martes, 15 de noviembre de 2016

El libro de los regresos


Daniel Salguero es un crack. Lo afirmo así, sin rodeos. Y creo que, si fuera futbolista, no habría periodista deportivo capaz de negarle esta condición. Se dice esto de un futbolista cuando maneja las dos piernas, cuando es efectivo en el remate de cabeza, cuando es capaz de aportar tanto en defensa como en ataque, es decir, cuando su perfil no se limita a realizar una función microscópica y limitada, fruto de una especialización excesiva. El caso de Daniel es paradigmático, aunque la fortuna no le haya acompañado siempre en su relación con este caprichoso mundillo de lo literario, con las editoriales y con los premios. Su valía como narrador está fuera de toda dudas y así lo atestiguan libros como La barca está varada, Tersila o Sobre la imperfección de los cuerpos celestes. En cuanto a la poesía, Negación del paraíso, Las horas perdidas, Poemas a Aika Miura o Apuntes para un atardecer en Barzaj hablan por sí mismos, defienden a su creador sin necesidad de una labor crítica o hermenéutica. Incluso se ha atrevido con el teatro. De hecho, Los olvidados es uno de los libros de Dani de los que guardo un mejor recuerdo. A cualquiera que lea esta entrada le resultará evidente que la mayoría de estos títulos permanecen inéditos. No está mal recordar de vez en cuando que, hace muy poco tiempo, vivíamos un momento muy distinto al actual en lo que a actividad editorial y ritmo de publicación se refiere.

También será evidente para cualquiera que lea esto que Dani es, para mí, ante todo un amigo. Y que estos años de amistad dan para contar algunas cosas. Fue por el año 2000 cuando nos conocimos en una tertulia que se reunía en el bar Malacate. Aquella tertulia tuvo constantes altibajos y cambios de sede. Solíamos afirmar en broma (aunque en mi caso con cierto temor a que no fuera tan descabellada la idea) que todo bar o cafetería que eligiéramos para reunirnos acabaría quebrando a corto o medio plazo. Si nos dejamos guiar por la conjetura, contribuimos al cierre de, al menos, el Malacate, el Croxam (creo que se escribía así), el Ottawa, el Zorba y uno cuyo nombre italiano no consigo recordar (seguramente se me quede en el olvido algún que otro malogrado local). Por otro lado, tuve la suerte de colaborar con Dani en la última etapa de la revista La Cinta de Moebius y en el nacimiento y desarrollo del proyecto Psiqueactiva. Después de estos antecedentes, a nadie le extrañará que afirme que, cuando supe que Ediciones de la Isla de Siltolá iba a publicar El libro de los regresos, sentí una gran alegría.

El libro de los regresos es un documento fronterizo, un cuerpo que se mueve con una habilidad indescifrable entre dos polos definidos con precisión: la derrota y la esperanza. Porque nadie puede negar el carácter de derrota que caracteriza a la existencia. Y, así, Dani Salguero nos muestra cómo la extrema belleza de un libro, que nos hizo llorar, puede ser fulminada por el tiempo. El poeta nos hace conscientes de las condiciones de nuestra vida, una vida que se desarrolla en desiertos “que separan al individuo de la persona”, una vida en la que la tristeza es consecuencia de un proceso de aprendizaje y, por si fuera poco, está “injertada en nuestros genes por los amos, los lobotomizadores sonrientes de la ventana de los suicidas.” Todo parece estar manchado por esa sensación de asfixia existencial: el reloj de la tarde funciona con un mecanismo de cansancio, se puede sentir nítidamente “la certeza de la pérdida de esas cosas que nunca hemos tenido” y, por ello, “es necesario, más necesario que nunca, huir hacia ninguna parte... Deshabitar la conciencia, apaciguar el alma”.

Y, sin embargo, hay un atisbo de esperanza: la esperanza de alguien que conozca el rumbo y nos guíe, el vértigo de saber que la vida entera cabe en un solo instante. Porque el tiempo puede aún conceder una tregua, porque se puede encontrar la voz capaz de renombrar las cosas, porque (aunque solo sea de forma momentánea) podemos experimentar la sensación de “que huye el tiempo y las horas nos temen... Ahora que somos más que dioses y la doble negación de un verso nos reafirma.” Es en la otredad complementaria y específica del amor, en la presencia del cuerpo amado, en la promesa de su desnundez, donde se puede hallar la manera de “caminar limpio de miedos, dudas y tristeza.”

Escribir poemas no deja de ser una labor de construcción de un discurso, una forma de conocimiento, un modo de interpretar la realidad. Por ello, celebro los libros que me hacen consciente de ciertos hallazgos semánticos o que reafirman aquellos que tengo como verdades innegociables. El libro de los regresos es una buena muestra de lo que quiero decir. En él, el rol del poeta que se propone de forma implícita no es el de juez (un error frecuente en quienes escriben desde la soberbia). El poeta no puede dejar de ser lo que, en las Ciencias Sociales, se llama un observador participante: “jamás volverán, porque han muerto... están muertos y no lo saben, y no lo sabemos...” A medida que leemos, descubrimos que regresar y volver son verbos mentirosos: “El horizonte sólo tiene un rostro y nos miente con su imposible canto de regresos.” Y, aunque fuera remotamente posible, volver nunca es una garantía, no supone jamás un verdadero regreso. Como apunta el poeta con lucidez, los lugares del pasado, cuando no confundimos el camino de regreso, son la constatación de lo que el tiempo nos arrebata: “Están ante las ruinas de todo cuanto perdieron y creen haber recuperado lo que les ha arrebatado el tiempo.” ¿Y la memoria? ¿Qué podemos decir de la memoria? Espero que me disculpen la osadía, pero me atrevo a dar una respuesta: como todos sabemos o deberíamos saber, nuestra memoria es una reconstrucción que se actualiza y se modifica cada vez que narramos un recuerdo.


No se agota el dominio de esta obra en los simples comentarios que suscribo. Compuesto por poemas en prosa, su lectura va descubriendo imángenes, sugiriendo asociaciones, obligando al lector a desplegar sus pensamientos y revisarlos. Cómo no sentirse impelido a repensar el propio sistema axiológico cuando leemos que el olvido es la única patria posible y verdadera, que la luz vacía es el verbo con el que se expresan todas las cosas, que el amanecer nos hiere al pronunciarnos, que el tiempo es siempre la enfermedad, nunca una cura. Sí, no quiero que pase desapercibido: El libro de los regresos está construido con poemas en prosa y con un respeto absoluto a una tradición no siempre valorada de la forma en que se merece. Daniel Salguero ha sabido aprender las lecciones de maestros como Charles Baudelaire, Julio Cortázar y Francisco Umbral. Supongo que habrá quién siga atreviéndose a discutir la posibilidad de que puedan escribirse poemas en prosa. Es muy libre de hacerlo. Pero antes le sugeriría que hiciera una visita al Cementerio de Montparnasse y al Cementerio de la Almudena, le recordaría que, de cuando en cuando, conviene mostrar un mínimo de respeto.

martes, 1 de noviembre de 2016

Una nueva reseña sobre Además del llanto

Miguel Arias ha tenido la amabilidad de dedicar unas palabras a Además del llanto. Se puede leer AQUÍ.

martes, 25 de octubre de 2016

Antología Alienígenas

La Antología Alienígenas es ya una realidad. Podéis conseguirla a través de La taberna del Libro pinchando AQUÍ. De momento, os dejo una foto de la cubierta:



domingo, 23 de octubre de 2016

Noveno Encuentro de Verdes Escritores y Escritoras

Soy un tipo con suerte. Uno de mis poemas ha sido seleccionado para formar parte de la Antología que se publicará con motivo del Noveno Encuentro de Verdes Escritores y Escritoras de Moguer. El libro se presenta el martes 25 de octubre a las 20:00 en la Biblioteca Provincial de Huelva. Podéis encontrar más información sobre el evento pinchando AQUÍ.




La presentación es sólo el punto de partida de toda una semana de actividades y propuestas culturales. El sábado, a partir de las 19:00, estaré en la Casa Museo Zenobia - Juan Ramón Jiménez participando del Encuentro. Se puede descargar el programa completo AQUÍ.

domingo, 16 de octubre de 2016

Una tendencia que se sigue confirmando

Me ha sorprendido mucho la rabia con la que se está respondiendo en redes sociales a todo el que se atreve a cuestionar la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan. Especialmente, porque en la mayoría de los casos, se parte de la base de que cualquier cuestionamiento del premio es un ataque al propio Dylan. He llegado incluso a leer que los que no estamos de acuerdo con esta decisión no sufrimos más que un cabreo. Sinceramente, pienso que quienes están manifestándose en estos términos no han llegado a entender (ni lo pretenden) los argumentos que se ofrecen. Evidentemente, Dylan no es el problema. Como figura cultural, no se puede dudar de sus méritos y del enorme consenso que puede aglutinar cualquier reconocimiento en forma de premio que se proponga. El problema es que se la ha dado un premio de prestigio y fama mundial que está reservado al ámbito de la Literatura y no al de la Música. No tengo nada que reprochar al premiado. Mi reproche se dirige hacia la Academia Sueca. En cuanto al supuesto enfado, poco puedo decir. No recuerdo haber sentido ningún tipo de ira, ni siquiera una especial sorpresa. Bob Dylan llevaba mucho tiempo en las famosas quinielas y, por tanto, no me sorprendió demasiado la concesión del premio, como a nadie podrá sorprenderle que algún año lo termine ganando Murakami y como tampoco fue una sorpresa que, finalmente, el galardón recayera en Vargas Llosa en el año 2010. Probablemente, este improvisado e innecesario batallón de defensa de Bob Dylan está constituido, sobre todo, por los mismos que, año tras año, se dedican a menospreciar el premio cuando recae en el Mo Yan o la Hertha Müller de turno. El premio solo parece ser respetable cuando se conoce el ganador o, al menos, suena de algo. Es curioso que los mismos que ahora acusan de tener una visión estrecha de la Literatura y de la Poesía al primero que se menea estaban bien calladitos hace ahora un año cuando surgieron algunas voces críticas después de que se anunciara que la ganadora era una tal Svetlana Aleksiévich.

