trata
de una edición modesta, aunque no le falta ese tono elegante que
tienen los que, humildemente, ofrecen un buen producto haciendo gala
de la sobriedad y prescindiendo de todo el artificio que rodea a
ciertas publicaciones donde hay que suplir de alguna forma la falta
de nivel poético. Pero vayamos a lo importante, a la obra, a ese
poemario titulado Hacia dónde, que es algo más que una mera
referencia espacial, una búsqueda de orientación geográfica,
aunque también lo sea. Hacia dónde es la pregunta
fundamental de la conciencia humana, de una voz intrapsicológica, de
un discurso privado que se ha hecho carne en el ritmo y nos lleva al
territorio de las inquietudes, de la ausencia o la búsqueda de un
sentido, la obligada construcción de una identidad personal con los
materiales de la incertidumbre, la necesidad o la obligación de
seguir viviendo a pesar de la falta de respuestas definitivas.
Dividido en cuatro partes sin títulos que la identifiquen, se trata
sin embargo de un conjunto monolítico (que no monográfico) de
poemas. Algo respira entre esos versos, el verbo está vivo y da la
impresión de que ninguno de los textos sobra. Todos parecen ser
necesarios en el funcionamiento de una maquinaria interrogativa.
Inmerso en un contexto urbano, los elementos del paisaje no son una
agarradera que evite una caída al interior. No consuela ni sana el
regreso, como tampoco pueden hacerlo los matices temporales que
pretende imponer el calendario. Los nombres que ponemos a los días y
los meses revelan su verdadera naturaleza de etiquetas. Por eso, no
es raro que el poeta nos diga que debajo de abril “late siempre
diciembre” o que un lunes sea una ráfaga de comprensión, el
decisivo instante en que descubrimos que podría ser ya tarde para
confiar en un amanecer que, en su iluminación, irradie algo parecido
a una esperanza. En un constante ir y venir, nada parece estable y,
sin embargo, siempre parece estar todo en el mismo punto, detenido,
ajeno a cualquier idea de progreso. Porque todo está roto o se
derrumba o despliega un esfuerzo que es inútil. El poeta puede ser
muchos seres distintos, puede hablar desde una multiplicidad de voces
que reflejan lo que ya sabemos: igual que el río de Heráclito,
nadie puede ser siempre la misma persona y es ésta la base de todo
conflicto identitario tanto en lo social como en lo personal, es éste
el motivo que está detrás de la mayoría de demandas de
psicoterapia, es ésta la angustia de no saber si estamos
aprovechando o malbaratando nuestras vidas, el miedo a quedar en un
territorio neutro, gris, informe, en el que descubrimos que, al fin,
no somos nada. Es lícito pensar en este punto que, al menos, nos
queda la memoria, como les quedaba París a Rick e Ilsa en
Casablanca. Ilusión de
control, autoengaño, el propio Miguel se encarga de no dejar un solo
cabo suelto, un mínimo salvavidas, en el único poema que no tiene
título de la colección:
no deja de pasarnos la
vida por delante
y está uno a veces
triste como un muñeco hueco
con brazos incapaces
con cara de sí mismo o parecida
tirado sin remedio
solo sobre la cama hecho un ovillo
queriendo no salir no
ver el día no volver nunca
porque todo sucede
siempre ayer y los recuerdos
de qué sirven de qué
dime de qué
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domingo, 6 de octubre de 2013
El alcalde de Zalamea
Si como ya sabéis
siempre he venido defendiendo los beneficios de la lectura en general
y, en particular, de la lectura de los clásicos, además,
últimamente, vengo reafirmándome en una idea que, probablamente, ya
habré esbozado o planteado anteriormente: la lectura de los clásicos
es la mejor forma de comprender que este mundo en el que vivimos no
va, cada vez, peor. Más bien, ha sido siempre igual de injusto y
despiadado a lo largo de la Historia y los cambios que hemos
experimentado están más relacionados con el atrezo, que con una
transformación profunda en la estructura de la moral y el
comportamiento humano. Es difícil no caer en este círculo de
reflexiones sobre la naturaleza del ser humano cuando se acaba de
leer a Calderón y se está aún girando en las órbitas de su
inigualable talento. Basado en acontecimientos históricos, El
alcalde de Zalamea es un tratado en tono dramático sobre algunos
de los problemas que aún hoy, trescientos setenta y siete años
después, siguen persiguiendo, oprimiendo y preocupando a los
sectores más desfavorecidos de la especie humana. El argumento de la
obra nos sitúa ante el paso de las tropas reales por la localidad de
Zalamea de la Serena (Badajoz) con motivo de un conflicto bélico
entre España y Portugal. Atendiendo a la leyes del momento, el
pueblo llano (el villanaje) tenía la obligación de alojar en sus
casas a los miembros del ejército. La trama que Calderón arma en
torno al amplísimo y omnipotente concepto del honor, su pérdida y
restauración como motor del drama, se puede desgranar con facilidad
en una diversidad de temas que no resultan, en ningún momento,
arcaicos o ajenos a la fresca actualidad que nos envuelve. En primer
lugar, tenemos el continuo desdén con el que un capitán trata a los
habitantes del pueblo y las intrigas que diseña para conseguir
beneficios personales. ¿Qué es esto sino un claro abuso de poder?
