miércoles, 18 de noviembre de 2009

El Festival de Cine Iberoameriacano de Huelva

Durante estos días, se está celebrando en nuestra ciudad el Festival de Cine Iberoamericano y creo que es un buen momento para reflexionar sobre ciertos matices de nuestra identidad colectiva como onubenses y de los complejos que algunas veces nos asoman en momentos de arrebato e impulsividad. El Festival de Cine Iberoamericano de Huelva es ya un viejo conocido para los profesionales del séptimo arte. Nació en el año 1975 y con ésta ya van 35 ediciones. Teniendo en cuenta las características del Festival, podemos decir que se trata de un evento que goza de muy buena salud. Me explico: normalmente, la gran enfermedad que asola a cualquier empresa cultural es la falta de rentabilidad económica y nuestro Festival, en este punto, es muy especial. Aunque no haga falta mencionarlo, conviene recordar que el cine no es el punto fuerte de nuestra capital: solo contamos con un local provisto de salas comerciales, en el que (al margen de la semana del festival) el único criterio de selección de las cintas es la taquilla. A esto hemos de añadir, cómo hemos asistido impasibles a la caída y el derrumbe del resto de salas de cine de nuestra ciudad. Pero, lo más importante, es la escasa asistencia al Festival de espectadores que paguen su entrada, es decir, no sólo la asistencia a las películas es baja, además ,hay un sector muy importante que acude al cine subvencionado con las entradas que se reparten por las diferentes asociaciones e instituciones. Este panorama sería terrible si estuviéramos ante cualquier otra actividad cultural. Sin embargo, parece que los gestores culturales de los diferentes gobiernos (locales, autonómicos y nacionales) han entendido la importancia de mantener el festival de Huelva. Como muestra de ello, la Ministra de Cultura Ángeles González Sinde ha expresado recientemente su apoyo al evento. Por ello, sería bueno que los onubenses, antes de criticar al festival, pensáramos un poco en lo que representa: se trata de un acontecimiento cultural con un empeño romántico, luchamos por la posibilidad de un cine americano que no tenga el neutro sabor de Hollywood. La importancia de nuestro festival se comprende fácilmente si se atiende al interés que ponen los realizadores iberoamericanos por participar en él. Se puede decir que este tipo de cine no es el que pide la gente y esto puede ser, en parte, cierto, pero como toda aseveración se puede matizar. En primer lugar, no puede opinarse sobre lo que no se conoce y, a menudo, se comete el error de no promocionar adecuadamente el producto, por ejemplo, llevamos al cine a los niños y niñas en edad escolar desde los colegios y las películas que están programadas para público infantil son, con frecuencia, películas españolas que los niños ya conocen o podrían acceder a ellas por canales comerciales. En segundo lugar, la entrada gratuita, en mi opinión, está creando una infravaloración de las películas exhibidas, por lo que creo que habría sido más productivo el uso de estrategias de descuentos. En tercer lugar, el recurso a jurados no profesionales y seleccionados entre los conocidos de la organización para determinadas secciones como la de cortometrajes, genera descrédito y no ayuda a prestigiar un evento tan importante como éste. En cuarto y último lugar, si tan poco interesa el festival y tan inútil resulta ¿por qué algunos se ponen furiosos, cuando circula ese manido rumor del cambio de ciudad del festival? Un rumor que, dicho sea de paso, está creado y mantenido por ese complejo de pueblo apático e indiferente que no conseguimos sacudirnos de encima. Resumiendo, me gustaría animar a quienes me escuchen a que se sientan orgullosos del festival, a pagar por acudir a las proyecciones y a interesarse por el cine que nos trae el continente suramericano, que tan bien acostumbrados nos tiene en otras disciplinas artísticas como la literatura. Seamos capaces de mantener con orgullo, en este rincón de Europa, nuestra función de puerto de comunicaciones interoceánicas con una realidad a la que nos parecemos más de lo que somos conscientes.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Si esto es un hombre

En torno a los grandes crímenes que se han cometido contra la humanidad en general, así como en torno al holocausto judío en particular, suelen encontrarse dos posturas bien diferentes entre aquellos que condenan estos hechos. Por un lado, existe una actitud bastante extendida que puede resumirse en la sentencia: “Yo prefiero no saber lo que pasó”. Por otro lado, estamos los que, respetando el gusto por el desconocimiento de los demás, apostamos por la necesidad de arrojar luz sobre los acontecimientos históricos y creemos que la vía para evitar el genocidio es su denuncia, la necesidad de que se avergüencen sus culpables, la empatía con el pueblo asesinado. Siendo fiel a este punto de vista, este verano, durante mis cuatro días de estancia en Berlín, acudí a una visita guiada al campo de concentración de Sachsenhausen en Oranienburg, a unos 35 kilómetros de la capital. Durante la visita, el guía recomendó un libro: Si esto es un hombre de Primo Levi. Su lectura ha sido para mí una revelación. Con la sobriedad y el rigor de un cronista, Primo Levi cuenta su experiencia de diez meses en Auschwitz y, al mismo tiempo, sin pretenderlo, da una lección magistral de técnica narrativa. Si esto es un hombre es un libro de memorias escrito, en su inmensa mayoría, después de ser liberado el campo el sábado 27 de enero de 1945 y su autor, al escribir, nos ofrece la perspectiva que tenía como prisionero, es decir, es capaz de evitar la contaminación en su discurso de todos los acontecimientos históricos que se estaban produciendo en el campo y que él sólo pudo saber a través de lecturas con el paso de los años. El testimonio tiene un valor innegable, es un documento imprescindible para conocer la cotidianidad de la vida en los campos de exterminio. Gracias a él, he sabido que la estructura social de los campos era un microcosmos de las sociedades autoritarias en las que se crearon, que había una jerarquía social de entre los prisioneros, que se creó un sistema económico de mercado cuyas monedas eran las raciones pan y el tabaco. Nada agradable o edificante puede aprenderse con la lectura de este libro, pero no por ello deja de ser un aprendizaje necesario. Probablemente, la mejor manera de explicar qué es este libro es citar uno sus fragmentos y así es cómo quiero despedirme hoy, dando voz a Primo Levi: “Hemos aprendido el valor de los alimentos; ahora también nosotros raspamos diligentemente el fondo de la escudilla después del rancho, y nos la ponemos bajo el mentón cuando comemos pan para no desperdiciar las migas. También sabemos ahora que no es lo mismo recibir un cucharón de sopa de la superficie que del fondo del caldero y ya estamos en condiciones de calcular, basándonos en la capacidad de los distintos calderos, cuál es el sitio más conveniente al que aspirar cuando hay que hacer cola.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Jon Juaristi