Si alguna emoción se parece a lo que siento después de conocer la noticia, es la tristeza, esa tristeza leve que nos domina cuando percibimos que se impone algo, que hay algo que va cambiando en una dirección que no nos gusta y, sin que podamos hacer nada por modificar las cosas, cada nuevo hecho parece consolidar y confirmar lo que tememos. Desde hace ya muchos años, vengo percibiendo que la lectura y, más concretamente, la lectura de Literatura está sufriendo un progresivo desprestigio. Está claro que la afición por la lectura no crece por mucho que se haya consolidado, al menos en nuestro país y en los de nuestro entorno, una Educación pública y obligatoria. La gente no compra libros y, por supuesto, no lee, pero esto se agrava cuando, además, viene imponiéndose socialmente una percepción de la lectura como una actividad inútil y, más concretamente, de la Literatura como una soberana pérdida de tiempo. No hace muchos años, era común encontrar entre la gente que abiertamente admitía no leer un respeto reverencial por el libro, por los lectores, por la figura del escritor, por la Literatura en general. Hoy parece que las cosas han cambiado. Desde mi experiencia como maestro, tengo la desgracia de experimentarlo cotidianamente. En este sentido, me resulta desolador escuchar cómo muchos de mis compañeros de profesión admiten sin rubor que no leen nada. En alguna ocasión, incluso le oí decir a un maestro que, desde que existen el rap y la HBO, la lectura es una actividad innecesaria. Y esto sucede en la escuela, una institución en la que uno de los objetivos más importantes ha sido desde siempre el aprendizaje de la lectura, el fomento de una afición a los libros, el uso de la lectura como una herramienta indispensable en una gran variedad de situaciones.

El pasado jueves, la Academia Sueca, sin pretenderlo, dio un apoyo implícito a esta tendencia: nos dijo a todos que, en estos tiempos que corren, para acceder a la Gran Literatura ya no hace falta leer libros, para poder apreciar la Poesía ya no hace falta leer poemas. Si quedaba alguna fecha en el calendario en la que la Literatura era portada de la prensa, era el día en que se anunciaba el nuevo Nobel de Literatura y quizá el día de la ceremonia. Si quedaba algún premio que seguía concediendo prestigio a nivel mundial, al menos por un día, al oficio de escribir y a la devoción de leer, ese era el Nobel de Literatura, pero el jueves se anunció que ya no hace falta escribir libros para ganarlo, que ya no hace falta dedicarse a la Literatura para formar parte de su polémica lista de agraciados. Por si no fuera suficiente, Bob Dylan fue premiado en calidad de poeta y es, precisamente, la Poesía la más denostada de las artes literarias, la más acusada de inutilidad. La música no necesitaba un Premio Nobel de Literatura, de la misma forma que la Literatura nunca necesitará o reclamará un Grammy o un disco de oro. La Poesía, sin embargo, siempre necesita un Nobel. En las cada vez más escasas ocasiones en las que se concede el premio a un poeta, los lectores de Poesía encontrábamos una suerte de satisfacción, un motivo para celebrar algo difuso, un reconocimiento de nuestra militancia de silencio. Porque la Poesía necesita, ante todo, silencio, un silencio que cada día es menos respetado y más incomprendido. Las canciones de Bob Dylan no son poemas y les hacemos un flaco favor otorgándoles esa consideración. Aunque no puedo negar los excelentes puntos de fusión que la Poesía encuentra con otras artes y disciplinas, tampoco puede negarse que existe un ámbito específico y definido para la Poesía. Desde hace ya muchos años, no paran de intentar convencernos de que, por el bien de la Poesía, para hacerla más atractiva al público en general, tenemos que incluir en ella disfraces, músicas de fondo, chistes, juegos de ilusionismo, vídeos de contenido incomprensible y una larguísima lista de efectos especiales que ha fracasado objetivamente en su intención y que, probablemente, sólo ha tenido como consecuencia una pérdida progresiva del prestigio que alguna vez tuvo el arte poética.

Me gustaría pensar que todo este panorama social y educativo no tiene nada que ver con la concesión de un Nobel de Literatura a un artista cuya obra no nos exige lectura, no nos exige silencio. Me gustaría no relacionar todo este catálogo de despropósitos con el hecho de que cada día escuche en la radio un anuncio sobre un certamen que pretende homenajear a Cervantes, pero que consiste en una competición de hip hop. Me gustaría, pero no puedo. Porque lo cierto es que pienso que todos, con acciones u omisiones, hemos contribuido de algún modo a mostrar cierta empatía por aquellos que dicen no leer nada porque no tienen tiempo, todos hemos contribuido a ser condescendientes con los que opinan que “los Clásicos son un coñazo” sin haberlos leído (ya sea por pereza o por negligencia), todos hemos contribuido a rebajar nuestras expectativas de lectura sobre los niños y adolescentes que están en el periodo de escolarización obligatoria y a cambiar los libros que se recomendaban habitualmente (de un valor literario contrastado) por títulos descafeinados e insignificantes en nombre de un mal entendido acercamiento al interés del menor. Parece que se nos olvida que todo es susceptible de ser educado. También, los intereses y los gustos.

Por todas estas razones, no puedo ver en la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan más que una noticia negativa, ya que supone, desde mi punto de vista, una nueva confirmación de esta tendencia que, poco a poco, va despojando de Literatura a la Literatura y, de un modo más claro y violento, va despojando de Poesía a la Poesía. Creía vivir en un mundo en el que cualquiera podía escribir bien, publicar e ir dando lecciones de poesía joven, fresca y contemporánea sin necesidad de esforzarse demasiado ni, por supuesto, preocuparse por leer algo más que los posts de los amigotes en Facebook. La situación era mucho más grave de lo que imaginaba: hasta el jueves no sabía que la Poesía no necesita poemas, no necesita libros, no necesita lectura. En los últimos años, bajo la etiqueta de Poesía convivían a codazos demasiadas cosas. La concesión del Nobel a Bob Dylan sólo puede ser una buena noticia para aquellos que quieran exterminar definitivamente cualquier resto resto de auténtica Poesía que aún sobreviva al amparo de aquella vieja etiqueta.

martes, 5 de julio de 2016

Dos libros de Javier Sánchez Menéndez

Con motivo de la presentación en la Feria del Libro Huelva, de sus libros Confuso laberinto (Renacimiento) y El libro de los indolentes (Plaza y Valdés Editores), Javier Sánchez Menéndez me pidió que dijera unas palabras a modo de introducción del acto. Retomando unas cuantas notas y añadiendo algunas impresiones que surgieron de escuchar a Javier, he redactado esta entrada para el blog. Espero haber sabido rescatar, al menos, una parte de la hondura del pensamiento que está recogido en ambas obras:

Es una suerte que te inviten a presentar el libro de un amigo. Y afirmo esto porque, normalmente, en una conversación informal entre amigos está excluido el elogio y, ante el más mínimo asomo del mismo, el elogiado siempre trata de interrumpir o desviar el curso que toman las palabras del elogiador. Sin embargo, en una presentación, no le queda otro remedio que oírlo y, por ello, quiero empezar manifestando que Javier Sánchez Menéndez es un escritor de una lucidez que está al alcance de muy pocos, así como un modelo de ética tanto en lo creativo como en lo profesional (que abarca, entre otras cosas, su encomiable faceta de editor). Y esta actitud de frenar el elogio revela que sus libros están escritos desde la coherencia, desde una verdad propia que salpica muchas de sus páginas y de la que podemos encontrar una clara muestra en el fragmento número 30 de “El encuentro en Camarinal” (la primera parte de El libro de los indolentes): “El mérito del poeta radica en la humildad.”

El libro de los indolentes está formado por fragmentos, aunque, tal vez, convendría llamarlos trechos, a la manera de Pessoa. Yendo un poco más lejos, no sería descabellado afirmar que existen claros paralelismos, coincidencias, entre la estructura del libro que nos ocupa y la del Libro del desasosiego. A medida que la lectura nos permite ir desvelando alguna de sus claves, hay algo invisible, inexplicable, en El libro de los indolentes que nos lleva de forma irremediable a recordar la obra de Pessoa. No estamos, desde luego, ante la canción del verano y escribo esto desde mi más profundo desprecio hacia ciertas formas de la cultura de masas, así como desde mi respeto absoluto hacia ciertas formas de escritura. Estamos ante un libro que no reparte estribillos y eslóganes fáciles que podamos reproducir ante cualquier circunstancia y que acaban por quemarse con gran facilidad. Es, precisamente, lo opuesto lo que encontramos al sumergirnos en su lectura: un libro que requiere un compromiso inelectual del lector, un esfuerzo que nos lleve a entender que: “También vivir precisa de epitafio.” O, sencillamente, un carácter activo que nos ayude a descubrir que: “Donde empiezan los actos acaban los pronombres.” En muchos de sus fragmentos, la voz que construye el discurso nos hace pensar en la labor de un cartógrafo que delimita las fronteras de la auténtica poesía y denuncia el comportamiento de los no poetas, de los siniestros, de todos aquellos que “tratan de apoderarse de la belleza marchitándola.” Cargado de un profundo simbolismo numeral, se trata de un libro que, a mi entender, ofrece vías para la reflexión sobre el proceso de escritura. Los fragmentos que lo componen están plagados de referencias en este sentido, como cuando se afirma que: “La poesía es el camino que nunca finaliza”. En la mísma línea y más centrado en los productos, en los hechos concretos, se nos dice: “Un poema auténtico está cargado de interrogaciones, de manchas de tinta.”

