martes, 1 de mayo de 2018
Presentación en Huelva
El jueves 3 de mayo a las 19:30 estaré en la Biblioteca Provincial de Huelva presentando "La lluvia o la mañana", libro que he tenido la suerte de publicar con Ediciones de la Isla de Siltolá. Se puede leer más información pinchando AQUÍ.
jueves, 5 de abril de 2018
Apuntes para una presentación de "La distancia de una isla"
Probablemente,
Freud sería la única voz autorizada para esbozar una explicación
satisfactoria sobre varios hechos innegables. A saber: la vida del
oficinista es un tema literario que no parece agotarse nunca, su
oficio es un marco perfecto para estimular la voluntad de
trascendecia, la oficina (ya sea fingida o impuesta) es un universo
desde el que se puede articular la creación. Son hechos innegables o
eso pienso después de haber disfrutado con la lectura de La
distancia de una isla.
Y acuden a mi recuerdo ahora el oscuro funcionario que protagoniza
Memorias del
subsuelo
y ese Bernardo Soares al que debemos el Libro
del desasosiego.
Me atrevería a decir que no es necesario que el sujeto poético
trabaje en lo que entendemos como una oficina típica. Cuanto más se
parezca un trabajo a la rutina, al silencio, al aislamiento, a la
priorización de los papeles en detrimento del trato humano (y no sé
por qué pienso ahora en aquel Pereira soliviantado por el calor del
verano lisboeta), mayor poder de generación de un discurso lírico o
narrativo parece atesorar. Alguien debería formular un teorema de
estilo pitagórico que diera forma definitiva a lo que parece una ley
inamovible en la literatura de los últimos siglos. Muchos de ustedes
se preguntarán con razón cuál es el nexo de unión entre estas
elucubraciones y la poesía de Manuel González Mairena. Y no voy a
ser yo quién les descubra ese misterio porque lo hará el propio
autor. Estoy seguro. Después de todo, yo debería limitarme a
ofrecerles unas cuantas pistas sobre los poemas que tienen a su
disposición en este volumen gracias a Ediciones en Huida, aunque voy
a permitirme cierta labor interpretativa. No puedo evitarlo.
La oficina es, ante todo, la repetición de un esquema. Cada día se
convierte en la superposición de secuencias idénticas que no pueden
diferenciarse unas de otras. El significado profundo del tiempo se
impregna de un matiz acumulativo. No es extraño, por tanto, que
cualquier elemento contextual sufra en estos versos la proyección de
esta vivencia. Así sucede con el transporte urbano que se califica
como "un
crematorio de los días laborables".
El metro se reduce, simplemente, a un mero "transporte
de mercancías".
El trabajo, además, no se traduce en frutos. Tanto es así que la
nómina se define como "una
porción sútil de veneno."
En el recinto de esa cárcel camuflada que parece ser la oficina,
todo tiende a una despersonalización sin límites "donde
las gentes / reciben el nombre de sus cargas."
Por otro lado, está el mar, ese símbolo totalizador en el que todo
cabe y que La
distancia de una isla toma
como un paraíso. El mar se erige, por gracia de los dos poetas que
son responsables de este libro, en una suerte de antónimo de la
oficina. "Una
vez los sueños fueron un barco"
se nos confiesa desde uno de los textos de la primera parte del libro
y también se confiesa el padecimiento de unas "ansias
oceánicas".Y
aunque se admite que alguna vez hubo un horizonte alcanzable que "fue
pura alegría de posibles",
en el "Testamento del oscuro oficinista" (el extenso poema
que cierra el libro) la voz protagonista no se arruga al admitir
realidades amargas: "Hace
ya tiempo que cambié la resistencia por la melancolía."
Se nota que ambos poetas son conscientes de que, a veces, no queremos
que nuestros sueños se cumplan, que nuestros más fervientes deseos
se materialicen. A veces, sólo queremos ser el oscuro oficinista que
"miró el
mar desde el muelle por miedo a lo posible."
Obviamente, no se agotan en esta pequeña muestra los temas que se
sugieren en La
distancia de una isla,
pero creo que queda justificada la necesidad de leer este libro que
Manuel lanza hoy al mar de la esfera pública con la misma esperanza
que el naúfrago deposita en su botella.
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jueves, 19 de octubre de 2017
Décimo Encuentro de Verdes Escritores y Escritoras
El lunes 23 de ocubre estaré en la sesión inaugural del décimo Encuentro de Verdes Escritores y Escritoras que se organiza, como cada año, gracias al incansable trabajo de José Manuel Alfaro. Será en el Bar Trastero (Huelva) y estaré acompañado, entre otros, por Daniel Salguero Díaz, Fernando Bazán y Worve. Puedo prometeros que habrá poesía, música y un tiempo para la reflexión sobre la necesidad y función de estos encuentros. Empezamos a las 21:00. Espero veros por allí. El evento publicado por la Tertulia Cultural Trastero Dispar Arte en Facebook se puede consultar pinchando AQUÍ.
domingo, 24 de septiembre de 2017
El elogio de la sombra
"Me gustaría ampliar el alero de ese edificio llamado "literatura", oscurecer sus paredes, hundir en la sombra lo que resulta demasiado visible y despojar su interior de cualquier adorno superfluo."
lunes, 26 de junio de 2017
"El baile del diablo" de Javier Sánchez Menéndez
Javier Sánchez Menéndez, como tal, no necesita muchas presentaciones. Editor de la Isla de Sitolá, poeta, ensayista, articulista, será difícil escribir una historia de esta etapa de la literatura española que no incluya su encomiable actividad en todas estas facetas. No es necesario que yo descubra el valor de poemarios como La muerte oculta o Una aproximación al desconcierto. Tampoco es una novedad afirmar que sus libros que analizan las relaciones entre poesía y vida, como El libro de los indolentes, Confuso laberinto o Mediodía en Kensington Park (estos dos úlitmos pertenecientes a la serie Fábula), empiezan a convertirse en lecturas imprescindibles para todos aquellos lectores y lectoras de poesía que buscan un discurso auténtico, una voz que destile una verdad propia.
Sería bueno comenzar,
pues, esta reseña de El baile del diablo con un
agradecimiento. Por un lado, es una suerte que siga habiendo
editoriales que cuiden con tanto mimo la mercancía que producen. Los
libros de Renacimiento como meros objetos son ya tesoros de los que
desgraciadamente no abundan. Además, la inclusión en su catálogo
de poetas de la profundidad de Javier Sánchez Menéndez nos ayudan a
sobrevivir en mitad de un tiempo de hastío al que algunos (no sin
cierta razón) ya han bautizado como burbuja editorial.
Cualquiera que haya leído
a Pessoa o a Fonollosa sabe que, como lector, carece de sentido
preguntarse si una obra, un poema, unos versos, son puramente
confesionales o, simplemente, están disfrazados con una tonalidad
confesional. Para empezar, porque eso que llamamos “yo” está muy
lejos de ser una sola entidad y convendría hablar de una
multiplicidad de “yoes” que se van sucediendo en el tiempo. Por
otro lado, toda poesía tiene un punto de estructura premeditada, de
construcción planificada. El lenguaje poético no es el lenguaje
corriente con el que despachamos los asuntos cotidianos. Saber
encontrar la justa medida de elaboración, de tramoya, de artificio,
es lo que diferencia al auténtico poeta del versificador de bodas,
bautizos y cumpleaños (dicho sea esto con todos mis respetos)
porque, como ya nos advirtió Paracelso, el veneno está en la dosis.
