viernes, 24 de julio de 2009

Peñón de Gibraltar y economía

El miércoles 22 de julio, mientras desayunaba, escuché al señor Estebán González Pons hacer unas declaraciones que me resultaron sorprendentes por incomprensibles para mí que soy un profano en lo que economía se refiere. Las declaraciones iban referidas a la visita del ministro de asuntos exteriores a Gibraltar y, como ya puede suponerse, el señor González Pons se manifestaba inequívocamente en contra. Entre otros argumentos, el que más llamó mi atención fue el que esgrimía que la visita estaba perjudicando económicamente a la zona. Vayamos por partes. Desde un punto de vista meramente ideológico, la posición contraria del Partido Popular a la visita es, en cierto modo, comprensible, ya que es de sobra conocida la preocupación de la derecha española por las cuestiones relacionadas con la unidad territorial de España y la soberanía y hay que reconocer que la presencia del gobierno español en un territorio a través de su ministro de exteriores es, en cierto modo, un reconocimiento explícito de la extranjería del territorio de Gibraltar. No quiero con esto que se piense que apoyo estas líneas ideológicas o estas preocupaciones políticas. Si de mí dependiera, recortaría ese trozo de tierra y lo pegaría a Inglaterra. Lo cierto es que la polémica sobre el Peñón me parece tremendamente estúpida e improductiva y la preocupación por estos temas refleja, en mi opinión, una falta de sensibilidad hacia los verdaderos problemas sociopolíticos nacionales e internacionales. Pero volviendo a las declaraciones y, en concreto, al argumento económico ¿sería alguien tan amable de explicarme de qué manera puede la mera presencia de Moratinos en Gibraltar perjudicar a la economía, es decir, aumentar el paro, disminuir el consumo, incrementar la inflación, disparar el precio de la vivienda y los alimentos, destruir puestos de trabajo, hundir la bolsa, devaluar la moneda o favorecer procesos de deslocalización de empresas? No sé si dispongo de un conocimiento tan reducido como para no entender las grandes claves de la actualidad o se trata, sin embargo, de un recurso. El típico recurso político de oposición ahora que se ha agotado el filón de la crisis, que ha descendido como todos los veranos el paro, ahora que la trama Gürtel aprieta y amenaza con la hundir la carrera política de muchos prohombres que han tenido la bendición de la ejecutiva del partido durante todos estos años. Supongo que sólo aquellos que asisten a los cursos del campus FAES pueden llegar a comprender análisis sociales y económicos tan finos.

jueves, 2 de julio de 2009

Internet y el fútbol

Al hilo de los acontecimientos que se vienen produciendo en el mundo del fútbol en relación al siempre apasionante mercado de fichajes, y en un intento por recuperar el recurso a la sonrisa en este blog algo estancado, se me han ocurrido una serie de nombres ingeniosos para páginas web de tendencia madridista y por tanto con declarada aversión hacia lo blaugrana. Los pongo a vuestra disposición. Si alguien se anima a crear una web con alguno de estos nombres, lo puede tomar prestado:
www.laportadealcala.com
www.pedritoperonoheidi.com
www.quiencoñoestoureyaya.com
www.tritranquilosuenaanervioso.com

jueves, 11 de junio de 2009

Verano

A pesar de los cuarenta grados de temperatura, de la imagen decepcionantemente fascista que se dibuja en el parlamento europeo, de los desengaños que uno se lleva con aquellos a quienes votaba con la confianza de estar votando a una formación de izquierda, a pesar de esta acumulación de trabajo que es junio, merece la pena el verano, es rentable a nivel físico, pero sobre todo a nivel mental. El calor lo sobrellevaremos con agua fresca y no voy a dar más detalles. Pero el trabajo no tendremos ninguna dificultad en sustituirlo por cualquier actividad sublime o insignificante. Cuando se está de vacaciones, tan trascendente es leer La Eneida como dormir la siesta, por lo que no puede desdeñarse la una ni la otra. La mayor de las satisfacciones, probablemente, es viajar, atravesar kilómetros de tierra, mar o aire y oler otros perfumes, oír otras voces, dejarse llevar por la contemplación, recordar la propia cama desde la distancia. Y si se me acusa de elitista, también puedo ensalzar diversiones gratuitas como el mercado de fichajes, la renovación del equipo de fútbol es una ilusión muy contagiosa y, si decides informarte a través de internet, el inmenso dédalo de páginas con rumores sobre fichajes es tal, que puedes acabar enunciando una teoría sociológica sobre la difusión de informaciones, o bien puedes desarrollar síntomas de un trastorno por ideas delirantes y sentirte amenazado por una conspiración contra los aficionados de tu club. En definitiva, el verano es un tiempo privilegiado para las azoteas, la nocturnidad y la higiene psicológica. Es una lástima que a veces se haga demasiado largo.

jueves, 21 de mayo de 2009

Mario Benedetti


La tristeza me obliga. Como ya todos sabréis ha muerto el poeta uruguayo Mario Benedetti, dejando atrás una productiva historia personal de 88 años. Quisiera sumarme al dolor colectivo que sienten los lectores y lectoras estos días con unas líneas en recuerdo de este sensacional personaje. Ante todo, Mario Benedetti ha sido y será un maestro, un iniciador que ha llevado de la mano a muchos jóvenes y adolescentes en un viaje de ida, un viaje en el que se empieza a intuir qué es un verso, un poema, la poesía, lejos de los manidos y ofensivos clichés. En su obra nos hemos hecho adultos, con ella hemos educado nuestros sentimientos, nuestro pensamiento afectivo, a través de ella hemos encontrado puentes para arriesgarnos a garabatear alguna libreta, su obra nos ha regalado un microcosmos en el que analizar nuestras vidas, un espacio de libertad en el que repensar la más reciente historia política y económica. Del brazo de Benedetti, hemos cruzado puertas para el entendimiento, y su magnífica literatura de aspecto sencillo nos hizo perder el miedo a Borges, el reguero melancólico de su exilio nos hizo descubrir los exilados de la madre España, su plena convicción ideológica nos dio argumentos para vencer definitivamente nuestras dudas, su modo de vivir en el amor nos dio motivos para no decaer en la búsqueda de la felicidad. Por todo ello, sentimos que su muerte es tan injusta, tan extremadamente innecesaria, y solo nos consuela la certeza de la supervivencia de las páginas que nos ha legado, una obra que será para siempre un viento renovador, una escuela permanentemente abierta, un derroche de pedagogía.

