sábado, 1 de febrero de 2014

Llegar demasiado tarde

A medida que se acercaba el momento en que se anunciaría el nombre del galardonado en 2013 con el Premio Cervantes, como pasa siempre, iba intensificándose el fenómeno quinielas, ese discurso especulativo que hace las veces de cotilleo y prensa rosa entre los aficionados al mundo de las letras y que, casi invariablemente, amplifica nuestra sensación de sorpresa cuando, por fin, se hace público el ganador. Este año sonaba Ernesto Cardenal y le tocaba a un autor latinoamericano. No se cumplió el pronóstico y, aunque no hagan falta motivos que expliquen el hecho, lo cierto es que los hay. El jueves de esa misma semana, escuché la sección de Jorge Barriuso en Hoy empieza todo, que dedicó a la entrega del Cervantes, y me di cuenta de lo ingenuos que podemos llegar a ser. Como bien resumía el lúcido comentarista radiofónico cuando se refería a la posibilidad de que el premio hubiera recaído en Ernesto Cardenal, es muy complicado que le otorguen un premio oficial a una voz extremadamente incómoda, incapaz de sumirse en un silencio reconfortante para el orden establecido, siempre dispuesta a enfrentar la realidad social y política ante el discurso dominante. Porque, en el fondo, eso es lo que provoca Ernesto Cardenal entre los guardianes de la estructura y la jerarquía, una gran sensación de incomodidad e inquietud. Por eso, se hicieron tan famosas aquellas imágenes en las que Karol Wojtyla regañaba públicamente al poeta inmediatamente después de bajar de un avión. Desde una óptica europea y laica, es difícil comprender por qué este hombre siente la necesidad de ser sacerdote, de pertenecer a una institución que perpetúa las relaciones de desigualdad contra las que él viene luchando desde hace tanto, que se ha mostrado tan firme en la represión del pensamiento y la ideología de la que el propio Cardenal es partícipe. Supongo que, desde su óptica suramericana empapada de una realidad social y cultural muy diferente a la nuestra, es fácil encontrar en los Evangelios el mensaje liberado y de revolución social que le mantiene erguido en su camino. Tuve la ocasión de ver de cerca al poeta, de comprobar su aspecto de anciano eminente, de entender el halo de sabiduría que se desprende naturalmente de su imagen. Estreché su mano, me firmó una antología que, sería más de un año después, mi primer contacto con su obra. Su poesía es una demostración de lo artificiales que resultan los cercos entre géneros y disciplinas. Lo que hizo Galeano en “Las venas abiertas de América Latina”, lo hace Cardenal con sus poemas. Si el uruguayo es capaz de analizar políticamente las relaciones de desigualdad en el continente americano con un lenguaje literario, Cardenal es capaz de construir un discurso poético desgarrado que denuncia estas mismas relaciones de desigualdad con un rigor de analista político. Su poesía es, además, desde un punto de vista exclusivamente personal, una invitación al autorreproche, a cuestionarme qué demonios hacía yo perdiendo tantísimo tiempo con la televisión y la Megadrive, por aquellos finales de los años 90. Como me ha ocurrido con tantos otros libros, he sentido al leer a Cardenal la convicción de que habría disfrutado muchísimo más de sus poemas si hubiera llegado a ellos antes, un poco más joven y este tipo de pensamientos, como ya sabéis, inducen demasiado a la melancolía. No quisiera terminar sin hacer una referencia a los poemas de temática amorosa que aparecen al comienzo de la antología de Valparaíso (libro que toma como excusa esta columna). En mi experiencia como lector, siempre me ha llamado la atención la estrecha relación que existe entre la habilidad para escribir poemas de corte reivindicativo y político y la sensibilidad para crear una buena poesía amorosa, relación que puede constatarse especialmente en el caso de los poetas latinoamericanos de la segunda mitad del siglo XX. Me imagino que no es nada original lo que estoy planteando, pero creo que es una tesis sobre la que se puede argumentar mucho y con la que se puede emborronar mucho papel. Prometo no hacerlo. Simplemente, la dejo esbozada como línea final de reflexión.   

domingo, 19 de enero de 2014

Crónica de una muerte anunciada

Le debo a García Márquez lo que podríamos llamar el comienzo de un interés “serio” por la lectura. En concreto, se lo debo a Cien años de soledad. Sin embargo, tuvieron que pasar muchos años desde que terminé de leer de El amor en los tiempos del cólera, puede que más diez, hasta que me decidí a saldar una de mis cuentas pendientes con el colombiano. Dejo para algún otro futuro El coronel no tiene quien le escriba. Hoy nos toca Crónica de una muerte anunciada, un libro que me habían recomendado hasta la saciedad cuando estaba leyendo otros de García Márquez y del que siempre me destacaban como una de sus ventajas lo rápido que se podía leer. Y es cierto. Esa es la impresión que domina la lectura de esta novela desde su comienzo, esa agradable sensación de percibir que podrías bebértela de un trago. El mecanismo que sostiene esa anestesia, la droga que produce tal efecto es, evidentemente, la prosa exquisita y cuidada, esa forma de usar el español que, a ratos, nos hace amar y temer a este genial novelista. Puede llegarse al empacho de García Márquez. Está claro. Pero, como todo lo que puede producir empacho, su arma fundamental está en el sabor y el sabor de su narrativa es indudable, inconfundible, inapelable. Crónica de una muerte anunciada, desde mi punto de vista, tiene, además, la virtud de estar contada en tono de monólogo amistoso. Uno prepara café y se siente como acompañado con el libro, como si estuviera escuchando una vieja historia de la voz de un compañero de la infancia. Y, curiosamente, no por eso pierde su pretendido carácter de crónica, de particularísimo ejercicio a la vez periodístico y de ficción, que aclara sin desvelar la claves fundamentales, que expone exhaustivamente dejando que el lector y cada uno de los personajes de la obra tengan un punto de vista propio. Porque, al final, todo queda descriptivamente desvelado, detalle por detalle, sin que pueda darse, en cambio, una sola razón que explique lo que ha sucedido, que aclare la responsabilidad de un crimen y de una gran falacia. Al final, nadie es capaz de justificar el comportamiento Ángela Vicario y es imposible ponerle nombre a su cómplice de alcoba primigenio, al personaje insignificante para la trama, escondido entre el asesinato y el matrimonio fracasado, anónimo para ambos mundos, el interior y el exterior a la novela y que, precisamente por eso, por no ser el protagonista de nada, se salva de todo drama formando parte de la inmensidad de vidas normales, vidas que no destacan entre la masa. Mientras leía, mientras iba avanzando entre las casualidades fatales y la desidia de todos los personajes que es, también, semilla imprescindible para la tragedia, recordaba uno de los pocos consejos que doy con orgullo y convicción cuando alguien me pide opiniones sobre los avatares de su vida personal tomando como excusa mi formación psicólogica. Yo, que siempre me he considerado muy mal psicólogo, he recomendado, en cambio, muchísimas veces algo muy sencillo, tan evidente que me da vergüenza escribirlo: las cosas hay que hacerlas cuando tienen sentido (sentido temporal, se sobreentiende), hay que hablar sobre los conflictos con la gente cuando se tiene la más mínima oportunidad. Al mismo tiempo, venía a mi mente un tema muy calderoniano, en concreto, el que se trata en La vida es sueño: el destino no es un ente inamovible al que debemos rendirnos. Porque es eso lo que sucede en la historia de Santiago Nasar. Desde el comienzo, todo es desenlace, todos dan por hecho el trabajo que nadie se atreve a hacer. En el fondo, parece que lo dan por muerto desde el instante en que se consuma la amenaza. Con un tono descreído, parece que todas esas voces fingen cuando afirman que nadie tomaba en serio a los cuchilleros, parece que todos mienten cuando afirman que pensaban que el inminente muerto tenía que estar enterado ya de lo que iba a suceder. Afortunadamente, me comían los nervios por la indolencia de un pueblo entero, me indignaba la ligereza con la que Ángela elige quién debe morir, me torturaba la cadena de infortunios casuales que condenan a tres hombres a convertirse en leyenda, me causaba turbación la imagen de un hombre que sonríe mientras se sujeta las vísceras. Afortunadamente, repito. Porque es una suerte encontrar libros en los que uno pueda pensar y casi sentir de manera tan intensa. Afirma García Márquez con disgusto, a través de la voz que narra en el libro, que la vida se parece demasiado a la mala literatura y puede ser verdad. Contradictoriamente, también es cierto que la buena literatura o, al menos, la buena narrativa lo es por su tremendo, por su terrible parecido a la vida. De momento y por suerte, seguiremos sin encontrar una solución aceptable a este dilema.