Confuso laberinto forma parte de Fábula, un conjunto de diez libros que tratan sobre la relación entre la vida y la poesía. Según el propio autor, es un manual sobre la contemplación, en el que se nos invita a observar las realidades, los paisajes que atravesamos cada día, como si estuviéramos viéndolos a camara lenta. La intención no se esconde. CONFUSO AL FIN Y AL CABO comienza con la siguiente declaración: “He aprendido a observar aquello que no se puede ver.” Los textos que conforman el libro se acercan al poema en prosa y giran alrededor de varios ejes. En SIN SER YO MISMO, el que abre el libro, se aborda el tema del doppelgänger como un hecho: “La vida es un portal donde todos los seres disponen de sus dobles”. La posibilidad del diálogo con los muertos, con aquellos que forman parte de nuestro pasado, está muy presente en muchos textos como EL ALMUERZO CON BARRIE, EL SENTIDO DE LA TRADICIÓN (GRETE GULBRANSSON) o EL BASTÓN DE MADERA, entre otros. Hay, sin embargo, un fragmento que me parece especialmente significativo de esta tendencia en LA IMAGEN ESPANTOSA:

“Ya hacía años que había fallecido cuando la encontré en el autobús. Sin miedo que escandalice levantó la cabeza y respondió a mis preguntas.
Juana estaba en el laberinto y en él permaneció. Al igual que mi padre, JRJ, Barrie, Meredith o Francisco Imperial. Algunos otros aparecieron como espectros.”

Confuso laberinto es también la constatación de una inacabable capacidad de asombro ante la naturaleza. Así, en REVUELO, se nos hace conscientes de la actividad de un pájaro: “El pájaro persiste, lo intenta, no se cansa.” Las nubes son también una fuente de estímulo y consuelo, como puede deducirse en BELCEBÚ: “¿Alguien ha visto alguna vez una nube con forma de poema? Una nube bellísima. Aparece en la tarde.” Parece, en definitiva, que la escritura de Javier Sánchez Menéndez quisiera aprehender la naturaleza en algún verso (en NEVILLE escribe “Cuando veo una hormiga que está dentro de casa, tomo el cuaderno negro, el de las tapas duras, e intento que el verso ahonde el propio reflejo”) o, al menos, extraer de ella alguna enseñanza, algún ineludible aprendizaje (POEMAS EN LA TARDE es, en este sentido, un texto revelador: “Hay poemas que no se acaban nunca. Otros nunca serán poemas”).

Bien es sabido, por otro lado, que cada lector encuentra lo que quiere, lo que anda buscando de forma implícita o explícita. Y yo, que no pretendo escapar del filtro de mi atención selectiva, he visto en Confuso laberinto un libro muy encaminado también al análisis del proceso de creación poética. Sus páginas están tan repletas de sentencias irreprochables que se podría construir un programa de vida haciendo un collage de distintos textos. Empiezo por el final: en el EPÍLOGO, podemos leer: “Seguir, seguir haciendo algo. No parar, pasear, leer, escribir, amar a la poesía.” La confesión que encontramos en REGISTRO da una idea muy clara del posicionamiento vital del poeta: “En la poesía encuentro el universo entero y todo el proceso de la creación.” Pero la poesía tiene sus exigencias: soledad, lectura, silencio. Así, en GORGIAS, Javier Sánchez Menéndez escribe: “Los libros no se leen, se desmenuzan. Y eso es cuestión de tiempo.” Y en NICANORIAS: “En el silencio la voz se funde en las estrellas.” La labor del poeta está la búsqueda de la búsqueda de sus inclinaciones, así como en el rescate de los matices a través de la contemplación y el pensamiento. “Cada una de las elecciones que permite la vida es una inclinación” apunta en COMO TODAS LAS COSAS DE LA VIDA. Más claro es, según mi parecer, INCLINACIONES un texto del que puede desprenderse toda una teoría de la literatura. En él, se define la identidad del poeta en relación a las tareas que debería imponerse: “La identidad del poeta pasa por sus inclinaciones, repletas de matices.” Y, más adelante, casi en final, encontramos otro concepto nuclear: “Las calles están repletas de desvíos. Y un desvío es confusión.” Porque, después de todo, es decisivo huir de los desvíos, de todo aquello que lleva a la vida y a la poesía muy lejos del centro que el poeta debe buscar.


Me dispongo a acabar y siento ahora la necesidad de volver brevemente al comienzo, de volver a afirmar la coherencia y el trabajo honesto que caracterizan a Javier Sánchez Menéndez, extremos que no necesito justificar ya que están demostrados en libros como estos y en los muchos que, afortunadamente están por venir. En OTRA PUERTA DE ENTRADA, otro de los textos de Confuso laberinto, se establece que: “La verdad del poeta se encuentra en su trabajo.” Nada que añadir.

jueves, 31 de marzo de 2016

Lo de siempre (disculpen mi osadía)

La poesía es siempre un hecho estético. Supone la traducción de una luz, una impresión, una intuición, al mismo lenguaje que nos sirve de comercio cotidiano. Esto hace que la poesía sea también un acto comunicativo. La traducción, como es sabido, siempre supone una pérdida. Por ello, el uso de la etiqueta “poesía pura” para identificar un determinado tono o estilo siempre me pareció un abuso del adjetivo. Otra consecuencia evidente, por otra parte, es que la poesía no puede pretender la objetividad de una fotografía, ni puede aspirar a ser una crónica en un sentido estricto. Toda poesía, como toda literatura, implica siempre una reconstrucción, una interpretación de lo que llamamos realidad. 

sábado, 5 de marzo de 2016

Moreno, Carrasco, apocalipsis

Está muy claro que la narrativa española tiene el futuro asegurado. Y escribo esto porque, desde luego, el presente da muestras de gran consistencia. Al menos, eso es lo que pienso después de haber leído recientemente dos libros con todo el interés que, sin duda, merecen. Se trata de Por si se va la luz de Lara Moreno y de Intemperie de Jesús Carrasco, dos novelas que derrochan talento y que, a mi entender, comparten (casi) una especie de tendencia estética. Soy muy poco original ¿verdad?

Lara Moreno, a quien hace un largo tiempo que no veo, ha sido siempre una narradora impecable (su faceta como poeta la desconozco). Hace ya muchos años (más de diez) leí Casi todas las tijeras con la devoción de quien conoce la mano que está detrás de la tramoya. Ya entonces podía intuirse a la escritora que es hoy, una escritora que se reafirma en su cosmos creativo, una nieta literaria de Cortázar (dicho sea con el respeto y el aprecio que le tengo a ambos) . Por si se va luz es una novela que tiene la exquisita virtud del capítulo breve, ese recurso nada fácil de pulir que facilita al lector la sensación de bajada de escaleras, de un ritmo de lectura (muy distinto del ritmo narrativo de la propia novela) incapaz de detenerse y, al mismo tiempo, prácticamente imperceptible. El mundo que nos presenta es un mundo sin estructura y, como tal, capaz de desestructurar (no la recoge doña RAE, lo sé) cualquier vida individual y, consecuentemente, cualquier intento de vida colectiva. Hay una sombra borrosa que parece decidir o manipular gran parte de lo que sucede, la Organización, de la que no parece saberse nada con certeza, como tampoco parece saberse nada acerca de todo aquello que sobrepasa la realidad aislada de la aldea que sirve como marco espacial a las historias que se esbozan en el libro. Y es aquí, en esa incertidumbre, en esa aparente ausencia de sucesos, donde está el punto fuerte de la novela que narra el exilio autoimpuesto de Nadia y Martín. No hay tanta fortaleza, en mi opinión, en la construcción de los personajes que, a veces, parecen quedarse exclusivamente en el arquetipo para dar satisfacción a las necesidades que entraña el concepto, el significado, el objetivo implícito de la obra. El comportamiento sexual que se sugiere o se muestra en los personajes masculinos es una clara muestra, pero hay otras.

El libro de Carrasco es más directo. La huida de un niño de su pueblo, de su casa, de su padre, de la humillación, de las vejaciones, es narrada con la necesaria velocidad, con el vértigo de mirar atrás, con la agudización de la vigilancia, con un miedo creciente y creíble, un miedo capaz de alcanzar a cualquier lector. Con un paisaje casi invariable, aunque nada irrelevante, el relato está apuntalado por cuatro de sus personajes. El escritor consigue la implicación emocional y solidaria del lector con el que huye. Simplemente por esta razón, Intemperie es una novela elogiable. Sin embargo, hay más, pues Carrasco acierta planteando una historia con un claro desenlace (o así me lo parece). En una época en la que la literatura de prestigio, parece no conceder demasiada importancia a los desenlaces narrativos, Intemperie apuesta por dar satisfacción al lector, cuya curiosidad, como ya sabemos, no es fácil de saciar.

Se puede encontrar una gran de variedad de paralelismos entre ambas novelas, empezando por el más obvio: el escenario rural en el que se desenvuelven. Sin embargo, es en su tono apocalíptico donde, desde mi punto de vista, se puede constatar una mayor convergencia y, también, donde pierden parte de su poder de convicción para quien suscribe estas líneas. No tengo nada en contra de la literatura apocalíptica. Sin duda, es legítimo el intento de provocar en la audiencia sentimientos cercanos al asco, el intento de transmitir una angustia vital, esa actitud tan punk y desazonadora de negar la posibilidad de un futuro, una salida, una solución. Se echa de menos, en cambio, una mayor sutileza en la elección del lenguaje y en la presentación de las escenas.