jueves, 14 de mayo de 2009

El viaje de Chihiro

Es mayo, probablemente, uno de los meses más fugaces, un mes que se vive con la mirada puesta en junio, sobre todo, lo vivimos así aquellos a los que mayo nos trae su traidor obsequio, esta desquiciante asfixia que le quita sabor y color a muchas cosas, que hace más cansado el trabajo y menos reparador el sueño. En estos días, no sé muy bien por qué me ha venido una gana ubérrima (que diría Vallejo) de volver uno de esos clásicos recientes del cine de animación. El viaje de Chihiro es un historia conmovedora, emocionante y vitalista, un contundente acierto que debemos al genio Miyazaki. Lo primero que me llamó la atención del cine de Miyazaki es que rezuma madurez: hay una clara distinción entre otros tipos de anime y algunas de las joyas con las que este director nos deleita cada cierto tiempo. Los tópicos del cine de animación, sus rasgos de infantilismo, la extrema necesidad de un hilo argumental y una trama de velocidad vertiginosa y dificultad simplificada, quedan atenuados aquí y el resultado es un producto destinado a los sectores más variopintos del público amante del cine, una obra que puede ser leída en niveles de interpretación muy distintos y que acaba por contentar a muchos. El viaje de Chihiro es una película de sobra conocida y no necesita que se presente su argumento. Desde el comienzo, la historia es un manto tejido con símbolos y manifiesta una alusión al civismo que huye de la moralidad rancia. Son ejemplos muy claros de esto que el pecado cometido por los padres de Chihiro sea comer sin permiso unos alimentos preparados para una ocasión especial, el hecho de que sea el trabajo la única vía para redimir un castigo, la avaricia y la sed de dinero que acaba tragándose a los que caen en sus redes, la existencia de un álter ego benévolo que complementa y compensa el lado tenebroso, la necesidad de no olvidar el nombre, en definitiva, la identidad, pues aquellos que no olvidan quiénes son, lograrán al fin liberarse. No sé si Miyazaki consigue su declarado propósito: inspirar a los niños con sus películas. Pero, desde luego, consigue hacernos reflexionar a los adultos que nos acercamos a ellas sobre los modelos de vida que queremos legar a las generaciones que se preparan para relevarnos.

jueves, 23 de abril de 2009

César Vallejo


En esta tarde de 23 de abril, tan propicia para la reflexión sobre los libros y la lectura, me ha parecido especialmente adecuado dedicar un recuerdo a un personaje que considero un maestro de lectores, críticos, escritores y pensadores de todo tipo. Antes de empezar a escribir estas líneas he buscado en el océano digital una foto suya porque necesitaba mirarle a la cara un instante y lo he encontrado rígido, pensativo, en una imagen borrosa que le sitúa en Berlín, probablemente, en frente a la Puerta de Brandenburgo, con un gesto indiferente al observador y, al mismo tiempo, insinuante, ofreciendo indicios, confirmando un destino cercano. César Vallejo nació en Perú y de su muerte todo lo dice uno de sus sonetos, seguramente, el más famoso de todos los textos. No diré que fueron años difíciles, porque todos los años son difíciles para escribir poesía. Malos tiempos para la lírica, más que un eslogan, es un resumen de la historia de la literatura universal. Sí diré en cambio que fue uno de aquellos intelectuales que supo leer como pocos los acontecimientos que se le venían encima, acontecimientos personales, sucesos históricos, tendencias y evoluciones en materia artística. César Vallejo vivió el final del siglo XIX y el comienzo del XX y, en este sentido, me parece que su obra es un ejemplo y una referencia, una oportunidad para analizar los movimientos vanguardistas en la poesía escrita en español y diferenciarla definitivamente de la vanguardia como transgresión vacía de contenidos y que no desafía tanto al status quo como a los incautos que se atreven a acercarse a ella. La escritura de Vallejo es, por momentos, rematadamente innovadora, iconoclasta, pecando en ocasiones de ensimismada, indescifrable, extremadamente dura en su superficie. Sin embargo, sus poemas siempre tienen una luz, un verso que se queda repetido como un eco en la boca, un fragmento que te obliga a retirar la vista del libro, mirar al techo y evocar recuerdos que no tienen ninguna relación con lo que se lee. Siempre aparece un recodo en el que se desencadena la imaginación y el golpe es tan fuerte, a veces, que se pierde el hilo y hay que empezar de nuevo, con mucho cuidado de no volver a extraviarse. En estos últimos días, leo “España, aparta de mí este cáliz” y “Poemas humanos” y estoy descubriendo una gran cantidad de versos que funcionan de forma autónoma al margen de los poemas que los albergan. En el primero de los libros citados, el poeta escribe sobre la Guerra Civil Española y, saltando por encima de toda convención realista de la poesía social, nos desafía con ideas que desbordan el contexto referencial como ésta: detienen mi tamaño esas famosas caídas de arquitecto. El segundo poemario al que me he referido es un alegato de sensatez y cordura de aspecto despeinado y poco organizado, pero que esconde sensaciones y argumentos como este: Y exijo del sombrero la infausta analogía del recuerdo.

