sábado, 9 de enero de 2021

La vuelta al día en ochenta mundos

 


Recién concluida la lectura de "La vuelta al día en ochenta mundos", un genial y heterodoxo collage perpetrado por Julio Cortázar con la ayuda de Julio Silva y donde la sombra un tercer Julio (evidente) se percibe de forma constante, quisiera compartir un fragmento de su úlitmo capítulo. El texto se defiende por sí mismo y mis comentarios sólo podrían servir para embarrarlo. Por tanto, me abstengo. Únicamente una advertencia o, más bien, una pincelada de contexto: el hilo discursivo es John Keats y, en general, la interrelación entre el carácter de un poeta (el modo en que afronta la realidad) y su obra. Se trata de un capítulo que, como sucede con muchos otros de los que componen esta vuelta, puede encontrarse también en otros libros del gran cronopio de Banfield.

"La conducta lógica del hombre tiende siempre a defender la persona del sujeto, a parapetarse frente a la irrupción osmótica de la realidad, ser por excelencia el antagonista del mundo, porque si al hombre lo obsesiona conocer es siempre un poco por hostilidad, por temor a confundirse. En cambio, ve usted, el poeta renuncia a defenderse. Renuncia a conservar una identidad en el acto de conocer porque precisamente el signo inconfundible, la marca en forma de trébol bajo la tetilla de los cuentos de hadas, se la da tempranamente el sentirse a cada paso otro, el salirse tan fácilmente de sí mismo para ingresar en las entidades que lo absorben, enajenarse en el objeto que será cantado, la materia física o moral cuya combustión lírica provocará el poema. Sediento de ser, el poeta no cesa de tenderse hacia la realidad buscando con el arpón infatigable del poema una realidad cada vez mejor ahondada, más real. Su poder es instrumento de posesión pero a la vez e inefablemente es deseo de posesión; como una red que pescara para sí misma, un anzuelo que fuera a la vez ansia de pesca. Ser poeta es ansiar, pero sobre todo obtener, en la exacta medida en que se ansía."

viernes, 1 de enero de 2021

Larsen


Estoy muy lejos de ser un experto en la obra de Juan Carlos Onetti. De hecho, a estas alturas de la vida, no creo que llegue a ser nunca un experto en ninguna cosa, pero esa es otra historia. Lo que yo quería decir es que he leído solamente de sus dos novelas. Hace unos siete años (si el blog no me engaña) leí “Dejemos hablar al viento” y hace unos meses tuve el acierto de internarme en “El astillero” y, superada la perplejidad inicial, pude disfrutar de ese sistema infalible y perfectamente cerrado sobre sí mismo, cuyo peso sostienen, principalmente, seis pilares: Larsen, Petrus, Angélica Inés, Gálvez, Kunz y la innominada mujer que cohabita con Gálvez y a cuyo parto asistimos descreídos. Mientras leía, iba descubriendo con cierta sorpresa que mi identificación (o tal vez debería decir mi capacidad de empatizar) con el protagonista del relato iba creciendo de una forma extraña. Una vez concluida la lectura, acabé por ver en Larsen a un personaje colectivo, una especie de arquetipo la voluntad humana y de su eternamente renovada esperanza. Pues, después de todo, ¿qué son las idas y venidas de Larsen por una empresa obsoleta, por un almacén donde todo parece inútil y desvencijado? ¿No es acaso su balanceo desde la convicción monolítica a la ironía desengañada un reflejo de la vida de cualquiera de nosotros, de nuestros ingenuos propósitos de Año Nuevo, del dejaré de fumar, del iré al gimnasio tres veces por semana, del leeré la “Divina Comedia”, del simple tiraré por fin toda esa inconsistente masa de basura y cachivaches que se aloja en el trastero? Vuelvo a pensar ahora en el pasaje subrayado en la foto y adquiere un matiz que antes no había sabido ver: Larsen, ese ser casi siempre despreciable, es capaz de mirarnos a la cara y recordarnos que no somos tan distintos a él y, en ese sorpresivo deslumbramiento que siempre suponer descubrir que todos tenemos pequeñas miserias, que nuestros valores no siempre son tan fuertes como querríamos y que nuestra seguridad y control sobre la realidad tienen mucho de ilusión, quizá podamos encontrar algún sentido con el que seguir repensando la existencia. Probablemente, Onetti no estaría de acuerdo conmigo. Por suerte para él, nadie va a obligarle a leer mi blog.

lunes, 6 de enero de 2020

La avaricia del tiempo


Conocí la poesía de Ángel Poli a través de Vecinas en verano, una plaquette publicada con motivo de la edición de 2005 de la Velada de Poesía Erótica de Galaroza. Con el tiempo y gracias a mi afán por la rebusca en las casetas institucionales de la Feria del Libro, pude hacerme con un ejemplar del número 6 de Ora Poética, Con amor a destiempo, y posteriormente con el poemario El agua del estanque, publicado en la colección “Cuando llega Octubre”. Son muchos los títulos y no puedo ni pretendo hacer ahora una lista exhaustiva. Sí quiero, en cambio, dejar claro que siempre me gustó la poesía de Ángel, que siempre me pareció, al abordar sus libros, que me hallaba delante de algo perdurable, algo que merecía tener un eco aún mayor del que siempre ha gozado. Con La avaricia del tiempo, su más reciente poemario (publicado en la Editorial Versátiles), Ángel Poli nos concede a sus lectores un privilegio: un salvoconducto para asistir como testigos demorados a determinadas escenas y paisajes de su biografía.

