martes, 1 de mayo de 2018

Presentación en Huelva

El jueves 3 de mayo a las 19:30 estaré en la Biblioteca Provincial de Huelva presentando "La lluvia o la mañana", libro que he tenido la suerte de publicar con Ediciones de la Isla de Siltolá. Se puede leer más información pinchando AQUÍ.


jueves, 5 de abril de 2018

Apuntes para una presentación de "La distancia de una isla"


Probablemente, Freud sería la única voz autorizada para esbozar una explicación satisfactoria sobre varios hechos innegables. A saber: la vida del oficinista es un tema literario que no parece agotarse nunca, su oficio es un marco perfecto para estimular la voluntad de trascendecia, la oficina (ya sea fingida o impuesta) es un universo desde el que se puede articular la creación. Son hechos innegables o eso pienso después de haber disfrutado con la lectura de La distancia de una isla. Y acuden a mi recuerdo ahora el oscuro funcionario que protagoniza Memorias del subsuelo y ese Bernardo Soares al que debemos el Libro del desasosiego. Me atrevería a decir que no es necesario que el sujeto poético trabaje en lo que entendemos como una oficina típica. Cuanto más se parezca un trabajo a la rutina, al silencio, al aislamiento, a la priorización de los papeles en detrimento del trato humano (y no sé por qué pienso ahora en aquel Pereira soliviantado por el calor del verano lisboeta), mayor poder de generación de un discurso lírico o narrativo parece atesorar. Alguien debería formular un teorema de estilo pitagórico que diera forma definitiva a lo que parece una ley inamovible en la literatura de los últimos siglos. Muchos de ustedes se preguntarán con razón cuál es el nexo de unión entre estas elucubraciones y la poesía de Manuel González Mairena. Y no voy a ser yo quién les descubra ese misterio porque lo hará el propio autor. Estoy seguro. Después de todo, yo debería limitarme a ofrecerles unas cuantas pistas sobre los poemas que tienen a su disposición en este volumen gracias a Ediciones en Huida, aunque voy a permitirme cierta labor interpretativa. No puedo evitarlo.

La oficina es, ante todo, la repetición de un esquema. Cada día se convierte en la superposición de secuencias idénticas que no pueden diferenciarse unas de otras. El significado profundo del tiempo se impregna de un matiz acumulativo. No es extraño, por tanto, que cualquier elemento contextual sufra en estos versos la proyección de esta vivencia. Así sucede con el transporte urbano que se califica como "un crematorio de los días laborables". El metro se reduce, simplemente, a un mero "transporte de mercancías". El trabajo, además, no se traduce en frutos. Tanto es así que la nómina se define como "una porción sútil de veneno." En el recinto de esa cárcel camuflada que parece ser la oficina, todo tiende a una despersonalización sin límites "donde las gentes / reciben el nombre de sus cargas." Por otro lado, está el mar, ese símbolo totalizador en el que todo cabe y que La distancia de una isla toma como un paraíso. El mar se erige, por gracia de los dos poetas que son responsables de este libro, en una suerte de antónimo de la oficina. "Una vez los sueños fueron un barco" se nos confiesa desde uno de los textos de la primera parte del libro y también se confiesa el padecimiento de unas "ansias oceánicas".Y aunque se admite que alguna vez hubo un horizonte alcanzable que "fue pura alegría de posibles", en el "Testamento del oscuro oficinista" (el extenso poema que cierra el libro) la voz protagonista no se arruga al admitir realidades amargas: "Hace ya tiempo que cambié la resistencia por la melancolía." Se nota que ambos poetas son conscientes de que, a veces, no queremos que nuestros sueños se cumplan, que nuestros más fervientes deseos se materialicen. A veces, sólo queremos ser el oscuro oficinista que "miró el mar desde el muelle por miedo a lo posible." Obviamente, no se agotan en esta pequeña muestra los temas que se sugieren en La distancia de una isla, pero creo que queda justificada la necesidad de leer este libro que Manuel lanza hoy al mar de la esfera pública con la misma esperanza que el naúfrago deposita en su botella.


jueves, 19 de octubre de 2017

Décimo Encuentro de Verdes Escritores y Escritoras

El lunes 23 de ocubre estaré en la sesión inaugural del décimo Encuentro de Verdes Escritores y Escritoras que se organiza, como cada año, gracias al incansable trabajo de José Manuel Alfaro. Será en el Bar Trastero (Huelva) y estaré acompañado, entre otros, por Daniel Salguero Díaz, Fernando Bazán y Worve. Puedo prometeros que habrá poesía, música y un tiempo para la reflexión sobre la necesidad y función de estos encuentros. Empezamos a las 21:00. Espero veros por allí. El evento publicado por la Tertulia Cultural Trastero Dispar Arte en Facebook se puede consultar pinchando AQUÍ.



domingo, 24 de septiembre de 2017

El elogio de la sombra


"Me gustaría ampliar el alero de ese edificio llamado "literatura", oscurecer sus paredes, hundir en la sombra lo que resulta demasiado visible y despojar su interior de cualquier adorno superfluo."

lunes, 26 de junio de 2017

"El baile del diablo" de Javier Sánchez Menéndez


Javier Sánchez Menéndez, como tal, no necesita muchas presentaciones. Editor de la Isla de Sitolá, poeta, ensayista, articulista, será difícil escribir una historia de esta etapa de la literatura española que no incluya su encomiable actividad en todas estas facetas. No es necesario que yo descubra el valor de poemarios como La muerte oculta o Una aproximación al desconcierto. Tampoco es una novedad afirmar que sus libros que analizan las relaciones entre poesía y vida, como El libro de los indolentes, Confuso laberinto o Mediodía en Kensington Park (estos dos úlitmos pertenecientes a la serie Fábula), empiezan a convertirse en lecturas imprescindibles para todos aquellos lectores y lectoras de poesía que buscan un discurso auténtico, una voz que destile una verdad propia.

Sería bueno comenzar, pues, esta reseña de El baile del diablo con un agradecimiento. Por un lado, es una suerte que siga habiendo editoriales que cuiden con tanto mimo la mercancía que producen. Los libros de Renacimiento como meros objetos son ya tesoros de los que desgraciadamente no abundan. Además, la inclusión en su catálogo de poetas de la profundidad de Javier Sánchez Menéndez nos ayudan a sobrevivir en mitad de un tiempo de hastío al que algunos (no sin cierta razón) ya han bautizado como burbuja editorial.