Sé que a muchos de mis amigos de conversaciones y a muchos de los escritores y creadores que admiro, no les gusta nada lo que voy a escribir, pero lo cierto es que hay algunos ámbitos de esta vida que transcurren al margen de las diferencias sociales, ideológicas y personales, ámbitos donde la excelencia (y no estoy hablando de fútbol) facilita la comunicación y construye vínculos entre realidades aparentemente alejadas. Uno de esos ámbitos es la poesía, más bien, la buena poesía y ésta es una idea que siempre mantendré por más que haya muchos simplificadores que se empeñen en negarla. Aprendí esta verdad hace ya algunos años, leyendo a T. S. Eliot. Nunca me habría imaginado la conmoción que iban a producirme los poemas de un hombre que se atrevió a hacer una declaración que me todavía me escuece citar: “Clásico en literatura, Monárquico en política y Anglo-católico en religión". Este verano, leyendo un volumen de poesía reunida de Jon Juaristi, he sentido lo mismo. Probablemente, no haya nadie que me haga dudar más, desde un punto de vista ideológico, que esas personas que fueron militantes en la extrema izquierda en su juventud y ahora se arrepienten. Esos arrepentidos que piensan toda la izquierda política es un lodazal porque ellos militaron en su juventud en un grupo revolucionario que acabó por traicionarse a sí mismo (y que, dicho sea de paso, nunca fue de izquierda). Probablemente, la etiqueta nacionalista español es la que más rechazo me produce, porque une la irracionalidad del nacionalismo con una idea de España, que se aleja de las concepciones descentralizadas y federales por las que yo apuesto. Todas estas diferencias me alejaban de Jon Juaristi y, sin embargo, creo que se trata de uno de los mejores poetas del ámbito nacional. La línea de su poesía es la de la claridad, una claridad que trasciende los límites de la poesía de la experiencia a través de una ironía y un sarcasmo demoledores, una actitud escéptica capaz de atravesar cualquier conciencia y dejarla en un estado de desasosiego. Los poemas de Jon Juaristi viajan de la belleza a la indolencia, del desengaño al humor, de la tristeza a la ira, con una naturalidad que puede hacer temblar de emoción, una vez se reflexiona sobre lo leído. Por todo esto, lo afirmo sin temor: a pesar de todas diferencias ideológicas, me parece que sus poemas son de una calidad envidiable y creo que sus afinidades políticas y los medios de comunicación en los que suele aparecer alejan a potenciales lectores que, dejándose llevar por el prejuicio ideológico, desdeñan a una de las voces más auténticas del panorama literario actual.

miércoles, 14 de octubre de 2009

En medio de ninguna parte de J. M. Coetzee

Quiero reflexionar hoy sobre una novela que llegó a mis manos siguiendo un camino completamente distinto al que describía hace una semana con el El diluvio. John Maxwell Coetzee es anunciado como ganador del premio Nóbel de literatura el día 2 de octubre de 2003. Tras muchos años oyendo elogios de sus novelas, en enero de 2009 recibo como regalo En medio de ninguna parte, una novela publicada por primera vez en 1977 y que Mondadori se atreve a publicar por primera vez en su catálogo en junio de 2003. La distancia entre su publicación y su traducción predisponen de forma positiva al lector interesado, de la misma manera que su edición algunos meses antes de convertirse en nuevo símbolo de la novela mundial por obra y gracia de la Academia Sueca. El azar y la casualidad han querido que yo conozca a Coetzee con este volumen y lo cierto es que la experiencia ha sido altamente satisfactoria. La historia que se nos cuenta es una maraña de diversas tramas incompatibles entre sí y de desigual extensión narradas por la omnipresente voz de Magda. Los personajes principales son siempre los mismos y están sometidos a la tensión dramática que impone la narradora, a los caprichosos cambios que transforman el escenario de la novela con una nueva recomposición de los hechos y que hacen imposibles todos los sucesos leídos previamente. La genial prosa del sudafricano nos va desvelando progresivamente el trasfondo constante de una conflictiva relación con el padre, culpabilizado de la prematura muerte de la madre y que fomenta un sentimiento de orfandad, de vacío, de falta de ubicación en el mundo. En cuanto a las contradicciones narrativas, uno acaba por darse cuenta de que no tienen la menor importancia, no es necesario saber cuál de las historias que narra Magda es la verdadera. Como toda ficción literaria, su calidad no se mide por el grado de realidad de lo que se cuenta. Para eso, ya disponemos del Periodismo. Probablemente, una historia bien contada (ya sea cine, teatro o literatura) no plantea dilemas en cuanto a la veracidad de los hechos. Es decir, cuanto mejor es la narración de un suceso menos objeciones suscita sobre su posibilidad real de suceder. De hecho, hace ya varios años que los Psicólogos Culturales vienen afirmando que el criterio de bondad de los modos narrativos de discurso es la verosimilitud, la apariencia de verdad, y no la verdad absoluta. Sin duda, Coetzee, metido en la piel de Magda, consigue trenzar varios relatos de impregnados de verosimilitud y que nos enfrentan a la estremecedora vivencia de un grupo humano aislado en medio de ninguna parte.