Se abre el libro con “La luz”, poema introductorio que se remata con una declaración de intenciones sobre el fin de la propia existencia; “el texto que serás con tus cenizas” reza el último verso, dejando claro que la única posibilidad de permanencia del que escribe, si acaso esta es posible, se halla en sus textos. Inmediatamente después, se inaugura “Primavera”, la primera sección del libro, y el jardín irrecuperable de la infancia se hace omnipresente. Y no puede la infancia desplegarse sin hablar de la familia que es, para el niño, el límite y tamaño del universo. “Desde entonces me veo persuadido en las cosas” se afirma en el poema “Hermana”, pues parece entender el poeta que la percepción del entorno sólo puede ser completa cuando se realiza a través de los demás. Es la infancia un tiempo donde cualquier suceso es susceptible de erigirse como un hito, como ese “Terremoto” que: “Fue leve... / Pero dejó una grieta su piedad.” Los recuerdos de los años escolares dan pie a la manifestación de algún misterio: “Colegio de la fuente -infancia en medio- / divago en la nostalgia / de un patio, una cancela (y una fuente / que nunca puede hallar pero sonaba).” No falta entre estos textos la enorme capacidad de asombro, quizá el más valioso de los tesoros que perdemos a medida que nos vence el gigante de la edad, un asombro que, con frecuencia, se nutre de la observación de la vida de los animales y de la extraña capacidad de entendimiento con ellos que sólo unos pocos tienen: “la boca donde un pájaro bebía sin otros horizontes que su sed.” Y, así, entre alguna rabona, pesadillas, los primeros contactos con la muerte y esa imprevista lucidez del niño que no es consciente de hasta qué punto juzga con certeza (“cómo ignoré que vi ya por entonces / la vuelta hacia la vida en sus desechos), llega el fin tras un duelo común a todo hijo de vecino: “Mi infancia se enterró como una más”.

En el cajón de la adolescencia, guarda Ángel Poli una memoria marcada por las visicitudes de la edad. Con un gusto exquisito por el octosílabo, ya en “Allende el tacto” se advierte de una personalísima función otorgada a los sentidos “los ojos para esas cosas / que nunca tendrán un nombre.” Empieza a despertarse el apetito carnal y encuentra motivos para su aparición en cualquier observación trivial: “y es que veo a tus senos que se mecen / en alegre señal de que respiras.” Los conceptos parecen categóricos, excluyentes, todo valor moral se diría inmutable “y no hay flechas si hieren la utopía.” Hay, sin embargo, espacios para la contemplación reflexiva, como el que describe el soneto “Un ocaso” (por el que siento debilidad), y experiencias amargas, cuya inmensa quemadura les hizo atravesar la frontera entre recuerdo y poema.

Se evocan en la sección “Verano” los lugares del éxtasis. No sé si me excedo al afirmar que se impone en estos poemas la sensualidad y, por momentos, el más puro erotismo parece confundirse con vida. “Tus piernas más que abiertas son los trazos / que nombran la extensión del infinito” se dice al comienzo de “Cae el árbol de la fruta”, haciendo del impulso sexual casi una cosmogonía. Algo tan cotidiano, tan normal, como “Las ganas de verte” son el motivo de uno de los textos: “Manadas de horizontes / condensaron allí / el olor que mejor abriese un eco”. Los versos de Ángel toman en ciertos pasajes un tono de celebración: “hoy todo en ti divulga / que vienes sin murallas ni arietes”. El cuerpo femenino es un agente, deja de ser un sujeto de observación para pasar a ser un protagonista activo. En esa línea, están “Trono genésico” (“Tus muslos entonando la canción / que sólo un trueno oye”) o “Beso que arranca o dona vida” (“Y el tacto de tu boca los consagra”).

La última parte del libro, “Otoño”, subraya otras preocupaciones que van desde un amor vivido en la madurez hasta una interpretación de la experiencia proyectada en la vida de los otros o en lugares del mundo que el poeta, lejos de reducir a mera postal, usa como herramienta para diseccionar la realidad. Muestra de lo primero, son poemas como “Cortaremos la cinta de Moebius” (“Hemos vivido juntos -ya por fin- / el tiempo que el destiempo me expropiara.”) o “Comienzo a verte” (“quiero hacerte partícipe del río / que hicimos al servirle al tiempo como orillas.)” Pasean por estas páginas el mono de los yonquis, Niño Miguel, las víctimas del derrumbe del cabezo de aquel fatídico 12 de septiembre de 1956, Marilyn Monroe o la horrenda y cruda realidad del asesinato: “Hoy han matado a un hombre. / Parémonos aquí, no acumulemos / -detrás de la noticia- otras verdades.” El mundo es, finalmente, un refugio, una oportunidad para explicarnos si tenemos educada la mirada y pienso que es en los últimos poemas de este libro donde Ángel Poli parece mostrarnos más claramente esa vocación por entenderse y darse a entender. Confiesa en “La carta extranjera”: “(Me pongo a hablarle al papel / como el que escucha respuesta). // Escribo -para entenderme- / la carta más extranjera.” Y revela al final de “Vencido de inminencia” lo que, de pronto, descubrió en mitad de un desierto o de una deserción: “cada indicio de luz no era más que la vida.”

Con esto acabo. Espero que estas palabras sean un estímulo para la lectura y no un laberinto interpuesto ante la comprensión de La avaricia del tiempo, un libro que sigue alimentando una obra poética necesaria, una poesía que debe pervivir porque, en ella, se intuye: “el claro devenir de lo inmutable, / ese difícil / equilibrio entre muerte y alegría”.

miércoles, 20 de febrero de 2019

El cuarto del siroco



Pido disculpas por anticipado por las molestias o incomodidades que pueda causar la afirmación que me dispongo a hacer: al abordar la lectura de un libro de poesía, se nota mucho (demasiado) si lo que nos han vendido es una obra elaborada con un mínimo de seriedad, entendiendo por serio lo que establece el diccionario de la RAE en la cuarta acepción, es decir, aquello que es “real, verdadero y sincero, sin engaño o burla, doblez o disimulo.” Cualquier lector de poesía que se  haya preocupado de ir educando su gusto gradualmente percibe en seguida si lo que ha comprado es un producto nacido de la voluntad de alguien que sabe lo que hace o es, más bien, otra cosa. Supongo que a nadie extrañará este argumento o, tal vez, sería más exacto escribir que lo espero. Supongo, también, que a nadie podrá extrañar que identifique a Álvaro Valverde como uno de esos poetas que saben lo que hacen y cuya poesía es, como mínimo, real y verdadera.