Las personas somos profundamente contradictorias. Y esto que escribo me lo dedico a mí mismo. Me explico. Yo, que he siempre he sido tan defensor de las efemérides y las celebraciones, me permito esta tarde dudar de su valor. Aunque es cierto que siempre he encontrado ventajas en las celebraciones y el recuerdo de las más grandes personalidades del arte y la literatura, hoy pienso que, en ocasiones, hay que tener mucha precaución cuando nos acercamos a estas fechas señaladas en el calendario cultural. Sí, es cierto que las revisiones, retrospectivas, ediciones de obras completas (incluyendo correspondencia privada) son grandes oportunidades y que, gran parte del material oculto del que algunos disponen de la obra de artistas desaparecidos de las últimas décadas, no vería la luz pública de no ser porque la organización de este tipo de ciclos parece actuar como una poderosa fuerza de convicción para coleccionistas y familiares recelosos de perder su exclusividad. De esto, no tengo ninguna duda. Es cierto, asimismo, que las efemérides y celebraciones funcionan como un hilo de conexión directa entre los más grandes creadores y las nuevas generaciones de jóvenes que, por muy poco que nos guste, están cada vez menos interesadas por los procesos y los productos de creación artística, sin olvidar de la dificultad que entraña tratar estos temas en la escuela, pues ello supone enfrentarnos no ya al desinterés sino al rechazo de parte del alumnado. Además, en ocasiones, los niveles de autonomía personal, capacidad de esfuerzo y actitud positiva hacia el trabajo son tan bajos, que apenas queda tiempo para lo básico, lo meramente instrumental. Sin embargo, en este mundo dominado por la superficialidad de la información de masas, por la homogenización del consumo en el ocio y por la supremacía del impacto visual, hoy, esta tarde, y sin querer generalizar ni establecer jurisprudencia, me permito dudar del valor de las efemérides. Estamos a una semana del día Internacional del Libro y esta mañana, mientras se lo contaba a mis alumnos y alumnas, recordé algo que me sucedió hace algunos meses. Un día cualquiera en que les hablaba de Rafael Alberti y, después de haberles hablado durante los meses anteriores, de Lorca, Juan Ramón, Kandinsky... una niña me dijo: “Nos has contado muchos cuentos de niños que se han muerto ya”. Al recordarlo, eludí decir que celebrábamos el aniversario de la muerte de dos genios y les expliqué, simplemente, los eventos que se organizarán. Entonces comprendí que el problema de las efemérides es, concretamente, que nos enfrentan con crudeza a la inexorabilidad de la muerte.

martes, 24 de marzo de 2009

Hoy he descubierto que las naranjas son azules, que los pájaros tienen escamas, que los peces vuelan con dos extremidades llamadas alas y que los perros cacarean. Hasta hoy, yo siempre había pensado que me llamaba Enrique y ahora sospecho que he estado equivocado. Podría apostar que mi nombre es Nicolás y que me dedico a la venta de vehículos todoterreno con menos de 10.000 kilómetros. Afortunadamente, nunca es tarde para abrir los ojos a la luz de los acontecimientos y descubrir que no vivo en Huelva, sino en Hamburgo y que los lunes colaboro en la sección de bolsa y mercados con un programa de televisión de una cadena turca que solo se emite en Estambul. En este magnífico planeta, que por fin puedo ver con claridad, hemos entendido que Woody Allen llevaba razón en uno de sus guiones: ¿cómo no pudimos verlo antes? Hay que beber alcohol y fumar para estar sanos, comer grasas y pasteles es positivo para una adecuada salud cardiovascular. Y si hablamos de negocio, yo te voy a recomendar cuál es el futuro: lo mejor es dedicarse a escribir sonetos. Están muy bien pagados y hay quién ha hecho una brillante carrera con ellos. Ironías aparte, las frases que preceden reflejan, a mi entender, el vergonzoso comportamiento de la Iglesia Católica y de aquel que la representa: Joseph Ratzinger. Ya casi se nos había olvidado que este decoroso personaje fue el mismo que lanzó críticas veladas contra el mundo árabe como totalidad, olvidando el difícil momento político que vivimos en relación al terrorismo integrista islámico. Por si esto nos parecía poco, en una visita a África en la que, probablemente, lo único que pretendía era acaparar portadas de medios de comunicación, este “respetado científico” ha afirmado que el preservativo no es un medio eficaz para frenar la expansión del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida y que, al contrario, aumenta el problema. La metedura de pata ha sido de tal calado que el entorno del Vaticano, tan poco reacio a admitir errores, al transcribir las declaraciones del pontífice ha eliminado la palabra preservativo del discurso y se ha atrevido a acusar de manipulación informativa a los periodistas que han criticado las palabras del papa. No puedo comprender dónde está la dignidad de algunos, supongo que tan escondida como su respeto a la libertad de los demás. Sinceramente, creo que ha llegado el momento de prestar más atención a los filósofos y los científicos y menos a los especuladores de la moral y el pensamiento.