martes, 14 de enero de 2014

La Caja Negra

Apuntaba al escribir sobre El animal moribundo que, a veces, se disfruta más de un buen escritor cuando, en su obra, plantea afirmaciones con las que no podemos estar de acuerdo o sentirnos cómodos. Empiezo esta semana gozando del placer de contradecirme. No voy a retractarme de lo que ya he escrito, pero sí voy a afirmar hoy el placer que supone encontrar sentencias y proposiciones de las que uno no puede disentir, incluso, más allá, ideas similares a otras que ya se había estado rumiando, aunque el planteamiento no fuera exactamente el mismo. Porque, ante todo, La caja negra de Josep María Rodríguez, un poemario editado por Pre-textos y que ganó en 2003 el premio Emilio Prados, es (o, al menos, a mí me lo parece) la confesión de un aprendizaje, una manera de dejar constancia de algunas certezas, codificadas y construidas con el material que proporciona el propio discurrir en que consiste estar vivos. En este sentido, “poética” define a la poesía como “Buscar la aguja del instante eterno. / No el poema, / sino aquello que va a durar por siempre para mí”. La actitud de búsqueda y contemplación bastan, ya que, como se dice al final del poema: “La memoria, / después, / impone un orden.” En el primero de los textos que compone el libro, en la primera página, puede leerse: “Todo es cuestión de ciclos.” ¿Y quién se atreve a negarlo? ¿Quién no se siente reconfortado de encontrar una verdad semejante en la voz del poeta al que se le concede la autoridad a través del acto de lectura? Es tan innegablemente cierto como lo son los tópicos, esas expresiones que desdeñamos sin darnos cuenta de su capacidad de vertebración de un marco de referencia. Y ésta es la idea que late en “intermitencias”, cuando el poeta admite lo que muchos no están dispuestos a admitir:

Igual que este paisaje,
mi idea de mí mismo ha ido cambiando:
no puedo estar del todo satisfecho.

Sé que parece un tópico,
pero los tópicos
                              -como vallas
a ambos lados de la carretera-
dan seguridad,
                             nos delimitan.

Prácticamente, estoy de acuerdo con todas las afirmaciones categóricas que se hacen en el libro: la capacidad de la felicidad para generar confusión, la seguridad de que está la nada detrás de cada una de las grietas que podemos identificar en la existencia, la ausencia de razones que justifica el amor (y, en general, cualquier afecto, elección o preferencia), la escasa relación que existe entre la necesidad de un reencuentro y la posibilidad de que suceda, la fascinación que tiene lo lejano frente a lo anodino que parece lo que tenemos delante, la vida como una órbita trazada alrededor de la palabra muerte, la muerte como un sol hecho pedazos, la constancia de que es inútil otorgar un sentido a todo, como inútil es andar contando el tiempo que nos queda puesto que:

Vivir es abrazar oscuridades:
de lo que no sabemos a lo que no sabemos,
desde una lejanía a otra lejanía.
Todo es inaccesible.

Desde esta óptica, la pérdida es inevitable. Incluso cuando tocamos el mundo, los objetos, vamos dejando en ellos un rastro, el de nuestros días, la prueba incontestable de haber vivido. Por otro lado, no es difícil concluir cuál es la labor del poeta como constructor de estos discursos. Está claro que su función principal es la del notario, que recoge de forma manifiesta todas esas semillas de conocimiento y las hace constar en cada verso. Por eso, afirma Rodríguez en “las semillas del viento”: el horror necesita de mis ojos. Porque, después de todo, la poesía tiene algo de vanidad, de búsqueda de un nivel intelectivo de autosatisfacción. Al fin y al cabo, por mucho que el poeta centre su foco en la otredad (un ejemplo paradigmático es la persona amada) siempre está hablando de sí mismo. Y así, descubrimos que es sincera, irrevocablemente sincera, la toma de conciencia que se intuye en el poeta en “principio y fin”, el último de los poemas del libro:

Y hablar de ti,
                            en el fondo,
también es una forma de egoísmo.

sábado, 28 de diciembre de 2013

El animal moribundo

No importa cuánto sepas, no importa cuánto pienses, no importa cuánto maquines, finjas y planees, no estás por encima del sexo”. Esto piensa David Kepesh y no voy a ser yo quien diga que se equivoca. No puedo evitar, en cambio, pensar en este tipo de planteamientos como un puro “reduccionismo” (palabro que incomprensiblemente no está recogida en el diccionario), otra más de las generalizaciones en las que vive sumido nuestro imaginario social y cultural desde que todo el mundo tiene el derecho a erigirse como un especialista en el conocimiento de la mente y el comportamiento humanos. No seré yo tampoco quien niegue el valor fundamental de la actividad sexual en la configuración social y psicológica del ser humano. Probablemente, se pueda llegar a ser más radical desde un punto de vista más simple: es una cuestión de salud global. Sin un sexo liberado y normalizado, no puede haber sujetos ni sociedades sanas. Nuestro código de intelectualidad desde mediados del siglo XX, sin embargo, nos dice que para ser un interlocutor respetado tienes que asumir la omnipotencia del sexo como fuerza capaz de doblegar voluntades y única religión ante la que merece la pena doblegarse. El problema es que todo planteamiento religioso tiene una materialización. Siempre hay una imagen frente a la que rendir adoración. Y todos aquellos que hacen este tipo de declaraciones acaban volcados en una constante actitud fundamentalista que les arrastra a situaciones y conductas que, fuera de su ámbito religioso, probablemente percibirían como ridículas. Y esto es lo que acaba por sucederle a David Kepesh. Y ¿quién es David Kepesh? Se trata del protagonista que narra en primera persona narrador la novela El animal moribundo de Philip Roth. David Kepesh es un reputado profesor universitario y crítico cultural que ha envejecido muy bien y tiene la costumbre de seducir a sus alumnas de doctorado. En una confesión íntima a un oyente desconocido, hace una crónica de su autodestrucción personal desde que inicia una relación con Consuelo, la bellísima hija de unos exiliados cubanos que tendrá, sin quererlo, un poder ilimitado sobre la estructura mental de Kepesh. El hombre tan seguro de sí mismo, tan consciente de su edad pero sin un solo atisbo de miedos, se convierte en, poco menos, que un fiel obediente sin ningún tipo de control ni autoridad sobre su pensamiento y sus deseos. Es frecuente que admitamos, sin ningún género de dudas y muy orgullosos de nosotros mismos, que la vida es incontrolable y que nada podemos hacer para frenar las sacudidas del azar y del incierto futuro. Y lo decimos con tranquilidad. Solo perdemos los nervios cuando verdaderamente entendemos lo cierto que es aquello que afirmábamos sin temor. Solo cuando nos encontramos ante la verdadera dimensión de la tragedia, la pérdida, el sufrimiento, somos capaces de tomar conciencia esta afirmación. Y, una vez más, esto es lo que sucederá a Kepesh cuando se enfrente a su verdadera dependencia con Consuelo, cuando se enfrente a fuerzas que relativizan por completo ese supuesto carácter omnipotente del sexo, aunque no esté dispuesto a admitirlo jamás, bajo ningún concepto. “El cuento de hadas más encantador de la infancia es el de que todo sucede en orden.” Reflexiona Kepesh cuando se enfrenta a un dolor inabarcable, a una realidad en la que sus actos y su sistema de valores no tienen ninguna posibilidad de transformación. “El auge y la caída del condón es la historia sexual de la segunda mitad del siglo XX.” Nos dice mientras mantiene su compostura de pensador liberado, que solo ve con buenos ojos la sumisión al dios sexo. Hacía tiempo que tenía ganas de leer a Philip Roth. Y me alegro de haber leído muchas afirmaciones en boca de uno de sus personajes que me han hecho dudar y con las que no puedo mostrar mi acuerdo de forma plena. Está claro que es más fácil identificar a un buen escritor cuando postula lo que no te gusta. Solo entonces la calidad literaria sostiene el juicio del lector. El animal moribundo es una novela corta, recomendable, fácil de leer y con un giro argumental que cambia, por completo, la mirada con la que analizamos a la voz que parece deshacerse en cada página, a ese hombre que parece envejecer en ciento veinte páginas lo que no ha envejecido en cuarenta años. Interesante primera incursión en el universo narrativo de Roth. No será la única.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Inventario del desorden