Y es, precisamente, aquí dónde radica el mérito de Javier Sánchez
Menéndez, capaz de hacer una poesía de apariencia sencilla y con la
medida justa de profundidad, de una coherencia absoluta, una poesía
que revisa los escenarios de la memoria, los avatares del presente y
las prefiguraciones del porvernir sin dramatismos, huyendo del
remordimiento con una voluntad de asumir la vida propia sin euforia
ni angustia o contrición.
No sé si estaré en lo
cierto, pero pienso que el poema EL BAILE DEL DIABLO (texto con que
se abre el libro) se empeña en darme, al menos, parte de razón. En
él, una voz parece interpelarse a sí misma o, más bien, al sujeto
poético, acusádolo de impostor, aparecen palabras como cínico o
fantasma y, en su resolución, el poeta nos dice que “ocupamos el
lugar previsto” y, además, añade: “No ha sido nunca malo / el
hecho de estar solo”. Esta convicción enlaza con una de las ideas
centrales de toda su obra (según mi parecer): la necesidad del
silencio y la soledad.
Tras este primer texto,
comienza LAS CARTAS POR JUGAR, la primera parte del libro, que
introducen una cita de Parra y otra de Pound. Si atendemos en su
sentido estricto a los versos de Parra, podría parecer, al menos en
la superficie, que hay un intento por negar el pasado o, al menos, la
vida en la memoria. Algo que podría refutarse cuando se acomete la
lectura de algunos de los textos de esta primera parte. P.G.B.,
MISERIA HOMINIS y BORRADORES, entre otros, parecen estar desgranando
ciertos segmentos del recuerdo, aunque con la distancia necesaria,
asumiendo los hechos ya pasados y su inevitable inmutabilidad. Los
poemas de esta primera parte parecen buscar referencias en una
multitud de temáticas donde cabe el amor, la hipocresía, el
aborrecimiento de la vida social y ciertos toques de filosofía que
quizá solo perciba quien firma esta reseña (a este respecto me
parecen relevantes SATANÁS y WAS CLEAN). En BLACK JACK el poeta
termina asumiendo una evidencia, en el marco de un lance de naipes.
“No he podido plantarme” escribe sin que sus lectores sepamos si
fue por convicción o por falta de oportunidades. NANNY comienza
marcando el matiz subjetivísimo de la memoria: “Es posible que tú
ya no recuerdes”. LIFE LIE dibuja con acierto el punto exacto en el
que coinciden las trayectorias de lo trascendental y lo rutinario.
Una lectura atenta, por otra parte, puede encontrar sugeridas ciertas
dicotomías no evidentes y que, muy probablemente, estén tan solo en
la cabeza del lector. Así en DEAD SEA se podría entender que el
calor está enfrentado a la verdad y en RECIBO EN LENCERÍA el amor
parece contraponerse a la miseria. Para cerrar esta parte del libro,
POESÍA esboza una definición de la misma a la que no puede
objetarse nada: “telúrico vigor / que nada contradice.”
LAS OBRAS TERRENALES es
la segunda parte del libro y está compuesta por un conjunto de
poemas que parecen tener una mayor vocación interpretativa o
explicativa del mundo, de las vidas individuales y del destino
humano. El último verso de STAND BY (poema que abre esta sección)
es una clara advertencia del derrotero que irá tomando el libro: “La
puñetera sombra de la vida”. PÓLVORA nos recuerda que: “También
la luz / posee tinieblas”. VIDA termina con dos versos que tienen
cierto sabor al famoso soneto de Lope, pero teñidos de cierta
amargura: “Esto es vivir, lo noto / en su mentira.” En MISTERIO,
se apunta a una concepción de la muerte como dejar de ser palabra y
es esta identificación un evidente acierto lírico, ya que no puede
haber muerte que no implique dejar de ser palabra. Después de todo,
¿qué son la memoria y el pensamiento humano sino palabras? Por otro
lado, no se descartan en LAS OBRAS TERRENALES otros tonos. Por
ejemplo, ES TARDÍSIMO parece recurrir a la ironía para hacer una
defensa de lo contemplativo, para impulsarnos a huir del ritmo
artificialmente acelerado de los tiempos que corren. MUCHA MIERDA
termina con una clara voluntad de reafirmar la propia existencia o,
quizás, simplemente, de alargarla en la propia obra (“Este verso
dirá / que sigo vivo”). MONEDA parece destacar la imposiblidad de
resolver ciertas dialécticas. Incluso, hay lugar en esta sección
del libro para el recuerdo de ciertas gamberradas infantiles como las
que se aluden en ya citado PÓLVORA, en DOÑA CONCHA y en AVE MARÍA
PURÍSIMA.
En LA VERDAD DE LAS
COSAS, tercera de las partes de El baile del diablo, la muerte
va ganando una mayor presencia, se hace casi palpable. SEMILLAS DE
GRANDEZA inaugura este tramo final, recogiendo muchas de las líneas
que se han ido sugiriendo a lo largo de todo el libro. La muerte como
una realidad imparable, sigilosa, repentina se resume en un verso:
“Ya has dejado de ser.” Aparecen también en este texto temas que
vienen siendo habituales en otros libros de Sánchez Menéndez, como
el valor central de la humildad. “En la humildad habita la verdad”
se nos dice primero y, llegando al final del poema, se concluye:
“la grandeza del hombre
es la humildad. Saber
decir que no a la
nostalgia.
Somos en la distancia
solo nubes.”
En este mismo sentido,
regresa en EL DÍA DE MAÑANA aquella nube con forma de poema que ya
formaba parte del imaginario de Confuso Laberinto. En esta
ocasión, se identifica con la virtud en el cielo. Y aunque en
DESCARTE se afirma que la existencia “es capaz de engañar / y
mentir a las sombras”, no hay lugar para el engaño. A pesar de que
el poema LA MUERTE comienza sugiriendo que ésta “debe ser un
espejismo”, poco después se señala cómo la muerte ya se
aprehende durante la vida: “Hay un tiempo sin tiempo en esta vida,
/ la creación del oficio y de la muerte”. Dejar de vivir es un
proceso:
“El camino hacia la
muerte
es ese instante, el
desvelo, la luz
sin anatemas.”
La muerte es un camino
unidireccional e irremediable. Por eso, BALANCE cierra el libro con
un verso que se convierte en una revelación, una verdad que se
comprende y se acepta de forma inmediata: “También vivir precisa
de epitafios.”
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jueves, 15 de junio de 2017
Entrevista en La Arcadia Onubense
Ya está disponible la entrevista que me hicieron Rafa Núñez y Alejandro V. Bellido para el programa La Arcadia Onubense de Uniradio. Fue una gratificante mañana de radio:
lunes, 1 de mayo de 2017
Muy pronto en Dispar Arte
Ya ha salido la programación de mayo y junio de la Tertulia Dispar Arte. El jueves 18 de mayo estaré por allí con mi libro "Además del llanto" y alguna que otra novedad. Espero encontraros por allí. Si quieres, puedes consultar o descargar la programación completa pinchando AQUÍ.
lunes, 17 de abril de 2017
Lectura
El viernes 21 de abril a las 19:30 estaré en Cafetería Mozárabes leyendo algún que otro poema. Nos vemos allí si os place.
lunes, 9 de enero de 2017
Seis poemas inéditos
He tenido la suerte de publicar seis poemas inéditos en la Revista de Cultura de La Isla de Siltolá y no puedo dejar de expresar mi más sincero agradecimiento a Javier Sánchez Menéndez por contar conmigo para este proyecto. Podéis leerlos si accedéis al siguiente enlace:
https://revista.laisladesiltola.es/poesia/poemas-ineditos-de-enrique-zumalabe/
martes, 20 de diciembre de 2016
Invitación
El martes 27 de diciembre estaré con Miguel Mejía en la Librería La Isla de Siltolá (Sevilla) a partir de las 19:00. Ya que estamos en fechas muy señaladas, os regalaremos un poco de poesía. Y, evidentemente, nos gustaría contar con vuestra presencia.