Su último libro, El cuarto del siroco, es un claro ejemplo, una colección de poemas de aparente sencillez con los que dibuja una mirada profunda, una mirada capaz de detenerse ante las distintas vicisitudes existenciales con la misma naturalidad con la que desentraña un paisaje. El primero de los poemas, “A modo de poética”, es ya un posicionamiento. En él, se declara la voluntad de construir un discurso que se asemeje al agua “que pasa y que no vuelve” y “que revela cercano lo distante.” En coherencia con estos postulados, se va articulando un conjunto de textos en los que el entorno es una clave explicativa o, al menos, en esa creencia parece estar depositada parte de la esperanza del que escribe. En este sentido, comienza “Solo de texto” con una especie de advertencia: “Contemplo en lo que veo / la sed de otra distancia.” Y “Casas de Azuaga” se abre confirmando el valor de la vida (aunque podría cambiarse vida por escritura) como un camino de autoconocimiento: “La vida es una calle que me lleva / esta tarde de octubre hacia mí mismo.” Un conocimiento que tiene un origen exterior, que parte de la contemplación de un decorado urbano capaz de generar fragmentos veraces o mentirosos de la propia biografía. No es extraño, por tanto, que finalice el poema señalando que esas casas: “Están ahí, delante de tus ojos, / para darte noticia del que fuiste.” El lugar, la pura geografía, se convierte, así, en un asidero ante la angustia. Algo que queda certificado en “Constatación”, donde Valverde confiesa:

Tal vez por eso escribo
acerca de lugares.
Sitios donde la muerte
simplemente es más lenta.

Como ya ha podido adivinarse, la propia existencia es uno de los ejes fundamentales del libro, la extrañeza ante lo cotidiano, ante la vida que el azar nos ha otorgado. Es ésta la idea que fundamenta el texto “En otra parte”, un texto que juega con la fantasía de ser otro o, más bien, de haber sido el mismo en otro lugar “si le hubiera arrancado a su destino / una serie de pasos diferentes.” Por otro lado, en los versos del placentino, se siente la amenaza que la losa del tiempo vocifera. El primero de los poemas que forman parte de “Dos meditaciones” establece una especie de verdad inamovible, tan evidente y directa que roza la brillantez al concentrarse en los moldes del heptasílabo: “Uno no se acostumbra / a estar siempre muriendo.” En medio de este registro de productos vivenciales, aparece el amor de forma inevitable, un amor que es tratado de forma lúcida (un buen ejemplo es “Canción de aniversario”) y que no renuncia por ello a su carga emotiva (como puede comprobarse en el conjunto de textos breves que componen la pieza “Cinco poemas de amor”).

El proceso de creación poética es inseparable del pensamiento y es su serena luz la que parece iluminar algunos de los poemas de Álvaro Valverde. Este aspecto es perceptible, entre otros, en “Nogaledas”, “Viejo cerezo” y “El mirlo”, en el que se otorga al ave del título una potencia casi teleológica: “su trino da sentido a la mañana.” En este contexto, me parece destacable la aparición de temas que podríamos calificar como estrictamente intelectuales. Me refiero a poemas como “Meditación en Bohemia”, una sobresaliente apología de la lectura en la que se concluye que algunos libros: “Son razón suficiente para cierta esperanza”.

El pasado 5 de octubre la sección DarDos de El Cultural se dedicó a una de las tendencias que azotan el panorama literario nacional. En ella, se publicaba una columna de Álvaro Valverde que se cerraba con un rotundo: “Pobre poesía.” Comparto y apoyo sin reticencias este diagnóstico. Sin embargo, mientras sigan publicándose libros como El cuarto del siroco, no perderé la esperanza de que aún sobrevive la cordura en el superpoblado (y, a menudo, desconcertante) sector editorial de este país.

martes, 8 de mayo de 2018

"La lluvia o la mañana" en la Feria del Libro de Sevilla

Este domingo 13 de mayo estaré en la Feria del Libro de Sevilla. A partir de las 18:00, me podréis encontrar en la caseta de la Librería La Isla de Siltolá (número 37) dispuesto a firmar libros. A las 19:00, en la Sala Apeadero del Ayuntamiento, presentaré "La lluvia o la mañana". Y, por si fuera poco, contaré con la inestimable ayuda de Diego Vaya. Amigos y amigas en general, habitantes de Sevilla en particular, como siempre os digo, me encantaría veros por allí.  



martes, 1 de mayo de 2018

Presentación en Huelva

El jueves 3 de mayo a las 19:30 estaré en la Biblioteca Provincial de Huelva presentando "La lluvia o la mañana", libro que he tenido la suerte de publicar con Ediciones de la Isla de Siltolá. Se puede leer más información pinchando AQUÍ.


jueves, 5 de abril de 2018

Apuntes para una presentación de "La distancia de una isla"


Probablemente, Freud sería la única voz autorizada para esbozar una explicación satisfactoria sobre varios hechos innegables. A saber: la vida del oficinista es un tema literario que no parece agotarse nunca, su oficio es un marco perfecto para estimular la voluntad de trascendecia, la oficina (ya sea fingida o impuesta) es un universo desde el que se puede articular la creación. Son hechos innegables o eso pienso después de haber disfrutado con la lectura de La distancia de una isla. Y acuden a mi recuerdo ahora el oscuro funcionario que protagoniza Memorias del subsuelo y ese Bernardo Soares al que debemos el Libro del desasosiego. Me atrevería a decir que no es necesario que el sujeto poético trabaje en lo que entendemos como una oficina típica. Cuanto más se parezca un trabajo a la rutina, al silencio, al aislamiento, a la priorización de los papeles en detrimento del trato humano (y no sé por qué pienso ahora en aquel Pereira soliviantado por el calor del verano lisboeta), mayor poder de generación de un discurso lírico o narrativo parece atesorar. Alguien debería formular un teorema de estilo pitagórico que diera forma definitiva a lo que parece una ley inamovible en la literatura de los últimos siglos. Muchos de ustedes se preguntarán con razón cuál es el nexo de unión entre estas elucubraciones y la poesía de Manuel González Mairena. Y no voy a ser yo quién les descubra ese misterio porque lo hará el propio autor. Estoy seguro. Después de todo, yo debería limitarme a ofrecerles unas cuantas pistas sobre los poemas que tienen a su disposición en este volumen gracias a Ediciones en Huida, aunque voy a permitirme cierta labor interpretativa. No puedo evitarlo.