Creo que recordar que fue a finales del verano de 2003, cuando asistí al curso “Figura y presencia de Rafael Alberti”, una de las opciones que ofrecía el programa de verano de la UNIA en la sede de Baeza. He de reconocer que, más que por don Rafael, fui al curso por los ponentes que participarían en él y porque me resultaba muy atractiva la idea de pasar cinco días en Baeza. No me equivoqué en las expectivas y no sé si esto es una crítica a aquella actividad formativa o un halago a mi capacidad de intuición, pero lo cierto es que, tal y como suponía, el curso parecía haber sido dispuesto por Luis García Montero a la medida de sus amigos poetas que iban a participar en él. Aprendí de Alberti, no puedo negarlo (aunque a un autor se le conoce, sobre todo, en la lectura de su obra y yo ya había leído un buen puñado de libros de él cuando llegué a Baeza), pero también pude disfrutar de lecturas de poemas de algunos de los nombres por los que más curiosidad sentía en aquel momento: Benjamín Prado, Ángeles Mora, el propio García Montero y Felipe Benítez Reyes. No conocía, sin embargo, a un tal Antonio Jiménez Millán que, después de hacer una lúcida reflexión sobre la unidad entre escritura y vida, leyó uno de sus poemas en el que analizaba la figura de su padre y me dejó sinceramente impresionado. Recuerdo haber decidido que tenía que leer ese libro, Inventario del desorden, y ahí termina la primera parte de la anécdota. La segunda es que acabé por comprarlo, pero no para mí. Lo compré para regalárselo a mi amigo Álvaro por su cumpleaños un 28 de mayo de 2004. La tercera es que, diez años después de su descubrimiento y habiendo recordado todo esto, le solicité un préstamo a Alvarito y me dispuse saldar aquella vieja deuda. Siempre me ha gustado eso que, de forma genérica, conocemos en España como poesía de la experiencia y que algunos llaman (yo creo que de forma más acertada) línea de la claridad. Por otro lado, desde que (hace unos cuantos años) me dio por escribir sobre mi familia y tomé la decisión de empezar por mi padre, cualquier texto, en cualquier género, que tenga como eje central la revisión autobiográfica de la figura paterna me interesa mucho, casi de forma enfermiza. El libro no me ha decepcionado y tengo que decir que, en mi opinión, trasciende las características habituales de la poesía de la experiencia, tanto en los contenidos como en la métrica. Volver en la lectura privada a aquel poema que hizo las veces de gancho ha sido un placer estético y me ha resucitado aquellas mismas impresiones que, veladas por todo este tiempo que ha pasado, recuerdo haber tenido al escucharlo. A medida que se van pasando páginas, no es difícil encontrar sentencias, frases tan incontestables, ante las que no se puede más que asentir. También, se encuentran, en cambio, y esto es muy evidente en los nueve poemas incluidos en la sección “Calma aparente”, textos que parecen construidos con retazos y cuyo fin último parecería ser la búsqueda o el incremento de una posible audiencia, menoscabando incluso la propia coherencia discursiva del que escribe. Por otro lado, y en ese más que comprensible ahondamiento en la capacidad de asombro que puede despertar el espanto, lo terrible, creo que, a veces y sin ser patrimonio exclusivo de Jiménez Millán, cae la poesía española con frecuencia en la construcción de un tono presuntusosamente hermético, confundiéndolo con aquella vieja idea (y lo digo por gastada y un poco rancia en este caso concreto) de la necesidad de mantener el misterio del poema. O, al menos, eso es lo que me dictan mi incompetencia como crítico y mi escasa capacidad para la interpretación. No puedo dar por cerrada esta columna sin recomendar dos conjuntos de cuatro poemas cada uno que aparecen en la sección del libro “Fábulas”. El primero de ellos, “Fábula y despedida”, es un impresionante relato del encuetro sentimental y erótico enunciado desde una frontera confusa entre sueño y vigilia, entre realidad vivencial e imaginación. “El pasajero”, escrito usando los ropajes fronterizos del poema en prosa, es un auténtico acierto intelectual que identifica el tiempo con un personaje errante. Sencillo, pero inapelable. Así es, de hecho, la poesía de Antonio Jiménez Millán y su apuesta por la falta de artificio, por la emoción desnuda. Son muchas las muestras a lo largo del poemario, pero me quedo con la idea que esboza al volver en “Calle Jazmín” al barrio en el que se desenvolvió su infancia:

pienso también que la literatura
abusó de castillos góticos,
bosques perdidos,
fríos páramos desiertos,
lagunas y mansiones señoriales.
Basta una esquina sórdida,
sin alma ni misterio,
a plena luz del día.

jueves, 19 de diciembre de 2013

¿Un réquiem para Uniradio?