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martes, 15 de noviembre de 2016
El libro de los regresos
Daniel Salguero es un crack. Lo afirmo así, sin rodeos. Y creo que, si fuera futbolista, no habría periodista deportivo capaz de negarle esta condición. Se dice esto de un futbolista cuando maneja las dos piernas, cuando es efectivo en el remate de cabeza, cuando es capaz de aportar tanto en defensa como en ataque, es decir, cuando su perfil no se limita a realizar una función microscópica y limitada, fruto de una especialización excesiva. El caso de Daniel es paradigmático, aunque la fortuna no le haya acompañado siempre en su relación con este caprichoso mundillo de lo literario, con las editoriales y con los premios. Su valía como narrador está fuera de toda dudas y así lo atestiguan libros como La barca está varada, Tersila o Sobre la imperfección de los cuerpos celestes. En cuanto a la poesía, Negación del paraíso, Las horas perdidas, Poemas a Aika Miura o Apuntes para un atardecer en Barzaj hablan por sí mismos, defienden a su creador sin necesidad de una labor crítica o hermenéutica. Incluso se ha atrevido con el teatro. De hecho, Los olvidados es uno de los libros de Dani de los que guardo un mejor recuerdo. A cualquiera que lea esta entrada le resultará evidente que la mayoría de estos títulos permanecen inéditos. No está mal recordar de vez en cuando que, hace muy poco tiempo, vivíamos un momento muy distinto al actual en lo que a actividad editorial y ritmo de publicación se refiere.
También
será evidente para cualquiera que lea esto que Dani es, para mí,
ante todo un amigo. Y que estos años de amistad dan para contar
algunas cosas. Fue por el año 2000 cuando nos conocimos en una
tertulia que se reunía en el bar Malacate. Aquella tertulia tuvo
constantes altibajos y cambios de sede. Solíamos afirmar en broma
(aunque en mi caso con cierto temor a que no fuera tan descabellada
la idea) que todo bar o cafetería que eligiéramos para reunirnos
acabaría quebrando a corto o medio plazo. Si nos dejamos guiar por
la conjetura, contribuimos al cierre de, al menos, el Malacate, el
Croxam (creo que se escribía así), el Ottawa, el Zorba y uno cuyo
nombre italiano no consigo recordar (seguramente se me quede en el
olvido algún que otro malogrado local). Por otro lado, tuve la
suerte de colaborar con Dani en la última etapa de la revista La
Cinta de Moebius y en el nacimiento y desarrollo del proyecto
Psiqueactiva. Después de estos antecedentes, a nadie le
extrañará que afirme que, cuando supe que Ediciones de la Isla de
Siltolá iba a publicar El libro de los regresos, sentí una
gran alegría.
El libro de los
regresos es un documento
fronterizo, un cuerpo que se mueve con una habilidad indescifrable
entre dos polos definidos con precisión: la derrota y la esperanza.
Porque nadie puede negar el carácter de derrota que caracteriza a la
existencia. Y, así, Dani Salguero nos muestra cómo la extrema
belleza de un libro, que nos hizo llorar, puede ser fulminada por el
tiempo. El poeta nos hace conscientes de las condiciones de nuestra
vida, una vida que se desarrolla en desiertos “que separan al
individuo de la persona”, una vida en la que la tristeza es
consecuencia de un proceso de aprendizaje y, por si fuera poco, está
“injertada en nuestros genes por los amos, los lobotomizadores
sonrientes de la ventana de los suicidas.” Todo parece estar
manchado por esa sensación de asfixia existencial: el reloj de la
tarde funciona con un mecanismo de cansancio, se puede sentir
nítidamente “la certeza de la pérdida de esas cosas que nunca
hemos tenido” y, por ello, “es necesario, más necesario que
nunca, huir hacia ninguna parte... Deshabitar la conciencia,
apaciguar el alma”.
Y,
sin embargo, hay un atisbo de esperanza: la esperanza de
alguien que conozca el rumbo y nos guíe, el vértigo de saber que la
vida entera cabe en un solo instante. Porque el tiempo puede aún
conceder una tregua, porque se puede encontrar la voz capaz de
renombrar las cosas, porque (aunque solo sea de forma momentánea)
podemos experimentar la sensación de “que huye el tiempo y las
horas nos temen... Ahora que somos más que dioses y la doble
negación de un verso nos reafirma.” Es en
la otredad complementaria y específica del amor, en la presencia del
cuerpo amado, en la promesa de su desnundez, donde se puede hallar la
manera de “caminar limpio de miedos, dudas y tristeza.”
Escribir
poemas no deja de ser una labor de construcción de un discurso, una
forma de conocimiento, un modo de interpretar la realidad. Por ello,
celebro los libros que me hacen consciente de ciertos hallazgos
semánticos o que reafirman aquellos que tengo como verdades
innegociables. El libro de los regresos es una buena muestra
de lo que quiero decir. En él, el rol del poeta que se propone de
forma implícita no es el de juez (un error frecuente en quienes
escriben desde la soberbia). El poeta no puede dejar de ser lo que,
en las Ciencias Sociales, se llama un observador participante: “jamás
volverán, porque han muerto... están muertos y no lo saben, y no lo
sabemos...” A medida que
leemos, descubrimos que regresar y volver son verbos mentirosos: “El
horizonte sólo tiene un rostro y nos miente con su imposible canto
de regresos.” Y, aunque fuera
remotamente posible, volver nunca es una garantía, no supone jamás
un verdadero regreso. Como apunta el poeta con lucidez, los lugares
del pasado, cuando no confundimos el camino de regreso, son la
constatación de lo que el tiempo nos arrebata: “Están
ante las ruinas de todo cuanto perdieron y creen haber recuperado lo
que les ha arrebatado el tiempo.” ¿Y
la memoria? ¿Qué podemos decir de la memoria? Espero que me
disculpen la osadía, pero me atrevo a dar una respuesta: como todos
sabemos o deberíamos saber, nuestra memoria es una reconstrucción
que se actualiza y se modifica cada vez que narramos un recuerdo.
No
se agota el dominio de esta obra en los simples comentarios que
suscribo. Compuesto por poemas en prosa, su lectura va descubriendo
imángenes, sugiriendo asociaciones, obligando al lector a desplegar
sus pensamientos y revisarlos. Cómo no sentirse impelido a repensar
el propio sistema axiológico cuando leemos que el olvido es la única
patria posible y verdadera, que la luz vacía es el verbo con el que
se expresan todas las cosas, que el amanecer nos hiere al
pronunciarnos, que el tiempo es siempre la enfermedad, nunca una
cura. Sí, no quiero que pase desapercibido: El libro de
los regresos está construido
con poemas en prosa y con un respeto absoluto a una tradición no
siempre valorada de la forma en que se merece. Daniel Salguero ha
sabido aprender las lecciones de maestros como Charles Baudelaire,
Julio Cortázar y Francisco Umbral. Supongo que habrá quién siga
atreviéndose a discutir la posibilidad de que puedan escribirse
poemas en prosa. Es muy libre de hacerlo. Pero antes le sugeriría
que hiciera una visita al Cementerio de Montparnasse y al Cementerio
de la Almudena, le recordaría que, de cuando en cuando, conviene
mostrar un mínimo de respeto.
martes, 1 de noviembre de 2016
Una nueva reseña sobre Además del llanto
Miguel Arias ha tenido la amabilidad de dedicar unas palabras a Además del llanto. Se puede leer AQUÍ.
martes, 25 de octubre de 2016
Antología Alienígenas
La Antología Alienígenas es ya una realidad. Podéis conseguirla a través de La taberna del Libro pinchando AQUÍ. De momento, os dejo una foto de la cubierta:
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domingo, 23 de octubre de 2016
Noveno Encuentro de Verdes Escritores y Escritoras
Soy un tipo con suerte. Uno de mis poemas ha sido seleccionado para formar parte de la Antología que se publicará con motivo del Noveno Encuentro de Verdes Escritores y Escritoras de Moguer. El libro se presenta el martes 25 de octubre a las 20:00 en la Biblioteca Provincial de Huelva. Podéis encontrar más información sobre el evento pinchando AQUÍ.