Cualquiera que haya leído a Pessoa o a Fonollosa sabe que, como lector, carece de sentido preguntarse si una obra, un poema, unos versos, son puramente confesionales o, simplemente, están disfrazados con una tonalidad confesional. Para empezar, porque eso que llamamos “yo” está muy lejos de ser una sola entidad y convendría hablar de una multiplicidad de “yoes” que se van sucediendo en el tiempo. Por otro lado, toda poesía tiene un punto de estructura premeditada, de construcción planificada. El lenguaje poético no es el lenguaje corriente con el que despachamos los asuntos cotidianos. Saber encontrar la justa medida de elaboración, de tramoya, de artificio, es lo que diferencia al auténtico poeta del versificador de bodas, bautizos y cumpleaños (dicho sea esto con todos mis respetos) porque, como ya nos advirtió Paracelso, el veneno está en la dosis. Y es, precisamente, aquí dónde radica el mérito de Javier Sánchez Menéndez, capaz de hacer una poesía de apariencia sencilla y con la medida justa de profundidad, de una coherencia absoluta, una poesía que revisa los escenarios de la memoria, los avatares del presente y las prefiguraciones del porvernir sin dramatismos, huyendo del remordimiento con una voluntad de asumir la vida propia sin euforia ni angustia o contrición.

No sé si estaré en lo cierto, pero pienso que el poema EL BAILE DEL DIABLO (texto con que se abre el libro) se empeña en darme, al menos, parte de razón. En él, una voz parece interpelarse a sí misma o, más bien, al sujeto poético, acusádolo de impostor, aparecen palabras como cínico o fantasma y, en su resolución, el poeta nos dice que “ocupamos el lugar previsto” y, además, añade: “No ha sido nunca malo / el hecho de estar solo”. Esta convicción enlaza con una de las ideas centrales de toda su obra (según mi parecer): la necesidad del silencio y la soledad.

Tras este primer texto, comienza LAS CARTAS POR JUGAR, la primera parte del libro, que introducen una cita de Parra y otra de Pound. Si atendemos en su sentido estricto a los versos de Parra, podría parecer, al menos en la superficie, que hay un intento por negar el pasado o, al menos, la vida en la memoria. Algo que podría refutarse cuando se acomete la lectura de algunos de los textos de esta primera parte. P.G.B., MISERIA HOMINIS y BORRADORES, entre otros, parecen estar desgranando ciertos segmentos del recuerdo, aunque con la distancia necesaria, asumiendo los hechos ya pasados y su inevitable inmutabilidad. Los poemas de esta primera parte parecen buscar referencias en una multitud de temáticas donde cabe el amor, la hipocresía, el aborrecimiento de la vida social y ciertos toques de filosofía que quizá solo perciba quien firma esta reseña (a este respecto me parecen relevantes SATANÁS y WAS CLEAN). En BLACK JACK el poeta termina asumiendo una evidencia, en el marco de un lance de naipes. “No he podido plantarme” escribe sin que sus lectores sepamos si fue por convicción o por falta de oportunidades. NANNY comienza marcando el matiz subjetivísimo de la memoria: “Es posible que tú ya no recuerdes”. LIFE LIE dibuja con acierto el punto exacto en el que coinciden las trayectorias de lo trascendental y lo rutinario. Una lectura atenta, por otra parte, puede encontrar sugeridas ciertas dicotomías no evidentes y que, muy probablemente, estén tan solo en la cabeza del lector. Así en DEAD SEA se podría entender que el calor está enfrentado a la verdad y en RECIBO EN LENCERÍA el amor parece contraponerse a la miseria. Para cerrar esta parte del libro, POESÍA esboza una definición de la misma a la que no puede objetarse nada: “telúrico vigor / que nada contradice.”

LAS OBRAS TERRENALES es la segunda parte del libro y está compuesta por un conjunto de poemas que parecen tener una mayor vocación interpretativa o explicativa del mundo, de las vidas individuales y del destino humano. El último verso de STAND BY (poema que abre esta sección) es una clara advertencia del derrotero que irá tomando el libro: “La puñetera sombra de la vida”. PÓLVORA nos recuerda que: “También la luz / posee tinieblas”. VIDA termina con dos versos que tienen cierto sabor al famoso soneto de Lope, pero teñidos de cierta amargura: “Esto es vivir, lo noto / en su mentira.” En MISTERIO, se apunta a una concepción de la muerte como dejar de ser palabra y es esta identificación un evidente acierto lírico, ya que no puede haber muerte que no implique dejar de ser palabra. Después de todo, ¿qué son la memoria y el pensamiento humano sino palabras? Por otro lado, no se descartan en LAS OBRAS TERRENALES otros tonos. Por ejemplo, ES TARDÍSIMO parece recurrir a la ironía para hacer una defensa de lo contemplativo, para impulsarnos a huir del ritmo artificialmente acelerado de los tiempos que corren. MUCHA MIERDA termina con una clara voluntad de reafirmar la propia existencia o, quizás, simplemente, de alargarla en la propia obra (“Este verso dirá / que sigo vivo”). MONEDA parece destacar la imposiblidad de resolver ciertas dialécticas. Incluso, hay lugar en esta sección del libro para el recuerdo de ciertas gamberradas infantiles como las que se aluden en ya citado PÓLVORA, en DOÑA CONCHA y en AVE MARÍA PURÍSIMA.

En LA VERDAD DE LAS COSAS, tercera de las partes de El baile del diablo, la muerte va ganando una mayor presencia, se hace casi palpable. SEMILLAS DE GRANDEZA inaugura este tramo final, recogiendo muchas de las líneas que se han ido sugiriendo a lo largo de todo el libro. La muerte como una realidad imparable, sigilosa, repentina se resume en un verso: “Ya has dejado de ser.” Aparecen también en este texto temas que vienen siendo habituales en otros libros de Sánchez Menéndez, como el valor central de la humildad. “En la humildad habita la verdad” se nos dice primero y, llegando al final del poema, se concluye:

“la grandeza del hombre
es la humildad. Saber
decir que no a la nostalgia.

Somos en la distancia solo nubes.”

En este mismo sentido, regresa en EL DÍA DE MAÑANA aquella nube con forma de poema que ya formaba parte del imaginario de Confuso Laberinto. En esta ocasión, se identifica con la virtud en el cielo. Y aunque en DESCARTE se afirma que la existencia “es capaz de engañar / y mentir a las sombras”, no hay lugar para el engaño. A pesar de que el poema LA MUERTE comienza sugiriendo que ésta “debe ser un espejismo”, poco después se señala cómo la muerte ya se aprehende durante la vida: “Hay un tiempo sin tiempo en esta vida, / la creación del oficio y de la muerte”. Dejar de vivir es un proceso:

“El camino hacia la muerte
es ese instante, el desvelo, la luz
sin anatemas.”