Hace años oí decir a alguien que el cine sobre ángeles nació y murió en 1946 con Qué bello es vivir de Frank Capra. Aunque no quisiera caer en un juicio tan radical y exagerado, tengo que confesar que me pasa algo similar con este tipo de narrativa desde que leí el famoso Libro del desasosiego de Pessoa. En su fragmento 154, se dice únicamente esto: “El sentimiento apocalíptico de la vida.” Desde entonces, es difícil mantener ciertas actitudes en la escritura.

jueves, 14 de enero de 2016

Compinches de San Pedro y Ermita

Probablemente como consecuencia de algún reencuentro reciente, últimamente me asaltan recuerdos anecdóticos vinculados a aquel hábito (que tanto repetimos durante años) de beber en la calle sin demasiada mesura. Hablando claro: de aquellas noches de botellón. Es normal que nos gustara aquello, que no nos aburriéramos ni viéramos inconveniente alguno en nimiedades como el frío. Después de todo, nos estábamos apropiando del mundo o, más bien, de nuestra ciudad. Era una forma (tonta, sí) de reafirmarnos en un sentido social y personal. En el fondo, lo que más nos importaba eran los otros, el inacabable escaparate de gente que nos rodeaba. En el fondo (y creo que puedo hablar en nombre de muchos de mis amigos), lo que más valorábamos eran las horas de conversación, una conversación (claro está) estimulada por la característica desinhibición que el alcohol facilitaba.

Con toda seguridad, pequé de cierta pedantería en aquellos años en más de una ocasión, ya que recuerdo haber hablado mucho sobre política, libros, música y cine. Aunque eran la trochería y el chiste fácil lo que predominaba, es cierto que tenía (teníamos, no era el único) costumbres irrenunciables, como la de elevar a los altares de la música a bandas menores. Hay muchos buenos botones como muestra. Por supuesto, si incurrí en ciertas actitudes, lo hice de forma inconsciente. La adolescente necesidad de mostrar mi carácter cerebral me duró más tiempo del recomendado, pero creo que siempre me han controlado de forma suficiente cierta humildad y un gran sentido del ridículo.

Recuerdo que una noche cualquiera hablaba sobre cine con un conocido, uno de esos muchos conocidos a los que se veía de forma irregular durante el año y con los que se acababa hablando sobre cualquier cosa sin importancia. En un momento de la conversación, el tipo me pregunta por el título de una película. Confiando en que yo la hubiera visto, me espeta una expresión en inglés como pista que acabara evocando el dato que su memoria le negaba. Supongo que el recurso al inglés pretendía, además, dejarme claro que él la había visto en versión original. Yo no había visto aquella película y, como no podía ser de otra manera, eso fue lo que le dije. Su reacción a mi respuesta me sigue sorprendiendo unos catorce años después. Dijo, textualmente: “¡Qué asco de ciudad!” No escribo esto con la intención de hacer una defensa cerrada de Huelva. Tampoco lo hago porque recuerde el episodio como una “pedrada” a mi autoestima. De hecho, sí que recuerdo no haber entendido por qué su frase no fue “¡Qué asco de tío!” o algún tipo de referencia a mi analfabetismo cultural.

Pasó el tiempo y nunca vi aquella película. Al escribir estas líneas, he podido comprobar aquello de la poca fiabilidad de la memoria. Creía recordar aquella expresión en inglés y creía, por tanto, que sería capaz de encontrar su título con la ayuda Google para poder ilustrar esta entrada. Tampoco recuerdo muy bien si fue antes o después cuando supe de algunas otras historias esperpénticas protagonizadas por el mismo héroe. Sobre esas otras, como se puede entender, no escribiré nada. Sí diré, sin embargo, que sigo cruzándomelo de forma ocasional y, aunque sé que no es razonable, siento cierta lástima, cierta compasión. No sé si por la gratuidad de sus juicios o por su inevitable necesidad de resiganción.


miércoles, 13 de mayo de 2015

Circuito cerrado


Es evidente que la conducción de nuestro coche no debería convertirse en un lugar para la introspección. Es evidente y, al mismo tiempo, es inevitable que ocurra. Y la expresión de esta certeza a golpe de metros y ritmos es, sin duda, el mayor de los aciertos de Diego Vaya en su libro Circuito cerrado (Ediciones de la Isla de Siltolá). Dicen aquellos que estudian el comportamiento humano que este fenómeno se produce por la costumbre: la mecanización de unas acciones repetitivas deja un espacio libre a nuestros recursos atencionales, espacio que aprovechamos para pensar. Tomándome una licencia pessoana, me atrevo a afirmar que es entonces cuando somos capaces de abrir nuestros ojos hacia una ensoñación interior. Sin que nadie pudiera advertirlo externamente, nos estamos viviendo en otra forma, estamos recorriendo otro paraje, los contenidos de la conciencia van mucho más allá de lo que se ciñe, exclusivamente, al ámbito del tráfico y la circulación. No sé si (la primera de las secciones del libro y la que toma como contexto el coche y la carretera), fue concebida, inicialmente, como un conjunto de poemas fuertemente interrelacionados entre sí o como un único y extenso poema, pero en el lector queda la sensación de haber leído un solo poema o, incluso más allá, un manifiesto, donde los abajo firmantes (estoy seguro de que seríamos muchos) quisiéramos dejar constancia de que hay mañanas en las que nos depersonalizamos, en las que no podemos reconocer ni aquellos caminos que nos resultan familiares, en las que aquello que llamábamos nuestro mundo ya no nos pertenece y la angustia es un río que se desborda y: “La radio sintoniza el óxido y la niebla”. Y, así, se van desmadejando temas universales o borgianos (si acaso no es lo mismo) como la conciencia de un final o las concepciones esbozadas sobre el significado de la muerte. Y el rostro en el espejo o su confusión con el paisaje en el lienzo cristalino de la ventanilla nos lleva a la más común de la extrañezas que es la extrañeza propia. Puede intuirse que estas palabras son una defensa y, después de todo, qué otra cosa podían ser después de toparme en el poema con un verso que, para mí, es casi un axioma: “mi mente una cadena de montaje”. No sé si Diego está de acuerdo, pero este verso refuerza una imagen necesaria: la escritura es una acción constructiva, un ensamblaje de piezas que tiene, incluso, cierto componente matemático. Todo este artefacto expresivo, simbólico, va preparando el escenario para un final catártico donde el anhelo de la infancia (como un terreno virtuoso en lo sentimental y lo ético) ejerce su dominio.

El resto del libro, como la vida, tiene subidas y bajadas. En mi opinión o, más exactamente, en mi lectura, los poemas de la sección Domingo americano supusieron una especie de valle, aunque no me engaño y sé que esta percepción está sesgada por prejuicios personalísimos, temáticos en el primero de los casos (el poema que da título a la sección), referidos al tono en el segundo (Estar aquí) y en ROMA.JPG centrados en el uso de cierto lenguaje. No, por ello, dejo de ver los aciertos de un poeta que, indudablemente, sabe lo que hace. Así, en Domingo americano, se sugiere: “El aire es un incendio”. Probablemente, no hay mejor manera de evaluar el ambiente en el que se quiere desarrollar el poema. Poco después, nos arroja: “y la hierba creciéndome en la mente / y echando raíces en cada pensamiento”. Y nos lo arroja porque es consciente el poeta de la permeabilidad de todo sistema de ideas frente a las acciones cotidianas, frente al mero paso del tiempo. Por otro lado, Estar aquí es un poema que podría justificarse con su final. El toque banal, casi humorístico, que desliza el texto queda desdibujado, repentinamente, por esos tres versos finales que tienen una precisión de cuchillo inesperado: “y tan solo se mueve / el vacío dinámico del mundo / y siempre así, y es triste”. ROMA.JPG es la constatación de varias certezas: “Los datos del disparo son memoria”. Y no solo memoria. El soporte fotográfico, como cualquier otro soporte, es una prótesis, una estructura que apuntala el crecimiento de la cognición, de la identidad. También es innegable que la vida del turista es una tregua y que hay cierta nostalgia orteguiana en el afán inútil de capturar, de envasar al vacío y conservar, toda la ingenua alegría del viaje en una foto. En este sentido, el esfuerzo de Diego Vaya por sintetizar todas estas ideas es elogiable.