La presentación es sólo el punto de partida de toda una semana de actividades y propuestas culturales. El sábado, a partir de las 19:00, estaré en la Casa Museo Zenobia - Juan Ramón Jiménez participando del Encuentro. Se puede descargar el programa completo AQUÍ.
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domingo, 16 de octubre de 2016
Una tendencia que se sigue confirmando
Me ha sorprendido mucho la rabia con la que se está respondiendo en
redes sociales a todo el que se atreve a cuestionar la concesión del
Nobel de Literatura a Bob Dylan. Especialmente, porque en la mayoría
de los casos, se parte de la base de que cualquier cuestionamiento
del premio es un ataque al propio Dylan. He llegado incluso a leer
que los que no estamos de acuerdo con esta decisión no sufrimos más
que un cabreo. Sinceramente, pienso que quienes están manifestándose
en estos términos no han llegado a entender (ni lo pretenden) los
argumentos que se ofrecen. Evidentemente, Dylan no es el problema.
Como figura cultural, no se puede dudar de sus méritos y del enorme
consenso que puede aglutinar cualquier reconocimiento en forma de
premio que se proponga. El problema es que se la ha dado un premio de
prestigio y fama mundial que está reservado al ámbito de la
Literatura y no al de la Música. No tengo nada que reprochar al
premiado. Mi reproche se dirige hacia la Academia Sueca. En cuanto al
supuesto enfado, poco puedo decir. No recuerdo haber sentido ningún
tipo de ira, ni siquiera una especial sorpresa. Bob Dylan llevaba
mucho tiempo en las famosas quinielas y,
por tanto, no me sorprendió demasiado
la concesión del premio,
como a nadie podrá sorprenderle que algún año lo termine ganando
Murakami y como tampoco fue una sorpresa que, finalmente, el galardón
recayera en Vargas Llosa en el año 2010. Probablemente, este
improvisado e innecesario batallón de defensa de Bob Dylan está
constituido, sobre todo,
por los mismos que, año tras año, se dedican a menospreciar el
premio cuando recae en el Mo Yan o la Hertha Müller de turno. El
premio solo parece ser respetable cuando
se conoce el ganador o, al menos, suena de algo. Es curioso que los
mismos que ahora acusan de tener una visión estrecha de la
Literatura y de la Poesía al primero que se menea estaban bien
calladitos hace ahora un año cuando surgieron algunas voces críticas
después de que se anunciara que la ganadora era una tal Svetlana
Aleksiévich.
Si alguna emoción se parece a lo que siento después de conocer la noticia, es la tristeza, esa tristeza leve que nos domina cuando percibimos que se impone algo, que hay algo que va cambiando en una dirección que no nos gusta y, sin que podamos hacer nada por modificar las cosas, cada nuevo hecho parece consolidar y confirmar lo que tememos. Desde hace ya muchos años, vengo percibiendo que la lectura y, más concretamente, la lectura de Literatura está sufriendo un progresivo desprestigio. Está claro que la afición por la lectura no crece por mucho que se haya consolidado, al menos en nuestro país y en los de nuestro entorno, una Educación pública y obligatoria. La gente no compra libros y, por supuesto, no lee, pero esto se agrava cuando, además, viene imponiéndose socialmente una percepción de la lectura como una actividad inútil y, más concretamente, de la Literatura como una soberana pérdida de tiempo. No hace muchos años, era común encontrar entre la gente que abiertamente admitía no leer un respeto reverencial por el libro, por los lectores, por la figura del escritor, por la Literatura en general. Hoy parece que las cosas han cambiado. Desde mi experiencia como maestro, tengo la desgracia de experimentarlo cotidianamente. En este sentido, me resulta desolador escuchar cómo muchos de mis compañeros de profesión admiten sin rubor que no leen nada. En alguna ocasión, incluso le oí decir a un maestro que, desde que existen el rap y la HBO, la lectura es una actividad innecesaria. Y esto sucede en la escuela, una institución en la que uno de los objetivos más importantes ha sido desde siempre el aprendizaje de la lectura, el fomento de una afición a los libros, el uso de la lectura como una herramienta indispensable en una gran variedad de situaciones.
El pasado jueves, la Academia Sueca, sin pretenderlo, dio un apoyo implícito a esta tendencia: nos dijo a todos que, en estos tiempos que corren, para acceder a la Gran Literatura ya no hace falta leer libros, para poder apreciar la Poesía ya no hace falta leer poemas. Si quedaba alguna fecha en el calendario en la que la Literatura era portada de la prensa, era el día en que se anunciaba el nuevo Nobel de Literatura y quizá el día de la ceremonia. Si quedaba algún premio que seguía concediendo prestigio a nivel mundial, al menos por un día, al oficio de escribir y a la devoción de leer, ese era el Nobel de Literatura, pero el jueves se anunció que ya no hace falta escribir libros para ganarlo, que ya no hace falta dedicarse a la Literatura para formar parte de su polémica lista de agraciados. Por si no fuera suficiente, Bob Dylan fue premiado en calidad de poeta y es, precisamente, la Poesía la más denostada de las artes literarias, la más acusada de inutilidad. La música no necesitaba un Premio Nobel de Literatura, de la misma forma que la Literatura nunca necesitará o reclamará un Grammy o un disco de oro. La Poesía, sin embargo, siempre necesita un Nobel. En las cada vez más escasas ocasiones en las que se concede el premio a un poeta, los lectores de Poesía encontrábamos una suerte de satisfacción, un motivo para celebrar algo difuso, un reconocimiento de nuestra militancia de silencio. Porque la Poesía necesita, ante todo, silencio, un silencio que cada día es menos respetado y más incomprendido. Las canciones de Bob Dylan no son poemas y les hacemos un flaco favor otorgándoles esa consideración. Aunque no puedo negar los excelentes puntos de fusión que la Poesía encuentra con otras artes y disciplinas, tampoco puede negarse que existe un ámbito específico y definido para la Poesía. Desde hace ya muchos años, no paran de intentar convencernos de que, por el bien de la Poesía, para hacerla más atractiva al público en general, tenemos que incluir en ella disfraces, músicas de fondo, chistes, juegos de ilusionismo, vídeos de contenido incomprensible y una larguísima lista de efectos especiales que ha fracasado objetivamente en su intención y que, probablemente, sólo ha tenido como consecuencia una pérdida progresiva del prestigio que alguna vez tuvo el arte poética.
Me gustaría pensar que todo este panorama social y educativo no tiene nada que ver con la concesión de un Nobel de Literatura a un artista cuya obra no nos exige lectura, no nos exige silencio. Me gustaría no relacionar todo este catálogo de despropósitos con el hecho de que cada día escuche en la radio un anuncio sobre un certamen que pretende homenajear a Cervantes, pero que consiste en una competición de hip hop. Me gustaría, pero no puedo. Porque lo cierto es que pienso que todos, con acciones u omisiones, hemos contribuido de algún modo a mostrar cierta empatía por aquellos que dicen no leer nada porque no tienen tiempo, todos hemos contribuido a ser condescendientes con los que opinan que “los Clásicos son un coñazo” sin haberlos leído (ya sea por pereza o por negligencia), todos hemos contribuido a rebajar nuestras expectativas de lectura sobre los niños y adolescentes que están en el periodo de escolarización obligatoria y a cambiar los libros que se recomendaban habitualmente (de un valor literario contrastado) por títulos descafeinados e insignificantes en nombre de un mal entendido acercamiento al interés del menor. Parece que se nos olvida que todo es susceptible de ser educado. También, los intereses y los gustos.