viernes, 13 de marzo de 2009

Ejercicio imaginativo

Imaginemos por un instante que un niño de unos doce años, movido por la curiosidad que le corroe por dentro, coge una cámara de video y empieza a fantasear con ella. Ha visto como sus padres la utilizaban en un sinfín de ocasiones, de modo que conoce el funcionamiento básico y no duda en encenderla y en ponerla a grabar. Sin ninguna intencionalidad especial, acude a la cocina donde su madre, cansada, termina de fregar el suelo. El niño grita: “Mamá, sonríe a la cámara”. La madre se gira hacia el niño sospechando lo que no quiere que esté sucediendo y, al darse la vuelta, antes de poder decirle a su hijo anda y deja eso en su sitio, accidentalmente, vuelca con la pierna el cubo lleno de agua que empapa todo el suelo de la cocina. En ese momento, la madre se sume en un silencio profundo, mientras mira con desesperación el trabajo que tendrá que volver a realizar. Todo queda grabado y las imágenes son mostradas a amigos y familiares con satisfacción. Aquellos que lo van viendo están de acuerdo en señalar la gracia, el desparpajo, la inteligencia y la perspectiva del niño y, en un ejercicio de vanidad e ingenuidad, atribuyen estas circunstancias azarosas al talento de nuestro protagonista, a una acción intencional de debutar en el mundo del cortometraje con una ópera prima que refleje las dificultades y emociones de la mujer en el ámbito doméstico. El niño acepta encantado esta versión. Ya que estamos imaginando, no será difícil que entendamos que alguien de la familia o los amigos mueve algunos hilos, habla con entusiasmo a cualquiera que se le ponga por delante de la obra y del creador y, para poner la guinda, se presenta la obra a un certamen de creación joven en el cual no pueden participar mayores de 30 años. Como es lógico, entre un jurado de dudosa cualificación, la calidad técnica y el valor artístico no tienen ninguna importancia y el único criterio válido para otorgar el premio es la juventud extrema del creador. Es así como el premio supone el bautismo y la presentación en sociedad de un nuevo director de cine, al que todos animan a seguir grabando libremente, sin ataduras ni moldes. La historia continúa, el niño crece y ese adolescente que sabe de su talento natural no duda en seguir trabajando sobre su mundo conceptual: libros manchados de mermelada, gatos conductores de autobuses, una invasión de alienígenas vestidos como Mr. T y otras ideas innovadoras. Y claro, como su talento no puede aceptar moldes, todos aplauden su decisión de no estudiar cine, de romper con la cultura cinematográfica y su carrera se va llenando de grandes frases autocomplacientes como “Rosselini ¡menudo payaso!” o “¿Quién coño es Frank Capra?”. El nuevo creador ha visto la luz en las películas de sus amigos y así toma forma un movimiento artístico basado en una nada creadora porque, evidentemente, el contenido está pasado de moda y ya solo importa el impacto visual. Imaginemos, por último, que años más tarde, un suplemento especial de un diario nacional sobre el mundo del cine, encarga el artículo sobre Billy Wilder al niño, ya joven adulto, que acepta encantado y aparece publicado un emocionado testimonio. ¿Hipocresía? Esto es lo que está sucediendo en los últimos años en el panorama poético nacional. ¿De quién hablo? No importa, no merece la pena.

jueves, 26 de febrero de 2009

Vuelven a aparecer en los suplementos culturales aparatos teóricos sobre el relato breve, el cuento, el microrrelato y todas esas formas de narración diferentes a la novela y cuyo único pecado parece ser ese, haberse diferenciado del sistema novela, de ese oficio literario a veces tan cercano al puro arte y otras veces tan cercano al marketing. Las formas de narración insurgentes en esta dictadura de la novela son casi un modo de transgresión, pues hace ya mucho tiempo que sabemos que a los totalitarismos los sostiene el mercado y que no hay mejor manera de hundir una iniciativa que acusarla de no vender. Sin embargo, es raro encontrar todavía en las publicaciones específicamente culturales, a estas alturas del siglo XXI, justificaciones en las que se acepta sólo a regañadientes que el relato breve es un género propio que nada tiene que ver con la novela y que está basado en otras técnicas, otro prisma. Estas mismas corrientes de pensamiento que se resisten a admitir las evidencias que la literatura les ofrece son las mismas que niegan el reconocimiento a talentos singulares de la narrativa del siglo XX. Sin negar su calidad (algo que sería absurdo), se mantiene el mundo académico y de la docencia universitaria en un limbo que no está sujeto a cambios y revisiones y cierra descaradamente sus puertas ante grandes personalidades que ni siquiera habían llamado a ellas, simplemente, se lo habían ganado escribiendo. Un claro ejemplo de esto que vengo diciendo es el de Julio Cortázar, atrevido, insensato y genial narrador argentino - europeo, que se atrevió a tener una carrera como relatista (palabra que me acabo de inventar por no escribir cuentista). Su atrevimiento le cierra las puertas de la academia y la universidad. Como intrínsecamente, se considera al relato un género menor, siempre se pone por delante de Cortázar algún escritor cuyo éxito esté justificado en otro género. El caso más claro es el de Borges. La cuestión sobre la calidad del relato breve está resuelta dentro del mundo de los buenos escritores hace ya mucho tiempo y este tipo de maniobras de inmovilismo responden a motivos meramente económicos y de mantenimiento de un status quo universitario. Por otro lado, creo que la falta de contenidos de los suplementos culturales, así como de creatividad e ideas de sus redactores, les lleva a volver sobre temas que están manidos, rancios de tanta repetición de argumentos. En mi opinión, ganarían mucho este tipo de publicaciones semanales acercándose a otro tipo de revistas de literatura y dando cabida en sus páginas a creaciones artísticas, poéticas, narrativas o artículos de fondo. La fórmula de la reseña superficial de novedades editoriales y el publirreportaje que toma como excusa publicaciones inmediatas me parece que queda muy lejos de sus posibilidades reales.