miércoles, 7 de octubre de 2009

El diluvio de J. M. G. Le Clézio

Cuando en octubre de 2008, se anunció que el nuevo premio Nóbel sería Jean -Marie Gustave Le Clézio, novelista como casi siempre, francés y un absoluto desconocido para el gran público en general y, estoy seguro, para gran parte del sector librero de nuestro país, fuimos muchos los que nos anotamos un nuevo nombre en la lista de escritores pendientes y estuvimos al acecho de que llegaran a las librerías más cercanas algunos volúmenes del nuevo mesías. Esta actitud constituye casi siempre un error. Me explico. Cuando se concede el premio Nóbel, se abre la veda a las reediciones de uno de esos muchos escritores con talento que han tenido la suerte de ser señalados por la Academia Sueca y, por tanto, durante algunos meses, pasarán a formar parte del selecto club de los escritores rentables. Es norma general que estas reediciones suelan hacerse con demasiada prisa, sin revisiones, con el único propósito de ser los primeros en rescatar al genio olvidado y ganar así la cuota de mercado que ofrece el sector de ansiosos que quiere estar al día del valor más cotizado en materia literaria. Esta circunstancia se agrava cuanto más desconocido resulta el escritor, ya que se hace prácticamente imposible encontrar los volúmenes previos a las reimpresiones “postnóbel”. Es, a través de este camino, como llega a mis manos El diluvio, una novela publicada por Le Clézio en Francia en 1966, publicada por primera vez en Seix Barral en 1969 y reimpresa en nuevo formato para la ocasión en octubre de 2008. Lo primero que tengo que decir sobre la novela es que tengo la clara conciencia de no estar ante el mejor libro de Le Clézio, al mismo tiempo, es indiscutible que no he leído la mejor edición. Para empezar, la calidad de la impresión tipográfica es muy baja, cuando uno abre el libro le parece que la colección Biblioteca Formentor de Seix Barral ha sido pirateada y que se encuentra ante un ejemplar falso. Por otro lado, la traducción está muy lejos de ofrecer una impresión de normalidad lingüística. Son muchos las decisiones de traducción que entorpecen la lectura. Por ejemplo, en determinado capítulo del libro, el protagonista, François Besson, acude con una mujer en el coche de ella a la oficina de correos. Cuando aparcan el coche, la mujer le pregunta si le acompaña al interior de la oficina con la siguiente expresión: “¿Vienes conmigo o te quedas?” A esta pregunta, Besson responde: “Vendré”. Por no alargar más este tema, sólo añadiré otro ejemplo ilustrativo. En varias ocasiones se hace referencia en la novela a objetos (por ejemplo, asientos) que son de una piel que imita el cuero sin serlo. A estos objetos se les llama, en un extraño alarde de economía del lenguaje, asientos de cuero – imitación. En cuanto a calidad literaria, como ya apunté más arriba y aunque no pueda calificarse como una mala novela, espero que no sea la mejor de Le Clezio. La historia que se narra es la de François Besson, un hombre joven que entra en una deriva de inadaptación social que lo lleva a abandonar trabajo, familia, vínculos afectivos, casa y casi todo lo que se entiende como vida y cordura en las sociedades occidentales de los siglos XX y XXI. El diluvio nos enfrenta a una sociedad humana desnaturalizada, en las antípodas de la felicidad y la belleza. El monstruo del desarrollo urbano despersonaliza al individuo y salir de estas dinámicas implica autocondenarse a la locura, a la soledad, a la indigencia. Y no es que yo sea insensible a estos planteamientos. Se trata simplemente del estilo: larguísimas enumeraciones, oraciones sin fin con una creciente dificultad semántica y sintáctica, interminables descripciones de los aspectos más tétricos, desoladores y desesperanzados. En definitiva, me gusta más Poeta en Nueva York que nos muestra ideas muy similares en forma de poemas y su lectura es mucho más fluida. Si lo que pretendía Le Clézio era transmitir la angustia de nuestro mundo al lector, no puede negarse que lo ha conseguido, aunque quizá no a través de los medios que había planeado.

lunes, 24 de agosto de 2009

Versos de Jon Juaristi que me han impresionado

Los años pasarán, y hasta mis horas
se agotarán también. Pero habrá tiempo
para escribir palabras con sentido,
palabras que revienten de sentido
en cristal empañado y plata sucia.

Poema:
Cera votiva en Westminster Abbey
Libro: Poesía reunida (1985 - 1999)

viernes, 24 de julio de 2009

Peñón de Gibraltar y economía

El miércoles 22 de julio, mientras desayunaba, escuché al señor Estebán González Pons hacer unas declaraciones que me resultaron sorprendentes por incomprensibles para mí que soy un profano en lo que economía se refiere. Las declaraciones iban referidas a la visita del ministro de asuntos exteriores a Gibraltar y, como ya puede suponerse, el señor González Pons se manifestaba inequívocamente en contra. Entre otros argumentos, el que más llamó mi atención fue el que esgrimía que la visita estaba perjudicando económicamente a la zona. Vayamos por partes. Desde un punto de vista meramente ideológico, la posición contraria del Partido Popular a la visita es, en cierto modo, comprensible, ya que es de sobra conocida la preocupación de la derecha española por las cuestiones relacionadas con la unidad territorial de España y la soberanía y hay que reconocer que la presencia del gobierno español en un territorio a través de su ministro de exteriores es, en cierto modo, un reconocimiento explícito de la extranjería del territorio de Gibraltar. No quiero con esto que se piense que apoyo estas líneas ideológicas o estas preocupaciones políticas. Si de mí dependiera, recortaría ese trozo de tierra y lo pegaría a Inglaterra. Lo cierto es que la polémica sobre el Peñón me parece tremendamente estúpida e improductiva y la preocupación por estos temas refleja, en mi opinión, una falta de sensibilidad hacia los verdaderos problemas sociopolíticos nacionales e internacionales. Pero volviendo a las declaraciones y, en concreto, al argumento económico ¿sería alguien tan amable de explicarme de qué manera puede la mera presencia de Moratinos en Gibraltar perjudicar a la economía, es decir, aumentar el paro, disminuir el consumo, incrementar la inflación, disparar el precio de la vivienda y los alimentos, destruir puestos de trabajo, hundir la bolsa, devaluar la moneda o favorecer procesos de deslocalización de empresas? No sé si dispongo de un conocimiento tan reducido como para no entender las grandes claves de la actualidad o se trata, sin embargo, de un recurso. El típico recurso político de oposición ahora que se ha agotado el filón de la crisis, que ha descendido como todos los veranos el paro, ahora que la trama Gürtel aprieta y amenaza con la hundir la carrera política de muchos prohombres que han tenido la bendición de la ejecutiva del partido durante todos estos años. Supongo que sólo aquellos que asisten a los cursos del campus FAES pueden llegar a comprender análisis sociales y económicos tan finos.