Si hoy fuera un jueves corriente, habría encendido el ordenador esta mañana pensando en qué voy a escribir este año para despedir el trimestre y felicitar la Navidad a los oyentes de Las Afueras tomando como pretexto algún punto de partida literario. Seguramente, ahí estaría la principal dificultad. Después de todo, la gente no se toma a mal que repitamos discurso llegados a estas alturas del año y, por otro lado, tampoco hay demasiadas opciones de maniobra. Como siempre, acabaría por admitir que entiendo perfectamente a los críticos y a aquellos acusadores del consumismo, pero también pediría un poco de distancia y recordaría que hay muchas formas de tomarse estas fiestas, que tampoco podemos hacer nada por eludirlas y que, al fin y al cabo, nos dan una excusa inmejorable para abusar de la compañía de la gente a la que apreciamos. Como todos los años, también, aconsejaría regalar cultura, especialmente, regalar libros y, en concreto, a los niños. Ya sabéis que, debido a mi oficio y a mis convicciones personales, sigo manteniendo la ingenuidad de creer firmemente en el poder de transformación y regeneración social de cualquier acto educativo. Teclearía con la prisa habitual de cada semana y pensaría que, afortunadamente, aún me queda en reserva un libro para reseñar, La invención de Morel, y entre este y las lecturas de Navidad (espero terminar Los heraldos negros, Trilce y algo de Natalia Ginzburg o Machado de Assís, ya veremos) tendría margen suficiente para seguir compaginando las lecturas con la gustosa y autoimpuesta obligación de la columna semanal para el programa. Sin embargo, poco sentido tiene ya todo esto cuando se cierne sobre Uniradio la más que probable certeza de un cierre injusto y vergonzoso. Uniradio es un proyecto cultural libre con una trayectoria susceptible de causar envidia en cualquiera de los rincones de este país. Se trata de una iniciativa que se dedica única y exclusivamente al enriquecimiento de la Universidad como institución y de la vida en la capital y la provincia. No es, simplemente, que cualquier proyecto de estas características salga barato, en sí mismo, atendiendo a los beneficios sociales que genera. Además, Uniradio es un proyecto económicamente barato que vuelve a demostrar, una vez más, que el problema de esta crisis no es que no haya dinero para nada, es que hemos decidido recortar en lo importante y priorizar lo innecesario, lo superfluo. El cierre de un medio de comunicación es siempre, invariablemente, un drama, pero las palabras se muestran, desde un punto de vista semántico, insuficientes cuando es una universidad pública la que no tiene reparos en dejar morir a la que, probablemente, es una de sus grandes virtudes y una de sus señas de identidad. No sé si el Rector lo sabe, pero gran parte del respeto que se ha ganado la Onubense en estos últimos años se debe al buen hacer de Uniradio. Se me dirá que no soy objetivo, que formo parte de su red de colaboradores, y yo diré orgullosamente que sí, que me niego a ser objetivo cuando he estado seis años, dos meses y ocho días tratando de aportar algo, por pequeño e insignificante, que fuera a la maquinaria de difusión cultural ha sido esta radio. Recuerdo con nitidez mi primera columna, un once de octubre de 2007, en la que, a partir de un verso de Cernuda, reflexionaba sobre la capacidad de desencadenar pensamientos que tienen los cambios en el tiempo atmosférico. Divulgalia fue el programa que me dio la libertad de un espacio semanal para, tomando como excusa la cultura, hablar sobre lo que quisiera. Después, como sabéis, acabé trasladándome a la periferia con Las Afueras y me centré en la Literatura. Y, en esto, se resumen unos años imborrables en los que hemos charlado hasta la saciedad sobre premios, autores, poéticas, editoriales y, sobre todo, libros. Así que no puedo hacer otra cosa más que, en conciencia, dar las gracias a Manuel González Mairena y Manuel Arana por todo este tiempo y admitir que también siento un dolor egoísta por el cierre de Uniradio, ya que este espacio semanal es la actividad cultural más importante que he venido desarrollando y ahora, desgraciadamente, parece que voy a verme privado de ella. Escucho mientras escribo estas líneas un álbum de The Brian Jonestown Massacre cuyo título plantea un interrogante absurdo y sin respuesta: Who Killed Sgt. Pepper? Espero que, dentro de algún tiempo, nadie tenga que preguntar quién cerró Uniradio porque se trate de una pregunta ridícula, sin sentido y, por supuesto, sin respuesta.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Delito y escarmiento

Empieza a parecerme demasiado casual que, teniendo en cuenta el tipo de preocupaciones literarias con las que pierdo o construyo mi tiempo, me haya tropezado por segunda vez con una obra maestra de la literatura universal en el género novela que, no es que no me haya gustado, más bien, me da la impresión de que algo no me ha dejado disfrutarla con plenitud. Evidentemente, un lector de idioma único (como yo lo soy) no puede valorar el nivel de excelencia de una buena traducción. Sin embargo, sí puede identificar o, al menos, sospechar que se encuentra ante una mala. Y, volviendo al hilo inicial, ya es casualidad que, en ambas novelas, haya encontrado indicios (por decirlo suavemente) de cierta negligencia en la traducción. Además, y para cerrar el círculo, es una tremendísima casualidad que ambas novelas las haya leído en la misma colección de la misma editorial: Cátedra Letras Universales o, para que nos entendamos, la colección blanca de Cátedra que reúne clásicos de la Literatura Universal escritos en una lengua que no sea española y que, por tanto, son traducciones. Una editorial que, por cierto, tiene la imperdonable dejadez de no marcar con tilde la cualidad de esdrújula de su propio nombre en las portadas de los libros que pertenecen a las colecciones Letras Universales y Letras Hispánicas. Cuando leí Rojo y negro, mi nivel de autocensura me llevó a asumir que era mi culpa, que no tenía el hábito de leer ese tipo de novelas. Después de haber leído Crimen y castigo, pienso que cierta responsabilidad debe tener también el editor para que un lector que no tiene ni idea de ruso y se acerca por primera vez a Dostoievski sepa descubrir errores de traducción. Pondré solo un ejemplo. Dejando por un día a un lado el terror que suelo tener a equivocarme o a ser demasiado visceral, una novela deja de resultarme creíble cuando, en su segunda página, se transcribe el habla interna, el pensamiento de un atormentado estudiante veinteañero ruso del siglo XIX, con las siguientes palabras: “Esta manía de hablar es consecuencia del último mes que me he pasado los días y las noches tumbado en un rincón pensando... en los tiempos de Maricastaña.” María Castaña fue una heroína gallega que lideró en 1386 una revuelta popular contra los abusos del poder eclesiástico. Dudo mucho que un tal Raskolnikov pudiera llegar a conocer esta historia que no conocen muchos españoles (confieso que acabo de consultarlo en Wikipedia). La expresión, aunque muy popular, no creo que tuviera el alcance necesario como para llegar al ruso coloquial de los suburbios más deprimidos de San Petersburgo a mediados de aquel siglo. Entiendo que, a veces, el traductor ha de tomar decisiones complicadas para facilitar la comprensión del lector futuro, pero ese problema no justifica cualquier opción. Como bien decía Borges, se puede usar en un poema azul o azulado, pero jamás azulino, por mucho que el término sea estrictamente correcto. Por lo demás, esta reseña de Crimen y castigo no puede ser más que una reseña limitada, como limitada es la “versión” que he leído. A pesar de ello, la obra se muestra en su majestuosidad y, una vez terminada, el lector acaba admitiendo, sin ningún género de dudas que se encuentra ante el mejor relato posible del remordimiento, ante una intrahistoria del arrepentimiento y el tormento intelectual. No necesitaría nunca Dostoievski acudir a expresiones como nervios desquiciados, porque su procedimiento consiste en dejar fluir una prosa inagotable, en dibujar un muestrario diverso de situaciones donde el asesino Raskolnikov no parece oír, ver, pensar, oler, tocar, mirar o leer ninguna cosa que no le hable de los terribles actos que ha planificado y ejecutado. La novela es, además, un catálogo impresionante de personajes y caracteres que luchan por imponer sus voces en las tramas que se dilucidan y que, simultáneamente, nos iluminan sobre condiciones sociales y modos de vida, sobre la presencia o ausencia de valores éticos, sobre la inhumanidad y el excesivo individualismo en los que puede desembocar, y con frecuencia desemboca, la vida en las grandes ciudades. Finalmente, Crimen y castigo es un ejemplo perfecto de la hipótesis que establece la posibilidad de la rehabilitación social y la renovación espiritual (aunque a mí me guste más el vocablo psicológica) a través del amor. No voy a entrar a discutir las posibilidades de veracidad de esta hipótesis. Sí diré, sin embargo, que sería, definitivamente esperanzador y bello que fuera cierta.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Grandes pechos amplias caderas