martes, 17 de febrero de 2009

Hace un par de semanas leí en Babelia, el suplemento cultural del El País, una columna interesante de Edmundo Paz Soldán. El sugerente título que llevaba el artículo era En la era anti-Salinger. Partiendo de una queja de John Updike sobre los compromisos a los que le obligaba su editorial en materia de presentación de libros y lecturas públicas, el texto argumentaba la desaparición de una época, de un estilo, de una forma de vivir la literatura en la que el autor huye del contacto con el público en general, elude ofrecer su testimonio directo sobre la realidad para dejar que sea la obra la que hable, la que conforme la imagen y el proyecto que se intentaba ofrecer al mundo. Al leer estas líneas, recordaba yo una confesión de Borges, su vocación de escritor como camino par el cumplimiento la ambición frustrada de su padre. Borges cumple así el destino que su padre no pudo o fue capaz de cumplir. Soldán nos enfrentaba en su columna a un hecho: hoy en día casi no puede concebirse una vocación literaria tan ermitaña, tan ensimismada, tan aparentemente lejos de los caprichos del mercado. Incluso, iba más allá y afirmaba que los encuentros, lecturas públicas, presentaciones y otros aderezos son un síntoma peligroso, son, en su opinión, la señal indiscutible de la necesidad que tenemos de defender la literatura, la escritura, la lectura y, por ello, si ha de ser defendido, deben ser malos los tiempos que corren para la creación literaria.
Desde mi punto de vista, la gran variedad de actividades de que se compone el mundo literario en general es, en su mayoría, una estrategia dirigida a la promoción y, por tanto, a la venta. Es cierto que todo aquello que salga de la escritura, la creación y la lectura individual y propia de cada lector es superfluo. Pero también es cierto que analizando estos fenómenos desde este punto de vista nos quedamos en los aspectos más superficiales. Este tipo de críticas, esta nostalgia de otras épocas en las que era posible el éxito desde la cueva, se llevan a cabo desde el campo de los novelistas, los niños y niñas mimados del mundo literario, los únicos que pueden aspirar a vivir de la literatura, los únicos que reciben el respaldo incondicional de editoriales fuertes, los que saben del negocio de las letras, los que reciben el cariño del público y son líderes en ventas y lectores gracias a la falta de formación de la población en general en materia de literatura. Desde este punto de vista y azotados por la reciente crisis económica y la ya larga crisis crónica a la que viene enfrentando la literatura en esta época de hegemonía visual y con la competencia de internet, es normal que tengan morriña de aquella comodidad, aunque muchos no la hayan experimentado. Los que escribimos poesía en cambio estamos acostumbrados a tener que defendernos de las críticas, incluso dentro del propio mundo literario, y somos conscientes de las diferentes vidas que tiene el verbo: intelectual, escrita, de viva voz, aclamado. Desde un principio, aceptamos el escaso valor mercantil de nuestros textos y acudimos de buen grado al encuentro con la gente para poder exponer nuestra mirada, la luz que alumbra el mundo en nuestros ojos.

viernes, 30 de enero de 2009

Hoy, día 30 de enero, como todos los años, se ha celebrado el día escolar de la paz y la no violencia y yo, por trabajar en el gremio de la enseñanza, no debo ni quiero ser ajeno a los actos y los recuerdos que acompañan a la fecha. Como todo el mundo sabe, la conmemoración está dedicada al recuerdo de Mahatma Gandhi que murió asesinado por un pistolero integrista un 30 de enero de 1948. La paz es incómoda. O, al menos, lo es para amplios sectores del poder político y el poder económico. La paz es un trabajo continuo, un oficio labrado día a día, una forma de posicionarse ante el mundo, la paz empieza por la posibilidad de una revolución personal, de una autorreflexión acerca de nuestros modos de pensar y hablar, una autocrítica sobre nuestro modo de actuar y sobre lo que nunca hacemos porque supone mucho esfuerzo, a pesar de la necesidad acuciante de acometerlo. Sí, la paz es tan incómoda que han sido muchas las víctimas de las ideas pacifistas. Pensemos en Martin Luther King, pensemos en Ernest Lluch. La paz empieza por las propias personas, por eso, la celebración del día de la paz en los centros educativos debería tomarse muy en serio. Si nos creemos con firmeza que estamos formando a los futuros ciudadanos, a los futuros votantes, a los futuros trabajadores y contribuyentes, la educación para la paz debería tener un lugar destacado en el currículum escolar, más allá incluso de las celebraciones en días puntuales. No podemos olvidar que los Estados están formados por personas y que son por tanto las personas quienes toman decisiones y acaban conformando lo que llamamos el destino del mundo. Por esta misma razón, además de preparar a los niños, tenemos que empezar a tomar las riendas de nuestro planeta, tenemos que empezar a exigir a los dirigentes públicos un claro posicionamiento en contra de la violencia y una firme resolución para acabar con los factores que deterioran la paz y las relaciones entre pueblos y comunidades. En la actualidad, hay varios frentes bélicos claramente abiertos en el mundo, además de otros muchos conflictos soterrados, como aquellos que se mantienen activos a pesar de precarios acuerdos de alto el fuego, los que tienen un nivel de actividad discontinua, así como zonas donde la convivencia es problemática y basta cualquier mínima chispa para desatar episodios lamentables y que deberían evitarse. Por supuesto, la paz necesita un escenario mundial sin conflictos armados, pero la paz no es sólo ausencia de guerra, como la salud no es solamente ausencia de enfermedad. No podrá haber paz en el mundo sin democracia, sin derechos humanos, sin reconocimiento del derecho a existir de todos los pueblos y culturas, no habrá paz en el mundo mientras haya privilegios, mientras el hambre se extienda de forma incontrolada, mientras no solucionemos el problema del agua. Estamos ante un camino largo pero que podemos recorrer, un camino en el que tenemos que librarnos de la desidia y el derrotismo y, por ello, esta mañana he celebrado con toda convicción el día de la Paz, con el deseo y la esperanza de encontrar eco en los muchos educadores que, desde nuestras pizarras, pedimos un día tras otro la paz y la palabra.