La muerte es un camino unidireccional e irremediable. Por eso, BALANCE cierra el libro con un verso que se convierte en una revelación, una verdad que se comprende y se acepta de forma inmediata: “También vivir precisa de epitafios.”

jueves, 15 de junio de 2017

Entrevista en La Arcadia Onubense

Ya está disponible la entrevista que me hicieron Rafa Núñez y Alejandro V. Bellido para el programa La Arcadia Onubense de Uniradio. Fue una gratificante mañana de radio:

lunes, 1 de mayo de 2017

Muy pronto en Dispar Arte

Ya ha salido la programación de mayo y junio de la Tertulia Dispar Arte. El jueves 18 de mayo estaré por allí con mi libro "Además del llanto" y alguna que otra novedad. Espero encontraros por allí. Si quieres, puedes consultar o descargar la programación completa pinchando AQUÍ.

lunes, 17 de abril de 2017

Lectura

El viernes 21 de abril a las 19:30 estaré en Cafetería Mozárabes leyendo algún que otro poema. Nos vemos allí si os place.


lunes, 9 de enero de 2017

Seis poemas inéditos

He tenido la suerte de publicar seis poemas inéditos en la Revista de Cultura de La Isla de Siltolá y no puedo dejar de expresar mi más sincero agradecimiento a Javier Sánchez Menéndez por contar conmigo para este proyecto. Podéis leerlos si accedéis al siguiente enlace:

https://revista.laisladesiltola.es/poesia/poemas-ineditos-de-enrique-zumalabe/

martes, 20 de diciembre de 2016

Invitación

El martes 27 de diciembre estaré con Miguel Mejía en la Librería La Isla de Siltolá (Sevilla) a partir de las 19:00. Ya que estamos en fechas muy señaladas, os regalaremos un poco de poesía. Y, evidentemente, nos gustaría contar con vuestra presencia.


martes, 15 de noviembre de 2016

El libro de los regresos


Daniel Salguero es un crack. Lo afirmo así, sin rodeos. Y creo que, si fuera futbolista, no habría periodista deportivo capaz de negarle esta condición. Se dice esto de un futbolista cuando maneja las dos piernas, cuando es efectivo en el remate de cabeza, cuando es capaz de aportar tanto en defensa como en ataque, es decir, cuando su perfil no se limita a realizar una función microscópica y limitada, fruto de una especialización excesiva. El caso de Daniel es paradigmático, aunque la fortuna no le haya acompañado siempre en su relación con este caprichoso mundillo de lo literario, con las editoriales y con los premios. Su valía como narrador está fuera de toda dudas y así lo atestiguan libros como La barca está varada, Tersila o Sobre la imperfección de los cuerpos celestes. En cuanto a la poesía, Negación del paraíso, Las horas perdidas, Poemas a Aika Miura o Apuntes para un atardecer en Barzaj hablan por sí mismos, defienden a su creador sin necesidad de una labor crítica o hermenéutica. Incluso se ha atrevido con el teatro. De hecho, Los olvidados es uno de los libros de Dani de los que guardo un mejor recuerdo. A cualquiera que lea esta entrada le resultará evidente que la mayoría de estos títulos permanecen inéditos. No está mal recordar de vez en cuando que, hace muy poco tiempo, vivíamos un momento muy distinto al actual en lo que a actividad editorial y ritmo de publicación se refiere.

También será evidente para cualquiera que lea esto que Dani es, para mí, ante todo un amigo. Y que estos años de amistad dan para contar algunas cosas. Fue por el año 2000 cuando nos conocimos en una tertulia que se reunía en el bar Malacate. Aquella tertulia tuvo constantes altibajos y cambios de sede. Solíamos afirmar en broma (aunque en mi caso con cierto temor a que no fuera tan descabellada la idea) que todo bar o cafetería que eligiéramos para reunirnos acabaría quebrando a corto o medio plazo. Si nos dejamos guiar por la conjetura, contribuimos al cierre de, al menos, el Malacate, el Croxam (creo que se escribía así), el Ottawa, el Zorba y uno cuyo nombre italiano no consigo recordar (seguramente se me quede en el olvido algún que otro malogrado local). Por otro lado, tuve la suerte de colaborar con Dani en la última etapa de la revista La Cinta de Moebius y en el nacimiento y desarrollo del proyecto Psiqueactiva. Después de estos antecedentes, a nadie le extrañará que afirme que, cuando supe que Ediciones de la Isla de Siltolá iba a publicar El libro de los regresos, sentí una gran alegría.

El libro de los regresos es un documento fronterizo, un cuerpo que se mueve con una habilidad indescifrable entre dos polos definidos con precisión: la derrota y la esperanza. Porque nadie puede negar el carácter de derrota que caracteriza a la existencia. Y, así, Dani Salguero nos muestra cómo la extrema belleza de un libro, que nos hizo llorar, puede ser fulminada por el tiempo. El poeta nos hace conscientes de las condiciones de nuestra vida, una vida que se desarrolla en desiertos “que separan al individuo de la persona”, una vida en la que la tristeza es consecuencia de un proceso de aprendizaje y, por si fuera poco, está “injertada en nuestros genes por los amos, los lobotomizadores sonrientes de la ventana de los suicidas.” Todo parece estar manchado por esa sensación de asfixia existencial: el reloj de la tarde funciona con un mecanismo de cansancio, se puede sentir nítidamente “la certeza de la pérdida de esas cosas que nunca hemos tenido” y, por ello, “es necesario, más necesario que nunca, huir hacia ninguna parte... Deshabitar la conciencia, apaciguar el alma”.

Y, sin embargo, hay un atisbo de esperanza: la esperanza de alguien que conozca el rumbo y nos guíe, el vértigo de saber que la vida entera cabe en un solo instante. Porque el tiempo puede aún conceder una tregua, porque se puede encontrar la voz capaz de renombrar las cosas, porque (aunque solo sea de forma momentánea) podemos experimentar la sensación de “que huye el tiempo y las horas nos temen... Ahora que somos más que dioses y la doble negación de un verso nos reafirma.” Es en la otredad complementaria y específica del amor, en la presencia del cuerpo amado, en la promesa de su desnundez, donde se puede hallar la manera de “caminar limpio de miedos, dudas y tristeza.”