Por todas estas razones, no puedo ver en la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan más que una noticia negativa, ya que supone, desde mi punto de vista, una nueva confirmación de esta tendencia que, poco a poco, va despojando de Literatura a la Literatura y, de un modo más claro y violento, va despojando de Poesía a la Poesía. Creía vivir en un mundo en el que cualquiera podía escribir bien, publicar e ir dando lecciones de poesía joven, fresca y contemporánea sin necesidad de esforzarse demasiado ni, por supuesto, preocuparse por leer algo más que los posts de los amigotes en Facebook. La situación era mucho más grave de lo que imaginaba: hasta el jueves no sabía que la Poesía no necesita poemas, no necesita libros, no necesita lectura. En los últimos años, bajo la etiqueta de Poesía convivían a codazos demasiadas cosas. La concesión del Nobel a Bob Dylan sólo puede ser una buena noticia para aquellos que quieran exterminar definitivamente cualquier resto resto de auténtica Poesía que aún sobreviva al amparo de aquella vieja etiqueta.
Si alguna emoción se parece a lo que siento después de conocer la noticia, es la tristeza, esa tristeza leve que nos domina cuando percibimos que se impone algo, que hay algo que va cambiando en una dirección que no nos gusta y, sin que podamos hacer nada por modificar las cosas, cada nuevo hecho parece consolidar y confirmar lo que tememos. Desde hace ya muchos años, vengo percibiendo que la lectura y, más concretamente, la lectura de Literatura está sufriendo un progresivo desprestigio. Está claro que la afición por la lectura no crece por mucho que se haya consolidado, al menos en nuestro país y en los de nuestro entorno, una Educación pública y obligatoria. La gente no compra libros y, por supuesto, no lee, pero esto se agrava cuando, además, viene imponiéndose socialmente una percepción de la lectura como una actividad inútil y, más concretamente, de la Literatura como una soberana pérdida de tiempo. No hace muchos años, era común encontrar entre la gente que abiertamente admitía no leer un respeto reverencial por el libro, por los lectores, por la figura del escritor, por la Literatura en general. Hoy parece que las cosas han cambiado. Desde mi experiencia como maestro, tengo la desgracia de experimentarlo cotidianamente. En este sentido, me resulta desolador escuchar cómo muchos de mis compañeros de profesión admiten sin rubor que no leen nada. En alguna ocasión, incluso le oí decir a un maestro que, desde que existen el rap y la HBO, la lectura es una actividad innecesaria. Y esto sucede en la escuela, una institución en la que uno de los objetivos más importantes ha sido desde siempre el aprendizaje de la lectura, el fomento de una afición a los libros, el uso de la lectura como una herramienta indispensable en una gran variedad de situaciones.
El pasado jueves, la Academia Sueca, sin pretenderlo, dio un apoyo implícito a esta tendencia: nos dijo a todos que, en estos tiempos que corren, para acceder a la Gran Literatura ya no hace falta leer libros, para poder apreciar la Poesía ya no hace falta leer poemas. Si quedaba alguna fecha en el calendario en la que la Literatura era portada de la prensa, era el día en que se anunciaba el nuevo Nobel de Literatura y quizá el día de la ceremonia. Si quedaba algún premio que seguía concediendo prestigio a nivel mundial, al menos por un día, al oficio de escribir y a la devoción de leer, ese era el Nobel de Literatura, pero el jueves se anunció que ya no hace falta escribir libros para ganarlo, que ya no hace falta dedicarse a la Literatura para formar parte de su polémica lista de agraciados. Por si no fuera suficiente, Bob Dylan fue premiado en calidad de poeta y es, precisamente, la Poesía la más denostada de las artes literarias, la más acusada de inutilidad. La música no necesitaba un Premio Nobel de Literatura, de la misma forma que la Literatura nunca necesitará o reclamará un Grammy o un disco de oro. La Poesía, sin embargo, siempre necesita un Nobel. En las cada vez más escasas ocasiones en las que se concede el premio a un poeta, los lectores de Poesía encontrábamos una suerte de satisfacción, un motivo para celebrar algo difuso, un reconocimiento de nuestra militancia de silencio. Porque la Poesía necesita, ante todo, silencio, un silencio que cada día es menos respetado y más incomprendido. Las canciones de Bob Dylan no son poemas y les hacemos un flaco favor otorgándoles esa consideración. Aunque no puedo negar los excelentes puntos de fusión que la Poesía encuentra con otras artes y disciplinas, tampoco puede negarse que existe un ámbito específico y definido para la Poesía. Desde hace ya muchos años, no paran de intentar convencernos de que, por el bien de la Poesía, para hacerla más atractiva al público en general, tenemos que incluir en ella disfraces, músicas de fondo, chistes, juegos de ilusionismo, vídeos de contenido incomprensible y una larguísima lista de efectos especiales que ha fracasado objetivamente en su intención y que, probablemente, sólo ha tenido como consecuencia una pérdida progresiva del prestigio que alguna vez tuvo el arte poética.
Me gustaría pensar que todo este panorama social y educativo no tiene nada que ver con la concesión de un Nobel de Literatura a un artista cuya obra no nos exige lectura, no nos exige silencio. Me gustaría no relacionar todo este catálogo de despropósitos con el hecho de que cada día escuche en la radio un anuncio sobre un certamen que pretende homenajear a Cervantes, pero que consiste en una competición de hip hop. Me gustaría, pero no puedo. Porque lo cierto es que pienso que todos, con acciones u omisiones, hemos contribuido de algún modo a mostrar cierta empatía por aquellos que dicen no leer nada porque no tienen tiempo, todos hemos contribuido a ser condescendientes con los que opinan que “los Clásicos son un coñazo” sin haberlos leído (ya sea por pereza o por negligencia), todos hemos contribuido a rebajar nuestras expectativas de lectura sobre los niños y adolescentes que están en el periodo de escolarización obligatoria y a cambiar los libros que se recomendaban habitualmente (de un valor literario contrastado) por títulos descafeinados e insignificantes en nombre de un mal entendido acercamiento al interés del menor. Parece que se nos olvida que todo es susceptible de ser educado. También, los intereses y los gustos.
Por todas estas razones, no puedo ver en la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan más que una noticia negativa, ya que supone, desde mi punto de vista, una nueva confirmación de esta tendencia que, poco a poco, va despojando de Literatura a la Literatura y, de un modo más claro y violento, va despojando de Poesía a la Poesía. Creía vivir en un mundo en el que cualquiera podía escribir bien, publicar e ir dando lecciones de poesía joven, fresca y contemporánea sin necesidad de esforzarse demasiado ni, por supuesto, preocuparse por leer algo más que los posts de los amigotes en Facebook. La situación era mucho más grave de lo que imaginaba: hasta el jueves no sabía que la Poesía no necesita poemas, no necesita libros, no necesita lectura. En los últimos años, bajo la etiqueta de Poesía convivían a codazos demasiadas cosas. La concesión del Nobel a Bob Dylan sólo puede ser una buena noticia para aquellos que quieran exterminar definitivamente cualquier resto resto de auténtica Poesía que aún sobreviva al amparo de aquella vieja etiqueta.