jueves, 2 de julio de 2009

Internet y el fútbol

Al hilo de los acontecimientos que se vienen produciendo en el mundo del fútbol en relación al siempre apasionante mercado de fichajes, y en un intento por recuperar el recurso a la sonrisa en este blog algo estancado, se me han ocurrido una serie de nombres ingeniosos para páginas web de tendencia madridista y por tanto con declarada aversión hacia lo blaugrana. Los pongo a vuestra disposición. Si alguien se anima a crear una web con alguno de estos nombres, lo puede tomar prestado:
www.laportadealcala.com
www.pedritoperonoheidi.com
www.quiencoñoestoureyaya.com
www.tritranquilosuenaanervioso.com

jueves, 11 de junio de 2009

Verano

A pesar de los cuarenta grados de temperatura, de la imagen decepcionantemente fascista que se dibuja en el parlamento europeo, de los desengaños que uno se lleva con aquellos a quienes votaba con la confianza de estar votando a una formación de izquierda, a pesar de esta acumulación de trabajo que es junio, merece la pena el verano, es rentable a nivel físico, pero sobre todo a nivel mental. El calor lo sobrellevaremos con agua fresca y no voy a dar más detalles. Pero el trabajo no tendremos ninguna dificultad en sustituirlo por cualquier actividad sublime o insignificante. Cuando se está de vacaciones, tan trascendente es leer La Eneida como dormir la siesta, por lo que no puede desdeñarse la una ni la otra. La mayor de las satisfacciones, probablemente, es viajar, atravesar kilómetros de tierra, mar o aire y oler otros perfumes, oír otras voces, dejarse llevar por la contemplación, recordar la propia cama desde la distancia. Y si se me acusa de elitista, también puedo ensalzar diversiones gratuitas como el mercado de fichajes, la renovación del equipo de fútbol es una ilusión muy contagiosa y, si decides informarte a través de internet, el inmenso dédalo de páginas con rumores sobre fichajes es tal, que puedes acabar enunciando una teoría sociológica sobre la difusión de informaciones, o bien puedes desarrollar síntomas de un trastorno por ideas delirantes y sentirte amenazado por una conspiración contra los aficionados de tu club. En definitiva, el verano es un tiempo privilegiado para las azoteas, la nocturnidad y la higiene psicológica. Es una lástima que a veces se haga demasiado largo.

jueves, 21 de mayo de 2009

Mario Benedetti


La tristeza me obliga. Como ya todos sabréis ha muerto el poeta uruguayo Mario Benedetti, dejando atrás una productiva historia personal de 88 años. Quisiera sumarme al dolor colectivo que sienten los lectores y lectoras estos días con unas líneas en recuerdo de este sensacional personaje. Ante todo, Mario Benedetti ha sido y será un maestro, un iniciador que ha llevado de la mano a muchos jóvenes y adolescentes en un viaje de ida, un viaje en el que se empieza a intuir qué es un verso, un poema, la poesía, lejos de los manidos y ofensivos clichés. En su obra nos hemos hecho adultos, con ella hemos educado nuestros sentimientos, nuestro pensamiento afectivo, a través de ella hemos encontrado puentes para arriesgarnos a garabatear alguna libreta, su obra nos ha regalado un microcosmos en el que analizar nuestras vidas, un espacio de libertad en el que repensar la más reciente historia política y económica. Del brazo de Benedetti, hemos cruzado puertas para el entendimiento, y su magnífica literatura de aspecto sencillo nos hizo perder el miedo a Borges, el reguero melancólico de su exilio nos hizo descubrir los exilados de la madre España, su plena convicción ideológica nos dio argumentos para vencer definitivamente nuestras dudas, su modo de vivir en el amor nos dio motivos para no decaer en la búsqueda de la felicidad. Por todo ello, sentimos que su muerte es tan injusta, tan extremadamente innecesaria, y solo nos consuela la certeza de la supervivencia de las páginas que nos ha legado, una obra que será para siempre un viento renovador, una escuela permanentemente abierta, un derroche de pedagogía.

jueves, 14 de mayo de 2009

El viaje de Chihiro

Es mayo, probablemente, uno de los meses más fugaces, un mes que se vive con la mirada puesta en junio, sobre todo, lo vivimos así aquellos a los que mayo nos trae su traidor obsequio, esta desquiciante asfixia que le quita sabor y color a muchas cosas, que hace más cansado el trabajo y menos reparador el sueño. En estos días, no sé muy bien por qué me ha venido una gana ubérrima (que diría Vallejo) de volver uno de esos clásicos recientes del cine de animación. El viaje de Chihiro es un historia conmovedora, emocionante y vitalista, un contundente acierto que debemos al genio Miyazaki. Lo primero que me llamó la atención del cine de Miyazaki es que rezuma madurez: hay una clara distinción entre otros tipos de anime y algunas de las joyas con las que este director nos deleita cada cierto tiempo. Los tópicos del cine de animación, sus rasgos de infantilismo, la extrema necesidad de un hilo argumental y una trama de velocidad vertiginosa y dificultad simplificada, quedan atenuados aquí y el resultado es un producto destinado a los sectores más variopintos del público amante del cine, una obra que puede ser leída en niveles de interpretación muy distintos y que acaba por contentar a muchos. El viaje de Chihiro es una película de sobra conocida y no necesita que se presente su argumento. Desde el comienzo, la historia es un manto tejido con símbolos y manifiesta una alusión al civismo que huye de la moralidad rancia. Son ejemplos muy claros de esto que el pecado cometido por los padres de Chihiro sea comer sin permiso unos alimentos preparados para una ocasión especial, el hecho de que sea el trabajo la única vía para redimir un castigo, la avaricia y la sed de dinero que acaba tragándose a los que caen en sus redes, la existencia de un álter ego benévolo que complementa y compensa el lado tenebroso, la necesidad de no olvidar el nombre, en definitiva, la identidad, pues aquellos que no olvidan quiénes son, lograrán al fin liberarse. No sé si Miyazaki consigue su declarado propósito: inspirar a los niños con sus películas. Pero, desde luego, consigue hacernos reflexionar a los adultos que nos acercamos a ellas sobre los modelos de vida que queremos legar a las generaciones que se preparan para relevarnos.