Casi con toda seguridad, Grandes pechos amplias caderas es a la literatura china lo que El tambor de hojalata fue a la literatura alemana. No es ésta una conclusión excesivamente meritoria cuando se tiene en cuenta que coinciden en ambas el niño de extraño desarrollo y con oposición abierta a asumir los roles que implican el status adulto; un contexto caracterizado por el horror cotidiano y que, durante el desarrollo del relato, atraviesa conflictos bélicos y periodos de represión que tienen su correspondencia en la Historia del siglo XX; la evolución de los personajes y el entorno hacia un presente en el que queda configurada una visión concreta del país; un acercamiento en los métodos narrativos a lo que podríamos llamar realismo mágico y, por tanto, a aquellos autores que fueron encuadrados en lo que se llamó el Boom Latinoamericano; así como el hecho de haber recibido ambos escritores, Günter Grass y Mo Yan, el Premio Nobel de Literatura. No pretendo, sin embargo, que este comentario sea interpretado como una crítica maliciosa. De hecho, Grandes pechos amplias caderas es una mejores novelas que he leído últimamente y me ha gustado mucho, a pesar de sus ochocientas treinta y seis páginas, un buen puñado de las cuales prescindibles. No todo podía ser perfecto y, en cierto modo, es comprensible que los escritores se dejen guiar por sus vicios y se despachen a gusto. Sobre todo, cuando tenemos en cuenta que, en lo que al sentir general se refiere, no se suele considerar a un escritor como grande hasta que no escribe una novela y, desde luego, una vez lo hace, no conseguirá mantener su status mientras no escriba uno de esos tomos que se venden al peso y que dan al lector medio la seguridad de estar leyendo algo importante. Bromas aparte, me ha gustado tanto esta novela que, ya en la página ochenta y siete, cuando termina el primer capítulo, comprendí que no estaba perdiendo el tiempo y que tenía entre manos uno de esos libros que son, cuando menos, recomendables. No es fácil resumir o dar un esbozo de lo que la novela es en sí. No porque no pueda escribir una serie de frases generales sino, más bien, porque siento constantemente que me estoy olvidando de algo. Está claro que se trata de la historia de una familia durante, prácticamente, todo el siglo XX. Shangguan Lu, mujer de pies vendados y obligada a casarse con un hombre estéril, tendrá ocho hijas y un único hijo varón, el último. La historia de cada uno de ellos, de sus vidas, amores, bodas, problemas, hijos, muertes, es lo que compone el relato, a la vez que los diferentes escenarios donde se desarrolla que, casi invariablemente, se centran en el pueblo de Gaomi del Noreste. Dentro de este núcleo de personajes, hay dos que son claramente protagonistas: por un lado, está la madre, sufridora, trabajadora y gran heroína que hará posible, en la medida de lo que sus fuerzas le permiten, la supervivencia de su descendencia; y, por otro lado, está Shagguan Jintong, el único hijo varón, voz narradora de la historia y poseedor de una característica que le hace distinto, único: su incapacidad de alimentarse de otra cosa que no sea la leche materna hasta bien entrada la adolescencia y la juventud, y la consiguiente obsesión por los pechos femeninos que desarrolla siendo solo un bebé y que conservará durante toda su vida. Mientras la biografía de los personajes crece, se amplía, se entrelaza, asistimos al vertiginoso viaje de la historia de China en el siglo pasado. La caída de la Dinastía Quing, la república dictatorial de Yuan Shikai, la guerra contra los japoneses, la guerra civil, el nacimiento de la República Popular, la Revolución Cultural y la transición que lleva hacia ese régimen económico al que ha derivado China y que algunos llaman Capitalismo de Estado. De hecho, la foto social que nos ofrece el libro en sus últimas páginas no resulta tan ajena al modo de vida occidental que conocemos. Más allá del trasfondo histórico y, sin menospreciar ninguna de las formas en que se ramifica el entramado argumental de la obra, Grandes pechos amplias caderas acaba definiéndose como la búsqueda de la comprensión, el amparo y el respeto que necesita la conciencia diferente e inadapatada y que, en una sociedad sin escrúpulos, solo podrá encontrar en un semejante, es decir, en otro ser distinto y que no forma parte de la masa poblacional homogeneizada. Al menos, esa es la sensación que me deja el libro tras leer el desenlace final, si es que se puede llamar así. En definitiva, si lo que se espera de esta columna es una conclusión, después de haber leído únicamente este libro, mi impresión es que el Premio Nobel de Literatura 2012 está entregado a un narrador que lo merece. Si cambio de opinión, prometo hacerlo saber.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Te Deum

Cerré la temporada pasada de columnas con la reseña de un libro que debía a Miguel Mejía y abro la temporada presente de la misma forma. En la antesala del verano, me despedí con un libro de poemas con el que Miguel había ganado su más reciente premio. En esta ocasión, me ocupo de uno de sus trabajos como traductor. Cuando hace ya algunos años, Miguel nos comunicó que había decidido abandonar Alemania para probar suerte en Polonia, nadie tuvo la menor duda de que aprendería polaco sin demasiada dificultad. No por ello dejé de sorprenderme cuando me contó que estaba traduciendo a un poeta polaco llamado Tadeusz Dabrowski, nacido en 1979 y que vive en Gdansk, esa ciudad en la que se desarrolla la historia de El tambor de hojalata. El poemario en cuestión se titula Te deum y, como cualquiera puede imaginar, con un título así ya nos están dando muchas pistas sobre los ejes temáticos del libro, aunque un aventurero juicio previo puede forjar unas expectativas desajustadas. Evidentemente, uno de los temas fundamentales del libro es la muerte, pero no se acerca a ella el poeta con un tono oscuro y plañidero, más bien, se trata, en mi opinión, de desdramatizar, haciéndonos conscientes, por ejemplo, del placer que sentimos al matar mosquitos en contraposición a las hondas reflexiones que nos induce la muerte de nuestro perro. O imaginando juegos dialógicos imposibles, como en el comienzo de un poema sin título donde podemos leer: “El vivo no comprenderá al muerto el muerto comprenderá / al vivo y su incomprensión”. La reflexión en torno a la muerte toma también la forma de un escepticismo sobre la realidad vivencial. Es muy claro este aspecto en el poema en el que Dabrowski comienza interrogándose: “Cuántas veces he muerto ya en la vida, es difícil decirlo, / porque es seguro que morí.” Hacia el final, el poema parece decirnos que, por muy conscientes que seamos del fin de la vida, es lícito preguntarse hasta qué punto es real lo real, cómo tomar la decisión de creer o descreer de la propia experiencia. Poco a poco, el poemario se va transformando, abriéndose a temáticas más diversas que incluyen los estilos de vida, la moral, la identidad, el erotismo, el amor y la propia actividad de escribir que aparece siempre mezclada, cosida, enroscada a alguno de los temas ya citados. El tono, sin embargo, se mantiene constante y, aunque es inevitable alguna incursión en la tristeza o el desamparo emocional, siempre queda como trasfondo una mirada burlona que, en mi opinión, no pretende restar importancia a lo que se cuenta, sino establecer una distancia necesaria con la emoción pura que facilita la construcción del poema. Como en el “Tratado de zoología (socialmente comprometido)”, cuyo final nos plantea:

       … ¿habría matado a tiros un chimpancé a cinco
trabajadores del Kredyt Bank? No creo, a no ser que

fuera por divertirse, y en un jardín zoológico.

Un claro ejemplo de temáticas entrelazadas es “Velada”, un texto circular en el que se describe un tránsito que parte desde un amanecer ebrio, pasa por un sueño diurno a deshoras, se detiene en una tarde de escritura y acaba en una nueva salida noctámbula; un texto donde se nos confiesa que:

                                                                             Los poemas
más hermosos surgen en el sueño, blancos con rimas,

exprimidos con pluma gastada en una limpia limpia
libreta. Sin pensar busco estos poemas por las noches.

 
Especialmente buenos me parecen “Fragmentos de un discurso amoroso” (en el que se dibuja un retrato, al mismo tiempo, triste y humorístico sobre la infidelidad), “Desplazamiento hacia el rojo” (quizá el más puro poema de temática amorosa del libro y que toma como pretexto el Big Bang) o “Poema erótico atemporal” (en el que el erotismo que late es de carácter intelectual). Y cito estos tres por no alargar demasiado esta columna.
Una mención separada merece el tema de Dios y la salvación. Teniendo la cultura polaca y los caminos por los que va desarrollándose el libro, hubiera sido artificialmente extraña la falta de referencias a estos tópicos. Dios y la búsqueda de salvación aparecen, como no podía ser de otra manera, en muchos de los poemas del libro, a veces de una forma más aislada y, en otras ocasiones, unida a cualquier otra temática, estableciendo una clara diferencia entre lo mundano y lo divino, el gozo y el deber cristiano, las preocupaciones intelectuales y la entrega a la búsqueda de la
salvación. De esta manera, en “Día de difuntos” el poeta declara que:

                            Hasta aquí me parecía que creo
en Dios pero ahora ya sé que creo en la tersa

piel de su hoyuelo y en los orificios por los que
no es posible de abrirse paso en los que se multiplican
seres de la humedad y del calor.