Escribir poemas no deja de ser una labor de construcción de un discurso, una forma de conocimiento, un modo de interpretar la realidad. Por ello, celebro los libros que me hacen consciente de ciertos hallazgos semánticos o que reafirman aquellos que tengo como verdades innegociables. El libro de los regresos es una buena muestra de lo que quiero decir. En él, el rol del poeta que se propone de forma implícita no es el de juez (un error frecuente en quienes escriben desde la soberbia). El poeta no puede dejar de ser lo que, en las Ciencias Sociales, se llama un observador participante: “jamás volverán, porque han muerto... están muertos y no lo saben, y no lo sabemos...” A medida que leemos, descubrimos que regresar y volver son verbos mentirosos: “El horizonte sólo tiene un rostro y nos miente con su imposible canto de regresos.” Y, aunque fuera remotamente posible, volver nunca es una garantía, no supone jamás un verdadero regreso. Como apunta el poeta con lucidez, los lugares del pasado, cuando no confundimos el camino de regreso, son la constatación de lo que el tiempo nos arrebata: “Están ante las ruinas de todo cuanto perdieron y creen haber recuperado lo que les ha arrebatado el tiempo.” ¿Y la memoria? ¿Qué podemos decir de la memoria? Espero que me disculpen la osadía, pero me atrevo a dar una respuesta: como todos sabemos o deberíamos saber, nuestra memoria es una reconstrucción que se actualiza y se modifica cada vez que narramos un recuerdo.


No se agota el dominio de esta obra en los simples comentarios que suscribo. Compuesto por poemas en prosa, su lectura va descubriendo imángenes, sugiriendo asociaciones, obligando al lector a desplegar sus pensamientos y revisarlos. Cómo no sentirse impelido a repensar el propio sistema axiológico cuando leemos que el olvido es la única patria posible y verdadera, que la luz vacía es el verbo con el que se expresan todas las cosas, que el amanecer nos hiere al pronunciarnos, que el tiempo es siempre la enfermedad, nunca una cura. Sí, no quiero que pase desapercibido: El libro de los regresos está construido con poemas en prosa y con un respeto absoluto a una tradición no siempre valorada de la forma en que se merece. Daniel Salguero ha sabido aprender las lecciones de maestros como Charles Baudelaire, Julio Cortázar y Francisco Umbral. Supongo que habrá quién siga atreviéndose a discutir la posibilidad de que puedan escribirse poemas en prosa. Es muy libre de hacerlo. Pero antes le sugeriría que hiciera una visita al Cementerio de Montparnasse y al Cementerio de la Almudena, le recordaría que, de cuando en cuando, conviene mostrar un mínimo de respeto.

martes, 1 de noviembre de 2016

Una nueva reseña sobre Además del llanto

Miguel Arias ha tenido la amabilidad de dedicar unas palabras a Además del llanto. Se puede leer AQUÍ.

martes, 25 de octubre de 2016

Antología Alienígenas

La Antología Alienígenas es ya una realidad. Podéis conseguirla a través de La taberna del Libro pinchando AQUÍ. De momento, os dejo una foto de la cubierta:



domingo, 23 de octubre de 2016

Noveno Encuentro de Verdes Escritores y Escritoras

Soy un tipo con suerte. Uno de mis poemas ha sido seleccionado para formar parte de la Antología que se publicará con motivo del Noveno Encuentro de Verdes Escritores y Escritoras de Moguer. El libro se presenta el martes 25 de octubre a las 20:00 en la Biblioteca Provincial de Huelva. Podéis encontrar más información sobre el evento pinchando AQUÍ.




La presentación es sólo el punto de partida de toda una semana de actividades y propuestas culturales. El sábado, a partir de las 19:00, estaré en la Casa Museo Zenobia - Juan Ramón Jiménez participando del Encuentro. Se puede descargar el programa completo AQUÍ.

domingo, 16 de octubre de 2016

Una tendencia que se sigue confirmando

Me ha sorprendido mucho la rabia con la que se está respondiendo en redes sociales a todo el que se atreve a cuestionar la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan. Especialmente, porque en la mayoría de los casos, se parte de la base de que cualquier cuestionamiento del premio es un ataque al propio Dylan. He llegado incluso a leer que los que no estamos de acuerdo con esta decisión no sufrimos más que un cabreo. Sinceramente, pienso que quienes están manifestándose en estos términos no han llegado a entender (ni lo pretenden) los argumentos que se ofrecen. Evidentemente, Dylan no es el problema. Como figura cultural, no se puede dudar de sus méritos y del enorme consenso que puede aglutinar cualquier reconocimiento en forma de premio que se proponga. El problema es que se la ha dado un premio de prestigio y fama mundial que está reservado al ámbito de la Literatura y no al de la Música. No tengo nada que reprochar al premiado. Mi reproche se dirige hacia la Academia Sueca. En cuanto al supuesto enfado, poco puedo decir. No recuerdo haber sentido ningún tipo de ira, ni siquiera una especial sorpresa. Bob Dylan llevaba mucho tiempo en las famosas quinielas y, por tanto, no me sorprendió demasiado la concesión del premio, como a nadie podrá sorprenderle que algún año lo termine ganando Murakami y como tampoco fue una sorpresa que, finalmente, el galardón recayera en Vargas Llosa en el año 2010. Probablemente, este improvisado e innecesario batallón de defensa de Bob Dylan está constituido, sobre todo, por los mismos que, año tras año, se dedican a menospreciar el premio cuando recae en el Mo Yan o la Hertha Müller de turno. El premio solo parece ser respetable cuando se conoce el ganador o, al menos, suena de algo. Es curioso que los mismos que ahora acusan de tener una visión estrecha de la Literatura y de la Poesía al primero que se menea estaban bien calladitos hace ahora un año cuando surgieron algunas voces críticas después de que se anunciara que la ganadora era una tal Svetlana Aleksiévich.

Si alguna emoción se parece a lo que siento después de conocer la noticia, es la tristeza, esa tristeza leve que nos domina cuando percibimos que se impone algo, que hay algo que va cambiando en una dirección que no nos gusta y, sin que podamos hacer nada por modificar las cosas, cada nuevo hecho parece consolidar y confirmar lo que tememos. Desde hace ya muchos años, vengo percibiendo que la lectura y, más concretamente, la lectura de Literatura está sufriendo un progresivo desprestigio. Está claro que la afición por la lectura no crece por mucho que se haya consolidado, al menos en nuestro país y en los de nuestro entorno, una Educación pública y obligatoria. La gente no compra libros y, por supuesto, no lee, pero esto se agrava cuando, además, viene imponiéndose socialmente una percepción de la lectura como una actividad inútil y, más concretamente, de la Literatura como una soberana pérdida de tiempo. No hace muchos años, era común encontrar entre la gente que abiertamente admitía no leer un respeto reverencial por el libro, por los lectores, por la figura del escritor, por la Literatura en general. Hoy parece que las cosas han cambiado. Desde mi experiencia como maestro, tengo la desgracia de experimentarlo cotidianamente. En este sentido, me resulta desolador escuchar cómo muchos de mis compañeros de profesión admiten sin rubor que no leen nada. En alguna ocasión, incluso le oí decir a un maestro que, desde que existen el rap y la HBO, la lectura es una actividad innecesaria. Y esto sucede en la escuela, una institución en la que uno de los objetivos más importantes ha sido desde siempre el aprendizaje de la lectura, el fomento de una afición a los libros, el uso de la lectura como una herramienta indispensable en una gran variedad de situaciones.