El último trayecto que nos hace recorrer Circuito cerrado es Helada, un poema elegido con acierto para cerrar este libro, un poema que nos sitúa en el escabroso escenario de un centro comercial. En un escenario como este, no es necesaria la militancia para apuntar que el cielo está gastado, que el verano no vuelve como en la infancia, que el suelo que pisamos son escombros. Con suma habilidad, el poeta identifica que “la gente y la vida y lo demás / son el ruido de fondo”. Y ese simulacro de existencia diseñado con cierto carácter anestésico, que rebosa de luz artificial y de música plastificada y pervertida es “una alucinación insoportablemente nítida”. Enfrentado a su propio rostro en los probadores, frente a la imagen repetida del mismo canal en incontables televisores, Diego Vaya nos alerta de que la angustia que late por debajo de las noticias infames y desgraciadas es la misma que subyace en los apocalípticos mensajes de cualquier loco inadaptado: en ambos casos, lo que se esconde detrás es la infranqueable inercia de un mundo que se autodestruye.

sábado, 21 de febrero de 2015

Salida de emergencia


Que no podemos escapar a lo que somos, que las decisiones ineludibles son también (y precisamente) irreversibles, que no tenemos más vida que la que masticamos tarde a tarde, son verdades que suscribiría, incluso, el mismísimo Fernando Pessoa en el más optimista de sus estados disociados de conciencia. Algunas verdades, sin embargo, no pueden ser simplemente enunciadas. Necesitan ser desentrañadas, explicadas a lo largo de un discurso de retórica oculta. Necesitan ser revestidas de un armazón de palabras que arrastre (más que cambiar) las convicciones más sólidas. Un esfuerzo semejante no parece al alcance de cualquiera. Manuel Moya, en su libro Salida de emergencia (Ediciones de la Isla de Siltolá), parece haberlo conseguido en un solo poema que supera los ochocientos versos. Porque Salida de emergencia no es otra cosa que la historia del poema que quiso ser libro, el testimonio de un poeta que parece haber recogido la herencia de la estrategia socrática para readaptarla y transformarla en un camino poético, un camino en el que el lector se dejará llevar sin objeciones a la conclusión que Manuel le guarda como última certeza. Es, pues, un acercamiento didáctico el que se nos ofrece. Una voz que deja traslucir a las claras que ha vivido, que ha vivido tanto como cualquiera que tiene algo que decir, es la que nos tranquiliza con un anuncio: “hoy vengo a contarte esas cosas que me pasan por lo adentro”. Es esta voz la que combina la firmeza (“ni siquiera esperar es ya un consuelo”) con la duda que parece revelar un agujero y que abre la puerta a una negociación (“Venía, digo, a contarte algo importante, urgente, inaplazable, / pero no sé, no sé, de pronto el cielo se ha nublado”). Se trata solamente de un recurso. Toda debilidad discursiva, aunque no sea explícitamente apuntalada, acaba haciéndose ridícula ante la creciente amenaza de una existencia monolítica, inmutable, una vida que es la nuestra y donde no existen las salidas de emergencia. No es una voz altiva, sin embargo, la que nos habla. Es una voz que, además de dejar margen al escepticismo, despliega con maestría un uso de las personas del verbo ante cuyo juego acabamos sucumbiendo convencidos. Las idas y venidas entre el yo y el nosotros, entre el ocasional trato de usted y esas terceras personas que pueblan el poema y le van dando forma, son el entorno en el que el poeta llegará, los lectores llegaremos, a una escena definitiva de confrontación.
La corriente de este poema – río se hace incontenible a partir de un verso (quizás el mejor del libro): “ventanas que no dan sino a sí mismas”. Se podría objetar que las ventanas nos ofrecen un paisaje y, por tanto, una posibilidad de fuga, aunque sea efímera, de nosotros mismos. Pero ¿acaso podemos percibir alguna realidad escapando de lo que somos o de nuestra conciencia? ¿No tenemos casi siempre la sensación de que el paisaje responde, en parte, a la proyección exterior del ambiente, ya sea intelectual o sentimental, que nos domina? Después de comprender que “el miedo viene de los huesos”, que la noche es un “tigre sin alma”; después de comprender “que la vida tiembla, duda, tiembla, porque nada hay que lo sea para siempre”, ¿qué nos queda entonces sino enfrentarnos a Dios? ¿Cómo evitar la tentación de acusarle de abandono? ¿Cómo evitar culparle de todo envilecimiento? Queda, así, justificado que se pierda el interés en hablar de la vida, condición inestable y caprichosa:

Qué importa, pues, la vida, y te comprendo,
si mañana una bala, un naipe, una cirrosis
nos alcanza en pleno rostro y el autobús no cambia al cabo,
ni su horario ni sus niños, ni sus baches,
ni su mugre, ni siquiera sus paradas.


Y aunque nos dejemos guiar por un tinte, una camisa, una cama, el pedazo de tierra donde echamos raíces, el pan que nos ganamos, la hipoteca, sabemos que “al fondo hay una puerta (ella te la va mostrando sin mostrarla) / donde todo sobra”. Finalmente, es así de sencilla la razón que nos lleva a admitir que no encontraremos “ni una maldita salida de emergencia.

miércoles, 14 de enero de 2015

Una columnita tardía

No soy, precisamente, un gran conocedor de Bolaño. Leí Estrella distante con placer hace ya muchos años (más de 7, de eso estoy seguro). Sin embargo, probablemente por influencia de las horas de conversación sobre libros con mi amigo Daniel Salguero, don Roberto es uno de esos escritores que me producen cierto remordimiento de conciencia. Cuando casualmente me encuentro con su nombre, me invade la idea superficial de tener con él una deuda permanente, una idea que se fundamenta en que aún no he leído Los detectives salvajes y en que algo me dice que, para bien o para mal, estoy llegando demasiado tarde a esa novela (casi un símbolo, casi un mito). Con este amasijo de pensamientos, empecé a leer Una novelita lumpen en busca de un poco de narrativa, algo breve que me permitiese distraerme de tantísimo Vallejo como llevaba encima, una de esas lecturas rápidas que, independientemente, de otro tipo de valoraciones dejan cierto sabor a éxito cuando están recién consumadas.

¿Qué pasaría si en este momento me sintiera tentado a poner el punto final? El interrogante con que comienzo el párrafo no es una broma. ¿Qué pensaría el lector de esta entrada si solamente dispusiera del primero de sus párrafos? Evidentemente, se trata de una pregunta retórica, una pregunta innecesaria que lanzo para que el lector comprenda la perplejidad que me invadió al llegar al final de Una novelita lumpen. La historia de orfandad y maduración prematura a golpes de realidad y crudeza que protagonizan Bianca y su hermano demuestra con claridad que Bolaño es un genio en el trazado narrativo de universos marginales y decadentes. El anonimato característico de un barrio perteneciente a una gran cuidad tiene como escenarios los que, sobradamente, conocemos: un videoclub, un gimnasio, una peluquería. Y el desarrollo de acontecimientos es el propio de una heredada tradición de picaresca y exaltación del personaje íntimo cuyas circunstancias le empujan hacia el delito y la degradación. Se describe con maestría un descubrimiento del sexo desde sus ángulos menos benevolentes y reconfortantes, un descubrimiento trágicamente prematuro del sexo como mercancía, como herramienta, como llave de acceso. Esta es la senda en la que se adentra Bianca, no sin cierto consentimiento propio, de la mano de dos borrosos gallos adictos al culturismo y del ser mitológico al que la conducen, Maciste, un semidios en franca decadencia, otro ciego que añadir al catálogo de personajes literarios que tienen la suficiente entidad como para encontrar un hueco en la memoria colectiva del mundillo literario. La relación entre Bianca y Maciste tiene un extraño magnetismo manchado de cierto asco para el lector. Probablemente ya exista, pero si no es así, alguna voz autorizada debería plantearse cierto análisis comparativo entre el episodio del ciego en “Lazarillo de Tormes” y el negocio carnal fuera de toda ética que se establece en esta novela entre el ídolo vencido y despreciable y la ninfa cruel y desvalida. Sobre esta sopa primordial, cae repentinamente un telón brusco y la novela termina sin desenlace y sin camino al desenlace. Como si yo decidiera...

No soy un experto en crítica literaria, ni creo tener una capacidad suficiente de análisis sobre estructuras narrativas como para poder emitir un juicio sobre esta novela o, más bien, sobre su desconcertante final. Sí voy a permitirme, en cambio, sugerir posibles explicaciones que me han inspirado un rápido y superficial repaso por la red. Según parece, se trata de una novela escrita por encargo de la Editorial Mondadori para ser incluida en una colección de libros relacionados con ciudades o ambientados en ellas. La historia transcurre en Roma y se han escrito artículos en los que se afirma que Roma es un personaje, que no podría suceder esta trama en ningún otro lugar e, incluso, que la visión desdibujada y fragmentaria que de la ciudad se ofrece es una especie de metáfora que refleja el oscuro tiempo al que nos ha conducido la globalización capitalista. En mi opinión, todos estos enfoques son muy respetables, pero demasiado optimistas en la atribución de intenciones semánticas. Aunque probablemente me equivoque, yo no veo en la Roma de Una novelita lumpen nada que vaya más allá de un topónimo usado como requisito. Y, por lo que se refiere a su final, me gustaría no estar pensando en las prisas con las que, demasiadas veces, se abordan los encargos. En cualquier caso (y tomándome la libertad de adaptar una frasecita de Borges), las opiniones sobre la novela contemporánea de un maestro de primaria no deberían ser tomadas muy en cuenta.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Too much happiness