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martes, 5 de julio de 2016
Dos libros de Javier Sánchez Menéndez
Con motivo de la presentación en la Feria del Libro
Huelva, de sus libros Confuso
laberinto (Renacimiento) y El
libro de los indolentes (Plaza y Valdés Editores), Javier Sánchez Menéndez me pidió que dijera unas
palabras a modo de introducción del acto. Retomando unas cuantas
notas y añadiendo algunas impresiones que surgieron de escuchar a
Javier, he redactado esta entrada para el blog. Espero haber sabido
rescatar, al menos, una parte de la hondura del pensamiento que está
recogido en ambas obras:
Es
una suerte que te inviten a presentar el libro de un amigo. Y afirmo
esto porque, normalmente, en una conversación informal entre amigos
está excluido el elogio y, ante el más mínimo asomo del mismo, el
elogiado siempre trata de interrumpir o desviar el curso que toman
las palabras del elogiador. Sin embargo, en una presentación, no le
queda otro remedio que oírlo y, por ello, quiero empezar
manifestando que Javier Sánchez Menéndez es un escritor de una
lucidez que está al alcance de muy pocos, así como un modelo de
ética tanto en lo creativo como en lo profesional (que abarca, entre
otras cosas, su encomiable faceta de editor). Y esta actitud de
frenar el elogio revela que sus libros están escritos desde la
coherencia, desde una verdad propia que salpica muchas de sus páginas
y de la que podemos encontrar una clara muestra en el fragmento
número 30 de “El encuentro en Camarinal” (la primera parte de El
libro de los indolentes): “El mérito del poeta radica en la
humildad.”
El
libro de los indolentes está formado por fragmentos, aunque, tal
vez, convendría llamarlos trechos, a la manera de Pessoa. Yendo un
poco más lejos, no sería descabellado afirmar que existen claros
paralelismos, coincidencias, entre la estructura del libro que nos
ocupa y la del Libro del desasosiego. A medida que la lectura
nos permite ir desvelando alguna de sus claves, hay algo invisible,
inexplicable, en El libro de los indolentes que nos lleva de
forma irremediable a recordar la obra de Pessoa. No estamos, desde
luego, ante la canción del verano y escribo esto desde mi más
profundo desprecio hacia ciertas formas de la cultura de masas, así
como desde mi respeto absoluto hacia ciertas formas de escritura.
Estamos ante un libro que no reparte estribillos y eslóganes fáciles
que podamos reproducir ante cualquier circunstancia y que acaban por
quemarse con gran facilidad. Es, precisamente, lo opuesto lo que
encontramos al sumergirnos en su lectura: un libro que requiere un
compromiso inelectual del lector, un esfuerzo que nos lleve a
entender que: “También vivir precisa de epitafio.” O,
sencillamente, un carácter activo que nos ayude a descubrir que:
“Donde empiezan los actos acaban los pronombres.” En muchos de
sus fragmentos, la voz que construye el discurso nos hace pensar en
la labor de un cartógrafo que delimita las fronteras de la auténtica
poesía y denuncia el comportamiento de los no poetas, de los
siniestros, de todos aquellos que “tratan de apoderarse de la
belleza marchitándola.” Cargado de un profundo simbolismo numeral,
se trata de un libro que, a mi entender, ofrece vías para la
reflexión sobre el proceso de escritura. Los fragmentos que lo
componen están plagados de referencias en este sentido, como cuando
se afirma que: “La poesía es el camino que nunca finaliza”. En
la mísma línea y más centrado en los productos, en los hechos
concretos, se nos dice: “Un poema auténtico está cargado de
interrogaciones, de manchas de tinta.”
Confuso
laberinto forma parte de Fábula, un conjunto de
diez libros que tratan sobre la relación entre la vida y la poesía.
Según el propio autor, es un manual
sobre la contemplación, en el que se nos invita a observar las
realidades, los paisajes que atravesamos cada día, como si
estuviéramos viéndolos a camara lenta. La intención no se esconde.
CONFUSO AL FIN Y AL CABO comienza con la siguiente declaración: “He
aprendido a observar aquello que no se puede ver.” Los textos que
conforman el libro se acercan al poema en prosa y giran alrededor de
varios ejes. En SIN SER YO MISMO, el que abre el libro, se aborda el
tema del doppelgänger
como un hecho: “La vida es un portal donde todos los seres disponen
de sus dobles”. La posibilidad del diálogo con los muertos, con
aquellos que forman parte de nuestro pasado, está muy presente en
muchos textos como EL ALMUERZO CON BARRIE, EL SENTIDO DE LA TRADICIÓN
(GRETE GULBRANSSON) o EL BASTÓN DE MADERA, entre otros. Hay, sin
embargo, un fragmento que me parece especialmente significativo de
esta tendencia en LA IMAGEN ESPANTOSA:
“Ya hacía años que había fallecido cuando la
encontré en el autobús. Sin miedo que escandalice levantó la
cabeza y respondió a mis preguntas.
Juana estaba en el laberinto y en él permaneció. Al
igual que mi padre, JRJ, Barrie, Meredith o Francisco Imperial.
Algunos otros aparecieron como espectros.”
Confuso
laberinto es también la
constatación de una inacabable capacidad de asombro ante la naturaleza.
Así, en REVUELO, se nos hace conscientes de la actividad de un
pájaro: “El pájaro persiste, lo intenta, no se cansa.” Las
nubes son también una fuente de estímulo y consuelo, como puede
deducirse en BELCEBÚ: “¿Alguien ha visto alguna vez una nube con
forma de poema? Una nube bellísima. Aparece en la tarde.” Parece,
en definitiva, que la escritura de Javier Sánchez Menéndez quisiera
aprehender la naturaleza en algún verso (en NEVILLE escribe “Cuando
veo una hormiga que está dentro de casa, tomo el cuaderno negro, el
de las tapas duras, e intento que el verso ahonde el propio reflejo”)
o, al menos, extraer de ella alguna enseñanza, algún ineludible
aprendizaje (POEMAS EN LA TARDE es, en este sentido, un texto
revelador: “Hay poemas que no se acaban nunca. Otros nunca serán
poemas”).
Bien
es sabido, por otro lado, que cada lector encuentra lo que quiere, lo
que anda buscando de forma implícita o explícita. Y yo, que no
pretendo escapar del filtro de mi atención selectiva, he visto en
Confuso laberinto un
libro muy encaminado también al análisis del proceso de creación
poética. Sus páginas están tan repletas de sentencias
irreprochables que se podría construir un programa de vida haciendo
un collage de
distintos textos. Empiezo por el final: en el EPÍLOGO, podemos leer:
“Seguir, seguir haciendo algo. No parar, pasear, leer, escribir,
amar a la poesía.” La confesión que encontramos en REGISTRO da
una idea muy clara del posicionamiento vital del poeta: “En la
poesía encuentro el universo entero y todo el proceso de la
creación.” Pero la poesía tiene sus exigencias: soledad, lectura,
silencio. Así, en GORGIAS, Javier Sánchez Menéndez escribe: “Los
libros no se leen, se desmenuzan. Y eso es cuestión de tiempo.” Y
en NICANORIAS: “En el silencio la voz se funde en las estrellas.”
La labor del poeta está la búsqueda de la búsqueda de sus
inclinaciones, así como en el rescate de los matices a través de la
contemplación y el pensamiento. “Cada una de las elecciones que
permite la vida es una inclinación” apunta en COMO TODAS LAS COSAS
DE LA VIDA. Más claro es, según mi parecer, INCLINACIONES un texto
del que puede desprenderse toda una teoría de la literatura. En él,
se define la identidad del poeta en relación a las tareas que
debería imponerse: “La identidad del poeta pasa por sus
inclinaciones, repletas de matices.” Y, más adelante, casi en
final, encontramos otro concepto nuclear: “Las calles están
repletas de desvíos. Y un desvío es confusión.” Porque, después
de todo, es decisivo huir de los desvíos, de todo aquello que lleva
a la vida y a la poesía muy lejos del centro que el poeta debe
buscar.