El pasado jueves, la Academia Sueca, sin pretenderlo, dio un apoyo implícito a esta tendencia: nos dijo a todos que, en estos tiempos que corren, para acceder a la Gran Literatura ya no hace falta leer libros, para poder apreciar la Poesía ya no hace falta leer poemas. Si quedaba alguna fecha en el calendario en la que la Literatura era portada de la prensa, era el día en que se anunciaba el nuevo Nobel de Literatura y quizá el día de la ceremonia. Si quedaba algún premio que seguía concediendo prestigio a nivel mundial, al menos por un día, al oficio de escribir y a la devoción de leer, ese era el Nobel de Literatura, pero el jueves se anunció que ya no hace falta escribir libros para ganarlo, que ya no hace falta dedicarse a la Literatura para formar parte de su polémica lista de agraciados. Por si no fuera suficiente, Bob Dylan fue premiado en calidad de poeta y es, precisamente, la Poesía la más denostada de las artes literarias, la más acusada de inutilidad. La música no necesitaba un Premio Nobel de Literatura, de la misma forma que la Literatura nunca necesitará o reclamará un Grammy o un disco de oro. La Poesía, sin embargo, siempre necesita un Nobel. En las cada vez más escasas ocasiones en las que se concede el premio a un poeta, los lectores de Poesía encontrábamos una suerte de satisfacción, un motivo para celebrar algo difuso, un reconocimiento de nuestra militancia de silencio. Porque la Poesía necesita, ante todo, silencio, un silencio que cada día es menos respetado y más incomprendido. Las canciones de Bob Dylan no son poemas y les hacemos un flaco favor otorgándoles esa consideración. Aunque no puedo negar los excelentes puntos de fusión que la Poesía encuentra con otras artes y disciplinas, tampoco puede negarse que existe un ámbito específico y definido para la Poesía. Desde hace ya muchos años, no paran de intentar convencernos de que, por el bien de la Poesía, para hacerla más atractiva al público en general, tenemos que incluir en ella disfraces, músicas de fondo, chistes, juegos de ilusionismo, vídeos de contenido incomprensible y una larguísima lista de efectos especiales que ha fracasado objetivamente en su intención y que, probablemente, sólo ha tenido como consecuencia una pérdida progresiva del prestigio que alguna vez tuvo el arte poética.

Me gustaría pensar que todo este panorama social y educativo no tiene nada que ver con la concesión de un Nobel de Literatura a un artista cuya obra no nos exige lectura, no nos exige silencio. Me gustaría no relacionar todo este catálogo de despropósitos con el hecho de que cada día escuche en la radio un anuncio sobre un certamen que pretende homenajear a Cervantes, pero que consiste en una competición de hip hop. Me gustaría, pero no puedo. Porque lo cierto es que pienso que todos, con acciones u omisiones, hemos contribuido de algún modo a mostrar cierta empatía por aquellos que dicen no leer nada porque no tienen tiempo, todos hemos contribuido a ser condescendientes con los que opinan que “los Clásicos son un coñazo” sin haberlos leído (ya sea por pereza o por negligencia), todos hemos contribuido a rebajar nuestras expectativas de lectura sobre los niños y adolescentes que están en el periodo de escolarización obligatoria y a cambiar los libros que se recomendaban habitualmente (de un valor literario contrastado) por títulos descafeinados e insignificantes en nombre de un mal entendido acercamiento al interés del menor. Parece que se nos olvida que todo es susceptible de ser educado. También, los intereses y los gustos.

Por todas estas razones, no puedo ver en la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan más que una noticia negativa, ya que supone, desde mi punto de vista, una nueva confirmación de esta tendencia que, poco a poco, va despojando de Literatura a la Literatura y, de un modo más claro y violento, va despojando de Poesía a la Poesía. Creía vivir en un mundo en el que cualquiera podía escribir bien, publicar e ir dando lecciones de poesía joven, fresca y contemporánea sin necesidad de esforzarse demasiado ni, por supuesto, preocuparse por leer algo más que los posts de los amigotes en Facebook. La situación era mucho más grave de lo que imaginaba: hasta el jueves no sabía que la Poesía no necesita poemas, no necesita libros, no necesita lectura. En los últimos años, bajo la etiqueta de Poesía convivían a codazos demasiadas cosas. La concesión del Nobel a Bob Dylan sólo puede ser una buena noticia para aquellos que quieran exterminar definitivamente cualquier resto resto de auténtica Poesía que aún sobreviva al amparo de aquella vieja etiqueta.

martes, 5 de julio de 2016

Dos libros de Javier Sánchez Menéndez

Con motivo de la presentación en la Feria del Libro Huelva, de sus libros Confuso laberinto (Renacimiento) y El libro de los indolentes (Plaza y Valdés Editores), Javier Sánchez Menéndez me pidió que dijera unas palabras a modo de introducción del acto. Retomando unas cuantas notas y añadiendo algunas impresiones que surgieron de escuchar a Javier, he redactado esta entrada para el blog. Espero haber sabido rescatar, al menos, una parte de la hondura del pensamiento que está recogido en ambas obras:

Es una suerte que te inviten a presentar el libro de un amigo. Y afirmo esto porque, normalmente, en una conversación informal entre amigos está excluido el elogio y, ante el más mínimo asomo del mismo, el elogiado siempre trata de interrumpir o desviar el curso que toman las palabras del elogiador. Sin embargo, en una presentación, no le queda otro remedio que oírlo y, por ello, quiero empezar manifestando que Javier Sánchez Menéndez es un escritor de una lucidez que está al alcance de muy pocos, así como un modelo de ética tanto en lo creativo como en lo profesional (que abarca, entre otras cosas, su encomiable faceta de editor). Y esta actitud de frenar el elogio revela que sus libros están escritos desde la coherencia, desde una verdad propia que salpica muchas de sus páginas y de la que podemos encontrar una clara muestra en el fragmento número 30 de “El encuentro en Camarinal” (la primera parte de El libro de los indolentes): “El mérito del poeta radica en la humildad.”