En “Padre”, el análisis va muy lejos y concluye sin temor: 
 
Y entonces he llegado a qué significa que Dios piensa
que piensa, y en qué consiste la diferencia entre
Dios y yo;

Con el paso de las páginas, Dabrowski llega a definir a Dios como la asfixia que conforma la vida y, a pesar de componer algún poema con forma de oración y tono de contrición, reconoce, aparentemente sin sombra de miedo, estar convencido de lo lejos que está del concepto católico de salvación. Así nos lo muestra al final de uno de los poemas:

                                                           Y no entrará
por fin al reino de los cielos aquel que escribe
a las doce menos cinco un poema en lugar de una oración.

Pero es, probablemente, el último poema el que más acertadamente aborda la idea de Dios y la que un hombre puede hacerse de sí mismo, uno que comienza con un verso que es, casi, un desafío: “Esto es el primer verso. Este verso no importa.” El poema quiere compararse con la vida y que cada verso dibuje una imagen ajustada del poeta, como aquella idea de Ángel González de la creación de un personaje literario que se parezca al autor. Sin embargo, sabemos que escribir es rehacer y, así, es posible que, en el proceso de escritura, al inventar nos reinventemos, suframos un un cambio guiados por el personaje que hemos creado y que acaba por modelarnos a nosotros mismos. Dice Dabrowski que habremos vivido cuando descubramos que el poema hablaba de Dios y no debe extrañarnos su contundencia. ¿Acaso la imagen que tenemos de Dios no es la proyección de las cualidades humanas llevadas a la excelencia o la exageración? ¿Acaso podemos imaginar a Dios de otra forma que no sea como una imagen humana? Y, después, termina el poema y, por tanto, termina el libro. Y lo hace de la forma más natural, de la misma manera en que llega el final de una vida, en cualquier momento, inesperadamente. Es esa conciencia, además del miedo natural a lo que nunca se podrá conocer, la que se esconde detrás de los últimos versos y del misterio al que induce el corte brusco la frase y, por tanto, del discurso. Está muy claro:

                                                   El último verso llega
sin embargo más rápido
que

viernes, 11 de octubre de 2013

Una maquinaria interrogativa (cierre de la temporada 2012/2013 en Las Afueras)

Probablemente, hay muy pocas satisfacciones comparables a leer el poemario de un amigo impreso en folios o fotocopiado, pensar que se trata de algo realmente bueno y maldecir la cerrazón del entramado editorial español y, posteriormente, años después, recibir en casa un sospechoso sobre acolchado que aloja en su interior un libro de poemas, ese mismo que ya habías leído cuando estaba recién sacado del horno y parecía tan lejana la posibilidad de publicación. Como siempre, advierto antes de seguir exponiendo mis percepciones: no puedo ni pretendo ser objetivo en esto. Sí, Miguel Mejía ha vuelto a ganar un premio y ha sido, una vez más, publicado. Se trata del Premio Paul Beckett de poesía en su última edición, un galardón que concede la Fundación Valparaíso y que otorga la posibilidad de publicar en la Colección Beatrice. Como puede imaginarse, se trata de una edición modesta, aunque no le falta ese tono elegante que tienen los que, humildemente, ofrecen un buen producto haciendo gala de la sobriedad y prescindiendo de todo el artificio que rodea a ciertas publicaciones donde hay que suplir de alguna forma la falta de nivel poético. Pero vayamos a lo importante, a la obra, a ese poemario titulado Hacia dónde, que es algo más que una mera referencia espacial, una búsqueda de orientación geográfica, aunque también lo sea. Hacia dónde es la pregunta fundamental de la conciencia humana, de una voz intrapsicológica, de un discurso privado que se ha hecho carne en el ritmo y nos lleva al territorio de las inquietudes, de la ausencia o la búsqueda de un sentido, la obligada construcción de una identidad personal con los materiales de la incertidumbre, la necesidad o la obligación de seguir viviendo a pesar de la falta de respuestas definitivas. Dividido en cuatro partes sin títulos que la identifiquen, se trata sin embargo de un conjunto monolítico (que no monográfico) de poemas. Algo respira entre esos versos, el verbo está vivo y da la impresión de que ninguno de los textos sobra. Todos parecen ser necesarios en el funcionamiento de una maquinaria interrogativa. Inmerso en un contexto urbano, los elementos del paisaje no son una agarradera que evite una caída al interior. No consuela ni sana el regreso, como tampoco pueden hacerlo los matices temporales que pretende imponer el calendario. Los nombres que ponemos a los días y los meses revelan su verdadera naturaleza de etiquetas. Por eso, no es raro que el poeta nos diga que debajo de abril “late siempre diciembre” o que un lunes sea una ráfaga de comprensión, el decisivo instante en que descubrimos que podría ser ya tarde para confiar en un amanecer que, en su iluminación, irradie algo parecido a una esperanza. En un constante ir y venir, nada parece estable y, sin embargo, siempre parece estar todo en el mismo punto, detenido, ajeno a cualquier idea de progreso. Porque todo está roto o se derrumba o despliega un esfuerzo que es inútil. El poeta puede ser muchos seres distintos, puede hablar desde una multiplicidad de voces que reflejan lo que ya sabemos: igual que el río de Heráclito, nadie puede ser siempre la misma persona y es ésta la base de todo conflicto identitario tanto en lo social como en lo personal, es éste el motivo que está detrás de la mayoría de demandas de psicoterapia, es ésta la angustia de no saber si estamos aprovechando o malbaratando nuestras vidas, el miedo a quedar en un territorio neutro, gris, informe, en el que descubrimos que, al fin, no somos nada. Es lícito pensar en este punto que, al menos, nos queda la memoria, como les quedaba París a Rick e Ilsa en Casablanca. Ilusión de control, autoengaño, el propio Miguel se encarga de no dejar un solo cabo suelto, un mínimo salvavidas, en el único poema que no tiene título de la colección:

no deja de pasarnos la vida por delante
y está uno a veces triste como un muñeco hueco
con brazos incapaces con cara de sí mismo o parecida
tirado sin remedio solo sobre la cama hecho un ovillo
queriendo no salir no ver el día no volver nunca
porque todo sucede siempre ayer y los recuerdos
de qué sirven de qué dime de qué