jueves, 23 de abril de 2009

César Vallejo


En esta tarde de 23 de abril, tan propicia para la reflexión sobre los libros y la lectura, me ha parecido especialmente adecuado dedicar un recuerdo a un personaje que considero un maestro de lectores, críticos, escritores y pensadores de todo tipo. Antes de empezar a escribir estas líneas he buscado en el océano digital una foto suya porque necesitaba mirarle a la cara un instante y lo he encontrado rígido, pensativo, en una imagen borrosa que le sitúa en Berlín, probablemente, en frente a la Puerta de Brandenburgo, con un gesto indiferente al observador y, al mismo tiempo, insinuante, ofreciendo indicios, confirmando un destino cercano. César Vallejo nació en Perú y de su muerte todo lo dice uno de sus sonetos, seguramente, el más famoso de todos los textos. No diré que fueron años difíciles, porque todos los años son difíciles para escribir poesía. Malos tiempos para la lírica, más que un eslogan, es un resumen de la historia de la literatura universal. Sí diré en cambio que fue uno de aquellos intelectuales que supo leer como pocos los acontecimientos que se le venían encima, acontecimientos personales, sucesos históricos, tendencias y evoluciones en materia artística. César Vallejo vivió el final del siglo XIX y el comienzo del XX y, en este sentido, me parece que su obra es un ejemplo y una referencia, una oportunidad para analizar los movimientos vanguardistas en la poesía escrita en español y diferenciarla definitivamente de la vanguardia como transgresión vacía de contenidos y que no desafía tanto al status quo como a los incautos que se atreven a acercarse a ella. La escritura de Vallejo es, por momentos, rematadamente innovadora, iconoclasta, pecando en ocasiones de ensimismada, indescifrable, extremadamente dura en su superficie. Sin embargo, sus poemas siempre tienen una luz, un verso que se queda repetido como un eco en la boca, un fragmento que te obliga a retirar la vista del libro, mirar al techo y evocar recuerdos que no tienen ninguna relación con lo que se lee. Siempre aparece un recodo en el que se desencadena la imaginación y el golpe es tan fuerte, a veces, que se pierde el hilo y hay que empezar de nuevo, con mucho cuidado de no volver a extraviarse. En estos últimos días, leo “España, aparta de mí este cáliz” y “Poemas humanos” y estoy descubriendo una gran cantidad de versos que funcionan de forma autónoma al margen de los poemas que los albergan. En el primero de los libros citados, el poeta escribe sobre la Guerra Civil Española y, saltando por encima de toda convención realista de la poesía social, nos desafía con ideas que desbordan el contexto referencial como ésta: detienen mi tamaño esas famosas caídas de arquitecto. El segundo poemario al que me he referido es un alegato de sensatez y cordura de aspecto despeinado y poco organizado, pero que esconde sensaciones y argumentos como este: Y exijo del sombrero la infausta analogía del recuerdo.

Las personas somos profundamente contradictorias. Y esto que escribo me lo dedico a mí mismo. Me explico. Yo, que he siempre he sido tan defensor de las efemérides y las celebraciones, me permito esta tarde dudar de su valor. Aunque es cierto que siempre he encontrado ventajas en las celebraciones y el recuerdo de las más grandes personalidades del arte y la literatura, hoy pienso que, en ocasiones, hay que tener mucha precaución cuando nos acercamos a estas fechas señaladas en el calendario cultural. Sí, es cierto que las revisiones, retrospectivas, ediciones de obras completas (incluyendo correspondencia privada) son grandes oportunidades y que, gran parte del material oculto del que algunos disponen de la obra de artistas desaparecidos de las últimas décadas, no vería la luz pública de no ser porque la organización de este tipo de ciclos parece actuar como una poderosa fuerza de convicción para coleccionistas y familiares recelosos de perder su exclusividad. De esto, no tengo ninguna duda. Es cierto, asimismo, que las efemérides y celebraciones funcionan como un hilo de conexión directa entre los más grandes creadores y las nuevas generaciones de jóvenes que, por muy poco que nos guste, están cada vez menos interesadas por los procesos y los productos de creación artística, sin olvidar de la dificultad que entraña tratar estos temas en la escuela, pues ello supone enfrentarnos no ya al desinterés sino al rechazo de parte del alumnado. Además, en ocasiones, los niveles de autonomía personal, capacidad de esfuerzo y actitud positiva hacia el trabajo son tan bajos, que apenas queda tiempo para lo básico, lo meramente instrumental. Sin embargo, en este mundo dominado por la superficialidad de la información de masas, por la homogenización del consumo en el ocio y por la supremacía del impacto visual, hoy, esta tarde, y sin querer generalizar ni establecer jurisprudencia, me permito dudar del valor de las efemérides. Estamos a una semana del día Internacional del Libro y esta mañana, mientras se lo contaba a mis alumnos y alumnas, recordé algo que me sucedió hace algunos meses. Un día cualquiera en que les hablaba de Rafael Alberti y, después de haberles hablado durante los meses anteriores, de Lorca, Juan Ramón, Kandinsky... una niña me dijo: “Nos has contado muchos cuentos de niños que se han muerto ya”. Al recordarlo, eludí decir que celebrábamos el aniversario de la muerte de dos genios y les expliqué, simplemente, los eventos que se organizarán. Entonces comprendí que el problema de las efemérides es, concretamente, que nos enfrentan con crudeza a la inexorabilidad de la muerte.

martes, 24 de marzo de 2009

Hoy he descubierto que las naranjas son azules, que los pájaros tienen escamas, que los peces vuelan con dos extremidades llamadas alas y que los perros cacarean. Hasta hoy, yo siempre había pensado que me llamaba Enrique y ahora sospecho que he estado equivocado. Podría apostar que mi nombre es Nicolás y que me dedico a la venta de vehículos todoterreno con menos de 10.000 kilómetros. Afortunadamente, nunca es tarde para abrir los ojos a la luz de los acontecimientos y descubrir que no vivo en Huelva, sino en Hamburgo y que los lunes colaboro en la sección de bolsa y mercados con un programa de televisión de una cadena turca que solo se emite en Estambul. En este magnífico planeta, que por fin puedo ver con claridad, hemos entendido que Woody Allen llevaba razón en uno de sus guiones: ¿cómo no pudimos verlo antes? Hay que beber alcohol y fumar para estar sanos, comer grasas y pasteles es positivo para una adecuada salud cardiovascular. Y si hablamos de negocio, yo te voy a recomendar cuál es el futuro: lo mejor es dedicarse a escribir sonetos. Están muy bien pagados y hay quién ha hecho una brillante carrera con ellos. Ironías aparte, las frases que preceden reflejan, a mi entender, el vergonzoso comportamiento de la Iglesia Católica y de aquel que la representa: Joseph Ratzinger. Ya casi se nos había olvidado que este decoroso personaje fue el mismo que lanzó críticas veladas contra el mundo árabe como totalidad, olvidando el difícil momento político que vivimos en relación al terrorismo integrista islámico. Por si esto nos parecía poco, en una visita a África en la que, probablemente, lo único que pretendía era acaparar portadas de medios de comunicación, este “respetado científico” ha afirmado que el preservativo no es un medio eficaz para frenar la expansión del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida y que, al contrario, aumenta el problema. La metedura de pata ha sido de tal calado que el entorno del Vaticano, tan poco reacio a admitir errores, al transcribir las declaraciones del pontífice ha eliminado la palabra preservativo del discurso y se ha atrevido a acusar de manipulación informativa a los periodistas que han criticado las palabras del papa. No puedo comprender dónde está la dignidad de algunos, supongo que tan escondida como su respeto a la libertad de los demás. Sinceramente, creo que ha llegado el momento de prestar más atención a los filósofos y los científicos y menos a los especuladores de la moral y el pensamiento.