El libro de los indolentes está formado por fragmentos, aunque, tal vez, convendría llamarlos trechos, a la manera de Pessoa. Yendo un poco más lejos, no sería descabellado afirmar que existen claros paralelismos, coincidencias, entre la estructura del libro que nos ocupa y la del Libro del desasosiego. A medida que la lectura nos permite ir desvelando alguna de sus claves, hay algo invisible, inexplicable, en El libro de los indolentes que nos lleva de forma irremediable a recordar la obra de Pessoa. No estamos, desde luego, ante la canción del verano y escribo esto desde mi más profundo desprecio hacia ciertas formas de la cultura de masas, así como desde mi respeto absoluto hacia ciertas formas de escritura. Estamos ante un libro que no reparte estribillos y eslóganes fáciles que podamos reproducir ante cualquier circunstancia y que acaban por quemarse con gran facilidad. Es, precisamente, lo opuesto lo que encontramos al sumergirnos en su lectura: un libro que requiere un compromiso inelectual del lector, un esfuerzo que nos lleve a entender que: “También vivir precisa de epitafio.” O, sencillamente, un carácter activo que nos ayude a descubrir que: “Donde empiezan los actos acaban los pronombres.” En muchos de sus fragmentos, la voz que construye el discurso nos hace pensar en la labor de un cartógrafo que delimita las fronteras de la auténtica poesía y denuncia el comportamiento de los no poetas, de los siniestros, de todos aquellos que “tratan de apoderarse de la belleza marchitándola.” Cargado de un profundo simbolismo numeral, se trata de un libro que, a mi entender, ofrece vías para la reflexión sobre el proceso de escritura. Los fragmentos que lo componen están plagados de referencias en este sentido, como cuando se afirma que: “La poesía es el camino que nunca finaliza”. En la mísma línea y más centrado en los productos, en los hechos concretos, se nos dice: “Un poema auténtico está cargado de interrogaciones, de manchas de tinta.”

Confuso laberinto forma parte de Fábula, un conjunto de diez libros que tratan sobre la relación entre la vida y la poesía. Según el propio autor, es un manual sobre la contemplación, en el que se nos invita a observar las realidades, los paisajes que atravesamos cada día, como si estuviéramos viéndolos a camara lenta. La intención no se esconde. CONFUSO AL FIN Y AL CABO comienza con la siguiente declaración: “He aprendido a observar aquello que no se puede ver.” Los textos que conforman el libro se acercan al poema en prosa y giran alrededor de varios ejes. En SIN SER YO MISMO, el que abre el libro, se aborda el tema del doppelgänger como un hecho: “La vida es un portal donde todos los seres disponen de sus dobles”. La posibilidad del diálogo con los muertos, con aquellos que forman parte de nuestro pasado, está muy presente en muchos textos como EL ALMUERZO CON BARRIE, EL SENTIDO DE LA TRADICIÓN (GRETE GULBRANSSON) o EL BASTÓN DE MADERA, entre otros. Hay, sin embargo, un fragmento que me parece especialmente significativo de esta tendencia en LA IMAGEN ESPANTOSA:

“Ya hacía años que había fallecido cuando la encontré en el autobús. Sin miedo que escandalice levantó la cabeza y respondió a mis preguntas.
Juana estaba en el laberinto y en él permaneció. Al igual que mi padre, JRJ, Barrie, Meredith o Francisco Imperial. Algunos otros aparecieron como espectros.”

Confuso laberinto es también la constatación de una inacabable capacidad de asombro ante la naturaleza. Así, en REVUELO, se nos hace conscientes de la actividad de un pájaro: “El pájaro persiste, lo intenta, no se cansa.” Las nubes son también una fuente de estímulo y consuelo, como puede deducirse en BELCEBÚ: “¿Alguien ha visto alguna vez una nube con forma de poema? Una nube bellísima. Aparece en la tarde.” Parece, en definitiva, que la escritura de Javier Sánchez Menéndez quisiera aprehender la naturaleza en algún verso (en NEVILLE escribe “Cuando veo una hormiga que está dentro de casa, tomo el cuaderno negro, el de las tapas duras, e intento que el verso ahonde el propio reflejo”) o, al menos, extraer de ella alguna enseñanza, algún ineludible aprendizaje (POEMAS EN LA TARDE es, en este sentido, un texto revelador: “Hay poemas que no se acaban nunca. Otros nunca serán poemas”).

Bien es sabido, por otro lado, que cada lector encuentra lo que quiere, lo que anda buscando de forma implícita o explícita. Y yo, que no pretendo escapar del filtro de mi atención selectiva, he visto en Confuso laberinto un libro muy encaminado también al análisis del proceso de creación poética. Sus páginas están tan repletas de sentencias irreprochables que se podría construir un programa de vida haciendo un collage de distintos textos. Empiezo por el final: en el EPÍLOGO, podemos leer: “Seguir, seguir haciendo algo. No parar, pasear, leer, escribir, amar a la poesía.” La confesión que encontramos en REGISTRO da una idea muy clara del posicionamiento vital del poeta: “En la poesía encuentro el universo entero y todo el proceso de la creación.” Pero la poesía tiene sus exigencias: soledad, lectura, silencio. Así, en GORGIAS, Javier Sánchez Menéndez escribe: “Los libros no se leen, se desmenuzan. Y eso es cuestión de tiempo.” Y en NICANORIAS: “En el silencio la voz se funde en las estrellas.” La labor del poeta está la búsqueda de la búsqueda de sus inclinaciones, así como en el rescate de los matices a través de la contemplación y el pensamiento. “Cada una de las elecciones que permite la vida es una inclinación” apunta en COMO TODAS LAS COSAS DE LA VIDA. Más claro es, según mi parecer, INCLINACIONES un texto del que puede desprenderse toda una teoría de la literatura. En él, se define la identidad del poeta en relación a las tareas que debería imponerse: “La identidad del poeta pasa por sus inclinaciones, repletas de matices.” Y, más adelante, casi en final, encontramos otro concepto nuclear: “Las calles están repletas de desvíos. Y un desvío es confusión.” Porque, después de todo, es decisivo huir de los desvíos, de todo aquello que lleva a la vida y a la poesía muy lejos del centro que el poeta debe buscar.


Me dispongo a acabar y siento ahora la necesidad de volver brevemente al comienzo, de volver a afirmar la coherencia y el trabajo honesto que caracterizan a Javier Sánchez Menéndez, extremos que no necesito justificar ya que están demostrados en libros como estos y en los muchos que, afortunadamente están por venir. En OTRA PUERTA DE ENTRADA, otro de los textos de Confuso laberinto, se establece que: “La verdad del poeta se encuentra en su trabajo.” Nada que añadir.

jueves, 31 de marzo de 2016

Lo de siempre (disculpen mi osadía)

La poesía es siempre un hecho estético. Supone la traducción de una luz, una impresión, una intuición, al mismo lenguaje que nos sirve de comercio cotidiano. Esto hace que la poesía sea también un acto comunicativo. La traducción, como es sabido, siempre supone una pérdida. Por ello, el uso de la etiqueta “poesía pura” para identificar un determinado tono o estilo siempre me pareció un abuso del adjetivo. Otra consecuencia evidente, por otra parte, es que la poesía no puede pretender la objetividad de una fotografía, ni puede aspirar a ser una crónica en un sentido estricto. Toda poesía, como toda literatura, implica siempre una reconstrucción, una interpretación de lo que llamamos realidad. 

sábado, 5 de marzo de 2016

Moreno, Carrasco, apocalipsis

Está muy claro que la narrativa española tiene el futuro asegurado. Y escribo esto porque, desde luego, el presente da muestras de gran consistencia. Al menos, eso es lo que pienso después de haber leído recientemente dos libros con todo el interés que, sin duda, merecen. Se trata de Por si se va la luz de Lara Moreno y de Intemperie de Jesús Carrasco, dos novelas que derrochan talento y que, a mi entender, comparten (casi) una especie de tendencia estética. Soy muy poco original ¿verdad?