Me
dispongo a acabar y siento ahora la necesidad de volver brevemente al
comienzo, de volver a afirmar la coherencia y el trabajo honesto que
caracterizan a Javier Sánchez Menéndez, extremos que no necesito
justificar ya que están demostrados en libros como estos y en los
muchos que, afortunadamente están por venir. En OTRA PUERTA DE
ENTRADA, otro de los textos de Confuso
laberinto,
se establece que: “La verdad del poeta se encuentra en su trabajo.”
Nada que añadir.
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jueves, 31 de marzo de 2016
Lo de siempre (disculpen mi osadía)
La poesía es siempre un
hecho estético. Supone la traducción de una luz, una impresión,
una intuición, al mismo lenguaje que nos sirve de comercio
cotidiano. Esto hace que la poesía sea también un acto
comunicativo. La traducción, como es sabido, siempre supone una
pérdida. Por ello, el uso de la etiqueta “poesía pura” para
identificar un determinado tono o estilo siempre me pareció un abuso
del adjetivo. Otra consecuencia evidente, por otra parte, es que la
poesía no puede pretender la objetividad de una fotografía,
ni puede aspirar a ser una crónica en un sentido estricto. Toda
poesía, como toda literatura, implica siempre una reconstrucción,
una interpretación de lo que llamamos realidad.
sábado, 5 de marzo de 2016
Moreno, Carrasco, apocalipsis
Está
muy claro que la narrativa española tiene el futuro asegurado. Y
escribo esto porque, desde luego, el presente da muestras de gran
consistencia. Al menos, eso es lo que pienso después de haber leído
recientemente dos libros con todo el interés que, sin duda, merecen.
Se trata de Por si se va la luz de Lara Moreno y de Intemperie
de Jesús Carrasco, dos novelas que derrochan talento y que, a mi
entender, comparten (casi) una especie de tendencia estética. Soy
muy poco original ¿verdad?
Lara
Moreno, a quien hace un largo tiempo que no veo, ha sido siempre una
narradora impecable (su faceta como poeta la desconozco). Hace ya
muchos años (más de diez) leí Casi todas las tijeras con la
devoción de quien conoce la mano que está detrás de la tramoya. Ya
entonces podía intuirse a la escritora que es hoy, una escritora que
se reafirma en su cosmos creativo, una nieta literaria de Cortázar
(dicho sea con el respeto y el aprecio que le tengo a ambos) . Por
si se va luz es una novela que tiene la exquisita virtud del
capítulo breve, ese recurso nada fácil de pulir que facilita al
lector la sensación de bajada de escaleras, de un ritmo de lectura
(muy distinto del ritmo narrativo de la propia novela) incapaz de
detenerse y, al mismo tiempo, prácticamente imperceptible. El mundo
que nos presenta es un mundo sin estructura y, como tal, capaz de
desestructurar (no la recoge doña RAE, lo sé) cualquier vida
individual y, consecuentemente, cualquier intento de vida colectiva.
Hay una sombra borrosa que parece decidir o manipular gran parte de
lo que sucede, la Organización, de la que no parece saberse nada con
certeza, como tampoco parece saberse nada acerca de todo aquello que
sobrepasa la realidad aislada de la aldea que sirve como marco
espacial a las historias que se esbozan en el libro. Y es aquí, en
esa incertidumbre, en esa aparente ausencia de sucesos, donde está
el punto fuerte de la novela que narra el exilio autoimpuesto de
Nadia y Martín. No hay tanta fortaleza, en mi opinión, en la
construcción de los personajes que, a veces, parecen quedarse
exclusivamente en el arquetipo para dar satisfacción a las
necesidades que entraña el concepto, el significado, el objetivo
implícito de la obra. El comportamiento sexual que se sugiere o se
muestra en los personajes masculinos es una clara muestra, pero hay
otras.
El
libro de Carrasco es más directo. La huida de un niño de su pueblo,
de su casa, de su padre, de la humillación, de las vejaciones, es
narrada con la necesaria velocidad, con el vértigo de mirar atrás,
con la agudización de la vigilancia, con un miedo creciente y
creíble, un miedo capaz de alcanzar a cualquier lector. Con un
paisaje casi invariable, aunque nada irrelevante, el relato está
apuntalado por cuatro de sus personajes. El escritor consigue la
implicación emocional y solidaria del lector con el que huye.
Simplemente por esta razón, Intemperie es una novela
elogiable. Sin embargo, hay más, pues Carrasco acierta planteando
una historia con un claro desenlace (o así me lo parece). En una
época en la que la literatura de prestigio, parece no conceder
demasiada importancia a los desenlaces narrativos, Intemperie
apuesta por dar satisfacción al lector, cuya curiosidad, como ya
sabemos, no es fácil de saciar.
Se
puede encontrar una gran de variedad de paralelismos entre ambas
novelas, empezando por el más obvio: el escenario rural en el que se
desenvuelven. Sin embargo, es en su tono apocalíptico donde, desde
mi punto de vista, se puede constatar una mayor convergencia y,
también, donde pierden parte de su poder de convicción para quien
suscribe estas líneas. No tengo nada en contra de la literatura
apocalíptica. Sin duda, es legítimo el intento de provocar en la
audiencia sentimientos cercanos al asco, el intento de transmitir una
angustia vital, esa actitud tan punk y desazonadora de negar
la posibilidad de un futuro, una salida, una solución. Se echa de
menos, en cambio, una mayor sutileza en la elección del lenguaje y
en la presentación de las escenas.
Hace
años oí decir a alguien que el cine sobre ángeles nació y murió
en 1946 con Qué bello es vivir de Frank Capra. Aunque no
quisiera caer en un juicio tan radical y exagerado, tengo que
confesar que me pasa algo similar con este tipo de narrativa desde
que leí el famoso Libro del desasosiego de Pessoa. En su
fragmento 154, se dice únicamente esto: “El sentimiento
apocalíptico de la vida.” Desde entonces, es difícil mantener
ciertas actitudes en la escritura.
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jueves, 14 de enero de 2016
Compinches de San Pedro y Ermita
Probablemente como
consecuencia de algún reencuentro reciente, últimamente me asaltan
recuerdos anecdóticos vinculados a aquel hábito (que tanto
repetimos durante años) de beber en la calle sin demasiada mesura.
Hablando claro: de aquellas noches de botellón.
Es normal que nos gustara aquello, que no nos aburriéramos ni
viéramos inconveniente alguno en nimiedades como el frío. Después
de todo, nos estábamos apropiando del mundo o, más bien, de nuestra
ciudad. Era una forma (tonta, sí) de reafirmarnos en un sentido
social y personal. En el fondo, lo que más nos importaba eran los
otros, el inacabable escaparate de gente que nos rodeaba. En el fondo
(y creo que puedo hablar en nombre de muchos de mis amigos), lo que
más valorábamos eran las horas de conversación, una conversación
(claro está) estimulada por la característica desinhibición que el
alcohol facilitaba.
Con toda seguridad, pequé
de cierta pedantería en aquellos años en más de una ocasión, ya
que recuerdo haber hablado mucho sobre política, libros, música y
cine. Aunque eran la trochería y el chiste fácil lo que
predominaba, es cierto que tenía (teníamos, no era el único)
costumbres irrenunciables, como la de elevar a los altares de la
música a bandas menores. Hay muchos buenos botones como muestra. Por
supuesto, si incurrí en ciertas actitudes, lo hice de forma
inconsciente. La adolescente necesidad de mostrar mi carácter
cerebral me duró más tiempo del recomendado, pero creo que siempre
me han controlado de forma suficiente cierta humildad y un gran
sentido del ridículo.