viernes, 13 de marzo de 2009

Ejercicio imaginativo

Imaginemos por un instante que un niño de unos doce años, movido por la curiosidad que le corroe por dentro, coge una cámara de video y empieza a fantasear con ella. Ha visto como sus padres la utilizaban en un sinfín de ocasiones, de modo que conoce el funcionamiento básico y no duda en encenderla y en ponerla a grabar. Sin ninguna intencionalidad especial, acude a la cocina donde su madre, cansada, termina de fregar el suelo. El niño grita: “Mamá, sonríe a la cámara”. La madre se gira hacia el niño sospechando lo que no quiere que esté sucediendo y, al darse la vuelta, antes de poder decirle a su hijo anda y deja eso en su sitio, accidentalmente, vuelca con la pierna el cubo lleno de agua que empapa todo el suelo de la cocina. En ese momento, la madre se sume en un silencio profundo, mientras mira con desesperación el trabajo que tendrá que volver a realizar. Todo queda grabado y las imágenes son mostradas a amigos y familiares con satisfacción. Aquellos que lo van viendo están de acuerdo en señalar la gracia, el desparpajo, la inteligencia y la perspectiva del niño y, en un ejercicio de vanidad e ingenuidad, atribuyen estas circunstancias azarosas al talento de nuestro protagonista, a una acción intencional de debutar en el mundo del cortometraje con una ópera prima que refleje las dificultades y emociones de la mujer en el ámbito doméstico. El niño acepta encantado esta versión. Ya que estamos imaginando, no será difícil que entendamos que alguien de la familia o los amigos mueve algunos hilos, habla con entusiasmo a cualquiera que se le ponga por delante de la obra y del creador y, para poner la guinda, se presenta la obra a un certamen de creación joven en el cual no pueden participar mayores de 30 años. Como es lógico, entre un jurado de dudosa cualificación, la calidad técnica y el valor artístico no tienen ninguna importancia y el único criterio válido para otorgar el premio es la juventud extrema del creador. Es así como el premio supone el bautismo y la presentación en sociedad de un nuevo director de cine, al que todos animan a seguir grabando libremente, sin ataduras ni moldes. La historia continúa, el niño crece y ese adolescente que sabe de su talento natural no duda en seguir trabajando sobre su mundo conceptual: libros manchados de mermelada, gatos conductores de autobuses, una invasión de alienígenas vestidos como Mr. T y otras ideas innovadoras. Y claro, como su talento no puede aceptar moldes, todos aplauden su decisión de no estudiar cine, de romper con la cultura cinematográfica y su carrera se va llenando de grandes frases autocomplacientes como “Rosselini ¡menudo payaso!” o “¿Quién coño es Frank Capra?”. El nuevo creador ha visto la luz en las películas de sus amigos y así toma forma un movimiento artístico basado en una nada creadora porque, evidentemente, el contenido está pasado de moda y ya solo importa el impacto visual. Imaginemos, por último, que años más tarde, un suplemento especial de un diario nacional sobre el mundo del cine, encarga el artículo sobre Billy Wilder al niño, ya joven adulto, que acepta encantado y aparece publicado un emocionado testimonio. ¿Hipocresía? Esto es lo que está sucediendo en los últimos años en el panorama poético nacional. ¿De quién hablo? No importa, no merece la pena.

jueves, 26 de febrero de 2009

Vuelven a aparecer en los suplementos culturales aparatos teóricos sobre el relato breve, el cuento, el microrrelato y todas esas formas de narración diferentes a la novela y cuyo único pecado parece ser ese, haberse diferenciado del sistema novela, de ese oficio literario a veces tan cercano al puro arte y otras veces tan cercano al marketing. Las formas de narración insurgentes en esta dictadura de la novela son casi un modo de transgresión, pues hace ya mucho tiempo que sabemos que a los totalitarismos los sostiene el mercado y que no hay mejor manera de hundir una iniciativa que acusarla de no vender. Sin embargo, es raro encontrar todavía en las publicaciones específicamente culturales, a estas alturas del siglo XXI, justificaciones en las que se acepta sólo a regañadientes que el relato breve es un género propio que nada tiene que ver con la novela y que está basado en otras técnicas, otro prisma. Estas mismas corrientes de pensamiento que se resisten a admitir las evidencias que la literatura les ofrece son las mismas que niegan el reconocimiento a talentos singulares de la narrativa del siglo XX. Sin negar su calidad (algo que sería absurdo), se mantiene el mundo académico y de la docencia universitaria en un limbo que no está sujeto a cambios y revisiones y cierra descaradamente sus puertas ante grandes personalidades que ni siquiera habían llamado a ellas, simplemente, se lo habían ganado escribiendo. Un claro ejemplo de esto que vengo diciendo es el de Julio Cortázar, atrevido, insensato y genial narrador argentino - europeo, que se atrevió a tener una carrera como relatista (palabra que me acabo de inventar por no escribir cuentista). Su atrevimiento le cierra las puertas de la academia y la universidad. Como intrínsecamente, se considera al relato un género menor, siempre se pone por delante de Cortázar algún escritor cuyo éxito esté justificado en otro género. El caso más claro es el de Borges. La cuestión sobre la calidad del relato breve está resuelta dentro del mundo de los buenos escritores hace ya mucho tiempo y este tipo de maniobras de inmovilismo responden a motivos meramente económicos y de mantenimiento de un status quo universitario. Por otro lado, creo que la falta de contenidos de los suplementos culturales, así como de creatividad e ideas de sus redactores, les lleva a volver sobre temas que están manidos, rancios de tanta repetición de argumentos. En mi opinión, ganarían mucho este tipo de publicaciones semanales acercándose a otro tipo de revistas de literatura y dando cabida en sus páginas a creaciones artísticas, poéticas, narrativas o artículos de fondo. La fórmula de la reseña superficial de novedades editoriales y el publirreportaje que toma como excusa publicaciones inmediatas me parece que queda muy lejos de sus posibilidades reales.