domingo, 6 de octubre de 2013

El alcalde de Zalamea

Si como ya sabéis siempre he venido defendiendo los beneficios de la lectura en general y, en particular, de la lectura de los clásicos, además, últimamente, vengo reafirmándome en una idea que, probablamente, ya habré esbozado o planteado anteriormente: la lectura de los clásicos es la mejor forma de comprender que este mundo en el que vivimos no va, cada vez, peor. Más bien, ha sido siempre igual de injusto y despiadado a lo largo de la Historia y los cambios que hemos experimentado están más relacionados con el atrezo, que con una transformación profunda en la estructura de la moral y el comportamiento humano. Es difícil no caer en este círculo de reflexiones sobre la naturaleza del ser humano cuando se acaba de leer a Calderón y se está aún girando en las órbitas de su inigualable talento. Basado en acontecimientos históricos, El alcalde de Zalamea es un tratado en tono dramático sobre algunos de los problemas que aún hoy, trescientos setenta y siete años después, siguen persiguiendo, oprimiendo y preocupando a los sectores más desfavorecidos de la especie humana. El argumento de la obra nos sitúa ante el paso de las tropas reales por la localidad de Zalamea de la Serena (Badajoz) con motivo de un conflicto bélico entre España y Portugal. Atendiendo a la leyes del momento, el pueblo llano (el villanaje) tenía la obligación de alojar en sus casas a los miembros del ejército. La trama que Calderón arma en torno al amplísimo y omnipotente concepto del honor, su pérdida y restauración como motor del drama, se puede desgranar con facilidad en una diversidad de temas que no resultan, en ningún momento, arcaicos o ajenos a la fresca actualidad que nos envuelve. En primer lugar, tenemos el continuo desdén con el que un capitán trata a los habitantes del pueblo y las intrigas que diseña para conseguir beneficios personales. ¿Qué es esto sino un claro abuso de poder? En segundo lugar, tenemos el secuestro de una joven y bellísima mujer, a la que fuerza a mantener relaciones sexuales. ¿Acaso no estamos aquí ante una doble acepción siempre terrible de la palabra violación? ¿No es cierto que nos sigue preocupando la situación de los Derechos Humanos cuando los ejércitos de cualquier guerra entran en las poblaciones? ¿No es la violencia de género y la desigualdad entre hombres y mujeres uno de los principales asuntos a resolver en sociedades como la nuestra? Ya defendí, en este mismo espacio, hace ya tiempo que es fácil descubrir que Calderón es un moderno, un pensador de nuestro tiempo, cuando se analiza con atención su discurso. Esta afirmación se hace indiscutible en una extensa intervención del héroe de la obra, Pedro Crespo, cuando al despedir a su hijo, que se incorpora a las tropas que van camino de Portugal, le aconseja:

¡Cuántos, teniendo en el mundo
algún defeto consigo,
le han borrado por humildes!
Y ¡cuántos, que no han tenido
defeto, se le han hallado,
por estar ellos mal vistos!

Y más abajo:

No hables mal de las mujeres;
la más humilde, te digo
que es digna de estimación
porque, al fin, de ellas nacimos.
No riñas por cualquier cosa;
que cuando en los pueblos miro
muchos que a reñir se enseñan,
mil veces entre mí digo:
"Aquesta escuela no es
la que ha de ser", pues colijo
que no ha de enseñarse a un hombre
con destreza, gala y brío
a reñir, sino a por qué
ha de reñir, que yo afirmo
que si hubiera un maestro solo
que enseñara prevenido,
no el cómo, el por qué se riña,
todos le dieran sus hijos.

Sin embargo, no solo hay lugar para el análisis histórico y la pesimista toma de conciencia en el teatro del Siglo de Oro. En cierto modo, la satisfacción interior con la que se leen estos libros está relacionada con su desenlace. A su manera, en el estilo de la época, al lector le queda el regocijo de la justicia en el tramo final de la obra, una justicia que es vengativa y cruel con quien lo merece y que, aunque se circunscriba claramente al territorio de la ficción, supone una especie de terapia analgésica que alivia la sensación de haber perdido de antemano la lucha contra la injusticia y la desigualdad.

jueves, 3 de octubre de 2013

Las venas

Me da igual que fuera escrito en 1970, es decir, hace cuarenta y tres años. Me da igual que muchas de las cifras macroeconómicas y los patrones de tendencia geopolítica hayan cambiado, es decir, me da igual que Brasil sea una de las economías que más ha crecido en el mundo en los últimos años. Por encima de todo ello, está el libro y, por mucho que se me quisiera discutir, Las venas abiertas de América Latina es un ensayo magistral ejecutado por el sabio Eduardo Galeano y que, por desgracia, jamás dejará de tener actualidad en este bondadoso mundo en el que vivimos. Las venas son la demostración, en el contexto concreto de América del Sur, de que la riqueza de un territorio es directamente proporcional a la pobreza de sus habitantes, así como de que el desarrollo de algunos es la causa que provoca el subdesarrollo de otros. Por mucho que quiera maquillarse la historia, por mucho que se manipule, no cabe otra conclusión que admitir que tiene que haber muchos pobres para mantener los privilegios de unos cuantos ricos y que, por tanto, no hay riqueza en el mundo que no resulte, al menos, sospechosa. La historia de América Latina es una historia del despojo. Primero los conquistadores españoles y portugueses (quienes ya trabajaban casi sin saberlo para los intereses de la burguesía británica y holandesa), después la banca inglesa y, por último, las empresas multinacionales, aquellas que Cortázar bautizaba, con gran acierto, como vampiros multinacionales en las aventuras de Fantomas. Primero fue el oro, la plata y todo el mineral que tuviera un mínimo de valor. Después, fue el cáncer del monocultivo y la prohibición expresa de la industrialización (no hay mejor manera de asegurar las ventas al exterior que prohibiendo a tus compradores que ellos mismos fabriquen). Por último, la usurpación de la industria nacional de los países del Cono Sur, así como la usurpación del crédito interno, además de la estafa de la deuda externa y del juego sucio en el comercio internacional que se traduce en la manipulación de los precios de los productos y los fletes de los barcos para el transporte marítimo. La cosa es muy sencilla: lo que llamamos inversión extranjera proviene, en su mayoría, de las fuentes de crédito del propio país y, además, se aseguran las ganancias de la benefactora empresa en cuestión, ya que los riesgos los asume el Estado. No hace falta decir que esa inversión se transforma automáticamente en deuda externa, que solo puede ser pagada con la exportación de productos. Es curioso, a este respecto, que los productos latinoamericanos bajen constantemente de precio y los europeos y norteamericanos no dejen de subir, como no deja de subir la deuda ante la imposibilidad de pagarla, por lo que se hace necesario más crédito y más inversión extranjera. Seguro que no está relacionado con quiénes toman las decisiones en los organismos financieros internacionales ¿verdad? Nos explica Galeano que el Fondo Monetario Internacional ofrece préstamos a cambio de medidas concretas en la economía (eso que ahora llamamos austeridad). Las medidas concretas no atienden las causas de los problemas, sino a sus consecuencias. Por ello, la economía no hace más que empeorar su situación y volver al préstamo, que le exigirá medidas aún más concretas y drásticas. Y sigue subiendo la deuda (o el déficit como lo llamamos ahora). ¿Nos suena esto de algo? Sin embargo, los teóricos de la sacralización del pago de la deuda, los Estados Unidos, jamás aplican este tipo de medidas en su país. De igual forma que, siendo los mayores defensores del libre comercio, son los más restrictivos y proteccionistas cuando se trata de equilibrar la balanza entre la importación y la necesaria defensa de sus productores nacionales. Por supuesto, no es necesario decir que toda voz, todo ejemplo, que haya intentado alzarse contra estas tendencias a lo largo de la Historia ha sido, literalmente, aniquilada. De hecho, en las páginas de Las venas, se demuestra con datos que la mayoría de Golpes de Estado que se han producido en Latinoamérica, con el indiscutible apoyo de Estados Unidos o Inglaterra, han venido después de decisiones tomadas por gobiernos democráticos que lesionaban los intereses económicos de estos países. Todo esto lo hace Galeano huyendo de un lenguaje hermético, usando un tono de novela, como él mismo admite en el epílogo. Mucho debiéramos agradecer estos intentos de hacernos conscientes de la estructura política y económica que sostiene el engranaje del neoliberalismo. Nadie mejor que él para explicarlo: “El lenguaje hermético no es siempre el precio inevitable de la profundidad. Puede esconder, simplemente, en algunos casos, una incapacidad de comunicación elevada a la categoría de virtud intelectual. Sospecho que el aburrimiento sirve así, a menudo, para bendecir el orden establecido: confirma que el conocimiento es un privilegio de las élites.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Al hilo de una entrevista