Lara Moreno, a quien hace un largo tiempo que no veo, ha sido siempre una narradora impecable (su faceta como poeta la desconozco). Hace ya muchos años (más de diez) leí Casi todas las tijeras con la devoción de quien conoce la mano que está detrás de la tramoya. Ya entonces podía intuirse a la escritora que es hoy, una escritora que se reafirma en su cosmos creativo, una nieta literaria de Cortázar (dicho sea con el respeto y el aprecio que le tengo a ambos) . Por si se va luz es una novela que tiene la exquisita virtud del capítulo breve, ese recurso nada fácil de pulir que facilita al lector la sensación de bajada de escaleras, de un ritmo de lectura (muy distinto del ritmo narrativo de la propia novela) incapaz de detenerse y, al mismo tiempo, prácticamente imperceptible. El mundo que nos presenta es un mundo sin estructura y, como tal, capaz de desestructurar (no la recoge doña RAE, lo sé) cualquier vida individual y, consecuentemente, cualquier intento de vida colectiva. Hay una sombra borrosa que parece decidir o manipular gran parte de lo que sucede, la Organización, de la que no parece saberse nada con certeza, como tampoco parece saberse nada acerca de todo aquello que sobrepasa la realidad aislada de la aldea que sirve como marco espacial a las historias que se esbozan en el libro. Y es aquí, en esa incertidumbre, en esa aparente ausencia de sucesos, donde está el punto fuerte de la novela que narra el exilio autoimpuesto de Nadia y Martín. No hay tanta fortaleza, en mi opinión, en la construcción de los personajes que, a veces, parecen quedarse exclusivamente en el arquetipo para dar satisfacción a las necesidades que entraña el concepto, el significado, el objetivo implícito de la obra. El comportamiento sexual que se sugiere o se muestra en los personajes masculinos es una clara muestra, pero hay otras.

El libro de Carrasco es más directo. La huida de un niño de su pueblo, de su casa, de su padre, de la humillación, de las vejaciones, es narrada con la necesaria velocidad, con el vértigo de mirar atrás, con la agudización de la vigilancia, con un miedo creciente y creíble, un miedo capaz de alcanzar a cualquier lector. Con un paisaje casi invariable, aunque nada irrelevante, el relato está apuntalado por cuatro de sus personajes. El escritor consigue la implicación emocional y solidaria del lector con el que huye. Simplemente por esta razón, Intemperie es una novela elogiable. Sin embargo, hay más, pues Carrasco acierta planteando una historia con un claro desenlace (o así me lo parece). En una época en la que la literatura de prestigio, parece no conceder demasiada importancia a los desenlaces narrativos, Intemperie apuesta por dar satisfacción al lector, cuya curiosidad, como ya sabemos, no es fácil de saciar.

Se puede encontrar una gran de variedad de paralelismos entre ambas novelas, empezando por el más obvio: el escenario rural en el que se desenvuelven. Sin embargo, es en su tono apocalíptico donde, desde mi punto de vista, se puede constatar una mayor convergencia y, también, donde pierden parte de su poder de convicción para quien suscribe estas líneas. No tengo nada en contra de la literatura apocalíptica. Sin duda, es legítimo el intento de provocar en la audiencia sentimientos cercanos al asco, el intento de transmitir una angustia vital, esa actitud tan punk y desazonadora de negar la posibilidad de un futuro, una salida, una solución. Se echa de menos, en cambio, una mayor sutileza en la elección del lenguaje y en la presentación de las escenas.

Hace años oí decir a alguien que el cine sobre ángeles nació y murió en 1946 con Qué bello es vivir de Frank Capra. Aunque no quisiera caer en un juicio tan radical y exagerado, tengo que confesar que me pasa algo similar con este tipo de narrativa desde que leí el famoso Libro del desasosiego de Pessoa. En su fragmento 154, se dice únicamente esto: “El sentimiento apocalíptico de la vida.” Desde entonces, es difícil mantener ciertas actitudes en la escritura.

jueves, 14 de enero de 2016

Compinches de San Pedro y Ermita

Probablemente como consecuencia de algún reencuentro reciente, últimamente me asaltan recuerdos anecdóticos vinculados a aquel hábito (que tanto repetimos durante años) de beber en la calle sin demasiada mesura. Hablando claro: de aquellas noches de botellón. Es normal que nos gustara aquello, que no nos aburriéramos ni viéramos inconveniente alguno en nimiedades como el frío. Después de todo, nos estábamos apropiando del mundo o, más bien, de nuestra ciudad. Era una forma (tonta, sí) de reafirmarnos en un sentido social y personal. En el fondo, lo que más nos importaba eran los otros, el inacabable escaparate de gente que nos rodeaba. En el fondo (y creo que puedo hablar en nombre de muchos de mis amigos), lo que más valorábamos eran las horas de conversación, una conversación (claro está) estimulada por la característica desinhibición que el alcohol facilitaba.

Con toda seguridad, pequé de cierta pedantería en aquellos años en más de una ocasión, ya que recuerdo haber hablado mucho sobre política, libros, música y cine. Aunque eran la trochería y el chiste fácil lo que predominaba, es cierto que tenía (teníamos, no era el único) costumbres irrenunciables, como la de elevar a los altares de la música a bandas menores. Hay muchos buenos botones como muestra. Por supuesto, si incurrí en ciertas actitudes, lo hice de forma inconsciente. La adolescente necesidad de mostrar mi carácter cerebral me duró más tiempo del recomendado, pero creo que siempre me han controlado de forma suficiente cierta humildad y un gran sentido del ridículo.