La oficina es, ante todo, la repetición de un esquema. Cada día se convierte en la superposición de secuencias idénticas que no pueden diferenciarse unas de otras. El significado profundo del tiempo se impregna de un matiz acumulativo. No es extraño, por tanto, que cualquier elemento contextual sufra en estos versos la proyección de esta vivencia. Así sucede con el transporte urbano que se califica como "un crematorio de los días laborables". El metro se reduce, simplemente, a un mero "transporte de mercancías". El trabajo, además, no se traduce en frutos. Tanto es así que la nómina se define como "una porción sútil de veneno." En el recinto de esa cárcel camuflada que parece ser la oficina, todo tiende a una despersonalización sin límites "donde las gentes / reciben el nombre de sus cargas." Por otro lado, está el mar, ese símbolo totalizador en el que todo cabe y que La distancia de una isla toma como un paraíso. El mar se erige, por gracia de los dos poetas que son responsables de este libro, en una suerte de antónimo de la oficina. "Una vez los sueños fueron un barco" se nos confiesa desde uno de los textos de la primera parte del libro y también se confiesa el padecimiento de unas "ansias oceánicas".Y aunque se admite que alguna vez hubo un horizonte alcanzable que "fue pura alegría de posibles", en el "Testamento del oscuro oficinista" (el extenso poema que cierra el libro) la voz protagonista no se arruga al admitir realidades amargas: "Hace ya tiempo que cambié la resistencia por la melancolía." Se nota que ambos poetas son conscientes de que, a veces, no queremos que nuestros sueños se cumplan, que nuestros más fervientes deseos se materialicen. A veces, sólo queremos ser el oscuro oficinista que "miró el mar desde el muelle por miedo a lo posible." Obviamente, no se agotan en esta pequeña muestra los temas que se sugieren en La distancia de una isla, pero creo que queda justificada la necesidad de leer este libro que Manuel lanza hoy al mar de la esfera pública con la misma esperanza que el naúfrago deposita en su botella.


jueves, 19 de octubre de 2017

Décimo Encuentro de Verdes Escritores y Escritoras

El lunes 23 de ocubre estaré en la sesión inaugural del décimo Encuentro de Verdes Escritores y Escritoras que se organiza, como cada año, gracias al incansable trabajo de José Manuel Alfaro. Será en el Bar Trastero (Huelva) y estaré acompañado, entre otros, por Daniel Salguero Díaz, Fernando Bazán y Worve. Puedo prometeros que habrá poesía, música y un tiempo para la reflexión sobre la necesidad y función de estos encuentros. Empezamos a las 21:00. Espero veros por allí. El evento publicado por la Tertulia Cultural Trastero Dispar Arte en Facebook se puede consultar pinchando AQUÍ.



domingo, 24 de septiembre de 2017

El elogio de la sombra


"Me gustaría ampliar el alero de ese edificio llamado "literatura", oscurecer sus paredes, hundir en la sombra lo que resulta demasiado visible y despojar su interior de cualquier adorno superfluo."

lunes, 26 de junio de 2017

"El baile del diablo" de Javier Sánchez Menéndez


Javier Sánchez Menéndez, como tal, no necesita muchas presentaciones. Editor de la Isla de Sitolá, poeta, ensayista, articulista, será difícil escribir una historia de esta etapa de la literatura española que no incluya su encomiable actividad en todas estas facetas. No es necesario que yo descubra el valor de poemarios como La muerte oculta o Una aproximación al desconcierto. Tampoco es una novedad afirmar que sus libros que analizan las relaciones entre poesía y vida, como El libro de los indolentes, Confuso laberinto o Mediodía en Kensington Park (estos dos úlitmos pertenecientes a la serie Fábula), empiezan a convertirse en lecturas imprescindibles para todos aquellos lectores y lectoras de poesía que buscan un discurso auténtico, una voz que destile una verdad propia.

Sería bueno comenzar, pues, esta reseña de El baile del diablo con un agradecimiento. Por un lado, es una suerte que siga habiendo editoriales que cuiden con tanto mimo la mercancía que producen. Los libros de Renacimiento como meros objetos son ya tesoros de los que desgraciadamente no abundan. Además, la inclusión en su catálogo de poetas de la profundidad de Javier Sánchez Menéndez nos ayudan a sobrevivir en mitad de un tiempo de hastío al que algunos (no sin cierta razón) ya han bautizado como burbuja editorial.

Cualquiera que haya leído a Pessoa o a Fonollosa sabe que, como lector, carece de sentido preguntarse si una obra, un poema, unos versos, son puramente confesionales o, simplemente, están disfrazados con una tonalidad confesional. Para empezar, porque eso que llamamos “yo” está muy lejos de ser una sola entidad y convendría hablar de una multiplicidad de “yoes” que se van sucediendo en el tiempo. Por otro lado, toda poesía tiene un punto de estructura premeditada, de construcción planificada. El lenguaje poético no es el lenguaje corriente con el que despachamos los asuntos cotidianos. Saber encontrar la justa medida de elaboración, de tramoya, de artificio, es lo que diferencia al auténtico poeta del versificador de bodas, bautizos y cumpleaños (dicho sea esto con todos mis respetos) porque, como ya nos advirtió Paracelso, el veneno está en la dosis. Y es, precisamente, aquí dónde radica el mérito de Javier Sánchez Menéndez, capaz de hacer una poesía de apariencia sencilla y con la medida justa de profundidad, de una coherencia absoluta, una poesía que revisa los escenarios de la memoria, los avatares del presente y las prefiguraciones del porvernir sin dramatismos, huyendo del remordimiento con una voluntad de asumir la vida propia sin euforia ni angustia o contrición.