Cuando año tras año se conoce al nuevo señalado por la Academia Sueca para ser distinguido con el Nobel de Literatura, no es habitual que una legión de periodistas, críticos, escritores y lectores anónimos lancen un unánime grito de aprobación y gozo e insistan en el mérito del afortunado y la justicia con que se repara tantos de años de olvido mediático. Por ello, cuando este improbable consenso se manifiesta, como ha sucedido con la narradora premiada en 2013, existe al menos una razón poderosa para confiar en el veredicto, para dar una oportunidad a una escritora a la que desconocemos. Mi experiencia con Alice Munro es de este tipo, se limita a su volumen de relatos Demasiada felicidad y me ha conducido sin rodeos a una conclusión rápida: si seguimos pidiendo a la narrativa aquello que le hemos pedido desde siempre, Alice Munro es una de las grandes voces contemporáneas. Los cuentos que componen Demasiada felicidad cumplen con exquisita rectitud el criterio de verosimilitud. Son trozos de vida, fragmentos de realidad biopsiada capaces de explicarse a sí mismos en forma retrospectiva, árboles de vivencias cuyas ramas crecen por igual hacia el pasado y el futuro de las biografías que desgranan. No degrada a los buenos cuentos su condición de ficciones. No importa que una historia sea fruto estricto de la imaginación, cuando la narración permite entender los olores, sentir la luz que no se describe, escudarse en el punto de vista de alguna de las mujeres que la habita. Y escribo mujeres porque Demasiada felicidad está compuesto de un conjunto de relatos cuya estructura se sustenta en la percepción, la acción o el mundo emocional de una mujer, incluso cuando no es femenina la voz desde la que se narra, como sucede en “Caras”. Al igual que en la esfera de lo que llamamos realidad, la narración no es condescendiente, no se endulza ni hace concesiones a las buenas conciencias. Como la vida, su curso es imprevisible, a veces henchido de belleza, a veces empapado de salvajismo. La crueldad, la infelicidad, el alivio de escapar a situaciones incómodas aunque no se hayan solucionado, forman parte incontestable de nuestra vivencia intelectual, con la misma fuerza que la esperanza, el deseo y la responsabilidad. Y Alice Munro es capaz de construir lecturas de consumo fácil a partir de todo este material humano. Se diría que, en la inmensa mayoría de los casos, solo le faltan a sus relatos para ser Historia (me refiero ésta vez a la disciplina social) el carácter veraz de los hechos y el foco sobre personajes relevantes en la época en la que la narración se desarrolla. Evidentemente, la referencia a la “mayoría de los casos” es intencional: “Demasiada felicidad” (el cuento con que culmina el libro y que le da título) trata sobre los últimos días de Sofia Kovalevski y, si yo tuviera que definirlo, diría que se trata de pura Historia, un género de Historia emocional, subjetivo, confesional, pero ante todo Historia. Hacía mucho tiempo que no lograba conmoverme hasta tal punto con la lectura. De todos los cráteres de la luna, el de Sofía es, sin duda, el que destila mayor tristeza.

martes, 27 de mayo de 2014

El alienista

A pesar de lo que afirma Massaud Moisés en el prólogo que encabeza la edición de Círculo de Lectores en la colección Estación Lectura, El alienista de Machado de Assis es una novela, micronovela si se quiere (ya que ahora parece que tenemos que remarcar de forma automática y obligatoria la independencia y la excepcionalidad de todo aquello que tenga la condición de breve y se mueva en el terreno de la narrativa) pero novela al fin y al cabo, al estilo clásico, con todos sus mimbres y cumpliendo la prototípica secuencia de introducción, nudo y desenlace. Con sencillez, el relato nos va llevando por los caminos de una comedia disparatada a la situación insostenible de una ciudad en la que parece haber más población dentro del recinto de la casa de Orates que fuera de él. El doctor Simón Bacamarte va dirigiendo sin darse cuenta el curso de unos acontecimientos que se desbocan al ritmo de los vaivenes sufridos por su propia concepción de la enfermedad mental y, complementariamente, de la normalidad psicológica. El alienista, como novela, cumple su función más estricta: divierte. La lectura de narrativa es siempre un instrumento evasivo. Cuando se mezcla con el humor, la narración está obligada a proporcionar entretenimiento y, en este caso, sin duda, lo consigue a través de la corriente de sucesos en los que desemboca cada una de las decisiones de su protagonista y, sobre todo, en la emergencia de los antagonistas, entre los que destaca un barbero que bien podría ser el líder de una revolución obrera.

Está claro que se han cometido actos de auténtica barbarie en nombre de la escabrosa necesidad de promover un pensamiento y un comportamiento normales, estandarizados. Está claro también que la normalidad es un concepto que no puede enarbolarse en la Psicología ni en la Psiquiatría. No necesito que nadie me recuerde la estigmatización que han venido y vienen sufriendo todavía toda esa pobre gente a la que se etiqueta como enfermos mentales. Y sí, sé que todo cerebro humano genera contenidos y tensiones de base psicótica, depresiva, obsesiva, contenidos y tensiones del ámbito de la Psicopatología y que, por tanto, son el núcleo de las llamadas enfermedades mentales. Siendo todo esto cierto, no es menos cierto que se hace muy poco por evitar el sufrimiento y la estigmatización trivializando y estereotipando la imagen del profesional de la salud metal, defendiendo una supuesta libertad de ser felices o infelices de otra manera, queriendo cerrar los ojos ante la gran brecha que se abre entre la indiscutible diversidad psicológica y la innegable diferencia que se percibe en aquellos que, como se expresa claramente en cualquier descripción de criterios para el diagnóstico psicológico, presentan unos síntomas que les causan un gran sufrimiento y les impiden la realización de sus vidas cotidianas. Quienes no quieren ver esto o, simplemente, lo niegan demuestran no tener el más mínimo conocimiento sobre la materia.


El alienista, pues, divierte a pesar de recurrir al tópico o quizá, precisamente, por recurrir a él. El humor, después de todo, encuentra siempre un terreno abonado en la simplificación, la repetición y el recurso a esquemas culturales fácilmente reconocibles y firmemente establecidos. Por ello, ¿de qué serviría a estas alturas explicar a cierta gente que su visión es reduccionista tomando como excusa una novelita graciosa? ¿No me quedaría sin argumentos al admitir que la novela cumple con la parte que le toca proporcionando la necesaria evasión y el reconfortante entretenimiento que buscamos en los libros? ¿No consiste el humor, precisamente, en no tomar ninguna cosa demasiado en serio? Sí diré, sin embargo, que el tópico facilita tanto como condena y que conviene tener cierta habilidad para aprovecharse de él sin hacer del desenlace algo accesorio, casi inevitable por su previsibilidad. 

viernes, 11 de abril de 2014

La invención de Morel

Yo conocía a Bioy Casares como el nombre que necesariamente aparece ligado a Borges, me había hecho una idea de él como de una especie de escudero o, con menor intensidad, un discípulo, alguien cobijado a una buena sombra que había sabido ofrecer su colaboración al gran maestro. Sin duda alguna, se trataba de un prejuicio, más por el momento temporal previo de la cognición con respecto a la toma de contacto que por la presencia de un tono valorativo en sí mismo. Lo cierto es que le envidiaba su cercanía a ese Borges descomunal, por el que llegué a sentir una admiración profunda (casi veneración). Alguien me había recomendado la lectura de La invención de Morel, pero no supe atender a ese consejo hasta muchos años después. Y lo cierto es que no fue buena mi incursión inicial en la novela. Precisamente por la conciencia del “esquema novela” que interponía maquinalmente entre el libro y yo, había muchas cosas que no terminaban de cuadrarme. Nadie puede dudar del género del libro, pero se trata de un relato enrarecido en sus comienzos. El tono de diario o, mejor dicho, de cuaderno de apuntes que parece recoger las conclusiones de una experiencia que se vive en primera persona me estaban desconcertando. Porque ¿cómo pueden no desconcertar los datos siempre contradictorios sobre las mareas, los adelantos estacionales, la presencia de dos soles luciendo en un mismo cielo de forma simultánea? ¿Cómo no puede desconcertar que un intruso no sea detectado aún cuando comete los errores más notables, que parezca no ser visto pese a su torpeza o a su mala fortuna? ¿Quién podía esperar, a fin de cuentas y después de aquella vieja idea previa que sobre Bioy me había construido, que iba a verme frente a una especie de historia de ciencia ficción más bien intrascendente? Estaba equivocado. Mi desconcierto no iba a guiarme hacia una opinión negativa o indiferente. Todo lo había planificado el propio Bioy y lo había ejecutado con maestría en la voz que narra en primera persona y con un tono de informe de explorador, una voz que gradualmente consigue que desarrollemos hacia ella una mayor empatía, un afecto creciente. Es evidente y demasiado fácil, tan fácil que es casi faltar a la verdad, afirmar que la respuesta está en Morel. Porque la realidad es otra, la realidad es que la respuesta solamente puede encontrarse en Faustine y que La invención de Morel es, definitivamente, la más conmovedora de las historias de amor a las que he asistido como lector.