martes, 17 de febrero de 2009

Hace un par de semanas leí en Babelia, el suplemento cultural del El País, una columna interesante de Edmundo Paz Soldán. El sugerente título que llevaba el artículo era En la era anti-Salinger. Partiendo de una queja de John Updike sobre los compromisos a los que le obligaba su editorial en materia de presentación de libros y lecturas públicas, el texto argumentaba la desaparición de una época, de un estilo, de una forma de vivir la literatura en la que el autor huye del contacto con el público en general, elude ofrecer su testimonio directo sobre la realidad para dejar que sea la obra la que hable, la que conforme la imagen y el proyecto que se intentaba ofrecer al mundo. Al leer estas líneas, recordaba yo una confesión de Borges, su vocación de escritor como camino par el cumplimiento la ambición frustrada de su padre. Borges cumple así el destino que su padre no pudo o fue capaz de cumplir. Soldán nos enfrentaba en su columna a un hecho: hoy en día casi no puede concebirse una vocación literaria tan ermitaña, tan ensimismada, tan aparentemente lejos de los caprichos del mercado. Incluso, iba más allá y afirmaba que los encuentros, lecturas públicas, presentaciones y otros aderezos son un síntoma peligroso, son, en su opinión, la señal indiscutible de la necesidad que tenemos de defender la literatura, la escritura, la lectura y, por ello, si ha de ser defendido, deben ser malos los tiempos que corren para la creación literaria.
Desde mi punto de vista, la gran variedad de actividades de que se compone el mundo literario en general es, en su mayoría, una estrategia dirigida a la promoción y, por tanto, a la venta. Es cierto que todo aquello que salga de la escritura, la creación y la lectura individual y propia de cada lector es superfluo. Pero también es cierto que analizando estos fenómenos desde este punto de vista nos quedamos en los aspectos más superficiales. Este tipo de críticas, esta nostalgia de otras épocas en las que era posible el éxito desde la cueva, se llevan a cabo desde el campo de los novelistas, los niños y niñas mimados del mundo literario, los únicos que pueden aspirar a vivir de la literatura, los únicos que reciben el respaldo incondicional de editoriales fuertes, los que saben del negocio de las letras, los que reciben el cariño del público y son líderes en ventas y lectores gracias a la falta de formación de la población en general en materia de literatura. Desde este punto de vista y azotados por la reciente crisis económica y la ya larga crisis crónica a la que viene enfrentando la literatura en esta época de hegemonía visual y con la competencia de internet, es normal que tengan morriña de aquella comodidad, aunque muchos no la hayan experimentado. Los que escribimos poesía en cambio estamos acostumbrados a tener que defendernos de las críticas, incluso dentro del propio mundo literario, y somos conscientes de las diferentes vidas que tiene el verbo: intelectual, escrita, de viva voz, aclamado. Desde un principio, aceptamos el escaso valor mercantil de nuestros textos y acudimos de buen grado al encuentro con la gente para poder exponer nuestra mirada, la luz que alumbra el mundo en nuestros ojos.

viernes, 30 de enero de 2009

Hoy, día 30 de enero, como todos los años, se ha celebrado el día escolar de la paz y la no violencia y yo, por trabajar en el gremio de la enseñanza, no debo ni quiero ser ajeno a los actos y los recuerdos que acompañan a la fecha. Como todo el mundo sabe, la conmemoración está dedicada al recuerdo de Mahatma Gandhi que murió asesinado por un pistolero integrista un 30 de enero de 1948. La paz es incómoda. O, al menos, lo es para amplios sectores del poder político y el poder económico. La paz es un trabajo continuo, un oficio labrado día a día, una forma de posicionarse ante el mundo, la paz empieza por la posibilidad de una revolución personal, de una autorreflexión acerca de nuestros modos de pensar y hablar, una autocrítica sobre nuestro modo de actuar y sobre lo que nunca hacemos porque supone mucho esfuerzo, a pesar de la necesidad acuciante de acometerlo. Sí, la paz es tan incómoda que han sido muchas las víctimas de las ideas pacifistas. Pensemos en Martin Luther King, pensemos en Ernest Lluch. La paz empieza por las propias personas, por eso, la celebración del día de la paz en los centros educativos debería tomarse muy en serio. Si nos creemos con firmeza que estamos formando a los futuros ciudadanos, a los futuros votantes, a los futuros trabajadores y contribuyentes, la educación para la paz debería tener un lugar destacado en el currículum escolar, más allá incluso de las celebraciones en días puntuales. No podemos olvidar que los Estados están formados por personas y que son por tanto las personas quienes toman decisiones y acaban conformando lo que llamamos el destino del mundo. Por esta misma razón, además de preparar a los niños, tenemos que empezar a tomar las riendas de nuestro planeta, tenemos que empezar a exigir a los dirigentes públicos un claro posicionamiento en contra de la violencia y una firme resolución para acabar con los factores que deterioran la paz y las relaciones entre pueblos y comunidades. En la actualidad, hay varios frentes bélicos claramente abiertos en el mundo, además de otros muchos conflictos soterrados, como aquellos que se mantienen activos a pesar de precarios acuerdos de alto el fuego, los que tienen un nivel de actividad discontinua, así como zonas donde la convivencia es problemática y basta cualquier mínima chispa para desatar episodios lamentables y que deberían evitarse. Por supuesto, la paz necesita un escenario mundial sin conflictos armados, pero la paz no es sólo ausencia de guerra, como la salud no es solamente ausencia de enfermedad. No podrá haber paz en el mundo sin democracia, sin derechos humanos, sin reconocimiento del derecho a existir de todos los pueblos y culturas, no habrá paz en el mundo mientras haya privilegios, mientras el hambre se extienda de forma incontrolada, mientras no solucionemos el problema del agua. Estamos ante un camino largo pero que podemos recorrer, un camino en el que tenemos que librarnos de la desidia y el derrotismo y, por ello, esta mañana he celebrado con toda convicción el día de la Paz, con el deseo y la esperanza de encontrar eco en los muchos educadores que, desde nuestras pizarras, pedimos un día tras otro la paz y la palabra.