No sé si estaré en lo cierto, pero pienso que el poema EL BAILE DEL DIABLO (texto con que se abre el libro) se empeña en darme, al menos, parte de razón. En él, una voz parece interpelarse a sí misma o, más bien, al sujeto poético, acusádolo de impostor, aparecen palabras como cínico o fantasma y, en su resolución, el poeta nos dice que “ocupamos el lugar previsto” y, además, añade: “No ha sido nunca malo / el hecho de estar solo”. Esta convicción enlaza con una de las ideas centrales de toda su obra (según mi parecer): la necesidad del silencio y la soledad.

Tras este primer texto, comienza LAS CARTAS POR JUGAR, la primera parte del libro, que introducen una cita de Parra y otra de Pound. Si atendemos en su sentido estricto a los versos de Parra, podría parecer, al menos en la superficie, que hay un intento por negar el pasado o, al menos, la vida en la memoria. Algo que podría refutarse cuando se acomete la lectura de algunos de los textos de esta primera parte. P.G.B., MISERIA HOMINIS y BORRADORES, entre otros, parecen estar desgranando ciertos segmentos del recuerdo, aunque con la distancia necesaria, asumiendo los hechos ya pasados y su inevitable inmutabilidad. Los poemas de esta primera parte parecen buscar referencias en una multitud de temáticas donde cabe el amor, la hipocresía, el aborrecimiento de la vida social y ciertos toques de filosofía que quizá solo perciba quien firma esta reseña (a este respecto me parecen relevantes SATANÁS y WAS CLEAN). En BLACK JACK el poeta termina asumiendo una evidencia, en el marco de un lance de naipes. “No he podido plantarme” escribe sin que sus lectores sepamos si fue por convicción o por falta de oportunidades. NANNY comienza marcando el matiz subjetivísimo de la memoria: “Es posible que tú ya no recuerdes”. LIFE LIE dibuja con acierto el punto exacto en el que coinciden las trayectorias de lo trascendental y lo rutinario. Una lectura atenta, por otra parte, puede encontrar sugeridas ciertas dicotomías no evidentes y que, muy probablemente, estén tan solo en la cabeza del lector. Así en DEAD SEA se podría entender que el calor está enfrentado a la verdad y en RECIBO EN LENCERÍA el amor parece contraponerse a la miseria. Para cerrar esta parte del libro, POESÍA esboza una definición de la misma a la que no puede objetarse nada: “telúrico vigor / que nada contradice.”

LAS OBRAS TERRENALES es la segunda parte del libro y está compuesta por un conjunto de poemas que parecen tener una mayor vocación interpretativa o explicativa del mundo, de las vidas individuales y del destino humano. El último verso de STAND BY (poema que abre esta sección) es una clara advertencia del derrotero que irá tomando el libro: “La puñetera sombra de la vida”. PÓLVORA nos recuerda que: “También la luz / posee tinieblas”. VIDA termina con dos versos que tienen cierto sabor al famoso soneto de Lope, pero teñidos de cierta amargura: “Esto es vivir, lo noto / en su mentira.” En MISTERIO, se apunta a una concepción de la muerte como dejar de ser palabra y es esta identificación un evidente acierto lírico, ya que no puede haber muerte que no implique dejar de ser palabra. Después de todo, ¿qué son la memoria y el pensamiento humano sino palabras? Por otro lado, no se descartan en LAS OBRAS TERRENALES otros tonos. Por ejemplo, ES TARDÍSIMO parece recurrir a la ironía para hacer una defensa de lo contemplativo, para impulsarnos a huir del ritmo artificialmente acelerado de los tiempos que corren. MUCHA MIERDA termina con una clara voluntad de reafirmar la propia existencia o, quizás, simplemente, de alargarla en la propia obra (“Este verso dirá / que sigo vivo”). MONEDA parece destacar la imposiblidad de resolver ciertas dialécticas. Incluso, hay lugar en esta sección del libro para el recuerdo de ciertas gamberradas infantiles como las que se aluden en ya citado PÓLVORA, en DOÑA CONCHA y en AVE MARÍA PURÍSIMA.

En LA VERDAD DE LAS COSAS, tercera de las partes de El baile del diablo, la muerte va ganando una mayor presencia, se hace casi palpable. SEMILLAS DE GRANDEZA inaugura este tramo final, recogiendo muchas de las líneas que se han ido sugiriendo a lo largo de todo el libro. La muerte como una realidad imparable, sigilosa, repentina se resume en un verso: “Ya has dejado de ser.” Aparecen también en este texto temas que vienen siendo habituales en otros libros de Sánchez Menéndez, como el valor central de la humildad. “En la humildad habita la verdad” se nos dice primero y, llegando al final del poema, se concluye:

“la grandeza del hombre
es la humildad. Saber
decir que no a la nostalgia.

Somos en la distancia solo nubes.”

En este mismo sentido, regresa en EL DÍA DE MAÑANA aquella nube con forma de poema que ya formaba parte del imaginario de Confuso Laberinto. En esta ocasión, se identifica con la virtud en el cielo. Y aunque en DESCARTE se afirma que la existencia “es capaz de engañar / y mentir a las sombras”, no hay lugar para el engaño. A pesar de que el poema LA MUERTE comienza sugiriendo que ésta “debe ser un espejismo”, poco después se señala cómo la muerte ya se aprehende durante la vida: “Hay un tiempo sin tiempo en esta vida, / la creación del oficio y de la muerte”. Dejar de vivir es un proceso:

“El camino hacia la muerte
es ese instante, el desvelo, la luz
sin anatemas.”