martes, 1 de abril de 2014

Historia de macacos

Es complicado hacerse a la idea de que Historia de Macacos es un libro de relatos. Y lo que dificulta esta idea es, precisamente, el primero y más largo de los seis cuentos que lo conforman y que, además, proporciona el título a la obra. Historia de Macacos, como narración, es un ejemplo excepcional, un relato con la suficiente entidad como para ser algo más. Yo me atrevería a decir que Historia de Macacos es una genial y brevísima novela, que da cuenta de las consecuencias inmediatas y lejanas de una simulación tanto en el ámbito de lo social, como en el de lo personal, aunque esto quede más tapado y dependa de la capacidad intuitiva e, incluso, empática del lector con los personajes. No es fácil. No se presta el narrador, precisamente, a un derroche de empatía y, mucho menos, el inspector general Ruiz Abarca. Al comienzo, hay algo que no gusta, que chirría, un ambiente demasiado artificial, creado y mantenido por un tipo de discurso que, poco a poco, va desvelando su propia naturaleza y apareciendo como lo que es, en una desnudez diáfana. Cuando acaba por destaparse la hipocresía como eje que mueve a los títeres de la colonia que sirve de contexto al relato, el lector ya ha experimentado un cambio, ya se ha desplazado del límite de la insoportabilidad hasta el distanciamiento, el humor y, según la personalidad de cada uno, puede incluso llegarse a la compasión. No sé si lo que voy a afirmar tiene algún atisbo de veracidad o es sencillamente un disparate, pero lo cierto es que, mientras lo leía, pensaba que Francisco Ayala, probablemente, habría querido que el relato tuviera la importancia suficiente como para no formar parte de algo. Sin embargo, sabría, por su propia experiencia anterior o porque se lo comunicaran expresamente, que el mundo editorial necesitaba más masa, mayor cantidad de materia para permitirle una edición. Quizá por eso el nivel de los relatos descienda después del primero. No se trata, estrictamente, de malos cuentos. Simplemente son cuentos, cuentos defendibles pero que no son necesarios después de Historia de Macacos. Quizá por eso se trace también en ellos un retrato de la hipocresía, de la estética de lo superficial y lo aparente, de la incapacidad para enfrentar los verdaderos temores, los sentimientos que verdaderamente revuelven la conciencia. La humillación del capitán Ramírez, el empeño del Boneca en ocultar su antigua sensación de fracaso, la vergüenza que asalta a Trude cuando confía su amargura a Sara y rompe a llorar en público, el conflicto entre Antuña y Durán por los vestidos de sus esposas o el trauma que causa en Orozco la sospecha de que alguien pueda estar teniendo un mayor reconocimiento que él mismo, no son más que las muestras de una sociedad enferma, una sociedad que, al no ser capaz de enfrentarse a las verdaderas realidades, a los verdaderos hechos, con crudeza, opta por taparlos de la manera más sencilla, iluminando otras esferas de acción y discusión, ignorando y reprimiendo determinados contenidos psíquicos. Muchos no lo saben, pero la historia de Francisco Ayala es la historia de uno de esos eternos candidatos al Premio Nobel de Literatura. Durante muchos años y aunque nunca apareciera en las quinielas, algunas personalidades del mundo académico español, entre quienes figuraba Manuel Ángel Vázquez Medel, promovieron sin éxito la candidatura del narrador granadino. Mientras tanto, Francisco Ayala envejecía de manera sorprendente en su casa de Madrid. Con una lucidez envidiable, sabiendo cuál era el sitio que le correspondía a un escritor retirado que siempre había estado fuera de los focos de atención de los medios. Francisco Ayala dio una lección magistral de envejecimiento y llegó a los 103 años, sin renunciar a su costumbre de tomar cada día, a media mañana (a esa hora que algunos llaman del aperitivo), un trago de whisky. Supongo que es así como me gusta recordarlo o, más bien, imaginarlo en la ficción de un recuerdo, sentado en la cocina, con la serenidad de quien ha hecho casi todo lo que se ha propuesto y siempre lo ha hecho bien, con esa tranquilidad del que ya no espera nada, del que no necesita que le llamen desde Estocolmo para confirmarle que fue un gran narrador, que sus libros merecen no caer en el olvido.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Todo modo

Es fácil caer en la tristeza o en la incomprensión al enfrentarse al desmesurado contraste entre la imagen que está trascendiendo de Italia en los últimos años y aquella otra Italia intelectualmente esplendorosa de los años 70, aquella Italia que deslumbró al mundo entero con su cine, que fue un ejemplo admirable de la cohabitación entre el compromiso político y social del artista y la calidad de los productos culturales, aquella Italia dispuesta a renovarse, a denunciar todo exceso por parte de las élites sociales. La catarata de pensamientos se serena cuando se piensa que fue aquel mismo país, en aquel mismo momento histórico, el que asesinó a Pasolini. Todas estas ideas se arremolinan en mi cabeza después de la lectura de Todo modo, novela que publicó Leonardo Sciascia en 1974 y cuya primera edición española se produjo poco después, en 1976, año en que también fue llevada al cine. Se trata de una novela de denuncia que tiene el buen oficio de la literatura policíaca y que, hilvanado al relato de los delitos y la búsqueda de los culpables, lleva una reflexión sobre las diversas formas de ejercer el poder, sobre la corrupción, la invasión de las administraciones públicas por parte de los intereses privados, la falta de separación entre los asuntos de la Iglesia y los asuntos del Estado, la forma en la que se desdibuja la justicia cuando los culpables están en un escalafón social tan alto que les permite observar todo, incluso la ley, desde una plataforma de privilegios. La trama es y no es, simplemente, una excusa, es decir, es lo suficientemente sencilla para no desvirtuar el trasfondo crítico de la obra. De la misma forma, tiene la necesaria solidez e independencia para no quedar reducida a un puñado de páginas que justifiquen una moraleja. Un pintor que conduce por una carreta secundaria decide tomar un desvío hacia una ermita que no conoce y que le genera cierta curiosidad. Allí encuentra al padre Gaetano, el responsable de haber convertido una ermita que encierra una falsa leyenda en un hotel de lujo y, además, el director de una serie de ejercicios espirituales en los que van a participar grandes personalidades de la política, la industria y la Iglesia. El padre Gaetano es el prototipo de hombre sin remordimientos, alguien que actúa, exclusivamente, en función de su propio beneficio, capaz de no responder a ninguna pregunta, capaz de desviar el foco de cualquier tema, capaz de hablar largo tiempo sin llegar a profundizar nunca, un hombre que entra y sale de cada escena sin que se oigan sus pasos, alguien de quien solo somos conscientes cuando caemos en la cuenta de que debe llevar un rato en el lugar, mirándonos y oyendo todo lo que decimos. Sin embargo, rompe el estereotipo que se espera de él como miembro una Iglesia que se ha olvidado de la salud del alma y de la pobreza de corazón al enfrentar a la intelectualidad del protagonista una inmensa cultura y un vasto conocimiento de la literatura. El padre Gaetano es un dirigente en la sombra, alguien cuyo inmenso poder real no se corresponde con su posición en la estructura; es ese personaje que se ha dado cuenta de que conviene más el respeto que la visibilidad cuando se pretende tener una capacidad ilimitada de influencia sobre aquellos que manejan los destinos de un país. La previsible facilidad en la que parece que iban a desenvolverse las jornadas de ejercicios espirituales, entre el buen vino y una gastronomía cuidada, con los participantes relajados sin la presencia de sus familias y debidamente acompañados por sus amantes, con la firmeza discursiva del padre Gaetano, se rompe repentinamente con un asesinato que se produce en medio de la confusión de una actividad colectiva, confusión que impide conocer al culpable, ya sea por la imposibilidad de haber visto algo en medio del tumulto, ya sea por miedo, por complicidad. Los asesinatos no se detendrán. Llegarán a tres. Y la llegada de un comisario de la policía y de un juez de instrucción no tendrán ninguna capacidad de esclarecimiento sobre los hechos. El propio juez admite, aunque esto suponga apuntar sobre su incapacidad, su cobardía, su incompetencia, que nunca se podrá identificar a los responsables, que ninguno de los implicados está interesado en la justicia, que solo tratarán de taparse los unos a los otros. No es difícil después de haber leído Todo modo pensar en lo incómodas que son estas gentes para el normal funcionamiento de una democracia, como son incómodas las voces insumisas para estos personajes que han usurpado de forma meticulosa todas las esferas de la vida pública. No es difícil después de haber leído Todo modo recordar ciertos episodios deplorables que se han producido recientemente en la vida pública italiana y también, cómo no decirlo, en la justicia española.

sábado, 1 de febrero de 2014

Llegar demasiado tarde

A medida que se acercaba el momento en que se anunciaría el nombre del galardonado en 2013 con el Premio Cervantes, como pasa siempre, iba intensificándose el fenómeno quinielas, ese discurso especulativo que hace las veces de cotilleo y prensa rosa entre los aficionados al mundo de las letras y que, casi invariablemente, amplifica nuestra sensación de sorpresa cuando, por fin, se hace público el ganador. Este año sonaba Ernesto Cardenal y le tocaba a un autor latinoamericano. No se cumplió el pronóstico y, aunque no hagan falta motivos que expliquen el hecho, lo cierto es que los hay. El jueves de esa misma semana, escuché la sección de Jorge Barriuso en Hoy empieza todo, que dedicó a la entrega del Cervantes, y me di cuenta de lo ingenuos que podemos llegar a ser. Como bien resumía el lúcido comentarista radiofónico cuando se refería a la posibilidad de que el premio hubiera recaído en Ernesto Cardenal, es muy complicado que le otorguen un premio oficial a una voz extremadamente incómoda, incapaz de sumirse en un silencio reconfortante para el orden establecido, siempre dispuesta a enfrentar la realidad social y política ante el discurso dominante. Porque, en el fondo, eso es lo que provoca Ernesto Cardenal entre los guardianes de la estructura y la jerarquía, una gran sensación de incomodidad e inquietud. Por eso, se hicieron tan famosas aquellas imágenes en las que Karol Wojtyla regañaba públicamente al poeta inmediatamente después de bajar de un avión. Desde una óptica europea y laica, es difícil comprender por qué este hombre siente la necesidad de ser sacerdote, de pertenecer a una institución que perpetúa las relaciones de desigualdad contra las que él viene luchando desde hace tanto, que se ha mostrado tan firme en la represión del pensamiento y la ideología de la que el propio Cardenal es partícipe. Supongo que, desde su óptica suramericana empapada de una realidad social y cultural muy diferente a la nuestra, es fácil encontrar en los Evangelios el mensaje liberado y de revolución social que le mantiene erguido en su camino. Tuve la ocasión de ver de cerca al poeta, de comprobar su aspecto de anciano eminente, de entender el halo de sabiduría que se desprende naturalmente de su imagen. Estreché su mano, me firmó una antología que, sería más de un año después, mi primer contacto con su obra. Su poesía es una demostración de lo artificiales que resultan los cercos entre géneros y disciplinas. Lo que hizo Galeano en “Las venas abiertas de América Latina”, lo hace Cardenal con sus poemas. Si el uruguayo es capaz de analizar políticamente las relaciones de desigualdad en el continente americano con un lenguaje literario, Cardenal es capaz de construir un discurso poético desgarrado que denuncia estas mismas relaciones de desigualdad con un rigor de analista político. Su poesía es, además, desde un punto de vista exclusivamente personal, una invitación al autorreproche, a cuestionarme qué demonios hacía yo perdiendo tantísimo tiempo con la televisión y la Megadrive, por aquellos finales de los años 90. Como me ha ocurrido con tantos otros libros, he sentido al leer a Cardenal la convicción de que habría disfrutado muchísimo más de sus poemas si hubiera llegado a ellos antes, un poco más joven y este tipo de pensamientos, como ya sabéis, inducen demasiado a la melancolía. No quisiera terminar sin hacer una referencia a los poemas de temática amorosa que aparecen al comienzo de la antología de Valparaíso (libro que toma como excusa esta columna). En mi experiencia como lector, siempre me ha llamado la atención la estrecha relación que existe entre la habilidad para escribir poemas de corte reivindicativo y político y la sensibilidad para crear una buena poesía amorosa, relación que puede constatarse especialmente en el caso de los poetas latinoamericanos de la segunda mitad del siglo XX. Me imagino que no es nada original lo que estoy planteando, pero creo que es una tesis sobre la que se puede argumentar mucho y con la que se puede emborronar mucho papel. Prometo no hacerlo. Simplemente, la dejo esbozada como línea final de reflexión.   