En segundo lugar, tenemos el secuestro de una joven y bellísima
mujer, a la que fuerza a mantener relaciones sexuales. ¿Acaso no
estamos aquí ante una doble acepción siempre terrible de la palabra
violación? ¿No es cierto que nos sigue preocupando la situación de
los Derechos Humanos cuando los ejércitos de cualquier guerra entran
en las poblaciones? ¿No es la violencia de género y la desigualdad
entre hombres y mujeres uno de los principales asuntos a resolver en
sociedades como la nuestra? Ya defendí, en este mismo espacio, hace
ya tiempo que es fácil descubrir que Calderón es un moderno, un
pensador de nuestro tiempo, cuando se analiza con atención su
discurso. Esta afirmación se hace indiscutible en una extensa
intervención del héroe de la obra, Pedro Crespo, cuando al despedir
a su hijo, que se incorpora a las tropas que van camino de Portugal,
le aconseja:
¡Cuántos, teniendo en el mundo
algún defeto consigo,
le han borrado por humildes!
Y ¡cuántos, que no han tenido
defeto, se le han hallado,
por estar ellos mal vistos!
Y más abajo:
No hables mal de las mujeres;
la más humilde, te digo
que es digna de estimación
porque, al fin, de ellas nacimos.
No riñas por cualquier cosa;
que cuando en los pueblos miro
muchos que a reñir se enseñan,
mil veces entre mí digo:
"Aquesta escuela no es
la que ha de ser", pues colijo
que no ha de enseñarse a un hombre
con destreza, gala y brío
a reñir, sino a por qué
ha de reñir, que yo afirmo
que si hubiera un maestro solo
que enseñara prevenido,
no el cómo, el por qué se riña,
todos le dieran sus hijos.
Sin embargo, no solo hay
lugar para el análisis histórico y la pesimista toma de conciencia en el
teatro del Siglo de Oro. En cierto modo, la satisfacción interior
con la que se leen estos libros está relacionada con su desenlace. A
su manera, en el estilo de la época, al lector le queda el regocijo
de la justicia en el tramo final de la obra, una justicia que es
vengativa y cruel con quien lo merece y que, aunque se circunscriba
claramente al territorio de la ficción, supone una especie de
terapia analgésica que alivia la sensación de haber perdido de
antemano la lucha contra la injusticia y la desigualdad.