La muerte es un camino unidireccional e irremediable. Por eso, BALANCE cierra el libro con un verso que se convierte en una revelación, una verdad que se comprende y se acepta de forma inmediata: “También vivir precisa de epitafios.”

jueves, 15 de junio de 2017

Entrevista en La Arcadia Onubense

Ya está disponible la entrevista que me hicieron Rafa Núñez y Alejandro V. Bellido para el programa La Arcadia Onubense de Uniradio. Fue una gratificante mañana de radio:

lunes, 1 de mayo de 2017

Muy pronto en Dispar Arte

Ya ha salido la programación de mayo y junio de la Tertulia Dispar Arte. El jueves 18 de mayo estaré por allí con mi libro "Además del llanto" y alguna que otra novedad. Espero encontraros por allí. Si quieres, puedes consultar o descargar la programación completa pinchando AQUÍ.

lunes, 17 de abril de 2017

Lectura

El viernes 21 de abril a las 19:30 estaré en Cafetería Mozárabes leyendo algún que otro poema. Nos vemos allí si os place.


lunes, 9 de enero de 2017

Seis poemas inéditos

He tenido la suerte de publicar seis poemas inéditos en la Revista de Cultura de La Isla de Siltolá y no puedo dejar de expresar mi más sincero agradecimiento a Javier Sánchez Menéndez por contar conmigo para este proyecto. Podéis leerlos si accedéis al siguiente enlace:

https://revista.laisladesiltola.es/poesia/poemas-ineditos-de-enrique-zumalabe/

martes, 20 de diciembre de 2016

Invitación

El martes 27 de diciembre estaré con Miguel Mejía en la Librería La Isla de Siltolá (Sevilla) a partir de las 19:00. Ya que estamos en fechas muy señaladas, os regalaremos un poco de poesía. Y, evidentemente, nos gustaría contar con vuestra presencia.


martes, 15 de noviembre de 2016

El libro de los regresos


Daniel Salguero es un crack. Lo afirmo así, sin rodeos. Y creo que, si fuera futbolista, no habría periodista deportivo capaz de negarle esta condición. Se dice esto de un futbolista cuando maneja las dos piernas, cuando es efectivo en el remate de cabeza, cuando es capaz de aportar tanto en defensa como en ataque, es decir, cuando su perfil no se limita a realizar una función microscópica y limitada, fruto de una especialización excesiva. El caso de Daniel es paradigmático, aunque la fortuna no le haya acompañado siempre en su relación con este caprichoso mundillo de lo literario, con las editoriales y con los premios. Su valía como narrador está fuera de toda dudas y así lo atestiguan libros como La barca está varada, Tersila o Sobre la imperfección de los cuerpos celestes. En cuanto a la poesía, Negación del paraíso, Las horas perdidas, Poemas a Aika Miura o Apuntes para un atardecer en Barzaj hablan por sí mismos, defienden a su creador sin necesidad de una labor crítica o hermenéutica. Incluso se ha atrevido con el teatro. De hecho, Los olvidados es uno de los libros de Dani de los que guardo un mejor recuerdo. A cualquiera que lea esta entrada le resultará evidente que la mayoría de estos títulos permanecen inéditos. No está mal recordar de vez en cuando que, hace muy poco tiempo, vivíamos un momento muy distinto al actual en lo que a actividad editorial y ritmo de publicación se refiere.

También será evidente para cualquiera que lea esto que Dani es, para mí, ante todo un amigo. Y que estos años de amistad dan para contar algunas cosas. Fue por el año 2000 cuando nos conocimos en una tertulia que se reunía en el bar Malacate. Aquella tertulia tuvo constantes altibajos y cambios de sede. Solíamos afirmar en broma (aunque en mi caso con cierto temor a que no fuera tan descabellada la idea) que todo bar o cafetería que eligiéramos para reunirnos acabaría quebrando a corto o medio plazo. Si nos dejamos guiar por la conjetura, contribuimos al cierre de, al menos, el Malacate, el Croxam (creo que se escribía así), el Ottawa, el Zorba y uno cuyo nombre italiano no consigo recordar (seguramente se me quede en el olvido algún que otro malogrado local). Por otro lado, tuve la suerte de colaborar con Dani en la última etapa de la revista La Cinta de Moebius y en el nacimiento y desarrollo del proyecto Psiqueactiva. Después de estos antecedentes, a nadie le extrañará que afirme que, cuando supe que Ediciones de la Isla de Siltolá iba a publicar El libro de los regresos, sentí una gran alegría.

El libro de los regresos es un documento fronterizo, un cuerpo que se mueve con una habilidad indescifrable entre dos polos definidos con precisión: la derrota y la esperanza. Porque nadie puede negar el carácter de derrota que caracteriza a la existencia. Y, así, Dani Salguero nos muestra cómo la extrema belleza de un libro, que nos hizo llorar, puede ser fulminada por el tiempo. El poeta nos hace conscientes de las condiciones de nuestra vida, una vida que se desarrolla en desiertos “que separan al individuo de la persona”, una vida en la que la tristeza es consecuencia de un proceso de aprendizaje y, por si fuera poco, está “injertada en nuestros genes por los amos, los lobotomizadores sonrientes de la ventana de los suicidas.” Todo parece estar manchado por esa sensación de asfixia existencial: el reloj de la tarde funciona con un mecanismo de cansancio, se puede sentir nítidamente “la certeza de la pérdida de esas cosas que nunca hemos tenido” y, por ello, “es necesario, más necesario que nunca, huir hacia ninguna parte... Deshabitar la conciencia, apaciguar el alma”.

Y, sin embargo, hay un atisbo de esperanza: la esperanza de alguien que conozca el rumbo y nos guíe, el vértigo de saber que la vida entera cabe en un solo instante. Porque el tiempo puede aún conceder una tregua, porque se puede encontrar la voz capaz de renombrar las cosas, porque (aunque solo sea de forma momentánea) podemos experimentar la sensación de “que huye el tiempo y las horas nos temen... Ahora que somos más que dioses y la doble negación de un verso nos reafirma.” Es en la otredad complementaria y específica del amor, en la presencia del cuerpo amado, en la promesa de su desnundez, donde se puede hallar la manera de “caminar limpio de miedos, dudas y tristeza.”