Empiezo a leer con atención la conversación entre Caballero Bonald y Pérez Azaústre que publicó el diario El País en su página web el día 23 de abril, en que le fue concedido al primero el Premio Cervantes, a la que accedo gracias a mi amigo Miguel y a su constante atención para estas cosas. Y, ya en el comienzo, me quedo más tranquilo al descubrir que , afortunadamente, el título miente y no se trata de una conversación, sino de una entrevista en el que el más joven pregunta y el más experimentado responde con la libertad que otorgan la edad y la confianza que proporcionan un sólido proyecto literario ya desarrollado. A pesar de la necesaria y poco cuidada labor de recorte y edición llevada a cabo para adaptar una secuencia de realidad al formato de una entrevista digital (en algunas ocasiones da la impresión de que Caballero Bonald aplicara aquella actitud que mi amigo Alejandro Barragán define como “pregúntame lo que quieras que yo te responderé lo que me salga de los...”), lo cierto es que las reflexiones y planteamientos del último Premio Cervantes se dejan leer con placer y son un impulso intelectual para cualquiera que esté atento, interesado y muestre cierta tendencia a la conceptualización del hecho literario. Durante la lectura de la entrevista, me ha llamado la atención que, en muchas de las respuestas de Caballero Bonald, se deja traslucir cómo, al indagar en su infancia, al buscar en los orígenes aquéllas circunstancias que le llevaron a la escritura como decisión vital, hay una constante alusión a su necesidad o gusto por imitar las acciones de héroes de tebeo como Flash Gordon o de personajes reales ligados al mundo de la literatura y caracterizados por su carácter intrépido y aventurero. Tengo que confesar que me ha encantado esa dirección del análisis y, desde ese punto de vista, esto implicaría, yendo un poco más lejos, una concepción del acto de escribir como un proyecto de aventura vital y, de esta forma, requeriría de quien escribe un alto nivel de valentía. No podemos olvidar que escribir (en general, pero, más concretamente, la escritura de poemas) supone siempre la concesión de una parcela íntima, de un pensamiento privado que se hace público desde el mismo momento en que se codifica en palabras con un formato que pueda ser inteligible para un futuro lector. Porque está claro (y esto es innegociable) que todo lo que se escribe está pensado y diseñado para la implicación de un lector. La decisión de escribir es, en cierto modo, incívica. Supone una declaración de intenciones, en la que, implícitamente, se deja claro que se está dispuesto a renombrar el mundo, a redefinirlo, a imponer un punto de vista, a tomar un posicionamiento dentro de una corriente intelectual antigua y, al mismo tiempo, exclusivamente personal y reinventada. Y, al hacer todo esto, se asume un riesgo claro, pues el escritor se expone ante la sociedad para que ésta le juzgue. Lanza su obra a la arena pública y espera que las voces, más o menos autorizadas, elaboren un dictamen o una condena, se debatan entre la indiferencia, el rechazo y la adulación. Si la escritura, como aclara el propio Caballero Bonald, en su actividad de arquitectura de palabras, no es una suplantación de la realidad ni una mera copia, sino una interpretación la misma (una reconstrucción lingüística me atrevo yo a añadir), cada escritor, como arquitecto de discursos, tiene ante sí la inmensa e inabarcable tarea de creación de una esfera de realidad propia, intrínseca, específica, diferenciada. Dicho así, asusta. Dan ganas de no intentarlo y de recomendar a cualquiera que esté empezando que lo deje ya, que se trata de una pérdida de tiempo y, de hecho, no abundan precisamente “los Borges” o “los Lorca”. Aunque también es cierto, que este proceso de creación es lento y muy largo y que sólo pueden intuirse algunos resultados parciales después de muchos años y cuadernos emborronados. Además y, en todo caso, si no se culmina el edificio completo, siempre podrá quedar la satisfacción de algún ladrillo, especialmente, bien colocado.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Homenaje a Miguel Delibes

Le sentaron muy bien a mis dieciséis años una de las lecturas obligatorias con las que nos sentíamos agobiados en el instituto. Corría el curso escolar 1992 / 1993 y el profesorado responsable de la asignatura Literatura Española del plan de estudios de BUP (qué raro suena eso de decir Bachillerato Unificado Polivalente), tuvo la feliz idea de imponer como lectura obligatoria de uno de los trimestres una novela de Miguel Delibes, El camino. Recuerdo haber comprado un ejemplar de la Editorial Destino y me gustaría dar los datos habituales que suelo aportar cuando escribo sobre los libros que voy acabando. Pero lo cierto es que tengo que admitir con tristeza que he tenido que preguntarle al “amigo” Google para poder aportar la fecha de la primera publicación del libro: 1950. No es difícil entender el sentimiento que me produce haber perdido, tras un préstamo, un libro tan especial para mí. El camino es la historia de Daniel, el Mochuelo, un niño de 11 años que afronta su última noche en su pueblo natal, un pueblo que podría ser cualquier pueblo de la España interior de aquellos años. Cuando llegue la mañana, Daniel partirá hacia la ciudad a estudiar Bachillerato en un internado y los nervios y la inmensa tristeza de descubrir que el paraíso de la infancia también se acaba, no le dejan dormir. Pasará la noche recordando sus correrías con los amigos, repitiéndose una y otra vez que prefiere la vida sencilla y predecible del pueblo a la enigmática y llena de nuevas posibilidades vida de los estudios. A través del recuerdo de Daniel, asistimos a una imagen precisa y verosímil de las vidas rurales de aquella España. El camino fue, para aquel lector inconstante un aprendizaje por debajo del umbral de la conciencia de los mecanismos y las satisfacciones asociados al género novela. Fue uno de aquellos libros que me fueron empujando muy lentamente a hacia el hábito de lectura, los rudimentos de un hallazgo, la intuición de que había mucho que hallar en la comunión del silencio y la página. Fue también, además, una de mis primeras incursiones en la escritura narrativa. Amor, aquella profesora de literatura a la que no presté siempre la debida atención, tuvo la idea de hacernos escribir un capítulo adicional, una especie de epílogo. Y, ante todo, fue el descubrimento de uno de mis novelistas preferidos, el gran Miguel Delibes que, con los años, fui degustando en muchas otras novelas. Algunas de las páginas que más he disfrutado pertenencen a esos largos monólogos que Delibes traza en algunas de ellas como Cinco horas con Mario y Mujer de rojo sobre fondo gris. Y qué puede decirse de Los santos inocentes, otro de esos textos que, como Cinco horas con Mario, es fiel retrato de aquella realidad disociada que se escondía tras la expresión “las dos Españas”. Aún me sigue durando la larga y alegre complicidad que desencadena Diario de un emigrante. Mucho menos me gustaron El tesoro y El hereje, ésta última abandonada entre fuertes sentimientos de culpabilidad por la traición al maestro. Quedan en el debe y es posible que algunas queden ahí para siempre por mi empeño en vivir y mi falta de disciplina, Las ratas, El príncipe destronado, Diario de un cazador, Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso, Diario de un jubilado, La hoja roja... Siempre tuve la sensación de deberle algo a Miguel Delibes, la íntima necesidad de mostrarle un agradecimiento, de reconocerle, de alguna manera humilde y anónima, las horas de felicidad absorta que pasé ante su caudal inagotable de narrador de un país muy distinto al que yo he vivido y que, sin embargo, nunca deja de ser el mismo. Desde el final del pasado curso escolar, en el que tuve la suerte de empezar a ejercer la docencia en un centro de Educación de Adultos, puedo decir con satisfacción que, en cierta medida, estoy procediendo a ese homenaje. En mis clases de Formación Básica, en las que un sorprendente grupo de mujeres en edad de jubilación y descanso, asiste cada tarde al colegio por el mero placer de un ratito de lectura, dictado y cálculo, estamos leyendo cada día una página de El camino. Sé que puede parecer una tontería, pero el mero de hecho compartir con mis alumnas un tesoro tan preciado me parece el justo homenaje que un maestro como yo puede hacer de un generador de sed, inquietudes y desvelos como fue Miguel Delibes.