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jueves, 3 de octubre de 2013
Las venas
Me da igual que fuera
escrito en 1970, es decir, hace cuarenta y tres años. Me da igual
que muchas de las cifras macroeconómicas y los patrones de tendencia
geopolítica hayan cambiado, es decir, me da igual que Brasil sea una
de las economías que más ha crecido en el mundo en los últimos
años. Por encima de todo ello, está el libro y, por mucho que se me
quisiera discutir, Las venas abiertas de América Latina es un
ensayo magistral ejecutado por el sabio Eduardo Galeano y que, por
desgracia, jamás dejará de tener actualidad en este bondadoso
mundo en el que vivimos. Las venas son la demostración, en el
contexto concreto de América del Sur, de que la riqueza de un
territorio es directamente proporcional a la pobreza de sus
habitantes, así como de que el desarrollo de algunos es la causa que
provoca el subdesarrollo de otros. Por mucho que quiera maquillarse
la historia, por mucho que se manipule, no cabe otra conclusión que
admitir que tiene que haber muchos pobres para mantener los
privilegios de unos cuantos ricos y que, por tanto, no hay riqueza en
el mundo que no resulte, al menos, sospechosa. La historia de América
Latina es una historia del despojo. Primero los conquistadores
españoles y portugueses (quienes ya trabajaban casi sin saberlo para
los intereses de la burguesía británica y holandesa), después la
banca inglesa y, por último, las empresas multinacionales, aquellas
que Cortázar bautizaba, con gran acierto, como vampiros
multinacionales en las aventuras de Fantomas. Primero fue el oro, la
plata y todo el mineral que tuviera un mínimo de valor. Después,
fue el cáncer del monocultivo y la prohibición expresa de la
industrialización (no hay mejor manera de asegurar las ventas al
exterior que prohibiendo a tus compradores que ellos mismos
fabriquen). Por último, la usurpación de la industria nacional de
los países del Cono Sur, así como la usurpación del crédito
interno, además de la estafa de la deuda externa y del juego sucio
en el comercio internacional que se traduce en la manipulación de
los precios de los productos y los fletes de los barcos para el
transporte marítimo. La cosa es muy sencilla: lo que llamamos
inversión extranjera proviene, en su mayoría, de las fuentes de
crédito del propio país y, además, se aseguran las ganancias de la
benefactora empresa en cuestión, ya que los riesgos los asume
el Estado. No hace falta decir que esa inversión se transforma
automáticamente en deuda externa, que solo puede ser pagada con la
exportación de productos. Es curioso, a este respecto, que los
productos latinoamericanos bajen constantemente de precio y los
europeos y norteamericanos no dejen de subir, como no deja de subir
la deuda ante la imposibilidad de pagarla, por lo que se hace
necesario más crédito y más inversión extranjera. Seguro que no
está relacionado con quiénes toman las decisiones en los organismos
financieros internacionales ¿verdad? Nos explica Galeano que el
Fondo Monetario Internacional ofrece préstamos a cambio de medidas
concretas en la economía (eso que ahora llamamos austeridad). Las
medidas concretas no atienden las causas de los problemas, sino a sus
consecuencias. Por ello, la economía no hace más que empeorar su
situación y volver al préstamo, que le exigirá medidas aún más
concretas y drásticas. Y sigue subiendo la deuda (o el déficit como
lo llamamos ahora). ¿Nos suena esto de algo? Sin embargo, los
teóricos de la sacralización del pago de la deuda, los Estados
Unidos, jamás aplican este tipo de medidas en su país. De igual
forma que, siendo los mayores defensores del libre comercio, son los
más restrictivos y proteccionistas cuando se trata de equilibrar la
balanza entre la importación y la necesaria defensa de sus
productores nacionales. Por supuesto, no es necesario decir que toda
voz, todo ejemplo, que haya intentado alzarse contra estas tendencias
a lo largo de la Historia ha sido, literalmente, aniquilada. De
hecho, en las páginas de Las venas, se demuestra con datos
que la mayoría de Golpes de Estado que se han producido en
Latinoamérica, con el indiscutible apoyo de Estados Unidos o
Inglaterra, han venido después de decisiones tomadas por gobiernos
democráticos que lesionaban los intereses económicos de estos
países. Todo esto lo hace Galeano huyendo de un lenguaje hermético,
usando un tono de novela, como él mismo admite en el epílogo. Mucho
debiéramos agradecer estos intentos de hacernos conscientes de la
estructura política y económica que sostiene el engranaje del
neoliberalismo. Nadie mejor que él para explicarlo: “El
lenguaje hermético no es siempre el precio inevitable de la
profundidad. Puede esconder, simplemente, en algunos casos, una
incapacidad de comunicación elevada a la categoría de virtud
intelectual. Sospecho que el aburrimiento sirve así, a menudo, para
bendecir el orden establecido: confirma que el conocimiento es un
privilegio de las élites.”