Escribir poemas no deja de ser una labor de construcción de un discurso, una forma de conocimiento, un modo de interpretar la realidad. Por ello, celebro los libros que me hacen consciente de ciertos hallazgos semánticos o que reafirman aquellos que tengo como verdades innegociables. El libro de los regresos es una buena muestra de lo que quiero decir. En él, el rol del poeta que se propone de forma implícita no es el de juez (un error frecuente en quienes escriben desde la soberbia). El poeta no puede dejar de ser lo que, en las Ciencias Sociales, se llama un observador participante: “jamás volverán, porque han muerto... están muertos y no lo saben, y no lo sabemos...” A medida que leemos, descubrimos que regresar y volver son verbos mentirosos: “El horizonte sólo tiene un rostro y nos miente con su imposible canto de regresos.” Y, aunque fuera remotamente posible, volver nunca es una garantía, no supone jamás un verdadero regreso. Como apunta el poeta con lucidez, los lugares del pasado, cuando no confundimos el camino de regreso, son la constatación de lo que el tiempo nos arrebata: “Están ante las ruinas de todo cuanto perdieron y creen haber recuperado lo que les ha arrebatado el tiempo.” ¿Y la memoria? ¿Qué podemos decir de la memoria? Espero que me disculpen la osadía, pero me atrevo a dar una respuesta: como todos sabemos o deberíamos saber, nuestra memoria es una reconstrucción que se actualiza y se modifica cada vez que narramos un recuerdo.


No se agota el dominio de esta obra en los simples comentarios que suscribo. Compuesto por poemas en prosa, su lectura va descubriendo imángenes, sugiriendo asociaciones, obligando al lector a desplegar sus pensamientos y revisarlos. Cómo no sentirse impelido a repensar el propio sistema axiológico cuando leemos que el olvido es la única patria posible y verdadera, que la luz vacía es el verbo con el que se expresan todas las cosas, que el amanecer nos hiere al pronunciarnos, que el tiempo es siempre la enfermedad, nunca una cura. Sí, no quiero que pase desapercibido: El libro de los regresos está construido con poemas en prosa y con un respeto absoluto a una tradición no siempre valorada de la forma en que se merece. Daniel Salguero ha sabido aprender las lecciones de maestros como Charles Baudelaire, Julio Cortázar y Francisco Umbral. Supongo que habrá quién siga atreviéndose a discutir la posibilidad de que puedan escribirse poemas en prosa. Es muy libre de hacerlo. Pero antes le sugeriría que hiciera una visita al Cementerio de Montparnasse y al Cementerio de la Almudena, le recordaría que, de cuando en cuando, conviene mostrar un mínimo de respeto.

martes, 1 de noviembre de 2016

Una nueva reseña sobre Además del llanto

Miguel Arias ha tenido la amabilidad de dedicar unas palabras a Además del llanto. Se puede leer AQUÍ.

martes, 25 de octubre de 2016

Antología Alienígenas

La Antología Alienígenas es ya una realidad. Podéis conseguirla a través de La taberna del Libro pinchando AQUÍ. De momento, os dejo una foto de la cubierta:



domingo, 23 de octubre de 2016

Noveno Encuentro de Verdes Escritores y Escritoras

Soy un tipo con suerte. Uno de mis poemas ha sido seleccionado para formar parte de la Antología que se publicará con motivo del Noveno Encuentro de Verdes Escritores y Escritoras de Moguer. El libro se presenta el martes 25 de octubre a las 20:00 en la Biblioteca Provincial de Huelva. Podéis encontrar más información sobre el evento pinchando AQUÍ.




La presentación es sólo el punto de partida de toda una semana de actividades y propuestas culturales. El sábado, a partir de las 19:00, estaré en la Casa Museo Zenobia - Juan Ramón Jiménez participando del Encuentro. Se puede descargar el programa completo AQUÍ.

domingo, 16 de octubre de 2016

Una tendencia que se sigue confirmando

Me ha sorprendido mucho la rabia con la que se está respondiendo en redes sociales a todo el que se atreve a cuestionar la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan. Especialmente, porque en la mayoría de los casos, se parte de la base de que cualquier cuestionamiento del premio es un ataque al propio Dylan. He llegado incluso a leer que los que no estamos de acuerdo con esta decisión no sufrimos más que un cabreo. Sinceramente, pienso que quienes están manifestándose en estos términos no han llegado a entender (ni lo pretenden) los argumentos que se ofrecen. Evidentemente, Dylan no es el problema. Como figura cultural, no se puede dudar de sus méritos y del enorme consenso que puede aglutinar cualquier reconocimiento en forma de premio que se proponga. El problema es que se la ha dado un premio de prestigio y fama mundial que está reservado al ámbito de la Literatura y no al de la Música. No tengo nada que reprochar al premiado. Mi reproche se dirige hacia la Academia Sueca. En cuanto al supuesto enfado, poco puedo decir. No recuerdo haber sentido ningún tipo de ira, ni siquiera una especial sorpresa. Bob Dylan llevaba mucho tiempo en las famosas quinielas y, por tanto, no me sorprendió demasiado la concesión del premio, como a nadie podrá sorprenderle que algún año lo termine ganando Murakami y como tampoco fue una sorpresa que, finalmente, el galardón recayera en Vargas Llosa en el año 2010. Probablemente, este improvisado e innecesario batallón de defensa de Bob Dylan está constituido, sobre todo, por los mismos que, año tras año, se dedican a menospreciar el premio cuando recae en el Mo Yan o la Hertha Müller de turno. El premio solo parece ser respetable cuando se conoce el ganador o, al menos, suena de algo. Es curioso que los mismos que ahora acusan de tener una visión estrecha de la Literatura y de la Poesía al primero que se menea estaban bien calladitos hace ahora un año cuando surgieron algunas voces críticas después de que se anunciara que la ganadora era una tal Svetlana Aleksiévich.