Con frecuencia, a los que nos da por la literatura y, en concreto, a los que nos da por incurrir en el terreno de la narrativa, nos encontramos con el famoso miedo del papel en blanco, la incapacidad para producir ideas ingeniosas, tramas intrigantes o que mantengan en tensión, personajes bien formados que no sean clones disfrazados del propio yo, en definitiva, la incapacidad de producir un discurso de lo subjetivo, un discurso creíble y que, durante el tiempo necesario para la lectura del relato, sea atrape por completo el foco de conciencia del lector. Porque, después de todo, en el pensamiento en general, pero con mayor incidencia en el pensamiento narrativo, las imágenes y el lenguaje son un todo indisoluble y me atrevo a decir que no es posible pensar sin palabras. El lenguaje es el responsable principal del pensamiento y por ello tienen una influencia tan grande las variables culturales en los procesos y los productos del pensamiento, toda vez que el lenguaje es el medio fundamental de transmisión de los patrones culturales vigentes en un tiempo y lugar de la historia. En este sentido, cuando, por arte de la inspiración o la lectura, se nos ocurre una genial idea. Ésta aparece ya encuadrada y e impregnada de algunas expresiones lingüísticas que reflejan el ambiente que se quiere transmitir. De igual forma, podemos pensar ahora en cuántas novelas hemos leído cuya trama principal es, prácticamente, la misma: el amor, el exilio, el paso del tiempo, la infancia. Sin embargo, lo que hace de una novela una gran obra es la forma en que está escrita, el flujo discursivo de un escritor que, por suerte, quedó plasmado en papel y ha llegado a nuestros días. En los aficionados a escribir literatura, la enfermedad de la lectura se ha hecho fuerte y esto nos ha provocado una nueva dolencia, la escritura. Intentamos escribir y escribimos con la cabeza llena de Rulfo, Cortázar, Borges, Umbral, la última novela que nos traemos entre manos, y a menudo eso nos hace ser malos emuladores de aquellos a quienes tanto admiramos. Sabemos que es necesario tener maestros, pero necesitamos desligarnos de ellos. Queremos escribir nuestra obra, nuestra gran obra, sin darnos cuenta de un hecho clave: los mejores escritores son los que han sabido reflejar su época en las historias que escribían, sin hacer panfletos, sin confundirnos con el periodismo, sin caer en un excesivo autobiografismo. Por ello, hoy me gustaría pedir que miráramos a nuestro mundo, a estos días que nos toca vivir, al agotamiento de los modos de vida que nos ha impuesto la libertad total de mercado, al exceso de información que está haciendo del conocimiento una superficial información, a las conquistas en derechos civiles que dan cierta esperanza a este mundo, al juego al que sometemos a las personas de los países empobrecidos, a la decadencia violenta del machismo, a toda esa generación de personas en torno a los cincuenta años que se ha pasado la vida trabajando, sirviendo a sus padres y a sus hijos y ahora ve peligrar su jubilación por gracia de una crisis financiera con la que nada tienen que ver. En todas estas brechas de existencia está una de las grandes novelas de nuestro tiempo, siempre que seamos capaces de sustraernos de lo panfletario y lo vanal.
A pesar de las gloriosas navidades que todos seguro habremos pasado, unas navidades en las que no pueden faltar los excesos en la dieta (tanto que la palabra dieta me parece completamente absurda). A pesar de la persistente tristeza, que siempre aparece en determinados momentos de las fechas señaladas por mucho que nos hagamos firmes propósitos de felicidad o tratemos de mantener la mente ocupada con ayuda de la vida social y de la neuroquímica. A pesar de la vuelta al trabajo y de los síntomas que nos provoca la profesión, que no perdonan, que nos inducen una sensación de estar atados en corto y nos recuerdan constantemente dónde está nuestro principal instrumento de trabajo. A pesar de tener que soportar de manera inmisericorde la proclamación empalagosa y constante de nuevos héroes, mitos y genios de la canción, las letras y el celuloide, tendencia que se ve aumentada con la llegada de la Navidad, el incremento del consumo y los recurrentes intentos por revisar y resumir el año que se escapa. A pesar de todo, tenemos el derecho y la obligación de reponernos, de mirar al mundo de frente y preguntarle a cada mañana por qué hoy no puede ser un buen día. Hace unos cuantos días el discurso de toma de posesión de Obama me hizo recordar que el destino tiene parte de trabajo, que la fatalidad tiene mucho de actitud voluntaria, que el azar es casi siempre producto de negligencia o pereza, que la vida cambia gracias a nuestras acciones y omisiones, que no debemos mostrarnos derrotados por la crisis o por dramas como el de Gaza, sino encararlos y asumir que son luchas a largo plazo. En el terreno cultural, para salir de la crisis en lo cotidiano y lo afectivo, yo propongo los clásicos del siglo XX. No niego el valor de las novedades, pero no debemos olvidar que novedad no tiene nada que ver con bondad o con calidad, aunque rimen descaradamente. Alguien escribió alguna vez que el problema de los suplementos culturales de la prensa es que encuentran un gran libro todas las semanas. Esta frase resume con claridad lo que quiero decir. En definitiva, la calidad es un camino que se recorre con esfuerzo y motivación y su reconocimiento requiere cierta perspectiva temporal que nos permita apreciar la imagen más completa, ya que con frecuencia lo nuevo, el corto plazo, nos distorsionan la percepción (si no me creen pregunten a Vetusta Morla). Yo recomiendo para estos días fríos y difíciles a creadores que nos hagan pensar y nos ayuden a identificar de dónde venimos y cómo vamos: Miguel Hernádez, los Poemas Humanos de César Vallejo, Cernuda, Alberti, Gil de Biedma, Silvio Rodríguez, Ara Dinkjian (para las sobremesas), Nina Simone, Costa Gavras y ya me callo, lo prometo.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Carlos Paredes

Como contrapunto a aquella crítica severa a la cúpula de Barceló, os quiero hablar de Carlos Paredes, probablemente, el mayor genio en el arte de tocar la guitarra portuguesa. Según la fadista Misia, nunca abandonó su ordinario trabajo y, para sus actuaciones en directo, sólo cobraba el viaje y la estancia. Si queréis oírle, el título de la entrada es un link a youtube.