Con frecuencia, a los que nos da por la literatura y, en concreto, a los que nos da por incurrir en el terreno de la narrativa, nos encontramos con el famoso miedo del papel en blanco, la incapacidad para producir ideas ingeniosas, tramas intrigantes o que mantengan en tensión, personajes bien formados que no sean clones disfrazados del propio yo, en definitiva, la incapacidad de producir un discurso de lo subjetivo, un discurso creíble y que, durante el tiempo necesario para la lectura del relato, sea atrape por completo el foco de conciencia del lector. Porque, después de todo, en el pensamiento en general, pero con mayor incidencia en el pensamiento narrativo, las imágenes y el lenguaje son un todo indisoluble y me atrevo a decir que no es posible pensar sin palabras. El lenguaje es el responsable principal del pensamiento y por ello tienen una influencia tan grande las variables culturales en los procesos y los productos del pensamiento, toda vez que el lenguaje es el medio fundamental de transmisión de los patrones culturales vigentes en un tiempo y lugar de la historia. En este sentido, cuando, por arte de la inspiración o la lectura, se nos ocurre una genial idea. Ésta aparece ya encuadrada y e impregnada de algunas expresiones lingüísticas que reflejan el ambiente que se quiere transmitir. De igual forma, podemos pensar ahora en cuántas novelas hemos leído cuya trama principal es, prácticamente, la misma: el amor, el exilio, el paso del tiempo, la infancia. Sin embargo, lo que hace de una novela una gran obra es la forma en que está escrita, el flujo discursivo de un escritor que, por suerte, quedó plasmado en papel y ha llegado a nuestros días. En los aficionados a escribir literatura, la enfermedad de la lectura se ha hecho fuerte y esto nos ha provocado una nueva dolencia, la escritura. Intentamos escribir y escribimos con la cabeza llena de Rulfo, Cortázar, Borges, Umbral, la última novela que nos traemos entre manos, y a menudo eso nos hace ser malos emuladores de aquellos a quienes tanto admiramos. Sabemos que es necesario tener maestros, pero necesitamos desligarnos de ellos. Queremos escribir nuestra obra, nuestra gran obra, sin darnos cuenta de un hecho clave: los mejores escritores son los que han sabido reflejar su época en las historias que escribían, sin hacer panfletos, sin confundirnos con el periodismo, sin caer en un excesivo autobiografismo. Por ello, hoy me gustaría pedir que miráramos a nuestro mundo, a estos días que nos toca vivir, al agotamiento de los modos de vida que nos ha impuesto la libertad total de mercado, al exceso de información que está haciendo del conocimiento una superficial información, a las conquistas en derechos civiles que dan cierta esperanza a este mundo, al juego al que sometemos a las personas de los países empobrecidos, a la decadencia violenta del machismo, a toda esa generación de personas en torno a los cincuenta años que se ha pasado la vida trabajando, sirviendo a sus padres y a sus hijos y ahora ve peligrar su jubilación por gracia de una crisis financiera con la que nada tienen que ver. En todas estas brechas de existencia está una de las grandes novelas de nuestro tiempo, siempre que seamos capaces de sustraernos de lo panfletario y lo vanal.
A pesar de las gloriosas navidades que todos seguro habremos pasado, unas navidades en las que no pueden faltar los excesos en la dieta (tanto que la palabra dieta me parece completamente absurda). A pesar de la persistente tristeza, que siempre aparece en determinados momentos de las fechas señaladas por mucho que nos hagamos firmes propósitos de felicidad o tratemos de mantener la mente ocupada con ayuda de la vida social y de la neuroquímica. A pesar de la vuelta al trabajo y de los síntomas que nos provoca la profesión, que no perdonan, que nos inducen una sensación de estar atados en corto y nos recuerdan constantemente dónde está nuestro principal instrumento de trabajo. A pesar de tener que soportar de manera inmisericorde la proclamación empalagosa y constante de nuevos héroes, mitos y genios de la canción, las letras y el celuloide, tendencia que se ve aumentada con la llegada de la Navidad, el incremento del consumo y los recurrentes intentos por revisar y resumir el año que se escapa. A pesar de todo, tenemos el derecho y la obligación de reponernos, de mirar al mundo de frente y preguntarle a cada mañana por qué hoy no puede ser un buen día. Hace unos cuantos días el discurso de toma de posesión de Obama me hizo recordar que el destino tiene parte de trabajo, que la fatalidad tiene mucho de actitud voluntaria, que el azar es casi siempre producto de negligencia o pereza, que la vida cambia gracias a nuestras acciones y omisiones, que no debemos mostrarnos derrotados por la crisis o por dramas como el de Gaza, sino encararlos y asumir que son luchas a largo plazo. En el terreno cultural, para salir de la crisis en lo cotidiano y lo afectivo, yo propongo los clásicos del siglo XX. No niego el valor de las novedades, pero no debemos olvidar que novedad no tiene nada que ver con bondad o con calidad, aunque rimen descaradamente. Alguien escribió alguna vez que el problema de los suplementos culturales de la prensa es que encuentran un gran libro todas las semanas. Esta frase resume con claridad lo que quiero decir. En definitiva, la calidad es un camino que se recorre con esfuerzo y motivación y su reconocimiento requiere cierta perspectiva temporal que nos permita apreciar la imagen más completa, ya que con frecuencia lo nuevo, el corto plazo, nos distorsionan la percepción (si no me creen pregunten a Vetusta Morla). Yo recomiendo para estos días fríos y difíciles a creadores que nos hagan pensar y nos ayuden a identificar de dónde venimos y cómo vamos: Miguel Hernádez, los Poemas Humanos de César Vallejo, Cernuda, Alberti, Gil de Biedma, Silvio Rodríguez, Ara Dinkjian (para las sobremesas), Nina Simone, Costa Gavras y ya me callo, lo prometo.