Si alguna emoción se parece a lo que siento después de conocer la noticia, es la tristeza, esa tristeza leve que nos domina cuando percibimos que se impone algo, que hay algo que va cambiando en una dirección que no nos gusta y, sin que podamos hacer nada por modificar las cosas, cada nuevo hecho parece consolidar y confirmar lo que tememos. Desde hace ya muchos años, vengo percibiendo que la lectura y, más concretamente, la lectura de Literatura está sufriendo un progresivo desprestigio. Está claro que la afición por la lectura no crece por mucho que se haya consolidado, al menos en nuestro país y en los de nuestro entorno, una Educación pública y obligatoria. La gente no compra libros y, por supuesto, no lee, pero esto se agrava cuando, además, viene imponiéndose socialmente una percepción de la lectura como una actividad inútil y, más concretamente, de la Literatura como una soberana pérdida de tiempo. No hace muchos años, era común encontrar entre la gente que abiertamente admitía no leer un respeto reverencial por el libro, por los lectores, por la figura del escritor, por la Literatura en general. Hoy parece que las cosas han cambiado. Desde mi experiencia como maestro, tengo la desgracia de experimentarlo cotidianamente. En este sentido, me resulta desolador escuchar cómo muchos de mis compañeros de profesión admiten sin rubor que no leen nada. En alguna ocasión, incluso le oí decir a un maestro que, desde que existen el rap y la HBO, la lectura es una actividad innecesaria. Y esto sucede en la escuela, una institución en la que uno de los objetivos más importantes ha sido desde siempre el aprendizaje de la lectura, el fomento de una afición a los libros, el uso de la lectura como una herramienta indispensable en una gran variedad de situaciones.

El pasado jueves, la Academia Sueca, sin pretenderlo, dio un apoyo implícito a esta tendencia: nos dijo a todos que, en estos tiempos que corren, para acceder a la Gran Literatura ya no hace falta leer libros, para poder apreciar la Poesía ya no hace falta leer poemas. Si quedaba alguna fecha en el calendario en la que la Literatura era portada de la prensa, era el día en que se anunciaba el nuevo Nobel de Literatura y quizá el día de la ceremonia. Si quedaba algún premio que seguía concediendo prestigio a nivel mundial, al menos por un día, al oficio de escribir y a la devoción de leer, ese era el Nobel de Literatura, pero el jueves se anunció que ya no hace falta escribir libros para ganarlo, que ya no hace falta dedicarse a la Literatura para formar parte de su polémica lista de agraciados. Por si no fuera suficiente, Bob Dylan fue premiado en calidad de poeta y es, precisamente, la Poesía la más denostada de las artes literarias, la más acusada de inutilidad. La música no necesitaba un Premio Nobel de Literatura, de la misma forma que la Literatura nunca necesitará o reclamará un Grammy o un disco de oro. La Poesía, sin embargo, siempre necesita un Nobel. En las cada vez más escasas ocasiones en las que se concede el premio a un poeta, los lectores de Poesía encontrábamos una suerte de satisfacción, un motivo para celebrar algo difuso, un reconocimiento de nuestra militancia de silencio. Porque la Poesía necesita, ante todo, silencio, un silencio que cada día es menos respetado y más incomprendido. Las canciones de Bob Dylan no son poemas y les hacemos un flaco favor otorgándoles esa consideración. Aunque no puedo negar los excelentes puntos de fusión que la Poesía encuentra con otras artes y disciplinas, tampoco puede negarse que existe un ámbito específico y definido para la Poesía. Desde hace ya muchos años, no paran de intentar convencernos de que, por el bien de la Poesía, para hacerla más atractiva al público en general, tenemos que incluir en ella disfraces, músicas de fondo, chistes, juegos de ilusionismo, vídeos de contenido incomprensible y una larguísima lista de efectos especiales que ha fracasado objetivamente en su intención y que, probablemente, sólo ha tenido como consecuencia una pérdida progresiva del prestigio que alguna vez tuvo el arte poética.

Me gustaría pensar que todo este panorama social y educativo no tiene nada que ver con la concesión de un Nobel de Literatura a un artista cuya obra no nos exige lectura, no nos exige silencio. Me gustaría no relacionar todo este catálogo de despropósitos con el hecho de que cada día escuche en la radio un anuncio sobre un certamen que pretende homenajear a Cervantes, pero que consiste en una competición de hip hop. Me gustaría, pero no puedo. Porque lo cierto es que pienso que todos, con acciones u omisiones, hemos contribuido de algún modo a mostrar cierta empatía por aquellos que dicen no leer nada porque no tienen tiempo, todos hemos contribuido a ser condescendientes con los que opinan que “los Clásicos son un coñazo” sin haberlos leído (ya sea por pereza o por negligencia), todos hemos contribuido a rebajar nuestras expectativas de lectura sobre los niños y adolescentes que están en el periodo de escolarización obligatoria y a cambiar los libros que se recomendaban habitualmente (de un valor literario contrastado) por títulos descafeinados e insignificantes en nombre de un mal entendido acercamiento al interés del menor. Parece que se nos olvida que todo es susceptible de ser educado. También, los intereses y los gustos.

Por todas estas razones, no puedo ver en la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan más que una noticia negativa, ya que supone, desde mi punto de vista, una nueva confirmación de esta tendencia que, poco a poco, va despojando de Literatura a la Literatura y, de un modo más claro y violento, va despojando de Poesía a la Poesía. Creía vivir en un mundo en el que cualquiera podía escribir bien, publicar e ir dando lecciones de poesía joven, fresca y contemporánea sin necesidad de esforzarse demasiado ni, por supuesto, preocuparse por leer algo más que los posts de los amigotes en Facebook. La situación era mucho más grave de lo que imaginaba: hasta el jueves no sabía que la Poesía no necesita poemas, no necesita libros, no necesita lectura. En los últimos años, bajo la etiqueta de Poesía convivían a codazos demasiadas cosas. La concesión del Nobel a Bob Dylan sólo puede ser una buena noticia para aquellos que quieran exterminar definitivamente cualquier resto resto de auténtica Poesía que aún sobreviva al amparo de aquella vieja etiqueta.