Diciembre

Me alegro profundamente de que sea diciembre y de este frío temible, de este frío que me deja casi engarrotadas las manos mientras voy tecleando con algo de prisa, de este frío que tiene mis nudillos convertidos en papel de lija y que sufro en la garganta y en los pies. A pesar de la cercanía de las Navidades, de su tristeza intrínseca, de su desaforada inercia consumista. Y digo más: a pesar de que quedan horas para que se encienda una vez más el alumbrado de las calles, esa aberración, ese despilfarro, que, si seguimos con esta carrera hacia lo absurdo llegaremos al punto de tener que apagar las luces en Navidades para hacer algo diferente durante las fiestas. Pues aún así me alegro. Y me alegro porque esta tendencia reciente del tiempo atmósferico español a los inviernos cálidos y a veranos insoportablemente largos (desde febrero hasta octubre en el peor de los casos), me estaba haciendo perder cierta esperanza de estabilidad del mundo en que yo he vivido desde siempre. Estos inviernos cálidos que hemos tenido en años anteriores eran para mí como un signo de muerte de un pasado reconocible y entrañable, en el que había días que no apetecía salir a la calle y eran unas claras invitaciones a la literatura. ¿Qué poemas pueden escribirse, qué libros pueden leerse sin un mínimo recogimiento, sin una mínima intimidad individual que no sea constantemente alterada por invitaciones a lo externo? Acabo de empezar a leer una novela muy apropiada en este momento y que, desde la página 30, ya me atrevo a recomendarla se trata de Nieve de Orhan Pamuk, a quién fue concedido el premio nóbel en 2006. En la novela, un periodista y poeta turco vuelve al pueblo donde pasó parte de su infancia, después de largos años exiliado en Alemania. Y vuelve para hacer la cobertura informativa de unas elecciones municipales con mucha tensión (el anterior alcalde ha sido asesinado), así como para escribir un reportaje sobre una oleada de suicidios de mujeres jóvenes. Supongo que quién me lea se estará preguntando por qué esta novela es tan apropiada. La respuesta es que, en la novela, la nieve no deja de caer y, como puede suponerse, la sensación de frío que transmiten sus páginas es evidente. Por si todo esto pareciera poco, el fin de semana que se aproxima es largo. Vino, café, estufa, manta, Pamuk. ¿Acaso hay un plan mejor?

viernes, 28 de noviembre de 2008

Complejo de Capilla Sixtina

Según podemos saber por lo que nos cuentan, tenemos que estar todos rebosantes de felicidad, en un estado de embriaguez celebrante ante la nueva situación del arte español en el mundo de la cultura internacional. Y es que la renovación de la cúpula de la sala XX del Palacio de las Naciones Unidas ha sido efectuada por el artista español Miquel Barceló, por lo que nuestro orgullo de nación debe estar inflado y bien reluciente. No parece que haya ningún inconveniente en esto, salvo que uno empiece a quitar la arena que tapa el resto de la noticia, que uno empiece a excavar bajo la retórica oficial y las sorprendentes imágenes de los medios de comunicación y descubra, en un gesto tan simple como leer un periódico que la reforma ha costado en total 20,35 millones de euros (3.385 millones de pesetas). Y, por si esto fuera poco, una parte de este dinero, en concreto, 500.000 euros ha sido sustraída de los Fondos de Ayuda al Desarrollo. No seré yo quién haga una crítica a la inutilidad del arte, al recorte económico a las actividades culturales en tiempos de crisis. Al contrario, adoro el arte, respeto profundamente la creación artística y creo que las civilizaciones no pueden desarrollarse por completo sin una adecuada evolución y consolidación cultural. Pero me parece que se puede hacer el mejor de los cuadros, la mejor de las esculturas, el mejor de los libros, la mejor de las películas, sin tener que derrochar 20 millones de euros. Y por supuesto, si se está convencido plenamente de lo que va a hacerse, no debe robarse el dinero de los Fondos de Ayuda al Desarrollo porque esto acaba por denigrar la actividad artística. Con esto no estoy diciendo que no pueda subvencionarse el arte, lo que estoy diciendo es que no debemos pagar los lujos del artista y menos con un dinero destinado a quienes más necesitan que se les ayude. Mi pasión es la literatura y, evidentemente, me gustaría disponer de una especie de excedencia pagada por el ministerio de Cultura durante la que poder dedicarme a la poesía. Pero esta idea es tan completamente absurda que mi cerebro la descarta automáticamente y pensar que esta excedencia me la pagaran con dinero destinado a los países sumidos en la pobreza me produce una sensación de asco absoluto. El representante permanente de España ante la sede europea de la ONU, Javier Garrigues, en un intento de poner fin a la polémica, justificó el uso de estos Fondos de Ayuda al Desarrollo por la contribución de la obra de Barceló a la promoción de los derechos humanos y el multilateralismo. Este argumento tiene tan poca base que no merece siquiera ser rebatido. Estaría bien que le preguntaran si esta obra promueve los derechos humanos a los fanáticos que han atentado brutalmente en la India, que se lo preguntaran a las muchas personas que mañana morirán por falta de recursos y nutrición. Estaría bien que le preguntaran si, al menos, conocen esta “milagrosa obra de arte pretendidamente democratizadora”. En conclusión, me parece que el mural pintado en la Sala de los Derechos Humanos y Alianza de Civilizaciones sufre de un claro complejo de Capilla Sixtina y nunca podrá librarse del recelo con que la miraran quienes sabemos de su injusta y desproporcionada financiación. La obra se verá afeada porque siempre la miraremos con los ojos, con las gafas de la dignidad.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Idealismo