domingo, 19 de enero de 2014

Crónica de una muerte anunciada

Le debo a García Márquez lo que podríamos llamar el comienzo de un interés “serio” por la lectura. En concreto, se lo debo a Cien años de soledad. Sin embargo, tuvieron que pasar muchos años desde que terminé de leer de El amor en los tiempos del cólera, puede que más diez, hasta que me decidí a saldar una de mis cuentas pendientes con el colombiano. Dejo para algún otro futuro El coronel no tiene quien le escriba. Hoy nos toca Crónica de una muerte anunciada, un libro que me habían recomendado hasta la saciedad cuando estaba leyendo otros de García Márquez y del que siempre me destacaban como una de sus ventajas lo rápido que se podía leer. Y es cierto. Esa es la impresión que domina la lectura de esta novela desde su comienzo, esa agradable sensación de percibir que podrías bebértela de un trago. El mecanismo que sostiene esa anestesia, la droga que produce tal efecto es, evidentemente, la prosa exquisita y cuidada, esa forma de usar el español que, a ratos, nos hace amar y temer a este genial novelista. Puede llegarse al empacho de García Márquez. Está claro. Pero, como todo lo que puede producir empacho, su arma fundamental está en el sabor y el sabor de su narrativa es indudable, inconfundible, inapelable. Crónica de una muerte anunciada, desde mi punto de vista, tiene, además, la virtud de estar contada en tono de monólogo amistoso. Uno prepara café y se siente como acompañado con el libro, como si estuviera escuchando una vieja historia de la voz de un compañero de la infancia. Y, curiosamente, no por eso pierde su pretendido carácter de crónica, de particularísimo ejercicio a la vez periodístico y de ficción, que aclara sin desvelar la claves fundamentales, que expone exhaustivamente dejando que el lector y cada uno de los personajes de la obra tengan un punto de vista propio. Porque, al final, todo queda descriptivamente desvelado, detalle por detalle, sin que pueda darse, en cambio, una sola razón que explique lo que ha sucedido, que aclare la responsabilidad de un crimen y de una gran falacia. Al final, nadie es capaz de justificar el comportamiento Ángela Vicario y es imposible ponerle nombre a su cómplice de alcoba primigenio, al personaje insignificante para la trama, escondido entre el asesinato y el matrimonio fracasado, anónimo para ambos mundos, el interior y el exterior a la novela y que, precisamente por eso, por no ser el protagonista de nada, se salva de todo drama formando parte de la inmensidad de vidas normales, vidas que no destacan entre la masa. Mientras leía, mientras iba avanzando entre las casualidades fatales y la desidia de todos los personajes que es, también, semilla imprescindible para la tragedia, recordaba uno de los pocos consejos que doy con orgullo y convicción cuando alguien me pide opiniones sobre los avatares de su vida personal tomando como excusa mi formación psicólogica. Yo, que siempre me he considerado muy mal psicólogo, he recomendado, en cambio, muchísimas veces algo muy sencillo, tan evidente que me da vergüenza escribirlo: las cosas hay que hacerlas cuando tienen sentido (sentido temporal, se sobreentiende), hay que hablar sobre los conflictos con la gente cuando se tiene la más mínima oportunidad. Al mismo tiempo, venía a mi mente un tema muy calderoniano, en concreto, el que se trata en La vida es sueño: el destino no es un ente inamovible al que debemos rendirnos. Porque es eso lo que sucede en la historia de Santiago Nasar. Desde el comienzo, todo es desenlace, todos dan por hecho el trabajo que nadie se atreve a hacer. En el fondo, parece que lo dan por muerto desde el instante en que se consuma la amenaza. Con un tono descreído, parece que todas esas voces fingen cuando afirman que nadie tomaba en serio a los cuchilleros, parece que todos mienten cuando afirman que pensaban que el inminente muerto tenía que estar enterado ya de lo que iba a suceder. Afortunadamente, me comían los nervios por la indolencia de un pueblo entero, me indignaba la ligereza con la que Ángela elige quién debe morir, me torturaba la cadena de infortunios casuales que condenan a tres hombres a convertirse en leyenda, me causaba turbación la imagen de un hombre que sonríe mientras se sujeta las vísceras. Afortunadamente, repito. Porque es una suerte encontrar libros en los que uno pueda pensar y casi sentir de manera tan intensa. Afirma García Márquez con disgusto, a través de la voz que narra en el libro, que la vida se parece demasiado a la mala literatura y puede ser verdad. Contradictoriamente, también es cierto que la buena literatura o, al menos, la buena narrativa lo es por su tremendo, por su terrible parecido a la vida. De momento y por suerte, seguiremos sin encontrar una solución aceptable a este dilema.

martes, 14 de enero de 2014

La Caja Negra

Apuntaba al escribir sobre El animal moribundo que, a veces, se disfruta más de un buen escritor cuando, en su obra, plantea afirmaciones con las que no podemos estar de acuerdo o sentirnos cómodos. Empiezo esta semana gozando del placer de contradecirme. No voy a retractarme de lo que ya he escrito, pero sí voy a afirmar hoy el placer que supone encontrar sentencias y proposiciones de las que uno no puede disentir, incluso, más allá, ideas similares a otras que ya se había estado rumiando, aunque el planteamiento no fuera exactamente el mismo. Porque, ante todo, La caja negra de Josep María Rodríguez, un poemario editado por Pre-textos y que ganó en 2003 el premio Emilio Prados, es (o, al menos, a mí me lo parece) la confesión de un aprendizaje, una manera de dejar constancia de algunas certezas, codificadas y construidas con el material que proporciona el propio discurrir en que consiste estar vivos. En este sentido, “poética” define a la poesía como “Buscar la aguja del instante eterno. / No el poema, / sino aquello que va a durar por siempre para mí”. La actitud de búsqueda y contemplación bastan, ya que, como se dice al final del poema: “La memoria, / después, / impone un orden.” En el primero de los textos que compone el libro, en la primera página, puede leerse: “Todo es cuestión de ciclos.” ¿Y quién se atreve a negarlo? ¿Quién no se siente reconfortado de encontrar una verdad semejante en la voz del poeta al que se le concede la autoridad a través del acto de lectura? Es tan innegablemente cierto como lo son los tópicos, esas expresiones que desdeñamos sin darnos cuenta de su capacidad de vertebración de un marco de referencia. Y ésta es la idea que late en “intermitencias”, cuando el poeta admite lo que muchos no están dispuestos a admitir:

Igual que este paisaje,
mi idea de mí mismo ha ido cambiando:
no puedo estar del todo satisfecho.

Sé que parece un tópico,
pero los tópicos
                              -como vallas
a ambos lados de la carretera-
dan seguridad,
                             nos delimitan.

Prácticamente, estoy de acuerdo con todas las afirmaciones categóricas que se hacen en el libro: la capacidad de la felicidad para generar confusión, la seguridad de que está la nada detrás de cada una de las grietas que podemos identificar en la existencia, la ausencia de razones que justifica el amor (y, en general, cualquier afecto, elección o preferencia), la escasa relación que existe entre la necesidad de un reencuentro y la posibilidad de que suceda, la fascinación que tiene lo lejano frente a lo anodino que parece lo que tenemos delante, la vida como una órbita trazada alrededor de la palabra muerte, la muerte como un sol hecho pedazos, la constancia de que es inútil otorgar un sentido a todo, como inútil es andar contando el tiempo que nos queda puesto que:

Vivir es abrazar oscuridades:
de lo que no sabemos a lo que no sabemos,
desde una lejanía a otra lejanía.
Todo es inaccesible.

Desde esta óptica, la pérdida es inevitable. Incluso cuando tocamos el mundo, los objetos, vamos dejando en ellos un rastro, el de nuestros días, la prueba incontestable de haber vivido. Por otro lado, no es difícil concluir cuál es la labor del poeta como constructor de estos discursos. Está claro que su función principal es la del notario, que recoge de forma manifiesta todas esas semillas de conocimiento y las hace constar en cada verso. Por eso, afirma Rodríguez en “las semillas del viento”: el horror necesita de mis ojos. Porque, después de todo, la poesía tiene algo de vanidad, de búsqueda de un nivel intelectivo de autosatisfacción. Al fin y al cabo, por mucho que el poeta centre su foco en la otredad (un ejemplo paradigmático es la persona amada) siempre está hablando de sí mismo. Y así, descubrimos que es sincera, irrevocablemente sincera, la toma de conciencia que se intuye en el poeta en “principio y fin”, el último de los poemas del libro:

Y hablar de ti,
                            en el fondo,
también es una forma de egoísmo.