Recuerdo que una noche cualquiera hablaba sobre cine con un conocido, uno de esos muchos conocidos a los que se veía de forma irregular durante el año y con los que se acababa hablando sobre cualquier cosa sin importancia. En un momento de la conversación, el tipo me pregunta por el título de una película. Confiando en que yo la hubiera visto, me espeta una expresión en inglés como pista que acabara evocando el dato que su memoria le negaba. Supongo que el recurso al inglés pretendía, además, dejarme claro que él la había visto en versión original. Yo no había visto aquella película y, como no podía ser de otra manera, eso fue lo que le dije. Su reacción a mi respuesta me sigue sorprendiendo unos catorce años después. Dijo, textualmente: “¡Qué asco de ciudad!” No escribo esto con la intención de hacer una defensa cerrada de Huelva. Tampoco lo hago porque recuerde el episodio como una “pedrada” a mi autoestima. De hecho, sí que recuerdo no haber entendido por qué su frase no fue “¡Qué asco de tío!” o algún tipo de referencia a mi analfabetismo cultural.

Pasó el tiempo y nunca vi aquella película. Al escribir estas líneas, he podido comprobar aquello de la poca fiabilidad de la memoria. Creía recordar aquella expresión en inglés y creía, por tanto, que sería capaz de encontrar su título con la ayuda Google para poder ilustrar esta entrada. Tampoco recuerdo muy bien si fue antes o después cuando supe de algunas otras historias esperpénticas protagonizadas por el mismo héroe. Sobre esas otras, como se puede entender, no escribiré nada. Sí diré, sin embargo, que sigo cruzándomelo de forma ocasional y, aunque sé que no es razonable, siento cierta lástima, cierta compasión. No sé si por la gratuidad de sus juicios o por su inevitable necesidad de resiganción.


miércoles, 13 de mayo de 2015

Circuito cerrado


Es evidente que la conducción de nuestro coche no debería convertirse en un lugar para la introspección. Es evidente y, al mismo tiempo, es inevitable que ocurra. Y la expresión de esta certeza a golpe de metros y ritmos es, sin duda, el mayor de los aciertos de Diego Vaya en su libro Circuito cerrado (Ediciones de la Isla de Siltolá). Dicen aquellos que estudian el comportamiento humano que este fenómeno se produce por la costumbre: la mecanización de unas acciones repetitivas deja un espacio libre a nuestros recursos atencionales, espacio que aprovechamos para pensar. Tomándome una licencia pessoana, me atrevo a afirmar que es entonces cuando somos capaces de abrir nuestros ojos hacia una ensoñación interior. Sin que nadie pudiera advertirlo externamente, nos estamos viviendo en otra forma, estamos recorriendo otro paraje, los contenidos de la conciencia van mucho más allá de lo que se ciñe, exclusivamente, al ámbito del tráfico y la circulación. No sé si (la primera de las secciones del libro y la que toma como contexto el coche y la carretera), fue concebida, inicialmente, como un conjunto de poemas fuertemente interrelacionados entre sí o como un único y extenso poema, pero en el lector queda la sensación de haber leído un solo poema o, incluso más allá, un manifiesto, donde los abajo firmantes (estoy seguro de que seríamos muchos) quisiéramos dejar constancia de que hay mañanas en las que nos depersonalizamos, en las que no podemos reconocer ni aquellos caminos que nos resultan familiares, en las que aquello que llamábamos nuestro mundo ya no nos pertenece y la angustia es un río que se desborda y: “La radio sintoniza el óxido y la niebla”. Y, así, se van desmadejando temas universales o borgianos (si acaso no es lo mismo) como la conciencia de un final o las concepciones esbozadas sobre el significado de la muerte. Y el rostro en el espejo o su confusión con el paisaje en el lienzo cristalino de la ventanilla nos lleva a la más común de la extrañezas que es la extrañeza propia. Puede intuirse que estas palabras son una defensa y, después de todo, qué otra cosa podían ser después de toparme en el poema con un verso que, para mí, es casi un axioma: “mi mente una cadena de montaje”. No sé si Diego está de acuerdo, pero este verso refuerza una imagen necesaria: la escritura es una acción constructiva, un ensamblaje de piezas que tiene, incluso, cierto componente matemático. Todo este artefacto expresivo, simbólico, va preparando el escenario para un final catártico donde el anhelo de la infancia (como un terreno virtuoso en lo sentimental y lo ético) ejerce su dominio.

El resto del libro, como la vida, tiene subidas y bajadas. En mi opinión o, más exactamente, en mi lectura, los poemas de la sección Domingo americano supusieron una especie de valle, aunque no me engaño y sé que esta percepción está sesgada por prejuicios personalísimos, temáticos en el primero de los casos (el poema que da título a la sección), referidos al tono en el segundo (Estar aquí) y en ROMA.JPG centrados en el uso de cierto lenguaje. No, por ello, dejo de ver los aciertos de un poeta que, indudablemente, sabe lo que hace. Así, en Domingo americano, se sugiere: “El aire es un incendio”. Probablemente, no hay mejor manera de evaluar el ambiente en el que se quiere desarrollar el poema. Poco después, nos arroja: “y la hierba creciéndome en la mente / y echando raíces en cada pensamiento”. Y nos lo arroja porque es consciente el poeta de la permeabilidad de todo sistema de ideas frente a las acciones cotidianas, frente al mero paso del tiempo. Por otro lado, Estar aquí es un poema que podría justificarse con su final. El toque banal, casi humorístico, que desliza el texto queda desdibujado, repentinamente, por esos tres versos finales que tienen una precisión de cuchillo inesperado: “y tan solo se mueve / el vacío dinámico del mundo / y siempre así, y es triste”. ROMA.JPG es la constatación de varias certezas: “Los datos del disparo son memoria”. Y no solo memoria. El soporte fotográfico, como cualquier otro soporte, es una prótesis, una estructura que apuntala el crecimiento de la cognición, de la identidad. También es innegable que la vida del turista es una tregua y que hay cierta nostalgia orteguiana en el afán inútil de capturar, de envasar al vacío y conservar, toda la ingenua alegría del viaje en una foto. En este sentido, el esfuerzo de Diego Vaya por sintetizar todas estas ideas es elogiable.

El último trayecto que nos hace recorrer Circuito cerrado es Helada, un poema elegido con acierto para cerrar este libro, un poema que nos sitúa en el escabroso escenario de un centro comercial. En un escenario como este, no es necesaria la militancia para apuntar que el cielo está gastado, que el verano no vuelve como en la infancia, que el suelo que pisamos son escombros. Con suma habilidad, el poeta identifica que “la gente y la vida y lo demás / son el ruido de fondo”. Y ese simulacro de existencia diseñado con cierto carácter anestésico, que rebosa de luz artificial y de música plastificada y pervertida es “una alucinación insoportablemente nítida”. Enfrentado a su propio rostro en los probadores, frente a la imagen repetida del mismo canal en incontables televisores, Diego Vaya nos alerta de que la angustia que late por debajo de las noticias infames y desgraciadas es la misma que subyace en los apocalípticos mensajes de cualquier loco inadaptado: en ambos casos, lo que se esconde detrás es la infranqueable inercia de un mundo que se autodestruye.