Muchos de los que estamos ahora entre los veintipocos y los treinta y algo hemos pasado a lo largo de nuestras vidas algún periodo de gran idealismo, con pensamientos recurrentes sobre la injusta distribución del mundo, un periodo en el que, a pesar de la reducción progresiva de la militancia en partidos políticos de corte progresista y ONG de todo tipo, nuestra manera de escuchar música y los gustos musicales se vieron profundamente afectados, en algunas ocasiones de forma temporal y en otras de forma permanente. Y así a unos les daba por Carlos Puebla, a otros por el rock nacional de corte más radical de grupos como Soziedad Alkohólika, otros se centraban en grupos como Sepultura al tiempo que recuperaban el heavy metal de los 80 de formaciones como Iron Maiden. La música que se asociaba a los que pretendíamos tener una conciencia social era muy amplia y diversa e incluso a algunos nos daba por todo al mismo tiempo y de ahí viene el variopinto enfoque cultural que tenemos. Solamente existía un límite: la mal usada etiqueta de la comercialidad. Pero en el cajón de sastre que eran nuestras colecciones de cintas de casette grabadas (a ser posible de noventa minutos y con un disco por cada cara), había también lugar para la expresión de sentimientos, para el lenguaje poético, y este era el lugar donde los Extremoduro ocupaban un papel predominante. Durante años y para un número importante de jóvenes de mi generación y otras aledañas, las canciones de Extremoduro eran como una confabulación con uno mismo o con los amigos más cercanos, sabíamos las letras de memoria o casi y eran el mejor sucedáneo cuando no teníamos disponible un libro. Muchos pensábamos que aquello era literatura además de música rock. Y fueron saliendo discos y más discos y aquella emoción, que había sido tan grande, se iba diluyendo, debilitando. Algunos pensábamos que Agila, siendo un gran disco, flojeaba y el experimento con Fito y Manolo Chinato no salió demasiado bien. Esta pérdida de interés se fue haciendo más grande y llegó hasta el punto de no interesarnos por escuchar discos como Canciones prohibidas.
Y, de repente, estamos en 2008 y Extremoduro ha editado un disco nuevo que se llama La ley innata y vuelve la curiosidad por escucharlo quizá por la cita de Cicerón en la portada, quizá por esa estructura tan característica de las piezas de música clásica en torno a la que se estructuran las canciones. Siendo honestos, este nuevo álbum de Robe y compañía es un gran trabajo y se vislumbra un esfuerzo sincero en pro de la calidad y de cierta innovación. En una de sus canciones Robe dice: “Sueño que empieza otra canción / vivo en el eco de su voz”. Sirvan estos dos versos para establecer una conexión entre los aficionados a Extremoduro que fuimos y los que ahora somos.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Releo a Juan Ramón Jiménez después de un largo periodo de tiempo, en el que más que leerlo lo hojeaba. Si soy sincero conmigo mismo, y a estas alturas de la vida conviene serlo, mis lecturas de Juan Ramón se reducen a dos, ambas del mismo libro. La primera fue una lectura exploratoria, muy marcada por los catorce o quince años que tenía y por la obligación de aquella profesora de literatura. Fue una lectura superficial e incompleta, pero suficiente para que aquellos poemas dejaran una huella en mí que ha durado mucho. Y la prueba es la segunda lectura que estoy finalizando estos días, una lectura mucho más completa, después de tantos libros, de mi propia experiencia poética, con las gafas de estos 31 años y, consecuentemente, más satisfactoria. Han sido muchas las ocasiones entre estas dos lecturas en las que he creído estar leyendo, pero lo cierto es que faltaba un componente decisivo: la continuidad. Hasta en un medio tan aparentemente alejado de los hilos conductores y la secuencialidad narrativa como la poesía, la lectura no alcanza su verdadero sentido si no es continua, prolongada, si uno no se deja llevar por el cadencioso paso de las páginas. Y esto precisamente es lo que me estaba sucediendo: sólo leía poemas sueltos y tenía una fuerte tendencia a centrarme en la poesía anterior al Diario de un poeta recién casado. Es ahora cuando estoy superando aquellos prejuicios de poeta demasiado complejo, aquellas imprecisiones que me hacían ver en casi todos los poemas una temática amorosa, aquel miedo a no comprender que fundaba mi constante evitación del regreso a un libro ineludible para mí. Supongo que los ciclos culturales acaban por contaminar los ciclos personales, la intrahistoria. A punto de finalizar el trienio dedicado a las figuras de Zenobia y Juan Ramón Jiménez, se me agota la extensa antología de Cátedra que cayó en mis manos en 1992 y entiendo la magnitud de la deuda que tenemos los andaluces que sentimos de cerca la literatura con el poeta de Moguer.

Como todos los años, en esta edición del Premio Nobel hemos tenido sorpresa: el galardonado ha sido Jean-Marie Gustave Le Clézio y, por lo que parece, no se lo esperaba nadie. Como todos los años, la sorpresa tiene dos componentes: además del ganador, que el premio no se lo hayan otorgado a Mario Vargas Llosa. El escritor peruano es, desde hace varios años, un candidato a ganarlo o eso es lo que nos hacen creer los medios de comunicación, ya que el primer comentario cada año cuando anuncian el nuevo ganador es “Vargas Llosa tendrá que seguir esperando” y solo después de estas palabras se habla del nuevo ganador, su obra, su reacción ante el premio, su edad. Con los años el Premio Nobel de Literatura se viene especializando en el reconocimiento de escritores que, además de reunir la calidad de la obra y la entrega a la literatura, tienen un claro compromiso social con causas internacionales (este año se ha valorado especialmente el ecologismo de Le Clézio) o con la resistencia moral ante problemas propios de sus naciones o países (piénsese en Elfriede Jelinek). No podemos olvidar que estos galardones son producto de la última voluntad de Afred Nobel, inventor de la dinamita con un terrible remordimiento de conciencia por haberse enriquecido con un producto que se ha utilizado frecuentemente con fines violentos (o eso es lo que nos cuenta la leyenda). Si lo único que se premiara con el Nobel fuera la dedicación a la literatura y la calidad de la obra, ¿cómo se explica que el genio Jorge Luis Borges maestro en ensayo, poesía y narrativa no lo consiguiera nunca? Evidentemente, el compromiso social y político es un factor de peso en la concesión del premio y esto explica gran número de ausencias en el palmarés. Se me podría objetar que no lo han ganado otros grandes escritores que estaban fuertemente comprometidos social y políticamente. El ejemplo más claro en este caso es el de Julio Cortázar. Pero el gran maestro del cuento en la narrativa latinoamericana es un escritor que aún hoy no goza de un gran reconocimiento académico. Hasta tal punto es así que, en muchas facultades de filología, las asignaturas sobre narrativa o cuento latinoameriacano en el siglo XX suelen centrarse en tres o cuatro de sus personalidades, resultando Julio Cortázar el gran olvidado. Además, hemos de tener en consideración que la ideología de Julio Cortázar pudo resultar demasiado comprometida, o por decirlo de alguna manera, demasiado radical. Volviendo a Vargas Llosa, nadie se atreve a dudar del compromiso social del novelista. Pero sus amistades en la Fundación FAES y su aparente indefinición pública con respecto a la situación actual de los países latinoamericanos le pueden estar jugando una mala pasada. Resumiendo, el día en la Academia Sueca decida conceder el Premio Nóbel de Literatura a Vargas Llosa el sorprendido seré yo.