Recuerdo que una noche
cualquiera hablaba sobre cine con un conocido, uno de esos muchos
conocidos a los que se veía de forma irregular durante el año y con
los que se acababa hablando sobre cualquier cosa sin importancia. En
un momento de la conversación, el tipo me pregunta por el título de
una película. Confiando en que yo la hubiera visto, me espeta una
expresión en inglés como pista que acabara evocando el dato que su
memoria le negaba. Supongo que el recurso al inglés pretendía,
además, dejarme claro que él la había visto en versión original.
Yo no había visto aquella película y, como no podía ser de otra
manera, eso fue lo que le dije. Su reacción a mi respuesta me sigue
sorprendiendo unos catorce años después. Dijo, textualmente: “¡Qué
asco de ciudad!” No escribo esto con la intención de hacer una
defensa cerrada de Huelva. Tampoco lo hago porque recuerde el
episodio como una “pedrada” a mi autoestima. De hecho, sí que
recuerdo no haber entendido por qué su frase no fue “¡Qué asco
de tío!” o algún tipo de referencia a mi analfabetismo cultural.
Pasó el tiempo y nunca
vi aquella película. Al escribir estas líneas, he podido comprobar
aquello de la poca fiabilidad de la memoria. Creía recordar aquella
expresión en inglés y creía, por tanto, que sería capaz de
encontrar su título con la ayuda Google para poder ilustrar esta
entrada. Tampoco recuerdo muy bien si fue antes o después cuando
supe de algunas otras historias esperpénticas protagonizadas por el
mismo héroe. Sobre esas otras, como se puede entender, no escribiré
nada. Sí diré, sin embargo, que sigo cruzándomelo de forma
ocasional y, aunque sé que no es razonable, siento cierta lástima,
cierta compasión. No sé si por la gratuidad de sus juicios o por su
inevitable necesidad de resiganción.
miércoles, 13 de mayo de 2015
Circuito cerrado
Es evidente que la
conducción de nuestro coche no debería convertirse en un lugar para
la introspección. Es evidente y, al mismo tiempo, es inevitable que
ocurra. Y la expresión de esta certeza a golpe de metros y ritmos
es, sin duda, el mayor de los aciertos de Diego Vaya en su libro
Circuito cerrado (Ediciones de la Isla de Siltolá). Dicen aquellos que estudian el
comportamiento humano que este fenómeno se produce por la costumbre:
la mecanización de unas acciones repetitivas deja un espacio libre a
nuestros recursos atencionales, espacio que aprovechamos para pensar.
Tomándome una licencia pessoana,
me atrevo a afirmar que es entonces cuando somos capaces de abrir
nuestros ojos hacia una ensoñación interior. Sin que nadie pudiera
advertirlo externamente, nos estamos viviendo en otra forma, estamos
recorriendo otro paraje, los contenidos de la conciencia van mucho
más allá de lo que se ciñe, exclusivamente, al ámbito del tráfico
y la circulación. No sé si
(la primera de las secciones del libro y la que toma como contexto el
coche y la carretera), fue concebida, inicialmente, como un conjunto
de poemas fuertemente interrelacionados entre sí o como un único y
extenso poema, pero en el lector queda la sensación de haber leído
un solo poema o, incluso más allá, un manifiesto, donde los abajo
firmantes (estoy seguro de que seríamos muchos) quisiéramos dejar
constancia de que hay mañanas en las que nos depersonalizamos, en
las que no podemos reconocer ni aquellos caminos que nos resultan
familiares, en las que aquello que llamábamos nuestro mundo ya no
nos pertenece y la angustia es un río que se desborda y: “La radio
sintoniza el óxido y la niebla”. Y, así, se van desmadejando
temas universales o borgianos (si
acaso no es lo mismo) como la conciencia de un final o las
concepciones esbozadas sobre el significado de la muerte. Y el rostro
en el espejo o su confusión con el paisaje en el lienzo cristalino
de la ventanilla nos lleva a la más común de la extrañezas que es
la extrañeza propia. Puede intuirse que estas palabras son una
defensa y, después de todo, qué otra cosa podían ser después de
toparme en el poema con un verso que, para mí, es casi un axioma:
“mi mente una cadena de montaje”. No sé si Diego está de
acuerdo, pero este verso refuerza una imagen necesaria: la escritura
es una acción constructiva, un ensamblaje de piezas que tiene,
incluso, cierto componente matemático. Todo este artefacto
expresivo, simbólico, va preparando el escenario para un final
catártico donde el anhelo de la infancia (como un terreno virtuoso
en lo sentimental y lo ético) ejerce su dominio.
El
resto del libro, como la vida, tiene subidas y bajadas. En mi opinión
o, más exactamente, en mi lectura, los poemas de la sección Domingo
americano supusieron una especie
de valle, aunque no me engaño y sé que esta percepción está
sesgada por prejuicios personalísimos, temáticos en el primero de
los casos (el poema que da título a la sección), referidos al tono
en el segundo (Estar aquí)
y en ROMA.JPG
centrados en el uso de cierto lenguaje. No, por ello, dejo de ver los
aciertos de un poeta que, indudablemente, sabe lo que hace. Así, en
Domingo americano, se
sugiere: “El aire es un incendio”. Probablemente, no hay mejor
manera de evaluar el ambiente en el que se quiere desarrollar el
poema. Poco después, nos arroja: “y la hierba creciéndome en la
mente / y echando raíces en cada pensamiento”. Y nos lo arroja
porque es consciente el poeta de la permeabilidad de todo sistema de
ideas frente a las acciones cotidianas, frente al mero paso del
tiempo. Por otro lado, Estar aquí
es un poema que podría justificarse con su final. El toque banal,
casi humorístico, que desliza el texto
queda desdibujado,
repentinamente, por esos tres versos finales que tienen una precisión
de cuchillo inesperado: “y tan solo se mueve / el vacío dinámico
del mundo / y siempre así, y es triste”.
ROMA.JPG es la
constatación de varias certezas: “Los datos del disparo son
memoria”. Y no solo memoria. El soporte fotográfico, como
cualquier otro soporte, es una prótesis, una estructura que
apuntala el crecimiento de la cognición, de la identidad. También
es innegable que la vida del turista
es una tregua y que
hay cierta nostalgia orteguiana en
el afán inútil de capturar, de envasar al vacío y conservar, toda
la ingenua alegría del viaje en una foto. En
este sentido, el
esfuerzo de Diego Vaya por sintetizar todas estas ideas es elogiable.
El
último trayecto que nos hace recorrer Circuito cerrado es
Helada, un poema elegido con acierto para cerrar este libro,
un poema que nos sitúa en el escabroso
escenario de un centro comercial. En un escenario como este, no es
necesaria la militancia para apuntar que el cielo está gastado, que
el verano no vuelve como en la infancia, que el suelo que pisamos son
escombros. Con suma habilidad, el poeta identifica que “la gente y
la vida y lo demás / son el ruido de fondo”. Y ese simulacro de
existencia diseñado con cierto carácter anestésico, que rebosa de
luz artificial y de música plastificada y pervertida es “una
alucinación insoportablemente nítida”. Enfrentado a su propio
rostro en los probadores,
frente a la imagen repetida del mismo canal en incontables
televisores, Diego Vaya nos alerta de que la angustia que late por
debajo de las noticias infames y desgraciadas es la misma que subyace
en los apocalípticos mensajes de cualquier loco inadaptado: en ambos
casos, lo que se esconde detrás es la infranqueable inercia de un
mundo que se autodestruye.
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