lunes, 30 de septiembre de 2013
Al hilo de una entrevista
Empiezo a leer con
atención la conversación entre Caballero Bonald y Pérez Azaústre
que publicó el diario El País en su página web el día 23 de
abril, en que le fue concedido al primero el Premio Cervantes, a la
que accedo gracias a mi amigo Miguel y a su constante atención para
estas cosas. Y, ya en el comienzo, me quedo más tranquilo al
descubrir que , afortunadamente, el título miente y no se trata de
una conversación, sino de una entrevista en el que el más joven
pregunta y el más experimentado responde con la libertad que otorgan
la edad y la confianza que proporcionan un sólido proyecto literario
ya desarrollado. A pesar de la necesaria y poco cuidada labor de
recorte y edición llevada a cabo para adaptar una secuencia de
realidad al formato de una entrevista digital (en algunas ocasiones
da la impresión de que Caballero Bonald aplicara aquella actitud que
mi amigo Alejandro Barragán define como “pregúntame lo que
quieras que yo te responderé lo que me salga de los...”), lo
cierto es que las reflexiones y planteamientos del último Premio
Cervantes se dejan leer con placer y son un impulso intelectual para
cualquiera que esté atento, interesado y muestre cierta tendencia a
la conceptualización del hecho literario. Durante la lectura de la
entrevista, me ha llamado la atención que, en muchas de las
respuestas de Caballero Bonald, se deja traslucir cómo, al indagar
en su infancia, al buscar en los orígenes aquéllas circunstancias
que le llevaron a la escritura como decisión vital, hay una
constante alusión a su necesidad o gusto por imitar las acciones de
héroes de tebeo como Flash Gordon o de personajes reales ligados al
mundo de la literatura y caracterizados por su carácter intrépido y
aventurero. Tengo que confesar que me ha encantado esa dirección del
análisis y, desde ese punto de vista, esto implicaría, yendo un poco
más lejos, una concepción del acto de escribir como un proyecto de
aventura vital y, de esta forma, requeriría de quien escribe un alto
nivel de valentía. No podemos olvidar que escribir (en general,
pero, más concretamente, la escritura de poemas) supone siempre la
concesión de una parcela íntima, de un pensamiento privado que se
hace público desde el mismo momento en que se codifica en palabras
con un formato que pueda ser inteligible para un futuro lector.
Porque está claro (y esto es innegociable) que todo lo que se
escribe está pensado y diseñado para la implicación de un lector.
La decisión de escribir es, en cierto modo, incívica. Supone una
declaración de intenciones, en la que, implícitamente, se deja
claro que se está dispuesto a renombrar el mundo, a redefinirlo, a
imponer un punto de vista, a tomar un posicionamiento dentro de una
corriente intelectual antigua y, al mismo tiempo, exclusivamente
personal y reinventada. Y, al hacer todo esto, se asume un riesgo
claro, pues el escritor se expone ante la sociedad para que ésta le
juzgue. Lanza su obra a la arena pública y espera que las voces, más
o menos autorizadas, elaboren un dictamen o una condena, se debatan
entre la indiferencia, el rechazo y la adulación. Si la escritura,
como aclara el propio Caballero Bonald, en su actividad de
arquitectura de palabras, no es una suplantación de la realidad ni
una mera copia, sino una interpretación la misma (una reconstrucción
lingüística me atrevo yo a añadir), cada escritor, como arquitecto
de discursos, tiene ante sí la inmensa e inabarcable tarea de
creación de una esfera de realidad propia, intrínseca, específica,
diferenciada. Dicho así, asusta. Dan ganas de no intentarlo y de
recomendar a cualquiera que esté empezando que lo deje ya, que se
trata de una pérdida de tiempo y, de hecho, no abundan precisamente
“los Borges” o “los Lorca”. Aunque también es cierto, que
este proceso de creación es lento y muy largo y que sólo pueden
intuirse algunos resultados parciales después de muchos años y
cuadernos emborronados. Además y, en todo caso, si no se culmina el
edificio completo, siempre podrá quedar la satisfacción de algún
ladrillo, especialmente, bien colocado.
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viernes, 27 de septiembre de 2013
Homenaje a Miguel Delibes
Le sentaron muy bien a
mis dieciséis años una de las lecturas obligatorias con las que nos
sentíamos agobiados en el instituto. Corría el curso escolar 1992 /
1993 y el profesorado responsable de la asignatura Literatura
Española del plan de estudios de BUP (qué raro suena eso de decir
Bachillerato Unificado Polivalente), tuvo la feliz idea de imponer
como lectura obligatoria de uno de los trimestres una novela de
Miguel Delibes, El camino.
