A veces, te preguntas por
qué este libro se está empeñando en convertirse en imprescindible. Después de
todo, ¿cuántas historias trágicas habrás leído sobre familias destrozadas,
desintegradas por la enfermedad o por los condicionantes sociales que las
cercan? Aunque el niño que fuiste asistiera como espectador lejano al drama de
la heroína y el sida en los 80, ¿acaso alguna vez te he interesado tanto la
historia del VIH? ¿Alguna vez pensaste en la valentía de quienes decidieron no abandonar
a su suerte a miles, millones de personas que clamaban por alagar sus débiles
esperanzas? Entonces, te asaltan pasajes como este y dejas de hacerte preguntas:
“Durante mi infancia, a
menudo le oía decir a mi madre que no era el momento de hablarle de Dios, que
toda la santurronería del mundo no había impedido la agonía de mi tío, la de mi
tía y la de mi prima. Decía que, si Dios existiera en algún lugar, jamás habría
permitido todo aquello. Solo dejaba de lado esas consideraciones en los
entierros, cuando la tristeza le despertaba una especie de misticismo muy suyo.
Una noche, viendo la tele, tachó al papa de “estúpido”. En plena epidemia del
sida, Juan Pablo II acababa de prohibir el uso del preservativo.
No obstante, el último
verano de mi prima, todos los domingos nos despertaba a las nueve en punto de
la mañana. Nos pedía que fuéramos a misa y que rezáramos por Émilie. Decía que
seguramente no serviría de nada, pero que era lo único que podíamos hacer.”
Los hijos dormidos
Anthony Passeron
Libros del Asteroide