Recuerdo haber comprado un ejemplar de la Editorial Destino y me
gustaría dar los datos habituales que suelo aportar cuando escribo
sobre los libros que voy acabando. Pero lo cierto es que tengo que
admitir con tristeza que he tenido que preguntarle al “amigo”
Google para poder aportar la fecha de la primera publicación del
libro: 1950. No es difícil entender el sentimiento que me produce
haber perdido, tras un préstamo, un libro tan especial para mí. El
camino es la historia de Daniel,
el Mochuelo, un niño de 11 años que afronta su última noche en su
pueblo natal, un pueblo que podría ser cualquier pueblo de la España
interior de aquellos años. Cuando llegue la mañana, Daniel partirá
hacia la ciudad a estudiar Bachillerato en un internado y los nervios
y la inmensa tristeza de descubrir que el paraíso de la infancia
también se acaba, no le dejan dormir. Pasará la noche recordando
sus correrías con los amigos, repitiéndose una y otra vez que
prefiere la vida sencilla y predecible del pueblo a la enigmática y
llena de nuevas posibilidades vida de los estudios. A través del
recuerdo de Daniel, asistimos a una imagen precisa y verosímil de
las vidas rurales de aquella España. El camino
fue, para aquel lector inconstante un aprendizaje por debajo del
umbral de la conciencia de los mecanismos y las satisfacciones
asociados al género novela. Fue uno de aquellos libros que me fueron
empujando muy lentamente a hacia el hábito de lectura, los
rudimentos de un hallazgo, la intuición de que había mucho que
hallar en la comunión del silencio y la página. Fue también,
además, una de mis primeras incursiones en la escritura narrativa.
Amor, aquella profesora de literatura a la que no presté siempre la
debida atención, tuvo la idea de hacernos escribir un capítulo
adicional, una especie de epílogo. Y, ante todo, fue el
descubrimento de uno de mis novelistas preferidos, el gran Miguel
Delibes que, con los años, fui degustando en muchas otras novelas.
Algunas de las páginas que más he disfrutado pertenencen a esos
largos monólogos que Delibes traza en algunas de ellas como Cinco
horas con Mario y Mujer
de rojo sobre fondo gris. Y qué
puede decirse de Los santos inocentes,
otro de esos textos que, como Cinco horas con Mario,
es fiel retrato de aquella realidad disociada que se escondía tras
la expresión “las dos Españas”. Aún me sigue durando la larga
y alegre complicidad que desencadena Diario de un
emigrante. Mucho menos me
gustaron El tesoro y
El hereje, ésta
última abandonada entre fuertes sentimientos de culpabilidad por la
traición al maestro. Quedan en el debe y es posible que algunas
queden ahí para siempre por mi empeño en vivir y mi falta de
disciplina, Las ratas,
El príncipe destronado,
Diario de un cazador,
Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso,
Diario de un jubilado,
La hoja roja...
Siempre tuve la sensación de deberle algo a Miguel Delibes, la
íntima necesidad de mostrarle un agradecimiento, de reconocerle, de
alguna manera humilde y anónima, las horas de felicidad absorta que
pasé ante su caudal inagotable de narrador de un país muy distinto
al que yo he vivido y que, sin embargo, nunca deja de ser el mismo.
Desde el final del pasado curso escolar, en el que tuve la suerte de
empezar a ejercer la docencia en un centro de Educación de Adultos,
puedo decir con satisfacción que, en cierta medida, estoy
procediendo a ese homenaje. En mis clases de Formación Básica, en
las que un sorprendente grupo de mujeres en edad de jubilación y
descanso, asiste cada tarde al colegio por el mero placer de un
ratito de lectura, dictado y cálculo, estamos leyendo cada día una
página de El camino.
Sé que puede parecer una tontería, pero el mero de hecho compartir
con mis alumnas un tesoro tan preciado me parece el justo homenaje
que un maestro como yo puede hacer de un generador de sed,
inquietudes y desvelos como fue Miguel Delibes.
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